¿Por qué sigue habiendo NUEVE MILLONES DE ESPAÑOLES dispuestos a votar al PSOE?
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS:
Cada vez que aparece un nuevo escándalo político relacionado con el Gobierno de Pedro Sánchez, muchos españoles se hacen la misma pregunta:
¿Cómo es posible que millones de personas sigan dispuestas a votar al PSOE?
La pregunta parece razonable.
Porque hablamos de una organización política salpicada por innumerables polémicas, acusaciones de corrupción, cesiones permanentes a separatistas, pactos que antes se consideraban imposibles, promesas incumplidas y un deterioro institucional que incluso preocupa a observadores internacionales.
Y, sin embargo, los estudios demoscópicos continúan mostrando una realidad obstinada.
Entre ocho y nueve millones de españoles siguen considerando al PSOE como su opción política preferente.
La explicación fácil consiste en atribuirlo todo a la ignorancia.
Pero sería un error.
La realidad es mucho más compleja y, precisamente por ello, mucho más inquietante.
Porque el problema no se encuentra únicamente en Pedro Sánchez ni en el PSOE.
El problema hunde sus raíces en transformaciones culturales, educativas, psicológicas y morales acumuladas durante décadas.
La política convertida en identidad
Uno de los grandes cambios de nuestro tiempo consiste en que muchas personas han dejado de votar ideas para empezar a votar identidades.
Ya no se trata de analizar programas, resultados o propuestas.
Se trata de pertenecer a una tribu.
De sentirse parte de un grupo.
De identificarse emocionalmente con unas siglas.
Cuando eso ocurre, los hechos pierden importancia.
Las contradicciones se justifican.
Los escándalos se minimizan.
Las promesas incumplidas se olvidan.
Y las críticas son percibidas como ataques personales.
El votante deja de comportarse como un ciudadano que examina.
Empieza a comportarse como un creyente que defiende.
Y cuando la política se transforma en una cuestión de identidad, la razón retrocede y las emociones ocupan su lugar.
El miedo como herramienta de movilización
A ello se añade otro factor decisivo.
El miedo.
Durante décadas, una parte importante del discurso político español ha descansado sobre la creación permanente de amenazas.
Si gobiernan los otros, vendrá la catástrofe.
Si gobiernan los otros, desaparecerán derechos.
Si gobiernan los otros, regresarán viejos fantasmas históricos.
No importa tanto que estas afirmaciones sean ciertas o falsas.
Lo importante es que se repiten constantemente.
Y la repetición acaba generando reflejos automáticos.
Muchos ciudadanos ya no votan porque estén satisfechos con lo que hace el PSOE.
Votan porque temen más a quienes podrían sustituirlo.
Y el miedo constituye una de las emociones políticas más poderosas que existen.
La expansión de la dependencia
Pero probablemente la clave principal se encuentre en otro lugar.
La dependencia.
Durante décadas ha ido creciendo una inmensa red de organismos, subvenciones, ayudas, fundaciones, empresas públicas, asociaciones subvencionadas y estructuras administrativas que generan vínculos directos o indirectos con millones de personas.
No se trata necesariamente de corrupción.
Ni de compra de votos.
La realidad es más sencilla.
Los seres humanos tendemos a proteger aquello de lo que creemos depender.
Y cuando una parte importante de la población percibe que su estabilidad económica está ligada a la continuidad de determinadas estructuras políticas, el cambio se vuelve mucho más difícil.
El ciudadano empieza a contemplar al Estado no como un administrador temporal, sino como un proveedor permanente.
Y quien percibe al Estado como proveedor difícilmente votará contra él.
La infantilización de la sociedad
A este fenómeno se añade otro especialmente preocupante.
La progresiva infantilización de la sociedad.
Ser adulto significa asumir responsabilidades.
Aceptar consecuencias.
Afrontar errores.
Distinguir entre deseos y realidad.
Sin embargo, una parte creciente del discurso público gira alrededor de sentimientos, agravios, emociones y derechos, mientras desaparecen conceptos como deber, responsabilidad, sacrificio o autodisciplina.
Se ha extendido la idea de que toda frustración debe ser reparada por alguien.
De que toda dificultad requiere intervención pública.
De que toda incomodidad merece compensación.
Y cuando una sociedad pierde el hábito de responsabilizarse de sí misma, inevitablemente aumenta la demanda de tutela.
La dependencia emocional acaba convirtiéndose en dependencia política.

La destrucción de las virtudes cívicas
Toda sociedad libre necesita determinadas virtudes.
Honradez.
Prudencia.
Responsabilidad.
Fortaleza.
Perseverancia.
Disciplina.
Capacidad de sacrificio.
No son palabras antiguas por casualidad.
Son las virtudes que permitieron construir las sociedades más prósperas de la historia.
Sin embargo, durante décadas se ha producido una lenta inversión de valores.
El mérito se contempla con sospecha.
La excelencia se confunde con elitismo.
La responsabilidad se interpreta como dureza.
El éxito suele generar más recelo que admiración.
Mientras tanto, la dependencia recibe legitimidad moral.
Y los pueblos terminan pareciéndose a aquello que admiran.
Cuando una sociedad deja de admirar el esfuerzo y empieza a admirar la tutela, la decadencia acaba apareciendo.
La mediocridad organizada
El historiador y economista italiano Carlo M. Cipolla formuló una de las observaciones más brillantes del siglo XX.
La estupidez constituye una fuerza histórica.
Y puede llegar a ser más destructiva que la maldad.
Pero quizá aún más dañina resulte la combinación de mediocridad y poder.
La mediocridad inoperante activa.
Ese fenómeno por el cual personas poco competentes ocupan posiciones de responsabilidad y utilizan su poder para impedir el ascenso de quienes podrían hacerlo mejor.
Cuando el mérito deja de ser el criterio principal de promoción y es sustituido por la obediencia, la lealtad o la afinidad ideológica, comienza una selección adversa.
Los mejores se apartan.
Los más dóciles prosperan.
Las instituciones se deterioran.
Y la sociedad entera termina pagando las consecuencias.
El Estado como botín
Pensadores como Mancur Olson explicaron cómo las sociedades desarrollan grupos organizados que viven de obtener privilegios, subvenciones o ventajas especiales.
No crean riqueza.
La redistribuyen.
No producen.
Intermedian.
Y cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta desmontar esas estructuras.
Porque siempre existen beneficiarios dispuestos a defenderlas.
Lo que comenzó siendo una herramienta al servicio de los ciudadanos termina convirtiéndose en una estructura que exige ser alimentada por ellos.
Y cuando demasiadas personas viven directa o indirectamente de la expansión continua del Estado, la política deja de orientarse al interés general para convertirse en una lucha por el reparto de recursos.
La democracia necesita ciudadanos
La gran enseñanza que nos deja este análisis es sencilla.
La democracia no se sostiene únicamente mediante elecciones.
Necesita ciudadanos.
Ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
Capaces de distinguir entre propaganda y realidad.
Capaces de asumir responsabilidades.
Capaces de soportar verdades incómodas.
Capaces de anteponer el largo plazo al beneficio inmediato.
Cuando desaparecen esos ciudadanos y son sustituidos por votantes dependientes, temerosos o emocionalmente manipulables, las instituciones empiezan a vaciarse lentamente.
Permanecen las formas.
Permanecen las urnas.
Pero desaparece el espíritu que hacía posible la libertad.
La verdadera cuestión
Por eso la pregunta inicial quizá estaba mal formulada.
La cuestión no es únicamente por qué millones de españoles siguen votando al PSOE.
La cuestión verdaderamente importante es otra.
¿Qué ha ocurrido en España para que tantos ciudadanos hayan llegado a considerar normal lo que hace unas décadas habría resultado inaceptable?
La respuesta apunta hacia la pérdida gradual de responsabilidad individual, de memoria histórica, de independencia intelectual y de virtudes cívicas.
Y mientras esas tendencias no se corrijan, los nombres podrán cambiar.
Las siglas podrán cambiar.
Los gobiernos podrán cambiar.
Pero los problemas fundamentales seguirán ahí.
Porque la regeneración de una nación no comienza en los parlamentos.
Comienza en las familias.
En la enseñanza.
En las asociaciones libres.
En la recuperación del mérito.
En la recuperación del lenguaje claro.
En la recuperación de la responsabilidad.
Y, sobre todo, en la recuperación de una verdad que las sociedades modernas parecen haber olvidado:
la libertad no es un regalo.
La libertad es una responsabilidad.
Y sólo puede conservarse allí donde existen ciudadanos dispuestos a asumirla.
SI QUIERES PROFUNDIZAR Y SABER MÁS, SIGUE LEYENDO

¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega I: La pregunta prohibida
Hay preguntas que incomodan porque obligan a mirar donde nadie quiere mirar.
¿Por qué sigue habiendo entre ocho y nueve millones de españoles dispuestos a votar al PSOE?
No se trata de una pregunta menor.
Tampoco de una simple curiosidad demoscópica.
Es una cuestión fundamental para comprender la España actual.
Porque si aceptamos, siquiera parcialmente, el diagnóstico que realizan millones de ciudadanos acerca del actual Gobierno —corrupción, clientelismo, cesiones a separatistas, deterioro institucional, colonización de organismos públicos, endeudamiento masivo, degradación de la enseñanza, inseguridad jurídica y progresivo vaciamiento de las libertades— entonces la persistencia electoral del socialismo español exige una explicación.
Y no una explicación simplista.
No basta decir que los votantes son ignorantes.
No basta decir que están manipulados.
No basta decir que son fanáticos.
Eso sería demasiado fácil.
Y, además, sería falso.
La realidad siempre es más compleja.
Lo primero que debemos comprender es que la inmensa mayoría de los ciudadanos no vota después de estudiar programas electorales, leer presupuestos, analizar sentencias judiciales o comparar indicadores económicos.
Eso es lo que hacen algunos periodistas, unos pocos investigadores, ciertos profesionales y una minoría de ciudadanos especialmente interesados en la política.
La mayoría no.
La mayoría trabaja.
Cuida de su familia.
Intenta llegar a fin de mes.
Se preocupa por su salud.
Y dedica a la política una atención limitada.
Por eso el voto suele depender menos de la razón que de las emociones.
Menos de los datos que de las percepciones.
Menos de los hechos que de las creencias.
Y menos de los argumentos que de las lealtades.
Ésta es una de las grandes enseñanzas de la psicología política moderna, aunque para comprenderla no hace falta acudir a tratados universitarios.
Basta observar la realidad.
¿Cuántas veces hemos visto a personas justificar comportamientos de «los suyos» que jamás tolerarían en sus adversarios?
¿Cuántas veces hemos comprobado que una misma conducta es juzgada de manera radicalmente distinta según quién la cometa?
¿Cuántas veces hemos escuchado aquello de:
—Sí, pero los otros son peores?
Ahí comienza a entenderse el fenómeno.
Porque el voto político rara vez es una decisión racional en sentido estricto.
Con frecuencia es una decisión sentimental.
Una decisión tribal.
Una decisión identitaria.
Una decisión moral.
O, más exactamente, una decisión que cada individuo interpreta como moral.
Muchos españoles no votan al PSOE porque hayan estudiado detalladamente la acción de gobierno.
Lo votan porque consideran que forman parte de una determinada tradición.
De una determinada cultura política.
De una determinada visión del mundo.
Y aquí aparece el primer gran error de quienes creen que basta con acumular escándalos para provocar el hundimiento electoral del socialismo.
No.
La historia demuestra justamente lo contrario.
Los partidos profundamente arraigados rara vez desaparecen por la corrupción.
Si así fuera, el PSOE habría desaparecido tras Filesa.
Y el PP tras Gürtel.
Y el peronismo argentino tras décadas de saqueo.
Y numerosos partidos europeos habrían quedado reducidos a la irrelevancia hace mucho tiempo.
Pero no ocurrió.
¿Por qué?
Porque las personas no suelen abandonar una identidad política del mismo modo que no abandonan una identidad religiosa, familiar o nacional.
Nadie deja de sentirse español porque un gobierno español actúe mal.
Nadie deja de sentirse católico porque un sacerdote cometa un delito.
Y millones de personas tampoco dejan de sentirse socialistas porque un dirigente socialista protagonice un escándalo.
La identidad pesa más que los hechos.
Y cuanto más fuerte es la identidad, menos influyen los hechos.
Ésta es una verdad incómoda.
Pero es una verdad.
Por eso resultan tan ingenuos quienes creen que una nueva noticia sobre corrupción provocará automáticamente un vuelco electoral.
No suele funcionar así.
Quien ya estaba convencido encontrará una confirmación de sus sospechas.
Quien no lo estaba buscará una explicación alternativa.
La misma información produce efectos distintos según quién la reciba.
Y eso nos conduce a una conclusión inquietante.
Quizá el problema no sea solamente Pedro Sánchez.
Quizá tampoco sea únicamente el PSOE.
Quizá el verdadero problema se encuentre en una parte de la sociedad española.
Porque los gobernantes no aparecen por generación espontánea.
No llegan de Marte.
No son extraterrestres.
Salen de la propia sociedad.
Son el reflejo de ella.
Y cuando una nación produce durante décadas una determinada clase dirigente, conviene preguntarse si el problema está únicamente en los dirigentes o también en la cultura política que los hace posibles.
Tal vez la pregunta correcta no sea:
¿Por qué sigue ganando votos el PSOE?
Tal vez la pregunta correcta sea otra mucho más incómoda:
¿Qué ha ocurrido en España para que millones de ciudadanos hayan dejado de considerar la honestidad, la coherencia y el respeto a la palabra dada como requisitos indispensables para gobernar?
Porque si queremos comprender el fenómeno del sanchismo, tendremos que empezar precisamente por ahí.
No por Pedro Sánchez.
Sino por España.
No por el gobernante.
Sino por los gobernados.
No por la enfermedad visible.
Sino por las condiciones que permiten que la enfermedad prospere.
(Continuará en la Entrega II: «La infantilización de la sociedad y el triunfo de la política sentimental»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega II: Cuando sentir sustituye a pensar

Hay españoles que se quejan del PSOE por la mañana y lo votan por la tarde.
Parece una contradicción.
Pero no lo es.
Las personas convivimos con contradicciones mucho mayores.
El fumador sabe que el tabaco le perjudica y sigue fumando.
El jugador sabe que terminará perdiendo dinero y sigue jugando.
El marido engañado sospecha la verdad y prefiere no verla.
El empresario arruinado sigue confiando en el socio que ya le ha engañado tres veces.
La condición humana funciona así.
Por eso es un error creer que la política es un ejercicio de lógica.
No lo es.
La política es, sobre todo, una cuestión de emociones.
Y esto nos conduce a uno de los fenómenos más importantes de nuestro tiempo: la infantilización de la sociedad.
No hablo de edad biológica.
Hablo de otra cosa.
Hablo de la progresiva sustitución del juicio por la emoción.
De la reflexión por el impulso.
Del razonamiento por el sentimiento.
De la responsabilidad por la excusa.
Durante siglos se consideró que alcanzar la madurez consistía precisamente en aprender a dominar los impulsos.
Un adulto debía ser capaz de distinguir entre:
- lo que desea y lo que conviene;
- lo agradable y lo correcto;
- la propaganda y la realidad;
- la apariencia y los hechos.
Hoy ocurre cada vez con más frecuencia lo contrario.
Se nos anima a vivir permanentemente guiados por emociones.
Se nos dice que lo importante es «sentir».
Que la razón es sospechosa.
Que la reflexión enfría.
Que el análisis resulta incómodo.
Que todo es cuestión de sensaciones.
Y cuando una sociedad aprende a pensar con las vísceras, se vuelve extraordinariamente fácil de manipular.
Porque las emociones son necesarias.
Pero son malas consejeras cuando gobiernan solas.
El miedo exagera.
La ira deforma.
El resentimiento ciega.
La euforia engaña.
Y quienes aspiran al poder conocen perfectamente estas debilidades.
Por eso la política moderna se parece cada vez menos al debate de ideas y cada vez más al manejo de emociones.
No se intenta convencer.
Se intenta excitar.
No se busca que el ciudadano piense.
Se busca que reaccione.
No se apela a la inteligencia.
Se apela al miedo.
O al odio.
O a la compasión.
O a la culpa.
O a la indignación.
Lo que importa es provocar una respuesta inmediata.
Y Pedro Sánchez ha demostrado una habilidad extraordinaria para desenvolverse en ese terreno.
No porque sea un gran pensador.
No porque posea una visión especialmente profunda de España.
Sino porque comprende algo muy sencillo:
muchos ciudadanos votan movidos por temores antes que por esperanzas.
Durante años el mensaje ha sido siempre parecido.
Si gobernamos nosotros, habrá tranquilidad.
Si gobiernan los otros, llegará el desastre.
Los nombres cambian.
Los argumentos cambian.
Pero el mecanismo permanece.
Hace décadas era el miedo al fascismo.
Después fue el miedo a los recortes.
Más tarde el miedo a la extrema derecha.
Mañana será cualquier otra cosa.
Lo importante no es el contenido.
Lo importante es conservar el miedo.
Porque el miedo paraliza el juicio.
Y cuando el juicio desaparece, la propaganda encuentra el terreno despejado.
No es casualidad que tantos debates públicos parezcan discusiones infantiles.
Observe el lector cualquier tertulia.
No encontrará razonamientos.
Encontrará eslóganes.
No encontrará matices.
Encontrará consignas.
No encontrará análisis.
Encontrará hinchas.
Unos animan a su equipo.
Los otros animan al contrario.
Y así pasan los años.
Mientras tanto, los problemas reales permanecen.
La deuda aumenta.
La natalidad se desploma.
Los jóvenes tienen dificultades crecientes para formar una familia.
La enseñanza se deteriora.
La vivienda se vuelve inaccesible para muchos.
La burocracia crece.
Los impuestos aumentan.
Pero la discusión pública gira alrededor de asuntos cada vez más triviales.
Como si un incendio devorara una casa mientras los ocupantes discuten acerca del color de las cortinas.
Éste es uno de los grandes triunfos de la política moderna.
Mantener a la población entretenida.
Mantenerla enfadada.
Mantenerla dividida.
Pero evitar que mire hacia donde realmente debería mirar.
Y aquí aparece otra característica propia de las sociedades infantilizadas.
La búsqueda permanente de culpables.
Todo el mundo tiene la culpa.
Los ricos.
Los pobres.
Europa.
Estados Unidos.
Los empresarios.
Los jueces.
Los periodistas.
Los extranjeros.
Los nacionales.
La oposición.
El gobierno.
Todos.
Menos uno mismo.
La responsabilidad individual desaparece.
Y cuando desaparece la responsabilidad individual, desaparece también la libertad.
Porque sólo puede ser libre quien acepta las consecuencias de sus decisiones.
El niño culpa siempre a otro.
El adulto empieza por examinarse a sí mismo.
Quizá por eso resulta tan incómodo plantear la pregunta que da origen a este ensayo.
Porque obliga a mirar hacia los votantes.
No únicamente hacia los políticos.
Resulta cómodo culpar a Sánchez de todos los males.
Y muchos de los reproches dirigidos contra él pueden estar justificados.
Pero Sánchez no habría llegado donde está sin millones de españoles dispuestos a sostenerlo.
Ésa es la cuestión verdaderamente importante.
Ningún gobernante gobierna solo.
Ningún régimen se mantiene únicamente por la voluntad de quien ocupa el poder.
Siempre existe una parte de la sociedad que lo respalda.
Que lo tolera.
Que lo justifica.
O que simplemente prefiere no hacerse preguntas.
Y es precisamente ahí donde debemos buscar algunas de las razones profundas del fenómeno.
Porque quizá el problema no sea únicamente que haya políticos dispuestos a mentir.
Quizá el problema sea que existen millones de ciudadanos dispuestos a aceptar la mentira siempre que proceda del bando que consideran suyo.
Y cuando una sociedad llega a ese punto, el problema deja de ser político.
Empieza a ser moral.
(Continuará en la Entrega III: «La tribu antes que la verdad: por qué muchos españoles votan como hinchas y no como ciudadanos»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega III: La tribu antes que la verdad

Hay una pregunta que casi nadie se atreve a formular.
¿Por qué personas honradas, trabajadoras e inteligentes pueden seguir apoyando durante años a dirigentes que incumplen promesas, cambian de opinión según conviene, se rodean de escándalos o gobiernan de manera que ellas mismas critican en privado?
La respuesta no suele encontrarse en la inteligencia.
Ni siquiera en la honestidad.
Se encuentra en algo mucho más antiguo.
La tribu.
El hombre es un ser social.
Necesita pertenecer.
Necesita sentirse parte de algo.
Necesita ser aceptado.
Necesita encontrar refugio entre quienes considera semejantes.
Esto no tiene nada de malo.
Es una característica humana.
El problema aparece cuando la pertenencia al grupo sustituye al juicio propio.
Cuando la lealtad al grupo vale más que la verdad.
Cuando la consigna pesa más que los hechos.
Cuando la tribu importa más que la realidad.
Entonces empieza la servidumbre voluntaria.
Porque el precio de pertenecer a una tribu suele ser muy sencillo:
no pensar demasiado.
O, mejor dicho, no pensar en determinadas direcciones.
No formular determinadas preguntas.
No examinar determinados hechos.
No cuestionar determinados dogmas.
La recompensa es inmediata.
La aceptación.
El aplauso.
La sensación de formar parte de los buenos.
De los justos.
De los elegidos.
De quienes están en el lado correcto.
Y pocas tentaciones resultan tan poderosas.
Por eso la política contemporánea se parece cada vez más al fútbol.
No se vota una idea.
Se apoya un equipo.
No se examinan argumentos.
Se animan colores.
No importa lo que ocurra.
Importa quién lo haga.
Si el adversario roba, es corrupción.
Si roba el propio, es una exageración.
Si el adversario miente, es intolerable.
Si miente el propio, las circunstancias eran complejas.
Si el adversario cambia de opinión, es un traidor.
Si lo hace el propio, demuestra pragmatismo.
El lector habrá observado este fenómeno cientos de veces.
Quizá miles.
Y no afecta solamente a la izquierda.
Aparece en todas partes.
Pero en el caso español adquiere una importancia especial porque buena parte del discurso político se ha construido sobre identidades emocionales muy fuertes.
Durante décadas millones de personas han aprendido a verse a sí mismas como:
- progresistas;
- conservadoras;
- nacionalistas;
- socialistas;
- antifranquistas;
- patriotas.
Y una vez que una etiqueta se instala en la identidad personal, cualquier crítica al grupo se percibe como un ataque personal.
Ya no se discuten ideas.
Se defienden pertenencias.
Por eso resulta tan difícil convencer a alguien mediante datos.
Los datos afectan a las opiniones.
Las identidades afectan a la persona entera.
Y las personas defienden sus identidades con mucha más energía que sus opiniones.
Aquí aparece otro fenómeno especialmente interesante.
La mayoría de la gente cree que piensa por sí misma.
Y seguramente es cierto en muchos aspectos de su vida.
Pero cuando entra en juego la política, la independencia intelectual suele disminuir de manera notable.
Pocos se preguntan:
—¿Y si llevo veinte años equivocado?
—¿Y si he estado defendiendo algo falso?
—¿Y si quienes me informan me engañan?
—¿Y si mi partido se ha convertido en aquello que decía combatir?
Son preguntas incómodas.
Y el ser humano procura evitar las incomodidades.
Mucho más cuando afectan a su propia imagen.
Porque reconocer un error político importante no consiste únicamente en cambiar de voto.
Supone admitir que durante años uno apoyó algo que quizá no merecía apoyo.
Y eso exige humildad.
Mucha humildad.
Una virtud bastante escasa en cualquier época.
Por eso resulta más fácil seguir justificando.
Seguir disculpando.
Seguir mirando hacia otro lado.
Seguir culpando a otros.
En el fondo, ocurre algo parecido a lo que observamos en las sectas.
Cuanto más tiempo, esfuerzo y emociones ha invertido una persona en una creencia, más difícil resulta abandonarla.
No porque la creencia sea verdadera.
Sino porque abandonarla obliga a reconocer el error.
Y el orgullo humano detesta reconocer errores.
Aquí conviene recordar una vieja observación de los clásicos.
La verdad no suele ser derrotada por argumentos mejores.
Con frecuencia es derrotada por intereses, costumbres, miedos y vanidades.
La historia está llena de ejemplos.
Civilizaciones enteras han persistido durante siglos en errores evidentes.
No porque faltaran pruebas.
Sino porque sobraban intereses.
Y porque cambiar exigía sacrificios.
España no constituye una excepción.
Por eso el problema no consiste únicamente en que existan dirigentes hábiles para manipular emociones.
El problema es que existe una parte de la población dispuesta a dejarse manipular.
Porque resulta más cómodo.
Porque exige menos esfuerzo.
Porque evita conflictos.
Porque permite seguir viviendo dentro de una visión agradable del mundo.
Y aquí enlazamos con la reflexión de la entrega anterior.
La racionalidad no es automática.
Es una virtud.
Y como toda virtud exige práctica.
Exige disciplina.
Exige hábitos.
Exige valentía.
Sí, valentía.
Porque pensar de verdad suele tener consecuencias.
A veces obliga a separarse de la opinión dominante.
A veces obliga a discrepar de amigos.
A veces obliga a enfrentarse a familiares.
A veces obliga a abandonar ideas queridas.
A veces obliga a reconocer errores.
Por eso pensar no es solamente un ejercicio intelectual.
Es también un ejercicio moral.
Quizá por eso abundan más los seguidores que los pensadores.
Los repetidores que los examinadores.
Los creyentes que los buscadores de la verdad.
Y quizá por eso resulta tan difícil comprender el apoyo persistente al PSOE si nos limitamos a observar los acontecimientos políticos.
La clave puede encontrarse en otro lugar.
No en los partidos.
No en los líderes.
No en los programas.
Sino en una inclinación humana muy antigua:
la tendencia a preferir la seguridad de la tribu antes que la incomodidad de la verdad.
Y mientras esa inclinación siga siendo más fuerte que el amor a la verdad, ningún escándalo bastará para cambiar profundamente el comportamiento político de millones de personas.
(Continuará en la Entrega IV: «La costumbre de obedecer: cómo una sociedad aprende a depender del poder»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega IV: La costumbre de obedecer

Existe una vieja observación que suele atribuirse a distintos autores y que, formulada de una u otra manera, ha acompañado a la humanidad desde hace siglos:
Quien recibe el sustento de una mano acaba mirando esa mano con respeto.
No siempre ocurre.
Pero ocurre con frecuencia.
Y ayuda a comprender uno de los fenómenos más importantes de la España contemporánea.
No se trata solamente de ideología.
No se trata solamente de propaganda.
No se trata solamente de miedo.
Existe otro factor.
La dependencia.
No la dependencia extrema.
No la del esclavo.
No la del siervo medieval.
Hablamos de algo más sutil.
Más cómodo.
Más moderno.
Más difícil de percibir.
La costumbre de esperar que el poder resuelva nuestros problemas.
Ésta es una de las grandes transformaciones de los últimos cien años.
Durante siglos la inmensa mayoría de las personas dependía principalmente de:
- su familia;
- su oficio;
- sus vecinos;
- su parroquia;
- sus ahorros;
- su capacidad de trabajo.
La vida era dura.
Mucho más dura que hoy.
Pero obligaba a desarrollar ciertas virtudes.
Previsión.
Ahorro.
Responsabilidad.
Iniciativa.
Autocontrol.
Hoy una parte creciente de la población mira hacia el Estado para casi todo.
Si falta trabajo.
El Estado.
Si falta vivienda.
El Estado.
Si faltan ingresos.
El Estado.
Si fracasa la enseñanza.
El Estado.
Si cae la natalidad.
El Estado.
Si desaparece una empresa.
El Estado.
Si surge cualquier problema.
El Estado.
Y cuanto más se acostumbra una sociedad a pensar así, más poder adquiere quien controla el Estado.
Porque deja de ser un administrador temporal.
Empieza a convertirse en proveedor.
Y quien provee termina adquiriendo influencia.
No porque obligue.
No porque amenace.
Sino porque la dependencia genera lealtades.
A veces conscientes.
A veces inconscientes.
Durante décadas el socialismo español ha comprendido esta realidad mejor que sus adversarios.
Ha entendido que una ayuda crea agradecimiento.
Que una subvención crea simpatía.
Que una nómina pública crea estabilidad electoral.
Que una red de asociaciones financiadas genera apoyos.
Que una administración creciente termina formando una extensa clientela política.
No hablamos necesariamente de corrupción.
Ni de compra directa de votos.
Las cosas suelen ser más complejas.
Hablamos de hábitos.
De costumbres.
De percepciones.
De intereses.
Un funcionario no vota necesariamente al PSOE.
Un pensionista tampoco.
Un beneficiario de ayudas tampoco.
Pero cuando millones de personas asocian la continuidad de ciertos ingresos con la continuidad de determinados partidos, aparecen incentivos muy poderosos.
Y esos incentivos influyen.
Quizá no de forma decisiva en cada individuo.
Pero sí en el conjunto.
Aquí conviene recordar una idea fundamental de Alexis de Tocqueville.
Tocqueville observó que las democracias modernas corrían un riesgo peculiar.
No el despotismo clásico.
No la tiranía brutal.
No el terror.
Algo mucho más suave.
Mucho más cómodo.
Mucho más aceptable.
Un poder paternalista que cuida de los ciudadanos al mismo tiempo que reduce progresivamente su independencia.
Un poder que no rompe voluntades.
Las adormece.
Un poder que no encadena cuerpos.
Acostumbra espíritus.
Tocqueville escribió estas reflexiones en el siglo XIX.
Resulta difícil leerlas hoy sin pensar en muchas sociedades occidentales.
Entre ellas España.
Porque una sociedad acostumbrada a depender del poder termina desarrollando una curiosa paradoja.
Cada vez exige más protección.
Y cada vez soporta menos libertad.
¿Por qué?
Porque la libertad tiene un precio.
La libertad obliga a asumir riesgos.
Obliga a equivocarse.
Obliga a responder de los propios actos.
Obliga a vivir sin garantías absolutas.
Y eso produce inquietud.
La dependencia, en cambio, ofrece tranquilidad.
Una tranquilidad aparente.
Pero tranquilidad al fin y al cabo.
Por eso muchas personas aceptan gustosamente intercambiar parcelas de libertad por promesas de seguridad.
Y los gobernantes conocen perfectamente esa inclinación.
La han conocido siempre.
Desde los faraones hasta nuestros días.
Pan y obediencia.
Protección y obediencia.
Subsidio y obediencia.
Favores y obediencia.
Las formas cambian.
La naturaleza humana permanece.
No se trata de una cuestión exclusiva del PSOE.
Sería absurdo afirmarlo.
Todo poder tiende a crecer.
Todo gobernante aspira a disponer de más recursos.
Todo partido busca ampliar su influencia.
La diferencia reside en el grado.
Y en la habilidad.
Y el socialismo español ha demostrado una extraordinaria habilidad para tejer relaciones de dependencia.
Especialmente en determinadas regiones.
Especialmente en determinados sectores.
Especialmente allí donde la iniciativa privada es más débil y la presencia de la administración más intensa.
Llegados a este punto conviene formular una pregunta incómoda.
¿Puede mantenerse una sociedad libre cuando millones de personas dependen cada vez más del poder político?
La pregunta no es nueva.
La formularon muchos pensadores antes que nosotros.
Y ninguno encontró una respuesta tranquilizadora.
Porque la libertad requiere ciudadanos independientes.
Ciudadanos capaces de decir no.
Ciudadanos capaces de sobrevivir sin pedir permiso.
Ciudadanos capaces de criticar a quien gobierna sin temer consecuencias.
Ciudadanos capaces de sostenerse por sí mismos.
Y esa clase de ciudadano no surge espontáneamente.
Hay que educarlo.
Hay que formarlo.
Hay que acostumbrarlo a la responsabilidad.
Hay que enseñarle a caminar sin muletas.
Por desgracia, la dirección seguida durante décadas parece haber sido la contraria.
Cada vez más regulación.
Cada vez más burocracia.
Cada vez más dependencia.
Cada vez más tutela.
Cada vez más ciudadanos convencidos de que la solución a todos los problemas debe llegar desde arriba.
Y cuando una sociedad adopta esa costumbre, termina produciendo gobernantes cada vez más poderosos y ciudadanos cada vez más débiles.
Quizá por eso resulta tan difícil desalojar del poder a determinadas organizaciones políticas.
Porque ya no se enfrentan únicamente a adversarios electorales.
Se apoyan sobre hábitos adquiridos durante generaciones.
Y los hábitos, como enseñaba Aristóteles, son mucho más resistentes que los argumentos.
(Continuará en la Entrega V: «La enseñanza contra la inteligencia: cómo se fabrica una población fácil de gobernar»).

¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega V: La enseñanza contra la inteligencia
Conviene aclarar algo antes de continuar.
Cuando hablamos de enseñanza no hablamos de educación.
No son la misma cosa.
Ni lo han sido nunca.
La educación corresponde principalmente a la familia.
Es en el hogar donde se aprende:
- la honradez;
- la disciplina;
- la responsabilidad;
- el respeto;
- el esfuerzo;
- la gratitud;
- la templanza;
- la fortaleza.
La escuela puede reforzar esos hábitos.
Puede ayudar.
Puede complementar.
Pero difícilmente puede sustituir a la familia.
Cuando una sociedad pretende que los maestros hagan el trabajo de los padres, ya ha empezado a caminar en dirección equivocada.
Hecha esta precisión, volvamos al asunto.
Durante siglos la enseñanza tuvo una finalidad muy concreta.
Enseñar a pensar.
No perfectamente.
No siempre.
Pero ése era el ideal.
Aprender a leer.
Aprender a escribir.
Aprender a razonar.
Aprender a distinguir entre una afirmación verdadera y una falsa.
Aprender a separar los hechos de las opiniones.
Aprender a detectar contradicciones.
Aprender a examinar argumentos.

En otras palabras:
aprender a utilizar la razón.
Hoy da la impresión de que ese objetivo ha ido perdiéndose poco a poco.
No de golpe.
No mediante una conspiración.
Sino mediante una acumulación de errores.
Uno detrás de otro.
Durante décadas se ha rebajado la exigencia.
Se ha confundido igualdad de oportunidades con igualdad de resultados.
Se ha confundido compasión con rebaja del esfuerzo.
Se ha confundido enseñar con entretener.
Se ha confundido aprobar con aprender.
Y las consecuencias están a la vista.
Cada vez más títulos.
Cada vez menos conocimientos.
Cada vez más certificados.
Cada vez menos comprensión.
Cada vez más universidades.
Cada vez menos excelencia.
Lo que antes se consideraba un mérito hoy se considera una obligación del sistema.
Lo importante ya no parece ser que el alumno aprenda.
Lo importante es que no se sienta frustrado.
Y ése es un cambio enorme.
Porque la frustración forma parte inevitable del aprendizaje.
El niño que aprende a caminar cae.
El que aprende a escribir se equivoca.
El que aprende matemáticas fracasa muchas veces antes de comprender.
El que aprende un oficio comete errores.
Nadie aprende sin esfuerzo.
Nadie aprende sin equivocarse.
Nadie aprende sin disciplina.
Sin embargo, una parte creciente de la enseñanza parece empeñada en ocultar esta realidad elemental.
Como si el conocimiento pudiera adquirirse sin sacrificio.
Como si la voluntad fuera innecesaria.
Como si la inteligencia pudiera florecer en ausencia de esfuerzo.
Pero la inteligencia no es un milagro.
Es un hábito.
Y aquí volvemos a Aristóteles.
Y también a Ayn Rand.
Pensar exige trabajo.
Pensar exige atención.
Pensar exige disciplina.
Pensar exige voluntad.
No basta poseer capacidad intelectual.
Hay que ejercitarla.
Hay que desarrollarla.
Hay que convertirla en costumbre.
De lo contrario se atrofia.
Igual que un músculo.
La consecuencia política de todo esto es enorme.
Una población acostumbrada a examinar argumentos resulta difícil de engañar.
Una población acostumbrada a comparar hechos resulta difícil de manipular.
Una población habituada a detectar contradicciones resulta difícil de conducir como un rebaño.
Por el contrario, una población que no distingue entre información y propaganda se vuelve extremadamente vulnerable.
Y aquí aparece una observación que debería preocuparnos.
Muchos ciudadanos parecen haber perdido la costumbre de preguntar.
No preguntan:
—¿Es cierto?
—¿Dónde están las pruebas?
—¿Qué consecuencias tendrá esto?
—¿Quién se beneficia?
—¿Quién paga?
—¿Qué ocurrió otras veces que se intentó algo parecido?
No.
Con demasiada frecuencia la única pregunta es:
—¿Me gusta?
O incluso:
—¿Me gustaría que fuera verdad?
Pero la realidad no funciona así.
La realidad no negocia.
No modifica sus leyes para adaptarse a nuestras preferencias.
Una deuda excesiva sigue siendo una deuda excesiva aunque la contraiga nuestro partido favorito.
Una mala ley sigue siendo una mala ley aunque la promulgue quien admiramos.
Una mentira sigue siendo una mentira aunque la pronuncie alguien de nuestra tribu política.
Por eso la decadencia intelectual precede casi siempre a la decadencia política.
Las sociedades no empiezan a deteriorarse cuando aparecen malos gobernantes.
Los malos gobernantes aparecen cuando una parte suficiente de la sociedad deja de exigir algo mejor.
Y para exigir algo mejor hay que ser capaz de reconocerlo.
Hay que tener criterio.
Hay que tener juicio.
Hay que tener independencia intelectual.
Todo ello requiere formación.
No títulos.
No diplomas.
No certificados.
Formación.
Ésta es quizá una de las tragedias menos comprendidas de nuestro tiempo.
Jamás hubo tanta información disponible.
Y jamás fue tan fácil manipular a millones de personas.
Porque disponer de información no equivale a comprenderla.
Ni a examinarla.
Ni a interpretarla correctamente.
Un hombre puede tener una biblioteca entera y seguir siendo incapaz de pensar.
Del mismo modo que puede poseer un gimnasio y seguir siendo débil.
Lo importante no es poseer herramientas.
Lo importante es utilizarlas.
Y pensar sigue siendo una de las herramientas más difíciles de utilizar.
Mucho más difícil que repetir consignas.
Mucho más difícil que seguir a la multitud.
Mucho más difícil que obedecer.
Quizá por eso resulta tan escasa.
Y quizá por eso tantos gobernantes prefieren ciudadanos instruidos a medias antes que ciudadanos verdaderamente capaces de pensar por sí mismos.
Porque quien piensa por sí mismo es imprevisible.
Y el poder siempre ha desconfiado de las personas imprevisibles.
(Continuará en la Entrega VI: «El miedo como instrumento de gobierno: la vieja técnica que nunca envejece»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega VI: El miedo como instrumento de gobierno

Hay herramientas que jamás pasan de moda.
Cambian las máquinas.
Cambian las leyes.
Cambian los medios de información.
Cambian las tecnologías.
Pero ciertas técnicas siguen siendo las mismas desde hace miles de años.
Una de ellas es el miedo.
Quizá la más antigua de todas.
Porque el miedo actúa sobre una parte muy profunda del ser humano.
Mucho más profunda que la razón.
Mucho más rápida.
Mucho más inmediata.
Cuando un hombre tiene miedo deja de preguntarse qué es verdad.
Empieza a preguntarse cómo protegerse.
Y ahí reside la enorme utilidad política del miedo.
No hace falta convencer.
No hace falta demostrar.
No hace falta razonar.
Basta con asustar.
Quien logra que una población viva preocupada, inquieta o aterrorizada posee una ventaja formidable.
Porque el miedo reduce la capacidad de juicio.
Estrecha el campo de visión.
Empuja a buscar refugio.
Y el refugio suele encontrarse en quien promete protección.
Esto lo comprendieron los sacerdotes de Egipto.
Lo comprendieron los emperadores romanos.
Lo comprendieron los monarcas absolutos.
Lo comprendieron los revolucionarios franceses.
Lo comprendieron los bolcheviques.
Lo comprendieron los fascistas.
Lo comprendieron los nazis.
Y lo comprenden perfectamente los políticos actuales.
Los nombres cambian.
La técnica permanece.
Siempre existe una amenaza.
Siempre existe un peligro.
Siempre existe un enemigo.
Siempre existe una catástrofe inminente.
Siempre existe algo que justifica entregar un poco más de libertad a cambio de un poco más de seguridad.
Es un mecanismo muy antiguo.
Y extraordinariamente eficaz.
Observe el lector la política española de las últimas décadas.
¿Cuántas veces se ha apelado al miedo?
Miedo a la derecha.
Miedo a la izquierda.
Miedo al fascismo.
Miedo al comunismo.
Miedo a Europa.
Miedo a salir de Europa.
Miedo a los mercados.
Miedo a los empresarios.
Miedo a los sindicatos.
Miedo a la Iglesia.
Miedo a los nacionalistas.
Miedo a la inmigración.
Miedo al cambio climático.
Miedo a la pandemia.
Miedo a la guerra.
Miedo a la pobreza.
Miedo a la desigualdad.
Miedo a la inseguridad.
No importa demasiado el contenido.
Lo importante es conservar el estado emocional.
Porque una población asustada resulta mucho más manejable que una población tranquila.
Una población tranquila hace preguntas.
Una población asustada pide protección.
Y quien pide protección acepta cosas que jamás aceptaría en circunstancias normales.
Aquí conviene recordar algo que muchos parecen haber olvidado.
La libertad nunca desaparece de golpe.
Nadie se levanta una mañana y descubre que vive en una tiranía completa.
Las libertades suelen perderse poco a poco.
Paso a paso.
Excepción tras excepción.
Emergencia tras emergencia.
Miedo tras miedo.
Siempre existe una razón aparentemente noble.
Siempre existe una causa aparentemente justa.
Siempre existe una amenaza aparentemente urgente.
Y así se va acostumbrando la población.
Primero una limitación pequeña.
Después otra.
Después otra más.
Hasta que aquello que habría resultado intolerable unos años antes termina pareciendo normal.
Aquí aparece una idea especialmente importante.
Los seres humanos no nos acostumbramos solamente a las comodidades.
También nos acostumbramos a las servidumbres.
Ésa es una de las lecciones más inquietantes de la historia.
Nos acostumbramos a la censura.
Nos acostumbramos a la vigilancia.
Nos acostumbramos a los abusos.
Nos acostumbramos a la mentira.
Nos acostumbramos a la corrupción.
Nos acostumbramos a casi todo.
Y cuando una sociedad se acostumbra a algo, deja de combatirlo.
Empieza a convivir con ello.
Por eso el miedo constituye una herramienta tan poderosa.
Porque no sólo paraliza.
También acostumbra.
Acostumbra a obedecer.
Acostumbra a callar.
Acostumbra a mirar hacia otro lado.
Acostumbra a aceptar lo inaceptable.
Y esto nos devuelve nuevamente al problema central de este ensayo.
¿Por qué siguen votando millones de españoles al PSOE?
Una parte de la respuesta puede encontrarse aquí.
Porque durante años se ha construido un relato —permítaseme utilizar la palabra una última vez para desmontarla— según el cual cualquier alternativa al socialismo conduciría inevitablemente a una catástrofe.
Si gobiernan otros, vendrán los recortes.
Si gobiernan otros, desaparecerán derechos.
Si gobiernan otros, regresarán viejos fantasmas.
Si gobiernan otros, España se romperá.
Si gobiernan otros, la convivencia se hundirá.
Si gobiernan otros, los débiles quedarán abandonados.
La cuestión no es si estas afirmaciones son ciertas o falsas.
La cuestión es que llevan décadas repitiéndose.
Y toda repetición acaba dejando huella.
Sobre todo cuando se dirige a varias generaciones.
Sobre todo cuando coincide con buena parte de la enseñanza pública, de los medios de información y de los aparatos de propaganda partidista.
Porque las ideas repetidas durante décadas terminan pareciendo evidentes.
Incluso cuando nunca se han demostrado.
Y aquí aparece otro problema.
El miedo es incompatible con una de las virtudes más importantes de la vida pública.
El valor.
No el valor físico.
No el valor del soldado en el campo de batalla.
El valor cívico.
La capacidad de pensar por cuenta propia.
La capacidad de disentir.
La capacidad de decir:
—No estoy de acuerdo.
—Eso no es verdad.
—Las cosas no son así.
—Muéstreme las pruebas.
Sin esa virtud, la libertad acaba convirtiéndose en una palabra vacía.
Porque la libertad exige coraje.
Coraje para equivocarse.
Coraje para discrepar.
Coraje para soportar la presión del grupo.
Coraje para enfrentarse a la mentira.
Y el miedo trabaja precisamente en dirección contraria.
Por eso todos los poderes han intentado siempre gobernar mediante el miedo.
Porque saben que un hombre temeroso busca protección.
Mientras que un hombre libre busca la verdad.
Y son cosas muy distintas.
(Continuará en la Entrega VII: «La mentira confortable y la verdad incómoda: por qué tantas personas prefieren ser engañadas»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega VII: La mentira confortable y la verdad incómoda

Hay una observación sobre la naturaleza humana que aparece una y otra vez a lo largo de la historia.
Los hombres no siempre buscan la verdad.
Buscan tranquilidad.
Y ambas cosas no siempre coinciden.
La verdad exige esfuerzo.
Obliga a pensar.
Obliga a examinar pruebas.
Obliga a revisar opiniones.
Obliga a reconocer errores.
Obliga, muchas veces, a abandonar certezas queridas.
La mentira, en cambio, suele resultar más cómoda.
Sobre todo cuando confirma lo que ya queremos creer.
Por eso el problema de la propaganda no consiste únicamente en que existan propagandistas.
El problema es que siempre encuentran compradores.
Nadie puede engañar de forma permanente a una población que desea conocer la verdad.
Pero resulta relativamente sencillo engañar a una población que prefiere sentirse cómoda.
Y aquí aparece una cuestión fundamental.
La mayor parte de las mentiras políticas no triunfan porque sean convincentes.
Triunfan porque son agradables.
Porque alivian.
Porque tranquilizan.
Porque permiten seguir viviendo sin hacerse preguntas incómodas.
Durante siglos los seres humanos han mostrado una extraordinaria capacidad para creer aquello que desean creer.
Y una extraordinaria resistencia a aceptar aquello que les resulta desagradable.
No es un fenómeno exclusivamente español.
Es humano.
Pero en España adopta algunas formas peculiares.
Por ejemplo.
Existe una tendencia muy extendida a pensar que los problemas siempre tienen causas externas.
Si una región sigue siendo pobre después de décadas de recibir ayudas, la culpa será de Madrid.
O de Bruselas.
O de los empresarios.
O de los ricos.
O del clima.
O de cualquier otra cosa.
Rara vez se examinan los errores propios.
Rara vez se analizan las decisiones equivocadas.
Rara vez se preguntan algunos:
—¿Y si nos hemos gobernado mal?
—¿Y si hemos premiado a los peores?
—¿Y si hemos votado una y otra vez a quienes nos han traído hasta aquí?

Ésas son preguntas incómodas.
Y las preguntas incómodas suelen quedarse sin respuesta.
Porque obligan a asumir responsabilidades.
Y asumir responsabilidades es una de las actividades menos populares del mundo.
Resulta mucho más fácil encontrar culpables.
Mucho más fácil encontrar enemigos.
Mucho más fácil encontrar conspiraciones.
Mucho más fácil encontrar excusas.
La responsabilidad exige madurez.
La excusa exige únicamente imaginación.
Por eso prospera tanto.
Aquí conviene recordar una observación de enorme importancia.
Los pueblos no sólo tienen los gobiernos que merecen.
Tienen también las mentiras que desean escuchar.
Un gobernante astuto no necesita inventar una falsedad completamente nueva.
Le basta con descubrir qué quiere creer la población.
Después adapta su discurso.
Y el trabajo está hecho.
Si la gente quiere creer que todos los problemas proceden de los ricos, aparecerán políticos dispuestos a culpar a los ricos.
Si quiere creer que todos los males proceden de los extranjeros, aparecerán políticos dispuestos a culpar a los extranjeros.
Si quiere creer que todos los males proceden del capitalismo, del socialismo, de la Iglesia, de los jueces o de la prensa, aparecerán inmediatamente vendedores especializados en esa mercancía.
Porque la política funciona muchas veces como un mercado.
Y el producto más rentable suele ser la mentira agradable.
La verdad rara vez obtiene tanto éxito.
La verdad suele resultar incómoda.
Por ejemplo.
Es más agradable creer que la prosperidad depende de decretos que aceptar que depende de trabajo, ahorro, inversión y seguridad jurídica.
Es más agradable creer que las pensiones están garantizadas para siempre que examinar las cifras demográficas.
Es más agradable creer que el endeudamiento no tiene consecuencias que enfrentarse a la realidad de las cuentas públicas.
Es más agradable creer que la enseñanza mejora simplemente aumentando presupuestos que analizar qué ocurre realmente dentro de las aulas.
La mentira ofrece alivio inmediato.
La verdad exige sacrificios.
Y los seres humanos tendemos a preferir el alivio inmediato.
Aquí volvemos a una idea que apareció en las entregas anteriores.
La racionalidad no surge espontáneamente.
Hay que cultivarla.
Hay que ejercitarla.
Hay que convertirla en hábito.
Porque la inclinación natural suele ir en dirección contraria.
Lo fácil es dejarse llevar.
Lo difícil es examinar.
Lo fácil es repetir.
Lo difícil es pensar.
Lo fácil es creer.
Lo difícil es comprobar.
Y precisamente por eso las sociedades libres requieren ciudadanos virtuosos.
No perfectos.
No héroes.
Pero sí personas acostumbradas a hacer un pequeño esfuerzo intelectual antes de aceptar una afirmación.
Un pueblo incapaz de realizar ese esfuerzo termina convirtiéndose en presa fácil de cualquier demagogo.
Da igual que sea de izquierdas o de derechas.
Da igual que se llame Sánchez o de cualquier otra manera.
El mecanismo siempre es el mismo.
Prometer.
Simplificar.
Señalar culpables.
Ofrecer tranquilidad.
Y evitar cuidadosamente cualquier reflexión profunda.
Porque la reflexión profunda tiene una mala costumbre.
Suele conducir hacia la verdad.
Y la verdad, casi siempre, termina siendo incómoda.
Por eso tantas personas prefieren vivir dentro de una mentira confortable.
No porque sean estúpidas.
No porque carezcan de inteligencia.
Sino porque la comodidad ejerce una atracción poderosa.
Y porque la verdad exige algo que escasea cada vez más.
Carácter.
(Continuará en la Entrega VIII: «El carácter perdido: cómo una sociedad deja de producir ciudadanos y empieza a producir súbditos»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega VIII: El carácter perdido: cómo una sociedad deja de producir ciudadanos y empieza a producir súbditos

Existe una palabra que ha desaparecido casi por completo del debate público.
Carácter.
Nuestros abuelos la utilizaban con frecuencia.
Nuestros bisabuelos todavía más.
Hoy apenas se escucha.
Y, sin embargo, pocas palabras resultan tan importantes para comprender el estado de una nación.
Porque los pueblos no se sostienen únicamente sobre leyes.
Ni sobre constituciones.
Ni sobre parlamentos.
Ni sobre tribunales.
Se sostienen sobre el carácter de sus ciudadanos.
Las instituciones son importantes.
Pero quienes las hacen funcionar son personas.
Y cuando las personas se degradan, las instituciones terminan degradándose con ellas.
Por eso resulta tan ingenua la creencia de que todos los problemas pueden resolverse mediante nuevas leyes.
España tiene miles y miles de leyes.
Probablemente demasiadas.
Y, sin embargo, la corrupción existe.
La incompetencia existe.
El clientelismo existe.
La mentira existe.
El abuso de poder existe.
¿Por qué?
Porque ninguna ley puede sustituir al carácter.
Ninguna.
Un hombre deshonesto encontrará formas de eludir una norma.
Un cobarde encontrará excusas para no actuar.
Un oportunista encontrará maneras de aprovecharse del sistema.
Y una sociedad compuesta por millones de individuos que rehúyen la responsabilidad terminará produciendo gobiernos que reflejen exactamente esa actitud.
Aquí aparece una cuestión fundamental.
¿Qué distingue a un ciudadano de un súbdito?
La diferencia no es jurídica.
Es moral.
El súbdito espera.
El ciudadano actúa.
El súbdito obedece.
El ciudadano examina.
El súbdito delega.
El ciudadano asume responsabilidades.
El súbdito pregunta:
—¿Qué va a hacer el gobierno por mí?
El ciudadano pregunta:
—¿Qué debo hacer yo?
La diferencia parece pequeña.
En realidad es enorme.
Porque determina toda una manera de vivir.
Durante siglos Occidente produjo generaciones educadas en la responsabilidad personal.
Con muchas limitaciones.
Con muchos defectos.
Con muchas injusticias.
Pero también con una convicción básica:
cada persona era responsable de sus actos.
Hoy esa idea parece retroceder.
La culpa siempre pertenece a otro.
La familia.
La escuela.
La sociedad.
Los ricos.
Los pobres.
Los empresarios.
Los políticos.
Los jueces.
Europa.
La globalización.
Cualquier cosa.
Menos uno mismo.
Y cuando desaparece la responsabilidad personal, el carácter empieza a debilitarse.
Porque el carácter se forja precisamente al asumir consecuencias.
Al reconocer errores.
Al levantarse después de una caída.
Al soportar fracasos.
Al corregir defectos.
No existe otro camino.
Por eso las generaciones acostumbradas a evitar cualquier incomodidad suelen desarrollar menos fortaleza interior.
Y una sociedad compuesta por individuos débiles termina buscando gobernantes fuertes.
Es una constante histórica.
Quien no sabe gobernarse a sí mismo acaba buscando quien lo gobierne.
Quien teme la libertad termina buscando tutela.
Quien huye de la responsabilidad termina entregándola a otros.
Y así nace la servidumbre.
No mediante cadenas.
No mediante violencia.
Sino mediante costumbre.
Aquí conviene recordar una observación de enorme profundidad.
Las tiranías más duraderas no son las que se imponen por la fuerza.
Son las que logran que la población considere normal depender de ellas.
Porque la fuerza genera resistencia.
La costumbre genera obediencia.
Y pocas cosas son más poderosas que la costumbre.
Un hombre puede rebelarse contra una injusticia.
Puede enfrentarse a un abuso.
Puede combatir una ley.
Pero resulta mucho más difícil rebelarse contra algo que ha llegado a considerar normal.
Por eso el verdadero triunfo del poder no consiste en inspirar miedo.
Consiste en lograr que sus beneficiarios no imaginen una alternativa.
Que consideren inevitable aquello que simplemente es habitual.
Y aquí regresamos a la pregunta inicial.
¿Por qué siguen votando millones de españoles al PSOE?
Una parte de la respuesta quizá se encuentre en esta transformación silenciosa.
No hablamos solamente de preferencias políticas.
Hablamos de hábitos mentales.
Hablamos de una forma de relacionarse con el poder.
Hablamos de generaciones enteras acostumbradas a mirar hacia arriba cada vez que surge un problema.
Acostumbradas a esperar soluciones ajenas.
Acostumbradas a delegar responsabilidades.
Acostumbradas a pedir protección.
Y cuando una sociedad adquiere esa costumbre durante décadas, termina produciendo una clase política especializada en ofrecer exactamente eso.
Protección.
Subsidios.
Promesas.
Excusas.
Justificaciones.
Todo menos autonomía.
Todo menos independencia.
Todo menos responsabilidad.
Porque la responsabilidad produce ciudadanos.
Y los ciudadanos son difíciles de manejar.
Piensan.
Preguntan.
Desconfían.
Exigen explicaciones.
Comparan promesas con resultados.
Recuerdan.
Y el poder siempre ha preferido súbditos.
No porque sean mejores.
Sino porque resultan más cómodos.
Quizá por eso una de las batallas más importantes de nuestro tiempo no sea económica.
Ni electoral.
Ni siquiera ideológica.
Quizá sea una batalla por recuperar algo mucho más antiguo.
El carácter.
Porque una nación puede sobrevivir a una crisis económica.
Puede sobrevivir a malos gobiernos.
Puede sobrevivir incluso a derrotas históricas.
Lo que difícilmente puede sobrevivir es a la desaparición progresiva de las virtudes que sostienen la libertad.
Y entre todas ellas hay una que ocupa el primer lugar.
La responsabilidad personal.
Sin ella no existen ciudadanos.
Sólo administrados.
(Continuará en la Entrega IX: «La corrupción que nadie quiere ver: cuando el problema deja de estar sólo en los gobernantes»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega X: El gran negocio de la dependencia

Existe una idea que pocas veces se formula abiertamente.
Porque resulta incómoda.
Y porque obliga a cuestionar muchos lugares comunes.
La idea es ésta:
el poder prefiere ciudadanos dependientes antes que ciudadanos libres.
No porque sea una conspiración.
No porque exista un plan secreto cuidadosamente elaborado.
Sino porque la propia naturaleza del poder empuja en esa dirección.
Un ciudadano independiente resulta imprevisible.
Puede votar en contra.
Puede discrepar.
Puede marcharse.
Puede negarse.
Puede protestar.
Puede exigir explicaciones.
Puede comparar promesas con resultados.
Puede castigar electoralmente a quien le engaña.
En cambio, un ciudadano dependiente es mucho más manejable.
No porque sea peor persona.
Sino porque tiene más cosas que perder.
Y quien tiene mucho que perder suele ser más prudente a la hora de enfrentarse al poder.
Por eso el crecimiento continuo de la dependencia constituye uno de los fenómenos más importantes de la España contemporánea.
Observe el lector la evolución de las últimas décadas.
Cada vez más administraciones.
Cada vez más organismos.
Cada vez más agencias.
Cada vez más observatorios.
Cada vez más fundaciones.
Cada vez más consorcios.
Cada vez más empresas públicas.
Cada vez más subvenciones.
Cada vez más ayudas.
Cada vez más regulaciones.
Cada vez más permisos.
Cada vez más autorizaciones.
Cada vez más burocracia.
Todo ello se presenta siempre bajo una apariencia benéfica.
Y, en ocasiones, realmente lo es.
No se trata de negar la utilidad de determinados servicios públicos.
No se trata de cuestionar la existencia de una red de protección para quienes atraviesan dificultades.
Una sociedad civilizada debe ayudar a quien verdaderamente lo necesita.
La cuestión es otra.
La cuestión es qué ocurre cuando la excepción se convierte en norma.
Cuando la ayuda temporal se transforma en forma de vida.
Cuando la dependencia deja de ser una situación extraordinaria y se convierte en una estructura permanente.
Porque entonces aparece un fenómeno muy peligroso.
El beneficiario deja de percibirse como ciudadano.
Empieza a percibirse como cliente.
Y el gobernante deja de percibirse como administrador.
Empieza a comportarse como proveedor.
A partir de ese momento la relación cambia por completo.
Ya no se trata de gobernar.
Se trata de repartir.
Y quien reparte adquiere poder.
Mucho poder.
Aquí conviene recordar una vieja enseñanza de Frédéric Bastiat.
El Estado no posee recursos propios.
Todo lo que entrega antes tuvo que extraerlo de alguien.
Puede hacerlo mediante impuestos.
Puede hacerlo mediante deuda.
Puede hacerlo mediante inflación.
Pero siempre existe alguien que paga.
Siempre.
Sin excepción.
Sin embargo, una parte considerable de la población termina viendo únicamente la segunda parte del proceso.
Ve lo que recibe.
No ve lo que se ha quitado previamente.
Y esa ilusión resulta políticamente muy rentable.
Porque permite presentar como generosidad lo que en realidad es redistribución.
Permite presentar como regalo lo que previamente ha sido cobrado.
Permite presentar como conquista lo que muchas veces no es más que una transferencia.
Y aquí encontramos una de las claves para comprender la resistencia electoral del PSOE.
Durante décadas el socialismo español ha conseguido identificarse con la idea misma del Estado.
No con una determinada política.
No con un programa concreto.
No con una medida específica.
Con el Estado.
Como si ambas cosas fueran inseparables.
Como si cuestionar una decisión gubernamental equivaliera a cuestionar la sanidad.
Como si criticar una subvención equivaliera a atacar a los necesitados.
Como si discutir una ayuda equivaliera a carecer de compasión.
Ésa ha sido una de las operaciones políticas más exitosas de la historia reciente de España.
Y también una de las más difíciles de desmontar.
Porque convierte cualquier debate en un problema moral.
Ya no se discute la eficacia de una medida.
Se discuten las intenciones de quien la critica.
Y cuando la discusión se desplaza desde los hechos hacia las intenciones, el razonamiento suele terminar.
Comienza la propaganda.
Pero existe otro aspecto aún más importante.
La dependencia no sólo afecta al bolsillo.
Afecta también al carácter.
Quien se acostumbra a esperar soluciones ajenas termina debilitando su iniciativa.
Quien se acostumbra a recibir instrucciones termina debilitando su criterio.
Quien se acostumbra a delegar responsabilidades termina debilitando su autonomía.
Y aquí volvemos una vez más a Aristóteles.
Los hábitos construyen el carácter.
Y el carácter construye la vida de los individuos y de las naciones.
Una sociedad habituada a la responsabilidad produce ciudadanos.
Una sociedad habituada a la dependencia produce administrados.
Y los administrados suelen convertirse en excelentes votantes cautivos.
No porque alguien compre su voto.
No porque exista necesariamente corrupción directa.
No porque haya coacción.
Sino porque los hábitos terminan convirtiéndose en forma de pensar.
Y una persona rara vez vota contra aquello de lo que cree depender.
Por eso la cuestión decisiva no consiste en cuántos subsidios existen.
Ni cuántas ayudas.
Ni cuántos funcionarios.
Ni cuántos organismos.
La cuestión decisiva es otra.
¿Cuántos españoles creen sinceramente que su bienestar depende principalmente de sí mismos?
Y cuántos creen que depende principalmente del poder político.
La respuesta a esa pregunta explica muchas más cosas que cientos de encuestas.
Porque cuando una nación pierde la confianza en su propia capacidad para prosperar mediante el trabajo, el ahorro, la iniciativa y la responsabilidad, termina buscando salvadores.
Y los salvadores siempre abundan.
Especialmente en vísperas electorales.
(Continuará en la Entrega XI: «La destrucción de la memoria: por qué tantos españoles olvidan lo que ayer les parecía intolerable»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XI: La destrucción de la memoria

Uno de los fenómenos más extraños de la política consiste en la facilidad con la que las sociedades olvidan.
No hablo de acontecimientos lejanos.
No hablo de sucesos ocurridos hace siglos.
Ni siquiera hace décadas.
Hablo de cosas ocurridas hace apenas unos años.
A veces hace unos meses.
Escándalos.
Promesas incumplidas.
Contradicciones flagrantes.
Declaraciones solemnes.
Compromisos públicos.
Líneas rojas.
Todo desaparece.
Como si jamás hubiera existido.
Y entonces vuelven a repetirse los mismos debates.
Las mismas promesas.
Los mismos errores.
Los mismos engaños.
Una y otra vez.
Ésta es una de las razones por las que tantos gobernantes sobreviven políticamente.
No porque sean especialmente brillantes.
No porque posean capacidades extraordinarias.
Sino porque saben que la memoria pública suele ser corta.
Muy corta.
Mucho más corta de lo que debería.
Y Pedro Sánchez ha demostrado comprender perfectamente esta debilidad humana.
Observe el lector la cantidad de afirmaciones categóricas pronunciadas durante los últimos años.
«No pactaré con…»
«Nunca haré…»
«Jamás aceptaré…»
«Esto sería inconstitucional…»
«Eso sería inadmisible…»
«Lo contrario sería una traición…»
Después sucede exactamente lo contrario.
Y, sin embargo, millones de votantes permanecen.
¿Por qué?
Porque la memoria política se ha debilitado enormemente.
Aquí conviene detenerse.
La memoria no es únicamente una facultad individual.
También existe una memoria colectiva.
Las naciones recuerdan.
Las familias recuerdan.
Las comunidades recuerdan.
Las civilizaciones recuerdan.
Y cuando dejan de hacerlo empiezan a repetir errores.
Por eso la historia siempre fue considerada una disciplina esencial.
No para acumular fechas.
No para memorizar nombres.
Sino para comprender consecuencias.
La historia enseñaba algo muy importante:
que las acciones tienen efectos.
Que las decisiones producen resultados.
Que determinadas conductas conducen una y otra vez a desenlaces parecidos.
Pero hoy vivimos en una época extraña.
Jamás hubo tanta información.
Y jamás pareció existir tan poca memoria.
Todo se consume rápidamente.
Todo se olvida rápidamente.
Todo es sustituido rápidamente.
La noticia de ayer desaparece bajo la avalancha de noticias de hoy.
Y la noticia de hoy desaparecerá mañana.
El resultado es devastador para la vida pública.
Porque un ciudadano sin memoria resulta extraordinariamente fácil de manipular.
Si no recuerda las promesas anteriores, no puede compararlas con los resultados.
Si no recuerda las contradicciones, no puede detectar el engaño.
Si no recuerda los errores, no puede aprender de ellos.
Por eso la memoria constituye una forma de defensa.
Quizá una de las más importantes.
Y aquí aparece otro problema.
Muchas personas no sólo olvidan.
Seleccionan cuidadosamente aquello que desean recordar.
Éste es un rasgo profundamente humano.
Recordamos con facilidad aquello que confirma nuestras creencias.
Olvidamos con rapidez aquello que las contradice.
El socialista recuerda los errores de la derecha.
El conservador recuerda los errores de la izquierda.
El nacionalista recuerda los agravios sufridos.
Olvida los agravios cometidos.
Todos tendemos a hacerlo.
Por eso la búsqueda de la verdad exige esfuerzo.
Porque obliga a luchar contra nuestras propias inclinaciones.
Y pocas batallas resultan tan difíciles como ésa.
Aquí encontramos otra clave para entender la persistencia electoral del PSOE.
Millones de votantes no examinan una trayectoria completa.
Examinan impresiones recientes.
Sensaciones.
Titulares.
Estados de ánimo.
Y quien domina la conversación pública durante unas semanas puede modificar esas impresiones.
Aunque los hechos acumulados durante años apunten en dirección contraria.
Esto no constituye una novedad histórica.
Ya ocurrió en Roma.
Ya ocurrió en Atenas.
Ya ocurrió en innumerables repúblicas.
Los demagogos siempre han prosperado mejor en sociedades con poca memoria.
Porque quien recuerda compara.
Y quien compara descubre contradicciones.
Mientras que quien vive únicamente en el presente resulta mucho más vulnerable a la emoción del momento.
Aquí aparece una observación especialmente inquietante.
Una sociedad puede perder riqueza y recuperarla.
Puede sufrir una crisis y superarla.
Puede cometer errores y corregirlos.
Pero cuando pierde la memoria empieza a perder también la capacidad de aprender.
Y un pueblo incapaz de aprender está condenado a tropezar repetidamente con las mismas piedras.
Quizá por eso ciertas promesas siguen funcionando elección tras elección.
Quizá por eso determinados discursos conservan eficacia después de décadas.
Quizá por eso tantos políticos sobreviven a contradicciones que habrían destruido cualquier reputación en épocas anteriores.
Porque la memoria se ha vuelto frágil.
Y una sociedad sin memoria se parece mucho a una persona sin experiencia.
Está condenada a empezar siempre desde cero.
A cometer una y otra vez los mismos errores.
A dejarse engañar por los mismos embaucadores.
A confiar una y otra vez en los mismos vendedores de humo.
Por eso la batalla por la memoria resulta tan importante.
No para vivir anclados en el pasado.
Sino para comprender el presente.
Porque la memoria es la experiencia acumulada de una sociedad.
Y cuando esa experiencia desaparece, la ingenuidad ocupa su lugar.
Entonces los errores vuelven.
Y los responsables también.
(Continuará en la Entrega XII: «La sustitución de la verdad por la propaganda: cuando las palabras dejan de describir la realidad y empiezan a ocultarla»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XII: Cuando las palabras dejan de describir la realidad

Existe una forma de corrupción más antigua que la corrupción económica.
Y más peligrosa.
La corrupción del lenguaje.
Porque cuando las palabras pierden su significado, las personas terminan perdiendo también su capacidad para comprender la realidad.
Esto no es una exageración.
Es una constante histórica.
Todos los regímenes que han aspirado a controlar profundamente una sociedad han intentado antes controlar las palabras.
No necesariamente prohibiéndolas.
Eso sería demasiado evidente.
Lo hacen alterando su significado.
Transformándolas.
Vacíandolas.
Convirtiéndolas en instrumentos de propaganda.
Y cuando una palabra deja de describir una realidad objetiva para convertirse en un arma política, comienza la confusión.
Observe el lector lo ocurrido en España durante las últimas décadas.
Palabras que durante siglos tuvieron un significado razonablemente claro han empezado a utilizarse de manera distinta.
La tolerancia ya no significa soportar opiniones distintas.
Muchas veces significa aceptar determinadas opiniones y perseguir otras.
La igualdad ya no significa igualdad ante la ley.
Con frecuencia significa igualdad de resultados.
La democracia ya no significa gobierno limitado por leyes.
A menudo significa simplemente que gana quien piensa como yo.
La solidaridad ya no significa ayuda voluntaria.
Se presenta cada vez más como redistribución obligatoria.
La libertad ya no significa poder actuar sin coacción.
En demasiadas ocasiones significa disponer de prestaciones financiadas por terceros.
Y así sucesivamente.
No se trata de una cuestión académica.
Tiene consecuencias prácticas.
Porque quien controla las palabras termina condicionando la manera en que las personas interpretan el mundo.
Si una subida de impuestos se presenta como justicia social, muchos dejarán de verla como una subida de impuestos.
Si una cesión política se presenta como diálogo, muchos dejarán de verla como una cesión.
Si una amnistía se presenta como reconciliación, muchos dejarán de verla como una amnistía.
Las palabras actúan como lentes.
Y según el cristal que se utilice, la realidad aparece deformada.
Aquí conviene recordar una observación elemental.
Las cosas son lo que son.
No lo que decidimos llamarles.
Un robo sigue siendo un robo aunque lo describamos mediante expresiones elegantes.
Una mentira sigue siendo una mentira aunque se repita mil veces.
Una deuda sigue siendo una deuda aunque se la denomine inversión.
Y una mala decisión sigue siendo una mala decisión aunque vaya acompañada de los mejores discursos.
Sin embargo, una parte creciente de la política moderna parece consistir precisamente en cambiar nombres.
No resolver problemas.
Cambiar nombres.
Porque cambiar la realidad resulta difícil.
Cambiar las palabras resulta mucho más sencillo.
Por eso asistimos continuamente a un fenómeno curioso.
Cada vez hay más especialistas en comunicación.
Más asesores.
Más expertos en imagen.
Más fabricantes de mensajes.
Y, sin embargo, los problemas fundamentales siguen ahí.
La deuda.
La natalidad.
La vivienda.
La enseñanza.
La productividad.
La corrupción.
La inseguridad jurídica.
La fragmentación territorial.
Nada de eso desaparece porque se le cambie el nombre.
Pero sí puede desaparecer temporalmente de la conversación pública.
Y ése es precisamente el objetivo.
No solucionar.
Desviar.
No aclarar.
Confundir.
No describir.
Persuadir.
Aquí aparece una de las razones por las que tantas personas continúan apoyando opciones políticas que objetivamente les han decepcionado una y otra vez.
Porque no juzgan únicamente los hechos.
Juzgan también las palabras que acompañan a esos hechos.
Y quien domina el lenguaje dispone de una enorme ventaja.
No necesita demostrar.
Le basta con etiquetar.
Una etiqueta adecuada puede sustituir a un razonamiento.
Una palabra emocional puede sustituir a una prueba.
Una consigna puede sustituir a un análisis.
Y la mayoría de las personas, ocupadas en sus vidas cotidianas, carecen de tiempo para examinar cuidadosamente cada afirmación.
Por eso la propaganda funciona.
No porque los ciudadanos sean necesariamente ignorantes.
Sino porque nadie dispone de tiempo suficiente para verificarlo todo.
Aquí surge una cuestión especialmente importante.
La verdad suele expresarse mediante palabras sencillas.
La propaganda prefiere las palabras ambiguas.
La verdad necesita precisión.
La propaganda necesita confusión.
La verdad busca aclarar.
La propaganda busca influir.
Por eso los grandes escritores españoles —Azorín, Baroja, Camba, Pla o Felipe Alaiz— desconfiaban profundamente de la prosa inflada.
Sabían que muchas veces la oscuridad del lenguaje sirve para ocultar la pobreza de las ideas.
O para disfrazar realidades incómodas.
Un hombre que domina las palabras puede engañar durante algún tiempo.
Pero una sociedad acostumbrada a pensar termina descubriendo el engaño.
Y aquí volvemos nuevamente al problema central de este ensayo.
¿Por qué siguen votando millones de españoles al PSOE?
Entre otras razones, porque una parte considerable de la población ha sido expuesta durante décadas a un lenguaje cuidadosamente diseñado para presentar determinadas políticas como moralmente superiores y determinadas críticas como moralmente sospechosas.
No siempre mediante censura.
No siempre mediante imposición.
Muchas veces mediante repetición.
La repetición es una herramienta extraordinariamente poderosa.
Lo repetido acaba pareciendo evidente.
Y lo evidente deja de examinarse.
Por eso una sociedad libre necesita ciudadanos capaces de preguntarse continuamente:
—¿Qué significa exactamente esta palabra?
—¿Describe la realidad o intenta ocultarla?
—¿Se trata de una explicación o de una consigna?
—¿Hay hechos detrás o sólo emociones?
Ésas son preguntas incómodas.
Pero imprescindibles.
Porque cuando las palabras dejan de servir a la verdad, empiezan a servir al poder.
Y cuando eso ocurre, la libertad comienza a debilitarse.
No de golpe.
No mediante violencia.
Sino mediante algo mucho más sutil.
La confusión.
(Continuará en la Entrega XIII: «La religión política: cuando los partidos sustituyen a la fe, la razón y la moral»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XIII: La religión política

Hay algo que llama la atención cuando se observan ciertos comportamientos políticos contemporáneos.
La intensidad emocional.
La devoción.
La incapacidad para admitir errores.
La necesidad de creer.
La hostilidad hacia los disidentes.
La veneración de determinados dirigentes.
La demonización de los adversarios.
Todo ello resulta extrañamente familiar.
Porque no pertenece únicamente a la política.
Durante siglos perteneció principalmente al ámbito religioso.
Y aquí conviene hacer una precisión importante.
No estamos afirmando que la política haya sustituido completamente a la religión.
Ni que todos los votantes se comporten como fanáticos.
Ni mucho menos.
Pero sí parece evidente que una parte de la sociedad ha trasladado a la política impulsos que antes encontraban cauce en otros ámbitos.
Necesidad de pertenencia.
Necesidad de sentido.
Necesidad de redención.
Necesidad de sentirse moralmente superior.
Necesidad de distinguir entre buenos y malos.
Y cuando la política absorbe esas funciones, deja de ser una actividad racional.
Empieza a convertirse en una fe.
No una fe en Dios.
No una fe en la trascendencia.
Una fe política.
El fenómeno no es nuevo.
La Revolución Francesa intentó crear sus propios cultos.
El comunismo tuvo sus profetas, sus mártires, sus textos sagrados y sus herejes.
El fascismo hizo algo parecido.
El nacionalismo radical también.
Todos ellos compartían una característica común.
No exigían reflexión.
Exigían adhesión.
No pedían examen crítico.
Pedían obediencia.
No aceptaban discrepancias.
Las castigaban.
Y aunque las democracias occidentales actuales son muy distintas de aquellos sistemas, algunos mecanismos psicológicos siguen siendo reconocibles.
Observe el lector ciertas discusiones políticas.
No parecen debates.
Parecen actos de fe.
Los hechos importan poco.
Las pruebas importan poco.
Los resultados importan poco.
Lo único importante es permanecer fiel.
Fiel al partido.
Fiel al líder.
Fiel a la tribu.
Fiel a la causa.
Y cuando la fidelidad sustituye a la verdad, la política empieza a parecerse peligrosamente a una religión secularizada.
Aquí aparece uno de los mayores triunfos de Pedro Sánchez.
No necesariamente del PSOE histórico.
No del socialismo clásico.
Sino del sanchismo.
Ha conseguido que una parte de sus seguidores interprete cada ataque contra él como una agresión contra ellos mismos.
Cada investigación judicial se transforma en persecución.
Cada crítica se transforma en conspiración.
Cada derrota se transforma en resistencia.
Cada fracaso se transforma en éxito.
Y eso sólo es posible cuando la adhesión emocional supera al análisis racional.
Porque una persona acostumbrada a pensar examina los hechos.
Una persona dominada por la fe política examina únicamente quién los presenta.
La diferencia es enorme.
Aquí conviene recordar algo que ya señalamos anteriormente.
La racionalidad es una virtud.
Y como toda virtud exige entrenamiento.
Nadie nace racional.
Nadie.
Se aprende.
Se practica.
Se fortalece.
Y también puede abandonarse.
Una sociedad que deja de ejercitar la razón termina cayendo fácilmente en el pensamiento tribal.
Entonces las preguntas desaparecen.
Y son sustituidas por consignas.
Ya no importa:
—¿Es verdad?
Importa:
—¿Quién lo dice?
Ya no importa:
—¿Funciona?
Importa:
—¿Favorece a los nuestros?
Ya no importa:
—¿Es justo?
Importa:
—¿Perjudica a los otros?
Y cuando una sociedad llega a ese punto, la política deja de servir al bien común.
Empieza a servir a las tribus.
Aquí encontramos una de las razones más profundas por las que tantos escándalos producen tan poco efecto electoral.
Porque los escándalos afectan a los hechos.
Pero la fe política afecta a la identidad.
Y las identidades suelen ser mucho más resistentes que los hechos.
Un hombre puede cambiar de opinión.
Le ocurre constantemente.
Pero cambiar de identidad resulta mucho más difícil.
Por eso tantas personas soportan contradicciones que jamás aceptarían en otros ámbitos de su vida.
Porque sienten que abandonar determinadas creencias equivaldría a abandonarse a sí mismas.
Y pocas cosas resultan tan difíciles.
Quizá por eso el problema que estamos analizando no sea exclusivamente político.
Quizá ni siquiera sea principalmente político.
Quizá sea cultural.
Quizá sea moral.
Quizá sea espiritual.
Porque una sociedad que pierde el hábito de buscar la verdad termina buscando sustitutos.
Y esos sustitutos suelen adoptar formas muy diversas.
Ideologías.
Partidos.
Líderes.
Causas.
Movimientos.
Da igual el nombre.
La función es siempre la misma.
Ofrecer certezas fáciles a cambio de renunciar al esfuerzo de pensar.
Y ahí reside el verdadero peligro.
No en que existan partidos políticos.
No en que existan ideologías.
No en que existan dirigentes ambiciosos.
Todo eso ha existido siempre.
El peligro aparece cuando millones de personas dejan de comportarse como ciudadanos y empiezan a comportarse como creyentes.
Porque entonces la política deja de ser una búsqueda imperfecta del mejor gobierno posible.
Se convierte en una lucha entre ortodoxias.
Y las ortodoxias rara vez producen libertad.
Suelen producir obediencia.
(Continuará en la Entrega XIV: «El odio como combustible político: cómo se moviliza a millones de personas contra enemigos reales o imaginarios»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XIV: El odio como combustible político

Hay una emoción políticamente más útil que el entusiasmo.
Más útil que la esperanza.
Más útil incluso que el miedo.
El odio.
No necesariamente el odio feroz.
No necesariamente el odio explícito.
Basta con algo más suave.
El resentimiento.
La aversión.
La animadversión.
La desconfianza permanente hacia un adversario cuidadosamente seleccionado.
Porque el odio posee una ventaja extraordinaria.
Une.
Une incluso a personas que apenas comparten otra cosa.
Durante siglos los gobernantes comprendieron esta realidad.
Cuando una sociedad empieza a fracturarse, cuando los problemas se acumulan, cuando las promesas incumplidas se multiplican, siempre existe una tentación.
Buscar un enemigo.
Y señalarlo.
El mecanismo es antiquísimo.
Si algo va mal, alguien tiene la culpa.
Y cuanto más sencillo resulte identificar al culpable, más eficaz será el discurso.
Por eso la política moderna se parece tantas veces a una cacería.
Siempre existe un responsable de todos los males.
Ayer fueron los aristócratas.
Después los burgueses.
Después los capitalistas.
Después los comunistas.
Después los fascistas.
Después los inmigrantes.
Después los nacionalistas.
Después los centralistas.
Después los ricos.
Después los pobres.
El nombre cambia.
La técnica permanece.
Y aquí encontramos una de las claves más importantes para comprender la extraordinaria resistencia electoral del PSOE.
Durante décadas una parte considerable de la izquierda española ha logrado construir una identidad basada menos en lo que propone que en aquello a lo que se opone.
No se trata de ofrecer un proyecto.
Se trata de señalar una amenaza.
No se trata de convencer.
Se trata de movilizar.
Y nada moviliza mejor que el miedo mezclado con resentimiento.
Porque la esperanza exige resultados.
El odio exige únicamente enemigos.
Y los enemigos son mucho más fáciles de fabricar.
Observe el lector una realidad llamativa.
Hay millones de españoles que apenas conocen las propuestas concretas de los partidos a los que votan.
Sin embargo, conocen perfectamente a quién deben temer.
A quién deben rechazar.
A quién deben odiar.
A quién deben impedir llegar al poder.
Eso no ocurre por casualidad.
Es el resultado de décadas de propaganda.
Décadas.
Generaciones enteras han crecido escuchando variaciones del mismo mensaje.
La derecha constituye una amenaza.
El conservadurismo constituye una amenaza.
Determinadas ideas constituyen una amenaza.
Determinadas personas constituyen una amenaza.
Y cuando ese mensaje se repite durante cuarenta o cincuenta años, acaba convirtiéndose en una especie de reflejo condicionado.
Ya no es necesario demostrar nada.
La reacción se produce automáticamente.
Aparece una palabra.
Aparece un símbolo.
Aparece una etiqueta.
Y la emoción se activa.
La razón llega después.
Si llega.
Aquí conviene recordar algo importante.
El odio simplifica.
Y precisamente por eso resulta tan atractivo.
La realidad es compleja.
Los problemas son complejos.
Las soluciones son complejas.
El odio elimina esa complejidad.
Reduce todo a una lucha entre buenos y malos.
Entre víctimas y culpables.
Entre inocentes y malvados.
Y esa simplificación proporciona una enorme tranquilidad psicológica.
Porque evita el esfuerzo de pensar.
Todo queda explicado.
Todo queda ordenado.
Todo queda clasificado.
Los nuestros son buenos.
Los otros son malos.
Y asunto resuelto.
Por eso las sociedades dominadas por el sectarismo suelen perder gradualmente la capacidad de analizar la realidad.
Ya no examinan hechos.
Examinan identidades.
Ya no preguntan:
—¿Tiene razón?
Preguntan:
—¿De qué bando es?
Ya no preguntan:
—¿Es verdad?
Preguntan:
—¿A quién beneficia?
Y cuando la política alcanza ese punto, la verdad empieza a convertirse en una víctima más.
Aquí aparece otro fenómeno especialmente peligroso.
El odio necesita alimento constante.
No puede permanecer quieto.
Debe renovarse.
Debe actualizarse.
Debe encontrar nuevos motivos de indignación.
Nuevos agravios.
Nuevos enemigos.
Nuevas amenazas.
Porque una población tranquila comienza a reflexionar.
Y una población que reflexiona resulta mucho más difícil de manipular.
Por eso los fabricantes de resentimiento trabajan sin descanso.
Siempre hay una nueva alarma.
Siempre hay un nuevo peligro.
Siempre hay una nueva indignación.
Siempre hay un nuevo escándalo cuidadosamente seleccionado.
Y mientras tanto, los problemas fundamentales permanecen intactos.
La deuda.
La natalidad.
La productividad.
La enseñanza.
La vivienda.
La corrupción.
La pérdida de competitividad.
Todo sigue ahí.
Pero la conversación pública gira alrededor de enemigos.
No alrededor de soluciones.
Aquí conviene formular una pregunta incómoda.
¿Qué ocurriría si desapareciera el adversario?
¿Qué ocurriría si el PSOE ya no pudiera culpar a la derecha?
¿Qué ocurriría si la derecha ya no pudiera culpar a la izquierda?
¿Qué ocurriría si cada uno tuviera que responder exclusivamente de sus resultados?
La política cambiaría profundamente.
Y muchos profesionales de la política tendrían dificultades para sobrevivir.
Porque una parte importante de su actividad consiste precisamente en fabricar antagonismos.
En mantener enfrentados a grupos que, en muchos asuntos esenciales, comparten intereses comunes.
Y aquí encontramos una de las razones más profundas por las que tantos españoles siguen votando al PSOE.
No necesariamente porque amen lo que hace.
A veces basta con que odien suficientemente a quienes podrían sustituirlo.
Y ésa es una diferencia enorme.
Porque el apoyo basado en la admiración exige méritos.
El apoyo basado en el miedo y el rechazo exige únicamente enemigos.
Por desgracia, fabricar enemigos suele ser mucho más sencillo que producir buenos gobiernos.
(Continuará en la Entrega XV: «La fábrica de votantes: enseñanza, medios de información y construcción de una visión del mundo»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XV: La fábrica de votantes

Todo régimen duradero comprende una verdad elemental.
Las elecciones no se ganan únicamente durante las campañas electorales.
Se ganan mucho antes.
A veces décadas antes.
Se ganan formando hábitos mentales.
Se ganan moldeando percepciones.
Se ganan creando marcos de referencia —utilicemos una expresión castellana: formas de interpretar la realidad— que terminan pareciendo naturales.
Porque los seres humanos no vemos el mundo tal como es.
Lo vemos tal como hemos aprendido a verlo.
Y quien influye sobre esa visión posee una ventaja inmensa.
Por eso los grandes poderes siempre han mostrado interés por tres ámbitos fundamentales:
- la enseñanza;
- los medios de información;
- la producción cultural.
No es casualidad.
Nunca lo ha sido.
Porque ahí se forman las ideas.
Ahí se construyen las creencias.
Ahí se fijan los prejuicios.
Ahí se determina qué parece normal y qué parece extraño.
Qué parece justo y qué parece injusto.
Qué parece aceptable y qué parece escandaloso.
Y quien consigue influir en esos ámbitos durante generaciones termina obteniendo beneficios políticos extraordinarios.
No necesariamente porque adoctrine de forma directa.
Eso suele ser demasiado evidente.
Lo hace de manera más eficaz.
Seleccionando.
Destacando unas cosas.
Silenciando otras.
Repitiendo determinadas ideas.
Ignorando otras.
No hace falta mentir constantemente.
A menudo basta con elegir cuidadosamente qué se cuenta y qué se omite.
Porque lo que no se menciona termina desapareciendo de la conciencia colectiva.
Aquí conviene detenerse.
La mayor victoria de una idea no consiste en imponerse.
Consiste en dejar de ser discutida.
Cuando una afirmación deja de examinarse y empieza a aceptarse automáticamente, ha alcanzado una posición privilegiada.
Ya no necesita defenderse.
Ya no necesita justificarse.
Ya no necesita demostrar nada.
Simplemente se da por cierta.
Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con numerosas creencias políticas en España durante las últimas décadas.
Muchas personas jamás se preguntan:
—¿Es realmente cierto?
—¿Existen pruebas?
—¿Hay experiencias históricas que lo contradigan?
—¿Funciona en la práctica?
No se lo preguntan porque la cuestión ni siquiera llega a plantearse.
La respuesta parece obvia desde el principio.
Y cuando algo parece obvio, deja de analizarse.
Aquí aparece una observación especialmente importante.
La propaganda más eficaz no es la que convence.
Es la que logra que determinadas preguntas desaparezcan.
Porque una pregunta que no se formula nunca necesita respuesta.
Por ejemplo.
Durante años se ha debatido mucho sobre cómo repartir riqueza.
Muchísimo.
Mucho menos sobre cómo crearla.
Se ha hablado constantemente de derechos.
Mucho menos de deberes.
Se ha discutido sobre subvenciones.
Mucho menos sobre productividad.
Se ha hablado de igualdad.
Mucho menos de excelencia.
Se ha hablado de inclusión.
Mucho menos de mérito.
No se trata de negar la importancia de unas cuestiones.
Se trata de observar el desequilibrio.
Porque aquello que ocupa permanentemente la conversación pública termina adquiriendo una importancia desproporcionada.
Y aquello que desaparece de la conversación acaba pareciendo irrelevante.
Ésta es una de las razones por las que tantos ciudadanos interpretan la realidad política de forma parecida.
No porque hayan llegado independientemente a las mismas conclusiones.
Sino porque durante años han recibido estímulos semejantes.
Han escuchado relatos parecidos.
Han visto las mismas series.
Han leído los mismos titulares.
Han estudiado versiones muy similares de ciertos acontecimientos históricos.
Han respirado el mismo clima intelectual.
Y el clima intelectual influye.
Mucho más de lo que solemos reconocer.
Aquí resulta útil recordar a Antonio Gramsci, aunque muchas veces sus propios adversarios comprendieron peor que él una de sus intuiciones más importantes.
Gramsci entendió que el poder duradero no se basa únicamente en la fuerza.
Se basa en lograr que determinadas ideas parezcan naturales.
Que parezcan de sentido común.
Que parezcan evidentes.
Que parezcan indiscutibles.
Y cuando eso ocurre, la batalla principal ya está ganada.
Porque la oposición comienza a discutir dentro de las reglas fijadas por su adversario.
Ésta es una de las explicaciones más profundas de la resistencia electoral del PSOE.
No gobierna únicamente desde las instituciones.
Gobierna también desde una serie de ideas que llevan décadas instaladas en la conciencia de una parte considerable de la población.
Ideas que muchas personas consideran tan evidentes como la salida del sol.
Y precisamente por eso rara vez las examinan.
Pero aquí aparece una dificultad.
La realidad posee una característica incómoda.
Termina imponiéndose.
Puede tardar años.
Puede tardar décadas.
Pero termina apareciendo.
La deuda acaba reclamando su precio.
La mala enseñanza acaba mostrando sus consecuencias.
La pérdida de competitividad acaba reflejándose en los salarios.
La baja natalidad acaba alterando la estructura de una sociedad.
La corrupción acaba deteriorando las instituciones.
La propaganda puede retrasar el encuentro con la realidad.
No puede impedirlo indefinidamente.
Por eso todos los sistemas basados principalmente en ilusiones terminan enfrentándose al mismo problema.
Llega un momento en que los hechos empiezan a pesar más que las palabras.
Y entonces aparecen las crisis.
Las verdaderas crisis.
No las económicas.
No las políticas.
Las crisis de credibilidad.
Cuando millones de personas empiezan a preguntarse:
—¿Y si nos han contado sólo una parte de la historia?
—¿Y si las cosas no eran exactamente como nos dijeron?
—¿Y si los problemas son distintos de lo que nos explicaron?
Ése suele ser el principio de los grandes cambios.
Pero para que esas preguntas aparezcan hace falta algo cada vez más escaso.
Curiosidad.
Valor.
Y disposición a pensar por cuenta propia.
Porque ningún sistema puede mantenerse eternamente si una cantidad suficiente de ciudadanos empieza a hacerse preguntas incómodas.
(Continuará en la Entrega XVI: «La democracia sin ciudadanos: cuando votar deja de ser suficiente para conservar una nación libre»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XVI: La democracia sin ciudadanos

Existe una creencia muy extendida.
La democracia consiste en votar.
Y nada más.
Cada cierto tiempo se colocan urnas.
Los ciudadanos introducen una papeleta.
Se cuentan los votos.
Y asunto resuelto.
Sin embargo, ésta es una visión extraordinariamente pobre de la democracia.
Porque votar es importante.
Pero no suficiente.
Una nación libre no se sostiene únicamente sobre procedimientos.
Se sostiene sobre virtudes.
Y cuando las virtudes desaparecen, los procedimientos terminan vaciándose de contenido.
Esto ya lo comprendieron los antiguos.
Mucho antes de que existieran los partidos modernos.
Mucho antes de que existieran los parlamentos actuales.
Mucho antes incluso de que apareciera la palabra democracia en el sentido contemporáneo.
Los griegos sabían que ninguna constitución puede sobrevivir a una ciudadanía degradada.
Los romanos sabían que ninguna ley puede compensar indefinidamente la corrupción de las costumbres.
Y los pensadores de la Ilustración comprendieron que la libertad exige ciudadanos capaces de gobernarse a sí mismos.
Porque quien no puede gobernarse a sí mismo termina necesitando que otros lo gobiernen.
Aquí aparece una pregunta esencial.
¿Qué ocurre cuando una sociedad conserva las urnas pero pierde las virtudes necesarias para utilizarlas correctamente?
La respuesta la encontramos repetidamente en la historia.
Las instituciones siguen existiendo.
Las elecciones siguen celebrándose.
Los partidos siguen compitiendo.
Los periódicos siguen publicándose.
Los tribunales siguen funcionando.
Todo parece normal.
Y, sin embargo, algo fundamental se ha perdido.
La capacidad de autogobierno.
Porque el autogobierno no consiste únicamente en elegir gobernantes.
Consiste también en elegir cómo vivir.
Consiste en asumir responsabilidades.
Consiste en exigir cuentas.
Consiste en distinguir entre verdad y mentira.
Consiste en premiar la virtud y castigar el engaño.
Cuando esas capacidades desaparecen, la democracia empieza a deteriorarse desde dentro.
Sin necesidad de golpes de Estado.
Sin necesidad de tanques.
Sin necesidad de violencia.
Simplemente se vacía.
Permanece la apariencia.
Desaparece la sustancia.
Aquí conviene recordar una observación extraordinaria de Alexis de Tocqueville.
Tocqueville comprendió que el gran peligro de las democracias modernas no era únicamente la tiranía.
Era la apatía.
La indiferencia.
La renuncia progresiva de los ciudadanos a participar activamente en la vida pública.
No porque estuvieran oprimidos.
Sino porque estaban cómodos.
Porque preferían ocuparse de sus asuntos privados.
Porque consideraban que otros ya se encargarían.
Porque les resultaba más cómodo delegar.
Y cuando una mayoría adopta esa actitud, aparece una minoría profesional que vive de la política.
Y termina dominándola.
Esto nos lleva a uno de los problemas más graves de la España actual.
Una parte considerable de la población parece haber reducido la democracia a una operación mecánica.
Votar cada cuatro años.
Y después desentenderse.
Como si la libertad pudiera conservarse automáticamente.
Como si bastara con depositar una papeleta para garantizar el buen gobierno.
Pero la libertad nunca ha funcionado así.
Jamás.
La libertad exige vigilancia.
Exige memoria.
Exige participación.
Exige responsabilidad.
Exige ciudadanos activos.
No simples votantes.
Porque el votante aparece un día.
El ciudadano actúa todos los días.
Y ésta es una diferencia enorme.
Un país puede tener millones de votantes y muy pocos ciudadanos.
Puede tener urnas y carecer de espíritu cívico.
Puede tener elecciones y carecer de verdadera libertad política.
La historia ofrece numerosos ejemplos.
Aquí aparece una reflexión particularmente incómoda.
Quizá el problema de España no sea que haya demasiados políticos.
Quizá sea que hay demasiado pocos ciudadanos.
Personas dispuestas a examinar.
A preguntar.
A exigir explicaciones.
A castigar electoralmente las mentiras.
A premiar la honradez.
A anteponer el bien común a la tribu.
Porque una democracia funciona razonablemente bien cuando los ciudadanos poseen carácter.
Cuando carecen de él, empieza a funcionar como una lucha permanente entre grupos organizados que compiten por recursos, privilegios y poder.
Y entonces las elecciones dejan de ser una búsqueda del mejor gobierno posible.
Se convierten en una subasta.
Una competición de promesas.
Una guerra de intereses.
Un enfrentamiento entre clientelas.
Llegados a este punto resulta inevitable recordar a Joaquín Costa.
Hace más de un siglo denunció la existencia de oligarquías y caciques que controlaban buena parte de la vida política española.
Muchos creen que ese mundo desapareció.
Quizá simplemente cambió de forma.
Los caciques ya no son exactamente los mismos.
Las herramientas tampoco.
Pero la lógica sigue siendo reconocible.
Redes de influencia.
Dependencias.
Favores.
Intereses.
Intermediarios.
Y una población demasiado acostumbrada a obedecer.
Demasiado acostumbrada a delegar.
Demasiado acostumbrada a esperar soluciones ajenas.
Por eso la cuestión fundamental ya no es Pedro Sánchez.
Ni siquiera el PSOE.
A estas alturas del ensayo debería resultar evidente.
Sánchez es importante.
Pero es consecuencia tanto como causa.
Es producto de unas determinadas circunstancias culturales.
De unos determinados hábitos.
De unas determinadas debilidades colectivas.
Y mientras esas debilidades permanezcan, otros dirigentes ocuparán su lugar.
Con otros nombres.
Con otras siglas.
Con otros discursos.
Pero utilizando mecanismos muy parecidos.
Porque los problemas verdaderamente importantes rara vez son personales.
Suelen ser culturales.
Y los problemas culturales tardan mucho tiempo en corregirse.
(Continuará en la Entrega XVII: «La ley de hierro de las oligarquías: por qué los partidos terminan convirtiéndose en máquinas al servicio de sí mismos»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XVII: La ley de hierro de las oligarquías

Hay una ilusión muy extendida en las democracias modernas.
La idea de que los partidos políticos existen para servir a los ciudadanos.
Ojalá fuera siempre así.
Pero la experiencia histórica muestra algo mucho más complejo.
Y bastante más inquietante.
A comienzos del siglo XX, el sociólogo alemán Robert Michels formuló una teoría que sigue resultando incómodamente actual.
La llamó la ley de hierro de las oligarquías.
Su conclusión era sencilla.
Y brutal.
Toda organización compleja termina siendo controlada por una minoría.
Sin excepción.
Da igual que se trate de un sindicato.
De una iglesia.
De una empresa.
De una asociación.
De una cooperativa.
O de un partido político.
Siempre aparece una élite dirigente.
Y esa élite desarrolla intereses propios.
Intereses que no siempre coinciden con los de quienes dice representar.
Michels observó este fenómeno precisamente estudiando partidos que se proclamaban democráticos.
Y descubrió algo paradójico.
Cuanto más grande se hacía una organización, más difícil resultaba controlarla desde abajo.
Porque los dirigentes disponían de ventajas enormes.
Información.
Contactos.
Recursos.
Tiempo.
Estructuras.
Aparatos burocráticos.
Mientras tanto, la base permanecía dispersa.
Ocupada en sus asuntos cotidianos.
Y con escasa capacidad para vigilar a quienes mandaban.
¿No recuerda esto bastante a lo que ocurre hoy?
Observe cualquier partido político importante.
Las listas electorales las confeccionan las cúpulas.
Los cargos dependen de las cúpulas.
Las carreras políticas dependen de las cúpulas.
Los recursos dependen de las cúpulas.
La promoción depende de las cúpulas.
Y quien discrepa suele descubrir rápidamente las consecuencias.
No hace falta expulsarlo.
Basta con ignorarlo.
No promocionarlo.
No incluirlo.
No premiarlo.
Y el mensaje queda claro para todos.
La obediencia resulta rentable.
La independencia suele resultar costosa.
Aquí aparece una de las mayores debilidades de la democracia española.
Las listas cerradas.
El ciudadano cree que vota personas.
En realidad vota listas elaboradas por aparatos de partido.
Y esos aparatos responden principalmente ante sus dirigentes.
No ante los electores.
Por eso resulta tan frecuente encontrar diputados que apenas tienen relación con la provincia que representan.
Por eso resulta tan frecuente que obedezcan antes al secretario general que a sus propios votantes.
Y por eso resulta tan difícil exigir responsabilidades individuales.
El sistema está diseñado para fortalecer a las organizaciones.
No a los ciudadanos.
Aquí conviene formular una pregunta incómoda.
¿Qué incentivos tiene un diputado para enfrentarse a su partido?
Muy pocos.
Puede perder su puesto.
Puede perder su futuro político.
Puede perder su carrera.
Puede perder sus ingresos.
En cambio, obedecer suele resultar mucho más cómodo.
Y los seres humanos respondemos a los incentivos.
No sólo los políticos.
Todos.
Por eso Michels llegó a una conclusión pesimista.
Las organizaciones creadas para representar a sus miembros terminan muchas veces representándose a sí mismas.
Primero sobreviven.
Después crecen.
Más tarde buscan perpetuarse.
Y finalmente convierten su propia conservación en el objetivo principal.
Aquí encontramos una de las claves más importantes para comprender la política española contemporánea.
Muchos ciudadanos siguen pensando en términos ideológicos.
Izquierda.
Derecha.
Progresismo.
Conservadurismo.
Pero los aparatos de partido suelen pensar en términos mucho más sencillos.
Poder.
Recursos.
Presupuestos.
Cargos.
Influencias.
Supervivencia.
Ésta es la razón por la que tantas promesas terminan incumpliéndose.
No necesariamente por maldad.
Ni siquiera siempre por corrupción.
Sino porque la lógica de conservación de la organización termina imponiéndose.
Lo que beneficia al partido pasa a considerarse bueno.
Lo que perjudica al partido pasa a considerarse malo.
Y así se invierten los términos.
El partido deja de ser un instrumento.
Se convierte en un fin.
El ciudadano deja de ser el objetivo.
Se convierte en un recurso electoral.
Y la política deja de ser servicio público.
Se convierte en profesión.
Aquí conviene recordar algo que hoy parece olvidado.
Durante gran parte de la historia occidental se desconfiaba profundamente del poder.
No porque todos los gobernantes fueran perversos.
Sino porque todos los seres humanos somos falibles.
Por eso existían contrapesos.
Límites.
Responsabilidades.
Mandatos restringidos.
Controles.
Porque se asumía algo elemental.
El poder tiende a expandirse.
Y quien lo posee rara vez renuncia voluntariamente a él.
Pedro Sánchez no constituye una excepción.
Pero tampoco constituye una anomalía.
La verdadera anomalía sería encontrar un dirigente rodeado de poder que no intentara conservarlo.
Lo que debería sorprendernos no es su comportamiento.
Lo que debería preocuparnos es la debilidad de los mecanismos destinados a limitarlo.
Y ahí volvemos nuevamente a los ciudadanos.
Porque ningún sistema institucional funciona si quienes deben vigilarlo dejan de hacerlo.
Las mejores leyes resultan inútiles cuando falta vigilancia.
Los mejores procedimientos fracasan cuando falta carácter.
Las mejores constituciones se deterioran cuando falta virtud cívica.
Por eso la ley de hierro de Michels sigue siendo tan importante.
Nos recuerda algo incómodo.
El problema no consiste únicamente en quién gobierna.
El problema consiste en cómo impedir que quienes gobiernan terminen convirtiendo las instituciones en instrumentos al servicio de sí mismos.
Y esa batalla nunca termina.
Porque forma parte de la condición humana.
Cada generación debe librarla de nuevo.
Y cada generación decide si conserva la libertad o la entrega cómodamente a quienes prometen administrarla mejor.
(Continuará en la Entrega XVIII: «El Estado como botín: cuando la política deja de servir al país y empieza a servir a quienes viven de ella»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XVIII: El Estado como botín

Hay una diferencia fundamental entre la política entendida como servicio y la política entendida como negocio.
La primera pregunta:
—¿Qué necesita el país?
La segunda pregunta:
—¿Qué podemos obtener del país?
Parece una diferencia pequeña.
No lo es.
De ella depende la salud moral de una nación.
Y quizá ahí encontremos una de las claves más importantes para comprender la política española de las últimas décadas.
Porque cuando observamos el comportamiento de muchos partidos, instituciones y administraciones, surge inevitablemente una sospecha.
¿Siguen viendo el Estado como un instrumento al servicio de los ciudadanos?
¿O han empezado a verlo como un botín?
La palabra puede parecer dura.
Pero conviene examinarla.
Un botín es algo que se reparte entre vencedores.
Algo que se distribuye entre quienes controlan el poder.
Algo que proporciona ventajas.
Recursos.
Privilegios.
Influencias.
Y cuando una organización política empieza a considerar el Estado de esa manera, toda su lógica cambia.
Los ministerios dejan de ser instrumentos de gobierno.
Se convierten en parcelas de poder.
Las empresas públicas dejan de ser herramientas de gestión.
Se convierten en refugios para afines.
Los organismos dejan de servir a los ciudadanos.
Empiezan a servir a quienes los controlan.
Y los presupuestos dejan de ser recursos nacionales.
Pasan a convertirse en instrumentos de influencia política.
Aquí conviene recordar una observación extraordinaria de Frédéric Bastiat.
Decía Bastiat que el Estado es la gran ficción mediante la cual todos intentan vivir a costa de todos los demás.
La frase resulta incómoda.
Pero contiene una parte importante de verdad.
Porque cuando la política deja de orientarse hacia el bien común, aparecen grupos especializados en capturar rentas.
No crean riqueza.
La redistribuyen.
No producen.
Intermedian.
No asumen riesgos.
Gestionan privilegios.
Y cuanto mayor es el poder del Estado, mayor resulta la tentación de capturarlo.
Por eso el crecimiento constante del aparato administrativo genera problemas que rara vez aparecen en los discursos oficiales.
Cada nueva agencia.
Cada nuevo observatorio.
Cada nueva fundación.
Cada nuevo consorcio.
Cada nuevo organismo.
Cada nueva empresa pública.
Supone nuevos cargos.
Nuevos presupuestos.
Nuevos contratos.
Nuevas influencias.
Nuevas oportunidades para premiar lealtades.
Y las lealtades, en política, suelen valer mucho.
Aquí aparece una idea que el economista Mancur Olson desarrolló con enorme lucidez.
Las sociedades prósperas tienden a generar grupos organizados que viven de obtener ventajas especiales.
No crean riqueza.
No innovan.
No producen más.
Simplemente consiguen que las reglas les favorezcan.
Y una vez obtenidas esas ventajas, luchan ferozmente para conservarlas.
Porque su supervivencia depende de ello.
España ofrece numerosos ejemplos.
No necesariamente ilegales.
Ni siquiera necesariamente inmorales en cada caso particular.
Pero sí reveladores.
Subvenciones.
Ayudas permanentes.
Organismos que nunca desaparecen.
Entidades cuya utilidad nadie parece capaz de explicar.
Estructuras administrativas que sobreviven independientemente de sus resultados.
Todo ello genera una red de intereses cada vez más difícil de desmontar.
Porque detrás de cada estructura aparecen beneficiarios.
Personas concretas.
Organizaciones concretas.
Cargos concretos.
Y esos beneficiarios votan.
Presionan.
Influyen.
Se movilizan.
Mientras tanto, el contribuyente disperso apenas percibe el coste individual.
Y ahí reside una de las grandes asimetrías de la política moderna.
El beneficio está concentrado.
El coste está disperso.
Quien recibe una subvención la aprecia claramente.
Quien la financia apenas nota la parte que le corresponde.
Y así el sistema crece.
Año tras año.
Década tras década.
Aquí encontramos una de las razones por las que determinados partidos conservan apoyos incluso cuando su gestión resulta discutida.
Porque ya no representan únicamente una ideología.
Representan una red de intereses.
Una estructura de dependencias.
Una forma de vida para muchas personas.
Y cuando millones de individuos perciben que su bienestar depende, directa o indirectamente, de la continuidad de determinadas estructuras, la resistencia al cambio aumenta enormemente.
No hace falta comprar votos.
Basta con crear incentivos.
La naturaleza humana hará el resto.
Llegados a este punto conviene formular una pregunta incómoda.
¿Puede una democracia funcionar correctamente cuando demasiadas personas viven de la política?
No de la política entendida como participación cívica.
De la política entendida como medio de vida.
La pregunta merece reflexión.
Porque toda actividad humana genera intereses.
Y quien vive de una actividad tiende a protegerla.
El agricultor protege la agricultura.
El comerciante protege el comercio.
El abogado protege la abogacía.
Es natural.
Pero cuando millones de personas dependen directa o indirectamente del crecimiento continuo del Estado, aparece una tendencia poderosa.
La tendencia a justificar siempre más gasto.
Más regulación.
Más organismos.
Más estructuras.
Más poder.
Y entonces surge una paradoja.
El Estado, que debería ser un instrumento al servicio de la sociedad, empieza a comportarse como si la sociedad existiera para sostener al Estado.
La inversión de los términos ya está consumada.
Aquí regresamos a nuestra pregunta inicial.
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Porque una parte de la respuesta no se encuentra en las ideas.
Ni siquiera en las emociones.
Se encuentra en los intereses.
Intereses legítimos unas veces.
Discutibles otras.
Pero intereses al fin y al cabo.
Y los intereses suelen ser más constantes que las convicciones.
Más resistentes que los argumentos.
Más fuertes que las promesas.
Por eso los sistemas políticos rara vez cambian únicamente mediante debates.
Cambian cuando los incentivos cambian.
Cuando las estructuras dejan de ser sostenibles.
Cuando la realidad económica impone límites que la propaganda ya no puede ocultar.
Y entonces aparecen las crisis.
No porque los ciudadanos hayan descubierto súbitamente la verdad.
Sino porque la realidad termina imponiendo sus condiciones.
Y la realidad, a diferencia de los discursos, no admite negociación.
(Continuará en la Entrega XIX: «La decadencia de las élites: cuando quienes deberían guiar a una nación contribuyen a extraviarla»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XIX: La decadencia de las élites

Existe una idea muy antigua.
Tan antigua como la propia civilización.
Toda sociedad necesita élites.
La palabra provoca rechazo en muchas personas.
Se ha convertido casi en un insulto.
Pero conviene aclarar los términos.
Una élite no es necesariamente un grupo de privilegiados.
Ni un conjunto de ricos.
Ni una casta cerrada.
En su sentido original, una élite está formada por quienes destacan en alguna actividad esencial para la comunidad.
Los mejores maestros.
Los mejores jueces.
Los mejores científicos.
Los mejores militares.
Los mejores empresarios.
Los mejores escritores.
Los mejores gobernantes.
Los mejores artesanos.
Los mejores médicos.
En otras palabras:
aquellos cuya excelencia beneficia al conjunto de la sociedad.
Toda civilización necesita personas así.
Y necesita, además, que ocupen posiciones de influencia.
Porque las sociedades no funcionan solas.
Siempre existen minorías que orientan, enseñan, organizan o dirigen.
La cuestión decisiva no es si habrá élites.
Siempre las habrá.
La cuestión es qué clase de élites tendrá una nación.
Y aquí aparece uno de los problemas más graves de la España contemporánea.
La progresiva sustitución de las élites del mérito por las élites de la obediencia.
Observe el lector cualquier organización.
No sólo los partidos políticos.
También universidades.
Sindicatos.
Administraciones.
Empresas públicas.
Fundaciones.
Medios de información.
Asociaciones.
Con demasiada frecuencia, el ascenso no depende de la competencia.
Depende de la lealtad.
No asciende necesariamente el más capaz.
Asciende el más dócil.
No prospera necesariamente el mejor.
Prospera quien molesta menos.
No se premia la independencia.
Se premia la conformidad.
Y cuando este proceso se prolonga durante décadas, las consecuencias son inevitables.
La calidad de las élites disminuye.
Porque los mejores empiezan a marcharse.
O se apartan.
O son desplazados.
Mientras tanto, los obedientes prosperan.
Y los obedientes rara vez son los más brillantes.
Aquí conviene recordar una observación de Vilfredo Pareto.
Pareto sostenía que la historia puede interpretarse, en gran medida, como una sucesión de élites.
Unas sustituyen a otras.
Unas ascienden.
Otras se degradan.
Y cuando una élite pierde calidad, comienza el declive.
No inmediatamente.
A veces tarda décadas.
Pero el proceso acaba manifestándose.
Porque las malas decisiones se acumulan.
Los errores se multiplican.
La incompetencia produce consecuencias.
Y la realidad termina pasando factura.
España ofrece numerosos ejemplos.
Pensemos en la enseñanza.
Pensemos en determinadas administraciones.
Pensemos en organismos públicos cuya utilidad resulta difícil de explicar.
Pensemos en empresas públicas deficitarias.
Pensemos en nombramientos realizados principalmente por afinidad política.
No se trata de casos aislados.
Se trata de una tendencia.
Y toda tendencia prolongada acaba modelando una nación.
Aquí aparece una cuestión particularmente incómoda.
Durante generaciones se ha extendido la sospecha hacia la excelencia.
Como si destacar fuera algo reprochable.
Como si el mérito constituyera una amenaza.
Como si exigir calidad fuera una forma de arrogancia.
Como si toda jerarquía fuera injusta.
El resultado ha sido paradójico.
No han desaparecido las jerarquías.
Eso jamás ocurre.
Simplemente han cambiado los criterios.
Cuando deja de premiarse la competencia, empiezan a premiarse otras cosas.
La fidelidad.
La afinidad ideológica.
La capacidad para adaptarse.
La habilidad para agradar al superior.
La obediencia.
Y entonces la mediocridad empieza a extenderse.
No porque los mediocres sean mayoría.
Sino porque el sistema favorece su ascenso.
Aquí conviene recordar algo que ya denunciaba Joaquín Costa hace más de un siglo.
El caciquismo no consistía únicamente en corrupción económica.
Era también una forma de selección adversa.
Promocionaba a los sumisos.
Castigaba a los independientes.
Premiaba la obediencia.
Penalizaba el mérito.
Y una sociedad organizada así termina deteriorándose inevitablemente.
Porque los mejores dejan de ocupar los puestos donde más falta hacen.
Mientras tanto, las élites políticas se vuelven cada vez más endogámicas.
Cada vez más alejadas de la realidad cotidiana.
Cada vez más encerradas en sus propios círculos.
Cada vez más dependientes de la organización que les proporciona sustento.
Y aquí regresamos nuevamente al PSOE.
Aunque el fenómeno no sea exclusivo suyo.
El problema no consiste únicamente en que millones de españoles sigan votándolo.
El problema consiste también en qué tipo de personas han ido ocupando posiciones de poder durante las últimas décadas.
¿Qué virtudes se premian?
¿Qué defectos se toleran?
¿Qué conductas facilitan el ascenso?
¿Qué conductas lo dificultan?
Porque las respuestas a esas preguntas determinan la calidad de una nación mucho más que cualquier programa electoral.
Una sociedad que premia la honradez obtiene más honradez.
Una sociedad que premia el esfuerzo obtiene más esfuerzo.
Una sociedad que premia la excelencia obtiene más excelencia.
Pero una sociedad que premia la obediencia termina obteniendo más obediencia.
Y muy pocas veces obtiene grandeza.
Aquí aparece quizá una de las conclusiones más inquietantes de todo este análisis.
Las élites no son únicamente un reflejo de la sociedad.
También son un producto de los incentivos creados por esa sociedad.
Y cuando los incentivos favorecen sistemáticamente a los mediocres, los mediocres terminan ocupando posiciones de mando.
Entonces comienza un círculo vicioso.
Las malas élites producen malas decisiones.
Las malas decisiones debilitan las instituciones.
Las instituciones debilitadas seleccionan dirigentes todavía peores.
Y así sucesivamente.
Durante años.
Durante décadas.
Hasta que la realidad impone un ajuste doloroso.
Porque la realidad puede ser ignorada.
Puede ser maquillada.
Puede ser ocultada.
Pero no puede ser abolida.
Y ninguna nación puede prosperar indefinidamente cuando sus mejores hombres y mujeres dejan de ocupar los puestos donde más se les necesita.
(Continuará en la Entrega XX: «España contra sí misma: cómo una nación aprende a desconfiar de sus propias fortalezas»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XX: España contra sí misma

Hay una forma de decadencia especialmente peligrosa.
Porque resulta casi invisible.
No consiste en perder riqueza.
No consiste en perder población.
No consiste en perder poder militar.
Consiste en perder la confianza en uno mismo.
Y pocas enfermedades resultan tan destructivas para una nación.
Una persona que deja de creer en sus propias capacidades termina dependiendo de otros.
Una familia que pierde la confianza en sí misma acaba desmoronándose.
Una empresa que deja de confiar en su producto termina desapareciendo.
Y una nación que aprende a despreciarse a sí misma acaba renunciando a su futuro.
Quizá ésta sea una de las transformaciones más profundas experimentadas por España durante las últimas décadas.
No hablamos de patriotismo sentimental.
No hablamos de banderas.
No hablamos de consignas.
Hablamos de algo mucho más importante.
La confianza colectiva.
La convicción de que una comunidad posee recursos morales, culturales, históricos y humanos suficientes para afrontar sus problemas.
Durante siglos España tuvo defectos.
Muchos.
Como todas las naciones.
Pero también tuvo virtudes extraordinarias.
Creó una de las mayores empresas históricas jamás realizadas.
Construyó universidades cuando buena parte del mundo apenas comenzaba a salir de la Edad Media.
Desarrolló una tradición jurídica admirable.
Produjo pensadores, artistas, soldados, navegantes, misioneros, científicos y escritores de primer nivel.
Creó una comunidad cultural que hoy se extiende por medio mundo.
Nada de eso desaparece porque algunos lo ignoren.
Pero puede dejar de valorarse.
Y ahí comienza el problema.
Porque una sociedad que sólo recuerda sus errores termina odiándose.
Y una sociedad que se odia a sí misma pierde la voluntad de defenderse.
Aquí conviene formular una pregunta incómoda.
¿Cuántas generaciones de españoles han sido educadas principalmente en los errores de España?
¿Cuántas han estudiado más derrotas que victorias?
¿Cuántas conocen mejor las sombras que las luces?
¿Cuántas han aprendido a contemplar su propia historia desde la culpa antes que desde la comprensión?
No se trata de ocultar errores.
Sería absurdo.
Toda nación tiene episodios vergonzosos.
Toda.
Sin excepción.
La cuestión es otra.
¿Puede sobrevivir una comunidad que sólo contempla sus defectos?
La respuesta parece evidente.
No.
Porque el desprecio sistemático termina produciendo desmoralización.
Y la desmoralización produce apatía.
Y la apatía produce resignación.
Y la resignación produce decadencia.
Aquí aparece una cuestión fundamental para entender el fenómeno político que estamos analizando.
Los partidos prosperan más fácilmente cuando los ciudadanos han perdido confianza en sí mismos.
Porque quien no confía en sí mismo busca protectores.
Quien no confía en su familia busca protectores.
Quien no confía en su comunidad busca protectores.
Quien no confía en su nación busca protectores.
Y el poder político siempre está dispuesto a ocupar ese espacio.
Por eso las sociedades fuertes suelen desconfiar del exceso de tutela.
Mientras que las sociedades inseguras tienden a demandarla.
No por maldad.
No por ignorancia.
Por miedo.
Por incertidumbre.
Por falta de confianza.
Aquí encontramos una de las razones profundas de la persistencia electoral del socialismo.
No únicamente del PSOE.
Del socialismo en sentido amplio.
La promesa de protección resulta especialmente atractiva cuando una sociedad ha perdido confianza en sus propias fuerzas.
Cuando ya no cree demasiado en:
- el esfuerzo;
- la responsabilidad;
- la familia;
- la iniciativa individual;
- el ahorro;
- la empresa;
- la comunidad local.
Entonces aparece el Estado como sustituto universal.
Y cuanto más débiles se vuelven los cuerpos intermedios de la sociedad, más fuerte se vuelve el poder político.
La familia se debilita.
El Estado crece.
Las asociaciones libres se debilitan.
El Estado crece.
La responsabilidad individual se debilita.
El Estado crece.
La iniciativa privada se debilita.
El Estado crece.
Y así sucesivamente.
Hasta que una parte considerable de la población empieza a imaginar que todo depende de la política.
Y ésa es una ilusión extraordinariamente peligrosa.
Porque la política puede hacer muchas cosas.
Pero no puede sustituir a una sociedad sana.
No puede sustituir a las familias.
No puede sustituir al carácter.
No puede sustituir a la responsabilidad.
No puede sustituir a la confianza.
No puede sustituir a la virtud.
Puede administrar.
Puede coordinar.
Puede proteger.
Puede arbitrar.
Pero no puede crear por decreto las cualidades morales que sostienen una civilización.
Aquí conviene recordar una observación de Edmund Burke.
La sociedad descansa sobre una multitud de pequeños vínculos.
Costumbres.
Tradiciones.
Hábitos.
Lealtades.
Instituciones intermedias.
Todo aquello que existe entre el individuo aislado y el Estado.
Cuando esos vínculos se debilitan, el ciudadano queda cada vez más solo frente al poder.
Y un individuo aislado siempre resulta más vulnerable que una comunidad cohesionada.
Por eso quizá la cuestión más importante no sea por qué millones de españoles siguen votando al PSOE.
Quizá la cuestión más importante sea otra.
¿Qué ha ocurrido para que tantos españoles hayan dejado de confiar en sí mismos?
Porque una nación segura de sus capacidades exige gobiernos limitados.
Una nación insegura demanda tutores.
Y los tutores rara vez escasean.
Especialmente cuando las urnas se aproximan.
Así llegamos a una conclusión provisional.
Pedro Sánchez no es únicamente una causa.
Es también un síntoma.
Un síntoma de una sociedad que, en demasiados aspectos, ha aprendido a desconfiar de sí misma y a esperar soluciones de quienes ocupan el poder.
Y mientras esa mentalidad no cambie, los nombres podrán variar.
Las siglas podrán variar.
Los discursos podrán variar.
Pero los problemas fundamentales permanecerán.
Porque las naciones, igual que los individuos, no empiezan a recuperarse cuando cambian de gobernante.
Empiezan a recuperarse cuando recuperan la confianza en sus propias fuerzas.
(Continuará en la Entrega XXI: «La ventana de Overton: cómo lo intolerable termina pareciendo normal y lo normal termina pareciendo sospechoso»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XXI: La ventana de Overton o cómo acostumbrar a una nación a aceptar lo que ayer rechazaba

Las grandes transformaciones políticas rara vez se producen de golpe.
Ése es uno de los errores más frecuentes.
Las personas imaginan que los cambios profundos llegan de manera brusca.
Una ley.
Un decreto.
Una revolución.
Un golpe de Estado.
A veces ocurre.
Pero no suele ser lo habitual.
La mayor parte de las transformaciones importantes avanzan lentamente.
Tan lentamente que casi nadie las percibe.
Paso a paso.
Año tras año.
Generación tras generación.
Hasta que un día la sociedad descubre que vive en un lugar completamente distinto al que existía unas décadas antes.
Y apenas sabe explicar cómo ha ocurrido.
Aquí resulta útil una idea popularizada por el analista político Joseph P. Overton.
No porque explique toda la realidad.
Ninguna teoría lo hace.
Pero sí ayuda a comprender algunos fenómenos.
La idea es sencilla.
En cada momento existen opiniones que la mayoría considera aceptables.
Otras resultan discutibles.
Y otras parecen impensables.
Sin embargo, esas fronteras pueden desplazarse.
Y cuando se desplazan, cambia la sociedad.
No porque cambie la naturaleza humana.
Cambian las costumbres.
Cambian las percepciones.
Cambian los hábitos.
Cambian las palabras.
Y cambian las expectativas.
Veamos cómo funciona.
Una propuesta considerada absurda hoy comienza siendo presentada como una simple posibilidad.
Después aparece como materia de debate.
Más tarde como una reivindicación legítima.
Posteriormente como una necesidad urgente.
Y finalmente como algo tan normal que cualquiera que la cuestione empieza a parecer extraño.
Éste es el mecanismo.
No convencer de golpe.
Acostumbrar.
La costumbre siempre ha sido una de las fuerzas más poderosas de la historia.
Mucho más poderosa que muchos ejércitos.
Porque el ser humano termina aceptando aquello con lo que convive durante suficiente tiempo.
Nos acostumbramos a los impuestos.
Nos acostumbramos a las regulaciones.
Nos acostumbramos a las restricciones.
Nos acostumbramos a las mentiras.
Nos acostumbramos a la corrupción.
Nos acostumbramos a casi todo.
Y una vez que algo se vuelve costumbre, deja de provocar resistencia.
Empieza a parecer normal.
Aquí encontramos una de las claves más importantes para comprender la evolución política de España.
Muchas cuestiones que habrían resultado impensables hace treinta o cuarenta años hoy apenas provocan debate.
No porque los argumentos sean necesariamente mejores.
No porque las pruebas sean necesariamente más sólidas.
Sino porque varias generaciones han crecido conviviendo con ellas.
La repetición ha hecho su trabajo.
Y la repetición posee una fuerza extraordinaria.
Por eso los cambios culturales suelen preceder a los cambios políticos.
Primero cambia la forma de hablar.
Después cambia la forma de pensar.
Más tarde cambia la legislación.
Y finalmente cambia la realidad social.
No al revés.
Siempre en ese orden.
Aquí conviene recordar algo que ya vimos en entregas anteriores.
El lenguaje constituye una herramienta decisiva.
Porque las palabras preparan el terreno.
Antes de cambiar una realidad suele cambiarse la manera de nombrarla.
Antes de modificar una costumbre suele modificarse la forma de describirla.
Antes de alterar una ley suele alterarse la percepción moral que la rodea.
Por eso quienes aspiran a transformar una sociedad dedican tanto esfuerzo a las palabras.
Saben perfectamente lo que hacen.
Y saben que las batallas culturales suelen ganarse mucho antes de que aparezcan en los parlamentos.
Aquí aparece una cuestión especialmente relevante para nuestro análisis.
¿Por qué millones de españoles siguen votando al PSOE incluso después de acontecimientos que habrían resultado escandalosos para generaciones anteriores?
Quizá porque muchas de esas conductas han dejado de percibirse como extraordinarias.
Han sido normalizadas.
La contradicción permanente.
La promesa incumplida.
El cambio de criterio.
La utilización partidista de las instituciones.
La ocupación de cargos por afinidad política.
El endeudamiento creciente.
La expansión constante del aparato administrativo.
Todo ello se ha ido incorporando poco a poco al paisaje.
Y aquello que forma parte del paisaje deja de llamar la atención.
Nadie se sorprende de una montaña.
Nadie se sorprende de un río.
Nadie se sorprende de aquello que contempla todos los días.
Por eso las sociedades pueden acostumbrarse incluso a situaciones que sus antepasados habrían considerado intolerables.
No porque sean peores personas.
Sino porque la costumbre modifica la percepción.
Y aquí llegamos a una observación especialmente inquietante.
Las sociedades no sólo se acostumbran a lo malo.
También pueden acostumbrarse a despreciar lo bueno.
La honradez empieza a parecer ingenuidad.
La prudencia empieza a parecer debilidad.
La austeridad empieza a parecer tacañería.
La responsabilidad empieza a parecer dureza.
La excelencia empieza a parecer elitismo.
El mérito empieza a parecer privilegio.
Y así, poco a poco, los valores se invierten.
Lo excepcional se vuelve ordinario.
Lo ordinario se vuelve sospechoso.
Lo admirable se vuelve ridículo.
Y lo criticable se vuelve normal.
Cuando una nación alcanza ese punto, el problema ya no es únicamente político.
Es cultural.
Es moral.
Es civilizatorio.
Porque las leyes pueden modificarse en unos meses.
Los presupuestos pueden cambiarse en un año.
Un gobierno puede caer en unas elecciones.
Pero los hábitos mentales tardan generaciones en construirse.
Y generaciones en corregirse.
Por eso la pregunta inicial de este ensayo resulta mucho más profunda de lo que parecía.
No estamos intentando comprender únicamente por qué millones de españoles votan al PSOE.
Estamos intentando comprender cómo una sociedad llega a aceptar como normales conductas que en otro tiempo habría rechazado.
Y la respuesta parece encontrarse, una vez más, en la costumbre.
La vieja fuerza silenciosa que moldea individuos, pueblos y civilizaciones.
Porque casi ninguna nación cae de repente.
Primero se acostumbra.
Y después deja de darse cuenta de que ha caído.
(Continuará en la Entrega XXII: «La selección adversa: por qué los mejores se apartan y los peores prosperan»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XXIII: La rebelión de los beneficiarios: cuando demasiadas personas viven del problema y no de la solución

Existe una observación que suele pasar inadvertida.
Sin embargo, explica una parte importante de la vida política moderna.
Muchas organizaciones nacen para resolver un problema.
Pero con el paso del tiempo empiezan a vivir de ese problema.
Y cuando eso ocurre aparece una contradicción formidable.
Resolver definitivamente el problema supondría poner en peligro la propia organización.
No siempre.
No en todos los casos.
Pero ocurre con una frecuencia inquietante.
Pensemos en cualquier estructura humana.
Un organismo.
Una fundación.
Una asociación.
Una agencia.
Un observatorio.
Una consejería.
Un departamento.
Una oficina.
Un instituto.
Si la razón de su existencia desaparece, ¿qué ocurre con quienes viven de ella?
La pregunta resulta incómoda.
Precisamente por eso conviene formularla.
Porque toda organización desarrolla un instinto básico de supervivencia.
Y ese instinto suele ser más fuerte que los objetivos con los que fue creada.
Aquí encontramos una de las intuiciones más brillantes de Mancur Olson.
Los grupos organizados suelen defender sus intereses con mucha más eficacia que el conjunto disperso de la población.
Es lógico.
Tienen tiempo.
Tienen recursos.
Tienen incentivos.
Tienen estructuras.
Mientras tanto, el ciudadano común está ocupado trabajando, manteniendo a su familia y resolviendo sus propios problemas.
La consecuencia es evidente.
Los beneficiarios de una situación determinada suelen estar mucho mejor organizados que quienes la financian.
Y eso altera profundamente la política.
Veamos un ejemplo sencillo.
Imaginemos un organismo público cuya utilidad real resulta discutible.
Quizá emplee a cientos de personas.
Quizá gestione millones de euros.
Quizá produzca informes que casi nadie lee.
Quizá sus resultados sean modestos.
¿Qué ocurrirá cuando alguien proponga cerrarlo?
Los perjudicados reaccionarán inmediatamente.
Porque tienen algo concreto que perder.
Su empleo.
Su presupuesto.
Su influencia.
Su posición.
Mientras tanto, el contribuyente que financia esa estructura apenas percibirá el beneficio individual derivado de su desaparición.
Y por eso permanecerá pasivo.
Éste es uno de los grandes secretos del crecimiento continuo del aparato estatal.
No crece necesariamente porque sea eficiente.
Crece porque quienes se benefician de él están mejor organizados que quienes lo pagan.
Aquí aparece una cuestión especialmente relevante para nuestro análisis.
Durante décadas España ha desarrollado una extensa red de intereses ligados al gasto público.
No hablamos únicamente de funcionarios.
Sería injusto simplificar.
Hablamos también de:
- organismos;
- fundaciones;
- empresas públicas;
- sindicatos subvencionados;
- organizaciones empresariales subvencionadas;
- asociaciones diversas;
- consultoras;
- observatorios;
- medios de información dependientes de publicidad institucional;
- entidades culturales;
- estructuras administrativas de todo tipo.
Cada una tiene su propia lógica.
Cada una tiene sus propias justificaciones.
Cada una encuentra razones para seguir existiendo.
Y muchas de ellas pueden tener utilidad real.
El problema aparece cuando el conjunto alcanza dimensiones extraordinarias.
Entonces surge una masa creciente de personas cuyo bienestar depende directa o indirectamente de la continuidad del sistema.
Y cualquier intento de reforma empieza a encontrar resistencia.
No porque todos sean corruptos.
Ni mucho menos.
Simplemente porque responden a incentivos humanos normales.
Defienden lo que consideran suyo.
Como haríamos casi todos.
Aquí conviene recordar nuevamente a Cipolla.
Porque las organizaciones no sólo generan intereses.
También generan burocracias.
Y las burocracias poseen una tendencia natural a multiplicarse.
Cada nuevo procedimiento requiere supervisión.
Cada supervisión requiere responsables.
Cada responsable requiere auxiliares.
Cada auxiliar requiere coordinación.
Y así sucesivamente.
Hasta que una parte creciente de la energía de la organización se dedica a mantenerse a sí misma.
No a cumplir su función original.
Es entonces cuando aparece lo que podríamos llamar la mediocridad inoperante activa.
Personas que no producen resultados especialmente valiosos.
Pero que dedican enormes esfuerzos a justificar su existencia.
A producir informes.
A convocar reuniones.
A redactar procedimientos.
A crear estructuras.
A ampliar competencias.
A demostrar que son imprescindibles.
Y cuanto más grande se vuelve la organización, más difícil resulta distinguir entre actividad y utilidad.
Se trabaja mucho.
Pero no necesariamente se consigue gran cosa.
Aquí encontramos otra clave para comprender la política española.
Muchos problemas parecen eternos.
La vivienda.
La enseñanza.
La burocracia.
La despoblación.
La pobreza.
La ineficiencia administrativa.
La baja natalidad.
Las listas de espera.
Los diagnósticos se acumulan.
Los informes se multiplican.
Los expertos abundan.
Las estructuras crecen.
Y, sin embargo, los problemas persisten.
¿Por qué?
A veces porque son complejos.
Naturalmente.
Pero otras veces porque demasiadas personas viven precisamente de gestionar esos problemas.
No de resolverlos.
Gestionarlos garantiza presupuestos.
Garantiza cargos.
Garantiza subvenciones.
Garantiza influencia.
Resolverlos podría volver innecesarias muchas estructuras.
Y ahí aparece la contradicción.
No necesariamente consciente.
No necesariamente deliberada.
Pero muy real.
Llegados a este punto debemos regresar a nuestra pregunta inicial.
¿Por qué siguen votando millones de españoles al PSOE?
Porque el PSOE no es solamente un partido.
Es también el vértice político de una amplia red de intereses construida durante décadas.
Una red que se extiende por administraciones, organismos, entidades subvencionadas, sindicatos, asociaciones y estructuras diversas.
No todos sus integrantes votan PSOE.
Por supuesto que no.
Pero muchos perciben que un cambio profundo podría alterar significativamente el entorno del que dependen.
Y esa percepción influye.
Influye mucho.
Más de lo que suelen reconocer los análisis electorales convencionales.
Porque los seres humanos rara vez votan contra aquello que consideran la fuente de su seguridad.
Aunque esa seguridad sea aparente.
Aunque resulte insostenible.
Aunque esté construida sobre deuda.
Aunque dependa de promesas imposibles de cumplir indefinidamente.
La naturaleza humana funciona así.
Por eso los sistemas clientelares pueden sobrevivir durante décadas.
Y por eso las reformas verdaderamente profundas resultan tan difíciles.
No porque falten diagnósticos.
Sino porque abundan los beneficiarios del estado actual de las cosas.
Y los beneficiarios siempre están mejor organizados que las víctimas dispersas.
(Continuará en la Entrega XXIV: «La servidumbre voluntaria: por qué los pueblos entregan su libertad a cambio de seguridad, comodidad y promesas»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XXIV: La servidumbre voluntaria

Existe un libro pequeño.
Muy pequeño.
Pero extraordinariamente profundo.
Fue escrito en el siglo XVI por Étienne de La Boétie.
Su título sigue resultando incómodo cinco siglos después:
Discurso de la servidumbre voluntaria.
La pregunta que planteaba era demoledora.
¿Cómo puede una minoría gobernar a una mayoría?
¿Cómo puede un puñado de hombres dominar a millones?
¿Cómo puede mantenerse el poder durante generaciones?
La respuesta de La Boétie era sorprendente.
Porque no culpaba únicamente a los gobernantes.
Se fijaba también en los gobernados.
Y llegaba a una conclusión inquietante:
Muchos hombres terminan acostumbrándose a obedecer.
No porque amen las cadenas.
No porque disfruten siendo dominados.
Sino porque la costumbre resulta poderosa.
Y porque la libertad exige esfuerzos que no todos están dispuestos a realizar.
Cinco siglos después la pregunta sigue siendo válida.
¿Por qué tantos ciudadanos aceptan situaciones que objetivamente les perjudican?
¿Por qué apoyan políticas cuyos efectos negativos reconocen en privado?
¿Por qué siguen votando a quienes critican constantemente?
Porque la libertad tiene un precio.
Y no todo el mundo está dispuesto a pagarlo.
La libertad exige responsabilidad.
Exige asumir riesgos.
Exige pensar.
Exige decidir.
Exige equivocarse.
Exige aceptar las consecuencias de los propios actos.
La dependencia resulta mucho más cómoda.
Alguien decide.
Alguien protege.
Alguien organiza.
Alguien reparte.
Alguien se ocupa.
Y uno puede limitarse a obedecer.
No parece una gran diferencia.
Pero lo es.
Porque cuanto más se acostumbra una sociedad a delegar, menos capacidad conserva para gobernarse a sí misma.
Aquí aparece una observación fundamental.
La mayoría de las personas no desean realmente libertad absoluta.
Desean seguridad.
Y cuando ambas cosas entran en conflicto, la seguridad suele imponerse.
No porque los hombres sean cobardes.
Sino porque la incertidumbre produce ansiedad.
Y la libertad siempre implica incertidumbre.
Nadie garantiza el éxito.
Nadie garantiza el empleo.
Nadie garantiza la prosperidad.
Nadie garantiza la felicidad.
La libertad ofrece oportunidades.
No garantías.
Por eso muchos prefieren otra cosa.
Prefieren protección.
Aunque tenga coste.
Aunque reduzca autonomía.
Aunque genere dependencia.
Porque la protección proporciona tranquilidad.
Al menos temporalmente.
Aquí encontramos una de las claves más profundas del éxito histórico del socialismo.
No solamente en España.
En todas partes.
Su fuerza nunca ha residido exclusivamente en sus propuestas económicas.
Ha residido en algo más elemental.
La promesa de protección.
La promesa de que alguien se ocupará.
La promesa de que nadie quedará abandonado.
La promesa de que existe una autoridad capaz de resolver problemas complejos.
Es una promesa emocionalmente poderosa.
Y precisamente por eso resulta tan atractiva.
El problema aparece cuando las promesas superan a las posibilidades reales.
Porque entonces la protección empieza a financiarse mediante deuda.
O mediante impuestos crecientes.
O mediante inflación.
O mediante una combinación de las tres cosas.
Pero mientras las consecuencias tardan en llegar, la ilusión puede mantenerse durante bastante tiempo.
Aquí conviene recordar una observación de Alexis de Tocqueville.
Tocqueville describió una forma de despotismo muy distinta de las antiguas tiranías.
No una tiranía brutal.
No una tiranía sangrienta.
Una tutela permanente.
Un poder que no castiga constantemente.
Un poder que cuida.
Que protege.
Que regula.
Que orienta.
Que administra.
Y que termina tratando a los ciudadanos como menores de edad.
La descripción resulta extraordinariamente actual.
Porque muchos ciudadanos modernos parecen haber aceptado precisamente esa relación.
A cambio de seguridad.
A cambio de estabilidad.
A cambio de tranquilidad.
Renuncian poco a poco a parcelas de independencia.
Y lo hacen voluntariamente.
Nadie les obliga.
Nadie les amenaza.
Simplemente se acostumbran.
Aquí aparece otro fenómeno importante.
La libertad requiere virtud.
No puede mantenerse únicamente mediante leyes.
Necesita personas capaces de gobernarse a sí mismas.
Capaces de resistir tentaciones.
Capaces de asumir responsabilidades.
Capaces de soportar frustraciones.
Capaces de actuar racionalmente incluso cuando las emociones empujan en otra dirección.
Y aquí regresamos nuevamente a Aristóteles y a Ayn Rand.
La racionalidad no surge sola.
Hay que cultivarla.
La responsabilidad no surge sola.
Hay que cultivarla.
La libertad tampoco surge sola.
Hay que cultivarla.
Todo aquello que deja de ejercitarse termina debilitándose.
Y una sociedad que deja de ejercitar la libertad termina perdiendo el hábito de ser libre.
Sin darse cuenta.
Sin dramatismos.
Sin revoluciones.
Simplemente por desuso.
Aquí encontramos una explicación profunda de por qué millones de españoles siguen votando opciones que amplían continuamente la presencia del Estado en sus vidas.
No necesariamente porque amen el poder.
Sino porque temen la incertidumbre.
Y el temor constituye uno de los motores más poderosos del comportamiento humano.
Más poderoso muchas veces que la razón.
Más poderoso incluso que los hechos.
Por eso las democracias pueden ir reduciendo gradualmente la libertad sin que la mayoría proteste.
Porque cada cesión parece pequeña.
Cada renuncia parece razonable.
Cada paso parece insignificante.
Y cuando se observa el conjunto, décadas después, el paisaje ha cambiado completamente.
La servidumbre moderna rara vez llega con uniforme.
Suele llegar acompañada de buenas intenciones.
De ayudas.
De subvenciones.
De protección.
De promesas.
Y precisamente por eso resulta tan difícil reconocerla.
Porque adopta la apariencia de un beneficio.
Hasta que la factura llega.
Y la factura siempre llega.
(Continuará en la Entrega XXV: «La decadencia de las virtudes: cuando una sociedad deja de admirar el esfuerzo y empieza a admirar la dependencia»).
Sigue
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XXV: La decadencia de las virtudes: cuando una sociedad deja de admirar el esfuerzo y empieza a admirar la dependencia

Toda civilización se sostiene sobre determinadas virtudes.
No sobre leyes.
No sobre presupuestos.
No sobre decretos.
Las leyes pueden ayudar.
Los presupuestos pueden facilitar determinadas cosas.
Los gobiernos pueden influir.
Pero el verdadero fundamento de una sociedad siempre se encuentra en el carácter de sus miembros.
Y el carácter se construye mediante virtudes.
Durante siglos se consideró admirable:
- la responsabilidad;
- la laboriosidad;
- la honradez;
- la prudencia;
- el ahorro;
- la fortaleza;
- la disciplina;
- la perseverancia;
- la palabra dada.
No porque quienes las defendían fueran perfectos.
Nunca lo fueron.
Sino porque comprendían algo elemental.
Las sociedades prosperan cuando esas virtudes abundan.
Y se deterioran cuando desaparecen.
Aquí conviene recordar algo que hoy parece olvidado.
Las virtudes no son ideas abstractas.
Tienen consecuencias prácticas.
Una sociedad donde predomina el ahorro acumula capital.
Una sociedad donde predomina la responsabilidad genera confianza.
Una sociedad donde predomina la honradez reduce costes.
Una sociedad donde predomina el esfuerzo aumenta la prosperidad.
No se trata de moralismo.
Se trata de realidad.
Porque las virtudes producen efectos visibles.
Igual que los vicios.
Y aquí encontramos una de las transformaciones más profundas de la España contemporánea.
No solamente han cambiado las leyes.
No solamente ha cambiado la política.
Han cambiado también las admiraciones.
Y eso resulta mucho más importante.
Porque los pueblos terminan pareciéndose a aquello que admiran.
Si una sociedad admira al sabio, surgirán más sabios.
Si admira al emprendedor, surgirán más emprendedores.
Si admira al héroe, surgirán más héroes.
Si admira al pícaro, surgirán más pícaros.
Y si admira al dependiente, surgirán más dependientes.
Parece una observación sencilla.
Pero explica mucho.
Aquí conviene hacer una pausa.
Durante generaciones, una parte considerable del discurso público ha presentado la dependencia como una forma de derecho.
Y la autonomía como una sospecha.
La autosuficiencia ha sido interpretada muchas veces como insolidaridad.
La independencia como egoísmo.
El éxito como privilegio.
La excelencia como elitismo.
El mérito como desigualdad.
Y aunque estas ideas no siempre se expresen de forma explícita, han ido impregnando lentamente la conversación pública.
El resultado es visible.
Muchos jóvenes conocen perfectamente sus derechos.
Pero tienen dificultades para enumerar sus deberes.
Muchos exigen protección.
Pocos hablan de responsabilidad.
Muchos reclaman ayudas.
Pocos hablan de obligaciones.
Y una sociedad que pierde el equilibrio entre derechos y deberes termina debilitándose.
Porque los derechos necesitan ser sostenidos por alguien.
Siempre.
No aparecen por generación espontánea.
Detrás de cada derecho existe una obligación.
Detrás de cada prestación existe un contribuyente.
Detrás de cada ayuda existe alguien que la financia.
La realidad funciona así.
Nos guste o no.
Aquí aparece otra observación importante.
La decadencia de las virtudes suele comenzar por el lenguaje.
Primero desaparecen las palabras.
Después desaparecen las ideas.
Y finalmente desaparecen las conductas.
Observe cuántas veces se habla hoy de esfuerzo.
Muy pocas.
Cuántas veces se habla de sacrificio.
Aún menos.
Cuántas veces se habla de disciplina.
Prácticamente nunca.
Sin embargo, son precisamente esas cualidades las que construyen individuos fuertes.
Y los individuos fuertes son el fundamento de las sociedades libres.
Porque quien sabe gobernarse a sí mismo necesita menos gobernantes.
Ésta es una verdad que el poder nunca ha contemplado con entusiasmo.
Aquí regresamos nuevamente a una idea que atraviesa todo este ensayo.
El PSOE no ha creado esta situación por sí solo.
Sería absurdo afirmarlo.
Estamos ante una evolución cultural mucho más amplia.
Pero sí ha sabido aprovecharla.
Porque una sociedad habituada a esperar soluciones externas resulta especialmente receptiva a los discursos paternalistas.
Una sociedad acostumbrada a la dependencia escucha con agrado a quien promete protección.
Una sociedad que ha olvidado las virtudes de la autonomía termina buscando tutores.
Y los tutores abundan.
Siempre abundan.
Especialmente cuando viven de ejercer como tales.
Aquí resulta útil recordar nuevamente a Carlo Cipolla.
La estupidez humana no consiste únicamente en ignorancia.
Tampoco en falta de inteligencia.
Muchas personas inteligentes toman decisiones estúpidas.
Porque confunden deseos con realidad.
Porque ignoran consecuencias.
Porque prefieren gratificaciones inmediatas a beneficios duraderos.
Y una sociedad puede hacer exactamente lo mismo.
Puede votar sistemáticamente aquello que proporciona satisfacción inmediata aunque comprometa el futuro.
Puede premiar a quienes prometen más aunque produzcan menos.
Puede castigar a quienes dicen verdades incómodas y recompensar a quienes ofrecen ilusiones agradables.
Y cuando eso ocurre, la decadencia deja de ser una posibilidad.
Empieza a convertirse en una tendencia.
Aquí aparece una pregunta decisiva.
¿Qué ocurre cuando una nación deja de admirar las virtudes que hicieron posible su prosperidad?
La respuesta la ofrece la historia una y otra vez.
La prosperidad continúa durante algún tiempo.
Las instituciones siguen funcionando.
La riqueza acumulada sigue produciendo rendimientos.
Pero poco a poco comienzan a aparecer grietas.
La productividad disminuye.
La natalidad cae.
La confianza se erosiona.
La deuda aumenta.
La burocracia crece.
La dependencia se extiende.
Y finalmente la realidad termina imponiendo límites.
Porque las sociedades pueden consumir durante décadas el capital moral acumulado por generaciones anteriores.
Pero no pueden hacerlo indefinidamente.
Llega un momento en que la cuenta se vacía.
Y entonces aparece la crisis.
No la crisis económica.
Ésa suele ser la consecuencia.
La verdadera crisis es moral.
Porque una nación empieza a deteriorarse mucho antes de empobrecerse.
Empieza a deteriorarse cuando deja de admirar aquello que la hizo fuerte.
(Continuará en la Entrega XXVI: «El Estado terapéutico: cuando los gobiernos dejan de tratar a los ciudadanos como adultos y comienzan a tratarlos como menores permanentes»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XXVI: El Estado terapéutico: cuando los gobiernos dejan de tratar a los ciudadanos como adultos

Hay una transformación silenciosa que ha pasado casi inadvertida.
Hace apenas unas generaciones, los gobiernos se ocupaban principalmente de unas pocas tareas:
- garantizar la seguridad;
- administrar justicia;
- mantener determinadas infraestructuras;
- defender las fronteras;
- asegurar el cumplimiento de las leyes.
Podían hacerlo mejor o peor.
Pero su ámbito de actuación era relativamente limitado.
Hoy ocurre algo muy distinto.
El poder político ya no pretende únicamente gobernar.
Pretende orientar.
Pretende corregir.
Pretende educar.
Pretende concienciar.
Pretende sensibilizar.
Pretende acompañar.
Pretende reeducar.
Pretende modelar comportamientos.
Pretende intervenir en aspectos de la vida que durante siglos pertenecieron a la esfera privada.
Y ésa es una transformación enorme.
Porque supone un cambio profundo en la forma de entender al ciudadano.
Antes se le consideraba un adulto.
Ahora cada vez con más frecuencia se le trata como a un menor permanente.
No se confía en su criterio.
No se confía en su juicio.
No se confía en su capacidad para decidir.
Hay que orientarlo.
Hay que tutelarlo.
Hay que protegerlo de sí mismo.
Hay que vigilar sus decisiones.
Hay que supervisar sus hábitos.
Hay que corregir sus opiniones.
Y cuanto más se extiende esta mentalidad, más crece el aparato encargado de aplicarla.
Aquí aparece una observación fundamental.
Todo paternalismo parte de una idea aparentemente benévola.
La idea de que alguien sabe mejor que tú lo que te conviene.
A veces puede ser cierto.
Un médico sabe más de medicina.
Un ingeniero sabe más de ingeniería.
Un arquitecto sabe más de construcción.
Pero el problema aparece cuando esa lógica se extiende a la totalidad de la vida humana.
Entonces surge una nueva clase de dirigente.
No el gobernante.
No el administrador.
El tutor.
Y el tutor siempre considera que necesita más competencias.
Más recursos.
Más poder.
Porque siempre encuentra nuevos ámbitos que corregir.
Nuevos comportamientos que vigilar.
Nuevas conductas que regular.
Nuevas costumbres que modificar.
Nunca termina.
Jamás.
Porque la naturaleza humana es imperfecta.
Y quien pretende perfeccionarla encuentra trabajo infinito.
Aquí conviene recordar algo que comprendieron muy bien los pensadores liberales clásicos.
La libertad implica la posibilidad de equivocarse.
No existe libertad sin error.
No existe libertad sin riesgo.
No existe libertad sin responsabilidad.
Quien pretende eliminar completamente el riesgo termina eliminando también la libertad.
Y quien pretende eliminar completamente el error termina eliminando también la autonomía.
Porque los seres humanos aprendemos precisamente mediante prueba y error.
Mediante aciertos y fracasos.
Mediante decisiones buenas y malas.
Ésa ha sido siempre la condición humana.
Sin embargo, el Estado terapéutico considera que esa realidad resulta inaceptable.
Y por eso intenta intervenir constantemente.
No sólo en lo que hacemos.
También en lo que pensamos.
También en lo que sentimos.
También en lo que decimos.
Aquí aparece una de las características más curiosas de nuestro tiempo.
Jamás hubo tantos adultos.
Y jamás pareció existir tanta infantilización.
Personas perfectamente capaces de manejar tecnologías complejísimas.
Personas capaces de conducir vehículos.
Dirigir empresas.
Operar máquinas sofisticadas.
Administrar patrimonios.
Y, sin embargo, tratadas continuamente como si necesitaran orientación permanente.
Como si no pudieran distinguir por sí mismas entre el bien y el mal.
Entre la verdad y la mentira.
Entre lo prudente y lo imprudente.
Entre lo razonable y lo absurdo.
La contradicción resulta evidente.
Pero rara vez se menciona.
Porque el paternalismo moderno suele presentarse envuelto en buenas intenciones.
Y las buenas intenciones poseen una enorme capacidad para desarmar el espíritu crítico.
Aquí encontramos otra clave importante para comprender el éxito electoral de determinadas opciones políticas.
El ciudadano acostumbrado a la tutela acaba desarrollando una relación peculiar con el poder.
Ya no lo contempla como un administrador temporal.
Lo contempla como un protector.
Y cuando alguien percibe a un gobernante como protector, empieza a juzgarlo de forma distinta.
Le perdona más.
Le exige menos.
Le concede un margen de confianza mayor.
Exactamente igual que ocurre con los padres respecto a los hijos pequeños.
La relación deja de ser entre iguales.
Se convierte en una relación de dependencia.
Y ahí aparece una de las mayores victorias del socialismo moderno.
No sólo en España.
En casi todo Occidente.
Ha conseguido presentarse como la encarnación política del cuidado.
De la protección.
De la asistencia.
De la tutela.
Mientras que sus adversarios aparecen frecuentemente asociados a conceptos más incómodos:
- responsabilidad;
- esfuerzo;
- disciplina;
- autonomía;
- límites.
Y sabemos perfectamente cuál de ambos mensajes resulta más atractivo a corto plazo.
Aquí conviene introducir una reflexión que enlaza con lo que venimos desarrollando desde hace varias entregas.
Una sociedad libre necesita ciudadanos adultos.
No biológicamente adultos.
Moralmente adultos.
Personas capaces de gobernarse a sí mismas.
Capaces de asumir consecuencias.
Capaces de soportar frustraciones.
Capaces de pensar racionalmente incluso cuando las emociones empujan en dirección contraria.
Capaces de distinguir entre deseo y realidad.
Capaces de entender que no todos los problemas tienen solución política.
Y ésa es precisamente la clase de ciudadano que el Estado terapéutico tiende a debilitar.
No necesariamente por maldad.
Muchas veces por exceso de protección.
Porque toda tutela prolongada termina erosionando la autonomía.
Igual que una muleta utilizada durante demasiado tiempo debilita la pierna sana.
Y aquí regresamos nuevamente a la pregunta que da sentido a este ensayo.
¿Por qué siguen votando millones de españoles al PSOE?
Porque una parte de la sociedad ha sido educada durante décadas para contemplar al Estado como padre.
Como protector.
Como proveedor.
Como garante último de bienestar.
Y quien ve al Estado de ese modo difícilmente votará contra él.
Incluso cuando los resultados sean decepcionantes.
Incluso cuando las promesas se incumplan.
Incluso cuando la realidad contradiga los discursos.
Porque la relación ya no es política.
Es emocional.
Y las relaciones emocionales suelen ser mucho más resistentes que los razonamientos.
Por eso el verdadero debate no gira únicamente en torno a impuestos, presupuestos o programas electorales.
Gira alrededor de una pregunta mucho más profunda:
¿Queremos ciudadanos o queremos tutelados?
Porque la respuesta a esa pregunta determinará el futuro de España mucho más que cualquier elección concreta.
(Continuará en la Entrega XXVII: «La inversión de incentivos: cuando producir se castiga, depender se premia y la mediocridad encuentra terreno fértil para prosperar»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XXVII: La inversión de incentivos: cuando producir se castiga, depender se premia y la mediocridad encuentra terreno fértil para prosperar

Existe una ley no escrita que gobierna todas las sociedades.
No importa lo que proclamen sus discursos.
No importa lo que digan sus constituciones.
No importa lo que prometan sus gobernantes.
Las personas terminan haciendo aquello que resulta premiado.
Y dejan de hacer aquello que resulta castigado.
Así de simple.
Así de implacable.
Por eso la pregunta decisiva para comprender cualquier sociedad no es qué valores proclama.
La pregunta es:
¿Qué conductas recompensa realmente?
Porque ahí se encuentra la verdad.
No en los discursos.
No en las campañas electorales.
No en las declaraciones solemnes.
Sino en los incentivos.
Y aquí encontramos uno de los problemas más profundos de la España contemporánea.
Durante décadas se ha producido una lenta pero constante inversión de incentivos.
No siempre.
No en todas partes.
Pero sí con suficiente intensidad como para alterar la conducta de millones de personas.
Veamos algunos ejemplos.
Quien ahorra suele ser castigado mediante inflación.
Quien invierte asume riesgos crecientes.
Quien emprende se enfrenta a una selva burocrática.
Quien crea empleo soporta cargas fiscales y administrativas considerables.
Quien destaca corre el riesgo de ser señalado.
Quien sobresale puede despertar sospechas.
Mientras tanto, determinadas formas de dependencia reciben protección permanente.
Determinadas ineficiencias se financian indefinidamente.
Determinados fracasos nunca generan consecuencias.
Determinadas estructuras sobreviven aunque no produzcan resultados apreciables.
Y los seres humanos observan.
Siempre observan.
Mucho más de lo que parecen.
No escuchan únicamente los discursos.
Observan qué ocurre en la práctica.
Y adaptan su comportamiento.
Porque los incentivos educan.
Quizá más que las escuelas.
Más que los periódicos.
Más que los discursos.
Más que las campañas.
Aquí conviene recordar una observación de Thomas Sowell.
Las políticas deben juzgarse por sus resultados.
No por sus intenciones.
Porque las intenciones pueden ser magníficas.
Y producir consecuencias desastrosas.
La historia está llena de ejemplos.
La cuestión nunca es:
—¿Qué pretendían?
La cuestión es:
—¿Qué incentivos crearon?
Porque los incentivos terminan modelando la conducta colectiva.
Y una sociedad que premia la dependencia obtendrá más dependencia.
Una sociedad que premia la irresponsabilidad obtendrá más irresponsabilidad.
Una sociedad que premia la mediocridad obtendrá más mediocridad.
No por maldad.
No por conspiración.
Simplemente porque así funciona la naturaleza humana.
Aquí reaparece Carlo Cipolla.
Y conviene volver a él.
Porque una de las grandes tragedias de las sociedades modernas consiste en que muchas veces los daños más graves no proceden de individuos perversos.
Proceden de sistemas mal diseñados.
Sistemas que generan comportamientos irracionales incluso entre personas razonables.
Sistemas que premian decisiones equivocadas.
Sistemas que protegen la incompetencia.
Sistemas que castigan la excelencia.
Y cuando eso ocurre durante décadas, la estupidez organizada empieza a producir efectos acumulativos.
No hablamos ya del estúpido individual descrito por Cipolla.
Hablamos de algo más peligroso.
La institucionalización de la estupidez.
La creación de estructuras donde los incentivos favorecen decisiones perjudiciales para todos.
Y aquí aparece nuevamente la mediocridad inoperante activa.
Porque ésta prospera especialmente bien en sistemas donde los resultados importan menos que la obediencia.
El mediocre activo no necesita ser brillante.
Ni innovador.
Ni especialmente competente.
Le basta con dominar las reglas internas del aparato.
Le basta con agradar a quien manda.
Le basta con no cuestionar.
Le basta con adaptarse.
Mientras tanto, quien piensa por cuenta propia empieza a resultar incómodo.
Quien señala errores resulta molesto.
Quien propone reformas amenaza intereses establecidos.
Quien exige resultados perturba equilibrios cuidadosamente construidos.
Y así comienza una selección negativa.
Una selección adversa.
Los independientes se marchan.
Los conformistas permanecen.
Los mejores buscan otros caminos.
Los obedientes prosperan.
Hasta que toda la estructura empieza a parecerse cada vez más a quienes mejor se adaptan a ella.
Y entonces aparece el fenómeno que tanto desconcierta a muchos ciudadanos.
Las organizaciones siguen creciendo.
Los presupuestos aumentan.
Las estructuras se multiplican.
Los cargos proliferan.
Pero los resultados no mejoran.
A veces incluso empeoran.
Sin embargo, el sistema continúa.
¿Por qué?
Porque quienes toman las decisiones no siempre responden a los mismos incentivos que quienes sufren las consecuencias.
Y ésa es una de las grandes tragedias de la política moderna.
Aquí encontramos otra clave para comprender la resistencia electoral del PSOE.
Muchos ciudadanos observan los resultados.
Pero millones de personas viven dentro de estructuras cuyos incentivos dependen de la continuidad del sistema.
No necesariamente porque sean corruptas.
Insistamos en ello.
Sería una simplificación injusta.
Sino porque la naturaleza humana responde a los intereses.
Y cuando una persona percibe que su estabilidad, su carrera o su seguridad dependen de determinadas estructuras, tenderá a protegerlas.
Es normal.
Es humano.
Y precisamente por eso resulta tan difícil modificar sistemas que llevan décadas consolidándose.
Porque no se enfrenta uno únicamente a ideas.
Se enfrenta a hábitos.
A costumbres.
A intereses.
A dependencias.
A formas de vida.
Y pocas cosas son más resistentes al cambio.
Llegados a este punto conviene formular una pregunta decisiva.
¿Qué ocurre cuando una sociedad castiga sistemáticamente las conductas que generan prosperidad y premia las que generan dependencia?
La respuesta la ofrece la historia una y otra vez.
La prosperidad acumulada permite ocultar el problema durante bastante tiempo.
A veces durante generaciones.
Pero finalmente aparecen las consecuencias.
Menor crecimiento.
Menor innovación.
Menor productividad.
Menor natalidad.
Mayor deuda.
Mayor dependencia.
Mayor burocracia.
Mayor frustración.
Y entonces la sociedad empieza a preguntarse qué ha ocurrido.
La respuesta suele encontrarse en algo mucho menos espectacular que las grandes ideologías.
Se encuentra en los incentivos.
Porque los incentivos son las leyes invisibles que terminan gobernando el comportamiento humano.
Y ninguna propaganda, por poderosa que sea, puede abolir esa realidad.
(Continuará en la Entrega XXVIII: «La sociedad infantilizada: sentimentalismo, victimismo y la desaparición del adulto responsable»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XXVIII: La sociedad infantilizada: sentimentalismo, victimismo y la desaparición del adulto responsable

Hay un fenómeno que atraviesa gran parte de Occidente
Y España no constituye una excepción.
La progresiva infantilización de la sociedad.
No hablamos de inteligencia.
No hablamos de conocimientos.
No hablamos de capacidad técnica.
Jamás hubo tantas personas capaces de manejar tecnologías complejas.
Jamás hubo tantos titulados.
Jamás hubo tanto acceso a la información.
Y, sin embargo, en muchos aspectos da la impresión de que la madurez emocional y moral ha retrocedido.
Porque una cosa es saber mucho.
Y otra muy distinta ser adulto.
Ser adulto significa aceptar la realidad.
Aceptar límites.
Aceptar responsabilidades.
Aceptar consecuencias.
Aceptar que la vida no gira alrededor de nuestros deseos.
Aceptar que no todo lo que queremos es posible.
Aceptar que nuestras decisiones tienen efectos.
Aceptar que nuestros errores tienen precio.
Durante siglos estas ideas parecían evidentes.
Hoy ya no tanto.
Y ahí encontramos uno de los grandes cambios culturales de nuestro tiempo.
Cada vez se habla más de sentimientos.
Y menos de responsabilidades.
Más de derechos.
Y menos de deberes.
Más de emociones.
Y menos de carácter.
Más de agravios.
Y menos de obligaciones.
No porque los sentimientos carezcan de importancia.
Por supuesto que la tienen.
Los seres humanos no somos máquinas.
Pero una sociedad donde los sentimientos ocupan el lugar de la razón termina perdiendo la capacidad de gobernarse a sí misma.
Porque los sentimientos son excelentes consejeros sobre cómo nos encontramos.
Pero pésimos gobernantes.
Son pasajeros.
Variables.
Contradictorios.
Inestables.
La razón existe precisamente para ordenar ese mundo emocional.
Aquí conviene volver a una idea que usted ha señalado varias veces y que resulta esencial.
Ayn Rand tenía razón cuando afirmaba que el hombre no es un ser racional por naturaleza.
Es potencialmente racional.
Puede elegir pensar.
O puede elegir no hacerlo.
Puede someter sus emociones al examen de la razón.
O puede someter la razón a sus emociones.
Puede actuar conforme a la realidad.
O conforme a sus deseos.
Puede disciplinarse.
O dejarse arrastrar.
La elección existe.
Y precisamente por eso la racionalidad constituye una virtud.
Y toda virtud necesita ejercicio.
Nadie nace valiente.
Nadie nace prudente.
Nadie nace templado.
Nadie nace racional.
Todo ello requiere práctica.
Hábito.
Disciplina.
Esfuerzo.
Aquí aparece uno de los problemas más profundos de nuestro tiempo.
Se ha extendido la idea de que todo sentimiento merece validación inmediata.
Toda emoción exige reconocimiento.
Toda frustración requiere reparación.
Toda incomodidad necesita intervención.
Y el resultado es paradójico.
Las personas soportan cada vez menos frustraciones.
Precisamente porque han tenido menos oportunidades de aprender a soportarlas.
Como un músculo que deja de ejercitarse.
La fortaleza interior se debilita.
Y cuando la fortaleza se debilita, la dependencia aumenta.
Aquí encontramos una conexión directa con el fenómeno político que estamos analizando.
Una sociedad emocionalmente infantilizada resulta mucho más vulnerable a la manipulación.
Porque las emociones son más fáciles de movilizar que la razón.
Es más fácil indignar que explicar.
Es más fácil asustar que argumentar.
Es más fácil victimizar que responsabilizar.
Es más fácil prometer que demostrar.
Y la política contemporánea ha aprendido perfectamente esta lección.
No se apela al ciudadano.
Se apela al sentimiento.
No se argumenta.
Se emociona.
No se convence.
Se moviliza.
No se razona.
Se dramatiza.
Y cuando una población se acostumbra a reaccionar emocionalmente, la deliberación racional empieza a desaparecer.
Aquí aparece otro fenómeno especialmente importante.
El victimismo.
No la existencia real de víctimas.
Las víctimas existen.
Siempre han existido.
Y merecen justicia.
Hablamos de otra cosa.
Hablamos de convertir la condición de víctima en una identidad permanente.
Porque una víctima permanente nunca es responsable.
Siempre hay otro culpable.
Siempre existe un opresor.
Siempre existe un responsable externo.
Siempre existe alguien a quien atribuir los problemas propios.
Y eso resulta extraordinariamente atractivo.
Porque libera de una carga muy pesada.
La responsabilidad personal.
Aquí conviene recordar una observación de Thomas Sowell.
Nada resulta más peligroso que una sociedad que enseña sistemáticamente a sus miembros a contemplarse como víctimas antes que como agentes de su propio destino.
Porque entonces desaparece la iniciativa.
Desaparece la responsabilidad.
Desaparece el esfuerzo.
Y aparece la dependencia.
La dependencia emocional.
La dependencia económica.
La dependencia política.
Y la dependencia siempre busca protectores.
Aquí encontramos una de las claves más profundas del éxito electoral del PSOE y de buena parte de la izquierda occidental.
Han comprendido algo fundamental.
Una sociedad formada por adultos responsables resulta difícil de dirigir.
Una sociedad compuesta por individuos acostumbrados a considerarse víctimas resulta mucho más receptiva a la tutela.
Porque la víctima busca protección.
El adulto busca soluciones.
Y son cosas muy distintas.
Aquí reaparece nuevamente Carlo Cipolla.
Porque la estupidez colectiva rara vez surge de una falta de inteligencia.
Surge cuando grandes grupos humanos sustituyen sistemáticamente el análisis por la emoción.
Cuando dejan de preguntarse:
—¿Es cierto?
—¿Funciona?
—¿Qué consecuencias tendrá?
Y empiezan a preguntarse únicamente:
—¿Cómo me hace sentir?
—¿Me gusta?
—¿Me tranquiliza?
—¿Me confirma lo que ya pensaba?
A partir de ese momento la propaganda dispone de una ventaja enorme.
Porque las emociones pueden ser manipuladas con relativa facilidad.
La realidad, en cambio, es mucho más obstinada.
Por eso quizá una de las mayores amenazas para la libertad contemporánea no sea la censura.
Ni siquiera la corrupción.
Ni siquiera la incompetencia.
Quizá sea la progresiva desaparición del adulto.
Del ciudadano capaz de gobernarse a sí mismo.
Del individuo dispuesto a asumir responsabilidades.
Del hombre o la mujer capaces de anteponer la realidad a sus deseos.
Porque sin ese tipo de personas ninguna democracia puede funcionar correctamente durante mucho tiempo.
Y cuando desaparecen, los tutores ocupan su lugar.
Siempre.
Sin excepción.
(Continuará en la Entrega XXIX: «El pueblo contra sí mismo: por qué las democracias pueden terminar destruyendo las condiciones que hicieron posible su prosperidad»).
¿Por qué siguen votando al PSOE?
Anatomía de una nación acostumbrada a la decadencia
Entrega XXIX: El pueblo contra sí mismo: cuando la democracia empieza a destruir las condiciones que hicieron posible la prosperidad

Existe una paradoja que ha preocupado a pensadores desde la antigua Grecia hasta nuestros días.
¿Cómo puede una sociedad libre utilizar su libertad para destruir las condiciones que hacen posible la propia libertad?
La pregunta parece absurda.
Y, sin embargo, la historia demuestra que ocurre una y otra vez.
Las civilizaciones no suelen ser derrotadas únicamente por enemigos externos.
Con frecuencia comienzan a deteriorarse desde dentro.
No porque falten recursos.
No porque falten leyes.
No porque falten instituciones.
Sino porque desaparecen los hábitos y virtudes que las sostenían.
Aquí conviene recordar a los griegos.
Especialmente a Aristóteles.
Aristóteles distinguía entre distintas formas de gobierno.
Pero advertía de algo importante.
Toda forma política contiene dentro de sí misma la posibilidad de su corrupción.
La monarquía puede degenerar en tiranía.
La aristocracia puede degenerar en oligarquía.
Y la democracia puede degenerar en demagogia.
No porque sean sistemas necesariamente malos.
Sino porque la naturaleza humana es imperfecta.
Y porque toda institución depende finalmente del carácter de quienes la integran.
Aquí aparece una cuestión decisiva.
La democracia funciona razonablemente bien cuando existe un número suficiente de ciudadanos capaces de anteponer el largo plazo al corto plazo.
Capaces de sacrificar beneficios inmediatos por ventajas futuras.
Capaces de exigir verdad aunque resulte incómoda.
Capaces de premiar la responsabilidad aunque no sea popular.
Pero ¿qué ocurre cuando esas virtudes empiezan a desaparecer?
La respuesta la encontramos repetidamente en la historia.
Los electores empiezan a premiar las promesas más atractivas.
Los gobernantes empiezan a competir ofreciendo beneficios inmediatos.
Los costes se trasladan al futuro.
La deuda crece.
Las obligaciones aumentan.
Las estructuras se multiplican.
Y poco a poco la política deja de consistir en administrar prudentemente recursos limitados.
Se convierte en una competición de promesas.
Aquí encontramos una observación especialmente importante de Hans-Hermann Hoppe.
Hoppe sostiene que los sistemas democráticos modernos tienden a favorecer horizontes temporales cada vez más cortos.
No porque los gobernantes sean necesariamente peores personas.
Sino porque los incentivos empujan en esa dirección.
El político piensa en las próximas elecciones.
No en la próxima generación.
El ciudadano piensa en el próximo beneficio.
No en los próximos treinta años.
Y cuando ambos actúan así simultáneamente, el resultado suele ser previsible.
Se consume más.
Se ahorra menos.
Se promete más.
Se planifica menos.
Se distribuye más.
Se produce menos.
No ocurre siempre.
Pero la tendencia existe.
Y conviene observarla.
Aquí reaparece una idea fundamental de este ensayo.
La democracia no fracasa únicamente por culpa de los gobernantes.
Fracasa cuando los ciudadanos empiezan a premiar comportamientos que terminan perjudicándolos.
Y eso ocurre con mucha más frecuencia de lo que solemos admitir.
Porque los seres humanos tenemos una tendencia natural a preferir recompensas inmediatas.
Es un rasgo profundamente humano.
Por eso la civilización siempre ha exigido disciplina.
Ahorro.
Prudencia.
Autocontrol.
Virtudes destinadas precisamente a contener esa inclinación.
Cuando desaparecen, el corto plazo empieza a devorar el futuro.
Aquí resulta útil recordar otra observación de Carlo Cipolla.
Una sociedad puede alcanzar niveles sorprendentes de irracionalidad colectiva sin que la mayoría de sus miembros sea estúpida.
Basta con que una cantidad suficiente de personas empiece a tomar decisiones basadas en deseos inmediatos en lugar de consecuencias futuras.
Entonces surge lo que podríamos llamar estupidez sistémica.
No porque falte inteligencia.
Sino porque falta previsión.
Y una nación puede ser extraordinariamente inteligente y extraordinariamente imprudente al mismo tiempo.
La historia ofrece numerosos ejemplos.
Aquí encontramos una de las explicaciones más profundas del fenómeno que estamos analizando.
Muchos españoles que votan al PSOE no son ignorantes.
No son irracionales en todos los aspectos de su vida.
No carecen de inteligencia.
Simplemente responden a incentivos, emociones, lealtades, hábitos y expectativas construidas durante décadas.
Exactamente igual que ocurre con los votantes de cualquier otra opción política.
La diferencia reside en que determinadas estructuras llevan mucho tiempo beneficiándose de esas dinámicas.
Y cuanto más tiempo duran, más difíciles resultan de modificar.
Porque terminan formando parte de la normalidad.
Y pocas cosas son más difíciles de combatir que aquello que la mayoría considera normal.
Aquí aparece otra reflexión importante.
Las democracias modernas han desarrollado una curiosa capacidad para consumir el legado acumulado por generaciones anteriores.
Capital económico.
Capital institucional.
Capital cultural.
Capital moral.
Todo ello puede gastarse.
Durante años.
Durante décadas.
Sin que los efectos sean inmediatamente visibles.
Por eso los procesos de decadencia suelen resultar engañosos.
Al principio no parecen decadencia.
Parecen prosperidad.
Los edificios siguen en pie.
Las infraestructuras funcionan.
Los servicios continúan operando.
La riqueza acumulada sigue produciendo rendimientos.
Y mientras tanto, los fundamentos empiezan a erosionarse.
La natalidad cae.
La deuda aumenta.
La responsabilidad disminuye.
La confianza se debilita.
La enseñanza pierde calidad.
La burocracia se expande.
La productividad se estanca.
Pero el deterioro resulta tan gradual que muchos apenas lo perciben.
Hasta que llega un momento en que la realidad presenta la factura.
Y entonces aparecen las preguntas.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
¿Por qué nadie lo vio venir?
La respuesta suele ser sencilla.
Muchos lo vieron.
Pero pocos quisieron escucharlo.
Porque las advertencias resultaban incómodas.
Y las sociedades, igual que los individuos, suelen preferir las ilusiones agradables a las verdades desagradables.
Por eso la cuestión central de este ensayo ya no gira únicamente alrededor del PSOE.
Ni siquiera alrededor de Pedro Sánchez.
Gira alrededor de algo mucho más profundo.
¿Puede una democracia sobrevivir cuando una parte creciente de la población deja de practicar las virtudes necesarias para sostenerla?
La historia no ofrece respuestas tranquilizadoras.
Y quizá por eso conviene seguir avanzando.
Porque aún nos queda abordar la cuestión más incómoda de todas.
No cómo hemos llegado hasta aquí.
Sino si todavía existe una salida.
EPÍLOGO
España saqueada o España reconstruida
La última batalla no es política, sino moral

Hemos llegado al final del camino.
Treinta entregas después, quizá haya llegado el momento de formular una conclusión que muchos lectores considerarán incómoda.
Y, sin embargo, todas las reflexiones anteriores conducen inevitablemente hacia ella.
España no tiene principalmente un problema político.
Tiene un problema moral.
Y conviene aclarar inmediatamente el significado de la palabra.
No hablamos de moral en sentido religioso.
Ni de moralismo.
Ni de sermones.
Hablamos de hábitos.
De costumbres.
De virtudes.
De comportamientos.
De incentivos.
De la forma en que millones de personas afrontan la realidad cotidiana.
Porque los problemas políticos siempre aparecen al final.
Nunca al principio.
Antes aparecen los problemas culturales.
Antes aparecen los problemas educativos.
Antes aparecen los problemas familiares.
Antes aparecen los problemas morales.
Y sólo después llegan los problemas políticos.
Pedro Sánchez no cayó del cielo.
El PSOE no cayó del cielo.
Las autonomías no cayeron del cielo.
La hipertrofia administrativa no cayó del cielo.
Los diecinueve mil organismos, entes, agencias, fundaciones y consorcios tampoco.
Todo ello es consecuencia de una evolución histórica.
De decisiones acumuladas.
De hábitos tolerados.
De errores repetidos.
Y, sobre todo, de millones de ciudadanos que durante décadas fueron aceptando pequeñas renuncias.
Pequeñas cesiones.
Pequeños engaños.
Pequeñas dependencias.
Hasta llegar a la situación actual.
El saqueo comienza mucho antes que la corrupción
La mayoría de las personas imagina el saqueo de una nación como una cuestión económica.
Dinero robado.
Comisiones.
Malversaciones.
Contratos amañados.
Naturalmente que eso existe.
Pero el verdadero saqueo comienza antes.
Mucho antes.
Empieza cuando se saquea la verdad.
Cuando se saquea el lenguaje.
Cuando se saquea la responsabilidad.
Cuando se saquea la capacidad de pensar.
Cuando se saquea el mérito.
Cuando se saquea la enseñanza.
Cuando se saquea la confianza.
Cuando se saquea la memoria.
Cuando se saquea el carácter.
Todo lo demás llega después.
Porque una nación cuyos ciudadanos conservan criterio propio resulta extraordinariamente difícil de expoliar.
En cambio, una población dependiente, infantilizada, sentimentalizada y acostumbrada a delegar termina convirtiéndose en terreno fértil para toda clase de oligarquías.
Y aquí reaparece nuevamente Robert Michels.
La ley de hierro de las oligarquías no es una anomalía.
Es una tendencia natural.
Toda organización tiende a convertirse en un fin para sí misma.
Todo aparato tiende a crecer.
Toda burocracia tiende a multiplicarse.
Todo poder tiende a expandirse.
Por eso la libertad exige vigilancia permanente.
No confianza ciega.
No fe.
No adhesión.
Vigilancia.
Mancur Olson y los parásitos del éxito
Quizá nadie explicó mejor este fenómeno que Mancur Olson.
Olson observó que las sociedades prósperas terminan generando grupos organizados especializados en vivir del esfuerzo ajeno.
No crean riqueza.
La redistribuyen.
No producen.
Intermedian.
No innovan.
Gestionan privilegios.
Y cuanto más tiempo permanece una sociedad sin grandes sacudidas, más numerosos se vuelven esos grupos.
Cada uno parece insignificante.
Pero sumados terminan estrangulando la prosperidad.
España constituye un ejemplo casi de laboratorio.
Décadas de subvenciones.
Décadas de organismos.
Décadas de redes clientelares.
Décadas de estructuras cuya supervivencia depende de que los problemas nunca se resuelvan completamente.
Y así hemos llegado a una situación paradójica.
Cada vez hay más personas viviendo de administrar problemas.
Y menos creando riqueza para resolverlos.
Acemoglu, Robinson y las instituciones extractivas
Aquí enlazamos con la obra de Daron Acemoglu y James A. Robinson.
Su tesis resulta demoledora.
Las naciones prosperan cuando poseen instituciones inclusivas.
Y se empobrecen cuando predominan instituciones extractivas.
Las primeras favorecen:
- el mérito;
- la innovación;
- la competencia;
- la propiedad;
- la responsabilidad.
Las segundas favorecen:
- el privilegio;
- la captura del poder;
- la dependencia;
- el clientelismo;
- la extracción de recursos por minorías organizadas.
La pregunta incómoda es evidente.
¿En qué dirección se ha movido España durante las últimas décadas?
Cada lector deberá responderla.
Pero conviene hacerlo observando resultados.
No discursos.
No intenciones.
Resultados.
Carlo Cipolla y la edad de la estupidez organizada
Y aquí aparece nuevamente Carlo Cipolla.
Probablemente uno de los autores más subestimados del siglo XX.
Cipolla comprendió algo que muchos economistas, sociólogos y políticos no terminan de entender.
La estupidez constituye una fuerza histórica.
Una fuerza real.
Y enormemente destructiva.
No porque falte inteligencia.
Sino porque abundan las decisiones irracionales.
Especialmente cuando las consecuencias recaen sobre otros.
España parece haberse especializado durante décadas en crear estructuras donde los incentivos favorecen precisamente ese fenómeno.
La estupidez organizada.
La irresponsabilidad organizada.
La mediocridad organizada.
Y, sobre todo, la mediocridad inoperante activa.
Esa categoría particularmente dañina formada por individuos que no sólo producen poco valor.
Además impiden que lo produzcan quienes podrían hacerlo mejor.
Porque perciben el mérito como amenaza.
La excelencia como peligro.
La competencia como riesgo.
Y la libertad como algo incómodo.
Joaquín Costa sigue vivo
Hace más de un siglo, Joaquín Costa denunció la España de oligarcas y caciques.
Muchos creen que aquella España desapareció.
No estoy tan seguro.
Quizá simplemente cambió de forma.
Antes el cacique repartía favores desde el casino del pueblo.
Hoy lo hace desde organismos, administraciones, partidos, sindicatos, fundaciones, observatorios y redes subvencionadas.
La lógica sigue siendo parecida.
Dependencia a cambio de obediencia.
Favores a cambio de lealtad.
Protección a cambio de sumisión.
Y mientras esa lógica continúe, las siglas serán secundarias.
Porque el problema permanecerá intacto.
¿Y ahora qué?
Llegamos así a la pregunta final.
¿Qué hacer?
La respuesta decepcionará a quienes esperan soluciones rápidas.
Porque no existen.
No hay ley milagrosa.
No hay partido milagroso.
No hay líder milagroso.
No hay hombre providencial.
No existe ningún Cid Campeador administrativo dispuesto a resolver décadas de deterioro cultural mediante un decreto.
La reconstrucción debe comenzar mucho más abajo.
En la familia.
En la enseñanza.
En la responsabilidad individual.
En la recuperación del mérito.
En la recuperación de la verdad.
En la recuperación del lenguaje claro.
En la recuperación de la memoria.
En la recuperación de las virtudes que hicieron posible la prosperidad occidental.
Prudencia.
Fortaleza.
Templanza.
Justicia.
Responsabilidad.
Honradez.
Trabajo.
Ahorro.
Perseverancia.
Autodisciplina.
Virtudes antiguas.
Precisamente por eso siguen siendo actuales.
La elección
Y así terminamos donde comenzamos.
La cuestión ya no es Pedro Sánchez.
Ni el PSOE.
Ni siquiera los ocho o nueve millones de españoles que probablemente volverán a votarlos.
La cuestión es mucho más profunda.
¿Qué clase de nación quieren ser los españoles?
Una nación de ciudadanos.
O una nación de tutelados.
Una nación de personas responsables.
O una nación de dependientes.
Una nación de hombres y mujeres libres.
O una nación de administrados.
Ésa es la verdadera elección.
No la que aparece en las papeletas.
La otra.
La que se produce cada día.
En cada familia.
En cada escuela.
En cada empresa.
En cada conversación.
En cada decisión personal.
Porque las naciones no se hunden cuando pierden elecciones.
Se hunden cuando pierden el carácter.
Y también comienzan a reconstruirse exactamente por el mismo lugar.
Cuando recuperan el carácter perdido.
Quizá todavía estemos a tiempo.
La historia demuestra que los pueblos pueden regenerarse.
Pero sólo cuando abandonan la cómoda condición de víctimas y recuperan la más difícil condición de ciudadanos.
Y ésa, como diría Aristóteles, sigue siendo una cuestión de virtud.
No de suerte.
