¿QUÉ CARAJOS ES ESO DE ESTAR EN EL LADO CORRECTO DE LA HISTORIA?
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores con prisas
«Estar en el lado correcto de la Historia» se ha convertido en una de las expresiones favoritas de políticos, periodistas, activistas, sociólogos y toda clase de expertos contemporáneos. Se utiliza constantemente para legitimar ideas, políticas y decisiones, y para desacreditar a quienes discrepan de ellas.
Sin embargo, la expresión encierra un problema fundamental.
La Historia no tiene lados.
La Historia no es una persona.
No posee conciencia.
No dicta sentencias.
No reparte certificados de virtud.
La Historia simplemente registra hechos, acontecimientos, decisiones humanas, causas y consecuencias.
Quienes emiten juicios morales son los hombres, no la Historia.
Por eso resulta tan llamativo que tantas personas afirmen conocer de antemano cuál será el juicio definitivo de generaciones que aún no han nacido.
La realidad histórica demuestra precisamente lo contrario.
Las mayores tragedias de la humanidad fueron protagonizadas por individuos y movimientos absolutamente convencidos de encontrarse en el lado correcto.
Los jacobinos durante la Revolución Francesa.
Los bolcheviques.
Los fascistas.
Los nazis.
Los maoístas.
Los jemeres rojos de Pol Pot.
Los defensores de la eugenesia.
Los partidarios del apartheid.
Los perseguidores religiosos.
Todos estaban convencidos de actuar en nombre del progreso, la razón, la justicia o la ciencia.
Todos creían representar el futuro.
Todos estaban convencidos de tener razón.
Y sin embargo, la Historia terminó juzgándolos de manera muy distinta.
La convicción no demuestra la verdad.
La certeza moral no garantiza la justicia.
Y la seguridad absoluta suele ser una pésima consejera.
El análisis histórico se vuelve todavía más interesante cuando examinamos cuestiones como el colonialismo, la esclavitud o la expansión de los imperios.
Las grandes potencias europeas que hoy suelen presentarse como referentes morales participaron durante siglos en conquistas, colonizaciones, segregaciones raciales y sistemas de dominación política.
Gran Bretaña mantuvo durante siglos a millones de católicos en situación de inferioridad jurídica.
El Imperio británico participó en procesos coloniales que dieron lugar a situaciones de segregación racial en distintos territorios.
Estados Unidos mantuvo la esclavitud y posteriormente, la segregación racial hasta fechas relativamente recientes.
Australia desarrolló políticas de asimilación forzosa contra los aborígenes.
Sudáfrica institucionalizó el apartheid.
Diversos países escandinavos impulsaron programas de esterilización forzosa bajo inspiración eugenésica.
Mientras tanto, la persecución de los judíos atravesó siglos, continentes, religiones e ideologías diferentes, demostrando que la intolerancia no pertenece a una sola cultura ni a una sola época.
También la esclavitud suele presentarse de forma profundamente distorsionada.
La esclavitud no fue una peculiaridad europea.
Fue una institución universal presente en prácticamente todas las civilizaciones conocidas.
Existió en África, Asia, Europa, América y el mundo islámico.
Millones de esclavos fueron capturados y vendidos por otros africanos.
El tráfico esclavista musulmán comenzó siglos antes que el atlántico y perduró durante mucho más tiempo.
Brasil fue el último país occidental en abolir oficialmente la esclavitud en 1888.
Y todavía hoy persisten formas de esclavitud y servidumbre en distintas regiones del mundo.
Comprender estos hechos no implica justificar nada.
Implica comparar.
Y sin comparación no existe Historia. Sólo propaganda.
En este contexto resulta especialmente relevante el caso de España.
Durante décadas se ha difundido una visión de la historia española basada en la llamada Leyenda Negra, una construcción propagandística elaborada originalmente por rivales de la Monarquía Hispánica.
Esa visión ha terminado siendo asumida por muchos españoles hasta el punto de contemplar su propia historia casi exclusivamente a través de sus errores.
Sin embargo, la realidad histórica es mucho más compleja.
España no fue un paraíso.
Cometió abusos, errores e injusticias.
Como cualquier otra potencia histórica.
Pero también desarrolló instituciones y principios extraordinariamente avanzados para su tiempo.
Mientras otros imperios tendían hacia la segregación o la expulsión, la Monarquía Hispánica promovió el mestizaje y reconoció jurídicamente a los indígenas como vasallos de la Corona.
La Escuela de Salamanca debatió cuestiones relacionadas con la dignidad humana y los derechos naturales siglos antes de que existieran las modernas declaraciones de derechos.
Se fundaron universidades, hospitales, imprentas, audiencias y cabildos en América.
Y se organizó la Expedición Balmis, considerada la primera campaña internacional de vacunación de la historia.
Todo ello no convierte a España en una excepción perfecta.
Pero tampoco permite describirla como una anomalía criminal de la historia universal.
La conclusión es sencilla.
Cuando alguien afirma que está en el lado correcto de la Historia, conviene desconfiar.
Porque la Historia no concede carnés de buena conducta.
Y porque quienes más seguros han estado de representar el futuro suelen haber sido precisamente quienes menos comprendían la complejidad del pasado.
Tal vez la actitud más razonable no consista en pretender conocer el veredicto definitivo de la Historia.
Tal vez consista simplemente en estudiar los hechos, comparar experiencias, analizar consecuencias y reconocer que ninguna nación, ninguna ideología y ninguna generación posee el monopolio de la virtud.
La Historia no tiene lados.
Tiene seres humanos.
Y los seres humanos, como demuestra toda la experiencia histórica, son capaces simultáneamente de lo mejor y de lo peor.
Si tu deseo es profundizar y saber más, sigue leyendo.
La nueva religión de nuestro tiempo
Hay expresiones que aparecen de repente, se ponen de moda y terminan convirtiéndose en lugares comunes que casi nadie se detiene a analizar.
Una de ellas es la famosa frase:
«Estar en el lado correcto de la Historia».
La escuché por primera vez hace algunos años en boca de un conocido futbolista para justificar un cambio de equipo.
Desde entonces la he oído centenares de veces.
La utilizan políticos.
Periodistas.
Sociólogos.
Activistas.
Profesores universitarios.
Funcionarios internacionales.
Artistas.
Tertulianos.
Y toda clase de expertos de ocasión.
Siempre con la misma finalidad.
No explicar.
No razonar.
No convencer.
Simplemente proclamar.
La frase tiene una enorme ventaja propagandística.
Permite sustituir una discusión compleja por una consigna aparentemente incontestable.
Ya no hace falta demostrar que una idea es buena.
Basta con afirmar que pertenece al lado correcto de la Historia.
Ya no es necesario refutar al adversario.
Basta con situarlo en el lado incorrecto.
Y una vez hecho eso, la discusión queda cerrada.
El asunto queda decidido.
No por la fuerza de los argumentos.
Sino por una supuesta sentencia emitida por una entidad misteriosa llamada Historia.
Y aquí aparece el primer problema.
Porque la Historia no es una persona.
No tiene conciencia.
No tiene voluntad.
No posee criterios morales propios.
No premia.
No castiga.
No concede certificados de virtud.
La Historia simplemente registra acontecimientos humanos.
Lo que posee juicios morales son los hombres.
No la Historia.
Sin embargo, la expresión se ha convertido en una especie de dogma secular.
Una religión sin Dios.
Una providencia laica.
Un sustituto moderno de la antigua certeza religiosa.
Antiguamente algunos afirmaban conocer la voluntad divina.
Hoy algunos afirman conocer la voluntad de la Historia.
La diferencia es menor de lo que parece.
En ambos casos encontramos individuos convencidos de poseer una especie de conocimiento privilegiado que les permite distinguir a los elegidos de los condenados.
A los buenos de los malos.
A los iluminados de los herejes.
A los progresistas de los reaccionarios.
Lo curioso es que quienes más utilizan esta expresión rara vez son historiadores.
Los historiadores serios suelen ser mucho más prudentes.
Saben demasiado bien que la Historia está llena de sorpresas.
Saben que las certezas de una época suelen convertirse en los errores de la siguiente.
Saben que los héroes de ayer terminan siendo cuestionados mañana.
Y saben también que la complejidad humana no cabe en una pancarta.
Por eso resulta significativo que la expresión sea especialmente popular entre sociólogos, politólogos, activistas y burócratas internacionales.
Con frecuencia, cuanto más largo es el cargo, más corta suele ser la reflexión.
Y cuando uno escucha determinadas denominaciones académicas interminables, siente la tentación de pensar que la longitud del título guarda una relación inversamente proporcional a la profundidad del pensamiento.
Pero hay algo todavía más preocupante.
La expresión «estar en el lado correcto de la Historia» no sólo pretende describir una realidad.
Pretende cerrar cualquier posibilidad de debate.
Es un mecanismo de clausura intelectual.
Si alguien cuestiona una política migratoria, una ley, una ideología o una moda cultural, no se le responde.
Simplemente se le informa de que está en el lado equivocado de la Historia.
La conversación termina ahí.
No porque se haya demostrado nada.
Sino porque se ha pronunciado una fórmula mágica.
Es una especie de excomunión contemporánea.
La diferencia es que ya no la administran sacerdotes.
La administran expertos.
O al menos personas que se presentan como tales.
El resultado es el mismo.
Quien discrepa queda situado fuera del círculo de los virtuosos.
Y precisamente por eso la expresión resulta tan útil para el poder.
Porque convierte cuestiones discutibles en verdades indiscutibles.
Convierte decisiones políticas en imperativos morales.
Convierte opiniones en dogmas.
Y convierte adversarios en pecadores.
Pero existe una objeción devastadora.
Una objeción que la propia Historia formula constantemente.
La inmensa mayoría de quienes protagonizaron las grandes tragedias históricas también estaban convencidos de encontrarse en el lado correcto.
Los revolucionarios franceses estaban convencidos.
Los bolcheviques estaban convencidos.
Los fascistas estaban convencidos.
Los nazis estaban convencidos.
Los maoístas estaban convencidos.
Los jemeres rojos estaban convencidos.
Ninguno de ellos pensaba estar haciendo el mal.
Todos creían servir a una causa superior.
Todos afirmaban representar el futuro.
Todos estaban convencidos de que la Historia acabaría dándoles la razón.
Y sin embargo la Historia terminó siendo bastante menos complaciente con ellos de lo que habían imaginado.
Ésa es precisamente la gran lección que parece haber olvidado nuestro tiempo.
La convicción no demuestra la verdad.
La certeza no demuestra la razón.
Y la seguridad moral absoluta suele ser mucho más peligrosa que la duda razonable.
Por eso, cuando alguien afirme estar en el lado correcto de la Historia, conviene responder con una pregunta sencilla.
¿Quién le ha otorgado semejante autoridad?
¿Quién le ha concedido acceso privilegiado al juicio de generaciones que aún no han nacido?
Y sobre todo:
¿Por qué deberíamos creerle?
El cementerio de quienes estaban convencidos de representar el futuro
Si algo enseña la Historia es una lección de humildad.
Una lección que, paradójicamente, muy pocos parecen dispuestos a aprender.
La inmensa mayoría de las personas responsables de las mayores tragedias históricas no actuaron creyéndose villanos.
No se levantaban cada mañana pensando:
—Voy a hacer el mal.
Ocurrió exactamente lo contrario.
Estaban convencidos de hacer el bien.
Creían representar el progreso.
Creían representar la razón.
Creían representar la ciencia.
Creían representar el futuro.
En definitiva, creían encontrarse en el lado correcto de la Historia.
Y precisamente por eso resulta tan peligrosa esa expresión.
Porque la Historia demuestra una y otra vez que la certeza moral absoluta suele convertirse en la antesala de la barbarie.
Stalin y la utopía que mató de hambre a millones
Tomemos uno de los ejemplos más evidentes.
¿Estaba en el lado correcto de la Historia Stalin?
Millones de personas, especialmente en Ucrania, padecieron las consecuencias de la colectivización forzosa.
La agricultura fue sometida al control estatal.
Se requisaron cosechas.
Se persiguió a campesinos.
Se destruyeron formas tradicionales de producción.
Las hambrunas resultantes provocaron millones de víctimas.
Y, sin embargo, los dirigentes soviéticos insistían en que estaban construyendo una sociedad más justa.
Más igualitaria.
Más avanzada.
Más moderna.
No hablaban de hambre.
Hablaban de progreso.
No hablaban de represión.
Hablaban de transformación social.
No hablaban de víctimas.
Hablaban de futuro.
La diferencia entre propaganda y realidad suele ser precisamente ésa.
Mao y la destrucción en nombre del hombre nuevo
Algo parecido ocurrió en China.
Mao no presentó la Revolución Cultural como una catástrofe.
La presentó como una regeneración.
Profesores humillados.
Intelectuales perseguidos.
Libros destruidos.
Templos arrasados.
Patrimonio cultural aniquilado.
Millones de personas sometidas a violencia política.
Todo ello se hizo en nombre de una sociedad mejor.
Más pura.
Más justa.
Más revolucionaria.
Los verdugos no se consideraban verdugos.
Se consideraban liberadores.
Como ocurre casi siempre.
Pol Pot y la igualdad absoluta
Si existe un ejemplo extremo del fanatismo político probablemente sea Camboya.
Pol Pot pretendía construir una sociedad perfecta.
Sin clases.
Sin diferencias.
Sin privilegios.
Sin propiedad.
Sin ciudades.
Sin intelectuales.
Sin pasado.
La utopía resultante produjo una de las mayores mortandades proporcionales del siglo XX.
Pero sus promotores estaban convencidos de estar construyendo el paraíso.
No el infierno.
La Historia está llena de paraísos prometidos que terminaron convertidos en cementerios.
La eugenesia: cuando la ciencia decidió jugar a ser Dios
Existe otro ejemplo especialmente incómodo para quienes identifican progreso con virtud.
La eugenesia.
Durante décadas fue defendida por científicos prestigiosos.
Universidades.
Gobiernos.
Fundaciones.
Médicos.
Juristas.
Intelectuales.
No era considerada una barbaridad.
Era considerada ciencia avanzada.
Países que hoy suelen presentarse como modelos morales impulsaron programas de esterilización forzosa.
Suecia.
Noruega.
Dinamarca.
Finlandia.
Estados Unidos.
Y otros muchos.
Miles de personas fueron privadas de descendencia porque expertos convencidos de actuar racionalmente decidieron que sus genes no merecían continuar.
No se trataba de fanáticos religiosos medievales.
Se trataba de modernos progresistas armados con estadísticas, informes y títulos universitarios.
También ellos estaban convencidos de estar en el lado correcto.
La persecución interminable de los judíos
Pocas historias ilustran mejor la fragilidad de las certezas morales que la persecución secular de los judíos.
Fueron perseguidos por paganos.
Por cristianos.
Por musulmanes.
Por nacionalistas.
Por revolucionarios.
Por racistas.
Por totalitarios.
Cada perseguidor disponía de una justificación aparentemente impecable.
Razones religiosas.
Razones económicas.
Razones políticas.
Razones raciales.
Razones culturales.
Siempre existía una explicación.
Siempre existía una teoría.
Siempre existía una excusa.
Lo único que nunca faltaba era la convicción de estar haciendo lo correcto.
El perseguidor rara vez se considera perseguidor.
Se considera justiciero.
Los católicos de segunda categoría
Existe además un episodio frecuentemente olvidado.
Durante siglos, en buena parte del mundo protestante, especialmente en Inglaterra e Irlanda, los católicos fueron ciudadanos de segunda categoría.
Se limitaron derechos.
Se restringió el acceso a cargos públicos.
Se dificultó el acceso a determinadas profesiones.
Se establecieron barreras legales y políticas.
Todo ello se justificaba como una defensa de la libertad inglesa, de la estabilidad nacional o de la seguridad del Estado.
Los responsables de aquellas medidas tampoco pensaban estar oprimiendo a nadie.
Pensaban estar protegiendo la civilización.
La Historia demuestra una y otra vez que las palabras utilizadas para justificar una injusticia suelen ser extraordinariamente nobles.
El apartheid y la superioridad moral
Lo mismo ocurrió en Sudáfrica.
Los defensores del apartheid no se presentaban como racistas.
Se presentaban como administradores responsables.
Hablaban de orden.
De estabilidad.
De convivencia.
De progreso.
Construyeron todo un aparato intelectual destinado a justificar la separación racial.
Los argumentos parecían sofisticados.
Las consecuencias eran brutales.
Y lo más importante:
Los responsables estaban convencidos de tener razón.
Exactamente igual que quienes hoy afirman saber cuál es el lado correcto de la Historia.
Australia y las generaciones robadas
Australia proporciona otro ejemplo extraordinario.
Miles de niños aborígenes fueron separados de sus familias.
La medida se justificaba como una política de protección.
De integración.
De educación.
De mejora social.
El lenguaje administrativo suavizaba una realidad mucho más dura.
La experiencia demuestra que las mayores barbaridades suelen presentarse mediante palabras cuidadosamente seleccionadas.
El lado correcto cambia constantemente
Éste es quizá el aspecto más revelador.
Muchas ideas que fueron consideradas progresistas y modernas hace cien años hoy provocan horror.
Muchas ideas que hoy se consideran indiscutibles serán probablemente cuestionadas dentro de cien años.
Las generaciones cambian.
Los criterios morales evolucionan.
Las sensibilidades se transforman.
Y precisamente por eso resulta absurdo que alguien pretenda conocer hoy el juicio definitivo del futuro.
La Historia no habla.
Los historiadores hablan.
Los políticos hablan.
Los ideólogos hablan.
Los activistas hablan.
La Historia simplemente permanece ahí, esperando a que alguien la estudie con honestidad.
Y cuanto más se estudia, más evidente resulta que los mayores peligros no suelen proceder de quienes dudan.
Suelen proceder de quienes creen haber encontrado una verdad tan absoluta que ya no consideran necesario discutirla.
Ésa es la verdadera enseñanza de Stalin.
De Mao.
De Pol Pot.
De los eugenistas.
De los racistas.
De los perseguidores religiosos.
Y de todos aquellos que alguna vez afirmaron representar el futuro.
Todos estaban convencidos de caminar junto a la Historia.
La Historia, sin embargo, terminó caminando por otro lado.
Imperios, esclavitud, colonialismo y la gran amnesia selectiva
Existe un terreno donde la expresión «estar en el lado correcto de la Historia» alcanza niveles particularmente grotescos.
El análisis del colonialismo.
Porque pocas cuestiones históricas han sido sometidas a una manipulación tan intensa.
Y pocas han servido tanto para construir relatos simplificados donde unos aparecen como monstruos permanentes y otros como benefactores universales.
La realidad, naturalmente, es mucho más compleja.
Y también mucho más incómoda.
El reparto del mundo por quienes se consideraban civilizados
Durante los siglos XIX y XX las grandes potencias europeas se repartieron buena parte del planeta.
No lo hicieron presentándose como depredadores.
Lo hicieron presentándose como benefactores.
Hablaban de civilización.
De progreso.
De modernidad.
De ciencia.
De comercio.
De desarrollo.
De orden.
Las palabras eran magníficas.
Las realidades, con frecuencia, bastante menos.
La Conferencia de Berlín de 1884-1885 constituye uno de los ejemplos más llamativos.
Un grupo de potencias europeas decidió cómo repartirse África.
Muchas fronteras fueron trazadas sobre mapas mediante líneas rectas que ignoraban realidades históricas, lingüísticas, culturales o tribales.
Los habitantes del continente apenas participaron en las decisiones.
Sin embargo, quienes tomaron aquellas decisiones estaban convencidos de actuar racionalmente.
Civilizadamente.
Modernamente.
Es decir, estaban convencidos de estar en el lado correcto.
Cuando los imperios se convierten en profesores de moral
Lo más curioso ocurre cuando observamos quiénes suelen repartir hoy certificados históricos de virtud.
Gran Bretaña.
Francia.
Bélgica.
Holanda.
Estados Unidos.
Y otras potencias occidentales.
No deja de ser paradójico.
Porque fueron precisamente esas potencias las que construyeron enormes imperios coloniales durante los siglos XIX y XX.
Imperios que en muchos casos se fundamentaron en la subordinación política de millones de personas.
Sin embargo, el relato contemporáneo suele presentar una curiosa asimetría.
Los errores españoles se amplifican.
Los errores ajenos se relativizan.
Los abusos españoles se convierten en características nacionales.
Los abusos de otros pueblos aparecen como simples accidentes históricos.
La comparación desaparece.
Y cuando desaparece la comparación desaparece también la Historia.
Lo que queda es propaganda.
La esclavitud: una institución universal
Otro de los grandes problemas del discurso contemporáneo consiste en presentar la esclavitud como si hubiera sido una especialidad europea.
O incluso una especialidad española.
Nada más lejos de la realidad.
La esclavitud ha acompañado a la humanidad prácticamente desde sus orígenes.
Existió en Mesopotamia.
En Egipto.
En Grecia.
En Roma.
En China.
En India.
En África.
En América precolombina.
En el mundo islámico.
En Europa.
Y en prácticamente todas las civilizaciones conocidas.
La verdadera singularidad histórica no es la esclavitud.
La verdadera singularidad es su abolición.
Durante miles de años casi nadie cuestionó seriamente la institución.
Y sin embargo terminó desapareciendo.
Ése es el fenómeno extraordinario.
No su existencia.
Lo que suele olvidarse
Cuando se habla de esclavitud, determinadas cuestiones desaparecen sistemáticamente del relato.
Por ejemplo, que millones de africanos fueron capturados y vendidos por otros africanos.
Por ejemplo, que el tráfico esclavista musulmán comenzó siglos antes que el atlántico y continuó durante mucho más tiempo.
Por ejemplo, que mercados de esclavos funcionaron durante siglos en numerosos territorios islámicos.
Por ejemplo, que Brasil fue el último país occidental en abolir oficialmente la esclavitud, en 1888.
Por ejemplo, que la esclavitud no desapareció simultáneamente en todo el mundo.
Y por ejemplo, que todavía hoy diversas formas de esclavitud, servidumbre y trata de seres humanos continúan existiendo en distintos lugares del planeta.
Naturalmente, recordar estos hechos no sirve para justificar la esclavitud occidental.
Sirve para comprenderla históricamente.
Y comprender significa comparar.
La propaganda selecciona.
La Historia compara.
El extraño caso español
Llegados a este punto aparece inevitablemente la cuestión española.
Porque la Monarquía Hispánica ocupa una posición incómoda en muchos relatos contemporáneos.
Demasiado incómoda.
Por una razón sencilla.
No encaja.
No encaja en la caricatura del imperio genocida.
Pero tampoco encaja en la caricatura del imperio perfecto.
La realidad es mucho más interesante.
Y mucho más difícil de manipular.
Un debate impensable en otros imperios
Mientras buena parte de Europa aún se debatía entre guerras religiosas, España organizó discusiones jurídicas, filosóficas y teológicas acerca de los derechos de los pueblos recién descubiertos.
La Escuela de Salamanca planteó cuestiones extraordinariamente avanzadas para su tiempo.
¿Poseían derechos naturales los indígenas?
¿Podían ser considerados plenamente humanos?
¿Existían límites morales a la conquista?
¿Era legítima la guerra en determinadas circunstancias?
¿Qué obligaciones tenían los gobernantes respecto a los pueblos sometidos?
Estas preguntas pueden parecer normales hoy.
En el siglo XVI resultaban revolucionarias.
Y lo más significativo es que se formularon precisamente en el seno de la principal potencia de la época.
Los indígenas como súbditos y no como fauna local
Aquí aparece una diferencia fundamental.
La Monarquía Hispánica no consideró jurídicamente a los indígenas simples objetos de explotación.
Los consideró vasallos de la Corona.
La realidad práctica estuvo llena de contradicciones.
Hubo abusos.
Hubo corrupción.
Hubo violencia.
Hubo explotación.
Como en cualquier gran estructura política de la historia.
Pero la existencia misma de un marco jurídico protector ya constituía una diferencia enorme respecto a otros modelos posteriores.
Mientras algunos imperios tendían hacia la segregación racial, España avanzó hacia la integración jurídica.
Mientras algunos territorios se organizaban sobre la separación, en Hispanoamérica se desarrolló un mestizaje masivo.
Mientras otros construían reservas, España construía ciudades.
Mientras otros levantaban barreras legales entre poblaciones, España generaba una sociedad mestiza cuya huella sigue siendo visible desde California hasta Tierra del Fuego.
Universidades, hospitales y vacunas
La cuestión no se limita a los derechos.
También afecta a las instituciones.
La América española vio surgir universidades cuando gran parte de Norteamérica seguía siendo una frontera escasamente poblada por europeos.
Se fundaron hospitales.
Imprentas.
Audiencias.
Cabildos.
Catedrales.
Escuelas.
Centros de formación.
Y siglos después partiría de España una de las expediciones sanitarias más extraordinarias jamás organizadas.
La Expedición Balmis.
La primera campaña internacional de vacunación de la historia.
Un esfuerzo gigantesco para llevar la vacuna de la viruela a territorios de América y Asia.
Resulta curioso que quienes más hablan del supuesto lado correcto de la Historia rara vez mencionen estos episodios.
La Leyenda Negra y el complejo de inferioridad español
Existe además una peculiaridad española.
Mientras otros países suelen recordar simultáneamente sus luces y sus sombras, España parece sufrir una tendencia periódica a contemplarse exclusivamente a través de sus defectos.
La Leyenda Negra no fue una invención española.
Fue una construcción propagandística elaborada por rivales geopolíticos de la Monarquía Hispánica.
Ingleses.
Holandeses.
Franceses.
Y diversos enemigos de la potencia dominante de la época.
Eso era perfectamente normal.
Toda potencia intenta desacreditar a sus competidores.
Lo extraordinario es que muchos españoles terminaran interiorizando aquel relato hasta asumirlo como una descripción objetiva de su propia historia.
La comparación que nadie quiere hacer
La cuestión central no es si España cometió errores.
Por supuesto que los cometió.
La cuestión es otra.
¿Cómo se compara la experiencia española con la de otras potencias históricas?
Y aquí las respuestas resultan incómodas para muchos discursos contemporáneos.
Porque la comparación muestra una realidad mucho más matizada.
Una realidad donde España no aparece como un paraíso.
Pero tampoco como una excepción monstruosa.
Una realidad donde encontramos luces y sombras.
Exactamente igual que en cualquier otra gran experiencia histórica.
Y precisamente por eso la Historia resulta incompatible con los eslóganes.
Porque cuanto más se estudian los hechos, menos espacio queda para las caricaturas.
Y pocas caricaturas han tenido tanto éxito como la de presentar a España como una especie de anomalía moral negativa de la historia universal.
La cuarta entrega nos llevará todavía más lejos: los vencedores, los vencidos, los aliados, los genocidios olvidados, los católicos perseguidos, los judíos perseguidos, los armenios exterminados y la pregunta fundamental que nadie parece dispuesto a responder:
¿Quién decide realmente dónde se encuentra el supuesto lado correcto de la Historia?