CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Manual de supervivencia en una civilización que habla demasiado, vocaliza poco y escucha menos todavía… Acerca de la fatiga auditivo-cognitiva.

Vivimos en una época extraña.

Nunca en la historia de la Humanidad se había hablado tanto.
Y quizá nunca se había escuchado tan poco.

Vivimos rodeados de voces, pantallas, teléfonos, tertulias histéricas, aeropuertos ensordecedores, bares convertidos en campos de batalla acústicos, televisores rugiendo a todas horas y conversaciones simultáneas donde cada cual espera únicamente su turno para hablar.

Mucho ruido.
Demasiado ruido.

Y en medio de ese estrépito permanente aparece una figura casi invisible para la mayoría: la persona que ha ido perdiendo audición poco a poco, año tras año, conversación tras conversación, silencio tras silencio.

Porque conviene empezar desmontando uno de los mayores malentendidos contemporáneos: la inmensa mayoría de los sordos no son niños que nacieron sin oír ni viven encerrados en una supuesta “comunidad aparte” con una “cultura diferente”, como tantas veces repiten ciertos discursos burocráticos, sentimentales o propagandísticos.

No.

La mayoría aplastante de las personas con problemas auditivos somos adultos que:

  • hemos oído durante décadas,
  • hemos trabajado,
  • criado hijos,
  • discutido,
  • amado,
  • reído,
  • estudiado,
  • vivido plenamente en el mundo de los sonidos…

hasta que un día empezamos a notar algo inquietante.

Primero:
—“¿Qué?”

Luego:
—“Perdona, repítemelo.”

Más tarde:
—“No entiendo lo que dicen en las reuniones.”

Y finalmente:
silencio parcial, fatiga mental y esa sensación extraña de quedarse fuera de conversaciones cotidianas mientras todo el mundo sigue hablando atropelladamente.

A veces es hereditario.
A veces consecuencia de enfermedades, medicamentos, envejecimiento o ruido excesivo.

Pero casi siempre ocurre de manera progresiva.

Y precisamente por eso resulta tan agotador.

Porque quien pierde audición progresivamente no pierde únicamente sonidos.

Pierde fragmentos de conversaciones.
Pierde espontaneidad.
Pierde seguridad.
Pierde energía intentando reconstruir frases incompletas.

El cerebro trabaja constantemente:

  • leyendo labios,
  • interpretando gestos,
  • adivinando contextos,
  • rellenando huecos,
  • descifrando medias palabras pronunciadas entre dientes por personas que hablan mirando al móvil, girando la cabeza o mascullando como si les molestara vocalizar.

Y encima aparece la pregunta más absurda imaginable:

—“Pero… ¿tú escuchas o no escuchas?”

Pregunta tan disparatada como preguntarle a un miope si mira o a un ciego si presta atención.

Porque oír no es escuchar.

Oír es fisiología.
Escuchar es voluntad.

Se puede oír perfectamente… y no escuchar absolutamente nada.

Basta observar:

  • tertulias televisivas,
  • debates parlamentarios,
  • cenas familiares,
  • reuniones de trabajo,
  • conversaciones modernas interrumpidas cada veinte segundos por un teléfono móvil.

Todos hablan.

Muy pocos escuchan.

Y ahí aparece otra gran verdad que esta historieta intenta mostrar: el problema contemporáneo no es únicamente la sordera.

El gran problema es la decadencia de la comunicación humana.

La mala dicción.
La velocidad.
La impaciencia.
El ruido constante.
La pérdida del silencio.
La costumbre de hablar sin mirar al otro.
La desaparición de la atención auténtica.

Por eso este “Decálogo” no pretende provocar lástima ni fabricar héroes de cartón.

Tampoco pretende convertir la sordera en una identidad política ni en una etiqueta burocrática.

Pretende algo muchísimo más sencillo y más útil:

recordar cómo demonios se habla con otro ser humano.

Porque la verdadera inclusión no consiste en cambiar palabras en documentos oficiales ni en inventar eufemismos ridículos sobre “capacidades especiales”.

La verdadera inclusión consiste en:

  • vocalizar,
  • mirar de frente,
  • no hablar atropelladamente,
  • reducir el ruido,
  • subtitular,
  • tener paciencia,
  • y comprender que entenderse exige voluntad por parte de todos.

Nada más.

Y nada menos.

Porque comunicar no es emitir sonidos.

Comunicar es lograr que el otro comprenda.

Y quizá haya algo profundamente irónico en todo esto:

que precisamente algunos sordos hayan terminado descubriendo algo que demasiados normoyentes parecen haber olvidado:

que escuchar no se mide en decibelios.

Se mide en atención.


En respeto.


En inteligencia.


Y en la voluntad sincera de entender al otro en medio de este mundo atronador de ruido, ruido, mucho ruido… demasiado ruido.

LA FATIGA AUDITIVO-COGNITIVA

El agotamiento invisible de quienes viven intentando entender un mundo diseñado para quienes oyen sin esfuerzo.

Hay cansancios que se ven.

El albañil agotado tras cargar sacos de cemento.
El agricultor doblado sobre la tierra.
El conductor que termina un viaje interminable.
El obrero cubierto de grasa y sudor.

Y luego existe otro agotamiento mucho más silencioso, más invisible y mucho peor comprendido: la fatiga auditivo-cognitiva que padecen millones de personas con pérdida auditiva parcial o profunda.

Un cansancio que casi nadie percibe porque no deja:

  • escayolas,
  • sangre,
  • cicatrices visibles,
  • ni miembros amputados.

Pero que consume energía mental de forma constante y despiadada.

Porque quien oye bien escucha sin darse cuenta.
Lo hace automáticamente.

Quien pierde audición, en cambio, debe trabajar continuamente para comprender algo que para los demás sucede sin esfuerzo.

Y ahí empieza el sobresfuerzo permanente.

Escuchar deja de ser automático

Para un normoyente, mantener una conversación suele ser un acto inconsciente.

Las palabras llegan solas.
El cerebro procesa automáticamente:

  • sonidos,
  • entonaciones,
  • pausas,
  • direcciones,
  • matices,
  • y significados.

Todo ocurre en fracciones de segundo.

Pero para quien padece sordera parcial o profunda la conversación deja de ser automática y se convierte en una operación de reconstrucción permanente.

El cerebro debe:

  • leer labios,
  • interpretar gestos,
  • analizar expresiones faciales,
  • deducir palabras por contexto,
  • completar sílabas perdidas,
  • anticipar frases,
  • distinguir voces entre ruido ambiental,
  • reconstruir significados incompletos,
  • y corregir continuamente errores de interpretación.

Todo ello… simultáneamente.

Y sin detener jamás la atención.

El cerebro trabajando a destajo

El sordo no “escucha menos”.

Muchas veces escucha trabajando muchísimo más.

Mientras el normoyente simplemente oye, el cerebro del sordo actúa como un sistema de compensación continua.

Debe llenar huecos constantemente.

Una conversación corriente puede convertirse en algo parecido a resolver un rompecabezas en tiempo real.

Por ejemplo:

—“…mañana… médico… coche… niño… Madrid…”

Y el cerebro intenta reconstruir:

“¿Ha dicho que mañana lleva al niño al médico en coche a Madrid?”

O quizá no.

Quizá hablaban de otra cosa completamente distinta.

Ese esfuerzo continuo genera agotamiento mental acumulativo.

Especialmente:

  • en reuniones largas,
  • comidas familiares,
  • bares ruidosos,
  • conferencias,
  • aulas,
  • oficinas abiertas,
  • aeropuertos,
  • estaciones,
  • conversaciones grupales,
  • o cualquier entorno con ruido de fondo.

Y el problema se agrava porque la mayoría de los normoyentes ni siquiera perciben ese esfuerzo.

La tiranía del ruido

Vivimos además en una civilización acústicamente salvaje.

Televisores encendidos constantemente.
Música ambiental en todas partes.
Restaurantes infernales.
Megafonías estridentes.
Tertulias donde seis personas gritan simultáneamente.
Actores que ya no vocalizan.
Jóvenes que hablan mascullando.
Políticos que convierten el parlamento en una feria de alaridos.

Todo ello destruye la inteligibilidad.

Y obliga al sordo a multiplicar todavía más su esfuerzo cognitivo.

El resultado es devastador:

  • agotamiento,
  • irritabilidad,
  • dolores de cabeza,
  • pérdida de concentración,
  • ansiedad social,
  • aislamiento progresivo,
  • y, en muchos casos, renuncia silenciosa a participar en conversaciones.

Muchos sordos adultos terminan callando no porque no tengan nada que decir.

Sino porque están exhaustos.

La lectura labial no es magia

Existe además otra gran fantasía popular:
creer que leer labios resuelve el problema.

No.

La lectura labial ayuda muchísimo, pero está muy lejos de ser perfecta.

Muchísimos sonidos se parecen visualmente:

  • “p”, “b” y “m”,
  • “f” y “v”,
  • determinadas sílabas,
  • finales de palabras,
  • consonantes pronunciadas dentro de la boca.

Además:

  • mucha gente vocaliza mal,
  • gira la cabeza,
  • se tapa la boca,
  • mastica chicle,
  • habla mientras camina,
  • o directamente habla mirando el móvil.

El resultado es que el cerebro debe completar enormes fragmentos ausentes mediante contexto e intuición.

Eso agota enormemente.

La atención permanente

El gran problema es que el sordo no puede “relajarse” durante una conversación.

El normoyente puede distraerse unos segundos y volver a incorporarse al diálogo casi sin consecuencias.

El sordo no.

Si pierde unos segundos:

  • pierde el hilo,
  • pierde referencias,
  • pierde contexto,
  • y muchas veces ya no logra reconstruir la conversación.

Por eso necesita mantener una atención intensísima y continua.

Y la atención sostenida consume muchísima energía mental.

Al final del día aparece una fatiga profunda, semejante a la de quien ha realizado un trabajo intelectual agotador durante horas.

Solo que aquí el trabajo consiste, simplemente, en intentar entender a los demás.

El cansancio invisible

Y quizá lo más duro sea precisamente eso:

la invisibilidad.

Porque desde fuera muchas personas piensan:

  • “oye algo”,
  • “lleva audífonos”,
  • “parece que entiende”,
  • “responde más o menos”.

Pero no ven:

  • el esfuerzo,
  • la tensión,
  • la reconstrucción continua,
  • el agotamiento acumulado,
  • ni el enorme trabajo cerebral que hay detrás.

Muchos sordos terminan aparentando normalidad mientras llegan a casa completamente exhaustos.

Y a menudo ni siquiera saben explicar bien por qué están tan cansados.

No es falta de inteligencia

De hecho, ocurre exactamente lo contrario.

La pérdida auditiva obliga muchas veces a desarrollar:

  • enorme capacidad de observación,
  • atención visual,
  • lectura gestual,
  • intuición contextual,
  • memoria conversacional,
  • y rapidez mental para completar información ausente.

Pero todo eso tiene un coste.

Y ese coste es la fatiga cognitiva continua.

El verdadero problema contemporáneo

Quizá el drama más profundo sea éste:

la sociedad moderna habla continuamente de inclusión… mientras organiza el mundo de la manera más hostil posible para la comprensión humana.

Cada vez:

  • Se vocaliza peor,
  • Se habla más rápido,
  • Se escucha menos,
  • Hay más ruido,
  • Más pantallas,
  • Menos atención,
  • Menos silencio,
  • Menos paciencia…

Y eso perjudica especialmente a quienes dependen de la claridad para comprender.

Por eso la verdadera inclusión no consiste en discursos vacíos ni en eufemismos burocráticos.

Consiste en algo mucho más sencillo:

  • vocalizar,
  • mirar de frente,
  • reducir ruido,
  • hablar claro,
  • subtitular,
  • y comprender que comunicarse exige esfuerzo compartido.

Porque entender al otro nunca debería convertirse en una carrera de obstáculos mental.

Y sin embargo, para muchísimos sordos, eso es exactamente en lo que se ha convertido la vida cotidiana.

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