9 de julio: el día que dejé de celebrar mi cumpleaños

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En memoria de mi madre, Isabel Aunión Rojo, a quien Dios llamó a su lado el mismo día en que yo cumplía años, un nuevo aniversario de aquel en que ella me trajo a este mundo.

«Aquellos a quienes amamos no desaparecen; caminan a nuestro lado cada día. Invisibles para los ojos, pero siempre presentes en el corazón.» San Agustín de Hipona.

Hay relatos que nacen del deseo de investigar una idea, comprender un acontecimiento o defender una tesis. Éste tiene un origen muy distinto.

Nace del amor de un hijo hacia su madre.

El 9 de julio ha dejado de ser para mí el día de mi cumpleaños. Desde 2022 es también el aniversario de la muerte de mi madre, Isabel Aunión Rojo. Dios quiso llamarla a su lado precisamente el mismo día en que, sesenta y cinco años antes, ella me había traído a este mundo. Desde entonces, ambas fechas han quedado unidas para siempre.

Estas páginas no pretenden idealizar a nadie ni despertar compasión. Tampoco constituyen únicamente una denuncia sobre las circunstancias que rodearon los últimos días de vida de mi madre. Antes que nada, son un homenaje. El homenaje que un hijo debía a una mujer extraordinaria que jamás ocupó cargos importantes, nunca buscó reconocimiento público y, sin embargo, dejó una huella imborrable en cuantos tuvimos la fortuna de conocerla.

Hay personas cuya existencia transcurre lejos de los focos, de los grandes acontecimientos y de las páginas de los libros de historia. No pronuncian discursos memorables, no ocupan cargos públicos ni aparecen en los medios de información. Sin embargo, son ellas quienes sostienen el mundo con su trabajo silencioso, con su ejemplo cotidiano y con una vida entregada a los demás.

Mi madre, Isabel Aunión Rojo, fue una de esas personas.

No dejó tras de sí grandes riquezas materiales ni buscó jamás reconocimiento alguno. Su verdadera herencia fue mucho más valiosa: una familia unida, unos principios firmes y el ejemplo de una vida vivida con dignidad, honradez, sacrificio y una fe sencilla, profunda y perseverante.

Perteneció a una generación de mujeres españolas que apenas conoció el descanso. Mujeres que crecieron entre privaciones, que hicieron del trabajo una forma natural de vivir y que afrontaron las dificultades sin esperar compasión ni recompensa. Mujeres que rara vez ocuparon la primera línea, pero sin las cuales España jamás habría podido levantarse después de la Guerra Civil.

Mi madre fue una de ellas.

Apenas pudo asistir un par de años a la escuela. Sin embargo, jamás dejó de aprender. Hasta pocos días antes de morir seguía leyendo con una pasión que asombraba a cuantos la conocían. Mientras otros se resignaban a dejar pasar el tiempo delante del televisor, ella seguía encontrando en los libros una fuente inagotable de conocimiento, de reflexión y de compañía.

Si hoy soy quien soy, si defiendo determinadas ideas y procuro vivir conforme a unos principios, en buena medida se lo debo a ella y a mi padre. Ambos me enseñaron, mucho antes de que pudiera comprender el significado de aquellas palabras, que la honradez vale más que el dinero, que la palabra dada obliga, que el trabajo dignifica, que la familia constituye el mayor patrimonio de una persona y que la fe proporciona fortaleza cuando todo parece derrumbarse.

Junto a mi padre construyó un hogar sencillo, pero extraordinariamente rico en valores. Esperó casi diez años al hombre con quien había decidido compartir su vida, mientras él cumplía el servicio militar, ingresaba en la Guardia Civil y servía en el Protectorado Español de Marruecos. Después sacaron adelante a cinco hijos, afrontando con serenidad los continuos traslados, las limitaciones económicas y, años más tarde, el inmenso dolor de perder a Marisol, la hija del medio, una herida que ninguna madre llega a cerrar por completo.

Mi infancia transcurrió en pequeñas casas cuartel de la Guardia Civil, donde aprendí que la dignidad no depende del tamaño de una vivienda ni de la abundancia de bienes materiales. Allí vi trabajar incansablemente a mi madre, coser, cocinar, lavar, planchar con aquellas antiguas planchas de carbón y, aun así, encontrar siempre un momento para abrir un libro. Sin discursos grandilocuentes nos enseñó, con el ejemplo, el valor del trabajo, la honradez, la responsabilidad, la fe cristiana y el amor a la familia.

Solo después de recorrer esa vida llega el relato de sus últimos días. Una caída fortuita, una fractura de fémur, varios ingresos hospitalarios y una hemorragia digestiva iniciaron un proceso que culminó con su muerte el 9 de julio de 2022. Durante aquellos días, Aurora, Maribel, mi cuñado José y yo nos turnamos para que nunca estuviera sola. Miguel, el menor de los hermanos, no pudo acompañarnos porque acababa de recibir un doble trasplante de pulmón en Valencia y luchaba por recuperarse de una intervención extremadamente delicada.

La última noche de su vida me correspondió permanecer junto a ella. Apenas dormí. Pasé aquellas horas sosteniendo su mano, convencido de que, de algún modo, percibía que uno de sus hijos seguía a su lado. Al amanecer me relevó mi hermana Aurora. Regresé a casa para desayunar, asearme y descansar un poco. Hacia el mediodía sonó el teléfono. Mi madre acababa de morir.

Éste es el relato de esa vida y de esa despedida.

Pero también es algo más.

Es el reconocimiento a toda una generación de hombres y mujeres que levantaron España con su trabajo silencioso, sin reclamar protagonismo ni esperar recompensas. Personas que hicieron del deber una forma de vivir y de la familia el centro de su existencia.

Durante muchos años, el 9 de julio fue para mí un día de alegría. Era mi cumpleaños. El aniversario del día en que mi madre me había traído a este mundo.

Pero Dios dispuso que aquella misma fecha adquiriera, con el paso del tiempo, un significado muy distinto.

El 9 de julio de 2022 llamó a mi madre a su presencia.

Desde entonces, mi cumpleaños dejó de ser únicamente una celebración. Se convirtió también en el aniversario de su partida. Alegría y tristeza quedaron unidas para siempre en una misma fecha, imposible ya de separar.

Este texto nace precisamente de esa paradoja.

No pretende levantar un monumento de papel, porque el mejor monumento que una madre puede dejar son los hijos a quienes educó y los valores que sembró en ellos.

Tampoco pretende despertar compasión.

Aspira, sencillamente, a rescatar del olvido la memoria de una mujer extraordinaria que llevó una existencia aparentemente sencilla, pero inmensamente fecunda.

Más adelante llegará el relato de sus últimos días y de las circunstancias que rodearon su muerte. No puedo silenciarlas porque forman parte de su historia y también de la mía. Pero no deseo que ese dolor eclipse el resto de su vida.

Sería profundamente injusto.

Porque Isabel Aunión Rojo no fue la anciana ingresada en un hospital durante las últimas semanas de su existencia.

Fue, durante más de noventa años, una hija ejemplar, una esposa fiel, una madre admirable, una abuela entrañable y una mujer de inteligencia poco común, capaz de convertir el esfuerzo cotidiano, la lectura, la fe y el amor a su familia en el verdadero sentido de su vida.

Estas páginas quieren rendir homenaje, ante todo, a esa mujer.

A mi madre.

Con el agradecimiento inmenso de un hijo que, aunque el tiempo siga avanzando, continúa sintiéndose profundamente afortunado por haber recibido de Dios el regalo de nacer de una mujer como Isabel Aunión Rojo.

Si, al cerrar estas páginas, el lector siente que también ha conocido a Isabel Aunión Rojo y comprende por qué un hijo sigue dando gracias a Dios por haber nacido de una mujer como ella, consideraré plenamente cumplido el propósito que me llevó a escribir esta narración.

Porque hay personas que nunca pasan a la historia.

Y, sin embargo, son ellas quienes hacen posible la historia de los demás.

PRÓLOGO

«Honra a tu padre y a tu madre.»
(Éxodo 20, 12)

Hay relatos que se escriben con la razón.

Otros nacen de la curiosidad intelectual.

Algunos responden al deseo de comprender mejor un acontecimiento histórico, una idea o una época.

Éste, sin embargo, nace del corazón.

Lo escribo porque siento que tengo una deuda.

Una deuda de gratitud.

Una deuda de memoria.

Una deuda de justicia.

La tengo con la mujer que me dio la vida, me enseñó a distinguir el bien del mal mucho antes de que yo pudiera comprender el significado de esas palabras y permaneció siempre a mi lado, incluso cuando nuestras opiniones no coincidían plenamente.

Esa mujer se llamaba Isabel Aunión Rojo.

Vivimos en una sociedad que dedica monumentos a gobernantes, militares, artistas, deportistas o personajes célebres, mientras olvida a quienes, silenciosamente, hicieron posible que existieran generaciones enteras de españoles honrados.

Pienso muchas veces que la Historia suele ser profundamente injusta.

Recuerda a quienes alcanzaron el poder.

Olvida a quienes levantaron familias.

Recuerda a quienes pronunciaron discursos.

Olvida a quienes enseñaron a hablar a sus hijos.

Recuerda a quienes escribieron libros.

Olvida a quienes despertaron en otros el amor por la lectura.

Mi madre pertenecía precisamente a esa inmensa legión de mujeres anónimas cuyo nombre jamás aparecerá en un manual de historia y que, sin embargo, hicieron mucho más por España que no pocos personajes hoy convertidos en héroes oficiales.

Fue una mujer extraordinariamente sencilla.

Y precisamente por eso fue extraordinaria.

Nunca aspiró a sobresalir.

Nunca buscó reconocimiento.

Nunca reclamó privilegios.

Nunca esperó aplausos.

Entendía el trabajo como una obligación.

La familia como una vocación.

La fe como una forma de vivir.

Y la honradez como un deber del que jamás cabía apartarse.

Perteneció a una generación irrepetible.

La generación que conoció la escasez.

La generación que aprendió a ahorrar hasta el último céntimo.

La generación que remendaba la ropa en lugar de tirarla.

La generación que aprovechaba hasta el último mendrugo de pan.

La generación que levantó hogares estables con muy pocos recursos materiales y una inmensa riqueza moral.

Aquellas mujeres nunca hablaron de resiliencia.

Simplemente resistían.

No pronunciaban conferencias sobre conciliación.

Conciliaban porque no tenían otra alternativa.

No reclamaban reconocimiento.

Cumplían con su deber.

Y seguían adelante.

Mi madre apenas pudo asistir un par de años a la escuela.

Las circunstancias familiares y la España de entonces no permitían mucho más.

Sin embargo, nunca dejó de estudiar por su cuenta.

Nunca dejó de aprender.

Nunca dejó de leer.

Con más de noventa años seguía devorando libros con una pasión que sorprendía a cualquiera.

Mientras otros mataban las horas delante del televisor, ella seguía alimentando su inteligencia.

Comprendió, mucho antes que muchos pedagogos modernos, que aprender constituye una actitud ante la vida y no una etapa reservada a la juventud.

Cuando pienso en ella, no recuerdo únicamente a la anciana de los últimos meses.

Sería profundamente injusto reducir más de nueve décadas de vida a unas pocas semanas de sufrimiento.

Prefiero recordar a la niña que conoció la pobreza sin perder la alegría.

A la joven que esperó durante diez años al hombre del que se había enamorado.

A la esposa que acompañó a un guardia civil destinado de un lugar a otro de España.

A la madre que sacó adelante una familia numerosa en casas cuartel donde apenas había espacio para vivir.

A la mujer que convirtió el sacrificio cotidiano en algo tan natural que nunca llegó a considerarlo un sacrificio.

Y a la anciana lúcida que, hasta muy poco antes de morir, seguía encontrando en los libros el mejor alimento para el espíritu.

Ésa fue Isabel Aunión Rojo.

Y ésa es la mujer cuya memoria deseo preservar.

No escribo estas páginas movido por la nostalgia.

Las escribo porque creo que las nuevas generaciones tienen derecho a conocer cómo vivieron sus padres y sus abuelos.

Tienen derecho a descubrir que hubo un tiempo en el que la palabra dada valía más que un contrato.

En el que reparar era preferible a tirar.

En el que el esfuerzo cotidiano no necesitaba reconocimiento público.

En el que la familia constituía el principal refugio frente a las dificultades de la vida.

Y tienen derecho a saber quién fue aquella mujer que me enseñó, sin proponérselo, algunas de las lecciones más importantes que he aprendido.

Más adelante llegará el relato de sus últimos días.

Llegará también la narración de mi lucha para intentar salvar su vida y mi búsqueda de justicia después de su muerte.

No puedo omitir esos hechos porque forman parte inseparable de su historia y de la mía.

Pero éste no es, principalmente, un libro sobre su muerte.

Es un libro sobre su vida.

Sobre una vida aparentemente humilde que terminó convirtiéndose, para cuantos la conocimos, en un ejemplo extraordinario de dignidad, amor, inteligencia, fortaleza y fe.

Si cuando el lector cierre la última página siente que también ha conocido un poco a Isabel Aunión Rojo, consideraré cumplido el propósito que me llevó a escribir estas páginas.

Porque mientras exista alguien que pronuncie su nombre con gratitud y rece por ella, mi madre seguirá viviendo en el lugar donde nunca alcanza el olvido: la memoria y el corazón de quienes la amamos.

CAPÍTULO I

Antes de ser mi madre

Todos tenemos una historia.

Pero nadie comienza la suya el día en que nace.

Cada uno de nosotros es el resultado de muchas vidas anteriores: las de nuestros padres, nuestros abuelos y cuantos nos precedieron. Somos herederos de sus esfuerzos, de sus sacrificios, de sus aciertos y también de sus errores.

Por eso, para hablar de mi madre, Isabel Aunión Rojo, debo comenzar hablando de quienes le dieron la vida.

Mi madre nació en una España convulsa.

Una España en la que las diferencias políticas habían terminado por romper la convivencia y desembocar en una tragedia que marcó para siempre a varias generaciones de españoles.

Cuando terminó la Guerra Civil, mis abuelos decidieron abandonar el pueblo y trasladarse a Badajoz.

No fue un viaje en busca de aventuras.

Fue una necesidad.

Como tantos miles de españoles, intentaban comenzar de nuevo.

Construyeron su casa con enorme esfuerzo, levantando poco a poco un hogar donde criar a sus hijos en medio de las enormes dificultades económicas de la posguerra.

Hoy resulta complicado explicar a quienes han nacido rodeados de abundancia lo que significaban aquellos años.

Se les llamó, con toda justicia, «los años del hambre».

No era una expresión literaria.

Era una realidad cotidiana.

Había poco de casi todo.

La carne era un lujo.

El azúcar escaseaba.

La ropa se remendaba hasta el extremo de que una misma prenda podía pasar por varios hermanos.

Nada se desperdiciaba.

Todo encontraba una segunda utilidad.

Mis abuelos, como tantos españoles de aquella generación, no conocieron ayudas públicas, subsidios permanentes ni prestaciones de toda clase.

Conocieron otra cosa.

El trabajo.

El ahorro.

La austeridad.

Y una enorme capacidad para salir adelante sin perder la dignidad.

En aquella casa creció mi madre.

No disfrutó de una infancia fácil.

Tampoco desgraciada.

Simplemente fue la infancia propia de millones de españoles de su generación.

Acudió muy pocos años a la escuela.

Las necesidades familiares pesaban mucho más que cualquier proyecto educativo.

Aquello, sin embargo, nunca la convirtió en una mujer ignorante.

Todo lo contrario.

Comprendió muy pronto que una cosa era la instrucción escolar y otra muy distinta la verdadera cultura.

Aprendió a leer.

Y ya nunca dejaría de hacerlo.

Esa pasión por los libros acabaría acompañándola durante toda su existencia.

A veces pienso que mi madre descubrió muy pronto un secreto que muchos universitarios jamás llegan a comprender.

La cultura no depende de los títulos.

Depende de la curiosidad.

Depende del deseo permanente de aprender.

Depende de la humildad de reconocer que siempre queda algo por descubrir.

Ella poseía esas tres cualidades.

Y las conservó hasta el último tramo de su vida.

Cuando llegaron los años sesenta, Extremadura comenzó a vaciarse.

Centenares de miles de extremeños hicieron las maletas buscando un futuro mejor lejos de su tierra.

Cataluña.

Madrid.

El País Vasco.

Alemania.

Francia.

Suiza.

Aquella emigración cambió para siempre la historia de nuestra región.

También la de mi propia familia.

Casi todos los hermanos de mi madre acabaron marchándose.

Ella permaneció en España.

Pero tampoco tuvo una vida sedentaria.

Muy pronto conocería a un joven que vestiría el uniforme de la Guardia Civil y cuya profesión terminaría marcando el destino de ambos durante muchos años.

Todavía ignoraban que iban a pasar una década prácticamente separados.

Todavía no podían imaginar que aquel largo noviazgo, sostenido casi exclusivamente mediante cartas, terminaría convirtiéndose en una de las mayores pruebas de fidelidad que les depararía la vida.

Aquella historia merece ser contada.

Porque pertenece a una España en la que una carta podía tardar días en llegar, una llamada telefónica constituía un acontecimiento extraordinario y el amor exigía paciencia, sacrificio y esperanza.

Fue en aquella España donde comenzó realmente la historia de mis padres.

Y, muchos años después, también la mía.

CAPÍTULO II

Diez años de espera

Hoy vivimos en una sociedad donde todo parece exigir satisfacción inmediata.

Si algo tarda demasiado, se abandona.

Si una relación encuentra dificultades, se rompe.

Si un proyecto requiere sacrificios, muchos renuncian antes incluso de haber comenzado.

Por eso resulta tan difícil explicar a un joven de hoy que hubo un tiempo en que una mujer fue capaz de esperar diez años al hombre con quien había decidido compartir el resto de su vida.

Mi madre fue una de esas mujeres.

Conoció a mi padre cuando apenas contaba quince años.

Él acababa de regresar a Badajoz aprovechando uno de los permisos concedidos durante el servicio militar.

Había sido destinado al Metro de Barcelona.

Puede sorprender a muchos lectores, pero conviene recordar que, durante los primeros años del régimen de Franco, determinadas infraestructuras consideradas estratégicas permanecían militarizadas. Entre ellas figuraban los ferrocarriles y el Metro barcelonés.

Aquellos tres años de servicio militar no eran una simple formalidad.

Eran una auténtica etapa de la vida.

Y, cuando terminaron, todavía quedaba mucho camino por recorrer.

Mi padre recibió la posibilidad de permanecer trabajando en el Metro o incorporarse a los ferrocarriles.

Muchos habrían aceptado una ocupación estable.

Él eligió otro camino.

Su vocación era servir en la Guardia Civil.

Ingresó en la Academia de Valdemoro, donde recibió la formación propia del Instituto Armado.

Al concluirla, le ofrecieron dos destinos muy diferentes.

Uno consistía en incorporarse a las unidades encargadas de combatir a las partidas del maquis, aquellos grupos armados que continuaron actuando en distintas zonas de España tras finalizar la Guerra Civil.

El otro suponía marchar al Protectorado Español de Marruecos.

Mi padre optó por el norte de África.

Larache.

Tetuán.

Más tarde, Ceuta.

Durante años, aquellos nombres formarían parte de la correspondencia que intercambiaba casi diariamente con mi madre.

Porque mi madre tomó entonces una decisión que marcaría toda su vida.

Se negó a casarse para marcharse tan lejos.

No fue una ruptura.

Todo lo contrario.

Fue una promesa.

Esperaría.

Esperaría el tiempo que hiciera falta.

Y cumplió su palabra.

Si sumamos los años de servicio militar, el paso por la Academia de Valdemoro y los destinos africanos, aquella espera se prolongó casi una década.

Diez años.

Hoy cuesta imaginar lo que eso significaba.

No existían teléfonos móviles.

Ni videollamadas.

Ni correo electrónico.

Ni redes sociales.

Las noticias viajaban dentro de un sobre.

Las alegrías.

Las preocupaciones.

Los proyectos.

Las esperanzas.

Todo cabía en unas cuantas hojas escritas cuidadosamente a mano.

Una carta podía tardar varios días en llegar.

Y la respuesta otros tantos.

Sin embargo, aquellas cartas mantenían viva una relación que resistió el paso del tiempo, la distancia y la incertidumbre.

Muchas veces me he preguntado cuántas parejas actuales soportarían una prueba semejante.

Sospecho que muy pocas.

Aquella generación había aprendido que el amor no consistía únicamente en un sentimiento.

Era también una decisión.

Un compromiso.

Una palabra dada.

Y la palabra dada tenía entonces un valor inmenso.

Finalmente, mi padre regresó definitivamente a la Península.

Lo hizo formando parte del antiguo Cuerpo de Carabineros, integrado ya en la Guardia Civil, cuya misión principal consistía en la vigilancia de costas y fronteras y en la lucha contra el fraude y el contrabando.

Fue destinado al puesto fronterizo de Rocillas, muy cerca de Badajoz.

Hoy aquel lugar prácticamente ha desaparecido.

Entonces constituía un punto especialmente sensible de la frontera hispano-portuguesa.

La Raya era un mundo propio.

Por ella circulaban mercancías legales e ilegales.

También personas.

Y, alrededor del contrabando, crecieron complicidades de toda clase.

Mi padre era un hombre extraordinariamente recto.

Demasiado recto, quizá.

Un día informó a un superior acerca de determinadas irregularidades que había observado.

Creyó cumplir con su deber.

Probablemente lo cumplió.

Pero aquella sinceridad tuvo consecuencias.

En lugar de premiar su honestidad, decidieron alejarlo de aquel destino.

Fue trasladado primero a Selas y después a Cogolludo, dos pequeños pueblos de la provincia de Guadalajara.

No sería la última vez que comprobaría que decir la verdad puede resultar incómodo.

Mientras todo aquello sucedía, mi madre permanecía a su lado…

Aquella fidelidad silenciosa explica mejor que cualquier discurso quién fue realmente Isabel Aunión Rojo.

Vivimos en una época que suele confundir el amor con la emoción pasajera.

Mis padres pertenecían a otra escuela.

La del compromiso.

La del sacrificio.

La de la lealtad.

La de la palabra dada.

Gracias a aquella década de paciencia y esperanza pudieron, por fin, iniciar juntos una nueva etapa.

La de formar una familia.

Una familia numerosa que, con el paso de los años, acabaría convirtiéndose en la mayor obra de sus vidas.

Y sería precisamente en esa familia donde, un 9 de julio de 1957, llegaría al mundo quien hoy escribe estas páginas.

CAPÍTULO III

Una infancia feliz entre paredes humildes

Cuando la gente habla de la felicidad, suele asociarla a la abundancia.

Yo no.

Si algo me enseñó mi infancia es que la felicidad tiene muy poco que ver con el dinero y mucho con el hogar donde uno crece.

Nunca fuimos ricos.

Ni siquiera podría decir que viviéramos con desahogo.

Todo lo contrario.

La economía familiar exigía continuos sacrificios, y mis padres debían administrar con enorme prudencia el modesto sueldo de un guardia civil destinado en pequeños pueblos de la España rural.

Sin embargo, jamás tuve conciencia de ser pobre.

Porque los niños no miden la riqueza por el tamaño de la vivienda, sino por el cariño que reciben dentro de ella.

Mi padre y mi madre consiguieron precisamente eso.

Construyeron un hogar.

No una casa.

Un hogar.

Y esa diferencia lo cambia todo.

Durante buena parte de mi infancia vivimos en la casa cuartel de Retamal de Llerena, un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz que apenas superaba el millar de habitantes.

Aquellos cuarteles nada tenían que ver con las modernas instalaciones actuales.

Eran edificios sencillos, funcionales, donde convivían varias familias de guardias civiles.

Cada una disponía de un pequeño pabellón.

Hoy probablemente muchos jóvenes considerarían imposible vivir en un espacio semejante.

Entonces nos parecía perfectamente normal.

Nuestro pabellón apenas disponía de una estancia principal que hacía al mismo tiempo de cocina, comedor y sala de estar.

Lo que hoy algunos arquitectos llaman pomposamente «cocina americana» no era una moda importada, sino una necesidad.

Además había dos habitaciones muy pequeñas.

Una correspondía a mis padres.

La otra debía alojarnos a los hijos.

En aquel reducido espacio convivíamos mis padres y cinco niños.

Nunca escuché a mi madre lamentarse por la falta de metros cuadrados.

Sabía convertir cualquier rincón en un hogar.

No teníamos agua corriente.

Puede resultar difícil de creer para quienes han nacido rodeados de comodidades, pero así era la vida en buena parte de la España rural.

Éramos de las pocas familias del pueblo que disponían de retrete.

Eso ya constituía un pequeño privilegio.

El agua había que transportarla.

Y el baño semanal se realizaba en una enorme bañera de cinc.

Todavía puedo verla.

Mi madre la colocaba cuidadosamente.

Calentaba el agua.

Comprobaba la temperatura con la mano.

Y nos iba bañando uno tras otro con una paciencia infinita.

Nunca daba muestras de cansancio, aunque hoy comprendo que debía de terminar absolutamente agotada.

Porque aquellas jornadas comenzaban muy temprano y terminaban muy tarde.

No existían lavadoras.

La ropa había que lavarla a mano.

No existían secadoras.

El sol y el viento hacían ese trabajo.

No existían frigoríficos.

Había que organizar la comida casi al día.

No existían aspiradoras.

Ni robots de cocina.

Ni tantos electrodomésticos que hoy apenas valoramos porque forman parte de nuestra vida cotidiana.

Todo dependía del esfuerzo humano.

Y, casi siempre, ese esfuerzo recaía sobre las mujeres.

Mi madre cocinaba.

Lavaba.

Remendaba nuestra ropa.

Zurcía calcetines.

Preparaba la comida.

Limpiaba la casa.

Cuidaba de nosotros.

Y todavía encontraba tiempo para sentarse a leer.

Ésta es quizá la imagen que jamás desaparecerá de mi memoria.

Mientras en muchas casas el televisor comenzaba a convertirse en el centro de la vida familiar, ella seguía prefiriendo los libros.

Apenas había podido acudir dos años a la escuela.

Pero poseía una inteligencia natural extraordinaria y una curiosidad insaciable.

Leía historia.

Novela.

Biografías.

Ensayo.

Todo cuanto caía en sus manos.

Nunca buscó aparentar cultura.

Simplemente necesitaba aprender.

Con los años comprendí que fue mi primera maestra.

No porque me enseñara únicamente a leer y escribir.

Eso también.

Fue mi primera maestra porque despertó en mí el amor por los libros.

Me enseñó que cada volumen encerraba un mundo distinto.

Que una biblioteca podía convertirse en la mejor compañera de viaje.

Y que nadie es verdaderamente pobre mientras conserve el deseo de aprender.

Había otra escena que se repetía con frecuencia y que aún hoy permanece grabada en mi memoria.

Mi padre llegaba del servicio.

Colocaba sobre la mesa su mosquetón Máuser modelo 1943.

Con extraordinaria calma comenzaba a desmontarlo pieza por pieza.

Cada mecanismo era limpiado cuidadosamente.

Después lo engrasaba.

Volvía a montar el arma.

Y repetía exactamente el mismo ritual con su pistola Astra.

Yo observaba aquella ceremonia con la fascinación propia de un niño.

Mientras tanto, mi madre seguía ocupándose silenciosamente de todo lo demás.

Ella era el verdadero motor de la casa.

No necesitaba uniforme.

No llevaba galones.

No recibía condecoraciones.

Pero sin su trabajo constante aquel pequeño universo familiar jamás habría funcionado.

Con los años comprendí una verdad muy sencilla.

Mi padre servía a España vistiendo el uniforme de la Guardia Civil.

Mi madre servía a España formando ciudadanos honrados.

Nunca recibió un sueldo por ello.

Nunca obtuvo una medalla.

Pero estoy convencido de que aquella labor resultó infinitamente más importante que muchas otras mucho más visibles.

Cada hogar como el nuestro era una pequeña escuela de responsabilidad, de trabajo y de convivencia.

Y el alma de aquella escuela tenía un nombre.

Isabel Aunión Rojo.

CAPÍTULO IV

La matanza, el pan y la dignidad

Los recuerdos de la infancia poseen un extraño privilegio.

Con el paso de los años olvidamos nombres, fechas y acontecimientos importantes, pero permanecen intactos el olor del pan recién hecho, el humo de una chimenea, el sonido de una puerta al abrirse o la voz de una madre llamando a sus hijos para comer.

Yo conservo muchos de esos recuerdos.

Y todos tienen el rostro de mi madre.

En aquella España rural de finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta apenas existía el despilfarro.

No porque la gente fuera más virtuosa que ahora.

Sencillamente, porque no podía permitírselo.

Todo tenía un valor.

Todo costaba trabajo.

Y, precisamente por eso, todo se respetaba.

Recuerdo especialmente la matanza del cerdo.

En nuestra comarca nadie hablaba del «cerdo».

Era el guarro.

Una palabra que hoy algunos consideran poco elegante, pero que formaba parte del habla cotidiana de toda aquella tierra.

Para muchas familias, la compra del guarro representaba uno de los mayores desembolsos del año.

Sin embargo, también constituía una auténtica inversión.

De aquel animal se aprovechaba absolutamente todo.

Nada terminaba en la basura.

Los jamones.

Las paletas.

Los lomos.

Los chorizos.

Las morcillas.

El tocino.

La manteca.

Las costillas.

Las orejas.

Las patas.

La sangre.

Las vísceras.

Todo encontraba utilidad.

Aquella economía doméstica no conocía el desperdicio.

Era una verdadera lección de aprovechamiento que hoy, paradójicamente, algunos presentan como una novedad bajo nombres modernos.

Nosotros simplemente lo llamábamos sentido común.

Mi madre participaba en aquellas jornadas como había aprendido de mis abuelos.

Trabajaba sin descanso.

Preparaba embutidos.

Ordenaba la despensa.

Calculaba cuidadosamente cuánto debía durar cada pieza para que la familia dispusiera de alimento durante muchos meses.

Nada quedaba al azar.

Aquella organización era fruto de la experiencia acumulada durante generaciones.

Mientras hoy muchos frigoríficos rebosan alimentos que terminan estropeándose, entonces apenas existía margen para el error.

Cada decisión tenía consecuencias.

Y mi madre sabía administrar hasta el último céntimo.

Nunca la vi derrochar.

Pero tampoco la vi negar un plato de comida a quien realmente lo necesitaba.

Ésa era otra característica de aquella generación.

La solidaridad no necesitaba campañas institucionales.

Se practicaba.

Con naturalidad.

Sin fotografías.

Sin subvenciones.

Sin publicidad.

Cuando una familia atravesaba dificultades, los vecinos procuraban ayudar discretamente.

Nadie hablaba de exclusión social.

Simplemente se echaba una mano.

Ésa era la expresión habitual.

«Hay que echarles una mano.»

Y bastaban esas pocas palabras para movilizar a todo un pueblo.

Mi madre participaba de aquella manera de entender la vida.

No preguntaba de qué partido era quien necesitaba ayuda.

Ni cuál era su ideología.

Ni qué religión profesaba.

Veía una necesidad.

Y actuaba.

Era una caridad silenciosa.

Sin exhibiciones.

Sin protagonismos.

Sin esperar nada a cambio.

Quizá por eso nunca comprendió esa costumbre tan moderna de convertir cualquier buena acción en un espectáculo público.

Ella pensaba exactamente lo contrario.

El bien debía hacerse porque era lo correcto.

No porque alguien fuera a aplaudirlo.

También recuerdo la enorme dignidad con que afrontaba las dificultades.

Jamás escuché salir de sus labios una palabra de resentimiento.

Nunca culpaba a los demás de los problemas.

Si algo faltaba, procuraba encontrar una solución.

Si surgía una dificultad, buscaba la manera de superarla.

Aquella actitud terminó convirtiéndose en una lección permanente para todos nosotros.

Con el paso de los años comprendí que la verdadera fortaleza no consiste en no sufrir.

Consiste en seguir cumpliendo con el deber incluso cuando el sufrimiento acompaña cada jornada.

Mi madre jamás utilizó esa palabra.

De hecho, sospecho que ni siquiera habría sabido definirla.

Simplemente vivía así.

Cumpliendo con su obligación.

Sin dramatismos.

Sin lamentaciones.

Sin esperar reconocimientos.

Muchas veces pienso que las generaciones actuales han heredado un nivel de bienestar material que mis padres ni siquiera habrían imaginado.

Disponemos de viviendas infinitamente más cómodas.

De agua caliente.

De calefacción.

De aire acondicionado.

De frigoríficos.

De lavadoras.

De automóviles.

De teléfonos móviles capaces de comunicarnos con cualquier lugar del planeta.

Y, sin embargo, no estoy seguro de que seamos más felices.

Porque quizá hemos ganado comodidad, pero hemos perdido parte de aquella capacidad para valorar las cosas sencillas.

Mi madre sabía hacerlo.

Sabía agradecer un día tranquilo.

Una conversación familiar.

Un libro.

La visita de un hijo.

La risa de un nieto.

No necesitaba mucho más.

Hoy, cuando vuelvo la vista hacia aquellos años, comprendo que la mayor riqueza de nuestra familia nunca estuvo en lo que poseíamos.

Estuvo en la forma en que mis padres entendían la vida.

Mi padre nos enseñó el valor del deber.

Mi madre nos enseñó el valor del amor.

Y ambos demostraron, con su ejemplo cotidiano, que la verdadera dignidad no depende de la cantidad de bienes que una persona acumula, sino de la rectitud con que vive.

Ésa fue la herencia que recibimos.

Y, con el paso del tiempo, he llegado a la conclusión de que vale infinitamente más que cualquier fortuna material.

CAPÍTULO V

La mujer que descubrió el mundo a través de los libros

Si tuviera que resumir a mi madre en una sola imagen, no elegiría ninguna fotografía.

La recordaría sentada, con un libro entre las manos.

Ésa es la imagen que permanece grabada para siempre en mi memoria.

Resulta paradójico.

Una mujer que apenas había podido asistir un par de años a la escuela primaria terminó convirtiéndose en una lectora infatigable.

No poseía títulos universitarios.

Ni diplomas.

Ni certificados académicos.

Pero poseía algo mucho más valioso.

Una curiosidad intelectual insaciable.

Leía por el puro placer de aprender.

No para aprobar exámenes.

No para obtener un ascenso.

No para impresionar a nadie.

Leía porque necesitaba comprender mejor el mundo que la rodeaba.

Y esa necesidad nunca la abandonó.

En una época en la que muchas personas de su generación apenas habían tenido acceso a la enseñanza, ella convirtió la lectura en una auténtica escuela permanente.

Cada libro era una ventana abierta.

Cada autor, un nuevo compañero de conversación.

Cada página, una oportunidad para seguir creciendo.

Nunca aceptó resignarse a la ignorancia.

Comprendió que la educación oficial termina un día, pero el verdadero aprendizaje solo concluye cuando concluye la vida.

Y vivió conforme a esa convicción.

Con frecuencia pienso que mi madre fue una autodidacta en el sentido más noble del término.

No necesitó profesores para comprender la importancia del estudio.

Ni campañas institucionales que le recordaran las ventajas de la lectura.

Muchísimo antes de que aparecieran expresiones como «aprendizaje permanente», ella ya practicaba ese principio con absoluta naturalidad.

No lo llamaba formación continua.

Lo llamaba vivir.


En casa nunca sobraba el dinero.

Los libros representaban un pequeño lujo.

Precisamente por eso se cuidaban con enorme esmero.

Se leían.

Se releían.

Se prestaban.

Y volvían a ocupar su lugar en la estantería esperando una nueva oportunidad.

Jamás vi un libro tratado como un simple objeto.

En casa se respetaban.

Casi diría que se querían.

Quizá por eso terminé descubriendo muy pronto el inmenso placer de leer.

No recuerdo que mi madre me obligara jamás a abrir un libro.

No hacía falta.

Su ejemplo resultaba infinitamente más persuasivo que cualquier sermón.

Los hijos aprendemos mucho más de lo que ven nuestros ojos que de lo que escuchan nuestros oídos.

Y mis ojos la vieron leer durante toda su vida.

Leía novelas.

Biografías.

Historia.

Ensayo.

Todo aquello que despertara su interés.

Después comentábamos muchas de aquellas lecturas.

Discrepábamos en ocasiones.

Coincidíamos en otras.

Pero siempre existía algo imprescindible.

La conversación.

Hoy echo de menos aquellas conversaciones.

Vivimos rodeados de pantallas.

Estamos permanentemente conectados.

Y, sin embargo, cada vez hablamos menos.

En cambio, en aquellos años, un libro podía dar pie a una conversación que se prolongaba durante horas.

Nadie tenía prisa.

No existían teléfonos móviles interrumpiéndolo todo.

Había tiempo para pensar.

Y había tiempo para escuchar.


Con frecuencia se afirma que una persona culta es quien posee muchos conocimientos.

No estoy completamente de acuerdo.

Mi madre me enseñó otra definición mucho más acertada.

Es culta la persona que nunca deja de aprender.

Ella fue exactamente eso.

Hasta pocos días antes de morir seguía leyendo dos libros por semana.

Noventa y tres años.

Y todavía deseaba aprender algo nuevo.

Confieso que pocas veces he conocido un ejemplo semejante.

Mientras muchos daban por terminada su vida intelectual al jubilarse, ella parecía convencida de que siempre quedaba una página más por descubrir.

Aquella actitud terminó influyendo profundamente en mi propia existencia.

No sé si heredé de ella la afición por la historia.

O el gusto por escribir.

O el interés por comprender la política, la economía o la filosofía.

Lo que sí sé es que heredé algo mucho más importante.

La convicción de que el conocimiento constituye una de las formas más altas de libertad.

Porque quien lee aprende a pensar.

Y quien aprende a pensar resulta mucho más difícil de manipular.

Ésa fue quizá la mayor herencia intelectual que recibí de mi madre.

No una biblioteca.

Sino el amor por las bibliotecas.

No una colección de respuestas.

Sino el deseo permanente de formular preguntas.

Y esa herencia continúa acompañándome cada día.


Con los años he llegado a una conclusión que quizá sorprenda a algunos lectores.

La persona más culta que he conocido no fue un profesor universitario.

Ni un académico.

Ni un ministro.

Ni un catedrático.

Fue una mujer extremeña que apenas pudo asistir dos años a la escuela primaria.

Una madre de familia numerosa.

Una ama de casa.

Una lectora infatigable.

Una mujer llamada Isabel Aunión Rojo.

Si hoy escribo estas páginas es, en buena medida, porque ella me enseñó que los libros no son un refugio para huir del mundo.

Son el mejor instrumento para comprenderlo.

Y comprender el mundo constituye el primer paso para intentar mejorarlo.

Ésa fue una de las lecciones más valiosas que recibí de mi madre.

Una lección que ningún título académico puede conceder y que ninguna universidad puede garantizar.

Porque pertenece exclusivamente al territorio del ejemplo.

CAPÍTULO VI

La mejor maestra que he conocido

Con frecuencia escucho decir que la educación comienza en la escuela.

Nunca he compartido esa afirmación.

La escuela puede instruir.

Puede transmitir conocimientos.

Puede enseñar a leer, escribir, calcular o conocer la historia.

Pero la educación comienza mucho antes.

Comienza en el hogar.

Comienza observando a los padres.

Comienza escuchando sus conversaciones.

Comienza viendo cómo afrontan las dificultades, cómo tratan a los demás y cómo cumplen con sus obligaciones.

Mis primeros maestros fueron mis padres.

Y, entre ambos, mi madre ocupó un lugar absolutamente decisivo.

Nunca la vi impartir grandes lecciones de moral.

Jamás pronunciaba discursos.

No necesitaba hacerlo.

Educaba viviendo.

Años después descubriría una frase atribuida a varios autores, cuya verdad resulta difícil discutir:

«Las palabras convencen; el ejemplo arrastra.»

Mi madre jamás habría pronunciado una frase semejante.

Pero la practicó durante toda su vida.

Nos enseñó el orden siendo ordenada.

La puntualidad siendo puntual.

La honradez siendo honrada.

El respeto tratando con respeto a todos.

La austeridad administrando con inteligencia hasta la última peseta.

La generosidad compartiendo incluso cuando apenas había nada que compartir.

Nunca nos habló del sacrificio.

Simplemente se sacrificaba.

Nunca nos explicó qué era la responsabilidad.

La ejercía.

Y nosotros aprendíamos contemplándola.


Recuerdo perfectamente una costumbre que hoy apenas existe.

En casa no se tiraba absolutamente nada que todavía pudiera servir.

Un pantalón roto terminaba convertido en rodilleras para otro.

Una camisa gastada encontraba nueva utilidad.

Los calcetines se zurcían.

Los botones se guardaban cuidadosamente.

Las cajas se reutilizaban.

Los tarros de cristal comenzaban una segunda vida.

Aquello no respondía a ninguna teoría ecológica.

Respondía al sentido común.

Había costado demasiado conseguir las cosas como para desperdiciarlas alegremente.

Con el tiempo comprendí que aquella forma de vivir encerraba una profunda enseñanza.

El respeto por las cosas comienza respetando el trabajo que costó obtenerlas.

Mi madre lo sabía.

Y procuró transmitírnoslo sin necesidad de convertir cada gesto cotidiano en una lección.


Nunca conocí en ella el lujo de la queja permanente.

Claro que se cansaba.

¿Cómo no iba a cansarse?

Criar una familia numerosa, cambiar repetidamente de destino siguiendo a un guardia civil y sacar adelante un hogar con recursos muy limitados constituía una tarea inmensa.

Pero nunca convirtió el cansancio en una forma de vivir.

Ni el sacrificio en un instrumento para reclamar admiración.

Simplemente hacía lo que consideraba su deber.

Hoy esa palabra parece haber desaparecido del vocabulario de muchas personas.

Entonces ocupaba un lugar central.

El deber.

No porque alguien obligara.

Sino porque cada uno entendía que existían responsabilidades que debían cumplirse.

Mis padres pertenecían a esa generación.

Y nosotros crecimos respirando ese ambiente.


En casa tampoco existían privilegios.

Cada hijo tenía pequeñas obligaciones.

Ayudar.

Recoger.

Ordenar.

Colaborar.

No porque mis padres quisieran convertirnos en mano de obra gratuita, como quizá diría hoy algún pedagogo extravagante.

Sino porque entendían que una familia funciona cuando todos contribuyen, en la medida de sus posibilidades, al bienestar común.

Aquella enseñanza me acompañaría toda la vida.

He conocido organizaciones inmensas que funcionaban peor que aquella modesta casa cuartel.

Y la diferencia resultaba evidente.

En nuestra casa cada uno sabía cuál era su responsabilidad.

No hacían falta reglamentos interminables.

Ni reuniones.

Ni expertos.

Bastaba el ejemplo diario de mis padres.


Mi madre poseía otra virtud que hoy considero extraordinaria.

Escuchaba.

Escuchaba de verdad.

No esperaba simplemente el momento de responder.

Prestaba atención.

Trataba de comprender.

Y solo después daba su opinión.

Quizá por eso nuestras conversaciones fueron haciéndose cada vez más interesantes conforme yo iba creciendo.

Nunca me exigió que pensara exactamente igual que ella.

Esperaba, eso sí, que razonara.

Que pudiera explicar por qué defendía una idea.

Que leyera antes de opinar.

Que no confundiera un eslogan con un argumento.

Sin saberlo, me estaba enseñando una de las reglas fundamentales del pensamiento crítico.

No basta con tener opiniones.

Hay que procurar que estén bien fundamentadas.


Muchas veces me preguntan de dónde procede mi afición por la lectura, la historia o el ensayo.

La respuesta resulta muy sencilla.

Comenzó en casa.

Comenzó viendo a una mujer que apenas había podido ir a la escuela y que, sin embargo, seguía leyendo cuando ya había cumplido noventa años.

Comenzó escuchando conversaciones donde importaban más las razones que los gritos.

Comenzó contemplando una forma de vivir donde el ejemplo tenía mucho más peso que cualquier discurso.

Por eso, cuando hoy escucho interminables debates sobre modelos educativos, leyes de enseñanza, metodologías o teorías pedagógicas, no puedo evitar sonreír.

Todo eso puede tener importancia.

Pero ninguna reforma educativa conseguirá sustituir jamás la influencia de una buena madre.

Porque los hijos olvidamos muchas palabras.

Olvidamos incluso muchos acontecimientos.

Pero nunca olvidamos el ejemplo.

Y el ejemplo de Isabel Aunión Rojo continúa acompañándome, muchos años después de su partida, con la misma fuerza con que me acompañó durante toda su vida.

Ésa fue su verdadera obra.

No escribió libros.

No ocupó cátedras.

No dirigió instituciones.

Hizo algo mucho más difícil.

Formó personas.

Y pocas tareas poseen una importancia mayor.

CAPÍTULO VII

Noventa y tres años… y unas ganas inmensas de seguir viviendo

Existe una imagen profundamente injusta de la vejez.

Con demasiada frecuencia se presenta al anciano como alguien que ya ha terminado su misión en la vida; un ser resignado a esperar el paso de los días hasta que llegue el final.

Mi madre desmentía por completo ese estereotipo.

Cuando había superado los noventa años seguía conservando una curiosidad intelectual que muchos jóvenes jamás llegarán a conocer.

No esperaba la muerte.

Esperaba el siguiente libro.

Esperaba la siguiente conversación.

Esperaba la próxima visita de un hijo o de un nieto.

Esperaba seguir aprendiendo.

Porque vivir, para ella, nunca consistió simplemente en respirar.

Consistía en mantener despierta la inteligencia.


Durante los últimos años residió en un centro para personas mayores.

Tomar aquella decisión no resultó fácil para ninguno de nosotros.

Pero llegó un momento en que comprendimos que allí dispondría de unos cuidados que difícilmente podíamos garantizarle de manera permanente.

Nunca interpretó aquella residencia como un abandono.

Seguía siendo dueña de sí misma.

Seguía tomando sus propias decisiones.

Seguía leyendo.

Seguía interesándose por cuanto ocurría dentro y fuera de España.

Cuando la visitaba, nuestras conversaciones podían comenzar comentando un libro y terminar hablando de historia, de religión, de política o de cualquier asunto de actualidad.

Nunca perdió la capacidad de razonar.

Ni el gusto por discutir educadamente una idea.

Ni la curiosidad por conocer opiniones distintas.

No pocas veces me sorprendía con preguntas que obligaban a replantearme cuestiones sobre las que yo mismo llevaba años reflexionando.

A veces coincidíamos plenamente.

En otras ocasiones discrepábamos.

Pero jamás confundimos la discrepancia con el enfrentamiento.

Ella había aprendido algo que hoy parece olvidarse con demasiada frecuencia.

Las personas pueden pensar de manera distinta sin dejar de quererse.


Quienes solo la conocieron durante sus últimos días podrían imaginar a una anciana frágil y derrotada.

Nada más lejos de la realidad.

La verdadera Isabel seguía siendo una mujer extraordinariamente viva.

Le gustaba estar informada.

Preguntaba.

Comentaba.

Recordaba con precisión acontecimientos ocurridos muchos años atrás.

Su memoria seguía siendo admirable.

Y su sentido común permanecía intacto.

Muchas veces me preguntaba cómo era posible que una mujer que apenas había permanecido dos años en la escuela poseyera una claridad de juicio superior a la de personas con varias titulaciones universitarias.

La respuesta siempre era la misma.

Había dedicado toda una vida a observar, leer, pensar y escuchar.

No necesitó títulos.

Necesitó curiosidad.

Y nunca la perdió.


Hay una escena que recuerdo con especial cariño.

Llegaba a verla con algún libro bajo el brazo.

Ella sonreía.

Lo tomaba entre las manos.

Leía la contraportada.

Hacía algún comentario.

Y comenzábamos a hablar de autores, personajes históricos o acontecimientos del pasado como si el tiempo apenas hubiera transcurrido.

Aquellos momentos, aparentemente sencillos, hoy constituyen algunos de los recuerdos más valiosos que conservo.

No eran conversaciones extraordinarias.

Precisamente por eso eran extraordinarias.

Porque nacían con absoluta naturalidad.

No existía prisa alguna.

Nadie miraba un teléfono móvil cada pocos minutos.

No había notificaciones interrumpiéndolo todo.

Solo una madre y un hijo compartiendo ideas.

Hoy comprendo que esos instantes valían mucho más de lo que entonces imaginaba.


Mi madre nunca dejó de hacer proyectos.

Ése es un detalle que deseo subrayar.

Seguía hablando del libro que leería después.

De la próxima visita.

De las fiestas familiares.

Del futuro.

Jamás percibí en ella la sensación de que su vida hubiera terminado.

Había envejecido.

Naturalmente.

Pero seguía viviendo.

Y vivir significa seguir esperando algo del mañana.

Por eso me resulta imposible aceptar la idea de que una persona deja de merecer todos los esfuerzos posibles simplemente porque haya cumplido muchos años.

La edad mide el tiempo transcurrido.

No el valor de una vida.

Mi madre no era «una anciana de noventa y tres años».

Era Isabel Aunión Rojo.

Una mujer concreta.

Con una historia irrepetible.

Con una inteligencia cultivada durante décadas.

Con hijos.

Con nietos.

Con recuerdos.

Con ilusiones.

Con proyectos.

Con ganas de seguir leyendo.

Con ganas de seguir viviendo.

Ésa era la mujer que existía pocos días antes de que una caída fortuita cambiara por completo el rumbo de su vida.


Nunca imaginé que aquellas conversaciones serían las últimas.

Si alguien me hubiera dicho entonces que dentro de muy poco tiempo estaría luchando desesperadamente para intentar salvar su vida, jamás lo habría creído.

La veía mayor, naturalmente.

Pero también la veía fuerte.

Con esa fortaleza serena que nace de una vida entera afrontando dificultades sin perder nunca la esperanza.

A veces Dios nos concede la gracia de ignorar lo que está a punto de suceder.

Quizá sea una forma de protegernos.

Porque, de haber conocido entonces el sufrimiento que nos aguardaba, me habría resultado imposible disfrutar con la misma tranquilidad de aquellas conversaciones, de aquellas sonrisas y de aquellos silencios compartidos.

Hoy doy gracias por haberlas vivido.

Y también por conservarlas intactas en mi memoria.

Porque nadie podrá arrebatármelas jamás.

Pertenecen ya a ese territorio donde el tiempo no destruye nada: el de los recuerdos nacidos del amor.

El siguiente capítulo marcará un cambio profundo en el relato.

Hasta aquí he querido que el lector conociera a mi madre tal como realmente era.

Ahora llegará el momento de contar cómo una caída aparentemente fortuita inició un proceso que terminaría cambiando para siempre nuestras vidas.

Pero esa historia solo puede comprenderse plenamente después de haber conocido a la mujer que fue Isabel Aunión Rojo.

Ésa era la deuda que tenía con ella.

Y necesitaba saldarla antes de continuar.

CAPÍTULO VIII

El día en que todo cambió

Hay momentos en la vida en los que el tiempo parece dividirse en dos partes perfectamente diferenciadas.

Un antes.

Y un después.

La caída que sufrió mi madre a finales de mayo de 2022 fue uno de esos momentos.

Hasta entonces, Isabel Aunión Rojo seguía siendo la misma mujer de siempre.

Había cumplido noventa y tres años.

Leía con entusiasmo.

Conservaba intacta la curiosidad intelectual.

Disfrutaba conversando.

Preguntaba.

Razonaba.

Continuaba interesándose por cuanto ocurría a su alrededor.

Nadie podía decir seriamente que hubiera renunciado a vivir.

Una caída fortuita cambió de repente el rumbo de su existencia.

Sufrió la fractura de la cabeza del fémur izquierdo y fue trasladada al Hospital de Mérida.

La intervención quirúrgica resultó necesaria y, según nos explicaron, técnicamente había transcurrido de forma satisfactoria.

Como sucede con tantos pacientes de edad avanzada, comenzaron entonces días de análisis clínicos, administración de sueros, antibióticos, analgésicos y continuas extracciones de sangre.

Todo ello era comprensible.

Lo que quizá no se comprendió suficientemente fue el enorme impacto que semejante proceso produce sobre una persona de más de noventa años que, apenas unas semanas antes, llevaba una vida ordenada y perfectamente adaptada a sus costumbres.

La hospitalización rompe rutinas.

Altera horarios.

Interrumpe el sueño.

Desorienta.

Y esa desorientación resulta especialmente intensa en las personas de edad avanzada.

Mi madre no fue una excepción.

Después de la operación, regresó a la residencia donde vivía.

Todos confiábamos en que, con paciencia, rehabilitación y buenos cuidados, pudiera recuperar una parte importante de la movilidad perdida.

Ella misma mantenía esa esperanza.

Nunca escuché de sus labios una palabra de resignación.

Mucho menos el deseo de abandonar la lucha.

Seguía pensando en recuperarse.

Seguía haciendo planes.

Seguía preguntando por los libros que tenía pendientes de leer.

Era la misma Isabel de siempre.

Simplemente necesitaba tiempo.

Desgraciadamente, ese tiempo nunca llegó.

Pocos días después, al intentar incorporarse desde la silla de ruedas, sufrió un pequeño accidente que provocó un ligero desplazamiento de la fractura todavía no consolidada.

Fue necesario un nuevo ingreso en el Hospital de Mérida.

Aquella circunstancia prolongó inevitablemente un proceso que ya resultaba duro para cualquier persona de su edad.

Sin embargo, tampoco entonces existía motivo alguno para pensar que nos encontrábamos ante el final de su vida.

Los médicos trataban una complicación derivada de la fractura.

Nada más.

O, al menos, eso creíamos todos.

Fue entonces cuando apareció un problema completamente distinto.

Una hemorragia digestiva.

El lunes 20 de junio de 2022 mi madre fue trasladada al Hospital «Tierra de Barros», de Almendralejo.

Aquel traslado parecía responder a una lógica elemental.

Existía una hemorragia cuyo origen debía localizarse cuanto antes para proceder a su tratamiento.

Confiábamos plenamente en que así ocurriría.

Ninguno de nosotros imaginaba que aquel ingreso marcaría el comienzo del período más doloroso de toda su existencia.

Y también de la nuestra.

Cuando hoy vuelvo mentalmente a aquella jornada, sigo haciéndome la misma pregunta.

¿Qué habría ocurrido si desde el primer momento se hubiera identificado el origen de aquella hemorragia y se hubiera actuado con la diligencia que el caso requería?

No puedo responder con certeza.

Nadie puede hacerlo.

Pero sí sé una cosa.

Mi madre llegó al Hospital «Tierra de Barros» con una hemorragia que necesitaba ser diagnosticada y tratada.

Y salió de allí diez días después en una situación clínica infinitamente más grave que la que presentaba cuando ingresó.

Ése constituye el punto de partida de cuanto relataré en los capítulos siguientes.

No escribo movido por el resentimiento.

Tampoco por el deseo de ajustar cuentas con nadie.

Han transcurrido ya varios años desde aquellos acontecimientos.

El tiempo atenúa el dolor.

Pero no modifica los hechos.

Y los hechos merecen ser contados con serenidad, con el mayor rigor posible y con el respeto debido a la memoria de quien ya no puede defenderse.

Porque mi madre tuvo una voz durante noventa y tres años.

Cuando dejó de tenerla, comprendí que me correspondía a mí hablar por ella.

No para pedir compasión.

Ni siquiera para buscar reparación.

Sino para cumplir el deber moral que todo hijo tiene hacia sus padres: procurar que la verdad de su vida, y también la de sus últimos días, no sea sepultada por el olvido.

CAPÍTULO IX

Diez días que jamás podré olvidar.

Hay recuerdos que el tiempo dulcifica.

Otros, por el contrario, permanecen intactos, como si hubieran ocurrido ayer.

Los diez días que mi madre permaneció ingresada en el Hospital «Tierra de Barros» de Almendralejo pertenecen a esa segunda categoría.

Han transcurrido ya varios años.

Sin embargo, todavía soy capaz de recorrer mentalmente aquellos pasillos, recordar el aspecto de las habitaciones, revivir conversaciones, reconstruir gestos y escuchar frases que jamás desaparecerán de mi memoria.

Aquellos diez días fueron una mezcla de esperanza, impotencia, incredulidad y angustia.

No solo veía sufrir a mi madre.

Veía también cómo, poco a poco, la mujer fuerte, culta y extraordinariamente lúcida que había conocido durante toda mi vida comenzaba a deteriorarse delante de nuestros ojos.

Y lo peor era la sensación de que nadie parecía dispuesto a actuar con la urgencia que la situación requería.


Cuando llegó al hospital, el motivo del ingreso era perfectamente conocido.

Mi madre sufría una hemorragia digestiva.

No era un ingreso por demencia.

No era un ingreso por enfermedad terminal.

No era un ingreso para recibir únicamente cuidados paliativos.

Ingresaba por una patología concreta cuyo origen debía localizarse y tratarse.

Eso era, al menos, lo que cualquier ciudadano razonablemente podía esperar.

Sin embargo, desde el primer momento tuve la impresión de que el objetivo principal no consistía en averiguar qué estaba provocando aquella hemorragia.

Durante horas permaneció en el servicio de urgencias.

Se realizaron análisis de sangre.

Poco más.

No se practicaron las exploraciones diagnósticas que, a mi juicio, exigía una situación semejante.

Finalmente, fue trasladada a Medicina Interna.

Allí comenzó un período que todavía hoy me resulta difícil recordar sin una profunda tristeza.


Con el paso de los días observé cambios que me alarmaban profundamente.

Mi madre comenzaba a hincharse.

Primero las manos.

Después los brazos.

Más tarde las piernas y los pies.

La retención de líquidos aumentaba de forma evidente.

Las venas resultaban cada vez más difíciles de localizar.

Administrarle la medicación comenzaba a convertirse en un problema.

El dolor aumentaba.

Y la desorientación también.

Quien no haya convivido nunca con un anciano hospitalizado quizá no alcance a comprender lo que significa ese progresivo deterioro.

Cada jornada parecía arrebatarle una parte de la vitalidad que había conservado durante más de noventa años.

Yo contemplaba aquella transformación con creciente preocupación.

No era el curso natural de una recuperación.

Era otra cosa.

Y esa intuición no dejaba de crecer.


Las conversaciones con las médicas internistas comenzaron pronto.

Desde el principio percibí una diferencia profunda entre nuestra manera de entender la situación.

Yo veía delante de mí a mi madre.

Ellas parecían ver, sobre todo, a una paciente de noventa y tres años.

La edad aparecía una y otra vez.

Como si por sí sola resolviera todas las preguntas.

Como si el número de años vividos disminuyera el valor de la vida.

Como si alcanzar una edad avanzada significara renunciar automáticamente a intentar curar aquello que todavía podía curarse.

Escuché en varias ocasiones que determinadas pruebas resultarían demasiado invasivas.

Que existían riesgos.

Que quizá no compensaban.

Naturalmente que toda intervención médica implica riesgos.

Siempre los ha implicado.

Pero yo seguía formulándome la misma pregunta.

¿Cómo podía decidirse que no merecía la pena intentar localizar el origen de una hemorragia simplemente porque la paciente hubiera cumplido noventa y tres años?

No encontraba respuesta.

Y sigo sin encontrarla.


Aquellas conversaciones fueron haciéndose cada vez más tensas.

No porque yo buscara el enfrentamiento.

Jamás fue ésa mi intención.

Lo único que pretendía era que mi madre recibiera todas las oportunidades razonables que la medicina pudiera ofrecerle.

Ni más.

Ni menos.

Además, no hablaba únicamente como hijo.

Mi madre me había otorgado años antes un poder notarial precisamente para situaciones en las que ella no pudiera defender adecuadamente sus propios intereses.

Lo había hecho cuando conservaba intactas sus facultades mentales.

Con plena libertad.

Con plena conciencia.

Aquella decisión encerraba una enorme responsabilidad.

No podía limitarme a asentir pasivamente cuando estaba convencido de que todavía quedaban actuaciones médicas por realizar.

Mi obligación moral consistía precisamente en defender la voluntad de mi madre.

Y eso hice.


Reconozco que aquellos días resultaron especialmente duros también dentro de la propia familia.

No todos percibíamos la situación de la misma manera.

Las explicaciones ofrecidas por parte del equipo médico fueron generando interpretaciones distintas.

Algunos terminaron convencidos de que nos encontrábamos ante un proceso irreversible.

Yo no compartía esa conclusión.

No porque creyera que mi madre fuera inmortal.

Sabía perfectamente que tenía noventa y tres años.

Lo que no aceptaba era identificar edad avanzada con enfermedad terminal.

No son conceptos equivalentes.

Nunca lo han sido.

Y precisamente por eso seguí insistiendo.

Cada conversación.

Cada petición.

Cada explicación.

Cada desacuerdo.

Respondían siempre al mismo propósito.

Intentar salvar la vida de mi madre.


Hubo momentos especialmente difíciles.

Promesas que parecían aceptarse durante una conversación y desaparecían pocas horas después.

Compromisos que nunca llegaban a cumplirse.

Cambios de criterio difíciles de comprender.

Aquella sensación de inseguridad resultaba profundamente angustiosa.

No sabía nunca si lo acordado por la mañana seguiría vigente por la tarde.

La incertidumbre terminaba convirtiéndose en una forma añadida de sufrimiento.

Mientras tanto, el estado general de mi madre continuaba empeorando.

Cada día que pasaba jugaba en nuestra contra.

Y cada jornada aumentaba mi convencimiento de que el tiempo comenzaba a agotarse.


Finalmente, después de muchas insistencias y no pocas discusiones, conseguí algo que llevaba días solicitando.

El traslado al Hospital de Mérida.

No lo interpreté como una victoria.

Simplemente pensé que allí podrían localizar definitivamente el origen de la hemorragia que seguía condicionando toda la evolución clínica.

Aquella decisión llegaba tarde.

Demasiado tarde, según terminaría comprobándose.

Pero todavía conservaba una esperanza.

Mientras mi madre siguiera viva, me negaba a renunciar a ella.

Nunca olvidaré el momento en que la ambulancia abandonó el Hospital «Tierra de Barros».

Sentí alivio.

Y, al mismo tiempo, un temor difícil de describir.

Intuía que habíamos perdido un tiempo precioso.

Rezaba para estar equivocado.

Deseaba con todas mis fuerzas haber exagerado mis temores.

Lamentablemente, los días siguientes demostrarían que la realidad era mucho más dura de lo que yo mismo había imaginado.

Y aquella esperanza que todavía conservaba comenzaría a apagarse lentamente.

No porque mi madre hubiera dejado de luchar.

Ella nunca dejó de hacerlo.

Sino porque el daño acumulado durante aquellos diez días había comenzado ya a hacerse irreversible.

CAPÍTULO X

Hasta el final

Hay momentos en la vida en los que desaparecen todas las cuestiones secundarias.

Los informes médicos.

Los diagnósticos.

Las discusiones.

Las reclamaciones.

Todo queda relegado a un segundo plano.

Solo permanece una pregunta:

¿Qué necesita ahora la persona a la que queremos?

Para nosotros la respuesta era muy sencilla.

Necesitaba no sentirse sola.

Por eso, durante los últimos días de su vida, mi madre nunca estuvo sola.

Nos organizamos para acompañarla de manera permanente.

Aurora.

Maribel.

Yo.

Y también mi cuñado José, que en aquellos días demostró una entrega y un cariño que jamás olvidaré.

Solo faltaba Miguel, el pequeño de los hermanos.

Pero no porque no quisiera estar allí.

Todo lo contrario.

Vivía en Valencia y acababa de ser sometido a un doble trasplante de pulmón. Apenas iniciaba una recuperación larga y extremadamente delicada. Los médicos le habían prohibido cualquier desplazamiento.

Estoy completamente seguro de que, de haber podido levantarse de aquella cama de hospital, habría recorrido inmediatamente los cientos de kilómetros que lo separaban de nuestra madre.

No pudo hacerlo físicamente.

Pero todos sabíamos que estaba con nosotros.

Y mi madre también lo sabía.

Había otro rostro ausente.

El de Marisol.

Nuestra hermana del medio.

Dios la había llamado años antes.

No existe mayor dolor para una madre que sobrevivir a un hijo.

Mi madre soportó también esa prueba.

Nunca consiguió olvidarla.

¿Cómo iba a hacerlo?

Las madres nunca olvidan a sus hijos.

Simplemente aprenden a convivir con esa ausencia.

Estoy convencido de que, durante aquellos últimos días, Marisol también ocupaba un lugar en su pensamiento y en su corazón.


Después del traslado al Hospital de Mérida, por fin se identificó el origen de la hemorragia y pudo actuarse para detenerla.

Aquello me devolvió durante unas horas una esperanza que me resistía a perder.

Pensé que quizá todavía estábamos a tiempo.

Que aún podría recuperarse.

Que volveríamos a verla con un libro entre las manos.

Que volveríamos a discutir amistosamente sobre historia o sobre cualquier asunto de actualidad.

Pero aquella esperanza duró poco.

El doctor Fernando Muñoz habló conmigo con una claridad que siempre agradeceré.

La hemorragia había podido controlarse.

Sin embargo, el deterioro sufrido por el organismo durante aquellos días resultaba ya demasiado importante.

Comenzaba un fallo progresivo de distintos órganos.

No había falsas promesas.

Tampoco falsas esperanzas.

Solo una explicación serena y profundamente humana.

Escuché aquellas palabras con enorme tristeza.

No porque dudara de la profesionalidad del médico.

Sino porque comprendí que el tiempo empezaba a agotarse.


Desde aquel momento dejamos de pensar en otra cosa que no fuera acompañarla.

Nos relevábamos continuamente.

Llegábamos.

Nos sentábamos junto a ella.

Le hablábamos.

Le cogíamos la mano.

Rezábamos.

Permanecíamos largos ratos en silencio.

A veces parecía dormir.

Otras abría ligeramente los ojos.

Nunca supimos con certeza cuánto percibía de cuanto ocurría a su alrededor.

Yo prefiero creer que lo percibía todo.

Que sabía que sus hijos estaban allí.

Que seguía rodeada del cariño que ella misma había sembrado durante toda una vida.

Y esa convicción continúa proporcionándome una inmensa paz.

Con frecuencia, mientras permanecía sentado junto a su cama, no veía únicamente a la anciana enferma.

Veía a la muchacha que esperó casi diez años a mi padre.

Veía a la esposa que lo acompañó en los distintos destinos de la Guardia Civil.

Veía a la madre que sacó adelante a cinco hijos con un sueldo modesto y un sacrificio inmenso.

Veía a la mujer que encontraba tiempo para leer cuando parecía imposible disponer de un solo minuto libre.

Veía a Isabel.

No a una paciente.

Y comprendí que ninguna enfermedad tiene derecho a borrar toda una vida.


Muchas veces se afirma que una persona deja como herencia aquello que posee.

No siempre es verdad.

Mi madre apenas dejó bienes materiales.

Nos dejó algo infinitamente más importante.

Nos dejó una familia.

Una familia unida.

Una familia que, cuando llegó el momento más difícil, permaneció junto a ella.

Creo que ése fue el mayor éxito de su vida.

Y también el de mi padre.


CAPÍTULO XI

9 de julio

La noche del 8 al 9 de julio de 2022 me correspondió permanecer junto a mi madre.

Aurora, Maribel, José y yo llevábamos varios días relevándonos para que nunca estuviera sola.

Aquella noche era mi turno.

Entré en la habitación procurando no hacer ruido.

La luz era tenue.

El hospital permanecía casi en silencio.

Solo se escuchaban, de vez en cuando, los pasos de algún sanitario por el pasillo y el sonido monótono de los aparatos que acompañan tantas noches de hospital.

Me acerqué a su cama.

Le tomé la mano.

Y permanecí sentado junto a ella.

Apenas dormí.

No tenía sueño.

Ni creo que hubiera podido dormir aunque lo hubiera intentado.

Durante buena parte de la noche continué sosteniendo aquella mano.

Era la misma mano que me había llevado de niño al colegio.

La misma que tantas veces me había acariciado.

La misma que había trabajado sin descanso durante toda una vida.

Ahora era yo quien la sostenía.

No sé hasta qué punto mi madre era consciente de cuanto sucedía.

Los médicos podrían dar una explicación científica.

Yo prefiero conservar otra certeza.

Quiero creer que sabía que uno de sus hijos estaba allí.

Que percibía aquella mano.

Que notaba nuestra presencia.

Y ese pensamiento continúa consolándome…

Hay momentos en los que el silencio expresa mucho más que las palabras.

Mientras permanecía sentado junto a ella, fueron apareciendo en mi memoria escenas de toda una vida.

La casa cuartel.

La vieja bañera de cinc.

La plancha de carbón.

Los libros.

Las conversaciones.

Las Navidades.

Las reuniones familiares.

Las preocupaciones.

Las alegrías.

Toda una vida pasó lentamente por mi memoria durante aquellas horas.


Cuando empezó a amanecer llegó Aurora para relevarme.

Nos saludamos casi en silencio.

Me incliné sobre la cama.

Besé a mi madre.

Le acaricié suavemente la frente.

Estoy seguro de que le dije que volvería dentro de un rato.

No imaginaba que aquélla sería la última vez que podría besarla en esta vida.

Regresé a casa.

Necesitaba desayunar.

Asearme.

Descansar un poco después de haber pasado prácticamente toda la noche despierto.

Pensaba volver al hospital en cuanto hubiera recuperado algo de fuerzas.

Hacia el mediodía sonó el teléfono.

Era Aurora.

Bastó escuchar su voz.

No recuerdo exactamente las palabras.

Tampoco importa.

Comprendí inmediatamente que mi madre acababa de morir.

Durante unos instantes permanecí completamente inmóvil.

Sabía que aquel momento terminaría llegando.

Pero uno nunca está preparado para quedarse sin madre.

Nunca.


Aquél era también el día de mi sesenta y cinco cumpleaños.

Durante toda mi vida, el nueve de julio había sido motivo de alegría.

Desde aquel instante dejó de serlo.

O, mejor dicho, comenzó a ser una fecha muy distinta.

Porque el mismo día en que mi madre me había traído a este mundo fue también el día en que Dios decidió llamarla junto a Él.

Desde entonces no he vuelto a celebrar mi cumpleaños como antes.

Cada nueve de julio comienzo el día rezando por ella.

Después doy gracias a Dios.

Le doy gracias por el inmenso privilegio de haber nacido de una mujer como Isabel Aunión Rojo.

Y también por haberme concedido sesenta y cinco años a su lado.

Con el paso del tiempo he comprendido que el mayor homenaje que puedo rendirle no consiste en dejar flores sobre una tumba.

Consiste en procurar vivir de acuerdo con los principios que ella y mi padre me enseñaron.

Si alguna vez consigo transmitir a quienes vengan detrás de mí una pequeña parte de cuanto recibí de ellos, consideraré que no habrán vivido en vano.

Porque el verdadero legado de mis padres no fueron los bienes materiales.

Fue el ejemplo.

Fue la fe.

Fue la honradez.

Fue el amor a la familia.

Y ese legado continúa vivo.

Cada día.

Especialmente cada nueve de julio.

Cuando elevo una oración por mi madre y termino diciéndole, en silencio, las mismas palabras que tantas veces debí pronunciar mientras aún vivía:

Gracias, mamá.

Gracias por haberme traído a este mundo.

Gracias por la vida que me regalaste con tu ejemplo.

Y gracias porque, mientras Dios me conceda un solo día más de existencia, seguirás viviendo en mi memoria, en mi corazón y en mis oraciones.

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