FEIJÓO, ABASCAL: ¡PROGRAMA, PROGRAMA, PROGRAMA!
LOS ESPAÑOLES DECENTES NO QUEREMOS UN SIMPLE CAMBIO DE INQUILINOS EN LA MONCLOA. EXIGIMOS SABER QUÉ PIENSAN HACER CON ESPAÑA, CÓMO, CUÁNDO, CON QUÉ DINERO Y QUÉ RESPONSABILIDADES ASUMIRÁN SI INCUMPLEN LO PROMETIDO.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

HASTA JULIO ANGUITA TENÍA RAZÓN
«¡Programa, programa, programa!».
Tres palabras que Julio Anguita convirtió en una exigencia política y que, muchos años después, siguen teniendo una vigencia extraordinaria.
Anguita reclamaba acuerdos sobre medidas concretas, no componendas entre dirigentes ni repartos de cargos.
Y tenía razón.
Porque España no necesita únicamente cambiar de presidente del Gobierno.
Necesita saber para qué quieren gobernarla quienes aspiran a sustituirlo.
Y eso es precisamente lo que seguimos esperando millones de españoles decentes, hartos de discursos, promesas, fotografías, declaraciones solemnes y compromisos que se desvanecen apenas sus autores consiguen instalarse en los despachos oficiales.
LOS ESPAÑOLES DECENTES NO SOMOS SÚBDITOS
Conviene aclarar algo desde el principio.
Cuando hablo de LOS ESPAÑOLES DECENTES, no me refiero a quienes votan a un determinado partido político.
La decencia no viene incorporada a ninguna papeleta electoral.
Hablo de quienes trabajan honradamente, cumplen sus obligaciones, sostienen a sus familias, pagan sus impuestos y procuran vivir sin aprovecharse del prójimo.
Hablo de los empresarios que arriesgan sus ahorros, de los trabajadores que madrugan, de los autónomos que hacen malabarismos para llegar a fin de mes, de los agricultores y ganaderos, de los pensionistas que han cotizado durante décadas y de los funcionarios que cumplen honradamente con sus obligaciones.
Hablo también de quienes piensan de manera muy diferente a mí, pero comparten una convicción elemental: el poder político no confiere a nadie el derecho a disponer de España como si fuera su finca particular.
Y hablo, desde luego, de quienes consideran que ser decente no consiste únicamente en abstenerse de robar.
También exige no mentir deliberadamente, no prometer lo que se sabe imposible, no ocultar información, no favorecer a los amigos con dinero público y no utilizar las instituciones como instrumentos al servicio de los partidos.
Porque la decencia tiene obligaciones.
Y esas obligaciones deben ser especialmente rigurosas para quienes aspiran a administrar el dinero y decidir sobre la vida de los demás.
LOS ESPAÑOLES DECENTES NO PEDIMOS PRIVILEGIOS. EXIGIMOS QUE QUIENES NOS GOBIERNEN RESPETEN LAS MISMAS NORMAS QUE NOSOTROS ESTAMOS OBLIGADOS A CUMPLIR.
¿Es demasiado pedir?
SEÑOR FEIJÓO: LOS ESPAÑOLES DECENTES QUEREMOS ALGO MÁS QUE SU PALABRA
El pasado 19 de octubre presentó usted su denominado Contrato con España.
Doce compromisos. Buenos propósitos. Palabras solemnes.
Verdad, legalidad, esfuerzo, unidad nacional, regeneración institucional…
Estupendo.
Pero los españoles decentes tenemos derecho a preguntarle qué significa exactamente cada una de esas promesas.
Porque un contrato verdadero establece obligaciones, plazos y consecuencias por incumplimiento.
Si promete viviendas, explique cuántas construirá realmente su Gobierno, dónde, cómo, con qué financiación y en qué plazo.
Si promete reducir impuestos, identifique las partidas presupuestarias que piensa recortar.
Si promete garantizar las pensiones, presente las previsiones económicas correspondientes.
Si promete regenerar las instituciones, explique qué mecanismos impedirán que su propio partido siga participando en el reparto de cargos que hoy critica.
Y si promete combatir la corrupción, comprométase a investigar también las actuaciones de los gobiernos anteriores del Partido Popular cuando existan indicios que lo justifiquen.
Porque la decencia no puede ser una virtud que se exige exclusivamente a los adversarios políticos.
Los españoles decentes queremos gobernantes sometidos a controles, no gobernantes que nos pidan confianza ilimitada.
SEÑOR ABASCAL: TAMBIÉN A USTED LE EXIGIMOS UN PROGRAMA
Usted lleva años denunciando el Estado autonómico, los gastos superfluos, las subvenciones y determinadas actuaciones de los sucesivos gobiernos.
Muy bien.
Pero denunciar no es gobernar.
Ni prometer una transformación profunda equivale a explicar cómo se realizará.
¿Qué competencias pretende recuperar para el Estado?
¿Qué reformas constitucionales considera imprescindibles?
¿Qué administraciones suprimiría?
¿Qué ahorro real producirían esas medidas?
¿Qué haría si el Partido Popular rechazara sus principales propuestas?
¿Estaría dispuesto a abandonar un Gobierno antes que incumplir sus compromisos fundamentales?
Porque los españoles decentes también queremos conocer los límites de su disposición a negociar.
No vaya a ocurrir que quienes prometen acabar con ciertos privilegios descubran, al llegar al poder, que esos privilegios resultan extraordinariamente cómodos cuando los disfrutan los suyos.
LA DECENCIA TAMBIÉN CONSISTE EN RENUNCIAR A LOS PRIVILEGIOS QUE UNO HA PROMETIDO COMBATIR.
Incluso cuando semejante renuncia supone perder poder, influencia, cargos y dinero.
Especialmente entonces.
NO QUEREMOS CAMBIAR DE AMOS
He aquí la cuestión fundamental.
Durante décadas, los partidos que se han sucedido en el Gobierno han contribuido, en distinta medida, a configurar una organización política y administrativa que merece una revisión profunda.
La multiplicación de organismos, los nombramientos partidistas, las subvenciones, las duplicidades administrativas y la influencia de los partidos sobre instituciones que deberían ejercer funciones de control plantean problemas que no desaparecen con una victoria electoral.
Y los españoles decentes tenemos derecho a preguntar:
¿Piensan ustedes modificar ese funcionamiento o se limitarán a sustituir a sus actuales beneficiarios?
¿Desaparecerán los organismos innecesarios o cambiarán de director?
¿Se reducirán las subvenciones o simplemente comenzarán a recibirlas organizaciones próximas a los nuevos gobernantes?
¿Se reformará la elección de los órganos judiciales o continuará el reparto entre partidos?
¿Se reducirán efectivamente los altos cargos o se nombrará a personas diferentes para ocupar los mismos puestos?
Porque una cosa es regenerar España y otra bastante distinta renovar la plantilla de beneficiarios del presupuesto.
LOS ESPAÑOLES DECENTES NO QUEREMOS CAMBIAR DE AMOS. QUEREMOS INSTITUCIONES AL SERVICIO DE LOS CIUDADANOS.
No queremos que unos políticos sustituyan a otros para seguir haciendo sustancialmente lo mismo.
Y, desde luego, no estamos dispuestos a considerar una gran hazaña histórica que los nuevos ocupantes de la Moncloa cambien las fotografías de las paredes mientras conservan intactos los mecanismos de poder que criticaban desde la oposición.
EL DINERO PÚBLICO NO ES DINERO DE NADIE
Hay una cuestión que atraviesa todas las demás: las cuentas.
¿Cuánto debe realmente el conjunto de las administraciones públicas?
¿Cuánto pagaremos en intereses?
¿Qué gastos pretenden suprimir?
¿Qué organismos consideran innecesarios?
¿Cuánto dinero esperan ahorrar?
¿Qué reformas fiscales están dispuestos a emprender?
¿Qué harán para garantizar la viabilidad de las pensiones?
Los españoles decentes conocemos perfectamente las consecuencias de gastar más de lo que ingresamos.
Las familias tienen que ajustar sus cuentas.
Los pequeños empresarios también.
Los autónomos saben que los errores se pagan.
Y quienes no pueden cumplir sus obligaciones terminan afrontando consecuencias económicas y jurídicas.
¿Por qué habría de ser diferente para quienes administran el dinero público?
No estoy afirmando que un Estado deba funcionar exactamente como una familia o una empresa. Sus obligaciones y sus instrumentos financieros son distintos.
Pero esa diferencia no convierte el despilfarro en virtud ni elimina la necesidad de justificar los gastos.
LOS ESPAÑOLES DECENTES NO QUEREMOS QUE NOS PROMETAN MILAGROS. QUEREMOS QUE NOS ENSEÑEN LAS CUENTAS.
Y que nos digan la verdad, incluso cuando resulte desagradable.
¿Y QUÉ PIENSAN HACER CON ESPAÑA?
No basta con hablar de economía.
Queremos conocer sus propuestas sobre la organización territorial del Estado, la Justicia, la enseñanza, la sanidad, la vivienda, la energía, las fronteras, la seguridad y las Fuerzas Armadas.
Queremos saber qué política mantendrán respecto a Marruecos.
Qué harán para garantizar la soberanía española sobre Ceuta, Melilla y las demás plazas norteafricanas.
Qué compromisos internacionales están dispuestos a revisar cuando entren en conflicto con los intereses españoles.
Qué medidas adoptarán para reducir las duplicidades administrativas.
Cómo pretenden garantizar la independencia judicial.
Y qué están dispuestos a hacer para que el Estado deje de ser una fuente permanente de empleos y privilegios destinados a personas de confianza de los partidos.
No pretendemos que resuelvan todos los problemas en cien días.
Pretendemos que expliquen qué harán durante esos cien días, qué reformas acometerán durante el primer año y qué resultados se comprometen a alcanzar al terminar la legislatura.
RECUPEREMOS EL JUICIO DE RESIDENCIA
Hay una institución histórica española que considero digna de estudio: el juicio de residencia.
Durante siglos, determinados cargos públicos de la Monarquía debían rendir cuentas de su gestión al concluir sus mandatos.
¿Por qué no estudiar una fórmula moderna, constitucional y jurídicamente garantista que permita examinar públicamente la actuación de los principales responsables políticos cuando abandonen sus cargos?
No hablo de organizar venganzas contra los gobernantes salientes.
Hablo de comprobar las cuentas, revisar los compromisos, examinar la legalidad de las decisiones y determinar las responsabilidades que correspondan.
Con intervención de órganos independientes y pleno respeto a las garantías jurídicas.
¿Estarían dispuestos Feijóo y Abascal a someterse a semejante examen?
¿Aceptarían que sus propias decisiones fueran revisadas con el mismo rigor que reclaman para las de sus adversarios?
Porque LA DECENCIA NO CONSISTE EN EXIGIR RESPONSABILIDADES A QUIENES NOS PRECEDIERON Y RECLAMAR IMPUNIDAD PARA NOSOTROS MISMOS.
SI VAN A GOBERNAR JUNTOS, QUE LO EXPLIQUEN ANTES DE VOTAR
Y ahora llegamos a una de mis principales exigencias.
Señores Feijóo y Abascal:
Si contemplan la posibilidad de gobernar conjuntamente, comparezcan públicamente y expliquen cuáles son sus coincidencias y sus discrepancias fundamentales.
No les estamos pidiendo que constituyan un partido único.
Ni que renuncien a sus respectivas convicciones.
Les estamos reclamando algo bastante más sencillo.
Que expliquen sobre qué acuerdos concretos estarían dispuestos a formar un Gobierno.
Qué reformas consideran irrenunciables.
Cuáles aceptarían negociar.
Qué plazos establecerían.
Qué presupuesto necesitarían.
Y cómo resolverían sus desacuerdos.
Porque los españoles decentes no tenemos por qué descubrir después de las elecciones que aquellas promesas que escuchamos durante meses eran, en realidad, perfectamente negociables.
Y menos todavía que la supuesta regeneración nacional consistía en repartir ministerios, secretarías de Estado, direcciones generales y demás cargos públicos.
PRIMERO, EL PROGRAMA. DESPUÉS, LOS CARGOS.
No al revés.
LA DECENCIA SE DEMUESTRA RENUNCIANDO A LOS PRIVILEGIOS
Hay algo particularmente revelador en la conducta de los dirigentes políticos.
Todos parecen descubrir, cuando están en la oposición, una cantidad extraordinaria de organismos innecesarios, subvenciones injustificadas, gastos absurdos y privilegios intolerables.
Pero cuando llegan al Gobierno, muchas de aquellas estructuras adquieren una sorprendente utilidad.
Los cargos resultan imprescindibles.
Las subvenciones encuentran nuevas justificaciones.
Los asesores se multiplican.
Y las reformas se aplazan para momentos más propicios.
De ahí que considere fundamental hacer una pregunta muy concreta.
¿A QUÉ PRIVILEGIOS ESTÁN DISPUESTOS A RENUNCIAR USTEDES MISMOS?
No me digan únicamente qué suprimirán a sus adversarios.
Díganme qué poderes renunciarán a ejercer.
Qué facultades de nombramiento limitarán.
Qué mecanismos de fiscalización aceptarán.
Qué privilegios de los partidos eliminarán incluso cuando sean ustedes quienes puedan disfrutarlos.
Porque ésa es una prueba mucho más convincente que cualquier discurso.
LOS ESPAÑOLES DECENTES NO ESTAMOS OBLIGADOS A DAR CHEQUES EN BLANCO
A medida que se aproxima el 29 de noviembre, escucharemos nuevas promesas, nuevos discursos, nuevos enfrentamientos y nuevas declaraciones sobre la necesidad de cambiar España.
Pero yo sigo insistiendo.
La cuestión no es únicamente desalojar a Pedro Sánchez de la Moncloa.
La cuestión es saber qué ocurrirá al día siguiente.
¿Comenzará realmente una transformación institucional?
¿O simplemente cambiarán los ocupantes de los despachos?
¿Tendremos menos organismos innecesarios, una Administración más eficaz, instituciones mejor protegidas frente a las injerencias partidistas y cuentas públicas sometidas a controles más rigurosos?
¿O volveremos a escuchar que las reformas deben aplazarse porque existen dificultades parlamentarias, económicas y constitucionales que, por alguna misteriosa razón, nadie había previsto antes de las elecciones?
Los españoles decentes no exigimos imposibles.
Exigimos previsión, honradez, competencia, explicaciones y responsabilidades.
Y, sobre todo, exigimos que no se nos trate como una multitud cuya única función consiste en acudir a las urnas, depositar una papeleta, pagar impuestos y guardar silencio durante los cuatro años siguientes.
EPÍLOGO. LA DECENCIA NO SE PROCLAMA: SE DEMUESTRA
Señores Feijóo y Abascal:
No les estamos pidiendo un favor.
Tampoco pretendemos que nos concedan graciosamente una audiencia para escuchar sus buenas intenciones.
Les estamos exigiendo explicaciones.
Porque quienes aspiran a administrar España tienen la obligación de decirnos qué pretenden hacer con ella.
Los españoles decentes estamos cansados de promesas que después nadie recuerda.
De compromisos que se convierten en recomendaciones.
De reformas anunciadas como imprescindibles que terminan aplazándose indefinidamente.
De políticos que reclaman confianza mientras rechazan los controles que permitirían comprobar si la merecen.
Y de quienes confunden gobernar con disponer de una autorización para administrar a su antojo lo que pertenece a todos.
LOS ESPAÑOLES DECENTES NO QUEREMOS HÉROES, SALVADORES NI CAUDILLOS PROVIDENCIALES. QUEREMOS GOBERNANTES HONRADOS, SOMETIDOS A LA LEY, A LA FISCALIZACIÓN Y A LA OBLIGACIÓN DE RENDIR CUENTAS.
Queremos saber qué van a hacer.
Cómo piensan hacerlo.
Cuándo.
Cuánto costará.
De dónde saldrá el dinero.
Qué renuncias están dispuestos a asumir.
Y qué responsabilidades aceptarán si incumplen sus compromisos.
Por eso, por última vez en este artículo, vuelvo a aquella exigencia de Julio Anguita:
¡PROGRAMA, PROGRAMA, PROGRAMA!
Y añado algo que considero todavía más importante:
¡DECENCIA, DECENCIA, DECENCIA!
Decencia para decir la verdad.
Decencia para cumplir lo prometido.
Decencia para reconocer los errores.
Decencia para renunciar a los privilegios.
Decencia para responder por los incumplimientos.
Y decencia, sobre todo, para recordar que España no pertenece a quienes la gobiernan.
PORQUE LOS ESPAÑOLES DECENTES NO QUEREMOS CAMBIAR DE DUEÑOS. QUEREMOS RECUPERAR EL RESPETO QUE MERECEMOS COMO CIUDADANOS.
Y eso, señores Feijóo y Abascal, no se consigue con fotografías, eslóganes ni grandes declaraciones.
Se consigue con programas precisos, compromisos comprobables y responsabilidades exigibles.
SI SUS INTENCIONES SON DECENTES, DEMUÉSTRENLO.
¡PROGRAMA, PROGRAMA, PROGRAMA!
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN