CEUTA Y MELILLA: CRÓNICA DE UNA ENTREGA ANUNCIADA
La ventana de Overton, el vaciamiento y cincuenta años allanando el camino a Marruecos

RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS
Marruecos no necesita invadir Ceuta y Melilla.
Le basta esperar.
Durante medio siglo Rabat ha mantenido sus objetivos mientras los sucesivos Gobiernos españoles, por torpeza, negligencia, ignorancia, cobardía, imprevisión, inacción o intentos valdíos de apaciguamiento, han ido haciendo buena parte del trabajo.
¿Con intención de favorecer a Marruecos? No hace falta saberlo.
Hechos son amores y no buenas razones.
Si las decisiones españolas favorecen sistemáticamente los intereses marroquíes y perjudican los españoles, el resultado es el mismo, cualesquiera que sean las intenciones. El camino del infierno está empedrado —y, a estas alturas, asfaltado— de buenas intenciones.
El peligro mayor tampoco tiene por qué llegar sobre un carro de combate.
Puede llegar con una maleta.
Cuando vivir en Ceuta y Melilla resulte cada vez más difícil; cuando los jóvenes se marchen a estudiar y no regresen; cuando las familias busquen en la Península mejores oportunidades; cuando profesionales y empresarios pierdan confianza en el futuro, comenzará el verdadero vaciamiento.
Después llegará otro todavía más peligroso: el vaciamiento de la voluntad española de conservar las ciudades.
Ahí entra en funcionamiento la ventana de Overton:
INCONCEBIBLE → INADMISIBLE → DISCUTIBLE → ACEPTABLE → RAZONABLE → MAYORITARIO → POLÍTICA DE ESTADO.
Primero se vacían las casas.
Después, las ciudades.
Finalmente, la voluntad de defenderlas.
Y entonces Marruecos quizá ya no necesite conquistarlas.
MARRUECOS SABE ESPERAR
Hasán II sabía lo que quería.
Mohamed VI sabe lo que quiere.
Y nada permite pensar que su sucesor olvidará Ceuta y Melilla.
Los reyes mueren. Los Gobiernos cambian. Las generaciones pasan.
La reivindicación permanece.
Ahí reside una enorme ventaja marroquí.
Rabat piensa en generaciones; Madrid, demasiadas veces, en legislaturas.
Marruecos espera.
España olvida.
1975: LA GRAN LECCIÓN
La Marcha Verde enseñó algo fundamental:
Para obtener territorio español no siempre es necesario derrotar militarmente a España.
El Ejército español no fue vencido en el Sáhara.
España se marchó.
Presión humana, diplomática y política, aplicada en el momento adecuado, obtuvo aquello que una guerra habría hecho mucho más difícil y costoso.
La enseñanza para Rabat difícilmente pudo ser más clara:
No siempre hay que vencer a España; a veces basta conseguir que España renuncie.
1979: LO INCONCEBIBLE YA HABÍA SIDO CONCEBIDO
Cuatro años después encontramos un episodio extraordinariamente revelador.
El 30 de abril de 1979 Juan Carlos I conversó en la Zarzuela con el senador estadounidense Ed Muskie, enviado de Jimmy Carter, y con el embajador Terence Todman.
Un telegrama secreto de la Embajada estadounidense, posteriormente desclasificado, relató aquella conversación.
Según el documento, Juan Carlos consideraba posible ceder Melilla a Marruecos en un plazo relativamente corto. El Ejército protestaría, pero, según el relato estadounidense, el Rey pensaba que el malestar duraría unos dos meses y que podría controlar la situación.
Ceuta planteaba mayores dificultades por su población. Para ella apareció otra posibilidad: una situación internacional semejante a la antigua Tánger.
Conviene precisar los hechos.
No fue un acuerdo.
No fue una negociación formal.
No fue una decisión del Gobierno español.
Fue el relato diplomático estadounidense de una conversación confidencial.
Pero demuestra algo importante:
En 1979 lo inconcebible ya había sido concebido.
CINCUENTA AÑOS DE POLÍTICA ESPAÑOLA
Sería demasiado cómodo cargar toda la responsabilidad sobre un partido.
Por la Moncloa han pasado durante medio siglo Gobiernos de distinto signo.
Cambian los presidentes.
Cambian los ministros.
Cambian las siglas.
Pero Marruecos continúa allí.
Y España ha acumulado improvisación, silencios, concesiones, intentos valdíos de apaciguamiento y una curiosa concepción de la «buena vecindad» según la cual mantener buenas relaciones con Marruecos parece consistir demasiadas veces en
evitar que Marruecos se enfade.
Rabat presiona.
Madrid contemporiza.
Rabat obtiene algo.
Madrid proclama que las relaciones han vuelto a la normalidad.
Después comienza otra vez el mismo ciclo.
Nada parece decisivo.
Todo es acumulativo.
QUINTACOLUMNISMO DE FACTO
Llegados aquí, las intenciones constituyen un refugio demasiado cómodo.
Un gobernante puede actuar movido por las mejores intenciones y provocar un desastre.
Puede equivocarse.
Puede ser ingenuo.
Puede tener miedo.
Puede desconocer aquello sobre lo que decide.
Puede sacrificar el interés a largo plazo para solucionar el problema de mañana por la mañana.
Pero el resultado permanece.
Hechos son amores y no buenas razones.
Y el camino del infierno está empedrado —y asfaltado— de buenas intenciones.
Por eso cabe hablar de quintacolumnismo de facto sin necesidad de imaginar agentes secretos escondidos en los ministerios.
La cuestión no consiste en afirmar, sin pruebas, que determinados gobernantes reciban órdenes de Mohamed VI.
Consiste en analizar los resultados.
¿Qué quería Marruecos?
¿Qué quería España?
¿Qué consiguió Marruecos?
¿Qué consiguió España?
Si después de sucesivas crisis la posición marroquí mejora y la española empeora, el balance importa bastante más que los discursos.
Y entonces resulta inevitable formular una pregunta incómoda:
¿Qué habría hecho de manera sustancialmente diferente un verdadero quintacolumnista marroquí instalado en las instituciones españolas?
No hace falta trabajar conscientemente para Rabat para acabar haciendo un magnífico trabajo para Rabat.
DON JULIÁN SÁNCHEZ CASTEJÓN
La tradición española atribuyó al conde don Julián haber abierto las puertas de Hispania a los musulmanes en 711.
Leyenda e historia se mezclan allí.
Pero la imagen permanece.
Trece siglos después, la sátira nos proporciona otro personaje:
Don Julián Sánchez Castejón.
No se necesita probar que Pedro Sánchez es agente secreto de Marruecos para merecer semejante comparación política.
Basta examinar los hechos.
En mayo de 2021 Marruecos permitió una entrada multitudinaria en Ceuta en plena crisis diplomática con España.
Miles de personas atravesaron la frontera.
Menos de un año después, en marzo de 2022, Sánchez modificó la posición tradicional española sobre el Sáhara y consideró la propuesta marroquí de autonomía la base «más seria, creíble y realista» para resolver el conflicto.
Marruecos llevaba décadas persiguiendo un reconocimiento semejante.
Lo obtuvo.
La pregunta sigue siendo extraordinariamente sencilla:
¿Qué obtuvo España a cambio?
EL REY PASMADO
Y llegamos a Felipe VI.
El rey pasmado.
No porque corresponda al Rey dirigir la política exterior, que constitucionalmente compete al Gobierno, sino precisamente por la extraordinaria imagen que ofrece un jefe del Estado cuya misión incluye simbolizar su unidad y permanencia mientras observa cómo se acumulan decisiones que afectan a cuestiones esenciales para esa misma unidad.
Reina.
Recibe.
Viaja.
Pronuncia discursos.
Sonríe para las fotografías.
Y observa. ¿Pasmado?.
Quizá sea la perfecta representación de un problema mucho mayor que la persona de Felipe VI:
Un Estado que contempla cómo otro Estado mantiene durante generaciones una reivindicación sobre su territorio sin responder con una política igualmente perseverante.
LA MEJOR CONQUISTA: QUE SE MARCHEN.
Pero existe un arma mucho más poderosa que cualquier declaración diplomática:
El vaciamiento.
Marruecos no necesita expulsar a los españoles de Ceuta y Melilla.
Basta que llegue un momento en que ellos mismos prefieran marcharse.
Cuando permanecer significa menos oportunidades, más incertidumbre, peores comunicaciones, dificultades empresariales, dependencia, problemas de abastecimiento o servicios insuficientes, aparece una pregunta demoledora:
«¿Qué futuro tendrán aquí nuestros hijos?»
Y cuando miles de familias empiezan a formularla, comienza el verdadero peligro.
PRIMERO SE MARCHAN LOS HIJOS.
Un joven de Ceuta se marcha a Granada para estudiar.
Una muchacha de Melilla va a Málaga.
Otro termina en Sevilla.
Otra, en Madrid.
Estudian.
Encuentran trabajo.
Forman una familia.
Tienen hijos.
Y no regresan.
Durante algún tiempo sus padres permanecen en Ceuta o Melilla.
Después envejecen.
Los hijos están en la Península.
También los nietos.
Y los padres terminan marchándose.
Una familia menos.
Luego otra.
Después cien.
Después mil.
No hay soldados.
No hay expulsiones.
No hay disparos.
No se arría ninguna bandera.
Sólo se escucha una frase:
«Nos vamos a la Península.»
UNA CIUDAD PUEDE CRECER Y, SIN EMBARGO, VACIARSE
No basta contar habitantes.
Ésa puede ser una peligrosa trampa estadística.
Una ciudad puede mantener o incluso aumentar su población y estar perdiendo población arraigada.
Hay que preguntar:
¿Quién se marcha?
¿Quién llega?
¿Cuántos jóvenes regresan después de estudiar?
¿Cuántos profesionales quieren quedarse?
¿Cuántas empresas invierten pensando en treinta años?
¿Cuántas familias desean que sus hijos y nietos continúen viviendo allí?
Porque población y arraigo no son necesariamente lo mismo.
CUANDO MARCHARSE SE CONVIERTE EN SENTIDO COMÚN.
Ése es el punto crítico.
Una familia no tiene que abandonar Ceuta o Melilla porque haya dejado de querer su tierra.
Puede marcharse precisamente porque quiere proporcionar una vida mejor a sus hijos.
Mejores estudios.
Mejor trabajo.
Mejor atención sanitaria.
Más oportunidades.
Menos incertidumbre.
Hasta que marcharse deja de parecer una renuncia.
Y empieza a parecer la decisión sensata.
Entonces comienza la espiral:
menos población arraigada;
menos actividad;
menos inversión;
menos oportunidades;
más familias que se marchan.
Y vuelta a empezar.
REFUGIADOS EN LA PENÍNSULA.
No serían refugiados jurídicamente.
Pero la imagen resulta difícil de evitar.
Españoles buscando en otra parte de España aquello que su Estado no ha conseguido garantizarles suficientemente en su propia ciudad:
Una vida digna y de calidad.
No huyen de España.
Se refugian en España.
Ésa es precisamente la paradoja.
Y constituiría una derrota formidable sin que Marruecos hubiera disparado un solo tiro.
EL VACIAMIENTO DE LAS CABEZAS.
Después del vaciamiento físico llega otro todavía más peligroso.
El sentimental.
Menos españoles tienen familiares en Ceuta y Melilla.
Menos han vivido allí.
Menos conocen las ciudades.
Menos vínculos.
Menos recuerdos.
Más distancia.
Y entonces comienza a cambiar el lenguaje.
Primero son ciudades españolas.
Después, «enclaves».
Luego, un «contencioso».
Más tarde, un «problema histórico».
Finalmente:
«Hay que buscar una solución.»
El vaciamiento de las casas habrá preparado el vaciamiento de las cabezas.
LA VENTANA DE OVERTON

Y entonces comienza el recorrido:
INCONCEBIBLE → INADMISIBLE → DISCUTIBLE → ACEPTABLE → RAZONABLE → MAYORITARIO → POLÍTICA DE ESTADO.
Primero:
«Ceuta y Melilla son España.»
Después:
«Por supuesto, pero habrá que hablar.»
Más tarde:
«Necesitamos alguna fórmula imaginativa.»
Luego:
«Una administración compartida podría beneficiar a todos.»
Después:
«La cosoberanía merece estudiarse.»
Y finalmente:
«No había alternativa.»
No habrá cambiado la geografía.
Habrá cambiado la cabeza de los españoles.
¿2050?
Imaginemos que transcurren otros veinticinco años.
Las ciudades están más debilitadas.
Muchos jóvenes se marcharon y no regresaron.
Sus padres acabaron siguiéndolos.
La inversión disminuyó.
Marruecos aumenta la presión.
Bruselas pide moderación.
Washington recomienda diálogo.
Y un Gobierno español anuncia solemnemente un «acuerdo histórico».
Administración conjunta.
Estatuto especial.
Cosoberanía.
O cualquier expresión que se invente entonces, para evitar pronunciar la palabra cesión.
No habrá batalla.
No habrá capitulación.
Ni siquiera nos dirán que hemos perdido.
Nos explicarán que hemos ganado.
Y quizá muchos españoles lo celebren.
La ventana habrá completado su recorrido.
HACER EXACTAMENTE LO CONTRARIO
Todavía existe una respuesta.
Y puede resumirse en una palabra:
ARRAIGO.
Más familias.
Más jóvenes.
Más empresas.
Más vivienda.
Más médicos.
Más profesores.
Más funcionarios.
Más policías y guardias civiles.
Más militares.
Mejores comunicaciones.
Mejor abastecimiento.
Mayor autonomía energética.
Menor dependencia de Marruecos.
Que quien se marche a estudiar quiera regresar.
Que un médico quiera quedarse.
Que un empresario quiera invertir.
Que una pareja quiera criar allí a sus hijos.
Que vivir en Ceuta o Melilla no constituya un sacrificio patriótico.
Que sea una buena elección.
LA FRONTERA EMPIEZA EN LAS CASAS
Naturalmente, España necesita unas Fuerzas Armadas capaces de disuadir cualquier aventura.
Pero Ceuta y Melilla no se defienden solamente desde los cuarteles.
Se defienden desde los hospitales.
Los colegios.
Las viviendas.
Las empresas.
Los puertos.
Los aeropuertos.
Las universidades.
Y, sobre todo, desde cada familia que puede decir:
«Nos quedamos.»
Una ciudad cuyos habitantes desean permanecer en ella constituye una fortaleza formidable.
CERRAR LA VENTANA
No existe una «cuestión de Ceuta y Melilla» que España deba resolver.
Existe una reivindicación marroquí sobre territorio español.
No es lo mismo.
Ceuta y Melilla no son moneda de cambio.
No son territorios pendientes de una solución.
No necesitan cosoberanía.
Son España.
Y cualquier Gobierno español debería poder decir:
CEUTA Y MELILLA SON ESPAÑA.
NO ESTÁN EN VENTA.
NO SE NEGOCIAN.
NO SE COMPARTEN.
Pero decirlo no basta.
Hay que conseguir que quienes viven allí quieran seguir viviendo allí.
Que quienes se marchan quieran regresar.
Que quienes tienen hijos deseen que sus nietos nazcan allí.
Marruecos puede esperar cincuenta años.
España debe estar preparada para esperar quinientos.
Porque los territorios no siempre se pierden después de una batalla.
A veces todo comienza con algo mucho menos espectacular.
Una familia hace las maletas.
Después otra.
Los hijos no regresan.
Las empresas dejan de invertir.
El resto del país empieza a olvidar.
Y un buen día alguien pregunta:
«¿Para qué queremos aquello?»
Ése será el verdadero peligro.
No cuando Marruecos intente entrar.
Sino cuando los españoles quieran salir.
Primero se vacían las casas.
Después se vacían las ciudades.
Finalmente se vacía la voluntad de conservarlas.
Y entonces ya no hace falta conquistarlas.