DEL BUEN BANDIDO AL BUEN REVOLUCIONARIO
Robin Hood, Curro Jiménez, el Che Guevara, ETA, Hamás y la fascinación occidental por los verdugos (Carlos Rangel in memoriam).
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

PRÓLOGO
La extraña admiración por quienes viven fuera de la ley
Existe una curiosa constante que atraviesa la historia de Occidente desde hace siglos.
Una fascinación recurrente por determinados delincuentes.
No por todos.
No por el ladrón común.
No por el estafador vulgar.
No por el asesino corriente.
Sino por aquellos que consiguen presentarse como rebeldes frente a un poder considerado injusto.
En cuanto aparece esa circunstancia, algo cambia.
El juicio moral se debilita.
La simpatía ocupa su lugar.
Y el delincuente comienza a transformarse en héroe.
La historia de Robin Hood constituye probablemente el ejemplo más conocido.
Un forajido que roba a los ricos para ayudar a los pobres.
Un hombre perseguido por las autoridades.
Un rebelde enfrentado al poder.
La leyenda ha sobrevivido durante siglos porque conecta con una aspiración profundamente humana.
La idea de que existe una justicia superior a la ley.
La idea de que un hombre puede desafiar al poder y seguir siendo moralmente admirable.
La idea de que los fines pueden justificar los medios.
A primera vista parece una historia inocente.
Pero contiene una poderosa carga política.
Porque enseña algo que posteriormente reaparecerá una y otra vez bajo formas distintas.
Enseña que el delincuente puede convertirse en héroe si logra apropiarse de una causa considerada noble.
Y precisamente ahí comienza uno de los grandes problemas morales y políticos de la modernidad.
Curro Jiménez y la versión española del mito
España posee su propia versión de Robin Hood.
Curro Jiménez.
Generaciones enteras crecieron admirando al bandolero andaluz interpretado por Sancho Gracia.
La serie era magnífica.
Los personajes estaban extraordinariamente construidos.
Los diálogos eran brillantes.
La ambientación resultaba magnífica.
Y, sin embargo, la historia reproducía exactamente el mismo esquema psicológico.
El forajido honorable.
El hombre perseguido por la ley.
El rebelde que desafía a los poderosos.
El bandido que, pese a vivir fuera de la legalidad, conserva una superioridad moral sobre quienes lo persiguen.
La diferencia entre Robin Hood y Curro Jiménez es mínima.
Ambos representan la misma figura.
El delincuente justiciero.
El fuera de la ley virtuoso.
El hombre cuya causa supuestamente ennoblece sus actos.
Nada de ello constituye un problema en el terreno de la ficción.
La dificultad aparece cuando ese mismo esquema mental comienza a utilizarse para analizar la realidad.
Porque entonces las consecuencias pueden resultar devastadoras.
El nacimiento del bandolero romántico
La literatura romántica del siglo XIX contribuyó enormemente a consolidar esta visión.
Bandoleros.
Contrabandistas.
Piratas.
Insurgentes.
Guerrilleros.
Todos ellos comenzaron a aparecer como figuras heroicas.
La ley dejaba de ser el criterio principal.
Lo importante era la causa.
Lo importante era la rebeldía.
Lo importante era la resistencia frente al poder.
Y poco a poco fue consolidándose una idea extraordinariamente peligrosa.
La convicción de que enfrentarse a una autoridad considerada injusta otorgaba automáticamente legitimidad moral.
Desde entonces, generaciones enteras han aprendido a contemplar con simpatía a quienes desafían el orden establecido.
Aunque los métodos empleados para hacerlo resulten moralmente repugnantes.
El problema de la realidad
La ficción puede permitirse ciertas simplificaciones.
La realidad no.
Robin Hood pertenece a la leyenda.
Curro Jiménez pertenece a la ficción televisiva.
Ninguna víctima real sufrió sus acciones.
Ningún niño quedó huérfano.
Ninguna familia quedó destruida.
Ningún comerciante fue obligado a pagar una extorsión bajo amenaza de muerte.
Pero cuando abandonamos el terreno de la ficción y entramos en la historia, las cosas cambian.
Y cambian mucho.
Porque las organizaciones armadas reales necesitan dinero.
Necesitan armas.
Necesitan refugios.
Necesitan colaboradores.
Necesitan redes clandestinas.
Y para obtener todo ello suelen recurrir a métodos muy concretos.
Extorsión.
Secuestro.
Contrabando.
Robos.
Tráfico de armas.
Falsificación documental.
En ocasiones narcotráfico.
Y también asesinatos.
Muchos asesinatos.
Sin embargo, una parte de la opinión pública continúa contemplándolos mediante el viejo prisma de Robin Hood.
Y ahí es donde comienza la tragedia.
La fascinación por el rebelde
¿Por qué ocurre esto?
¿Por qué tantas personas inteligentes, cultas y aparentemente razonables terminan admirando a individuos u organizaciones que utilizan la violencia?
La respuesta no es sencilla.
Pero una parte importante reside en la extraordinaria fuerza emocional de la rebeldía.
El rebelde resulta atractivo.
El inconformista resulta atractivo.
El hombre que desafía al poder resulta atractivo.
La rebeldía posee un prestigio cultural enorme.
Y precisamente por ello numerosos movimientos políticos han intentado apropiarse de esa imagen.
No importa que recurran al asesinato.
No importa que utilicen la intimidación.
No importa que extorsionen.
No importa que secuestren.
Lo decisivo consiste en aparecer como rebeldes.
Porque el rebelde disfruta de una ventaja moral inicial.
Una ventaja que muchos observadores conceden antes incluso de examinar los hechos.
El siglo de los revolucionarios
El siglo XX elevó este fenómeno a una escala jamás vista.
Por primera vez aparecieron movimientos políticos capaces de transformar la violencia en una forma de prestigio.
Guerrilleros.
Insurgentes.
Movimientos de liberación.
Frentes revolucionarios.
Ejércitos populares.
Resistencias nacionales.
La terminología variaba.
La lógica permanecía intacta.
El revolucionario se convertía en heredero directo de Robin Hood.
En la nueva encarnación del forajido virtuoso.
En el nuevo héroe romántico.
Y millones de personas comenzaron a admirarlo.
Sin preguntarse demasiado por sus métodos.
Sin preguntarse demasiado por sus víctimas.
Sin preguntarse demasiado por las consecuencias reales de sus acciones.
Ése es el fenómeno que vamos a examinar en las páginas siguientes.
Porque para comprender a los maquis.
Para comprender al Che Guevara.
Para comprender a ETA.
Para comprender al Frente Popular para la Liberación de Palestina.
Para comprender a Hamás.
Para comprender la flotilla Sumud.
Y para comprender la fascinación que todos ellos han despertado en determinados sectores occidentales.
Resulta imprescindible comenzar aquí.
En Robin Hood.
En Curro Jiménez.
En el viejo mito del buen bandido.
Porque todo lo demás nace de él.
RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS
Del buen salvaje al buen revolucionario: cómo Occidente aprendió a admirar a sus verdugos
Este ensayo no trata únicamente de ETA.
Tampoco trata únicamente de Hamás, de las organizaciones palestinas, de los maquis, del Che Guevara, de Robin Hood o de Curro Jiménez.
Todos ellos aparecen en estas páginas, sí, pero como manifestaciones concretas de un fenómeno mucho más profundo y universal.
El verdadero objeto de estudio es una tendencia permanente de la condición humana: la fascinación por el rebelde, la idealización del transgresor y la extraordinaria facilidad con la que determinadas sociedades convierten delincuentes, terroristas, guerrilleros y revolucionarios en héroes populares.
La tesis central procede de una de las obras más importantes y menos leídas del pensamiento político contemporáneo: Del buen salvaje al buen revolucionario, del pensador venezolano Carlos Rangel.
Rangel sostuvo que la cultura política occidental heredó de Rousseau una peligrosa ilusión: la creencia de que el hombre es naturalmente bueno y que son la civilización, las instituciones, la propiedad, la tradición o el Estado quienes lo corrompen.
De esa idea nace el mito del «buen salvaje».
Y del buen salvaje nace el buen revolucionario.
El proceso es sencillo.
Si la sociedad es la culpable de todos los males, quien se rebela contra ella adquiere automáticamente una superioridad moral.
Ya no es juzgado por sus actos.
Es juzgado por la causa que afirma defender.
Y así aparece una de las mayores trampas intelectuales de la historia moderna.
El asesino deja de ser asesino.
El secuestrador deja de ser secuestrador.
El extorsionador deja de ser extorsionador.
El terrorista deja de ser terrorista.
Ahora es resistente.
Combatiente.
Guerrillero.
Libertador.
Revolucionario.
La violencia cambia de nombre.
Y, con el nombre, cambia también la percepción moral.
A lo largo de estas páginas veremos cómo este mecanismo se repite una y otra vez.
Lo encontramos en la leyenda de Robin Hood.
Lo encontramos en el bandolerismo romántico.
Lo encontramos en la figura de Curro Jiménez.
Lo encontramos en los maquis.
Lo encontramos en el Che Guevara.
Lo encontramos en numerosas guerrillas iberoamericanas.
Lo encontramos en ETA.
Lo encontramos en determinadas organizaciones palestinas.
Lo encontramos en Hamás.
Y seguimos encontrándolo hoy en numerosos movimientos políticos y culturales contemporáneos.
Porque los nombres cambian.
Las banderas cambian.
Las consignas cambian.
Pero el mito permanece.
El libro analiza también la extraordinaria importancia de la propaganda cultural en este proceso.
Las revoluciones no triunfan únicamente mediante las armas.
Necesitan canciones.
Necesitan novelas.
Necesitan películas.
Necesitan periodistas.
Necesitan profesores.
Necesitan intelectuales.
Necesitan artistas.
Necesitan una maquinaria capaz de transformar hechos complejos en relatos simples.
Necesitan convertir a los combatientes en héroes.
Y a los héroes en mártires.
Por eso examinamos fenómenos tan diversos como la iconografía del Che Guevara, la mitificación de determinados movimientos armados, la popularidad mundial de Bella Ciao, el éxito planetario de La casa de papel o la persistente fascinación de amplios sectores culturales por todo aquello que se presenta como resistencia o rebeldía.
La cuestión no es si esas obras poseen calidad artística.
Muchas la poseen.
La cuestión es otra.
¿Qué emociones despiertan?
¿Qué visión del mundo transmiten?
¿Qué figuras convierten en admirables?
Porque la cultura no sólo entretiene.
También educa sentimentalmente.
También enseña a quién admirar.
Y a quién despreciar.
Uno de los aspectos más inquietantes del fenómeno es la existencia de un doble rasero moral.
Determinadas formas de violencia son condenadas de manera inmediata.
Otras son contextualizadas.
Explicadas.
Justificadas.
Incluso celebradas.
Todo depende de quién apriete el detonador.
La misma bomba puede ser presentada como terrorismo o como resistencia.
El mismo secuestro puede convertirse en lucha política.
La misma extorsión puede recibir el nombre de impuesto revolucionario.
Y precisamente ahí aparece una de las mayores victorias de cualquier organización terrorista: conseguir que se hable más de sus razones que de sus víctimas.
A lo largo del libro se examinan también las relaciones históricas entre diversas organizaciones revolucionarias y terroristas, incluidos los contactos, colaboraciones y afinidades ideológicas existentes entre ETA y determinadas organizaciones palestinas, dentro de una amplia red internacional de movimientos que durante décadas se contemplaron a sí mismos como integrantes de una misma lucha revolucionaria global.
Pero el problema no termina en los terroristas.
Ni siquiera en quienes los apoyan.
El problema alcanza también a quienes los justifican.
A quienes los romantizan.
A quienes les proporcionan respetabilidad intelectual.
A quienes los presentan como luchadores por la libertad mientras minimizan o silencian sus crímenes.
Aquí reaparecen las reflexiones de Hannah Arendt sobre la banalización del mal.
Porque el peligro no consiste únicamente en la existencia de fanáticos.
Consiste también en la disposición de personas aparentemente razonables a dejar de juzgar los hechos y comenzar a juzgar únicamente las causas.
Cuando eso ocurre, la propaganda sustituye a la realidad.
La emoción sustituye al análisis.
Y los verdugos terminan convertidos en héroes.
Sin embargo, este libro no concluye con una reflexión sobre el terrorismo.
Concluye con una reflexión sobre la madurez.
Porque el verdadero problema no es la existencia de revolucionarios.
El verdadero problema es la permanente disposición de millones de personas a creer en ellos.
A esperar salvadores.
A buscar hombres providenciales.
A confiar en que alguien, armado con una bandera, una ideología o una revolución, resolverá mágicamente problemas que acompañan a la humanidad desde sus orígenes.
La pobreza.
La injusticia.
La enfermedad.
La violencia.
La guerra.
La historia demuestra que esos salvadores aparecen constantemente.
Y también demuestra que jamás cumplen sus promesas.
Porque nadie puede hacerlo.
La realidad humana es imperfecta.
Las sociedades son imperfectas.
Los hombres son imperfectos.
La civilización no consiste en construir paraísos.
Consiste en limitar los daños.
Reducir las injusticias.
Contener la violencia.
Proteger la libertad.
Y hacerlo mediante instituciones sólidas, responsabilidad individual y ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
Ésa es, en última instancia, la enseñanza de Carlos Rangel.
Y también la de Hannah Arendt.
La libertad exige madurez.
Exige abandonar el infantilismo político.
Exige renunciar a los vendedores de paraísos.
Exige desconfiar de los falsos redentores.
Exige juzgar a todos por el mismo rasero.
Y exige recordar una verdad tan sencilla como olvidada:
la frontera entre el héroe y el verdugo no la determina la bandera que enarbola, ni la causa que proclama, ni el himno que canta.
La determinan sus actos.
Siempre sus actos.
Y únicamente sus actos.
Si quieres profundizar, saber más, sigue leyendo.
PRIMERA PARTE
EL NACIMIENTO DEL MITO
CAPÍTULO I
Rousseau y el mito del buen salvaje

Toda gran mentira necesita una pequeña verdad inicial.
Y pocas mentiras han resultado tan fecundas en consecuencias políticas como la idea de que el hombre es naturalmente bueno y que son las instituciones, la civilización, la propiedad, la religión o el Estado quienes lo corrompen.
La formulación más conocida de esta creencia suele asociarse a Jean-Jacques Rousseau.
Conviene ser rigurosos.
Rousseau nunca escribió literalmente aquello de que «el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe» en la forma simplificada con que suele citarse.
Sin embargo, el núcleo de su pensamiento apuntaba claramente en esa dirección.
La civilización aparecía como fuente de desigualdades.
Las instituciones como generadoras de corrupción moral.
Y el hombre primitivo como una figura más pura, más auténtica y más cercana a la bondad natural.
Aquella idea ejerció una influencia gigantesca.
No sólo en la filosofía.
También en la política.
Y, con el tiempo, en la forma de interpretar la historia.
Porque si el hombre es naturalmente bueno, quienes se rebelan contra las instituciones existentes comienzan a adquirir automáticamente una cierta legitimidad moral.
La rebeldía deja de ser una actitud.
Se convierte en una virtud.
Y ése será el punto de partida de innumerables errores posteriores.
El paraíso perdido
Desde tiempos remotos, los seres humanos han sentido nostalgia de una edad de oro imaginaria.
El Jardín del Edén.
La Arcadia.
La Edad de Oro clásica.
Las comunidades primitivas supuestamente armoniosas.
El buen salvaje.
Todas esas imágenes comparten un mismo elemento.
La convicción de que existió un tiempo mejor.
Más puro.
Más justo.
Más humano.
Y que la civilización constituye una especie de caída.
El problema es que la historia y la antropología cuentan una historia muy distinta.
Las sociedades primitivas no eran paraísos.
La violencia estaba muy presente.
Las guerras eran frecuentes.
La esperanza de vida era reducida.
La mortalidad infantil resultaba enorme.
La esclavitud existía en multitud de culturas.
Y la brutalidad era una constante de la condición humana.
Pero los mitos no necesitan ser ciertos para resultar influyentes.
Basta con que resulten emocionalmente atractivos.
Del salvaje al revolucionario

Carlos Rangel comprendió que aquella vieja fantasía había experimentado una transformación decisiva durante los siglos XIX y XX.
El buen salvaje desapareció.
En su lugar apareció una figura nueva.
El buen revolucionario.
El rebelde.
El guerrillero.
El insurgente.
El supuesto libertador.
La estructura psicológica permanecía intacta.
Si el salvaje era bueno porque no había sido corrompido por la civilización, el revolucionario era bueno porque combatía una sociedad considerada injusta.
Y, a partir de ese momento, la rebeldía adquirió una especie de prestigio automático.
La revolución dejó de ser un fenómeno político.
Se convirtió en una categoría moral.
El revolucionario comenzó a ser admirado incluso antes de que se examinaran sus actos.
Y ahí comenzó una de las mayores catástrofes intelectuales de la historia contemporánea.
El revolucionario como heredero de Robin Hood
La conexión resulta evidente.
Robin Hood roba.
Pero roba por una buena causa.
Por eso se le perdona.
El revolucionario mata.
Pero mata por una buena causa.
Por eso también se le perdona.
El mecanismo psicológico es exactamente el mismo.
La causa desplaza a la conducta.
La intención desplaza al resultado.
La bandera desplaza a la víctima.
Y el juicio moral queda suspendido.
A partir de entonces, muchas personas dejan de preguntarse:
«¿Qué ha hecho?»
Para empezar a preguntarse:
«¿Contra quién lucha?»
La diferencia parece pequeña.
En realidad es gigantesca.
Porque transforma completamente la forma de valorar los hechos.
La aparición de una nueva aristocracia moral
Durante el siglo XX surgió una figura inédita.
El revolucionario profesional.
El hombre que adquiría prestigio simplemente por oponerse al orden existente.
No importaba demasiado qué proponía.
No importaba demasiado qué métodos utilizaba.
No importaba demasiado cuántas víctimas producía.
Lo decisivo era su condición de rebelde.
La oposición al sistema se convertía en un mérito por sí misma.
Y de esa manera aparecieron innumerables héroes políticos construidos sobre bases extraordinariamente frágiles.
Algunos terminarían convirtiéndose en dictadores.
Otros en terroristas.
Otros en responsables de matanzas masivas.
Pero durante años disfrutaron de una admiración casi religiosa.
El nacimiento de una fe política
La revolución comenzó a ocupar el lugar que antiguamente habían ocupado las religiones.
Prometía la redención.
Prometía la justicia universal.
Prometía la igualdad.
Prometía el fin de los conflictos.
Prometía un hombre nuevo.
Prometía una humanidad reconciliada consigo misma.
Y, como ocurre con todas las religiones, comenzó a producir santos.
Mártires.
Profetas.
Herejes.
Y demonios.
El pensamiento político empezó a parecerse cada vez más a una fe.
Y cuanto más se parecía a una fe, menos espacio quedaba para el análisis racional.
El gran error
Carlos Rangel señaló con extraordinaria claridad el error fundamental.
Las personas no se vuelven moralmente superiores por el simple hecho de rebelarse.
Los rebeldes pueden tener razón.
O pueden estar profundamente equivocados.
Pueden luchar por la libertad.
O pueden luchar por una tiranía aún peor.
Pueden defender a los débiles.
O pueden convertirse en sus verdugos.
Todo depende de sus actos.
No de sus consignas.
No de sus banderas.
No de sus proclamas.
Sin embargo, durante gran parte del siglo XX una parte considerable de Occidente olvidó esta verdad elemental.
Y comenzó a admirar automáticamente a quienes se presentaban como revolucionarios.
Las consecuencias fueron enormes.
Y algunas de ellas todavía siguen acompañándonos.
El camino hacia el Che
Ninguna figura simboliza mejor esa transformación que Ernesto Guevara.
Con él, el revolucionario dejará de ser simplemente un actor político.
Se convertirá en un icono universal.
En una especie de santo laico.
En el rostro más reconocible de la religión revolucionaria.
Y precisamente por eso merece un capítulo propio.
Porque en su figura confluyen Robin Hood, el buen salvaje, el buen revolucionario y buena parte de las ilusiones políticas que marcaron el siglo XX.
CAPÍTULO II
El Che Guevara o la canonización del revolucionario

Si Robin Hood constituye el bandido bueno de la leyenda y Curro Jiménez el bandolero bueno de la ficción española, Ernesto Che Guevara representa la culminación política de ambos mitos.
Con él nace una figura nueva.
El revolucionario convertido en santo.
No en sentido religioso.
Sino en sentido político.
Su rostro se transformó en un icono universal.
Su imagen fue reproducida millones de veces.
Apareció en camisetas, carteles, murales, pancartas y manifestaciones en todos los continentes.
Muy pocos personajes históricos han alcanzado semejante grado de mitificación.
Y quizá ninguno haya sido tan admirado por personas que conocen tan poco acerca de su vida real.
Para millones de jóvenes occidentales el Che simbolizó la rebeldía.
La inconformidad.
La lucha contra las injusticias.
La resistencia frente al poder.
La revolución romántica.
El idealismo.
La generosidad.
La entrega.
Pero precisamente ahí aparece una de las cuestiones centrales de este libro.
¿Qué ocurre cuando la leyenda sustituye a la realidad?
La fotografía más famosa del siglo XX

La imagen tomada por Alberto Korda se convirtió probablemente en la fotografía política más difundida de la historia.
El rostro serio.
La mirada perdida en el horizonte.
La melena.
La boina con la estrella.
Todo parecía diseñado para fabricar un héroe.
La fotografía adquirió vida propia.
Terminó independizándose del personaje.
Y millones de personas comenzaron a admirar un símbolo sin preguntarse demasiado quién había detrás de él.
Aquella fotografía hizo por el Che lo que las novelas de aventuras habían hecho por Robin Hood.
Transformó a un individuo real en un personaje legendario.
Y cuando alguien se convierte en leyenda, la realidad suele resultar incómoda.
El hombre detrás del mito
La realidad histórica resulta bastante más compleja que la leyenda.
El Che no fue un pacifista.
No fue un liberal.
No fue un defensor de la democracia parlamentaria.
No fue un partidario del pluralismo político.
No fue un defensor de la libertad de prensa.
No fue un partidario de la alternancia en el poder.
Era un revolucionario marxista convencido.
Creía en la lucha armada.
Creía en la revolución mundial.
Creía en la necesidad de destruir el orden existente.
Creía en la dictadura revolucionaria.
Y consideraba la violencia un instrumento legítimo para alcanzar objetivos políticos.
Sus discursos y escritos no dejan demasiadas dudas al respecto.
No es necesario recurrir a sus adversarios.
Basta leer sus propias palabras.
La revolución como redención
Aquí aparece un elemento esencial.
Para el Che, la revolución no era únicamente una estrategia política.
Era una misión moral.
Una forma de redención colectiva.
Una empresa destinada a transformar radicalmente la sociedad y al propio ser humano.
La revolución debía crear un hombre nuevo.
Un ser humano distinto.
Más solidario.
Más disciplinado.
Más comprometido con la colectividad.
Más alejado de los intereses individuales.
La idea resultaba extraordinariamente atractiva.
Y al mismo tiempo profundamente peligrosa.
Porque cada vez que alguien pretende fabricar un hombre nuevo termina sintiéndose autorizado para destruir al hombre real.
El sueño del hombre nuevo
La expresión puede parecer inocente.
No lo es.
Pocas ideas han causado tantos sufrimientos a lo largo del siglo XX.
Los revolucionarios marxistas soñaban con un hombre nuevo.
Los fascistas soñaban con un hombre nuevo.
Los nacionalsocialistas soñaban con un hombre nuevo.
Todos pretendían transformar la naturaleza humana.
Todos consideraban insuficiente al ser humano real.
Todos aspiraban a crear una humanidad superior.
Y todos terminaron recurriendo a la coerción para intentarlo.
Porque los hombres reales poseen una desagradable costumbre.
Se resisten a ser remodelados.
El revolucionario armado
El Che no se limitó a teorizar.
Participó activamente en movimientos armados.
Combatió.
Organizó guerrillas.
Promovió la exportación de la revolución.
Y defendió la extensión de la lucha armada a escala internacional.
Su figura se convirtió en modelo para generaciones enteras de revolucionarios.
La influencia fue inmensa.
Guerrillas iberoamericanas.
Movimientos insurgentes africanos.
Organizaciones revolucionarias europeas.
Grupos separatistas armados.
Numerosos movimientos palestinos.
Todos encontraron en él una referencia.
Todos contemplaron al Che como ejemplo.
Todos vieron en él la prueba de que la violencia podía convertirse en instrumento de transformación social.
Y precisamente ahí reside la importancia histórica de su figura.
Del Che a ETA
A menudo se presenta ETA como una organización exclusivamente vinculada al nacionalismo vasco.
La realidad es mucho más compleja.
Desde finales de los años sesenta, numerosos sectores de ETA comenzaron a absorber influencias procedentes del marxismo revolucionario internacional.
La admiración por Cuba.
La fascinación por Argelia.
El prestigio de las guerrillas tercermundistas.
La influencia del Che.
Todo ello dejó una profunda huella.
ETA empezó a contemplarse no sólo como una organización separatista.
También como parte de una revolución mundial.
Una pieza más dentro de un movimiento internacional contra Occidente, contra el capitalismo y contra el orden liberal.
Y ese cambio ideológico tendría enormes consecuencias.
Porque abriría las puertas a nuevas alianzas.
Nuevos apoyos.
Nuevos entrenamientos.
Nuevos contactos.
Y nuevas formas de legitimación.
El revolucionario perfecto

Carlos Rangel comprendió perfectamente lo que representaba el Che.
No era simplemente un guerrillero.
Era la encarnación del buen revolucionario.
El hombre al que se le perdona todo porque supuestamente lucha por una causa noble.
El hombre cuyas víctimas desaparecen detrás del mito.
El hombre cuyos errores quedan ocultos tras la propaganda.
El hombre cuya imagen termina siendo más importante que sus actos.
Y precisamente por eso se convirtió en el santo patrono de innumerables movimientos revolucionarios posteriores.
El nacimiento de una nueva aristocracia moral
A partir de entonces surgió una curiosa categoría humana.
El revolucionario profesional.
El individuo que adquiere prestigio simplemente por oponerse al orden existente.
No importa demasiado qué propone.
No importa demasiado qué medios utiliza.
No importa demasiado cuántas víctimas produce.
La condición de revolucionario parece otorgarle automáticamente una especie de superioridad moral.
Y así se fue construyendo una nueva aristocracia.
No basada en el mérito.
No basada en el conocimiento.
No basada en la virtud.
Sino en la rebeldía.
Las consecuencias de ese fenómeno marcarían buena parte de la historia política de la segunda mitad del siglo XX.
Y siguen siendo visibles hoy.
Porque el mito del buen revolucionario continúa vivo.
Simplemente ha cambiado de nombre.
CAPÍTULO III
La revolución como religión secular

Uno de los fenómenos más sorprendentes de la Edad Contemporánea consiste en comprobar cómo, a medida que las religiones tradicionales fueron perdiendo influencia sobre amplios sectores de la sociedad occidental, las ideologías políticas comenzaron a ocupar parte del espacio que aquellas dejaban vacante.
La observación no es nueva.
Numerosos pensadores, desde el siglo XIX hasta nuestros días, han señalado que muchas ideologías modernas funcionan de manera extraordinariamente parecida a las religiones.
Poseen dogmas.
Poseen profetas.
Poseen herejes.
Poseen mártires.
Poseen rituales.
Poseen símbolos.
Poseen textos canónicos.
Poseen una visión del bien y del mal.
Y, sobre todo, poseen una promesa de redención.
La revolución se convirtió para millones de personas en una forma de salvación terrenal.
Ya no era necesario esperar una vida futura.
La redención podía alcanzarse aquí.
Sobre la Tierra.
Mediante la transformación radical de la sociedad.
Y cuando una idea adquiere semejante dimensión moral, el peligro resulta enorme.
Porque quienes se consideran portadores de la salvación terminan creyéndose autorizados para imponerla.
El paraíso siempre está al final del camino
Existe una característica común a casi todas las ideologías revolucionarias.
El paraíso nunca existe en el presente.
Siempre se encuentra más adelante.
Siempre está por llegar.
Siempre requiere un último esfuerzo.
Un último sacrificio.
Una última purga.
Una última revolución.
Una última guerra.
Una última generación de víctimas.
Después llegará la felicidad universal.
Después llegará la justicia.
Después llegará la igualdad.
Después llegará la armonía.
Y así sucesivamente.
La historia del siglo XX constituye una sucesión casi interminable de paraísos prometidos que jamás llegaron.
La Unión Soviética prometía el paraíso proletario.
La China maoísta prometía una nueva humanidad.
Camboya prometía una sociedad pura.
Cuba prometía la liberación definitiva del hombre.
Nicaragua prometía la justicia revolucionaria.
Todos prometían algo parecido.
Y todos exigían sacrificios presentes en nombre de un futuro luminoso.
El problema de las víctimas futuras
La lógica revolucionaria suele contener una trampa moral extraordinariamente peligrosa.
Las víctimas actuales se justifican mediante beneficios futuros.
Los muertos de hoy se convierten en inversiones para el mañana.
Los sufrimientos presentes pasan a considerarse necesarios.
La libertad puede suspenderse temporalmente.
La propiedad puede ser confiscada temporalmente.
La censura puede aplicarse temporalmente.
Las ejecuciones pueden resultar necesarias temporalmente.
Todo es temporal.
Todo es provisional.
Todo es imprescindible.
Hasta que llegue el paraíso prometido.
El problema es que el paraíso nunca llega.
Y las víctimas sí.
El nacimiento del mártir político
Las religiones poseen santos.
Las revoluciones poseen mártires.
Y los mártires cumplen una función fundamental.
Transforman una causa política en una causa moral.
El militante deja de ser simplemente un activista.
Se convierte en ejemplo.
En modelo.
En referencia.
En objeto de veneración.
El fenómeno puede observarse en casi todos los movimientos revolucionarios.
Las fotografías.
Los homenajes.
Las canciones.
Los aniversarios.
Los murales.
Los monumentos.
Las ceremonias.
Todo contribuye a construir una memoria emocional.
Una memoria donde los hechos concretos terminan siendo menos importantes que el simbolismo.
El individuo desaparece.
Nace el mito.
El culto al combatiente
Resulta significativo observar cómo numerosas organizaciones revolucionarias terminan desarrollando auténticos cultos alrededor de sus combatientes.
El guerrillero.
El resistente.
El insurgente.
El combatiente caído.
La figura adopta rasgos casi sagrados.
Su vida deja de analizarse críticamente.
Sus errores desaparecen.
Sus contradicciones desaparecen.
Sus víctimas desaparecen.
Sólo permanece el símbolo.
Y cuanto más poderoso resulta el símbolo, menos importa la realidad.
El Che Guevara constituye probablemente el ejemplo más conocido.
Pero está lejos de ser el único.
La historia del siglo XX está llena de personajes convertidos en iconos cuya imagen terminó eclipsando completamente los hechos.
La revolución necesita enemigos absolutos
Toda religión necesita demonios.
Toda ideología revolucionaria también.
No basta con prometer la salvación.
Es necesario identificar a quienes impiden alcanzarla.
Los explotadores.
Los burgueses.
Los imperialistas.
Los reaccionarios.
Los fascistas.
Los traidores.
Los enemigos del pueblo.
Los opresores.
La lista cambia según la época y la ideología.
La función permanece idéntica.
Dividir el mundo entre buenos y malos.
Entre redentores y enemigos de la redención.
Entre quienes encarnan el futuro y quienes representan el pasado.
Una vez aceptada esa lógica, la convivencia se vuelve extremadamente difícil.
Porque el adversario deja de ser un ciudadano con opiniones distintas.
Se convierte en un obstáculo moral.
Y los obstáculos suelen ser eliminados.
El nacimiento del totalitarismo
Aquí es donde Hannah Arendt entra plenamente en escena.
Porque el totalitarismo no surge únicamente de la violencia.
Surge también de una determinada forma de pensar.
De una visión del mundo que divide a los seres humanos entre salvadores y enemigos.
Entre puros e impuros.
Entre revolucionarios y reaccionarios.
Entre quienes merecen el futuro y quienes deben desaparecer para que ese futuro llegue.
Arendt comprendió que el gran peligro de las ideologías modernas no consiste únicamente en sus dirigentes.
Consiste en su capacidad para transformar el juicio moral de millones de personas.
Para convencerlas de que determinados crímenes son aceptables.
Para persuadirlas de que ciertas víctimas importan menos que otras.
Para hacerles creer que la causa es más importante que los seres humanos concretos.
El terreno abonado para el terrorismo
Cuando una sociedad acepta que la causa está por encima de las personas, el camino hacia la violencia queda peligrosamente despejado.
La bomba deja de ser un crimen.
Se convierte en instrumento político.
El secuestro deja de ser una atrocidad.
Se convierte en presión revolucionaria.
La extorsión deja de ser delincuencia.
Se convierte en financiación de la lucha.
Y el terrorista deja de ser un criminal.
Se convierte en combatiente.
En resistente.
En libertador.
En héroe.
Así nace el mito del buen revolucionario.
Y así se prepara el terreno para que organizaciones como ETA, las Brigadas Rojas, la Fracción del Ejército Rojo, numerosos movimientos palestinos y decenas de grupos armados repartidos por todo el mundo encuentren simpatizantes, admiradores y justificadores.
Porque antes de que aparezca el terrorista suele aparecer el mito.
Y antes de que aparezca la violencia suele aparecer la idea que la justifica.
CAPÍTULO IV

Hannah Arendt y la banalización del mal
Pocas obras han influido tanto en la comprensión de los totalitarismos como las de Hannah Arendt.
Y pocas han sido tan citadas y tan poco comprendidas.
Cuando Arendt analizó el nacionalsocialismo y el comunismo soviético no se limitó a estudiar dictaduras concretas.
Intentó comprender un fenómeno mucho más profundo.
¿Cómo era posible que sociedades enteras terminaran aceptando atrocidades evidentes?
¿Cómo era posible que millones de personas colaboraran con sistemas que destruían libertades, encarcelaban inocentes y asesinaban a gran escala?
¿Cómo era posible que hombres y mujeres aparentemente normales participaran en semejantes barbaridades?
Las respuestas que encontró siguen siendo incómodas.
Porque no apuntan únicamente a los dictadores.
Apuntan también a quienes los siguen.
A quienes los justifican.
A quienes dejan de pensar por sí mismos.
El mal no siempre tiene aspecto de monstruo
La cultura popular suele presentar el mal como algo fácilmente reconocible.
Un tirano.
Un asesino.
Un psicópata.
Un monstruo.
La realidad suele ser bastante distinta.
Con frecuencia el mal aparece vestido de normalidad.
Se presenta mediante personas aparentemente corrientes.
Funcionarios.
Profesores.
Periodistas.
Jueces.
Políticos.
Militantes.
Ciudadanos normales.
Personas incapaces de cometer un asesinato con sus propias manos pero perfectamente dispuestas a justificarlo si alguien les convence de que sirve a una buena causa.
Ésa fue una de las intuiciones más perturbadoras de Arendt.
Los grandes crímenes políticos no necesitan necesariamente monstruos.
Les bastan individuos que han dejado de pensar.
Cuando pensar se convierte en un acto de resistencia
Para Arendt, el pensamiento no consistía simplemente en acumular conocimientos.
Consistía en algo mucho más importante.
En mantener la capacidad de juzgar.
De distinguir.
De preguntarse continuamente:
¿Es correcto?
¿Es justo?
¿Es verdadero?
¿Es aceptable?
El totalitarismo intenta destruir precisamente esa capacidad.
No necesita que todos crean.
Le basta con que dejen de cuestionar.
Le basta con que sustituyan el análisis por la consigna.
Le basta con que repitan frases prefabricadas.
Le basta con que deleguen su conciencia en una causa colectiva.
Y cuando eso ocurre, cualquier atrocidad encuentra defensores.
La causa por encima del hombre

La gran ruptura moral del siglo XX se produjo cuando las ideologías comenzaron a situar las causas por encima de las personas.
La revolución por encima del individuo.
La nación por encima del individuo.
La raza por encima del individuo.
La clase social por encima del individuo.
La historia por encima del individuo.
A partir de ese momento, el ser humano concreto deja de importar.
Lo importante es la causa.
Y cuando la causa se convierte en un absoluto, las víctimas se transforman en simples obstáculos.
En daños colaterales.
En sacrificios necesarios.
En costes inevitables.
La terminología cambia.
La lógica permanece.
El asesinato como deber moral
Quizá la consecuencia más terrible de ese proceso consiste en que el crimen deja de percibirse como crimen.
El asesino ya no mata.
Cumple con su deber.
El terrorista ya no asesina.
Lucha por la liberación.
El revolucionario ya no elimina adversarios.
Construye el futuro.
El fanático ya no destruye vidas.
Hace avanzar la historia.
Y así surge una de las mayores inversiones morales imaginables.
Lo malo comienza a parecer bueno.
Lo injusto comienza a parecer justo.
Y la violencia adquiere una apariencia de virtud.
La desaparición de las víctimas
Toda propaganda revolucionaria comparte una característica.
Habla mucho de los verdugos.
Habla poco de las víctimas.
Conocemos los nombres de innumerables revolucionarios.
De innumerables guerrilleros.
De innumerables líderes armados.
Pero raramente recordamos a quienes murieron por su causa.
Ésa es una de las grandes victorias de la propaganda.
Conseguir que el foco se desplace.
Que la atención abandone a las víctimas y se concentre en los supuestos héroes.
Que el muerto se convierta en una estadística.
Y que el combatiente se convierta en leyenda.
Arendt comprendió perfectamente este fenómeno.
Y advirtió que constituye una de las condiciones previas de toda barbarie.
La banalización del terrorismo
La misma lógica puede observarse en numerosos movimientos armados contemporáneos.
Cuando una organización terrorista logra presentarse como movimiento de liberación, comienza un proceso extraordinariamente peligroso.
El atentado deja de ser analizado por sus consecuencias.
Empieza a analizarse por sus intenciones.
La bomba deja de ser juzgada por las víctimas que produce.
Empieza a ser juzgada por la causa que pretende servir.
Y poco a poco el terrorismo va perdiendo su carácter criminal.
Se transforma en una herramienta política más.
En una forma de resistencia.
En una respuesta comprensible.
En un instrumento de lucha.
La barbarie se vuelve cotidiana.
Y ésa es precisamente la banalización del mal.
El papel de los intelectuales
Arendt fue especialmente severa con quienes disponían de los medios intelectuales necesarios para comprender lo que estaba ocurriendo y, sin embargo, decidían mirar hacia otro lado.
Periodistas.
Escritores.
Profesores.
Políticos.
Pensadores.
Personas capaces de distinguir la verdad de la mentira.
Pero que renunciaban a hacerlo cuando la mentira favorecía a una causa que consideraban justa.
La historia del siglo XX está llena de ejemplos.
Intelectuales que justificaron a Stalin.
Intelectuales que justificaron a Mao.
Intelectuales que justificaron a Castro.
Intelectuales que justificaron organizaciones terroristas.
Intelectuales que justificaron guerrillas.
Intelectuales que justificaron dictaduras.
Todos ellos compartían una característica común.
Consideraban que la causa era más importante que la realidad.
El camino hacia los maquis y las guerrillas
Todo lo que hemos visto hasta ahora nos conduce naturalmente al siguiente paso.
Porque antes de ETA.
Antes de las organizaciones palestinas.
Antes de Hamás.
Antes de la flotilla Sumud.
Aparece una figura intermedia.
La del guerrillero romántico.
La del resistente armado.
La del combatiente clandestino.
La del hombre que vive fuera de la ley pero pretende encarnar una causa superior.
Y ahí encontramos a los maquis.
No como una anécdota española.
Sino como una pieza fundamental en la construcción del imaginario revolucionario contemporáneo.
Porque en ellos comienza a aparecer con claridad una tensión que atravesará todo este libro.
La distancia entre la leyenda y la realidad.
Entre el héroe imaginado y el hombre real.
Entre la propaganda y los hechos.
Entre el mito y la historia.
CAPÍTULO V
Los maquis: entre la resistencia, el bandolerismo y la construcción de una leyenda

Pocas cuestiones de la historia española contemporánea han sido objeto de una simplificación tan intensa como la de los maquis.
Según la versión más difundida, los maquis constituyeron una especie de ejército romántico de resistentes democráticos enfrentados a la dictadura franquista.
Según otra versión, fueron simples delincuentes y bandoleros.
La realidad, como suele ocurrir en la historia, resulta bastante más compleja.
Y precisamente por eso merece ser examinada con serenidad.
Porque el objetivo de este libro no consiste en sustituir una leyenda por otra.
Consiste en comprender cómo nacen las leyendas políticas.
Y cómo terminan sustituyendo a los hechos.
El final de una guerra y el comienzo de otra
La Guerra Civil concluyó oficialmente el 1 de abril de 1939.
Pero para algunos combatientes la guerra no había terminado.
Diversos grupos permanecieron ocultos en montañas y zonas rurales.
Otros regresaron clandestinamente desde Francia.
Otros actuaron convencidos de que una futura guerra europea acabaría provocando la caída del régimen franquista.
En aquellos primeros años coexistieron motivaciones muy diversas.
Convicciones ideológicas.
Deseos de venganza.
Miedo a represalias.
Esperanzas políticas.
Simple instinto de supervivencia.
Reducir aquel fenómeno a una sola explicación constituye un error histórico.
La realidad de la clandestinidad
Existe una cuestión elemental que suele olvidarse.
Toda organización clandestina necesita recursos.
Necesita armas.
Necesita alimentos.
Necesita refugios.
Necesita dinero.
Necesita enlaces.
Necesita información.
Necesita colaboradores.
Y cuando esos recursos no se obtienen voluntariamente aparecen otros procedimientos.
La historia de todas las guerrillas del mundo muestra un patrón extraordinariamente parecido.
Requisas.
Extorsiones.
Atracos.
Robos.
Secuestros.
Coacciones.
Intimidaciones.
La clandestinidad posee una lógica implacable.
Y esa lógica no desaparece porque una organización afirme defender una causa noble.
El problema de los colaboradores
Uno de los aspectos más incómodos de toda guerrilla consiste en su relación con la población civil.
Los movimientos armados necesitan apoyo.
Pero rara vez consiguen apoyo unánime.
Y cuando aparecen quienes se niegan a colaborar surge inevitablemente una tentación.
La coacción.
La amenaza.
El castigo.
La historia de las guerrillas está llena de ejemplos.
Desde Hispanoamérica hasta Asia.
Desde África hasta Europa.
Y España no constituyó una excepción.
En numerosas ocasiones la población rural quedó atrapada entre dos fuegos.
Por una parte la presión de las fuerzas de seguridad.
Por otra la presión de los grupos armados.
Una situación extraordinariamente difícil que las narraciones heroicas suelen ignorar.
La transformación del guerrillero

A medida que avanzaba la década de 1940, las expectativas de derribar al régimen franquista fueron disminuyendo.
La Segunda Guerra Mundial terminó.
Las potencias vencedoras no intervinieron en España.
La esperanza de una insurrección general desapareció.
Y muchos grupos quedaron aislados.
Es precisamente en ese contexto cuando algunos comenzaron a derivar progresivamente hacia formas de actuación cada vez más próximas al bandolerismo tradicional.
No todos.
Pero sí algunos.
La frontera entre guerrilla política y delincuencia común empezó a difuminarse.
Y ése es un fenómeno que la historia ha observado repetidamente en numerosos movimientos armados.
Cuando desaparece la perspectiva de victoria política, la organización tiende a concentrarse en su propia supervivencia.
Y la supervivencia suele exigir dinero.
El nacimiento de la leyenda
Décadas después comenzó un proceso muy diferente.
La construcción de una memoria heroica.
La construcción de una leyenda.
Los maquis pasaron a ocupar un lugar destacado dentro de determinados relatos políticos.
La complejidad desapareció.
Las contradicciones desaparecieron.
Las zonas grises desaparecieron.
Sólo quedó el héroe.
El resistente.
El combatiente.
El guerrillero romántico.
La historia se transformó en epopeya.
Y la epopeya sustituyó a la historia.
No se trata de negar los elementos de resistencia política.
Sería absurdo hacerlo.
Se trata de recordar que la realidad fue mucho más compleja de lo que suelen sugerir las narraciones simplificadas.
El guerrillero romántico
Y aquí llegamos al verdadero interés de los maquis para nuestro estudio.
No son importantes únicamente por lo que hicieron.
Son importantes por lo que representaron después.
Porque contribuyeron a consolidar una figura que reaparecerá constantemente durante el siglo XX.
La del guerrillero romántico.
La del hombre armado que vive fuera de la ley pero conserva una supuesta superioridad moral.
La del combatiente clandestino convertido en héroe.
La del rebelde cuya causa parece justificar sus métodos.
A partir de ese momento el camino queda abierto.
Vendrán las guerrillas tercermundistas.
Vendrá la revolución cubana.
Vendrá el Che Guevara.
Vendrán los movimientos de liberación nacional.
Vendrán las organizaciones terroristas europeas.
Y todos ellos encontrarán un terreno cultural ya preparado.
De Sierra Morena a Sierra Maestra
Existe una línea de continuidad que merece atención.
No una continuidad histórica directa.
Sino una continuidad simbólica.
El bandolero romántico.
El guerrillero romántico.
El revolucionario romántico.
El resistente romántico.
Todos forman parte de una misma familia imaginaria.
Todos beben de la misma fuente emocional.
Todos encuentran simpatías gracias al mismo mecanismo psicológico.
La tendencia a juzgar a los hombres por las causas que proclaman en lugar de por los medios que emplean.
Y precisamente ahí aparece el siguiente gran escenario de nuestro relato.
La revolución cubana.
El Che Guevara.
Fidel Castro.
La exportación internacional de la guerrilla.
Y el nacimiento de una auténtica industria mundial de la revolución.
Porque si Robin Hood fue el abuelo del buen revolucionario, y los maquis constituyen uno de sus parientes más cercanos, será en Cuba donde esa figura alcance una dimensión planetaria.
CAPÍTULO VI
Cuba, el Che Guevara y la exportación mundial de la revolución

Si los maquis ayudaron a consolidar la imagen del guerrillero romántico en España, la revolución cubana convirtió esa figura en un fenómeno mundial.
A partir de 1959, millones de personas comenzaron a contemplar a Fidel Castro y al Che Guevara como los nuevos héroes de una época que parecía anunciar la transformación definitiva del mundo.
La victoria de la guerrilla cubana produjo un impacto psicológico enorme.
Por primera vez, un pequeño grupo armado había derrotado a un régimen establecido y había conquistado el poder.
Aquello parecía confirmar todas las fantasías revolucionarias.
El débil había vencido al fuerte.
Los rebeldes habían derrotado al Estado.
La voluntad había vencido a la fuerza.
La revolución parecía posible.
Y millones de jóvenes, intelectuales, estudiantes, periodistas y militantes comenzaron a mirar hacia La Habana como los peregrinos medievales miraban hacia Jerusalén.
Sierra Maestra como mito fundacional
La Sierra Maestra dejó de ser una región montañosa de Cuba.
Se convirtió en un símbolo.
En un lugar casi sagrado para la izquierda revolucionaria internacional.
Desde aquel momento surgió una nueva narrativa.
Un pequeño grupo de hombres decididos podía cambiar el mundo.
Un puñado de combatientes podía derrotar a un ejército.
La voluntad revolucionaria podía superar cualquier obstáculo.
La realidad, naturalmente, era mucho más compleja.
Pero los mitos nunca necesitan demasiados detalles.
Necesitan símbolos.
Y Sierra Maestra se convirtió en uno de los símbolos políticos más poderosos del siglo XX.
La teoría del foco guerrillero
El Che Guevara desarrolló una idea que ejercería una enorme influencia durante décadas.
La teoría del foco guerrillero.
Según esta concepción, no era necesario esperar a que existieran todas las condiciones revolucionarias.
La propia guerrilla podía crearlas.
La acción armada podía desencadenar el proceso revolucionario.
La violencia dejaba de ser una consecuencia.
Pasaba a convertirse en motor de la historia.
La idea resultaba extraordinariamente seductora.
Especialmente para jóvenes convencidos de que el mundo podía transformarse mediante la acción directa.
Pero también contenía una consecuencia inquietante.
Convertía las armas en instrumento político legítimo.
Convertía la violencia en herramienta de transformación social.
Y convertía al guerrillero en vanguardia moral de la humanidad.
La fábrica internacional de revolucionarios
Durante los años sesenta y setenta, Cuba desempeñó un papel fundamental en la formación de cuadros revolucionarios procedentes de numerosos países.
La isla se convirtió en un centro internacional de entrenamiento político y militar.
Por allí pasaron militantes de organizaciones armadas de diversas regiones del mundo.
Algunos recibieron formación ideológica.
Otros recibieron formación militar.
Otros establecieron contactos que posteriormente resultarían decisivos.
La revolución dejaba de ser un fenómeno nacional.
Se convertía en un proyecto internacional.
Y Cuba actuaba como uno de sus principales centros de irradiación.
El nacimiento de la internacional revolucionaria
La imagen popular suele presentar las guerrillas de la segunda mitad del siglo XX como fenómenos aislados.
Nada más lejos de la realidad.
Muy pronto comenzaron a aparecer conexiones.
Intercambio de experiencias.
Intercambio de militantes.
Intercambio de entrenamiento.
Intercambio de documentación.
Intercambio de apoyo logístico.
Las fronteras nacionales perdían importancia.
La revolución adquiría una dimensión global.
Argelia.
Cuba.
Yemen del Sur.
Libia.
Nicaragua.
Diversos países del bloque soviético.
Todos ellos desempeñarían papeles importantes dentro de ese entramado internacional.
Y dentro de esa red comenzarían a encontrarse organizaciones aparentemente muy distintas.
Guerrillas latinoamericanas.
Movimientos separatistas europeos.
Grupos revolucionarios africanos.
Y organizaciones palestinas.
La revolución como industria
Con frecuencia se olvida un aspecto esencial.
La revolución no sólo era una idea.
También era una estructura.
Una estructura que requería recursos.
Dinero.
Armas.
Pasaportes.
Refugios.
Entrenamiento.
Apoyo diplomático.
Medios de propaganda.
Y todo ello generó algo parecido a una auténtica industria internacional.
Una industria donde Estados, servicios de inteligencia, movimientos armados y organizaciones políticas colaboraban en distintos niveles.
La imagen romántica del guerrillero aislado comenzaba a alejarse cada vez más de la realidad.
Detrás de muchos movimientos revolucionarios existían complejas redes internacionales.
Los compañeros de viaje
Aquí aparece una figura que desempeñará un papel fundamental en nuestra historia.
La del compañero de viaje.
No necesariamente un militante armado.
No necesariamente un terrorista.
No necesariamente un revolucionario profesional.
Sino el intelectual.
El periodista.
El profesor.
El artista.
El político.
El sindicalista.
La persona que no empuña las armas pero ayuda a legitimar a quienes las empuñan.
La revolución siempre necesitó combatientes.
Pero también necesitó admiradores.
Y en ocasiones estos últimos resultaron incluso más importantes.
Porque las bombas pueden matar personas.
Pero las ideas pueden legitimar las bombas.
Cuando la leyenda eclipsa la realidad
Durante aquellos años, millones de occidentales contemplaban Cuba como una utopía en construcción.
Las noticias incómodas rara vez recibían atención comparable.
La falta de libertades políticas.
La ausencia de pluralismo.
La represión de los disidentes.
Los encarcelamientos.
La censura.
Todo ello quedaba frecuentemente relegado a un segundo plano.
La revolución seguía siendo más importante que la realidad.
Y el revolucionario continuaba siendo más importante que las víctimas.
Carlos Rangel comprendió perfectamente este fenómeno.
Porque era precisamente el proceso que había descrito.
La transformación del revolucionario en una figura moralmente privilegiada.
La sustitución de los hechos por las intenciones.
La sustitución de la realidad por el mito.
El camino hacia el terrorismo internacional

A finales de los años sesenta y durante los setenta, la internacional revolucionaria comenzaría a adoptar formas cada vez más complejas.
Las guerrillas dejarían de actuar únicamente dentro de sus fronteras.
Los contactos internacionales se multiplicarían.
Los entrenamientos conjuntos se volverían habituales.
Y algunas organizaciones descubrirían que podían aprender unas de otras.
Es precisamente en ese contexto donde aparecerán las relaciones entre ETA y diversas organizaciones palestinas.
No como una anomalía.
No como un accidente.
Sino como una consecuencia lógica de una época en la que numerosos movimientos armados se consideraban participantes de una misma lucha global.
Una lucha que prometía liberar a la humanidad.
Pero que con demasiada frecuencia terminó dejando tras de sí una larga estela de muertos, heridos, secuestrados, exiliados y sociedades profundamente fracturadas.
CAPÍTULO VII
La Guerra Fría, la internacional revolucionaria y el nacimiento de una red mundial de organizaciones armadas

Durante mucho tiempo se presentó a numerosas organizaciones terroristas y guerrilleras como fenómenos esencialmente locales.
ETA sería un problema español.
El IRA un problema británico.
Las organizaciones palestinas un problema de Oriente Próximo.
Las guerrillas iberoamericanas un problema regional.
La realidad fue bastante distinta.
A medida que avanzaban las décadas de 1960 y 1970 comenzó a formarse una compleja red internacional de contactos, apoyos, entrenamientos y colaboraciones que terminó conectando organizaciones aparentemente muy diferentes.
La revolución había dejado de ser una cuestión nacional.
Se había convertido en un fenómeno internacional.
Y la Guerra Fría proporcionó el escenario perfecto para su expansión.
Un mundo dividido en dos bloques
La Segunda Guerra Mundial dejó tras de sí un planeta dividido.
Por un lado, Estados Unidos y sus aliados.
Por otro, la Unión Soviética y su esfera de influencia.
La confrontación entre ambos bloques no se desarrolló únicamente mediante ejércitos convencionales.
Se libró también mediante propaganda.
Espionaje.
Subversión.
Guerras indirectas.
Movimientos insurgentes.
Golpes de Estado.
Y organizaciones armadas de todo tipo.
Cada bloque intentaba ampliar su influencia.
Cada bloque buscaba debilitar al adversario.
Y en ese contexto muchas organizaciones revolucionarias encontraron padrinos poderosos.
La revolución como herramienta geopolítica
Una de las mayores ingenuidades del siglo XX consistió en creer que todos los movimientos revolucionarios actuaban exclusivamente movidos por ideales.
Naturalmente existían convicciones ideológicas.
Naturalmente existían militantes sinceros.
Naturalmente existían personas dispuestas a sacrificarlo todo por aquello en lo que creían.
Pero también existía otra realidad.
Los intereses geopolíticos.
Los servicios de inteligencia.
Los Estados patrocinadores.
Las operaciones encubiertas.
La financiación exterior.
El suministro de armas.
La formación militar.
La revolución no era sólo una causa.
Era también un instrumento.
Y muchos gobiernos comprendieron rápidamente su utilidad.
Moscú y la exportación de la revolución
La Unión Soviética desempeñó un papel central en este proceso.
Desde los primeros años posteriores a la Revolución de Octubre, los dirigentes soviéticos contemplaron la expansión internacional del comunismo como un objetivo estratégico.
Los métodos variaron con el tiempo.
En ocasiones se recurrió a partidos políticos.
En otras a sindicatos.
En otras a organizaciones de masas.
Y en determinados contextos a movimientos armados.
La situación nunca fue tan simple como suele presentarse.
No todas las guerrillas obedecían a Moscú.
No todas dependían directamente de la Unión Soviética.
No todas compartían exactamente la misma ideología.
Pero la influencia soviética resultó innegable en amplias zonas del mundo.
Cuba: la avanzada revolucionaria
Si Moscú actuaba como gran potencia, Cuba desempeñó un papel diferente.
Más dinámico.
Más activo.
Más visible.
La revolución cubana se convirtió en un modelo exportable.
Y sus dirigentes asumieron abiertamente la tarea de fomentar movimientos revolucionarios en numerosos países.
La Habana pasó a desempeñar funciones de coordinación, formación y apoyo.
Muchos militantes extranjeros encontraron allí un punto de encuentro.
Una escuela política.
Un lugar donde establecer contactos.
Y, en algunos casos, un centro de formación militar.
Libia y el coronel Gadafi
Otro actor fundamental fue Libia.
Bajo el régimen de Muammar Gaddafi, el país se convirtió durante décadas en uno de los principales patrocinadores de movimientos armados de muy distinta naturaleza.
Gadafi aspiraba a desempeñar un papel internacional mucho mayor que el que correspondía al tamaño de su país.
Y para ello utilizó diversos instrumentos.
Entre ellos, el apoyo a organizaciones revolucionarias, separatistas y terroristas.
Numerosos grupos encontraron en Libia financiación, refugio, entrenamiento o suministros.
La lista de beneficiarios resulta extraordinariamente amplia.
Y demuestra hasta qué punto el terrorismo internacional formaba parte de un entramado mucho más complejo que el simple enfrentamiento entre un grupo armado y un Estado concreto.
Yemen del Sur: la universidad del terrorismo revolucionario
Pocas personas recuerdan hoy la importancia que tuvo Yemen del Sur durante aquellos años.
Sin embargo, desempeñó un papel relevante como centro de formación para numerosos movimientos armados.
Su posición geográfica.
Su orientación política.
Y sus relaciones internacionales lo convirtieron en un lugar idóneo para el entrenamiento de guerrilleros.
Allí coincidieron militantes procedentes de distintos países.
Allí se compartieron experiencias.
Allí se intercambiaron conocimientos.
Y allí, como veremos más adelante, recibirían formación miembros de ETA bajo supervisión de organizaciones palestinas.
El lenguaje de la liberación
Existe un aspecto particularmente interesante.
La enorme uniformidad del vocabulario empleado por movimientos muy distintos.
Frente Popular.
Liberación Nacional.
Ejército Popular.
Resistencia.
Revolución.
Pueblo.
Imperialismo.
Opresión.
La terminología se repetía una y otra vez.
No era casual.
Las palabras constituyen armas políticas extraordinariamente poderosas.
Quien consigue apropiarse del lenguaje de la liberación adquiere una ventaja moral inmediata.
Y precisamente por ello tantas organizaciones eligieron denominaciones extraordinariamente parecidas.
El nombre ya contenía una declaración de inocencia.
Quien se autoproclama libertador pretende evitar que sus actos sean examinados con el mismo rigor que los de sus adversarios.
La fraternidad de los combatientes

Más allá de las diferencias ideológicas existía un elemento común.
La admiración mutua.
Los guerrilleros admiraban a otros guerrilleros.
Los revolucionarios admiraban a otros revolucionarios.
Los movimientos armados tendían a reconocerse entre sí como miembros de una misma familia política.
El enemigo podía cambiar.
La geografía podía cambiar.
La cultura podía cambiar.
Pero la identidad revolucionaria actuaba como elemento unificador.
Y así comenzaron a surgir vínculos cada vez más estrechos entre organizaciones que, en apariencia, tenían poco en común.
ETA entra en escena

Es en este contexto donde debemos situar la evolución de ETA.
No como una simple organización nacionalista vasca.
No como un fenómeno exclusivamente español.
Sino como una pieza más dentro de una constelación internacional mucho más amplia.
Una constelación donde convivían movimientos separatistas europeos, guerrillas iberoamericanas, organizaciones palestinas, regímenes revolucionarios y Estados interesados en utilizar la violencia política como instrumento de influencia.
Comprender esta realidad resulta esencial.
Porque permite entender algo que durante años permaneció relativamente oculto.
ETA no sólo aprendía de otras organizaciones.
También colaboraba con ellas.
Intercambiaba experiencias.
Establecía contactos.
Recibía apoyo.
Y, en determinados momentos, recibía entrenamiento.
Precisamente ahí comienza uno de los capítulos más reveladores de toda esta historia.
El que conecta a ETA con las organizaciones palestinas.
Una relación que se prolongará durante décadas y que constituye uno de los mejores ejemplos de cómo funcionaba realmente la internacional revolucionaria.
CAPÍTULO VIII
ETA y las organizaciones palestinas: los primeros contactos

Cuando se habla de las relaciones entre ETA y diversas organizaciones palestinas suele producirse una reacción curiosa.
Muchas personas se sorprenden.
Otras creen que se trata de una exageración.
Algunas incluso imaginan que nos encontramos ante contactos ocasionales o anecdóticos.
La realidad histórica es bastante distinta.
Las relaciones existieron.
Fueron prolongadas.
Fueron relevantes.
Y deben entenderse dentro del contexto internacional que hemos descrito en el capítulo anterior.
No surgieron porque compartieran una misma nación.
Ni una misma lengua.
Ni una misma cultura.
Surgieron porque compartían una determinada visión revolucionaria del mundo.
Y porque ambas partes se consideraban integrantes de una misma lucha internacional.
El prestigio de la causa palestina

Para comprender aquellos contactos resulta imprescindible recordar el enorme prestigio político que la causa palestina alcanzó durante las décadas de 1960 y 1970.
En amplios sectores de la izquierda occidental, Palestina dejó de percibirse únicamente como un conflicto territorial o nacional.
Se convirtió en símbolo.
En bandera.
En metáfora.
En representación universal de la lucha contra el imperialismo.
Las organizaciones palestinas comenzaron a ocupar un lugar central dentro del imaginario revolucionario internacional.
Sus dirigentes eran recibidos en universidades.
Invitados a congresos.
Entrevistados por medios de comunicación.
Aplaudidos en foros políticos.
Y contemplados por muchos militantes occidentales como auténticos héroes revolucionarios.
La complejidad del conflicto desaparecía.
La realidad desaparecía.
Permanecía únicamente el símbolo.
Y el símbolo poseía una fuerza enorme.
La fascinación revolucionaria europea
Durante aquellos años, numerosos grupos revolucionarios europeos contemplaban a las organizaciones palestinas con admiración.
No sólo por razones ideológicas.
También por razones prácticas.
Los movimientos palestinos acumulaban experiencia.
Disponían de infraestructura.
Poseían campos de entrenamiento.
Manejaban armas.
Desarrollaban operaciones internacionales.
Y contaban con una red de contactos que se extendía por diversos continentes.
Para muchas organizaciones europeas, aquellas estructuras constituían una fuente extraordinariamente valiosa de conocimientos y apoyo.
ETA no fue una excepción.

La lógica de la colaboración
Existe una tendencia a imaginar las organizaciones terroristas como entidades completamente aisladas.
La realidad suele ser muy diferente.
Quien comparte enemigos suele terminar compartiendo recursos.
Quien comparte objetivos suele terminar compartiendo experiencias.
Quien comparte una visión revolucionaria del mundo suele terminar estableciendo alianzas.
La colaboración entre organizaciones armadas responde a una lógica relativamente sencilla.
Intercambio de información.
Intercambio de formación.
Intercambio de documentación.
Intercambio de refugios.
Intercambio de contactos.
La internacional revolucionaria funcionaba precisamente de esa manera.
No mediante una dirección central única.
Sino mediante una compleja red de relaciones.
El Frente Popular para la Liberación de Palestina
Dentro de ese entramado, el Frente Popular para la Liberación de Palestina desempeñó un papel especialmente relevante.
Fundado por George Habash, el FPLP combinaba nacionalismo palestino, marxismo revolucionario y una intensa actividad internacional.
Su notoriedad alcanzó dimensiones mundiales gracias a diversos secuestros de aeronaves y otras operaciones que atrajeron la atención de los medios de comunicación internacionales.
Durante años fue considerado por numerosos sectores revolucionarios occidentales como una organización emblemática.
La admiración que despertaba iba mucho más allá de Oriente Próximo.
Y alcanzaba a movimientos armados de Europa y América Latina.
La comunidad de los revolucionarios
Quizá el elemento más importante no sea la colaboración concreta.
Quizá sea la mentalidad compartida.
Porque ETA y diversas organizaciones palestinas comenzaron a reconocerse mutuamente como miembros de una misma comunidad ideológica.
Una comunidad que se percibía a sí misma como vanguardia histórica.
Como fuerza liberadora.
Como instrumento de transformación mundial.
Ésa era precisamente la gran fuerza de la internacional revolucionaria.
Su capacidad para generar identidades compartidas.
Para hacer que militantes separados por miles de kilómetros se sintieran integrantes de una misma causa.
Y cuando esa identidad aparece, las alianzas surgen casi de manera natural.
Las víctimas desaparecen
Resulta llamativo observar cómo, en muchos discursos de la época, las víctimas apenas aparecían.
La atención se dirigía constantemente hacia los combatientes.
Hacia los revolucionarios.
Hacia las organizaciones.
Hacia los dirigentes.
Mientras tanto, las personas asesinadas, secuestradas o extorsionadas quedaban relegadas a un segundo plano.
La propaganda revolucionaria posee una extraordinaria habilidad para desplazar el foco.
No habla de quienes sufren las consecuencias de la violencia.
Habla de quienes la ejercen.
Y así contribuye a construir el mito.
Una relación que no fue accidental
Por todo ello, las relaciones entre ETA y diversas organizaciones palestinas no deben contemplarse como una simple curiosidad histórica.
Constituyen una manifestación especialmente clara de un fenómeno mucho más amplio.
La existencia de una red internacional de movimientos armados que compartían ideas, recursos, contactos y legitimaciones mutuas.
Una red que alcanzó su máxima expansión durante la Guerra Fría.
Y cuyos efectos seguirían dejándose sentir durante décadas.
Yemen 1980
La mejor prueba de esa colaboración aparecería en 1980.
Cuando miembros de ETA viajaron a Yemen del Sur para recibir formación impartida por instructores vinculados al Frente Popular para la Liberación de Palestina.
Aquello ya no era afinidad ideológica.
Ya no era simpatía política.
Ya no era solidaridad retórica.
Era cooperación operativa.
Y constituye uno de los episodios más reveladores de toda esta historia.
Porque permite observar cómo funcionaba realmente la internacional revolucionaria detrás de los discursos, las consignas y la propaganda.
CAPÍTULO IX
Yemen 1980: cuando el Frente Popular para la Liberación de Palestina entrenó a ETA
La propaganda suele presentar las relaciones entre organizaciones revolucionarias como simples muestras de solidaridad política.
Intercambio de declaraciones.
Apoyos simbólicos.
Mensajes de fraternidad.
Fotografías conjuntas.
Pero, en ocasiones, la realidad va mucho más allá.
Y uno de los ejemplos más significativos lo encontramos en Yemen del Sur durante 1980.
Allí se produjo uno de los episodios mejor documentados de cooperación entre ETA y organizaciones palestinas.
Un episodio que permite comprender hasta qué punto funcionaba realmente la internacional revolucionaria.
Yemen del Sur: un laboratorio revolucionario
La República Democrática Popular de Yemen, conocida habitualmente como Yemen del Sur, ocupó durante años una posición singular dentro del mundo árabe.
Mientras numerosos países de la región mantenían sistemas tradicionales o nacionalistas, Yemen del Sur se convirtió en un Estado abiertamente marxista.
Su orientación política facilitó relaciones estrechas con la Unión Soviética, Cuba y diversos movimientos revolucionarios internacionales.
Durante los años setenta y ochenta el país desempeñó un papel que hoy apenas se recuerda.
Se convirtió en uno de los grandes centros internacionales de formación de guerrilleros.
Por sus instalaciones pasaron militantes procedentes de distintos continentes.
África.
Asia.
Europa.
América Latina.
Todos acudían atraídos por una combinación de protección política, entrenamiento militar y contactos internacionales.
La llegada de miembros de ETA
En ese contexto se produjo el desplazamiento de un grupo de miembros de ETA para recibir instrucción especializada.
No viajaban como turistas.
No participaban en seminarios académicos.
No acudían a intercambios culturales.
Acudían a recibir formación militar.
Y los instructores pertenecían al Frente Popular para la Liberación de Palestina.
La importancia del hecho resulta evidente.
No hablamos de simpatías ideológicas.
Hablamos de preparación operativa.
Hablamos de aprendizaje práctico.
Hablamos de técnicas destinadas a incrementar la eficacia de una organización armada.
Qué se enseñaba
La formación impartida en aquellos campamentos incluía materias que poco tienen que ver con los discursos románticos sobre liberación nacional.
Manejo de armamento.
Explosivos.
Tácticas de guerrilla.
Seguridad clandestina.
Técnicas de combate.
Operaciones encubiertas.
Organización de comandos.
En términos sencillos, se trataba de preparar militantes para actuar con mayor eficacia en escenarios de violencia política.
Y ello revela algo importante.
La internacional revolucionaria no era únicamente un fenómeno ideológico.
Era también una estructura práctica.
Una red de transmisión de conocimientos.
Una escuela internacional de la violencia revolucionaria.
El Frente Popular para la Liberación de Palestina como escuela internacional
El FPLP no limitaba su actividad al conflicto palestino.
Durante aquellos años ejerció una influencia considerable sobre numerosos movimientos revolucionarios extranjeros.
Su experiencia acumulada.
Su capacidad operativa.
Su prestigio dentro de determinados círculos revolucionarios.
Todo ello lo convirtió en un referente para muchas organizaciones.
La admiración que despertaba entre ciertos sectores de la izquierda internacional era enorme.
Y precisamente esa admiración contribuyó a ocultar con frecuencia aspectos menos románticos de su actividad.
Porque detrás del lenguaje de la liberación seguían existiendo atentados.
Seguían existiendo asesinatos.
Seguían existiendo secuestros.
Seguían existiendo víctimas.
Cuando las palabras sustituyen a los hechos
Éste constituye uno de los grandes temas de nuestro ensayo.
La extraordinaria capacidad de ciertas causas para modificar la percepción moral de los acontecimientos.
Un secuestro sigue siendo un secuestro.
Un asesinato sigue siendo un asesinato.
Una bomba sigue siendo una bomba.
Pero cuando quienes los ejecutan se presentan como revolucionarios, resistentes o combatientes por la libertad, una parte de la opinión pública parece contemplarlos de manera diferente.
Carlos Rangel identificó perfectamente este fenómeno.
El revolucionario adquiere una especie de privilegio moral.
Sus actos dejan de examinarse con el mismo rigor que se aplica a otros.
Y así aparece el buen revolucionario.
La figura central de todo este libro.
ETA ya no era sólo ETA
La experiencia de Yemen revela otra realidad importante.
ETA había dejado de ser una organización aislada.
Había pasado a formar parte de una comunidad internacional de movimientos armados.
Sus dirigentes observaban lo que hacían otros grupos.
Aprendían de ellos.
Establecían contactos.
Intercambiaban experiencias.
Buscaban apoyos.
Y contribuían a construir una red que trascendía ampliamente el ámbito español.
Por eso resulta imposible comprender la evolución de ETA sin analizar sus conexiones internacionales.
Y entre ellas, las palestinas ocupan un lugar destacado.
El romanticismo revolucionario frente a la realidad

Resulta llamativo comprobar cómo muchos de los admiradores occidentales de aquellos movimientos ignoraban por completo este tipo de cuestiones.
Preferían imaginar guerrilleros heroicos.
Combatientes idealistas.
Rebeldes románticos.
La realidad era mucho más prosaica.
Existían campos de entrenamiento.
Existían instructores.
Existían redes de financiación.
Existían estructuras logísticas.
Existían alianzas internacionales.
Existían intereses geopolíticos.
Y existían personas preparándose para matar con mayor eficacia.
La distancia entre la leyenda y la realidad rara vez ha sido tan grande.
El verdadero significado de Yemen
Por eso Yemen 1980 constituye mucho más que un episodio anecdótico.
Representa una ventana privilegiada para observar el funcionamiento interno de la internacional revolucionaria.
Muestra cómo organizaciones separadas por miles de kilómetros podían colaborar.
Muestra cómo se transmitían conocimientos.
Muestra cómo se construían alianzas.
Y muestra también algo especialmente importante.
Que detrás de muchas narraciones románticas sobre la liberación existía una maquinaria internacional extraordinariamente organizada.
Una maquinaria donde la violencia no era un accidente.
Era un método.
Y donde la revolución no era únicamente una esperanza.
Era también una técnica.
El siguiente paso
Pero Yemen constituye sólo una pieza del rompecabezas.
Para comprender plenamente aquella red internacional es necesario examinar a quienes la financiaban, protegían y utilizaban.
Porque las organizaciones armadas rara vez prosperan por sí solas.
Necesitan padrinos.
Necesitan refugios.
Necesitan dinero.
Necesitan Estados dispuestos a utilizarlas como instrumentos de influencia.
Y ahí aparecen nombres que acompañarán buena parte de nuestra historia:
La Unión Soviética.
Cuba.
Libia.
Nicaragua.
Y diversos regímenes que vieron en los movimientos revolucionarios una herramienta útil para sus propios objetivos estratégicos.
CAPÍTULO X
Moscú, La Habana, Trípoli y Managua: los padrinos de la revolución

Las organizaciones armadas necesitan algo más que entusiasmo ideológico.
Necesitan armas.
Necesitan dinero.
Necesitan documentación.
Necesitan refugios.
Necesitan medios de transporte.
Necesitan entrenamiento.
Necesitan contactos.
Necesitan protección.
En definitiva, necesitan una infraestructura que rara vez puede mantenerse únicamente mediante la voluntad de sus militantes.
Por eso la historia de las organizaciones revolucionarias y terroristas no puede comprenderse sin examinar el papel desempeñado por determinados Estados.
La leyenda suele presentar al guerrillero como un héroe solitario enfrentado a enormes adversarios.
La realidad muestra algo bastante distinto.
Detrás de muchas guerrillas aparecieron gobiernos, servicios de inteligencia, redes diplomáticas y estructuras internacionales que proporcionaron apoyo material y político.
La revolución romántica, tan celebrada en películas, novelas y discursos universitarios, solía disponer de patrocinadores muy concretos.
Moscú y la estrategia global soviética
Durante gran parte del siglo XX, la Unión Soviética contempló el mundo como un inmenso tablero geopolítico.
No todas las revoluciones eran dirigidas desde Moscú.
No todos los movimientos armados obedecían órdenes soviéticas.
Sería una simplificación absurda afirmarlo.
Pero también sería absurdo negar la enorme influencia que ejerció la Unión Soviética sobre numerosos movimientos revolucionarios.
El Kremlin comprendió pronto que los movimientos insurgentes podían actuar como multiplicadores de influencia.
Permitían desgastar a gobiernos adversarios.
Generaban inestabilidad.
Abrían espacios de penetración política.
Y obligaban a Occidente a dispersar recursos.
La revolución podía convertirse en una forma de guerra indirecta.
Mucho más barata que una confrontación militar abierta.
Mucho menos arriesgada.
Y potencialmente muy eficaz.
Cuba: la gran escuela revolucionaria
Si Moscú representaba el cerebro estratégico, La Habana actuaba con frecuencia como una avanzada operativa.
Pocas revoluciones ejercieron una influencia emocional tan intensa como la cubana.
Desde finales de los años cincuenta, Cuba se convirtió en un lugar de peregrinación política para miles de militantes de todo el mundo.
La revolución cubana poseía algo que la Unión Soviética ya había perdido.
Romanticismo.
Juventud.
Aventura.
Épica.
El relato resultaba irresistible.
Un pequeño grupo de guerrilleros había derrotado a un régimen apoyado por Estados Unidos.
La historia parecía salida de una novela de aventuras.
Y precisamente por eso su capacidad de seducción resultó enorme.
Durante décadas, Cuba desempeñó funciones de formación, coordinación y apoyo para movimientos revolucionarios procedentes de numerosos países.
Por sus instalaciones pasaron militantes africanos, asiáticos, europeos e iberoamericanos.
La revolución se había convertido en un producto exportable.

Libia: el mecenas imprevisible
Si Cuba aportaba prestigio revolucionario, Libia aportaba algo igualmente importante.
Dinero.
Mucho dinero.
El coronel Muamar el Gadafi aspiraba a desempeñar un papel internacional muy superior al que correspondería normalmente a su país.
Y para lograrlo utilizó una estrategia relativamente sencilla.
Apoyar movimientos armados de diversa naturaleza.
No siempre por afinidad ideológica.
No siempre por coherencia doctrinal.
A menudo por puro cálculo político.
Lo importante era aumentar la influencia libia.
Crear aliados.
Generar dependencia.
Multiplicar la capacidad de intervención.
Durante años, numerosos movimientos revolucionarios, separatistas y terroristas encontraron en Libia apoyo financiero, refugio o entrenamiento.
La lista resulta tan extensa que demuestra hasta qué punto la violencia política internacional había terminado integrándose en los juegos de poder entre Estados.
Nicaragua y el prestigio sandinista
La revolución sandinista añadió un nuevo elemento a esta ecuación.
A finales de los años setenta, el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional fue recibido con entusiasmo por amplios sectores de la izquierda internacional.
Nicaragua pasó a convertirse en otro símbolo.
Otro laboratorio político.
Otro foco de atracción para militantes revolucionarios.
La revolución parecía avanzar.
La historia parecía moverse en una dirección concreta.
Y muchos interpretaron aquellos acontecimientos como la confirmación de que el modelo guerrillero seguía siendo viable.
La realidad posterior sería bastante más compleja.
Pero durante aquellos años el prestigio internacional del sandinismo resultó indudable.
La revolución como mercado internacional
Existe una imagen especialmente útil para comprender aquella época.
La revolución funcionaba, en cierto modo, como un mercado internacional.
Un mercado peculiar.
Naturalmente.
Pero un mercado al fin y al cabo.
Se intercambiaban conocimientos.
Se intercambiaban experiencias.
Se intercambiaban contactos.
Se intercambiaban refugios.
Se intercambiaban técnicas.
Se intercambiaban armas.
Y también se intercambiaban relatos.
Porque tan importante como la ayuda material era la ayuda simbólica.
La legitimación.
El reconocimiento mutuo.
La construcción de una identidad compartida.
La fraternidad revolucionaria
Las diferencias nacionales importaban menos de lo que hoy podría parecer.
Un militante vasco podía sentirse próximo a un palestino.
Un palestino podía sentirse próximo a un guerrillero colombiano.
Un revolucionario italiano podía sentirse próximo a un sandinista.
Todos compartían una misma cosmovisión.
Todos se percibían como integrantes de una lucha universal.
Todos hablaban un lenguaje sorprendentemente parecido.
Imperialismo.
Liberación.
Pueblo.
Resistencia.
Revolución.
Opresión.
La terminología se repetía una y otra vez.
Y contribuía a reforzar una identidad común.
Los admiradores occidentales
Quizá lo más llamativo sea que muchas de estas organizaciones encontraron algunos de sus más fervientes admiradores no en las zonas donde combatían, sino en las universidades occidentales.
En periódicos occidentales.
En círculos intelectuales occidentales.
En asociaciones culturales occidentales.
Personas que jamás empuñaban un arma.
Pero que contribuían a proporcionar legitimidad moral a quienes sí las empuñaban.
La figura del compañero de viaje reaparece constantemente a lo largo del siglo XX.
El intelectual que no participa directamente en la violencia.
Pero que ayuda a justificarla.
El periodista que no coloca bombas.
Pero que minimiza sus consecuencias.
El profesor que no secuestra.
Pero que presenta a los secuestradores como luchadores por la libertad.
La revolución siempre necesitó combatientes.
Pero también necesitó narradores.
Y, en ocasiones, estos últimos resultaron aún más importantes.
El escenario en el que crece ETA
Cuando observamos a ETA dentro de este contexto internacional, muchas cuestiones adquieren una nueva dimensión.
La organización deja de parecer una anomalía española.
Deja de parecer un fenómeno exclusivamente local.
Y pasa a ocupar el lugar que realmente le corresponde.
El de una pieza dentro de una red internacional mucho más amplia.
Una red donde convergían separatismos, marxismos revolucionarios, movimientos de liberación nacional, organizaciones palestinas y diversos Estados interesados en utilizarlos.
Comprender esa realidad resulta imprescindible para entender lo que vendrá a continuación.
Porque las relaciones entre ETA y determinadas organizaciones palestinas no fueron un accidente.
Fueron una consecuencia lógica de una época.
Una época en la que miles de militantes armados repartidos por el mundo creían estar participando en una misma revolución global.
Y en la que numerosos intelectuales occidentales estaban dispuestos a creerles.
CAPÍTULO XI
ETA, el Frente Popular para la Liberación de Palestina y la construcción de una fraternidad revolucionaria

Las relaciones entre ETA y determinadas organizaciones palestinas no fueron una anomalía.
Tampoco una coincidencia.
Ni una simple suma de contactos ocasionales.
Fueron el resultado lógico de una época histórica en la que numerosos movimientos armados se contemplaban a sí mismos como integrantes de una misma lucha internacional.
Una lucha que adoptaba formas distintas según los lugares.
Pero que compartía símbolos, lenguaje, enemigos y objetivos generales.
Para comprenderlo conviene abandonar por un momento las perspectivas estrictamente nacionales.
Porque ni ETA se veía únicamente como una organización vasca ni muchas organizaciones palestinas se consideraban exclusivamente palestinas.
Ambas aspiraban a representar algo más amplio.
Algo que trascendía las fronteras.
La revolución como identidad compartida
Uno de los aspectos más llamativos de los años sesenta, setenta y ochenta fue la aparición de una auténtica cultura revolucionaria internacional.
Los movimientos armados intercambiaban documentos.
Intercambiaban experiencias.
Intercambiaban propaganda.
Intercambiaban símbolos.
Y, sobre todo, compartían una visión común de la realidad.
El mundo aparecía dividido en dos campos.
Por una parte los opresores.
Por otra los oprimidos.
Por una parte el imperialismo.
Por otra la liberación.
Por una parte los Estados.
Por otra los pueblos.
Era una visión extraordinariamente simplificada.
Pero poseía una enorme fuerza emocional.
Y permitía que militantes separados por miles de kilómetros se reconocieran mutuamente como compañeros de causa.
ETA descubre Palestina
Para numerosos sectores de ETA, Palestina se convirtió muy pronto en una referencia simbólica.
No sólo por razones estratégicas.
También por razones emocionales e ideológicas.
La causa palestina gozaba de enorme prestigio dentro de los ambientes revolucionarios internacionales.
Representaba la resistencia.
La lucha contra un enemigo considerado poderoso.
La persistencia del combate pese a la adversidad.
Y precisamente por ello ejercía una poderosa atracción.
Numerosos militantes europeos veían en las organizaciones palestinas algo parecido a una vanguardia revolucionaria internacional.
Un ejemplo a seguir.
Una escuela de combate.
Una referencia moral.
El lenguaje común
Resulta sorprendente comprobar hasta qué punto los discursos de organizaciones muy distintas terminaban pareciéndose.
Pueblo.
Liberación.
Resistencia.
Imperialismo.
Opresión.
Revolución.
Autodeterminación.
Lucha.
Las palabras reaparecen una y otra vez.
No importa si hablamos de ETA.
Del Frente Popular para la Liberación de Palestina.
De determinadas guerrillas iberoamericanas.
O de otros movimientos revolucionarios de la época.
El vocabulario es extraordinariamente similar.
Porque todos beben de una misma fuente ideológica.
Y porque el lenguaje constituye uno de los principales instrumentos de legitimación.
Quien consigue apropiarse del lenguaje de la libertad adquiere una enorme ventaja moral.
Aunque sus métodos contradigan esa libertad.
La importancia de los símbolos
Las relaciones entre organizaciones revolucionarias no se construyen únicamente mediante armas o entrenamiento.
También se construyen mediante símbolos.
Fotografías.
Encuentros.
Declaraciones conjuntas.
Mensajes de apoyo.
Visitas.
Homenajes.
La dimensión simbólica resulta esencial.
Porque permite transmitir una idea muy concreta.
La de pertenecer a una misma comunidad histórica.
La de participar en una misma lucha universal.
La de formar parte de una misma vanguardia.
Y esa sensación de fraternidad revolucionaria posee una enorme capacidad movilizadora.
El problema de la realidad
Sin embargo, toda esta construcción simbólica presenta un problema.
La realidad.
Porque mientras los discursos hablaban de liberación, seguían existiendo atentados.
Mientras se hablaba de resistencia, seguían existiendo asesinatos.
Mientras se hablaba de justicia, seguían existiendo secuestros.
Mientras se hablaba de emancipación, seguían existiendo víctimas.
Y aquí reaparece una constante que atraviesa todo este ensayo.
La extraordinaria facilidad con la que determinadas causas consiguen desplazar la atención desde los hechos hacia las intenciones.
Desde las víctimas hacia los combatientes.
Desde la realidad hacia el relato.
Los revolucionarios se reconocen entre sí
Uno de los rasgos más característicos de la internacional revolucionaria consistía precisamente en esa capacidad de reconocimiento mutuo.
Los militantes de una organización tendían a admirar a los de otra.
Los guerrilleros admiraban a los guerrilleros.
Los revolucionarios admiraban a los revolucionarios.
Los terroristas admiraban a otros terroristas cuando compartían determinadas referencias ideológicas.
Las diferencias culturales quedaban relegadas a un segundo plano.
Lo importante era la identidad revolucionaria.
Y esa identidad actuaba como una especie de pasaporte político internacional.
El prestigio de la violencia
Existe otro aspecto especialmente inquietante.
La violencia generaba prestigio.
No siempre.
No para todo el mundo.
Pero sí dentro de determinados ambientes revolucionarios.
Quien combatía adquiría autoridad.
Quien empuñaba las armas adquiría legitimidad.
Quien demostraba disposición al sacrificio adquiría reconocimiento.
La acción armada se convertía en una forma de capital político.
Y ello contribuyó enormemente a la idealización de numerosos movimientos.
Porque la violencia dejaba de contemplarse como un problema moral.
Pasaba a contemplarse como una credencial revolucionaria.
El nacimiento del mito internacional
Así fue como organizaciones muy distintas comenzaron a integrarse en una misma mitología.
La mitología de la liberación.
La mitología del resistente.
La mitología del combatiente.
La mitología del revolucionario.
Una mitología que terminaría desempeñando un papel fundamental en la construcción de simpatías internacionales.
Y que explica por qué tantos intelectuales, periodistas y activistas occidentales mostraron una indulgencia extraordinaria hacia movimientos armados que jamás habrían tolerado si hubieran actuado contra ellos mismos.
El siguiente paso: Hamás
Pero la historia no se detiene en el Frente Popular para la Liberación de Palestina.
Con el paso del tiempo aparecerán nuevos actores.
Nuevas organizaciones.
Nuevos discursos.
Y nuevas formas de presentar la violencia como instrumento de liberación.
Entre ellas destaca una organización cuya influencia marcará profundamente el conflicto de Oriente Próximo y buena parte de los debates políticos occidentales de las últimas décadas.
Hamás.
Y con ella veremos cómo muchos de los mecanismos descritos hasta ahora siguen funcionando prácticamente de la misma manera.
Cambian los nombres.
Cambian los escenarios.
Cambian las banderas.
Pero el mito del buen revolucionario continúa sorprendentemente vivo.
CAPÍTULO XII
Hamás y la persistencia del mito del buen revolucionario
Cuando se analiza la evolución de las organizaciones armadas surgidas durante la segunda mitad del siglo XX resulta fácil advertir una constante.
Los nombres cambian.
Las banderas cambian.
Los símbolos cambian.
Los discursos se adaptan a nuevas circunstancias.
Pero los mecanismos de legitimación permanecen sorprendentemente estables.
Y pocas organizaciones ilustran mejor esta continuidad que Hamás.
Porque Hamás representa una interesante paradoja.
A diferencia del Frente Popular para la Liberación de Palestina, no procede de la tradición marxista revolucionaria.
No surge del nacionalismo árabe de izquierdas.
No bebe directamente de las corrientes inspiradas por Cuba o por la Unión Soviética.
Su matriz ideológica es distinta.
Su inspiración principal procede del islamismo político.
Y, sin embargo, en amplios sectores occidentales terminará ocupando un espacio simbólico extraordinariamente parecido al que antes habían ocupado otros movimientos revolucionarios.
Cuando la ideología importa menos que la narrativa

A primera vista, el fenómeno resulta sorprendente.
Muchos de quienes admiraban a movimientos marxistas revolucionarios comparten muy pocos principios con una organización islamista.
Las diferencias doctrinales son enormes.
Las diferencias culturales son evidentes.
Las diferencias filosóficas resultan profundas.
Y, sin embargo, una parte de la opinión pública occidental termina contemplando a Hamás mediante categorías extraordinariamente parecidas a las utilizadas décadas antes para analizar otras organizaciones armadas.
La explicación resulta reveladora.
Lo decisivo no es la ideología concreta.
Lo decisivo es la narrativa.
La historia del débil enfrentado al fuerte.
La historia del resistente frente al opresor.
La historia del pueblo sometido que lucha por su liberación.
Cuando esa narrativa logra imponerse, muchos observadores dejan de examinar los medios empleados.
La causa vuelve a ocupar el centro de la escena.
El resistente sustituye al terrorista
Aquí reaparece exactamente el mecanismo descrito por Carlos Rangel.
El revolucionario adquiere una especie de inmunidad moral.
Y algo semejante ocurre cuando el terrorista logra presentarse como resistente.
Las acciones dejan de analizarse por sí mismas.
Comienzan a interpretarse a través del prisma de la causa.
La pregunta deja de ser:
—¿Qué ha ocurrido?
Y pasa a ser:
—¿Quién lo ha hecho y por qué lo ha hecho?
El resultado es una transformación profunda del juicio moral.
Lo que en unos casos se considera terrorismo, en otros se convierte en resistencia.
Lo que en unos casos provoca condena inmediata, en otros suscita explicaciones, matices y justificaciones.
La vieja tentación romántica
Resulta importante comprender que este fenómeno no nace con Hamás.
Tampoco nace con Palestina.
Ni con ETA.
Ni con las guerrillas iberoamericanas.
Viene de mucho más lejos.
Procede del viejo arquetipo que hemos venido estudiando desde el comienzo de este libro.
Robin Hood.
Curro Jiménez.
El bandolero generoso.
El guerrillero romántico.
El revolucionario heroico.
El resistente admirable.
Las figuras cambian.
La estructura emocional permanece.
Y precisamente por ello el mito continúa reproduciéndose generación tras generación.
La desaparición de las contradicciones
Todo mito necesita simplificar la realidad.
Y Hamás no constituye una excepción.
Las contradicciones desaparecen.
Las complejidades desaparecen.
Los elementos incómodos desaparecen.
La atención se concentra exclusivamente sobre aquellos aspectos que permiten reforzar la narrativa dominante.
Se produce así una reducción extraordinaria de la realidad.
Una realidad compleja queda convertida en un relato sencillo.
Y los relatos sencillos suelen resultar mucho más atractivos que los hechos complejos.
La función política de la víctima
Existe además otro elemento fundamental.
La víctima.
Toda propaganda revolucionaria necesita víctimas.
Pero no todas las víctimas reciben el mismo tratamiento.
Algunas son visibilizadas.
Otras son invisibilizadas.
Algunas ocupan titulares.
Otras desaparecen rápidamente de la conversación pública.
La selección nunca es completamente neutral.
Porque la víctima desempeña una función política.
Permite construir legitimidad.
Permite generar empatía.
Permite movilizar emociones.
Y las emociones constituyen uno de los instrumentos más poderosos de toda lucha política.
Hannah Arendt vuelve a aparecer
Es precisamente aquí donde las reflexiones de Hannah Arendt recuperan toda su actualidad.
Porque la banalización del mal no consiste únicamente en justificar atrocidades.
Consiste también en dejar de analizarlas moralmente.
En sustituir el juicio por la adhesión.
En reemplazar los hechos por las consignas.
En contemplar la realidad exclusivamente a través de categorías ideológicas.
Y cuando eso ocurre, la violencia deja de ser un problema moral.
Se convierte en una herramienta política.
El revolucionario cambia de rostro
Quizá ésta sea una de las conclusiones más importantes de nuestro recorrido.
El mito del buen revolucionario no depende de una ideología concreta.
Puede adoptar formas marxistas.
Puede adoptar formas nacionalistas.
Puede adoptar formas islamistas.
Puede adoptar formas anticolonialistas.
Puede adoptar formas muy diversas.
Lo esencial es otra cosa.
La existencia de una causa presentada como moralmente superior.
Y la disposición de una parte del público a perdonar métodos que jamás perdonaría en otras circunstancias.
Del FPLP a Hamás
Por eso existe una continuidad que va más allá de las diferencias doctrinales.
El Frente Popular para la Liberación de Palestina y Hamás son organizaciones muy distintas.
Pero ambas han ocupado, en determinados ambientes occidentales, posiciones simbólicas sorprendentemente parecidas.
Ambas han sido contempladas como expresiones de resistencia.
Ambas han sido interpretadas mediante categorías de liberación.
Ambas han encontrado defensores dispuestos a minimizar aspectos incómodos de su actuación.
Y ambas permiten observar cómo funciona el mecanismo descrito por Carlos Rangel.
El siguiente capítulo
Pero la historia no termina aquí.
Porque junto a las organizaciones armadas han surgido también estructuras políticas, mediáticas y activistas destinadas a sostener determinados relatos en el ámbito internacional.
Redes que actúan en universidades.
Redes que actúan en asociaciones.
Redes que actúan en campañas internacionales.
Redes que actúan en medios de comunicación.
Y una de las más controvertidas en los últimos años ha sido Samidoun.
Su estudio nos permitirá comprender cómo los viejos mecanismos de legitimación revolucionaria continúan adaptándose al siglo XXI.
CAPÍTULO XIII
Samidoun y las nuevas redes internacionales de legitimación

A medida que avanzaba el siglo XXI, el panorama internacional comenzó a cambiar.
Las grandes guerrillas revolucionarias del siglo XX fueron desapareciendo o perdiendo influencia.
La Guerra Fría había terminado.
La Unión Soviética había desaparecido.
Muchos movimientos armados habían sido derrotados.
Otros se habían transformado en partidos políticos.
Otros habían quedado reducidos a una sombra de lo que fueron.
Sin embargo, los mecanismos de legitimación desarrollados durante décadas no desaparecieron.
Simplemente se adaptaron.
La revolución dejó de expresarse exclusivamente mediante fusiles.
Comenzó a expresarse mediante campañas.
Redes internacionales.
Movilizaciones.
Plataformas de apoyo.
Organizaciones de solidaridad.
Activismo transnacional.
Y nuevas formas de propaganda.
Las herramientas cambiaron.
La lógica permaneció.
Del campo de entrenamiento a las redes sociales
Durante los años setenta, una organización revolucionaria necesitaba campos de entrenamiento.
Necesitaba refugios físicos.
Necesitaba estructuras clandestinas complejas.
En el siglo XXI gran parte de esa labor puede desarrollarse mediante Internet.
La propaganda circula con enorme rapidez.
Las campañas internacionales se organizan en cuestión de horas.
Las imágenes recorren el mundo en segundos.
Y las emociones se multiplican a una velocidad desconocida en épocas anteriores.
Esto no significa que la violencia haya desaparecido.
Significa que la batalla por el relato ha adquirido una importancia todavía mayor.

La importancia de la legitimación
Toda organización armada necesita legitimidad.
Incluso aquellas que afirman despreciar la opinión pública.
Porque ninguna causa prospera únicamente mediante la fuerza.
Necesita simpatizantes.
Necesita defensores.
Necesita personas dispuestas a explicar, justificar o contextualizar sus acciones.
Necesita una narrativa.
Y precisamente ahí aparecen organizaciones dedicadas a construir y difundir determinados relatos.
La evolución del activismo internacional
Una de las características más interesantes de las últimas décadas consiste en la creciente profesionalización de determinadas campañas internacionales.
Universidades.
Asociaciones.
Organizaciones no gubernamentales.
Plataformas de solidaridad.
Colectivos activistas.
Redes digitales.
Todo ello configura un ecosistema enormemente complejo.
No existe necesariamente una dirección única.
No existe necesariamente coordinación absoluta.
Pero sí pueden existir afinidades ideológicas, objetivos compartidos y marcos narrativos comunes.
Y precisamente por ello determinadas organizaciones adquieren una relevancia mucho mayor que la que sugeriría su tamaño formal.
La construcción del relato
La batalla principal ya no consiste únicamente en controlar territorios.
Consiste en controlar interpretaciones.
La pregunta fundamental deja de ser:
—¿Qué ha ocurrido?
Y pasa a convertirse en:
—¿Cómo será interpretado lo ocurrido?
La diferencia es enorme.
Porque quien controla la interpretación condiciona la reacción emocional del público.
Y quien condiciona la emoción condiciona también la política.
La historia contemporánea ofrece innumerables ejemplos de esta realidad.
El lenguaje como arma
George Orwell comprendió perfectamente la importancia del lenguaje.
También la comprendieron los grandes movimientos revolucionarios del siglo XX.
Y también la comprenden numerosos activistas contemporáneos.
Las palabras nunca son neutrales.
Resistencia.
Liberación.
Solidaridad.
Colonialismo.
Imperialismo.
Represión.
Genocidio.
Apartheid.
Cada término transporta una carga emocional específica.
Cada término orienta la percepción del lector o del espectador.
Y precisamente por eso la lucha por el vocabulario resulta tan intensa.
Quien consigue imponer las palabras suele obtener una ventaja considerable.
La continuidad histórica
Uno de los objetivos de este libro consiste precisamente en mostrar una continuidad que a menudo pasa desapercibida.
No porque todas las organizaciones sean iguales.
No porque todas las situaciones sean idénticas.
No porque todas las causas puedan reducirse a una misma explicación.
Sino porque determinados mecanismos de legitimación reaparecen constantemente.
La idealización del rebelde.
La romantización de la violencia.
La construcción del mártir.
La desaparición de las víctimas incómodas.
La sustitución de los hechos por los relatos.
La superioridad moral automática concedida a determinadas causas.
Todo ello aparece una y otra vez.
Desde Robin Hood hasta nuestros días.
El nuevo escenario
Las redes sociales han acelerado enormemente estos procesos.
La emoción circula más deprisa que la reflexión.
Las imágenes impactantes se difunden más rápido que los análisis complejos.
La indignación se propaga con facilidad.
La verificación requiere tiempo.
Y la política contemporánea se desarrolla cada vez más en ese terreno emocional.
Por eso comprender los mecanismos de construcción del relato resulta hoy más importante que nunca.
De las consignas a las flotillas
Las campañas internacionales adoptan formas diversas.
Manifestaciones.
Conferencias.
Boicots.
Declaraciones.
Acciones simbólicas.
Convoyes.
Flotillas.
Todas ellas persiguen objetivos políticos concretos.
Pero también persiguen algo más.
Construir imágenes.
Generar emociones.
Producir relatos.
Y precisamente por ello determinadas iniciativas alcanzan una repercusión muy superior a su importancia material.
El retorno del mito
Al final, siempre regresamos al mismo punto.
El mito.
El rebelde.
El resistente.
El combatiente.
El supuesto libertador.
La historia cambia de escenario.
Pero la estructura narrativa permanece.
Y por eso resulta tan importante examinar críticamente cada nuevo episodio.
No para negar la complejidad de los conflictos.
No para ignorar los sufrimientos reales.
Sino para evitar que las consignas sustituyan nuevamente a los hechos.
Hacia la flotilla Sumud
Y es precisamente en este contexto donde debemos situar la denominada flotilla Sumud.
No como un acontecimiento aislado.
No como una simple operación marítima.
Sino como parte de una tradición política, propagandística y simbólica mucho más amplia.
Una tradición que conecta con décadas de activismo internacional.
Con la construcción de relatos.
Con la movilización emocional.
Y con la persistencia de un fenómeno que atraviesa todo este libro:
la extraordinaria facilidad con la que una parte de Occidente continúa transformando determinadas causas en categorías morales inmunes a la crítica.
CAPÍTULO XIV
La flotilla Sumud y la persistencia del mito del resistente heroico

A primera vista, la denominada flotilla Sumud podría parecer un episodio relativamente menor dentro de la inmensidad de los conflictos internacionales contemporáneos.
Unos barcos.
Unos activistas.
Una campaña mediática.
Un enfrentamiento político.
Y una enorme repercusión informativa.
Sin embargo, observada desde la perspectiva que hemos desarrollado a lo largo de este ensayo, la cuestión adquiere una dimensión mucho más amplia.
Porque la flotilla Sumud no constituye únicamente una iniciativa concreta.
Representa también la continuidad de una tradición política y simbólica que lleva décadas reproduciendo los mismos mecanismos narrativos.
La fuerza de los símbolos
Las campañas de este tipo rara vez se diseñan pensando exclusivamente en sus efectos materiales.
Su importancia principal suele encontrarse en el terreno simbólico.
Un barco posee una enorme capacidad visual.
Una interceptación marítima produce imágenes poderosas.
Una confrontación en alta mar genera titulares.
Y los titulares generan emociones.
En política, las emociones suelen resultar más eficaces que los argumentos.
Por eso la dimensión propagandística resulta inseparable de este tipo de iniciativas.
No porque toda acción sea necesariamente propaganda.
Sino porque toda acción pública de gran repercusión termina convirtiéndose también en un acontecimiento comunicativo.
El resistente vuelve a aparecer
Y aquí reaparece el viejo arquetipo.
El resistente.
El hombre o la mujer que desafía una autoridad considerada injusta.
El individuo dispuesto a asumir riesgos en nombre de una causa superior.
El esquema narrativo resulta inmediatamente reconocible.
Robin Hood.
Curro Jiménez.
El guerrillero romántico.
El revolucionario heroico.
El combatiente de la resistencia.
El activista internacional.
La estructura emocional permanece prácticamente intacta.
Y precisamente por ello conserva una capacidad de movilización extraordinaria.
El problema de las simplificaciones
La dificultad aparece cuando la complejidad desaparece.
Cuando un conflicto extremadamente complicado se reduce a una historia de buenos y malos.
Cuando las responsabilidades múltiples desaparecen.
Cuando los hechos incómodos se silencian.
Cuando determinadas víctimas reciben atención constante y otras apenas son mencionadas.
Toda propaganda necesita simplificar.
Y cuanto más poderosa resulta una imagen, más intensa suele ser la simplificación.
La selección de las víctimas
Uno de los fenómenos más reveladores de la política contemporánea consiste en observar qué víctimas reciben atención y cuáles permanecen en la sombra.
La selección nunca es completamente inocente.
Existen víctimas mediáticas.
Y existen víctimas invisibles.
Existen sufrimientos ampliamente difundidos.
Y existen sufrimientos prácticamente ignorados.
El fenómeno no afecta únicamente a Oriente Próximo.
Puede observarse en numerosos conflictos internacionales.
Pero en este caso resulta especialmente visible.
Porque la intensidad emocional del conflicto favorece constantemente la construcción de relatos simplificados.
Hannah Arendt y la desaparición del juicio
Volvemos una vez más a Hannah Arendt.
Porque su advertencia conserva plena vigencia.
El peligro aparece cuando dejamos de analizar.
Cuando dejamos de juzgar.
Cuando sustituimos la reflexión por la adhesión emocional.
Cuando la pertenencia a una causa se vuelve más importante que la búsqueda de la verdad.
En ese momento la política deja de ser un ejercicio de comprensión.
Se convierte en un acto de fe.
Y las sociedades guiadas por la fe política suelen cometer errores extremadamente graves.
La revolución de las emociones
Las redes sociales han acelerado enormemente este fenómeno.
Las imágenes circulan más deprisa que los hechos.
Las emociones circulan más deprisa que las explicaciones.
La indignación circula más deprisa que la comprobación.
Y los relatos simples circulan mucho más deprisa que las realidades complejas.
Por ello, iniciativas como la flotilla Sumud adquieren una importancia que trasciende ampliamente su dimensión material.
Se convierten en símbolos.
Y los símbolos poseen una fuerza política enorme.
Los nuevos compañeros de viaje
Existe además una continuidad histórica particularmente interesante.
Las organizaciones armadas del siglo XX necesitaban compañeros de viaje.
Intelectuales.
Periodistas.
Profesores.
Artistas.
Políticos.
Personas capaces de proporcionar legitimidad moral.
Hoy continúan existiendo figuras equivalentes.
Cambian los formatos.
Cambian los canales de comunicación.
Cambian las herramientas.
Pero la función permanece.
Explicar.
Justificar.
Contextualizar.
Interpretar.
Orientar emocionalmente al público.
La revolución tecnológica ha transformado los instrumentos.
No ha eliminado la necesidad de legitimación.
El regreso del buen revolucionario

Y así llegamos nuevamente a Carlos Rangel.
Porque el fenómeno que describió hace medio siglo continúa plenamente vigente.
El buen revolucionario sigue entre nosotros.
A veces aparece con uniforme guerrillero.
A veces con una kufiya palestina.
A veces con una camiseta del Che.
A veces con una pancarta.
A veces con un perfil en redes sociales.
Pero el mecanismo psicológico sigue siendo esencialmente el mismo.
La causa proporciona una especie de blindaje moral.
Y ese blindaje hace que muchas personas examinen los hechos con criterios distintos según quién los protagonice.
Lo que realmente estamos estudiando
Llegados a este punto conviene recordar algo fundamental.
Este libro no trata realmente de la flotilla Sumud.
Tampoco trata únicamente de ETA.
Ni del Frente Popular para la Liberación de Palestina.
Ni de Hamás.
Ni de los maquis.
Ni siquiera del Che Guevara.
Todos ellos son ejemplos.
Manifestaciones concretas.
Casos particulares.
El verdadero objeto de estudio es otro.
La tendencia recurrente de las sociedades occidentales a idealizar determinadas formas de rebeldía.
A transformar determinados delincuentes en héroes.
A convertir determinados terroristas en resistentes.
Y a contemplar determinadas causas como si estuvieran por encima del juicio moral ordinario.
Ésa es la cuestión central.
Y es precisamente ella la que nos conduce hacia el último tramo de nuestro recorrido.
Porque todavía queda una pregunta por responder.
Quizá la más incómoda de todas.
¿Por qué tantos intelectuales, periodistas, profesores y dirigentes políticos occidentales han mostrado históricamente una indulgencia tan extraordinaria hacia movimientos y organizaciones que jamás habrían tolerado si hubieran actuado contra ellos mismos?
CAPÍTULO XV
Intelectuales, periodistas, profesores y la fascinación por los nuevos libertadores

Si existe una cuestión verdaderamente incómoda en toda esta historia, es la siguiente:
¿Por qué tantos intelectuales, periodistas, profesores universitarios, escritores, artistas y dirigentes políticos han mostrado históricamente una indulgencia tan extraordinaria hacia individuos y organizaciones que recurren a la violencia política?
La pregunta resulta incómoda porque obliga a mirar más allá de los terroristas.
Más allá de los guerrilleros.
Más allá de los revolucionarios.
Y dirigir la atención hacia quienes los justifican.
Porque ningún mito se construye solo.
Todo héroe necesita narradores.
Todo revolucionario necesita admiradores.
Todo movimiento armado necesita legitimadores.
Y la historia contemporánea está llena de ellos.
El prestigio cultural de la rebeldía
Durante buena parte del siglo XX, la rebeldía adquirió un enorme prestigio cultural.
El inconformista era admirado.
El revolucionario era admirado.
El insurgente era admirado.
El hombre que se enfrentaba al orden establecido era admirado.
A menudo antes incluso de conocer exactamente qué defendía.
La rebeldía se convirtió en una virtud en sí misma.
Y cuando una actitud se transforma en virtud automática, el pensamiento crítico comienza a desaparecer.
Porque la pregunta deja de ser:
—¿Tiene razón?
Y pasa a ser:
—¿Contra quién se rebela?
La diferencia parece pequeña.
En realidad es enorme.
El revolucionario de salón
La historia del siglo XX produjo una figura especialmente curiosa.
El revolucionario de salón.
El hombre que admira la revolución desde una cómoda distancia.
Que celebra las guerrillas desde una universidad.
Que justifica la violencia desde un periódico.
Que exalta la lucha armada desde una cafetería.
Que aplaude las revoluciones que padecen otros.
Pero que jamás aceptaría sufrir personalmente sus consecuencias.
Es una figura recurrente.
Y extraordinariamente influyente.
Porque rara vez empuña un arma.
Pero con frecuencia proporciona legitimidad a quienes sí la empuñan.
La cómoda distancia moral
Existe una diferencia enorme entre vivir una revolución y contemplarla desde lejos.
Quienes padecen directamente las guerras civiles, los movimientos armados y los regímenes revolucionarios suelen desarrollar una visión mucho más prudente.
Los refugiados cubanos.
Los exiliados venezolanos.
Los supervivientes de los totalitarismos europeos.
Las víctimas del terrorismo.
Los secuestrados.
Los extorsionados.
Los perseguidos.
Todos ellos suelen contemplar estas cuestiones con bastante menos romanticismo.
Porque conocen el precio real de las consignas.
Mientras tanto, quienes observan desde la distancia pueden permitirse el lujo de idealizar.
Y la distancia favorece enormemente la construcción de mitos.
El poder de las palabras
Los intelectuales rara vez colocan bombas.
Pero influyen decisivamente en cómo son percibidas.
Un asesinato puede presentarse como asesinato.
O puede presentarse como acción armada.
Una extorsión puede presentarse como extorsión.
O puede presentarse como impuesto revolucionario.
Un secuestro puede presentarse como secuestro.
O puede presentarse como medida de presión política.
Las palabras importan.
Importan muchísimo.
Porque condicionan la percepción moral de los hechos.
Y precisamente por ello el lenguaje constituye uno de los principales campos de batalla de toda propaganda.
ETA y los fabricantes de respetabilidad
ETA jamás habría alcanzado la influencia que tuvo si hubiese dependido exclusivamente de las armas.
Necesitó algo más.
Necesitó respetabilidad.
Necesitó periodistas dispuestos a suavizar determinados aspectos de su actuación.
Necesitó profesores dispuestos a presentar la organización como consecuencia inevitable de circunstancias históricas.
Necesitó políticos dispuestos a justificarla indirectamente.
Necesitó escritores capaces de envolverla en una cierta épica.
Necesitó artistas que transformaran a determinados militantes en símbolos.
La organización terrorista actuaba.
Otros se encargaban de interpretar sus actos.
Y esa interpretación resultó decisiva.
El caso palestino
Algo parecido ocurrió con diversas organizaciones palestinas.
Durante décadas, numerosos intelectuales occidentales contemplaron la cuestión palestina mediante esquemas extraordinariamente simplificados.
El conflicto quedó reducido a una narración moral.
Los buenos.
Los malos.
Los oprimidos.
Los opresores.
La complejidad histórica desaparecía.
Las contradicciones desaparecían.
Los matices desaparecían.
Y cuando desaparecen los matices, la propaganda encuentra terreno fértil.
Del análisis a la adhesión
La función del intelectual debería consistir en analizar.
No en adherirse.
Comprender.
No repetir consignas.
Examinar críticamente todas las partes implicadas.
No convertirse en propagandista de una de ellas.
Sin embargo, la historia demuestra que numerosos intelectuales han preferido desempeñar un papel distinto.
El de sacerdotes laicos de determinadas causas.
El de guardianes de determinadas ortodoxias.
El de legitimadores de determinadas violencias.
Y cuando eso ocurre, el pensamiento deja paso a la militancia.
El prestigio del oprimido

Existe además otro fenómeno especialmente relevante.
La tendencia a atribuir automáticamente superioridad moral a quien aparece como víctima.
Naturalmente las víctimas merecen protección.
Naturalmente merecen solidaridad.
Naturalmente merecen justicia.
Pero no toda víctima tiene razón en todo.
Ni toda situación de sufrimiento convierte automáticamente en legítimos los medios empleados para combatirla.
Sin embargo, una parte considerable del discurso político contemporáneo parece olvidar esta distinción.
Y ahí vuelve a aparecer el mito.
Porque la víctima puede transformarse fácilmente en héroe.
Y el héroe puede transformarse fácilmente en alguien situado por encima de la crítica.
Del buen salvaje al buen revolucionario
Carlos Rangel identificó con extraordinaria lucidez este proceso.
El buen salvaje de Rousseau había evolucionado.
Había cambiado de apariencia.
Había cambiado de lenguaje.
Había cambiado de escenario.
Pero seguía vivo.
Ahora aparecía como revolucionario.
Como guerrillero.
Como insurgente.
Como resistente.
Como activista.
Como combatiente por la liberación.
Y muchos intelectuales continuaban otorgándole el mismo privilegio moral automático.
La gran responsabilidad
Quizá por ello la responsabilidad de quienes moldean la opinión pública resulta tan importante.
Porque las organizaciones armadas pueden causar daños enormes.
Pero quienes las legitiman pueden contribuir a prolongar esos daños durante generaciones.
Las balas matan.
Las bombas matan.
Pero las ideas también pueden matar cuando convierten la violencia en virtud.
Y pocas lecciones resultan tan necesarias como ésta en una época dominada por la propaganda instantánea y la emoción permanente.
El siguiente paso
Sin embargo, aún queda una cuestión especialmente delicada.
Porque la fascinación por los revolucionarios no se limita a individuos concretos.
Ha terminado impregnando amplios sectores culturales y políticos que se autodefinen como progresistas.
¿Cómo se explica esa atracción?
¿Por qué movimientos que afirman defender la libertad, la tolerancia y los derechos humanos muestran con frecuencia tanta indulgencia hacia organizaciones profundamente autoritarias cuando éstas se presentan como movimientos de liberación?
Esa pregunta nos conduce al núcleo mismo de nuestro ensayo.
Y será el objeto del próximo capítulo.
CAPÍTULO XVI
La fascinación progresista por los liberticidas: cuando la causa importa más que la libertad

Llegamos quizá al punto más delicado de todo este ensayo.
Porque resulta relativamente sencillo analizar a los terroristas.
Resulta relativamente sencillo estudiar a los revolucionarios.
Resulta relativamente sencillo examinar a quienes empuñan las armas.
Mucho más difícil resulta comprender a quienes los justifican.
A quienes los disculpan.
A quienes minimizan sus crímenes.
A quienes encuentran siempre una explicación para sus excesos.
Y, sin embargo, sin ellos la historia del terrorismo revolucionario sería incomprensible.
Porque ningún movimiento armado prospera únicamente gracias a las armas.
Necesita legitimación.
Necesita simpatía.
Necesita comprensión.
Necesita admiradores.
Necesita compañeros de viaje.
Y buena parte de esos compañeros han surgido históricamente de ambientes que se autodefinen como progresistas.
Una paradoja extraordinaria
La paradoja resulta evidente.
Muchos de quienes afirman defender la libertad de expresión muestran indulgencia hacia movimientos que la suprimen.
Muchos de quienes afirman defender los derechos humanos muestran comprensión hacia organizaciones que los vulneran sistemáticamente.
Muchos de quienes afirman defender la igualdad justifican regímenes profundamente jerárquicos.
Muchos de quienes afirman defender la tolerancia simpatizan con movimientos abiertamente intolerantes.
La contradicción parece evidente.
Y, sin embargo, se repite una y otra vez.
Desde la Revolución Rusa hasta nuestros días.
Desde Cuba hasta Nicaragua.
Desde determinadas guerrillas iberoamericanas hasta diversas organizaciones palestinas.
Desde ETA hasta numerosos movimientos contemporáneos.
Cuando la libertad deja de ser lo importante
La explicación no resulta sencilla.
Pero una parte importante reside en un desplazamiento del centro moral.
La libertad deja de ser el criterio principal.
Lo importante pasa a ser la causa.
La identidad.
La lucha.
La resistencia.
La emancipación.
La revolución.
Y cuando eso ocurre, la libertad puede quedar relegada a un segundo plano.
Si la causa es suficientemente noble, las restricciones parecen aceptables.
Si el objetivo es suficientemente elevado, los abusos parecen disculpables.
Si la revolución promete el paraíso, las víctimas presentes parecen menos importantes.
La lógica resulta peligrosa.
Y la historia demuestra hasta qué punto puede llegar a ser destructiva.
Delincuentes, sí; pero nuestros delincuentes

Existe una observación atribuida a diversos analistas políticos que resume perfectamente este fenómeno.
No se trata de que determinadas personas aprueben la violencia.
Se trata de que aprueban «su» violencia.
No se trata de que acepten el terrorismo.
Se trata de que aceptan el terrorismo cuando creen que sirve a una causa que consideran justa.
El mismo acto recibe valoraciones completamente distintas según quién lo cometa.
La misma bomba.
El mismo secuestro.
La misma extorsión.
El mismo asesinato.
Pueden ser descritos como barbarie o como resistencia.
Como crimen o como lucha.
Como terrorismo o como liberación.
Todo depende de quién apriete el detonador.
Y ésa es precisamente una de las patologías morales más características de nuestro tiempo.
Hannah Arendt vuelve a tener razón
Aquí reaparece nuevamente Hannah Arendt.
Porque el problema no consiste únicamente en la existencia de fanáticos.
El problema aparece cuando personas inteligentes dejan de aplicar criterios morales universales.
Cuando empiezan a juzgar los actos según la identidad del autor.
Cuando abandonan los principios para abrazar bandos.
Cuando dejan de pensar y comienzan simplemente a tomar partido.
La banalización del mal no consiste únicamente en justificar atrocidades.
Consiste también en renunciar a medirlas con el mismo rasero.
Y eso ocurre constantemente.
El espejismo del oprimido virtuoso
Otro de los elementos fundamentales de esta fascinación consiste en la creencia de que quien aparece como oprimido posee automáticamente superioridad moral.
La idea resulta comprensible.
La compasión hacia quien sufre es una reacción humana normal.
Pero convertir el sufrimiento en garantía de virtud constituye un error enorme.
Las víctimas pueden comportarse noblemente.
O pueden comportarse de manera miserable.
Los pueblos oprimidos pueden defender la libertad.
O pueden aspirar a instaurar nuevas opresiones.
Los perseguidos pueden convertirse en perseguidores.
La historia ofrece innumerables ejemplos.
Y precisamente por eso los actos deben analizarse por sí mismos.
No por la identidad de quienes los realizan.
El regreso del buen salvaje
Carlos Rangel comprendió este fenómeno mejor que casi nadie.
El viejo buen salvaje de Rousseau reaparece constantemente.
A veces bajo la forma del indígena idealizado.
A veces bajo la forma del guerrillero.
A veces bajo la forma del revolucionario.
A veces bajo la forma del activista.
A veces bajo la forma del resistente.
La figura cambia.
La estructura psicológica permanece.
Siempre aparece alguien situado fuera del sistema.
Y automáticamente se le atribuye una superioridad moral que no necesita demostrar.
Ésa es la esencia del mito.
Del Che a Hamás
Por eso resulta posible que personas que jamás aceptarían vivir bajo determinados regímenes admiren a quienes luchan para instaurarlos.
La coherencia doctrinal deja de ser importante.
Lo importante es la narrativa.
El rebelde.
El resistente.
El combatiente.
El hombre que desafía al poder.
Y así se produce una curiosa inversión moral.
La libertad concreta pasa a segundo plano.
La causa abstracta ocupa el primero.
El siglo de las ilusiones

Buena parte de la historia política contemporánea puede interpretarse como una sucesión de ilusiones de este tipo.
La ilusión soviética.
La ilusión maoísta.
La ilusión castrista.
La ilusión sandinista.
La ilusión del Che.
La ilusión guerrillera.
La ilusión de determinados movimientos de liberación nacional.
Todas comparten un elemento común.
La tendencia a contemplar la realidad no como es, sino como se desea que sea.
Y cuando el deseo sustituye al análisis, los errores se multiplican.
El precio de las ilusiones
El problema es que las ilusiones políticas rara vez pagan sus propios costes.
Los pagan otros.
Los pagan quienes son encarcelados.
Los pagan quienes son asesinados.
Los pagan quienes son extorsionados.
Los pagan quienes deben exiliarse.
Los pagan quienes pierden su libertad.
Los pagan quienes sufren las consecuencias reales de las ideas convertidas en dogmas.
Por eso conviene examinar críticamente los mitos políticos.
Porque los mitos resultan seductores.
Pero las víctimas son reales.
Y las víctimas siempre terminan apareciendo cuando las sociedades dejan de distinguir entre la causa y la moral.
El siguiente capítulo
Y precisamente aquí surge una cuestión inevitable.
Si tantos intelectuales, periodistas y activistas han contribuido a construir estos relatos, ¿qué papel han desempeñado las universidades, los medios de comunicación, determinadas organizaciones culturales y buena parte de la industria simbólica contemporánea en la difusión de estos mitos?
La respuesta nos conducirá al corazón de la maquinaria de legitimación moderna.
CAPÍTULO XVII
Universidades, medios de comunicación y la fabricación contemporánea de mitos políticos

Toda sociedad produce mitos.
La cuestión no es si existen.
La cuestión es quién los fabrica, cómo se difunden y con qué finalidad.
Durante siglos esa función correspondió principalmente a la religión, la literatura y la tradición oral.
Posteriormente se incorporaron los periódicos.
Después la radio.
Después el cine.
Después la televisión.
Y hoy las redes sociales.
Pero el mecanismo esencial apenas ha cambiado.
Determinadas instituciones seleccionan héroes.
Determinan villanos.
Construyen relatos.
Y terminan influyendo profundamente en la forma en que millones de personas interpretan la realidad.
El poder de definir la realidad
Una de las formas más eficaces de ejercer poder consiste en decidir cómo deben nombrarse las cosas.
No es igual hablar de terroristas que de resistentes.
No es igual hablar de secuestro que de retención.
No es igual hablar de asesinato que de acción armada.
No es igual hablar de chantaje que de presión política.
Las palabras crean marcos mentales.
Y los marcos mentales condicionan los juicios morales.
Por eso el lenguaje se convierte en uno de los principales campos de batalla políticos.
George Orwell comprendió perfectamente este fenómeno.
Y precisamente por eso dedicó buena parte de su obra a denunciar la corrupción deliberada del lenguaje.
La universidad como fábrica de interpretaciones
La misión fundamental de la universidad debería consistir en buscar la verdad.
O, al menos, aproximarse a ella mediante el análisis riguroso, el contraste de ideas y la discusión racional.
Pero las universidades están compuestas por seres humanos.
Y los seres humanos poseen ideologías, simpatías, prejuicios y preferencias.
Durante buena parte del siglo XX, numerosos ambientes universitarios occidentales desarrollaron una intensa fascinación por los movimientos revolucionarios.
La revolución cubana.
El maoísmo.
El sandinismo.
Las guerrillas iberoamericanas.
Los movimientos palestinos.
Diversas organizaciones separatistas.
Todo ello fue objeto de admiración en sectores académicos muy influyentes.
No siempre.
No en todas partes.
No de forma unánime.
Pero sí con una intensidad suficiente para dejar una huella profunda.
El prestigio de la oposición
Existe además un fenómeno sociológico especialmente interesante.
En determinados ambientes intelectuales, la oposición al poder establecido se convirtió en una fuente de prestigio.
Cuanto más radical resultaba la crítica, mayor parecía la autoridad moral.
Cuanto más intensa resultaba la rebeldía, mayor parecía el reconocimiento.
Y ello favoreció la aparición de una curiosa inversión de valores.
La condición de opositor comenzó a ser considerada una virtud en sí misma.
Con independencia de aquello que realmente defendiera el opositor.
Los medios de comunicación y la simplificación de la realidad

Los medios de comunicación afrontan una dificultad permanente.
La realidad es compleja.
Las noticias exigen simplificación.
Y toda simplificación implica una selección.
Se seleccionan hechos.
Se seleccionan imágenes.
Se seleccionan testimonios.
Se seleccionan palabras.
Se seleccionan enfoques.
Nada de ello implica necesariamente manipulación.
Pero sí implica construcción de relatos.
Y cuanto más complejo es un conflicto, mayor resulta el riesgo de que la simplificación termine sustituyendo a la comprensión.
El héroe y el villano
La estructura narrativa más sencilla del mundo sigue siendo extraordinariamente eficaz.
Un héroe.
Un villano.
Un conflicto.
Un desenlace.
La literatura la utiliza.
El cine la utiliza.
La propaganda la utiliza.
Y los medios de comunicación tampoco son inmunes a esa tentación.
El problema aparece cuando conflictos históricos extraordinariamente complejos son reducidos a ese esquema elemental.
Porque entonces desaparecen los matices.
Desaparecen las contradicciones.
Desaparecen los hechos incómodos.
Y sólo permanecen los personajes.
La industria simbólica
Existe una expresión que ayuda a comprender este fenómeno.
Industria simbólica.
Películas.
Series.
Documentales.
Novelas.
Canciones.
Obras teatrales.
Exposiciones.
Artículos.
Reportajes.
Todo ello contribuye a construir imágenes colectivas.
Y esas imágenes suelen resultar mucho más influyentes que los estudios académicos.
Millones de personas conocen al Che Guevara por una fotografía.
No por sus escritos.
Millones conocen a determinados movimientos armados por películas o documentales.
No por investigaciones históricas rigurosas.
Y eso otorga a la industria simbólica un poder enorme.
La desaparición de los hechos incómodos
Todo mito necesita olvidar algo.
Todo mito necesita simplificar.
Todo mito necesita seleccionar.
Los hechos incómodos suelen desaparecer.
Las víctimas incómodas suelen desaparecer.
Las contradicciones incómodas suelen desaparecer.
Y precisamente por eso los mitos resultan tan eficaces.
Porque ofrecen explicaciones sencillas.
Porque eliminan la complejidad.
Porque sustituyen la realidad por una historia emocionalmente satisfactoria.
El caso de los terrorismos selectivamente recordados

Existe además un fenómeno particularmente revelador.
No todos los terrorismos reciben el mismo tratamiento cultural.
Algunos son recordados constantemente.
Otros son olvidados rápidamente.
Algunos son objeto de condena unánime.
Otros son analizados mediante una interminable sucesión de explicaciones y matices.
La diferencia rara vez depende exclusivamente de los hechos.
Depende también del marco ideológico desde el que esos hechos son observados.
Y ésa constituye una de las grandes lecciones de nuestro tiempo.
El nuevo clero secular
Las religiones tradicionales poseían sacerdotes encargados de interpretar la realidad.
Las sociedades contemporáneas poseen figuras equivalentes.
Comentaristas.
Analistas.
Influenciadores.
Profesores.
Expertos.
Periodistas.
Activistas.
No forman una organización única.
No obedecen necesariamente a una dirección común.
Pero participan en la construcción de interpretaciones colectivas.
Y esas interpretaciones condicionan profundamente la percepción pública.
La batalla por la memoria
Al final, toda lucha política termina siendo también una lucha por la memoria.
¿Quién será recordado como héroe?
¿Quién será recordado como víctima?
¿Quién será recordado como verdugo?
¿Quién será olvidado?
Las respuestas a esas preguntas condicionan generaciones enteras.
Y precisamente por eso la construcción de la memoria resulta tan importante.
Porque quien controla el pasado influye sobre el presente.
Y quien influye sobre el presente condiciona el futuro.
El siguiente paso
Llegados a este punto ya estamos en condiciones de abordar una cuestión especialmente delicada.
La existencia de un doble rasero moral que parece repetirse constantemente cuando se analizan movimientos revolucionarios, organizaciones terroristas y causas políticas consideradas progresistas.
¿Por qué determinadas violencias son condenadas de forma inmediata mientras otras son contextualizadas, explicadas o incluso justificadas?
¿Por qué algunos verdugos son presentados como monstruos y otros como resistentes?
¿Por qué algunas víctimas ocupan portadas y otras desaparecen del relato?
Ésa será la cuestión central del próximo capítulo.
Y quizá la más incómoda de todas.
CAPÍTULO XVIII
El doble rasero moral: por qué unos terroristas son monstruos y otros resistentes

Si hubiera que resumir en una sola idea buena parte de lo expuesto hasta ahora, probablemente sería ésta:
La violencia no suele ser juzgada únicamente por lo que es.
Suele ser juzgada también por quién la ejerce.
Y ahí aparece uno de los fenómenos más perturbadores de la política contemporánea.
El doble rasero moral.
Un fenómeno tan frecuente que muchas veces pasa inadvertido.
Tan habitual que acaba pareciendo normal.
Tan extendido que incluso personas inteligentes terminan aceptándolo sin apenas cuestionarlo.
La misma acción, distinto juicio
Imaginemos un atentado.
Mueren civiles.
Resultan heridas decenas de personas.
El objetivo es generar miedo para alcanzar fines políticos.
La definición resulta sencilla.
Terrorismo.
Ahora eliminemos el nombre de los autores.
No indiquemos quién ha colocado la bomba.
No indiquemos qué bandera utilizan.
No indiquemos qué ideología profesan.
La mayoría de las personas condenaría inmediatamente el acto.
Pero la situación cambia en cuanto aparece la identidad del autor.
Y entonces comienzan los matices.
Las explicaciones.
Las contextualizaciones.
Las excusas.
Las justificaciones indirectas.
Las referencias históricas.
Los agravios acumulados.
Las circunstancias particulares.
La violencia sigue siendo la misma.
Pero el juicio cambia.
El terrorismo bueno y el terrorismo malo
Naturalmente, casi nadie utiliza esas expresiones.
Serían demasiado explícitas.
Sin embargo, en la práctica, el fenómeno existe.
Hay terrorismos que reciben condenas inmediatas y unánimes.
Y hay terrorismos que generan interminables debates sobre sus causas profundas.
Hay atentados que son analizados exclusivamente desde la perspectiva de las víctimas.
Y hay atentados que son analizados principalmente desde la perspectiva de los verdugos.
Hay asesinos cuya biografía carece de interés.
Y otros cuya biografía parece explicar o incluso atenuar sus crímenes.
La diferencia resulta reveladora.
Porque demuestra que muchas veces no estamos juzgando los hechos.
Estamos juzgando identidades.
La trampa de las causas nobles
Toda causa política se presenta a sí misma como noble.
Todas.
Sin excepción.
Ningún movimiento proclama abiertamente:
«Queremos asesinar inocentes.»
«Queremos destruir libertades.»
«Queremos sembrar el terror.»
Las organizaciones armadas siempre utilizan un lenguaje mucho más atractivo.
Liberación.
Justicia.
Resistencia.
Revolución.
Emancipación.
Independencia.
Autodeterminación.
Pueblo.
Dignidad.
Las palabras cambian.
La función permanece.
Y precisamente por ello resulta tan importante juzgar los actos antes que los lemas.
Porque si aceptamos que una causa noble justifica determinados medios, terminaremos justificando prácticamente cualquier cosa.
Las víctimas de primera y de segunda
Existe otro fenómeno especialmente inquietante.
La existencia de víctimas de primera categoría y víctimas de segunda categoría.
No oficialmente.
No de manera explícita.
Pero sí en la práctica.
Algunas reciben homenajes permanentes.
Otras desaparecen rápidamente de la memoria colectiva.
Algunas generan movilizaciones masivas.
Otras apenas provocan reacción.
Algunas son recordadas durante décadas.
Otras son olvidadas en cuestión de días.
Y la diferencia no suele depender únicamente de la magnitud del sufrimiento.
Depende también del encaje político de la víctima dentro del relato dominante.
ETA y la construcción de la excepción
Durante décadas, una parte de la sociedad española desarrolló precisamente ese tipo de excepciones morales.
Los asesinatos de ETA eran condenados formalmente.
Pero al mismo tiempo aparecía una tendencia permanente a contextualizarlos de manera especial.
A buscar explicaciones distintas.
A analizar con detalle los motivos de los terroristas.
A examinar cuidadosamente sus reivindicaciones.
A comprender sus circunstancias.
Todo ello mientras las víctimas ocupaban con frecuencia un lugar secundario.
No siempre.
No en todos los casos.
Pero sí con una frecuencia suficiente para resultar significativa.
Y precisamente ahí encontramos una de las grandes victorias propagandísticas de ETA.
No sólo matar.
Sino conseguir que otros dedicaran más tiempo a explicar a los asesinos que a recordar a los asesinados.
La universalidad del fenómeno
Sería un error pensar que esto afecta únicamente a ETA.
O únicamente a Palestina.
O únicamente a determinadas corrientes ideológicas.
El fenómeno es mucho más amplio.
Aparece una y otra vez a lo largo de la historia.
Cada grupo tiende a justificar las violencias cometidas por quienes considera cercanos.
Y a condenar con mayor severidad las cometidas por quienes considera adversarios.
La tentación es universal.
Precisamente por eso resulta tan peligrosa.
La lección olvidada de la civilización
La civilización no consiste en eliminar los conflictos.
Eso es imposible.
Tampoco consiste en eliminar las diferencias políticas.
Tampoco.
La civilización consiste en algo mucho más modesto y mucho más difícil.
Aplicar las mismas reglas morales a todos.
Con independencia de quién sea el autor.
Con independencia de la bandera.
Con independencia de la ideología.
Con independencia de la causa.
Porque en el momento en que comenzamos a crear excepciones morales, abrimos la puerta a todo lo demás.
Cuando la causa sustituye a la justicia
Y aquí regresamos nuevamente al núcleo de este ensayo.
Robin Hood.
Curro Jiménez.
El Che.
Los maquis.
ETA.
Las organizaciones palestinas.
Hamás.
La flotilla Sumud.
Todos ellos son casos distintos.
Todos poseen contextos distintos.
Todos presentan características propias.
Pero existe un hilo conductor que los conecta.
La tendencia humana a dejarse seducir por las causas.
La tendencia a sustituir la justicia por la simpatía.
La tendencia a juzgar a los hombres no por lo que hacen, sino por aquello que dicen representar.
Y ahí comienza el peligro.
Porque cuando la causa sustituye a la justicia, las víctimas desaparecen.
Y cuando las víctimas desaparecen, los verdugos encuentran el terreno perfecto para convertirse en héroes.
El siglo de los verdugos admirados

Quizá una de las características más sorprendentes de los siglos XX y XXI sea precisamente ésta.
La extraordinaria cantidad de verdugos que han sido admirados.
Algunos aparecen en camisetas.
Otros en murales.
Otros en canciones.
Otros en películas.
Otros en manifestaciones.
Otros en aulas universitarias.
Otros en discursos políticos.
La lista resulta inmensa.
Y plantea una pregunta inevitable.
¿Cómo ha sido posible?
¿Cómo sociedades cultas, alfabetizadas, tecnológicamente avanzadas y supuestamente comprometidas con los derechos humanos han terminado admirando a individuos y organizaciones responsables de tanta violencia?
La respuesta nos obliga a mirar más allá de la política.
Nos obliga a examinar la naturaleza humana.
Y precisamente ahí comenzará el siguiente capítulo.
CAPÍTULO XIX
La eterna seducción del verdugo: psicología, resentimiento y deseo de redención
Llegados a este punto, ya no basta con analizar ideologías, organizaciones o acontecimientos históricos.
Es necesario formular una pregunta más profunda.
¿Por qué se repite una y otra vez el mismo fenómeno?
¿Por qué sociedades distintas, culturas distintas y generaciones distintas terminan produciendo una y otra vez héroes revolucionarios, guerrilleros idealizados y terroristas convertidos en iconos?
¿Por qué el mito reaparece constantemente?
La respuesta no puede encontrarse únicamente en la política.
Debemos buscarla también en la psicología humana.
Porque el problema no reside solamente en los revolucionarios.
Reside también en quienes necesitan creer en ellos.

La necesidad humana de héroes
El ser humano busca modelos.
Busca referentes.
Busca ejemplos.
Busca figuras en las que proyectar esperanzas, frustraciones y anhelos.
Es una tendencia profundamente arraigada.
Las antiguas sociedades tuvieron santos.
Las sociedades modernas tienen celebridades.
Y las sociedades politizadas terminan produciendo héroes revolucionarios.
La función psicológica es muy parecida.
Se trata de encontrar una figura que encarne aquello que desearíamos ser.
Alguien aparentemente valiente.
Alguien aparentemente incorruptible.
Alguien aparentemente dispuesto a sacrificarse por una causa superior.
La realidad concreta importa menos que la función simbólica.
El resentimiento como combustible político
Aquí aparece una palabra que ha sido estudiada por numerosos pensadores.
Resentimiento.
No como simple enfado.
No como irritación pasajera.
Sino como una actitud profunda ante el mundo.
La sensación de haber sido perjudicado.
La sensación de haber sido tratado injustamente.
La sensación de que otros poseen algo que uno debería poseer.
El resentimiento constituye una fuerza política formidable.
Y los revolucionarios han aprendido a utilizarlo desde hace siglos.
Porque quien consigue canalizar el resentimiento colectivo adquiere un poder enorme.
La promesa de redención
Toda revolución ofrece una promesa.
No necesariamente explícita.
Pero sí implícita.
La promesa de que los males actuales desaparecerán.
La promesa de que los culpables serán castigados.
La promesa de que llegará una sociedad más justa.
La promesa de que el sufrimiento tendrá sentido.
La promesa de que la historia acabará dando la razón a los creyentes.
Por eso la revolución se parece tanto a una religión.
Porque ofrece esperanza.
Porque ofrece sentido.
Porque ofrece una explicación total.
Y los seres humanos sienten una profunda necesidad de sentido.
El atractivo de las explicaciones sencillas
La realidad es compleja.
Demasiado compleja.
Las causas de los problemas sociales suelen ser múltiples.
Los fenómenos históricos poseen innumerables matices.
Las responsabilidades suelen estar repartidas.
Pero las explicaciones sencillas resultan mucho más atractivas.
Un culpable.
Una víctima.
Un héroe.
Un villano.
Una solución.
La mente humana agradece la simplicidad.
Y precisamente por eso los relatos revolucionarios poseen tanta fuerza.
Reducen la complejidad del mundo a una historia fácilmente comprensible.
El enemigo absoluto
Toda revolución necesita enemigos.
No simples adversarios.
Enemigos absolutos.
Porque el enemigo absoluto simplifica la realidad.
Permite explicar todos los problemas.
Permite justificar todos los sacrificios.
Permite movilizar emociones intensas.
La burguesía.
El capitalismo.
El imperialismo.
El colonialismo.
La oligarquía.
El fascismo.
El sionismo.
El comunismo.
La reacción.
Los nombres cambian según las épocas y las ideologías.
La función permanece.
Convertir la complejidad del mundo en una lucha entre el bien y el mal.
El placer moral de sentirse superior
Existe además un componente psicológico particularmente poderoso.
La sensación de superioridad moral.
Quien se considera miembro de una causa justa experimenta una profunda gratificación emocional.
Se siente mejor que sus adversarios.
Más consciente.
Más generoso.
Más comprometido.
Más virtuoso.
Y cuando esa sensación aparece, el pensamiento crítico comienza a debilitarse.
Porque nadie examina con rigor aquello que refuerza su autoestima moral.
La fascinación por la violencia redentora
Resulta incómodo admitirlo.
Pero la violencia posee una capacidad de fascinación indudable.
La literatura lo sabe.
El cine lo sabe.
La historia lo sabe.
El guerrero.
El rebelde.
El combatiente.
El hombre dispuesto a arriesgar la vida.
Todos ellos ejercen una poderosa atracción emocional.
Y cuando esa violencia se presenta como instrumento de justicia, la fascinación aumenta.
Porque deja de parecer violencia.
Comienza a parecer redención.
El verdugo convertido en salvador
Aquí llegamos al corazón del problema.
El momento en que el verdugo se convierte en salvador.
El momento en que el asesino se convierte en libertador.
El momento en que la bomba se convierte en mensaje.
El momento en que el secuestro se convierte en lucha.
El momento en que la extorsión se convierte en solidaridad revolucionaria.
Ése es el instante decisivo.
Porque una vez producida esa transformación moral, prácticamente cualquier cosa puede justificarse.
Y la historia del siglo XX ofrece innumerables ejemplos.
La advertencia de Arendt
Hannah Arendt comprendió que el gran peligro de los totalitarismos no consistía únicamente en sus líderes.
Consistía en la disposición de millones de personas a creer.
A creer sin cuestionar.
A creer sin verificar.
A creer porque la causa parecía noble.
A creer porque el relato resultaba atractivo.
A creer porque la alternativa resultaba incómoda.
Y precisamente por eso insistió tanto en la importancia del pensamiento crítico.
Pensar.
Juzgar.
Examinar.
Dudar.
Preguntar.
Ésas son las auténticas defensas de una sociedad libre.
El siguiente paso
Pero aún queda una cuestión fundamental.
Porque los mitos revolucionarios no surgen espontáneamente.
Son construidos.
Difundidos.
Protegidos.
Transmitidos de generación en generación.
Existe una auténtica maquinaria cultural encargada de ello.
Una maquinaria que incluye cine, literatura, música, educación, medios de comunicación y producción simbólica de todo tipo.
Y precisamente ahí encontraremos una de las claves para comprender por qué el mito del buen revolucionario sigue vivo después de tantos fracasos, tantas víctimas y tantas decepciones históricas.
CAPÍTULO XX
Cine, literatura, canciones y propaganda: cómo se fabrican los héroes revolucionarios
Ninguna revolución triunfa únicamente mediante las armas.
Ningún movimiento político conquista la imaginación colectiva sólo mediante manifiestos.
Ningún guerrillero se convierte en leyenda por sus propias acciones.
Necesita narradores.
Necesita artistas.
Necesita escritores.
Necesita cineastas.
Necesita músicos.
Necesita profesores.
Necesita periodistas.
Necesita una maquinaria cultural capaz de transformar los hechos en símbolos.
Y precisamente ahí encontramos uno de los fenómenos más importantes de los dos últimos siglos.
La fabricación industrial del héroe revolucionario.
La fuerza de las historias
Los seres humanos no pensamos principalmente mediante estadísticas.
Pensamos mediante historias.
Recordamos historias.
Transmitimos historias.
Nos emocionamos con historias.
Vivimos rodeados de historias.
Por eso una novela suele influir más que un tratado académico.
Una película suele influir más que un ensayo histórico.
Una canción suele influir más que un informe.
Las emociones poseen una fuerza extraordinaria.
Y quienes pretenden moldear la opinión pública lo saben perfectamente.
Robin Hood nunca murió
A estas alturas del libro debería resultar evidente.
Robin Hood jamás desapareció.
Simplemente cambió de vestimenta.
Unas veces aparece vestido de bandolero andaluz.
Otras de guerrillero latinoamericano.
Otras de combatiente anticolonial.
Otras de revolucionario marxista.
Otras de resistente nacionalista.
Otras de activista internacional.
Pero la estructura narrativa permanece intacta.
El hombre perseguido.
El rebelde.
El justiciero.
El defensor de los humildes.
El enemigo de los poderosos.
La figura continúa reapareciendo porque responde a necesidades emocionales muy profundas.
Hollywood y la rebelión romántica
El cine ha desempeñado un papel esencial en este proceso.
Las películas necesitan conflicto.
Necesitan tensión.
Necesitan héroes.
Y pocas figuras resultan tan atractivas como el rebelde.
Desde los westerns hasta las superproducciones contemporáneas, el hombre que desafía al poder ocupa una posición privilegiada.
Naturalmente, muchas de estas obras poseen enorme calidad artística.
El problema no reside en ellas.
El problema aparece cuando el esquema emocional que utilizan para entretener termina aplicándose automáticamente a la realidad.
Porque la realidad carece de guionistas.
Y los conflictos reales rara vez presentan héroes impecables y villanos absolutos.
La canción revolucionaria
La música ha desempeñado una función semejante.
Pocas herramientas poseen una capacidad movilizadora comparable.
Una canción puede transmitir emociones complejas en pocos minutos.
Puede generar identidad colectiva.
Puede fortalecer lealtades.
Puede construir mitos.
Las revoluciones lo han comprendido siempre.
Los movimientos armados también.
Los himnos.
Las canciones de combate.
Las baladas sobre combatientes caídos.
Los cantos de resistencia.
Todo ello forma parte de la construcción emocional de una causa.
Porque antes de convencer a la razón conviene conquistar el corazón.
La novela del revolucionario
La literatura tampoco ha permanecido al margen.
Durante décadas surgieron innumerables novelas, relatos, memorias y testimonios que contribuyeron a consolidar la imagen romántica del revolucionario.
Algunos poseían gran valor literario.
Otros eran pura propaganda.
Pero todos participaban de una misma tendencia.
La exaltación del combatiente.
La idealización de la lucha.
La conversión de la violencia en epopeya.
Y una vez más las víctimas tendían a desaparecer detrás del héroe.
El caso del Che
Pocas figuras ilustran mejor este fenómeno que Ernesto Che Guevara.
Millones de personas conocen su fotografía.
Muy pocas han leído sus escritos completos.
Millones conocen la leyenda.
Muy pocas conocen los detalles históricos.
La imagen ha terminado sustituyendo al personaje.
Y cuando una imagen sustituye a la realidad, el mito ha triunfado.
El Che ya no es simplemente un individuo histórico.
Se ha convertido en un símbolo universal.
Y los símbolos poseen una enorme resistencia frente a los hechos.
Los maquis en la memoria cultural
Algo parecido ha ocurrido con los maquis.
Y también con numerosas guerrillas.
Y con movimientos armados de muy distinto signo.
La cultura popular suele sentirse atraída por la resistencia.
Por la clandestinidad.
Por la rebeldía.
Por el desafío.
Y esa atracción favorece constantemente la aparición de relatos heroicos.
No necesariamente falsos.
Pero sí frecuentemente incompletos.
Porque toda epopeya necesita seleccionar.
Y toda selección implica omisiones.
La víctima no genera épica
Existe además una razón profunda.
Las víctimas generan compasión.
Los combatientes generan admiración.
La víctima inspira tristeza.
El guerrillero inspira entusiasmo.
La víctima recuerda límites.
El revolucionario promete posibilidades.
Y precisamente por ello la propaganda prefiere héroes.
Los héroes movilizan.
Las víctimas incomodan.
Los héroes atraen seguidores.
Las víctimas obligan a reflexionar.
Y la reflexión nunca ha sido la principal herramienta de la propaganda.
La educación sentimental de generaciones enteras
A lo largo del siglo XX, millones de personas recibieron una auténtica educación sentimental revolucionaria.
No necesariamente en las escuelas.
Ni siquiera mediante discursos políticos.
La recibieron mediante películas.
Canciones.
Novelas.
Documentales.
Series.
Reportajes.
Entrevistas.
Carteles.
Fotografías.
Toda una atmósfera cultural que contribuía a reforzar determinadas percepciones.
Y esas percepciones terminaron influyendo profundamente en la manera de interpretar los conflictos políticos.
La industria de los mitos
Por eso resulta insuficiente analizar únicamente a los terroristas o a los revolucionarios.
Debemos analizar también la maquinaria cultural que los convierte en iconos.
Porque sin esa maquinaria muchos de ellos habrían sido recordados simplemente como actores históricos.
No como héroes.
No como leyendas.
No como referentes morales.
La historia la escriben los vencedores, suele decirse.
La memoria colectiva, con frecuencia, la escriben quienes dominan los símbolos.
Del héroe romántico al mártir político
Y precisamente aquí aparece el siguiente eslabón de nuestra cadena.
Porque una vez fabricado el héroe revolucionario, el paso siguiente consiste en fabricar al mártir.
La figura que permite blindar moralmente una causa.
La figura que convierte cualquier crítica en sacrilegio.
La figura que transforma una organización política en una comunidad emocional.
Y pocas herramientas han resultado tan eficaces para sostener movimientos revolucionarios y terroristas como la construcción del mártir.
CAPÍTULO XXI
El mártir revolucionario: la fabricación de santos laicos y héroes intocables
Toda religión posee mártires.
Toda revolución también.
No importa demasiado la ideología.
No importa demasiado la época.
No importa demasiado el continente.
La figura reaparece constantemente.
Porque cumple una función psicológica, política y propagandística extraordinariamente importante.
El mártir convierte una causa política en una causa moral.
La transforma en algo más profundo.
Más emocional.
Más difícil de cuestionar.
Y, en muchos casos, más peligroso.
Del combatiente al santo
El proceso suele seguir una secuencia bastante parecida.
Primero aparece el militante.
Después el combatiente.
Después el héroe.
Y finalmente el mártir.
A partir de ese momento, la persona deja de pertenecer a la historia.
Comienza a pertenecer a la leyenda.
Sus errores desaparecen.
Sus contradicciones desaparecen.
Sus excesos desaparecen.
Sus víctimas desaparecen.
Sólo permanece el símbolo.
Y los símbolos poseen una enorme capacidad de supervivencia.
La inmortalidad política
Todo movimiento revolucionario necesita derrotar una dificultad fundamental.
La realidad.
Los fracasos.
Las contradicciones.
Las divisiones internas.
Las derrotas.
Los errores.
Los abusos.
La corrupción.
Todo ello termina apareciendo tarde o temprano.
Pero el mártir permite neutralizar parte de esos problemas.
Porque desplaza la atención.
La discusión deja de centrarse en los hechos.
Comienza a centrarse en la memoria.
Y la memoria resulta mucho más fácil de idealizar que la realidad.
El Che como santo laico
Pocas figuras ilustran mejor este fenómeno que Ernesto Che Guevara.
Su muerte en Bolivia marcó el comienzo de una nueva etapa.
El revolucionario se convirtió en mártir.
Y el mártir terminó eclipsando al hombre real.
La fotografía sustituyó a la biografía.
El símbolo sustituyó a la historia.
La emoción sustituyó al análisis.
Y así nació uno de los iconos políticos más duraderos del siglo XX.
No porque sus ideas triunfaran.
No porque sus proyectos alcanzaran éxito universal.
Sino porque su imagen resultó extraordinariamente útil para alimentar un mito.
Los mártires de ETA
Algo semejante ocurrió en determinados sectores del entorno político de ETA.
Durante décadas se desarrolló una intensa actividad destinada a construir memorias heroicas.
Homenajes.
Murales.
Canciones.
Actos públicos.
Publicaciones.
Exposiciones.
Todo contribuía a presentar a determinados militantes como ejemplos morales.
Como combatientes ejemplares.
Como hombres y mujeres sacrificados por una causa superior.
La atención se concentraba en ellos.
No en quienes habían asesinado.
No en quienes habían secuestrado.
No en quienes habían extorsionado.
No en quienes habían obligado a miles de personas a vivir bajo amenaza permanente.
Las víctimas reales quedaban desplazadas.
La santificación de la violencia
Aquí aparece una de las operaciones más delicadas de toda propaganda revolucionaria.
La santificación de la violencia.
Naturalmente nadie suele presentarla de manera tan explícita.
Pero el mecanismo existe.
Cuando el combatiente se convierte en mártir, la violencia que ejerció adquiere una nueva apariencia.
Ya no parece violencia.
Parece sacrificio.
Ya no parece agresión.
Parece entrega.
Ya no parece terror.
Parece compromiso.
La transformación resulta extraordinariamente eficaz.
Porque modifica la percepción moral del pasado.
Palestina y la cultura del mártir
Diversas organizaciones palestinas también desarrollaron amplias culturas de la martirización.
No se trata de un fenómeno exclusivamente palestino.
Pero allí alcanzó una relevancia particularmente visible.
La figura del mártir adquirió una enorme importancia simbólica.
Fotografías.
Carteles.
Monumentos.
Ceremonias.
Conmemoraciones.
Todo ello contribuía a reforzar una identidad colectiva construida alrededor del sacrificio.
Desde una perspectiva propagandística, la eficacia del procedimiento resulta evidente.
Desde una perspectiva moral, las consecuencias son mucho más discutibles.
Porque cuando la muerte se convierte en herramienta política, el riesgo de glorificar la violencia aumenta enormemente.
El mártir como blindaje moral
Quizá ésta sea la función más importante del mártir revolucionario.
Actuar como blindaje moral.
Una vez que una figura ha sido elevada a esa categoría, toda crítica comienza a resultar incómoda.
Toda discrepancia parece irrespetuosa.
Todo análisis crítico parece una agresión.
El debate deja de ser racional.
Se convierte en emocional.
Y precisamente ahí reside la fuerza de los mitos políticos.
Los mártires producen comunidad
Existe además otra razón fundamental.
Los mártires crean comunidad.
Generan cohesión.
Refuerzan identidades.
Consolidan lealtades.
Permiten transformar una organización política en una comunidad emocional.
Y las comunidades emocionales suelen ser mucho más resistentes que las organizaciones basadas exclusivamente en programas o doctrinas.
La emoción une más que la teoría.
La memoria une más que los argumentos.
La veneración une más que el análisis.
Cuando la historia se convierte en liturgia
A partir de cierto momento, la historia deja de estudiarse.
Comienza a celebrarse.
Los aniversarios sustituyen a las investigaciones.
Los homenajes sustituyen a los debates.
Las ceremonias sustituyen a los hechos.
La memoria sustituye a la historia.
Y cuando eso ocurre, resulta extremadamente difícil mantener una mirada crítica.
Porque toda crítica parece una profanación.
Toda pregunta parece una falta de respeto.
Toda duda parece una traición.
La gran paradoja
Y, sin embargo, existe una paradoja extraordinaria.
Las sociedades abiertas permiten cuestionar a sus héroes.
Las sociedades cerradas no.
Las sociedades libres permiten revisar sus mitos.
Las sociedades dogmáticas los convierten en intocables.
Por eso la capacidad de examinar críticamente a nuestros propios héroes constituye una de las pruebas más importantes de madurez intelectual.
Y precisamente por eso resulta tan necesario analizar a los mártires revolucionarios.
No para negar los sufrimientos reales.
No para borrar la historia.
Sino para impedir que la emoción sustituya completamente a la verdad.
El siguiente paso
Pero todavía nos queda un elemento esencial de esta historia.
Porque los mártires no aparecen por generación espontánea.
Necesitan una comunidad que los recuerde.
Necesitan instituciones que los reproduzcan.
Necesitan generaciones dispuestas a heredar sus relatos.
Y ahí entramos en el terreno de la memoria colectiva, la educación, la transmisión cultural y la construcción de identidades políticas.
Un terreno donde se decide qué verdugos serán recordados como héroes y qué víctimas correrán el riesgo de ser olvidadas.
CAPÍTULO XXII
Memoria, educación y propaganda: cómo se transmiten los mitos revolucionarios de generación en generación
Los mitos políticos no sobreviven por casualidad.
Nadie nace admirando a Robin Hood.
Nadie nace admirando al Che Guevara.
Nadie nace admirando a los maquis.
Nadie nace admirando a determinados terroristas o guerrilleros.
Todas esas admiraciones se aprenden.
Se transmiten.
Se enseñan.
Se difunden.
Y precisamente por ello resulta imprescindible analizar los mecanismos mediante los cuales una sociedad fabrica sus héroes.
Porque la memoria colectiva no es un fenómeno espontáneo.
Es una construcción cultural.
La escuela de los sentimientos
Las personas no aprenden únicamente matemáticas, gramática o historia.
Aprenden también emociones.
Aprenden simpatías.
Aprenden antipatías.
Aprenden qué personajes deben admirar.
Y cuáles deben despreciar.
Gran parte de ese aprendizaje no se produce mediante discursos explícitos.
Se produce mediante relatos.
Mediante canciones.
Mediante películas.
Mediante novelas.
Mediante series de televisión.
Mediante conversaciones familiares.
Mediante el ambiente cultural que respiramos desde niños.
Y ahí es donde el mito encuentra su terreno más fértil.
La casa de papel y el triunfo mundial del buen delincuente
Resulta difícil encontrar un ejemplo contemporáneo más revelador que La casa de papel.
Millones de personas en todo el planeta siguieron las aventuras de una banda de delincuentes que secuestra, roba y desafía al Estado.
Y, sin embargo, el espectador simpatiza con ellos.
Desea que triunfen.
Desea que escapen.
Desea que burlen a las autoridades.
¿Por qué?
Porque la serie activa exactamente el mismo mecanismo emocional que hemos venido describiendo desde el comienzo de este libro.
Los delincuentes son humanizados.
Resultan simpáticos.
Poseen motivaciones comprensibles.
Aparecen enfrentados a instituciones presentadas como frías, impersonales o injustas.
Y así se reproduce nuevamente el viejo esquema de Robin Hood.
El fuera de la ley se convierte en héroe.
La ley aparece como antagonista.
Y el espectador termina celebrando aquello que, en la vida real, probablemente condenaría.
Naturalmente estamos ante una obra de ficción.
Y precisamente por eso resulta tan eficaz.
Porque la ficción posee una enorme capacidad para modelar emociones colectivas.
Bella Ciao: de los arrozales italianos al mercado mundial
La utilización de Bella Ciao constituye uno de los episodios culturales más interesantes de las últimas décadas.
La canción posee una historia compleja.
Sus raíces se encuentran en antiguas canciones populares italianas.
Posteriormente quedó asociada a la resistencia antifascista durante la Segunda Guerra Mundial.
Y terminó convirtiéndose en uno de los himnos políticos más difundidos del mundo.
La casa de papel la transformó en un fenómeno planetario.
Millones de personas comenzaron a cantarla.
A reproducirla.
A compartirla.
Muchas de ellas sin conocer prácticamente nada de su contexto histórico.
La canción dejó de ser una pieza histórica concreta.
Se convirtió en un símbolo universal de rebeldía.
Y una vez más observamos el mismo fenómeno.
La rebeldía adquiere prestigio por sí misma.
La resistencia adquiere prestigio por sí misma.
El desafío adquiere prestigio por sí mismo.
Víctor Jara y el revolucionario burgués
Aquí resulta especialmente pertinente recordar la extraordinaria ironía de Víctor Jara en Las casitas del barrio alto.
Porque la canción contiene una observación sociológica de enorme interés.
Jara describe a jóvenes acomodados.
Hijos de familias prósperas.
Educados en buenos colegios.
Beneficiarios de una posición privilegiada.
Que terminan abrazando causas revolucionarias.
La sátira resulta evidente.
Mientras disfrutan de todas las ventajas de la prosperidad burguesa, juegan a la revolución.
Mientras viven cómodamente, fantasean con la lucha armada.
Mientras disfrutan de seguridad, idealizan la violencia política.
Y precisamente ahí aparece una figura recurrente a lo largo de los siglos XX y XXI.
El revolucionario acomodado.
El insurgente de cafetería.
El guerrillero de campus universitario.
El hombre que admira revoluciones que padecen otros.
El hijo del bienestar que sueña con la barricada
Éste es uno de los grandes fenómenos de las sociedades desarrolladas.
Las revoluciones suelen resultar mucho más atractivas vistas desde una cómoda distancia.
Quien nunca ha sufrido una guerra civil puede idealizarla.
Quien nunca ha vivido una dictadura puede romantizarla.
Quien nunca ha padecido una revolución puede convertirla en una aventura épica.
Y así surge una curiosa paradoja.
Muchos de los admiradores más entusiastas de los movimientos revolucionarios viven precisamente en las sociedades más libres, más seguras y más prósperas.
Las mismas sociedades que esos movimientos suelen denunciar.
La transmisión del mito
Y así el ciclo continúa.
Robin Hood pasa a Curro Jiménez.
Curro Jiménez pasa al Che.
El Che pasa a las guerrillas.
Las guerrillas pasan a determinadas organizaciones terroristas.
Y posteriormente aparecen nuevas versiones adaptadas a cada época.
Cambian los nombres.
Cambian los símbolos.
Cambian las canciones.
Cambian los escenarios.
Pero el mecanismo permanece.
Siempre existe un rebelde.
Siempre existe una causa.
Siempre existe una historia simplificada.
Siempre existe una invitación emocional a suspender el juicio crítico.
Y precisamente por eso los mitos sobreviven durante siglos.
Porque apelan a emociones permanentes de la condición humana.
La verdadera batalla
Al final, la cuestión no consiste en decidir qué héroes debemos admirar.
La cuestión consiste en conservar la capacidad de examinar críticamente a todos ellos.
Especialmente a aquellos que más nos seducen.
Porque los héroes peligrosos rara vez se presentan como villanos.
Suelen presentarse como libertadores.
Como redentores.
Como justicieros.
Como salvadores.
Y es precisamente entonces cuando resulta más necesario mantener encendida la facultad de juzgar.
La misma facultad cuya desaparición preocupaba a Hannah Arendt.
La misma cuya renuncia permite que los verdugos terminen convertidos en héroes.
CAPÍTULO XXIII
Curro Jiménez, Robin Hood, el Che Guevara y la genealogía cultural del buen bandido
A estas alturas del ensayo ya debería resultar evidente que el llamado «buen revolucionario» no surge de la nada.
Tampoco aparece exclusivamente como consecuencia de circunstancias políticas concretas.
Su origen es mucho más profundo.
Mucho más antiguo.
Mucho más arraigado en la imaginación colectiva.
Porque antes del guerrillero existió el bandolero.
Antes del revolucionario existió el forajido romántico.
Antes del combatiente de la liberación existió el ladrón justiciero.
Y antes del Che Guevara estuvo Robin Hood.
Robin Hood: el mito fundacional
La historia es conocida.
Un hombre fuera de la ley.
Perseguido por las autoridades.
Refugiado en los bosques.
Que roba a los ricos para ayudar a los pobres.
Pocas narraciones han ejercido una influencia tan duradera sobre la imaginación occidental.
Y no resulta difícil comprender por qué.
Robin Hood permite reconciliar dos impulsos humanos muy poderosos.
El deseo de justicia.
Y la admiración por quien desafía las normas.
La fórmula resulta irresistible.
Porque transforma al delincuente en benefactor.
Al perseguido en héroe.
Al fuera de la ley en defensor del pueblo.
Y una vez establecido ese esquema emocional, la historia comienza a repetirse una y otra vez.
El problema de la realidad
Naturalmente, los verdaderos bandoleros rara vez se parecían a Robin Hood.
La historia real del bandolerismo resulta mucho menos romántica.
Atracos.
Extorsiones.
Secuestros.
Asesinatos.
Contrabando.
Tráfico ilegal.
Violencia.
Intimidación.
Ésa fue la realidad habitual de numerosos bandoleros europeos, americanos y asiáticos.
Pero la imaginación popular seleccionó otra versión.
La más atractiva.
La más emocionante.
La más sentimental.
Y así nació el mito.
Curro Jiménez y la dulcificación del bandolerismo
En España encontramos probablemente el ejemplo más conocido en Curro Jiménez.
La serie marcó a varias generaciones.
Sus protagonistas aparecían como hombres valientes.
Generosos.
Leales.
Enfrentados a autoridades abusivas.
Protectores de los humildes.
Defensores del pueblo.
La serie poseía enorme calidad.
Y no se trata de cuestionar sus méritos artísticos.
Pero sí de señalar algo importante.
Volvía a reproducir exactamente el mismo esquema narrativo.
El bandido simpático.
El delincuente honorable.
El forajido justiciero.
La ley aparecía frecuentemente asociada a la arbitrariedad.
El fuera de la ley aparecía asociado a la justicia.
Robin Hood reaparecía vestido de andaluz.
La fascinación por quien desafía al poder
La explicación psicológica resulta relativamente sencilla.
Los seres humanos sienten simpatía por quien desafía a una autoridad considerada injusta.
Es una reacción comprensible.
Incluso saludable en determinadas circunstancias.
El problema aparece cuando esa simpatía impide examinar críticamente los métodos empleados.
Cuando la rebeldía se convierte en virtud automática.
Cuando el simple hecho de enfrentarse al poder parece suficiente para otorgar legitimidad moral.
Y precisamente ahí nace el buen bandido.
Del bandolero al guerrillero
El salto posterior resulta casi inevitable.
Una vez aceptado el bandido romántico, el camino hacia el guerrillero romántico queda abierto.
Las diferencias externas son evidentes.
Las semejanzas emocionales son enormes.
Ambos viven al margen de la ley.
Ambos afirman luchar contra una injusticia.
Ambos utilizan la violencia.
Ambos necesitan apoyo popular.
Ambos se presentan como defensores de una causa superior.
Y ambos encuentran admiradores dispuestos a minimizar sus excesos.
El Che como heredero de Robin Hood
Quizá ésta sea una de las ideas más provocadoras de todo el ensayo.
El Che Guevara no representa una ruptura con Robin Hood.
Representa su evolución.
Su modernización.
Su adaptación al siglo XX.
La estructura narrativa es prácticamente idéntica.
Un hombre que desafía el orden establecido.
Que combate a los poderosos.
Que actúa en nombre de los desfavorecidos.
Que vive fuera de las normas ordinarias.
Que recurre a la violencia.
Y que termina convertido en símbolo universal.
Robin Hood llevaba arco.
El Che llevaba fusil.
La lógica emocional apenas cambió.
El revolucionario y el mafioso
Existe, sin embargo, una cuestión incómoda.
Muchas organizaciones revolucionarias terminan utilizando métodos extraordinariamente parecidos a los del crimen organizado.
Extorsión.
Secuestro.
Contrabando.
Tráfico de armas.
Tráfico de drogas.
Blanqueo de capitales.
Cobro de impuestos revolucionarios.
Control territorial.
Amenazas.
Asesinatos selectivos.
La lista resulta conocida.
Y no afecta únicamente a ETA.
Aparece en las FARC.
Aparece en Sendero Luminoso.
Aparece en numerosas guerrillas africanas.
Aparece en organizaciones de Oriente Próximo.
Aparece en grupos armados de muy distinta ideología.
La frontera entre revolución y delincuencia organizada suele ser mucho más tenue de lo que sugieren las leyendas.
El crimen al servicio de una causa
La diferencia fundamental suele encontrarse en la justificación.
El delincuente común roba para sí mismo.
El revolucionario afirma robar para la causa.
El delincuente común secuestra por dinero.
El revolucionario secuestra por la revolución.
El delincuente común extorsiona para enriquecerse.
El revolucionario extorsiona para financiar la lucha.
Pero desde la perspectiva de las víctimas, la diferencia puede resultar menos evidente.
Y precisamente por eso resulta tan importante analizar los hechos antes que las intenciones proclamadas.
La genealogía del mito
Cuando observamos la secuencia completa, la continuidad resulta sorprendente.
Robin Hood.
Los bandoleros románticos.
Curro Jiménez.
Los maquis.
El Che Guevara.
Las guerrillas revolucionarias.
Los movimientos de liberación nacional.
Determinadas organizaciones terroristas.
Los activistas convertidos en iconos contemporáneos.
Todos forman parte de una misma genealogía simbólica.
No son idénticos.
No pertenecen a la misma época.
No persiguen exactamente los mismos objetivos.
Pero comparten un mismo arquetipo.
El del hombre que desafía las normas en nombre de una causa considerada superior.
La persistencia del mito
Y precisamente por eso el mito sigue vivo.
Porque responde a impulsos profundamente humanos.
La admiración por el rebelde.
La simpatía hacia el débil.
La desconfianza hacia el poder.
La esperanza de justicia.
La búsqueda de redención.
Todos esos elementos forman parte de nuestra naturaleza.
El problema aparece cuando dejan de ser examinados críticamente.
Cuando se convierten en reflejos automáticos.
Cuando sustituyen al juicio moral.
El siguiente paso
Llegados a este punto, ya estamos en condiciones de abordar una cuestión especialmente delicada.
¿Qué ocurre cuando estos mitos penetran en la educación, en los medios de comunicación y en las instituciones culturales hasta convertirse en sentido común?
¿Qué sucede cuando generaciones enteras son educadas para admirar determinadas formas de rebeldía sin examinar críticamente sus consecuencias?
¿Qué ocurre cuando el mito termina sustituyendo a la historia?
La respuesta nos conducirá al tramo final de este ensayo.
CAPÍTULO XXIV
Cuando el mito sustituye a la historia: educación sentimental, memoria selectiva y fabricación del consenso
George Orwell escribió que quien controla el pasado controla el futuro.
Y quien controla el presente controla el pasado.
Pocas observaciones describen mejor uno de los fenómenos más importantes de nuestro tiempo.
La lucha por la memoria.
La lucha por decidir quiénes fueron los héroes.
Quiénes fueron los verdugos.
Quiénes merecen monumentos.
Quiénes merecen olvido.
Quiénes serán recordados.
Y quiénes desaparecerán de la historia oficial.
Porque la memoria colectiva nunca es neutral.
Siempre selecciona.
Siempre prioriza.
Siempre interpreta.
Y precisamente por eso constituye uno de los terrenos políticos más disputados.
La historia y la leyenda
La historia intenta comprender.
La leyenda intenta emocionar.
La historia analiza.
La leyenda moviliza.
La historia estudia hechos.
La leyenda construye símbolos.
Por eso ambas suelen entrar en conflicto.
El historiador necesita matices.
La propaganda detesta los matices.
El historiador necesita complejidad.
La propaganda necesita simplicidad.
El historiador acepta contradicciones.
La propaganda necesita héroes puros y villanos absolutos.
Y cuando la propaganda logra imponerse, la historia suele convertirse en una víctima más.
La memoria selectiva
Toda sociedad recuerda.
Pero también olvida.
Y a veces lo más revelador no es aquello que se recuerda.
Sino aquello que se olvida.
Existen víctimas omnipresentes.
Y víctimas invisibles.
Existen verdugos eternamente condenados.
Y verdugos cuidadosamente maquillados.
Existen terrorismos constantemente recordados.
Y terrorismos cuidadosamente contextualizados.
Existen dictaduras presentadas como monstruosas.
Y dictaduras presentadas como experimentos fallidos pero bienintencionados.
La diferencia rara vez depende únicamente de los hechos.
Depende de quién controla el relato.
El problema de los maquis
Los maquis constituyen un ejemplo revelador.
Durante décadas fueron presentados casi exclusivamente como resistentes heroicos.
En muchos relatos desaparecieron los atracos.
Desaparecieron los secuestros.
Desaparecieron los asesinatos.
Desaparecieron las extorsiones.
Desaparecieron las víctimas civiles.
Desaparecieron las zonas grises.
No porque todo ello fuera falso.
Sino porque resultaba incómodo para la leyenda.
Y toda leyenda necesita simplificar.
ETA y la batalla por la memoria
Algo semejante ocurrió durante años con ETA.
La organización asesinó a más de ochocientas personas.
Sembró el miedo.
Extorsionó.
Secuestró.
Provocó exilios interiores.
Destrozó miles de vidas.
Sin embargo, durante décadas coexistió con una intensa maquinaria de legitimación.
Una maquinaria que intentaba desplazar la atención.
No hacia las víctimas.
Sino hacia las motivaciones de los verdugos.
No hacia los asesinatos.
Sino hacia las reivindicaciones.
No hacia el terror.
Sino hacia el conflicto.
Y precisamente ahí encontramos uno de los mayores triunfos propagandísticos de cualquier organización terrorista.
Conseguir que se hable más de sus razones que de sus crímenes.
La pedagogía de la simpatía
La educación sentimental desempeña aquí un papel decisivo.
Desde la infancia aprendemos a identificar héroes.
A identificar víctimas.
A identificar culpables.
Y ese aprendizaje rara vez se produce mediante argumentos racionales.
Se produce mediante emociones.
Mediante cuentos.
Mediante películas.
Mediante canciones.
Mediante series.
Mediante novelas.
Mediante imágenes.
Por eso resulta tan importante comprender el papel de la cultura.
Porque muchas veces la adhesión emocional precede al razonamiento.
Primero simpatizamos.
Después justificamos intelectualmente nuestra simpatía.
La fabricación del consenso
Antonio Gramsci comprendió perfectamente este fenómeno.
Mucho antes de la aparición de las redes sociales ya había advertido que el poder no se sostiene únicamente mediante leyes o policías.
También se sostiene mediante consensos culturales.
Mediante ideas aceptadas como evidentes.
Mediante marcos mentales.
Mediante valores compartidos.
Mediante interpretaciones dominantes.
Quien consigue influir sobre la cultura obtiene una ventaja inmensa.
Porque logra que determinadas ideas parezcan naturales.
Y que otras parezcan impensables.
Del profesor al activista
Éste es uno de los fenómenos más característicos de nuestro tiempo.
La progresiva sustitución del análisis por la militancia.
No en todas partes.
No siempre.
Pero sí con una frecuencia creciente.
El profesor deja de explicar.
Comienza a persuadir.
El periodista deja de informar.
Comienza a orientar políticamente.
El intelectual deja de analizar.
Comienza a predicar.
Y cuando eso ocurre, la búsqueda de la verdad se convierte en una actividad secundaria.
Lo importante pasa a ser la causa.
Del buen salvaje al buen revolucionario
Aquí reaparece nuevamente Carlos Rangel.
Porque toda esta maquinaria cultural se apoya sobre una idea central.
La existencia de una inocencia originaria.
El buen salvaje.
El buen rebelde.
El buen revolucionario.
El buen resistente.
La figura cambia.
La lógica permanece.
Siempre existe alguien situado fuera del orden establecido.
Y automáticamente se le atribuye una superioridad moral.
No necesita demostrarla.
Se le concede por anticipado.
Y precisamente ahí comienza el error.
La historia como vacuna
La historia rigurosa cumple una función esencial.
Actúa como vacuna contra los mitos.
Nos recuerda que los héroes también tienen sombras.
Que los revolucionarios también cometen crímenes.
Que los resistentes también pueden convertirse en verdugos.
Que las víctimas también pueden transformarse en opresores.
Que la realidad resulta siempre más compleja que las consignas.
Y por eso la historia resulta tan incómoda para los fanáticos.
Porque destruye simplificaciones.
Porque obliga a pensar.
Porque introduce dudas.
Porque devuelve humanidad a quienes la propaganda había convertido en símbolos.
La pregunta decisiva
Y llegamos así a una cuestión fundamental.
¿Por qué estas narraciones siguen resultando tan atractivas después de tantos fracasos?
¿Por qué el siglo de Stalin, Mao, Pol Pot, Castro, las guerrillas, ETA, las FARC, Sendero Luminoso, Hamás y tantos otros no ha vacunado definitivamente a Occidente contra estas fantasías?
¿Por qué seguimos produciendo nuevos Robin Hood, nuevos Curro Jiménez, nuevos Che Guevara y nuevos libertadores?
La respuesta nos obliga a mirar aún más profundamente.
Nos obliga a examinar una de las emociones más poderosas de la condición humana.
La esperanza.
Y también una de las más peligrosas.
La voluntad de creer.
CAPÍTULO XXV
La voluntad de creer: del buen bandido al buen revolucionario

Llegados a este punto del recorrido, la cuestión principal ya no es ETA.
Tampoco Hamás.
Ni el Frente Popular para la Liberación de Palestina.
Ni los maquis.
Ni siquiera el Che Guevara.
Todos ellos constituyen manifestaciones concretas de un fenómeno mucho más profundo y mucho más antiguo.
Lo que realmente estamos estudiando es una tendencia permanente de la condición humana.
La necesidad de creer en salvadores.
La necesidad de creer en redentores.
La necesidad de creer en hombres providenciales capaces de resolver problemas complejos mediante soluciones simples.
Porque la historia cambia.
Las ideologías cambian.
Los símbolos cambian.
Pero los mecanismos psicológicos permanecen.
Y precisamente por eso el mito del buen revolucionario sigue tan vivo como hace cien años.
Robin Hood nunca murió
La historia comienza mucho antes de Marx.
Mucho antes de Lenin.
Mucho antes del Che.
Mucho antes de ETA.
Comienza con Robin Hood.
El bandido bueno.
El ladrón generoso.
El fuera de la ley que roba a los ricos para ayudar a los pobres.
Poco importa que la realidad histórica sea dudosa.
Lo importante es la estructura emocional.
Robin Hood ofrece algo extraordinariamente atractivo:
la posibilidad de admirar al delincuente sin sentir culpa.
Porque no roba para sí mismo.
Roba para una causa.
Y ésa es precisamente la clave de todo el proceso.
La causa.
La coartada moral.
La justificación superior.
El permiso psicológico para suspender el juicio crítico.
Curro Jiménez y la dulcificación del bandolerismo
España posee su propia versión de este arquetipo.
Curro Jiménez.
Probablemente ninguna serie televisiva contribuyó tanto a embellecer el bandolerismo.
Aquellos hombres aparecían como valientes.
Generosos.
Leales.
Protectores de los humildes.
Víctimas de autoridades arbitrarias.
La realidad histórica del bandolerismo resultó bastante menos romántica.
Atracos.
Extorsiones.
Contrabando.
Secuestros.
Ajustes de cuentas.
Violencia.
Pero la ficción no necesita realidad.
Necesita héroes.
Y Curro Jiménez se convirtió en uno de ellos.
Robin Hood se había vestido de andaluz.
Del bandolero al guerrillero
Una vez aceptado el bandido bueno, el camino hacia el guerrillero bueno resulta extraordinariamente corto.
Las diferencias externas son evidentes.
Las semejanzas psicológicas son enormes.
Ambos viven fuera de la ley.
Ambos justifican la violencia mediante una causa superior.
Ambos afirman luchar contra una injusticia.
Ambos reclaman apoyo popular.
Y ambos generan admiración.
El bandolero se transforma en guerrillero.
El guerrillero se transforma en revolucionario.
Y el revolucionario termina convirtiéndose en héroe.
El Che Guevara: la consagración universal del mito
Aquí aparece Ernesto Che Guevara.
No como ruptura.
Sino como culminación.
Robin Hood ya no utiliza arco.
Curro Jiménez ya no cabalga por Sierra Morena.
Ahora viste uniforme militar.
Empuña un fusil.
Habla de revolución mundial.
Pero la estructura narrativa permanece intacta.
El rebelde.
El combatiente.
El hombre dispuesto a desafiar el orden establecido.
Millones de personas conocen su fotografía.
Muy pocas conocen detalladamente su trayectoria.
La imagen sustituyó al personaje.
El símbolo sustituyó a la realidad.
Y el mito alcanzó dimensión planetaria.
El revolucionario y el crimen organizado
Sin embargo, existe una cuestión incómoda.
Muchas organizaciones revolucionarias terminan utilizando métodos extraordinariamente similares a los del crimen organizado.
Secuestro.
Extorsión.
Contrabando.
Tráfico de armas.
Tráfico de drogas.
Blanqueo de capitales.
Control territorial.
Asesinatos selectivos.
La lista aparece una y otra vez.
En ETA.
En las FARC.
En Sendero Luminoso.
En diversas guerrillas africanas.
En organizaciones palestinas.
En numerosos movimientos armados de distintos continentes.
La diferencia principal no suele encontrarse en los métodos.
Suele encontrarse en la justificación.
El mafioso roba para sí mismo.
El revolucionario afirma robar para la causa.
Pero para la víctima la diferencia puede resultar escasamente apreciable.
La canción de Víctor Jara y el revolucionario acomodado
Resulta difícil encontrar una observación más irónica y más lúcida que la contenida en Las casitas del barrio alto.
Víctor Jara describe a jóvenes privilegiados.
Educados.
Acomodados.
Beneficiarios de la prosperidad.
Que terminan jugando a la revolución.
Que terminan fascinados por las bombas.
Por la violencia política.
Por la sedición.
Por la lucha armada.
La observación sigue plenamente vigente.
Muchos de los admiradores más fervientes de las revoluciones viven precisamente en sociedades libres, seguras y prósperas.
Admiran revoluciones que padecen otros.
Idealizan guerras que sufren otros.
Celebran procesos cuyos costes recaen sobre otros.
Y precisamente ahí aparece una de las paradojas más llamativas de la modernidad.
La casa de papel y la globalización del buen delincuente
La misma lógica reaparece hoy en productos culturales de alcance mundial.
La casa de papel constituye probablemente el ejemplo más conocido.
Los protagonistas son delincuentes.
Secuestran.
Roban.
Coaccionan.
Violan la ley.
Sin embargo, millones de espectadores simpatizan con ellos.
Desean que triunfen.
Desean que escapen.
Desean que derroten al Estado.
¿Por qué?
Porque el viejo mecanismo sigue funcionando.
Los delincuentes aparecen humanizados.
Resultan simpáticos.
Parecen luchar contra instituciones frías e impersonales.
Y así Robin Hood reaparece una vez más.
Ahora vestido con mono rojo y máscara de Dalí.
Bella Ciao y la estetización de la rebeldía
La utilización de Bella Ciao refuerza aún más esta dinámica.
La canción ya había adquirido un enorme prestigio simbólico asociado a la resistencia antifascista.
La serie la transformó en un himno planetario de rebeldía.
Y millones de personas comenzaron a cantarla sin conocer apenas su contexto histórico.
La rebeldía se convirtió nuevamente en un valor en sí mismo.
El desafío adquirió prestigio automático.
Y la emoción sustituyó al análisis.
Hannah Arendt y la renuncia a pensar
Aquí regresamos inevitablemente a Hannah Arendt.
Porque el problema no consiste en la existencia de rebeldes.
Ni en la existencia de revolucionarios.
Ni siquiera en la existencia de causas legítimas.
El problema aparece cuando dejamos de pensar.
Cuando dejamos de juzgar.
Cuando dejamos de examinar críticamente a quienes admiramos.
Cuando la causa se vuelve más importante que los actos.
Cuando la emoción sustituye al análisis.
Cuando la propaganda sustituye a la realidad.
Ése es el momento en que el verdugo comienza a transformarse en héroe.
Carlos Rangel tenía razón
Y por eso el libro Del buen salvaje al buen revolucionario conserva hoy una actualidad extraordinaria.
Porque describe una tentación permanente.
La tendencia a atribuir virtud automática a quien desafía el orden existente.
La tendencia a idealizar al rebelde.
La tendencia a convertir al revolucionario en héroe antes de examinar sus actos.
La tendencia a preferir los mitos a los hechos.
Robin Hood.
Curro Jiménez.
Los maquis.
El Che.
ETA.
Determinadas organizaciones palestinas.
Hamás.
Los nuevos activismos internacionales.
Todos son eslabones distintos de una misma cadena simbólica.
La lección final
Quizá la gran lección de este ensayo pueda resumirse en una frase sencilla.
Las causas no convierten en virtuosos a quienes las invocan.
Los fines no santifican los medios.
Los símbolos no sustituyen a los hechos.
Y la justicia exige juzgar a todos con el mismo rasero.
Porque la frontera entre el libertador y el tirano.
Entre el revolucionario y el verdugo.
Entre el héroe y el criminal.
No la determina la bandera.
No la determina la ideología.
No la determina la causa.
La determinan los actos.
Y olvidarlo ha costado demasiadas vidas a lo largo de la historia.
COROLARIO
La madurez como antídoto frente a los falsos redentores

Quizá la gran lección que podemos extraer de este largo recorrido histórico resulte mucho más sencilla de lo que parece.
Y también mucho más incómoda.
La libertad exige madurez.
No existe libertad auténtica sin ciudadanos adultos.
No existe sociedad libre formada por individuos que esperan permanentemente la llegada de un salvador.
Porque el problema no comienza cuando aparece un revolucionario.
Comienza cuando una sociedad desea creer en él.
Comienza cuando millones de personas buscan desesperadamente a alguien que les prometa soluciones fáciles para problemas difíciles.
A alguien que les asegure que existe un culpable único para todos los males.
A alguien que les garantice que la historia puede arreglarse mediante una revolución, una bandera, una ideología, una guerra o una causa supuestamente redentora.
Ésa es la tentación permanente de la infancia política.
La búsqueda del padre providencial.
Del caudillo.
Del profeta.
Del revolucionario.
Del libertador.
Del hombre providencial que, armado con una varita mágica, eliminará las guerras, acabará con la pobreza, erradicará las enfermedades, pondrá fin a las injusticias y resolverá todos los problemas de la humanidad.
La historia demuestra que esos personajes aparecen constantemente.
Y también demuestra que jamás cumplen sus promesas.
Porque nadie puede cumplirlas.
Porque forman parte de una ilusión infantil.
La realidad humana es imperfecta.
Siempre lo ha sido.
Siempre lo será.
Existirán conflictos.
Existirán injusticias.
Existirán errores.
Existirán enfermedades.
Existirán fracasos.
Existirán miserias.
La civilización no consiste en abolir esas realidades.
Consiste en limitarlas.
Contenerlas.
Reducirlas.
Gestionarlas razonablemente.
Y hacerlo mediante instituciones, leyes, responsabilidades y ciudadanos conscientes de las limitaciones inherentes a la condición humana.
La auténtica madurez política comienza cuando abandonamos la fantasía del salvador.
Cuando dejamos de buscar hombres providenciales.
Cuando dejamos de esperar revoluciones redentoras.
Cuando comprendemos que ningún paraíso terrenal llegará a resolver definitivamente los problemas humanos.
Y cuando aceptamos que la libertad exige algo mucho más difícil que obedecer a un líder o seguir una causa.
Exige pensar.
Exige juzgar.
Exige asumir responsabilidades.
Exige aceptar las consecuencias de nuestros actos.
Exige convivir con la complejidad.
Exige renunciar a las soluciones milagrosas.
La transgresión permanente, tan celebrada por ciertas corrientes culturales y políticas contemporáneas, no constituye necesariamente una muestra de madurez.
Con frecuencia representa exactamente lo contrario.
Una forma sofisticada de inmadurez.
La pataleta perpetua del adolescente que confunde rebeldía con sabiduría.
La ilusión de que toda norma es opresión.
La creencia de que toda autoridad es ilegítima.
La fantasía de que destruir resulta más fácil y más noble que construir.
Pero construir exige esfuerzo.
Exige disciplina.
Exige responsabilidad.
Exige aceptar límites.
Exige aceptar que la realidad no se adapta dócilmente a nuestros deseos.
La verdadera libertad no consiste en hacer lo que a uno le apetece.
Consiste en gobernarse a sí mismo.
Y sólo los adultos son capaces de hacerlo.
Por eso la mejor defensa frente a los falsos revolucionarios, los falsos libertadores, los falsos redentores y los falsos profetas no reside en nuevas ideologías.
Ni en nuevos caudillos.
Ni en nuevas revoluciones.
Reside en ciudadanos maduros.
Capaces de desconfiar de los vendedores de paraísos.
Capaces de examinar críticamente a sus propios héroes.
Capaces de juzgar los actos antes que las consignas.
Capaces de distinguir entre la realidad y la propaganda.
Capaces de comprender que las causas no santifican los medios.
Y capaces de recordar, una y otra vez, la lección más importante de todas:
que la frontera entre el héroe y el verdugo no la determina la bandera que enarbola, ni la causa que proclama, ni el himno que canta.
La determinan sus actos.
Siempre sus actos.
Y únicamente sus actos.