¿Está despertando la España católica?
O quizá simplemente comienza a cansarse del vacío.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Durante décadas se ha dado por descontado que España avanzaba hacia una secularización irreversible. La disminución de la práctica religiosa, la pérdida de influencia social de la Iglesia, el envejecimiento de las parroquias y el predominio de una cultura cada vez más alejada del cristianismo parecían confirmar que la religión católica había quedado reducida a un vestigio del pasado.
Sin embargo, en los últimos tiempos han comenzado a percibirse algunos fenómenos que invitan, al menos, a la reflexión. En distintas ciudades aparecen iglesias llenas de jóvenes, aumentan determinadas peregrinaciones, crecen los testimonios de conversiones y muchos muchachos y muchachas, que jamás recibieron una formación religiosa sólida, se acercan al cristianismo por iniciativa propia.
¿Estamos ante una auténtica regeneración católica?
Todavía es pronto para afirmarlo.
Las modas existen y la historia aconseja prudencia. No todo interés pasajero termina convirtiéndose en una convicción profunda.
Pero quizá la cuestión verdaderamente importante no sea ésa.
Tal vez el fenómeno más significativo no consista en el posible resurgir del catolicismo, sino en el agotamiento de un modelo cultural que, durante más de medio siglo, prometió sustituir la religión por el bienestar material, el consumo, la técnica y el relativismo moral.
La gran promesa de la modernidad consistía en que el progreso científico y económico bastaría para hacer al hombre más libre y más feliz. Se aseguraba que la religión terminaría siendo innecesaria porque la ciencia resolvería los grandes problemas, el Estado garantizaría el bienestar y cada individuo encontraría por sí mismo el sentido de su existencia.
Sin embargo, los resultados invitan a una reflexión mucho más crítica.
Vivimos en sociedades materialmente más prósperas que nunca, pero también profundamente envejecidas, con una natalidad en mínimos históricos, millones de personas viviendo en soledad, una creciente fragilidad familiar, elevadas tasas de ansiedad y depresión y una evidente pérdida de referencias morales compartidas.
La abundancia no ha eliminado el vacío existencial.
Porque el ser humano necesita mucho más que comodidad.
Necesita sentido.
Y ésta es una de las ideas fundamentales de este ensayo.
Las civilizaciones no viven únicamente de la economía, de la tecnología o de las instituciones. Necesitan también una visión del hombre, una idea de la verdad, una concepción del bien y del mal y un conjunto de principios capaces de orientar la conducta individual y colectiva.
Durante siglos, esa función la ha desempeñado el cristianismo en España.
No únicamente desde los templos.
También mediante la familia, la enseñanza, las costumbres, el arte, la literatura, el derecho y la vida cotidiana.
La cultura española era inseparable de una determinada antropología cristiana que afirmaba la dignidad de toda persona, la responsabilidad individual, la libertad unida al deber, la importancia de la familia y la existencia de una ley moral superior al poder político.
Pero, con el paso del tiempo muchas de esas referencias fueron desapareciendo.
No siempre fueron sustituidas por otras mejores.
Con frecuencia, simplemente fueron sustituidas por el vacío.
Y el vacío nunca permanece mucho tiempo sin llenarse.
Cuando desaparecen las grandes convicciones, suelen ocupar su lugar las ideologías, el consumismo, el individualismo extremo, la política convertida en religión civil o la dependencia creciente del Estado.
En este contexto adquiere un significado especial una expresión muy española:
«Soy católico, pero no practicante.»
Durante décadas pareció una fórmula elegante para conservar una identidad cultural sin asumir las obligaciones que esa identidad comportaba.
Pero esa actitud terminó extendiéndose mucho más allá del ámbito religioso.
Hoy abundan también los demócratas no practicantes, los defensores de la libertad que guardan silencio cuando se limita la libertad del discrepante, los patriotas que sólo recuerdan a España en determinadas celebraciones, los ciudadanos que exigen honestidad a los gobernantes mientras aceptan pequeñas corrupciones cotidianas, y quienes proclaman grandes principios que rara vez influyen en su propia conducta.
El problema ya no consiste únicamente en la pérdida de la fe.
Consiste en la pérdida de la coherencia.
Y ninguna sociedad puede sostenerse durante mucho tiempo cuando las convicciones dejan de traducirse en comportamientos.
Es por ello que no dudo en afirmar que la crisis española no puede entenderse exclusivamente en términos políticos, económicos o institucionales.
Existe una dimensión moral que resulta imposible ignorar.
Las leyes son necesarias.
Las instituciones también.
Pero ambas dependen, en última instancia, de la calidad moral de quienes las crean, las interpretan y las aplican.
Ninguna Constitución puede sustituir a la conciencia.
Ningún tribunal puede reemplazar a la honradez.
Ninguna ley puede obligar a ser virtuoso.
Ya lo comprendieron Aristóteles, Cicerón y, siglos más tarde, la Escuela de Salamanca, cuyos pensadores elaboraron una de las aportaciones más importantes de España al pensamiento universal. Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Martín de Azpilcueta, Melchor Cano, Francisco Suárez o Juan de Mariana defendieron que el poder político posee límites, que la persona tiene una dignidad anterior al Estado y que la autoridad sólo resulta legítima cuando sirve al bien común y respeta la ley moral.
Ese legado constituye uno de los grandes patrimonios intelectuales de España.
Sin embargo, con frecuencia parece más conocido y apreciado fuera de nuestras fronteras que dentro de ellas.
Pero, retomemos a la Iglesia Española.
Sería injusto ignorar la entrega silenciosa de miles de sacerdotes, religiosos y laicos que continúan desarrollando una inmensa labor espiritual, educativa y asistencial.
Pero también resulta legítimo preguntarse si parte de la jerarquía eclesiástica no ha confundido, en demasiadas ocasiones, la prudencia con el silencio, el diálogo con la complacencia o la adaptación con la renuncia.
La misión de la Iglesia nunca ha consistido en repetir lo que el mundo desea escuchar.
Precisamente el cristianismo transformó la Historia porque fue capaz de anunciar una verdad incómoda cuando resultaba más fácil acomodarse al poder.
Al mismo tiempo, conviene evitar cualquier tentación de idealizar el pasado.
Nada más lejos de mis pretensiones que regresar a otra época.
La Historia nunca retrocede.
No se trata de reconstruir la España del siglo XVI ni de restaurar formas sociales desaparecidas.
Se trata de recuperar principios permanentes que siguen siendo válidos en cualquier tiempo: la dignidad de la persona, la responsabilidad individual, la primacía de la verdad sobre la propaganda, la libertad inseparable del deber, el valor de la familia, la educación como formación del carácter y la limitación moral del poder político.
Por ello, la posible regeneración de España no comenzará en el Parlamento ni en los partidos.
Tampoco dependerá exclusivamente de unas elecciones, de una reforma constitucional o de un cambio de Gobierno.
Las grandes transformaciones históricas nacen siempre mucho antes de llegar a las instituciones.
Comienzan en la conciencia de las personas.
Continúan en las familias.
Se desarrollan en las escuelas, en las universidades, en las parroquias, en las asociaciones y en la vida cotidiana.
Sólo después terminan reflejándose en las leyes y en las instituciones.
Ésa constituye la gran enseñanza de nuestra propia Historia.
España alcanzó sus mejores momentos cuando creyó firmemente en unos principios que daban sentido a la vida individual y colectiva. No fue perfecta, ni mucho menos, pero poseía un horizonte común que permitía afrontar sacrificios, construir instituciones duraderas y emprender grandes empresas.
Las naciones no sobreviven únicamente gracias a su riqueza.
Sobreviven porque conservan razones para seguir existiendo.
En definitiva, este ensayo no pretende demostrar que España esté viviendo ya una gran regeneración católica.
Plantea una pregunta mucho más amplia y, quizá, más importante.
¿Estamos asistiendo al comienzo de un despertar moral después de décadas de relativismo y de vacío espiritual?
Nadie puede responder todavía con certeza.
Pero si ese despertar llega a consolidarse, no será porque aumenten simplemente las estadísticas religiosas.
Será porque un número creciente de españoles decida volver a vivir conforme a convicciones profundas, asumiendo que la libertad exige responsabilidad, que la verdad merece ser buscada y defendida y que ninguna nación puede aspirar a un futuro sólido si antes renuncia a las ideas y virtudes que hicieron posible su mejor pasado.
Porque, en último término, toda regeneración colectiva comienza siempre por una regeneración personal.