¿Quién teme a la lengua española? Verdades y mentiras sobre la LENGUA ESPAÑOLA…
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN
La Leyenda Negra y el extraño empeño de combatir el mayor patrimonio común del mundo hispánico

Resumen para lectores con prisas
¿Quién le ha declarado la guerra a la lengua española?
Vivimos una paradoja difícil de explicar.
Mientras más de seiscientos millones de personas hablan español, mientras miles de universidades de todo el mundo lo enseñan, mientras millones de estudiantes extranjeros lo aprenden convencidos de que les abrirá las puertas de una de las mayores comunidades culturales del planeta, en la propia España proliferan quienes la presentan como una lengua sospechosa, incómoda o incluso opresora.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Ésa es la pregunta que recorre estas páginas.
Este ensayo sostiene una tesis muy sencilla, pero profundamente incómoda: la guerra contra la lengua española nunca ha sido, en realidad, una guerra lingüística.
Ha sido, y sigue siendo, una guerra política, cultural e histórica.
Porque nadie combate una gramática.
Nadie odia un diccionario.
Nadie persigue una conjugación verbal.
Lo que se combate es lo que esa lengua representa: una historia compartida, una civilización y una comunidad humana que trasciende fronteras, gobiernos e ideologías.
Durante décadas se ha repetido hasta la saciedad que el español se extendió exclusivamente mediante la violencia y la imposición. Sin embargo, la realidad histórica resulta mucho más compleja.
Cuando desapareció el Imperio español, desapareció también cualquier posibilidad de «imponer la lengua» desde Madrid. A pesar de ello, las nuevas repúblicas americanas conservaron el español como lengua común. Nadie las obligó. Lo hicieron porque ya era el mejor instrumento para comunicarse, administrar territorios inmensos, impartir enseñanza superior, redactar leyes, desarrollar la literatura y mantener un espacio cultural compartido.
Ésa constituye una de las mayores pruebas de que el español sobrevivió por utilidad, no por coacción.
Otro de los grandes silencios de nuestra historiografía afecta a las lenguas indígenas americanas y filipinas.
Quienes presentan la presencia española como un simple proyecto de destrucción cultural apenas mencionan que fueron centenares de religiosos españoles quienes redactaron las primeras gramáticas, diccionarios y vocabularios de numerosas lenguas nativas. Aprendieron náhuatl, quechua, aimara, guaraní, maya, tagalo y muchas otras porque comprendieron una realidad elemental: nadie puede enseñar a quien no entiende su idioma.
Aquella inmensa labor filológica constituye uno de los capítulos más extraordinarios de la historia de la lingüística universal y, paradójicamente, continúa siendo uno de los menos conocidos.
El ensayo sostiene igualmente que las lenguas jamás nacen por decreto.
Ningún gobierno inventó el español.
Ni el francés.
Ni el inglés.
Ni el portugués.
Las lenguas son una creación espontánea de millones de personas que, durante generaciones, fueron modificando lentamente su forma de hablar hasta dar origen a un idioma.
Primero habla el pueblo.
Después escriben los grandes autores.
Más tarde llegan los gramáticos.
Finalmente aparecen las academias.
Nunca ocurre al revés.
Por eso resulta tan importante distinguir entre describir una lengua y utilizarla como instrumento de construcción política.
Toda lengua merece respeto.
También las modalidades lingüísticas tradicionales de las distintas regiones españolas.
Pero una cosa es proteger un patrimonio cultural y otra muy distinta convertir la lengua en un instrumento de poder, en un requisito ideológico o en un mecanismo de diferenciación política.
Ésa es, precisamente, una de las grandes transformaciones producidas en España durante las últimas décadas.
La lengua ha dejado de contemplarse únicamente como un medio para entenderse.
Con demasiada frecuencia se utiliza para marcar diferencias, levantar fronteras simbólicas y construir identidades políticas excluyentes.
Frente a esa tendencia, este ensayo recuerda una evidencia histórica que durante siglos nadie discutió.
Millones de españoles hablaban con absoluta naturalidad la modalidad lingüística de su comarca y el español.
No experimentaban conflicto alguno.
Sabían que una lengua conservaba sus raíces familiares y otra les abría las puertas del conjunto de España y del inmenso mundo hispánico.
La incompatibilidad apareció mucho después.
No nació espontáneamente del pueblo.
Fue impulsada desde proyectos políticos que necesitaban convertir la lengua en un elemento central de diferenciación.
Existe además una contradicción difícil de ignorar.
Quienes públicamente presentan el español como una amenaza rara vez consideran un inconveniente que sus propios hijos lo dominen perfectamente. Al contrario. Procuran que, además, aprendan inglés y, si es posible, una tercera lengua.
¿Por qué?
Porque conocen perfectamente el inmenso valor práctico de los idiomas.
Saben que las lenguas no restan oportunidades.
Las multiplican.
Y saben también que el español constituye una de las herramientas culturales, económicas y profesionales más poderosas del mundo contemporáneo.
Este libro no enfrenta unas lenguas con otras.
Sería una enorme contradicción.
Todas las lenguas representan un patrimonio de la humanidad y merecen ser conocidas y respetadas.
Lo que aquí se cuestiona es la utilización política del idioma, la manipulación de la historia y la aceptación acrítica de una Leyenda Negra que ha terminado siendo asumida por una parte de los propios españoles.
La historia de España, como la de cualquier otra nación, contiene episodios admirables y episodios lamentables.
Negar unos o los otros constituye un error.
Reducir más de cinco siglos de historia a una caricatura constituye otro todavía mayor.
El español no necesita mitificaciones.
Tampoco necesita pedir perdón por existir.
Necesita ser conocido.
Estudiado.
Comprendido.
Porque constituye la mayor obra colectiva nacida en España.
No existe ninguna otra creación española utilizada diariamente por más de seiscientos millones de personas repartidas por todos los continentes.
Ésa es su verdadera dimensión.
Y también la mejor respuesta frente a quienes intentan reducirlo a una simple herencia incómoda del pasado.
Las ideologías pasan.
Los gobiernos cambian.
Las fronteras se modifican.
Las campañas de propaganda terminan olvidadas.
Las grandes lenguas permanecen.
Porque no pertenecen a los Estados.
Ni a los partidos.
Ni a las academias.
Pertenecen a quienes las hablan.
Y mientras cientos de millones de personas continúen pensando, escribiendo, enseñando, investigando, creando, rezando, soñando y amando en español, ninguna campaña política conseguirá destruir la mayor creación cultural del mundo hispánico.
Ésa es, en definitiva, la idea central de este ensayo.

Continúa leyendo si quieres profundizar y aprender más:
PRÓLOGO
¿Quién le ha declarado la guerra a la lengua española?
Hay preguntas cuya sola formulación parece absurda.
¿Quién podría odiar una lengua?
¿Qué sentido tendría declarar la guerra a un idioma?
¿Por qué habría de convertirse una forma de hablar en motivo de enfrentamiento político?
Y, sin embargo, eso es exactamente lo que viene sucediendo desde hace décadas.
No me refiero únicamente al español.
Me refiero, sobre todo, a lo que el español representa.
Porque una lengua nunca es solamente un conjunto de palabras.
Una lengua constituye la memoria de un pueblo.
Su manera de pensar.
Su forma de nombrar el mundo.
El depósito donde generaciones enteras han ido dejando sus alegrías, sus tragedias, sus descubrimientos, sus dudas y sus esperanzas.
Cada palabra posee una historia.
Cada expresión encierra siglos de experiencia colectiva.
Cada refrán resume la inteligencia acumulada de innumerables generaciones.
Destruir esa memoria resulta imposible.
Pero desacreditarla…
Eso sí es posible.
Y quizá ése haya sido uno de los objetivos más persistentes de la Leyenda Negra antiespañola.
No bastaba con presentar a España como una nación atrasada, fanática o cruel.
Era necesario ir un paso más allá.
Había que convencer a los propios españoles de que desconfiaran de su historia.
De sus instituciones.
De su tradición.
Y, finalmente, de su lengua.
Porque quien consigue avergonzar a un pueblo de su pasado termina debilitando también su confianza en el presente.
Y un pueblo que deja de creer en sí mismo termina aceptando casi cualquier relato elaborado por otros.
Ésa constituye, a mi juicio, la mayor victoria alcanzada por la Leyenda Negra.
No haber convencido a ingleses, franceses u holandeses.
Eso entra dentro de la lógica de la competencia entre potencias.
La verdadera victoria consistió en convencer a una parte considerable de los propios españoles.
Hasta el extremo de que hoy resulta perfectamente normal escuchar afirmaciones que hace apenas un siglo habrían parecido extravagantes.
Que la lengua española constituye poco menos que un instrumento histórico de opresión.
Que el mayor patrimonio cultural compartido por más de seiscientos millones de personas debe contemplarse con desconfianza.
Que hablar de la extraordinaria aportación del español a la civilización constituye una muestra de nacionalismo.
Que recordar determinados hechos históricos equivale a blanquear el pasado.
Mientras tanto, fuera de España sucede exactamente lo contrario.
Millones de personas aprenden español todos los años.
Miles de universidades lo enseñan.
Decenas de países lo consideran una lengua imprescindible.
Empresas de todo el mundo buscan profesionales capaces de utilizarlo.
Escritores de los cinco continentes publican en español.
Investigadores desarrollan su trabajo en español.
Cantantes, cineastas, filósofos y científicos continúan enriqueciendo una lengua cuya vitalidad parece no conocer límites.
He aquí la paradoja.
Mientras el mundo descubre el inmenso valor del español, algunos españoles parecen empeñados en minimizarlo.
Mientras millones de personas desean aprenderlo, algunos intentan reducir su presencia allí donde nació.
Mientras constituye uno de los mayores instrumentos de comunicación internacional, se pretende presentarlo como un problema político.
Confieso que jamás he conseguido comprender semejante contradicción.
Y precisamente por eso nació este libro.
No pretende idealizar la historia de España.
Sería una insensatez.
Toda nación posee luces y sombras.
Toda civilización conoció episodios admirables y otros profundamente lamentables.
España no constituye una excepción.
Pero tampoco acepta que toda una civilización pueda reducirse a una caricatura.
Ni que una lengua hablada por más de seiscientos millones de personas deba contemplarse exclusivamente a través de los prejuicios acumulados durante siglos de propaganda.
Este libro tampoco pretende enfrentar unas lenguas con otras.
Sería igualmente absurdo.
Toda lengua constituye un tesoro.
Toda modalidad lingüística merece respeto.
Toda tradición cultural merece ser conocida.
Precisamente por eso resulta incomprensible convertir el español en el enemigo de las demás.
Las lenguas no nacieron para enfrentarse.
Nacieron para permitir que los seres humanos se entendieran.
Ése es el hilo conductor de las páginas que siguen.
No encontrará el lector un panfleto.
Tampoco una hagiografía de España.
Mucho menos una invitación al enfrentamiento.
Encontrará preguntas.
Muchas preguntas.
Preguntas que, curiosamente, rara vez aparecen en los manuales escolares o en los debates políticos.
¿Por qué el español sobrevivió a la desaparición del Imperio?
¿Por qué las nuevas repúblicas americanas decidieron conservarlo?
¿Por qué tantos religiosos españoles dedicaron su vida a estudiar las lenguas indígenas y a redactar gramáticas, diccionarios y vocabularios?
¿Por qué la Escuela de Salamanca debatió sobre la dignidad y los derechos de los indígenas cuando semejantes discusiones apenas existían en otras potencias de la época?
¿Por qué una lengua que ha permitido comunicarse durante siglos a centenares de millones de personas termina siendo presentada como un problema?
Y, sobre todo…
¿Por qué precisamente España parece sentirse incómoda ante uno de los mayores legados culturales que ha entregado al mundo?
No ofrezco respuestas definitivas.
No pretendo poseer la verdad absoluta.
Aspiro únicamente a algo mucho más modesto.
Invitar al lector a pensar por sí mismo.
A desconfiar de las consignas.
A comparar.
A leer.
A contrastar documentos.
A recordar que la historia rara vez cabe en un eslogan.
Y que las lenguas, como los pueblos, jamás deberían convertirse en rehenes de la propaganda.
Porque una lengua no pertenece a los gobiernos.
Ni a los partidos.
Ni a las ideologías.
Pertenece a quienes la hablan.
Y el español pertenece hoy a más de seiscientos millones de seres humanos repartidos por todos los continentes.
Ésa constituye su verdadera fuerza.
Y también la mejor respuesta frente a quienes, desde hace siglos, intentan convertir la mayor creación cultural del mundo hispánico en un motivo de división, de culpabilidad o de vergüenza.
No lo conseguirán.
Porque las ideologías pasan.
Los gobiernos cambian.
Las fronteras se modifican.
Pero las grandes lenguas sobreviven.
Y el español ha demostrado, una y otra vez, que pertenece a esa privilegiada categoría de lenguas destinadas a perdurar.
Si quieres aprender más, profundizar, sigue leyendo
Hay guerras que se libran con ejércitos, otras con leyes y algunas, quizá las más peligrosas, con palabras. La que desde hace décadas se desarrolla contra la lengua española pertenece a esta última categoría. No se trata de una discusión filológica, ni de un debate académico entre especialistas, ni siquiera de una controversia pedagógica. Se trata, ante todo, de un combate político y cultural.
Quien crea que el objetivo consiste únicamente en proteger las demás lenguas españolas no ha comprendido la verdadera naturaleza del problema. Nadie con un mínimo de sensatez puede oponerse a que el catalán, el gallego, el euskera, el aranés, el asturiano o cualquier otra modalidad lingüística de España sean conocidos, estudiados y conservados. Constituyen una parte valiosa del patrimonio histórico y cultural de nuestra nación.
La cuestión comienza cuando la legítima protección de una lengua deja paso a la hostilidad hacia otra. Cuando la defensa se transforma en exclusión. Cuando el bilingüismo deja de considerarse una riqueza para convertirse en una anomalía que debe corregirse. Cuando la lengua común de todos los españoles pasa a ser presentada como una amenaza.
Y ahí aparece la auténtica raíz del problema.
Detrás de esta ofensiva no hay una preocupación lingüística. Hay una determinada interpretación de la historia de España. Una interpretación según la cual España habría sido, desde hace siglos, una potencia esencialmente opresora; su historia, una sucesión casi ininterrumpida de abusos; su presencia en América, una empresa exclusivamente destructiva; y su lengua, el instrumento principal de esa supuesta dominación.
Ése es, en esencia, el viejo relato de la Leyenda Negra.
Durante siglos fue utilizado por las potencias rivales de España para debilitar el prestigio de la Monarquía Hispánica. Nada tiene de extraño: todas las grandes potencias han recurrido a la propaganda contra sus adversarios. Lo verdaderamente sorprendente es que, varios siglos después, ese mismo relato haya sido asumido por una parte de las propias élites políticas, culturales y educativas españolas hasta el extremo de convertirse, en muchos ámbitos, en la explicación dominante de nuestra historia.
El resultado salta a la vista.
Mientras más de seiscientos millones de personas utilizan el español como instrumento de comunicación, creación literaria, investigación científica, actividad económica y convivencia, en la propia España proliferan iniciativas que presentan esa lengua común como un problema político antes que como uno de los mayores legados culturales de nuestra historia.
El episodio protagonizado por el programa de Iñaki Gabilondo constituye un magnífico ejemplo de esta situación. Bastó recordar que la Monarquía Hispánica no impuso de manera general el aprendizaje obligatorio del castellano a todos los pueblos indígenas ni prohibió sistemáticamente sus lenguas para que surgieran peticiones de cancelación y acusaciones de manipulación histórica.
Sin embargo, una realidad incómoda permanece ahí.
Los españoles elaboraron gramáticas, vocabularios, diccionarios y catecismos de numerosas lenguas indígenas americanas y asiáticas. Allí donde llegaron los misioneros aparecieron estudios del náhuatl, del quechua, del aimara, del guaraní y de muchas otras lenguas que hoy constituyen una fuente imprescindible para conocer su evolución histórica. En Filipinas ocurrió algo semejante con diversas lenguas del archipiélago. Resulta difícil sostener que el objetivo fuera destruir inmediatamente unos idiomas cuya descripción y conservación exigió tantos esfuerzos intelectuales.
El español terminó extendiéndose, sobre todo, porque era útil.
Las personas no son estúpidas. Los pueblos tampoco.
A lo largo de la historia, las lenguas que facilitan el comercio, la enseñanza, la administración, la movilidad y las relaciones humanas acaban imponiéndose por razones prácticas mucho antes que por razones políticas.
Así ocurrió con el latín durante siglos.
Así ocurrió con el francés como lengua diplomática.
Así ocurre hoy con el inglés.
Y así ocurrió, en buena medida, con el español en el inmenso espacio hispánico.
Si la expansión del español hubiera dependido únicamente de la fuerza, habría desaparecido en la mayor parte de Hispanoamérica tras la independencia de aquellas naciones. Ocurrió exactamente lo contrario. Los nuevos Estados conservaron el español como lengua común porque permitía entenderse entre poblaciones que hablaban multitud de lenguas diferentes y porque facilitaba la organización de territorios inmensos.
Las lenguas sobreviven cuando resultan útiles.
Desaparecen cuando dejan de serlo.
Ahí están los ejemplos de Filipinas, donde el español perdió progresivamente su presencia; del portugués de Brasil, que evolucionó siguiendo su propio camino; del inglés de los Estados Unidos, distinto del británico; o del propio latín, del que nacieron las lenguas romances. La historia demuestra que ninguna lengua permanece inmutable y que su evolución depende, sobre todo, del uso que hacen de ella millones de personas.
Precisamente por eso resulta paradójico que determinados movimientos políticos pretendan convertir la lengua en un instrumento de ingeniería social. Una lengua puede cuidarse, estudiarse y promoverse. Otra cosa muy distinta es utilizarla como elemento de separación política o como criterio para dividir a los ciudadanos entre propios y extraños.
Cuando una lengua deja de ser un medio de comunicación para convertirse en una frontera ideológica, deja de servir a la convivencia y empieza a servir al enfrentamiento.
Ése es, en mi opinión, uno de los mayores riesgos del presente.
Porque una nación comienza a debilitarse cuando aprende a desconfiar de su propia historia, a despreciar su propia cultura y a contemplar su propia lengua como un motivo de culpa antes que como un patrimonio compartido.
Y pocas herencias culturales posee España más universales, fecundas y vivas que una lengua hablada hoy por más de seiscientos millones de personas.
La utilidad siempre derrota a la imposición
Existe una verdad elemental que demasiados ideólogos parecen haber olvidado: las personas suelen actuar movidas por el sentido práctico. No adoptan una lengua porque un político la bendiga desde un parlamento ni porque un burócrata redacte un decreto. La adoptan porque les resulta útil.
Ésa ha sido la historia de todas las grandes lenguas de la civilización.
Nadie necesitó una ley para convencer a millones de europeos de utilizar el latín durante siglos como lengua de la cultura, del derecho o de la Iglesia. Tampoco el inglés se ha convertido en la principal lengua internacional porque exista una policía mundial encargada de imponerlo. Universidades, empresas, comercio, ciencia, tecnología, navegación aérea, relaciones internacionales… han convertido el inglés en una herramienta práctica. Millones de personas lo estudian porque desean ampliar sus oportunidades.
Con el español ocurrió algo semejante.
Su extraordinaria expansión no puede explicarse únicamente por la existencia de un inmenso imperio. Los imperios desaparecen. Las lenguas permanecen… o desaparecen. El español sobrevivió a la desaparición del Imperio español porque continuó siendo útil para los propios hispanoamericanos. Tras las independencias, ninguna autoridad española podía imponer absolutamente nada. Sin embargo, las nuevas repúblicas conservaron el español como lengua común porque facilitaba la comunicación entre pueblos de orígenes muy diversos y permitía mantener un inmenso espacio cultural compartido.
Ésa es la mejor prueba de que el español no sobrevivió gracias a la espada, sino gracias a su utilidad.
El extraño complejo español
Resulta difícil encontrar un fenómeno semejante en el resto del mundo.
Francia protege el francés.
Italia protege el italiano.
Portugal protege el portugués.
Alemania protege el alemán.
El Reino Unido y los Estados Unidos jamás han pedido perdón por utilizar el inglés como lengua común de sus respectivos Estados.
En España, sin embargo, algunos parecen considerar que el español constituye poco menos que un problema nacional.
No deja de ser una paradoja extraordinaria.
Mientras millones de extranjeros pagan academias, cursos universitarios y estancias lingüísticas para aprender español, dentro de España determinados sectores políticos dedican enormes esfuerzos a reducir su presencia allí donde históricamente ha sido la lengua común.
No estamos ante una simple contradicción.
Estamos ante un auténtico contrasentido histórico.
La lengua como instrumento político
Las lenguas poseen un inmenso valor sentimental. Forman parte de la memoria familiar, de la literatura, de la música, de los refranes, de la manera de entender el mundo.
Precisamente por eso resultan tan útiles para determinados proyectos políticos.
Quien pretende construir una identidad política diferenciada sabe perfectamente que necesita símbolos propios.
Bandera.
Himno.
Relato histórico.
Y, por supuesto, lengua.
La lengua deja entonces de ser un medio para entenderse y pasa a convertirse en una señal de pertenencia. Ya no basta con conocerla; hay que convertirla en un elemento diferenciador. Poco a poco, el español deja de presentarse como una riqueza compartida para convertirse en el idioma del «otro», del Estado, del adversario político.
Ése es el verdadero cambio.
No se trata de amar una lengua propia.
Se trata de aprender a desconfiar de la lengua común.
La gran paradoja de las élites
Durante generaciones, buena parte de las familias más acomodadas de las regiones con lengua propia procuraron que sus hijos dominaran perfectamente el español.
¿Por qué?
Porque sabían que era la lengua de acceso a las universidades, a la Administración del Estado, a las profesiones liberales, a la empresa y a un mercado infinitamente más amplio que el estrictamente regional.
Nadie consideraba aquello una amenaza.
Era, sencillamente, una decisión práctica.
La misma lógica que lleva hoy a millones de familias de todo el mundo a procurar que sus hijos aprendan inglés sin por ello renunciar a su lengua materna.
Sin embargo, el discurso político ha ido desplazando progresivamente esa visión pragmática hacia otra completamente distinta: la lengua deja de contemplarse como un instrumento para abrir horizontes y pasa a utilizarse como elemento de diferenciación política.
Y ahí aparece una contradicción difícil de ocultar.
Mientras se proclama públicamente la necesidad de reducir la presencia del español, muchas familias siguen considerando imprescindible que sus hijos lo dominen correctamente, junto con otras lenguas internacionales, porque conocen perfectamente cuál será la realidad universitaria, profesional y económica con la que deberán enfrentarse.
Los discursos ideológicos pueden cambiar con cada legislatura.
La realidad cotidiana suele ser bastante más obstinada.
Una herencia que pertenece a todos
El español dejó hace mucho tiempo de pertenecer exclusivamente a España.
Pertenece también a México, Argentina, Colombia, Perú, Chile, Guatemala, Paraguay, Uruguay, República Dominicana y al conjunto de las naciones hispánicas.
Pertenece igualmente a millones de ciudadanos de los Estados Unidos que lo utilizan diariamente.
Y pertenece, sobre todo, a quienes lo hablan, lo escriben, lo enriquecen y lo transmiten a sus hijos.
Ningún gobierno puede apropiarse de una lengua.
Ningún partido puede otorgarse el monopolio de su defensa.
Y ningún proyecto político debería convertir en enemigo un patrimonio cultural compartido por más de seiscientos millones de personas.
Por eso, la verdadera cuestión no consiste en decidir si debemos proteger las demás lenguas españolas. Naturalmente que sí. Constituyen parte inseparable de nuestra historia y de nuestra riqueza cultural.
La cuestión consiste en preguntarse por qué resulta necesario enfrentar unas lenguas con otras, como si el progreso de una exigiera inevitablemente el retroceso de la otra.
La historia demuestra justamente lo contrario.
Las lenguas florecen cuando sirven para comunicar.
Empiezan a marchitarse cuando se convierten en trincheras.
La Leyenda Negra: la gran victoria de los enemigos de España
Toda gran potencia ha sufrido campañas de propaganda por parte de sus adversarios. Nada tiene de extraordinario. Lo extraordinario es que una de esas campañas termine siendo asumida con entusiasmo por una parte de quienes pertenecen a la propia nación atacada.
Ésa es, a mi juicio, la verdadera victoria de la Leyenda Negra.
No consiste únicamente en presentar a España como una potencia cruel, fanática o atrasada. Consiste en lograr que sean los propios españoles quienes acepten ese relato sin apenas espíritu crítico y lo transmitan de generación en generación como si constituyera una verdad indiscutible.
A partir de ese momento, todo encaja.
Si España fue poco más que una inmensa maquinaria de opresión, su lengua deja de contemplarse como una extraordinaria creación cultural para convertirse en un simple instrumento de dominio.
Si la presencia española en América sólo produjo destrucción, deja de tener importancia que se fundaran universidades, hospitales, imprentas, cabildos o audiencias, o que se elaboraran gramáticas y diccionarios de numerosas lenguas indígenas.
Si todo cuanto hizo España merece una condena previa, cualquier dato que contradiga ese relato resulta sospechoso, incómodo o incluso ofensivo.
Por eso provoca tanto revuelo recordar hechos perfectamente conocidos por numerosos historiadores.
No porque sean falsos.
Sino porque desmontan un relato cuidadosamente construido durante siglos.
La historia no cabe en un eslogan
Vivimos una época extraña.
Nunca había existido tanto acceso al conocimiento y, sin embargo, pocas veces se ha mostrado tanta inclinación a reducir la historia a consignas.
La realidad desaparece.
Sólo queda el eslogan.
Conquista.
Colonización.
Genocidio.
Expolio.
Opresión.
Palabras repetidas una y otra vez hasta convertirlas en sustituto del estudio histórico.
Pero la historia nunca ha sido tan sencilla.
La Monarquía Hispánica cometió errores, abusos e injusticias, como cualquier otra gran potencia de su tiempo. Negarlo sería absurdo.
Tan absurdo como ignorar que también desarrolló instituciones jurídicas desconocidas en otros imperios, fundó universidades, debatió públicamente sobre los derechos de los indígenas, impulsó una inmensa labor evangelizadora y educativa y dejó tras de sí una comunidad cultural que sigue viva cinco siglos después.
Reducir semejante realidad a un único adjetivo constituye una caricatura, no una explicación histórica.
Cuando una lengua se convierte en culpable
Una lengua carece de responsabilidad moral.
No conquista territorios.
No dicta leyes.
No declara guerras.
No firma tratados.
Las lenguas son instrumentos de comunicación.
Sin embargo, determinados discursos políticos parecen atribuir al español una especie de culpa hereditaria.
Como si Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Quevedo, Rubén Darío, Borges, Gabriela Mistral, Octavio Paz o Mario Vargas Llosa hubieran escrito en una lengua culpable.
Como si hablar español implicara cargar con una responsabilidad histórica de la que otros idiomas estuvieran milagrosamente libres.
Resulta una paradoja difícil de superar.
Nadie responsabiliza al inglés de la expansión del Imperio británico.
Nadie propone combatir el francés por las guerras napoleónicas o por el colonialismo francés.
Nadie convierte el portugués en símbolo de las campañas portuguesas en África o Asia.
Sólo el español parece condenado a comparecer permanentemente ante un tribunal ideológico que nunca dicta sentencia absolutoria.
El verdadero objetivo
Por eso sostengo que la guerra contra el español nunca ha sido una guerra exclusivamente lingüística.
El objetivo no consiste únicamente en modificar planes de estudio, reducir horas lectivas o alterar la rotulación administrativa.
Todo eso forma parte de una estrategia mucho más amplia.
Cuando una comunidad pierde confianza en su propia historia, termina perdiéndola también en su cultura.
Y cuando acaba avergonzándose de su cultura, comienza a desconfiar de su propia lengua.
Ése es el recorrido.
Primero se cuestiona el pasado.
Después se desacredita el legado.
Finalmente se combate el símbolo que mejor representa la continuidad histórica de ese legado: la lengua.
Conclusión
Más de seiscientos millones de personas hablan hoy español.
Ninguna campaña parlamentaria, ninguna moda ideológica y ningún prejuicio histórico podrán borrar esa realidad.
Las lenguas verdaderamente universales no sobreviven porque las protejan los gobiernos.
Sobreviven porque millones de personas las consideran útiles, hermosas y capaces de expresar cuanto el ser humano piensa, siente o imagina.
El español ha demostrado sobradamente esa capacidad.
Por eso sigue creciendo.
Por eso continúa siendo una de las grandes lenguas de la cultura universal.
Y precisamente por eso resulta tan desconcertante que algunos pretendan convencer a los propios españoles de que contemplen con desconfianza el mayor patrimonio cultural que jamás ha creado nuestra nación.
Conviene recordar, para terminar, una sentencia atribuida a Averroes cuya vigencia parece intacta:
«La ignorancia conduce al miedo; el miedo conduce al odio; y el odio conduce a la violencia.»
Quizá ahí resida la explicación de muchas cosas.
Porque quien conoce la historia en toda su complejidad difícilmente cae en el fanatismo.
En cambio, quien sustituye el estudio por el prejuicio acaba viendo enemigos donde sólo existen siglos de historia compartida.
Defender el español no significa despreciar ninguna otra lengua de España.
Significa defender un patrimonio común construido durante siglos por cientos de millones de personas de ambos lados del Atlántico; un patrimonio que ya no pertenece únicamente a España, sino a toda la comunidad hispánica.
Y un pueblo que termina avergonzándose de su lengua corre el riesgo de acabar avergonzándose también de sí mismo.
El español no necesitó verdugos: le bastó con ser útil
Existe una diferencia esencial entre una lengua impuesta por la fuerza y una lengua adoptada por millones de personas porque facilita su vida cotidiana.
Los imperios desaparecen.
Las lenguas útiles permanecen.
La historia ofrece innumerables ejemplos.
El latín sobrevivió durante siglos a la desaparición del Imperio romano. De él nacieron el español, el portugués, el francés, el italiano, el rumano y las demás lenguas romances. Nadie planificó semejante evolución desde un ministerio. Fue el resultado de siglos de convivencia, comercio, administración, cultura y transmisión familiar.
Algo semejante ocurrió con el inglés. El idioma de Shakespeare no es idéntico en Londres, Nueva York, Sídney o Johannesburgo. Ha evolucionado siguiendo caminos distintos porque las lenguas vivas jamás permanecen inmóviles.
Lo mismo sucedió con el portugués en Brasil.
Y también con el español en el continente americano.
Cada pueblo incorporó palabras, giros, acentos y formas de expresión propias. Esa diversidad constituye una prueba de vitalidad, no de decadencia. Las lenguas muertas permanecen inmóviles; las lenguas vivas cambian sin cesar.
Por eso resulta difícil sostener que el español continúe siendo la gran lengua común de la inmensa mayoría de Hispanoamérica exclusivamente como consecuencia de una imposición política desaparecida hace más de dos siglos.
Las independencias rompieron los vínculos políticos con España.
No rompieron los vínculos lingüísticos.
Y no lo hicieron porque el español seguía siendo extraordinariamente útil para pueblos que hablaban centenares de lenguas diferentes y necesitaban una lengua común para organizar nuevos Estados, administrar justicia, legislar, comerciar y educar.
Ésa es una realidad que rara vez aparece en los discursos dominados por la Leyenda Negra.
La gran contradicción
Quienes presentan el español como una lengua impuesta rara vez responden a una pregunta muy sencilla.
Si el castellano sólo hubiera sobrevivido gracias a la coacción, ¿por qué continuó siendo la lengua común cuando España dejó de gobernar aquellos territorios?
¿Por qué México no recuperó el náhuatl como lengua nacional exclusiva?
¿Por qué Perú no sustituyó el español por el quechua?
¿Por qué Argentina, Chile, Colombia o Uruguay no abandonaron inmediatamente el castellano?
La respuesta parece evidente.
Porque las naciones recién independizadas descubrieron que el español constituía un instrumento de cohesión incomparable.
Era la lengua de la administración.
Del derecho.
De la enseñanza superior.
Del comercio.
De la literatura.
Y también la lengua compartida por millones de ciudadanos procedentes de tradiciones muy distintas.
No fue una imposición de Madrid.
Fue una decisión soberana de aquellas nuevas repúblicas.
Una obra cultural gigantesca
Pocas veces se recuerda la magnitud del esfuerzo realizado por misioneros, juristas, cronistas y estudiosos españoles para conocer las lenguas de los pueblos con los que entraban en contacto.
Mientras otros imperios apenas mostraban interés por ellas, los españoles elaboraron gramáticas, vocabularios, catecismos y diccionarios de numerosas lenguas americanas y asiáticas.
Aquellos trabajos no fueron una curiosidad erudita.
Permitieron predicar, enseñar, administrar y comunicarse con millones de personas.
Pero también dejaron un legado documental de valor incalculable.
En numerosos casos, las primeras descripciones sistemáticas de esas lenguas fueron redactadas precisamente por españoles.
Ésa es una de las mayores paradojas de la historia.
Quienes presentan a España como enemiga de las lenguas indígenas suelen olvidar que una parte fundamental del conocimiento actual sobre muchas de ellas procede precisamente de aquellas gramáticas, diccionarios y textos elaborados hace siglos.
Naturalmente, la acción española en América no estuvo exenta de conflictos, abusos o injusticias. Ninguna empresa histórica de semejante dimensión lo estuvo.
Pero reducir tres siglos de historia a una simple narración de destrucción constituye una simplificación incompatible con la enorme complejidad de los hechos.
El complejo de culpabilidad
Existe un fenómeno todavía más llamativo.
Mientras otras naciones recuerdan su historia con una mezcla de orgullo, autocrítica y sentido de continuidad, en España parece haberse instalado un extraño complejo de culpabilidad permanente.
Todo cuanto hicieron otras potencias admite matices.
Todo cuanto hizo España parece exigir una disculpa previa.
Ese planteamiento conduce inevitablemente a una consecuencia.
Si la historia nacional se contempla casi exclusivamente como una sucesión de atropellos, también la lengua común termina siendo observada con sospecha.
Y, sin embargo, el español no pertenece ya únicamente a España.
Pertenece también a cientos de millones de mexicanos, argentinos, colombianos, peruanos, venezolanos, chilenos, paraguayos, ecuatorianos, dominicanos, uruguayos, guatemaltecos, hondureños y tantos otros pueblos que la hicieron igualmente suya.
Ningún parlamento español puede apropiarse del español.
Tampoco ningún movimiento político puede arrogarse el derecho de convertirlo en símbolo exclusivo de una determinada ideología.
El español pertenece a quienes lo hablan.
Y son más de seiscientos millones.
Ésa es la verdadera grandeza de nuestra lengua.
Y también la mejor respuesta frente a quienes intentan reducirla a un simple instrumento de dominación histórica.
La mayor victoria de la Leyenda Negra
A mi juicio, la mayor victoria de la Leyenda Negra no consistió en convencer a ingleses, holandeses o franceses de que España era un imperio especialmente cruel. Eso entra dentro de la lógica de la rivalidad entre potencias.
La verdadera victoria llegó cuando ese mismo relato comenzó a ser asumido por una parte de los propios españoles.
Ése fue el auténtico triunfo.
Porque una nación puede resistir durante siglos las críticas procedentes del exterior. Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir cuando una parte de sus propias élites acaba contemplando su historia exclusivamente a través de los ojos de sus antiguos adversarios.
Entonces cambia todo.
La historia deja de estudiarse para convertirse en un juicio permanente.
Los personajes históricos dejan de analizarse para ser condenados.
Los grandes logros desaparecen del relato.
Sólo permanecen los errores.
Y, poco a poco, la excepción termina convirtiéndose en regla.
Un extraño modo de enseñar la historia
Ninguna nación seria enseña a sus hijos únicamente sus derrotas.
Ninguna nación educa a las nuevas generaciones insistiendo exclusivamente en sus errores.
Todas procuran ofrecer una visión completa de su pasado: las luces, las sombras, los aciertos y los fracasos.
Porque saben que una comunidad política necesita conocer su historia para comprenderse a sí misma.
Sin embargo, con frecuencia da la impresión de que España constituye una excepción.
Se habla de la Inquisición, pero apenas se explica la extraordinaria aportación de la Escuela de Salamanca al nacimiento del derecho internacional moderno.
Se habla de la conquista de América, pero se dedican muchas menos páginas a las universidades, hospitales, imprentas, ciudades, audiencias, cabildos y leyes que también formaron parte de aquella realidad.
Se recuerda una y otra vez el oro y la plata, pero apenas se menciona que España mantuvo durante tres siglos una comunidad política y cultural que abarcaba varios continentes.
Se insiste en los abusos —que existieron y deben estudiarse—, pero apenas se explica que la propia Monarquía Hispánica fue escenario de intensos debates morales y jurídicos sobre el trato debido a los pueblos indígenas, algo extraordinariamente infrecuente en la Europa de la época.
La historia deja así de ser una investigación para convertirse en una selección interesada de episodios.
El español, convertido en sospechoso
Cuando una determinada interpretación histórica acaba imponiéndose, la lengua termina ocupando el banquillo de los acusados.
No importa que sea la segunda lengua materna del mundo por número de hablantes.
No importa que haya dado origen a una de las literaturas más ricas de la humanidad.
No importa que sirva de vehículo de comunicación a más de seiscientos millones de personas.
Lo decisivo pasa a ser otra cosa.
Su supuesto significado político.
Y ahí comienza la confusión.
Se deja de distinguir entre una lengua y el uso que distintos poderes hayan hecho de ella a lo largo de la historia.
Se confunde el instrumento con quien lo utiliza.
Como si una lengua pudiera ser culpable.
Como si las palabras heredaran responsabilidades históricas.
Como si hablar español constituyera una forma de adhesión ideológica.
Nada de eso resiste un análisis sereno.
Las lenguas pertenecen a quienes las hablan.
No a quienes pretenden apropiarse de ellas.
El absurdo de enfrentar lenguas hermanas
Otra consecuencia llamativa consiste en presentar las lenguas españolas como si estuvieran condenadas a enfrentarse.
No existe razón alguna para ello.
Una persona puede amar el catalán y el español.
Puede sentirse profundamente gallega y expresarse magníficamente en español.
Puede hablar euskera con su familia y utilizar el español en su actividad profesional.
Puede apreciar el bable o las hablas tradicionales extremeñas sin convertirlas en armas políticas.
Las lenguas no son enemigos naturales.
Los seres humanos las utilizan simultáneamente cuando les resulta útil hacerlo.
Ésa ha sido la historia de Europa durante siglos.
El conflicto aparece cuando determinados proyectos políticos necesitan que una lengua deje de ser un instrumento de comunicación para transformarse en una frontera identitaria.
Entonces ya no basta con conocer dos idiomas.
Es preciso que uno de ellos represente una identidad política y el otro aparezca asociado a una realidad de la que conviene distanciarse.
La lengua deja de unir.
Empieza a separar.
La realidad termina imponiéndose
Pero existe un obstáculo que ninguna propaganda consigue eliminar por completo.
La realidad.
Las familias desean que sus hijos dispongan de más oportunidades, no de menos.
Quieren que puedan estudiar donde prefieran.
Trabajar donde encuentren mejores posibilidades.
Relacionarse con el mayor número posible de personas.
Por eso las grandes lenguas internacionales siguen atrayendo estudiantes en todos los continentes.
No porque alguien los obligue.
Sino porque perciben su utilidad.
Ésa ha sido siempre la fuerza del español.
No necesitó convertirse en patrimonio de más de seiscientos millones de personas mediante decretos.
Le bastó con ofrecer a millones de seres humanos una herramienta eficaz para entenderse, comerciar, crear, investigar, enseñar y transmitir una inmensa herencia cultural.
Las leyes pueden modificar programas escolares.
Los gobiernos pueden cambiar reglamentos.
Las administraciones pueden alterar procedimientos.
Pero ninguna autoridad política ha conseguido nunca fabricar una gran lengua universal por decreto.
Las lenguas verdaderamente universales nacen, crecen y permanecen porque millones de personas deciden libremente utilizarlas.
Ésa ha sido la historia del español.
Y probablemente seguirá siéndolo durante mucho tiempo.
La lengua como patrimonio, no como trinchera
Existe una vieja máxima según la cual una lengua pertenece a quienes la hablan, no a quienes pretenden administrarla.
El español constituye quizá el mejor ejemplo de esa afirmación.
Hace mucho tiempo que dejó de ser exclusivamente la lengua de España. Hoy pertenece, en la misma medida, a un mexicano de Guadalajara, a un colombiano de Medellín, a un argentino de Córdoba, a un peruano de Arequipa, a un dominicano de Santiago, a un ecuatoguineano de Malabo o a un estudiante norteamericano que dedica años a aprenderla porque sabe que le abrirá puertas en medio mundo.
Ningún parlamento puede apropiarse de una lengua semejante.
Ningún gobierno puede otorgarse el monopolio de su defensa.
Y ninguna corriente política tiene derecho a presentarla como patrimonio exclusivo de una determinada ideología.
El español pertenece a una comunidad humana inmensa, diversa y extraordinariamente rica, unida por una lengua común y, al mismo tiempo, profundamente plural en sus acentos, sus giros y sus tradiciones.
Ésa ha sido precisamente una de sus mayores fortalezas.
La gran contradicción de nuestro tiempo
Resulta llamativo observar que, mientras el español gana prestigio en el resto del mundo, dentro de España el debate sobre su papel se ha vuelto cada vez más áspero.
Nunca hubo tantos estudiantes extranjeros interesados en aprender español.
Nunca hubo una producción cultural en español tan extensa y tan internacional.
Nunca existió una comunidad hispanohablante tan numerosa.
Y, sin embargo, nunca había parecido tan necesario justificar, dentro de España, el valor de la propia lengua común.
La contradicción resulta difícil de ignorar.
Mientras cientos de universidades extranjeras amplían sus departamentos de español, en España buena parte del debate político gira con frecuencia en torno a cómo reducir su presencia en determinados ámbitos o cómo redefinir su papel institucional.
No deja de ser una paradoja que una lengua admirada fuera de nuestras fronteras deba defender constantemente su legitimidad precisamente en el país donde nació.
Confundir historia con propaganda
Toda nación tiene episodios de los que sentirse orgullosa y otros que invitan a la autocrítica.
España no constituye una excepción.
Precisamente por eso la historia merece ser estudiada con serenidad, sin convertirla en un catálogo de héroes impecables ni en un interminable sumario de culpabilidades.
Cuando el pasado deja de analizarse para convertirse en un instrumento de combate político, el conocimiento acaba cediendo su lugar a la propaganda.
Y la propaganda, por definición, simplifica.
Necesita dividir el mundo entre buenos y malos.
Necesita reducir procesos históricos complejísimos a unas cuantas consignas.
Necesita eliminar los matices.
Pero la historia rara vez cabe en un eslogan.
La historia de España tampoco.
Quien pretenda comprender cinco siglos de presencia española en América deberá estudiar las luces y las sombras, las realizaciones y los fracasos, las instituciones creadas, los abusos cometidos, los debates jurídicos, la labor de los misioneros, las universidades, las leyes, la literatura, el mestizaje y la evolución de las propias sociedades americanas.
Todo lo demás son simplificaciones.
Y las simplificaciones, antes o después, terminan empobreciendo el conocimiento.
Una lengua que sobrevivió a los imperios
Los imperios desaparecen.
Las lenguas útiles permanecen.
Ahí reside, probablemente, la mejor respuesta frente a quienes reducen la historia del español a una simple imposición.
El Imperio romano desapareció hace siglos.
El latín siguió vivo transformándose en nuevas lenguas.
El Imperio británico dejó de existir.
El inglés continúa expandiéndose.
La Monarquía Hispánica desapareció como realidad política hace más de doscientos años.
El español no sólo sobrevivió: siguió creciendo.
No porque existiera una autoridad que pudiera imponerlo desde Madrid.
Sino porque millones de personas, libres ya de cualquier vínculo político con España, continuaron utilizándolo como lengua común.
Ésa constituye una realidad histórica difícil de ignorar.
Y quizá también una de las mejores pruebas de la extraordinaria vitalidad del español.
Una reflexión final
Las lenguas nacen lentamente.
Crecen durante siglos.
Acumulan literatura, ciencia, derecho, filosofía, poesía y memoria colectiva.
No son propiedad de un gobierno.
Ni de una generación.
Son la herencia de innumerables hombres y mujeres que las han enriquecido con su trabajo, su imaginación y su vida cotidiana.
Por eso, discutir sobre el español no significa únicamente discutir sobre un idioma.
Significa reflexionar sobre una de las mayores aportaciones culturales del mundo hispánico.
Y quizá convenga recordar, en tiempos de tanta simplificación, que ninguna sociedad se hace más libre empobreciendo su memoria, enfrentando a sus lenguas o convirtiendo el patrimonio compartido en motivo permanente de discordia.
Una lengua que ha logrado unir durante siglos a más de seiscientos millones de personas merece, al menos, ser estudiada con rigor, defendida sin complejos y contemplada como uno de los mayores legados culturales de nuestra historia.
La historia desmiente muchos tópicos
Una de las características más llamativas de nuestro tiempo consiste en la extraordinaria facilidad con la que algunos eslóganes consiguen sustituir a la realidad histórica.
Basta repetir una afirmación miles de veces para que termine siendo aceptada como un hecho indiscutible.
Después, quien se atreve a formular una pregunta o a recordar un dato incómodo pasa a convertirse en sospechoso.
Eso es precisamente lo que ha sucedido con la historia de la lengua española.
Se ha repetido hasta la saciedad que el castellano se extendió exclusivamente por la fuerza.
Sin embargo, cuando uno se aproxima a la documentación histórica descubre un panorama infinitamente más complejo.
Descubre que los propios misioneros aprendían las lenguas indígenas.
Que se redactaron gramáticas y vocabularios cuando en numerosos lugares aquellas lenguas jamás habían sido fijadas por escrito.
Que la Corona promulgó disposiciones muy distintas según las circunstancias de cada territorio.
Que durante siglos convivieron el español y numerosas lenguas americanas.
Y descubre también otra realidad incómoda.
Si la intención hubiera consistido únicamente en borrar aquellas lenguas, resulta difícil explicar el inmenso esfuerzo intelectual dedicado precisamente a conocerlas, describirlas y enseñarlas.
No deja de ser una paradoja extraordinaria.
Quienes hoy acusan a España de haber destruido todas las lenguas indígenas suelen apoyarse, para estudiarlas, en gramáticas, diccionarios y descripciones elaboradas precisamente durante la presencia española.
La historia posee estas ironías.
El complejo de inferioridad nacional
Existe otra cuestión mucho más profunda.
¿Por qué en España parece necesario justificar constantemente aquello que otras naciones consideran perfectamente normal?
Nadie se sorprende de que Francia considere el francés un elemento esencial de su patrimonio nacional.
Nadie acusa a Italia de «imponer» el italiano por utilizarlo como lengua común del Estado.
Nadie considera sospechoso que Alemania proteja el alemán.
Sin embargo, cuando se trata del español aparecen inmediatamente toda clase de prevenciones, recelos y complejos.
Da la impresión de que algunos consideran sospechoso cualquier gesto de aprecio hacia la propia historia o hacia la propia lengua.
Como si reconocer la importancia universal del español constituyera una forma de nacionalismo excluyente.
Nada más lejos de la realidad.
Precisamente porque el español pertenece ya a centenares de millones de personas de muy distintas naciones, defenderlo no significa apropiárselo.
Significa reconocer un patrimonio compartido cuya importancia trasciende con mucho las fronteras de España.
El verdadero empobrecimiento
Una sociedad se empobrece cuando pierde el gusto por el conocimiento.
Cuando sustituye los libros por los prejuicios.
Cuando prefiere el eslogan al estudio.
Y cuando deja de hacerse preguntas porque considera que todas las respuestas ya fueron dictadas de antemano.
Ése constituye, probablemente, el mayor peligro.
No para el español.
Una lengua hablada por más de seiscientos millones de personas seguirá viviendo mientras continúe siendo útil para quienes la hablan.
El verdadero peligro afecta a la calidad del debate público.
Una sociedad incapaz de discutir serenamente sobre su propia historia termina condenándose a repetir caricaturas.
Y una caricatura jamás sustituye al conocimiento.
España y el mundo hispánico
Conviene recordar una evidencia que con frecuencia pasa inadvertida.
España no creó únicamente un Estado.
Creó, junto con los pueblos de América, una inmensa comunidad cultural que continúa viva varios siglos después.
Pocas naciones pueden afirmar algo semejante.
Hoy un escritor peruano puede ser leído con naturalidad en Sevilla.
Un poeta mexicano emociona a un lector argentino.
Un profesor colombiano publica investigaciones que consultan estudiantes españoles.
Un músico uruguayo llena teatros en Madrid.
Y un novelista español encuentra lectores en todo el continente americano.
Todo ello resulta posible gracias a una lengua compartida que ha sobrevivido a guerras, independencias, revoluciones, cambios de régimen y profundas transformaciones sociales.
Ése constituye uno de los fenómenos culturales más extraordinarios de la historia contemporánea.
Reducir semejante realidad a un simple instrumento de dominación equivale a ignorar cinco siglos de evolución histórica y el papel desempeñado por millones de personas que hicieron suyo el español porque les permitía comunicarse, crear, comerciar, investigar y comprenderse mutuamente.
La responsabilidad de nuestra generación
Cada generación recibe una herencia.
Puede enriquecerla.
Puede empobrecerla.
O puede dilapidarla.
La lengua española forma parte de esa herencia.
No pertenece exclusivamente a quienes vivimos hoy.
La recibimos de quienes nos precedieron y la transmitiremos —más rica o más pobre— a quienes vengan después.
Ésa debería ser la verdadera preocupación.
No utilizar la lengua como arma arrojadiza.
No enfrentar unas lenguas con otras.
No convertir el patrimonio cultural en un campo de batalla ideológico.
Sino procurar que las futuras generaciones conozcan la historia completa, con sus aciertos y sus errores, con sus luces y sus sombras, sin complejos de inferioridad ni orgullos ciegos.
Porque una comunidad que olvida la complejidad de su pasado corre el riesgo de perder también la capacidad de comprender su presente.
Y una lengua como el español, hablada por más de seiscientos millones de personas, merece bastante más que convertirse en objeto de querellas políticas pasajeras.
Merece ser contemplada como una de las grandes creaciones culturales de la civilización hispánica y como un puente que sigue uniendo, cinco siglos después, a millones de personas separadas por océanos, fronteras y generaciones.
La prueba del nueve: comparemos
Existe un procedimiento extraordinariamente útil para desmontar muchos prejuicios históricos.
Comparar.
Comparar sin prejuicios.
Comparar sin complejos.
Comparar con el mismo rasero.
Porque la historia sólo puede comprenderse cuando se sitúan los hechos en su contexto y se analizan junto a realidades semejantes.
Pues bien, comparemos.
¿Cuántas lenguas indígenas desaparecieron en los territorios colonizados por Inglaterra?
¿Cuántas sobrevivieron en Australia?
¿Y en Tasmania?
¿Qué ocurrió en buena parte de Norteamérica?
¿Qué sucedió en los territorios colonizados por Bélgica, Holanda o Francia?
¿Dónde encontramos un esfuerzo comparable al realizado por tantos religiosos, juristas, cronistas y lingüistas españoles para aprender las lenguas de los pueblos con los que convivían, redactar gramáticas, vocabularios, catecismos y diccionarios y dejar constancia escrita de ellas?
La comparación no pretende negar abusos, conflictos o episodios dramáticos.
Toda empresa humana de semejante dimensión los tuvo.
Lo que pretende es algo mucho más sencillo.
Aplicar el mismo criterio a todos.
Porque la historia deja de ser historia cuando sólo existe una nación obligada a sentarse permanentemente en el banquillo mientras las demás comparecen como testigos.
El doble rasero
Ése constituye uno de los rasgos más llamativos del debate contemporáneo.
Se exige a España un nivel de autoinculpación que jamás se reclama a otras naciones.
Nadie pide al Reino Unido que renuncie al inglés por el hecho de haber construido un inmenso imperio.
Nadie propone abandonar el francés porque Francia desarrollara un vasto imperio colonial.
Nadie considera que el portugués deba cargar eternamente con la responsabilidad histórica de cuanto ocurrió durante la expansión portuguesa.
¿Por qué, entonces, el español parece sometido a un tratamiento diferente?
Ésa es una pregunta que merece ser formulada.
Y merece una respuesta serena.
Porque quizá el problema no resida en la lengua.
Quizá resida en la manera en que determinados relatos históricos han terminado convirtiéndose en verdades incuestionables.
Una comunidad cultural irrepetible
Conviene detenerse un instante y contemplar el mapa del mundo.
Desde el Río Grande hasta la Patagonia, pasando por el Caribe y por buena parte de Norteamérica, centenares de millones de personas pueden leer a Cervantes sin traducción.
Pueden disfrutar de Lope de Vega, de Quevedo, de Rubén Darío, de Gabriela Mistral, de Jorge Luis Borges, de Octavio Paz o de Mario Vargas Llosa utilizando una misma lengua, enriquecida por innumerables variantes nacionales y regionales.
No abundan fenómenos semejantes en la historia.
El mundo hispánico constituye una inmensa comunidad cultural formada por pueblos independientes, con identidades nacionales propias, pero unidos por una lengua que permite un intercambio constante de ideas, literatura, ciencia, periodismo, cine, música y pensamiento.
Ése es un patrimonio de valor extraordinario.
Y, sin embargo, con demasiada frecuencia parece contemplarse más como un problema que como una oportunidad.
Las lenguas no necesitan enemigos
Las lenguas no compiten como si fueran ejércitos.
No necesitan derrotar a otras para sobrevivir.
Un ciudadano puede expresarse con naturalidad en varias lenguas.
Puede amar la lengua aprendida en su infancia y, al mismo tiempo, apreciar otra que le abre horizontes culturales y profesionales.
Europa entera constituye un magnífico ejemplo de ello.
Precisamente por esa razón resulta empobrecedor convertir las lenguas en trincheras ideológicas.
Cuando una lengua deja de entenderse como un puente y comienza a utilizarse como una frontera, todos pierden.
Pierde la cultura.
Pierde la convivencia.
Pierde el conocimiento mutuo.
Y pierde, sobre todo, la libertad de elegir.
El mayor patrimonio compartido
España ha legado muchas cosas al mundo.
Algunas han desaparecido.
Otras permanecen.
Ninguna posee hoy la vitalidad del español.
Es el mayor legado cultural vivo nacido de nuestra historia.
Un legado que ya no pertenece únicamente a España.
Pertenece igualmente a los pueblos hispanoamericanos que lo han enriquecido durante siglos con sus propias voces, acentos, literaturas y formas de entender la vida.
Por eso, reducir el español a una simple herramienta de dominación histórica no sólo empobrece la historia de España.
Empobrece también la historia de México, Argentina, Colombia, Perú, Chile, Uruguay, Paraguay, República Dominicana, Guatemala y de todas las naciones que han convertido el español en una expresión propia de su identidad.
Las lenguas cambian.
Evolucionan.
Se mezclan.
Se enriquecen.
Pero sólo alcanzan verdadera grandeza cuando millones de personas las hacen suyas libremente.
Y pocas lenguas pueden mostrar una prueba tan evidente de esa vitalidad como el español.
La gran batalla no es lingüística: es cultural
Llegados a este punto, conviene regresar a la pregunta inicial.
¿Por qué una lengua hablada por más de seiscientos millones de personas despierta semejante hostilidad en determinados ámbitos de la propia España?
La respuesta, a mi juicio, no hay que buscarla en la filología.
Ni en la lingüística.
Ni siquiera en la enseñanza.
Hay que buscarla en la historia.
O, mejor dicho, en una determinada manera de contar la historia.
Porque quien consigue adueñarse del relato del pasado acaba condicionando también la interpretación del presente y, en buena medida, las decisiones del futuro.
Ésa ha sido siempre una de las mayores fuentes de poder.
No hace falta prohibir una lengua.
Basta con convencer a quienes la hablan de que constituye un motivo de vergüenza.
No hace falta destruir un patrimonio.
Basta con persuadir a la sociedad de que ese patrimonio carece de valor.
No hace falta conquistar un país.
Basta con lograr que una parte de sus habitantes termine contemplándolo con los ojos de quienes, durante siglos, construyeron un relato profundamente hostil hacia él.
Ahí reside, en mi opinión, la verdadera fuerza de la Leyenda Negra.
No en las exageraciones difundidas hace cuatro o cinco siglos.
Sino en su extraordinaria capacidad para adaptarse a cada época, cambiar de lenguaje y reaparecer con nuevos argumentos.
Las palabras cambian.
El relato permanece.
Una nación sin memoria acaba perdiendo el rumbo
Ninguna sociedad puede vivir instalada permanentemente en la culpabilidad.
La autocrítica resulta indispensable.
Toda nación debe conocer sus errores.
Toda comunidad política necesita estudiar sus fracasos.
Pero una cosa es el conocimiento histórico y otra muy distinta el desprecio sistemático hacia la propia tradición.
La autocrítica fortalece.
La descalificación permanente debilita.
Una sociedad que sólo enseña a sus hijos aquello de lo que debe avergonzarse termina produciendo generaciones incapaces de comprender la complejidad de su propia historia.
Y una historia reducida a consignas deja de ser historia.
Se convierte en propaganda.
La lengua como herencia compartida
El español constituye una de las pocas realidades que continúan uniendo de manera natural a centenares de millones de personas separadas por miles de kilómetros, por fronteras políticas y por trayectorias nacionales muy diferentes.
Ningún tratado internacional creó esa comunidad.
Ningún parlamento la diseñó.
Ningún gobierno consiguió fabricarla.
Ha sido el resultado de siglos de convivencia, de intercambios humanos, de literatura, de comercio, de universidades, de migraciones, de familias y de una creación cultural ininterrumpida.
Cada generación añadió nuevas palabras.
Nuevos acentos.
Nuevas formas de mirar el mundo.
Ésa constituye la auténtica riqueza del español.
No su uniformidad.
Sino su inmensa diversidad dentro de una comunidad lingüística común.
Un andaluz no habla exactamente igual que un extremeño.
Ni un mexicano igual que un argentino.
Ni un colombiano igual que un peruano.
Y, sin embargo, todos pueden leer la misma novela, emocionarse con el mismo poema o debatir sobre las mismas ideas sin necesidad de intérpretes.
Pocas civilizaciones pueden mostrar un patrimonio semejante.
Una invitación a pensar
Este artículo no pretende clausurar ningún debate.
Todo lo contrario.
Pretende abrirlo.
Invita al lector a hacerse algunas preguntas sencillas.
¿Por qué el español continúa creciendo fuera de España mientras dentro de nuestro país se discute constantemente sobre su legitimidad?
¿Por qué millones de personas consideran que aprender español amplía sus horizontes mientras algunos parecen contemplarlo como un problema político?
¿Por qué determinadas interpretaciones históricas han alcanzado un grado de aceptación tan amplio que apenas admiten discusión?
¿Hasta qué punto hemos sustituido el estudio de la historia por la repetición de lugares comunes?
Responder a esas preguntas exige curiosidad intelectual, lectura y voluntad de contrastar argumentos.
No basta con repetir consignas.
Tampoco basta con aceptar sin examen cualquier relato, por cómodo o popular que resulte.
Epílogo
Las lenguas sobreviven porque las personas las hacen suyas.
No porque las ordenen los gobiernos.
No porque las impongan los ejércitos.
No porque las protejan los parlamentos.
Sobreviven porque sirven.
Porque emocionan.
Porque transmiten conocimiento.
Porque permiten amar, discutir, enseñar, investigar, comerciar y crear.
Ésa ha sido la historia del español.
Una historia construida durante siglos por millones de personas de ambos lados del Atlántico y enriquecida por pueblos muy distintos que la hicieron también suya.
Quizá haya llegado el momento de contemplar esa realidad con menos prejuicios y con mayor serenidad.
No para renunciar al espíritu crítico.
Al contrario.
Precisamente para ejercerlo con plena libertad.
Porque ninguna sociedad pierde nada cuando conoce toda su historia.
Pero sí corre un serio peligro cuando acepta que sólo puede conocer una parte de ella.
Cuando la política pretende decidir qué lengua merece vivir
Toda lengua constituye una obra colectiva.
Ninguna academia la inventa.
Ningún parlamento la crea.
Ningún gobierno consigue mantenerla viva si los ciudadanos dejan de utilizarla.
Las lenguas nacen lentamente, evolucionan durante siglos y cambian al ritmo de quienes las hablan.
Ésa ha sido siempre la ley de la historia.
Sin embargo, desde hace algunas décadas asistimos a un fenómeno llamativo.
La política pretende desempeñar el papel que antes correspondía a la evolución natural de las lenguas.
Ya no basta con estudiar una lengua, conservarla o difundirla.
Se pretende dirigir su evolución, determinar dónde debe utilizarse, establecer cuál ha de ser la lengua predominante en cada ámbito de la vida pública e incluso convertir el idioma en un criterio de identificación política.
La lengua deja entonces de ser un medio de comunicación para transformarse en un instrumento de poder.
Y ése constituye un cambio profundamente significativo.
La riqueza de España nunca fue el monolingüismo
Conviene recordar una evidencia que con frecuencia se olvida.
España jamás ha sido un país lingüísticamente uniforme.
Durante siglos convivieron distintas modalidades romances, el euskera y numerosas hablas locales.
Lejos de constituir una anomalía, esa diversidad forma parte de nuestra historia.
Pero también forma parte de esa misma historia la existencia de una lengua común que permitió la comunicación entre territorios muy diferentes.
Ninguna de ambas realidades excluye a la otra.
Precisamente ahí reside la singularidad española.
La diversidad lingüística nunca impidió la existencia de una lengua compartida.
Y esa lengua compartida terminó proyectándose mucho más allá de la Península hasta convertirse en uno de los grandes idiomas internacionales.
Ésa no fue una derrota para las demás lenguas españolas.
Fue una oportunidad histórica extraordinaria.
Una lengua que abrió horizontes
Durante siglos, el español permitió que un estudiante de Salamanca pudiera entenderse con un jurista de Lima.
Que un comerciante sevillano negociara con otro de Veracruz.
Que un escritor nacido en Buenos Aires encontrara lectores en Valladolid.
Que un profesor de Bogotá publicara un libro leído con naturalidad en Santiago de Chile o en Zaragoza.
Pocas lenguas han conseguido crear un espacio cultural de semejantes dimensiones.
Y ese espacio continúa existiendo.
No gracias a los gobiernos.
No gracias a las ideologías.
Sino gracias a millones de ciudadanos que siguen utilizándolo diariamente.
Por eso sorprende que, mientras tantas naciones contemplan con admiración el mundo hispánico, algunos parezcan empeñados en reducirlo a un episodio exclusivamente conflictivo de la historia.
El peligro de convertir la historia en un tribunal
Existe una diferencia fundamental entre estudiar la historia y juzgarla permanentemente.
El historiador intenta comprender.
El propagandista necesita condenar o absolver.
Cuando la historia se convierte únicamente en un tribunal moral, desaparecen inevitablemente los matices.
Todo queda reducido a buenos y malos.
A víctimas eternas y culpables perpetuos.
Pero la historia humana nunca ha funcionado así.
Todas las grandes civilizaciones produjeron obras admirables y cometieron errores graves.
España no constituye una excepción.
Lo excepcional sería pretender que únicamente la historia de España merece contemplarse casi exclusivamente desde la óptica de sus fracasos.
Esa forma de aproximarse al pasado no ayuda a comprenderlo.
Con frecuencia sólo contribuye a simplificarlo.
El mayor legado de España
Si alguien preguntara cuál ha sido la mayor aportación histórica de España al mundo, probablemente aparecerían respuestas muy diversas.
Unos mencionarían el derecho.
Otros recordarían la navegación.
Algunos citarían la literatura, la pintura o la arquitectura.
Sin embargo, existe una obra que continúa viva todos los días y que sigue creciendo sin necesidad de conquistas ni de decretos.
La lengua española.
No existe otro legado histórico español que reúna diariamente a más de seiscientos millones de personas.
No existe otro patrimonio nacido en España que produzca cada año miles de novelas, ensayos, poemas, investigaciones científicas, películas, canciones y periódicos en decenas de países.
No existe otra creación histórica española que posea semejante capacidad para unir a pueblos muy distintos sin borrar sus respectivas identidades nacionales.
Ésa constituye, probablemente, una de las mayores aportaciones culturales de nuestra historia.
Y precisamente por eso merece ser conocida, valorada y defendida con serenidad, con argumentos y sin complejos.
Porque una lengua universal no representa únicamente un medio para comunicarse.
Representa también una inmensa memoria compartida.
Y pocas memorias compartidas poseen hoy la vitalidad, la riqueza y la proyección internacional del español.
La extraordinaria excepción española
Existe un fenómeno verdaderamente singular que apenas suele analizarse.
Las grandes potencias históricas recuerdan su pasado con mayor o menor espíritu crítico, pero difícilmente renuncian a sentirse herederas de él.
Los británicos no consideran el inglés una lengua culpable.
Los franceses no contemplan el francés como el idioma de la opresión.
Los italianos no se avergüenzan de que el italiano sea la lengua común de su Estado.
Los portugueses no cuestionan el portugués por la existencia del antiguo Imperio portugués.
Sin embargo, en España sucede algo difícil de explicar.
Con demasiada frecuencia parece necesario pedir disculpas por hablar español, por recordar determinados episodios de nuestra historia o, simplemente, por afirmar que el español constituye una de las mayores aportaciones culturales realizadas por nuestro país a la civilización.
Resulta una situación insólita.
Y todavía resulta más sorprendente comprobar que semejante actitud apenas encuentra paralelo en otras naciones de nuestro entorno.
La lengua no tiene ideología
Las lenguas no son progresistas ni conservadoras.
No son de izquierdas ni de derechas.
No son revolucionarias ni reaccionarias.
Las lenguas son instrumentos creados lentamente por millones de personas anónimas durante generaciones.
El español no pertenece a ningún partido.
Ni a ningún gobierno.
Ni a ninguna ideología.
Pertenece a Cervantes y a Lope.
Pero también a Borges y a Octavio Paz.
Pertenece a Santa Teresa y a Unamuno.
Pero también a García Márquez y a Vargas Llosa.
Pertenece al campesino extremeño y al pescador gallego.
Al empresario de Monterrey y al profesor de Salamanca.
Al estudiante de Bogotá y al médico de Buenos Aires.
Ninguno de ellos pidió permiso a un político para hablar español.
Simplemente nacieron en una comunidad lingüística inmensa que les permitía entenderse con centenares de millones de personas.
Ésa es la auténtica grandeza de una lengua universal.
Las lenguas no prosperan mediante decretos
Existe otra enseñanza que la historia ofrece con extraordinaria claridad.
Los gobiernos pueden aprobar leyes.
Pueden crear academias.
Pueden financiar publicaciones.
Pueden regular determinados usos administrativos.
Pero jamás han conseguido fabricar una gran lengua internacional.
Las grandes lenguas nacen de la libertad cotidiana de millones de personas.
Si dejan de resultar útiles, retroceden.
Si continúan siendo útiles, sobreviven incluso a la desaparición de los Estados que las impulsaron.
Ésa es la diferencia entre una lengua viva y una lengua artificialmente sostenida.
Las primeras evolucionan espontáneamente.
Las segundas necesitan un apoyo político permanente para mantener determinados usos.
Naturalmente, toda lengua merece ser protegida como patrimonio cultural.
Pero proteger no significa sustituir la evolución natural por la planificación política.
Ni convertir el idioma en una herramienta de confrontación permanente.
El inmenso espacio hispánico
Quizá nunca antes en la historia haya existido una comunidad lingüística de semejantes dimensiones unida por tantos vínculos culturales.
Un libro publicado en Madrid puede leerse inmediatamente en Ciudad de México, Lima, Buenos Aires, Montevideo, Bogotá o Santiago de Chile.
Un investigador colombiano publica un trabajo que consultan profesores españoles.
Una canción nacida en Puerto Rico se convierte en un éxito en toda Hispanoamérica.
Una novela escrita en Perú obtiene lectores en Extremadura.
Una conferencia pronunciada en Zaragoza puede seguirse sin traducción desde California hasta Tierra del Fuego.
Todo ello constituye una riqueza extraordinaria.
No se trata únicamente de compartir una lengua.
Se trata de compartir un inmenso mercado cultural, científico, editorial y humano construido durante siglos.
Pocas civilizaciones poseen hoy un patrimonio semejante.
¿Por qué avergonzarse de un legado semejante?
Ésa es, quizá, la pregunta más importante de todo este ensayo.
¿Por qué habría de contemplarse con desconfianza una lengua que constituye uno de los mayores vehículos de comunicación del planeta?
¿Por qué habría de convertirse en motivo de división aquello que ha servido durante siglos para unir a pueblos tan distintos?
¿Por qué habría de presentarse como un problema lo que millones de personas consideran una oportunidad?
Responder a esas preguntas exige apartarse durante unos instantes del ruido político cotidiano.
Exige estudiar la historia sin prejuicios previos.
Exige comparar.
Exige leer.
Exige aceptar que ninguna nación posee un pasado impecable y que ninguna merece ser juzgada exclusivamente por sus errores.
Porque la historia no consiste en dictar sentencias morales desde el presente.
Consiste, ante todo, en comprender.
Y sólo quien comprende puede juzgar con justicia.
Quizá ahí resida la primera obligación de cualquier sociedad que aspire a conocerse a sí misma: estudiar su pasado completo, sin ocultar sus sombras, pero también sin amputar deliberadamente sus luces.
Una nación que olvida una parte de su historia acaba comprendiendo mal la otra mitad.
Y un pueblo que termina desconfiando de su propia lengua corre el riesgo de perder mucho más que un simple instrumento de comunicación.
Corre el riesgo de perder una parte esencial de su memoria colectiva.
Cuando la realidad contradice el relato
Toda construcción ideológica necesita un relato coherente.
Y todo relato necesita prescindir de aquellos hechos que lo contradicen.
Ésa no constituye una peculiaridad de nuestro tiempo. Ha sucedido siempre.
Por eso resultan tan incómodos determinados episodios históricos.
¿Cómo encaja en el relato de una España exclusivamente empeñada en destruir culturas el hecho de que fueran españoles quienes redactaran las primeras gramáticas de numerosas lenguas indígenas?
¿Cómo se explica que las universidades americanas nacieran bajo la Corona española cuando otras grandes potencias coloniales tardaron siglos en impulsar instituciones semejantes?
¿Cómo se explica que la propia Monarquía Hispánica discutiera públicamente acerca de la legitimidad moral de la conquista y del trato debido a los pueblos indígenas?
¿Cómo se explica que, tras las independencias, el español no sólo no desapareciera, sino que acabara convirtiéndose en la lengua común de casi toda Hispanoamérica?
Éstas son preguntas incómodas.
No porque destruyan toda crítica posible a la actuación española en América.
Sino porque impiden reducir tres siglos de historia a una simple caricatura.
La historia nunca cabe en un panfleto.
El caso Gabilondo
Resulta significativo que el detonante de estas reflexiones haya sido un programa televisivo dedicado precisamente a la historia de la lengua española.
Lo verdaderamente llamativo no fue el contenido del programa.
Fue la reacción.
Bastó recordar que el castellano no se impuso de manera uniforme mediante la prohibición sistemática de las lenguas indígenas para que aparecieran acusaciones gravísimas, peticiones de retirada del programa e incluso descalificaciones personales.
La pregunta resulta inevitable.
¿Desde cuándo recordar determinados hechos históricos constituye una agresión?
Porque el debate ya no parecía centrarse en discutir documentos, crónicas o investigaciones.
El verdadero problema consistía en que determinados datos cuestionaban un relato previamente establecido.
Y cuando un relato deja de admitir preguntas, deja también de ser conocimiento.
Empieza a convertirse en dogma.
La nueva ortodoxia
Toda época posee sus propias ortodoxias.
Las hubo religiosas.
Las hubo políticas.
Las hubo científicas.
Y también las hay históricas.
La diferencia consiste en que las ortodoxias modernas rara vez se presentan como tales.
Suelen hacerlo bajo la apariencia de consenso.
Quien discrepa no es simplemente un discrepante.
Pasa a ser sospechoso.
Quien introduce un matiz no está enriqueciendo el debate.
Supuestamente pretende reescribir la historia.
Quien recuerda un hecho incómodo deja de ser un investigador.
Se convierte en alguien a quien conviene desacreditar.
Ése constituye uno de los mayores empobrecimientos del debate intelectual contemporáneo.
Porque la historia sólo progresa cuando alguien formula preguntas nuevas.
No cuando todas las respuestas vienen decididas de antemano.
El inmenso complejo español
Existe una circunstancia especialmente llamativa.
España parece vivir instalada en una permanente necesidad de justificarse.
Se pide perdón por la conquista.
Se pide perdón por la evangelización.
Se pide perdón por el Imperio.
Se pide perdón por la lengua.
Dentro de poco, si continuamos por este camino, habrá que pedir perdón por Cervantes.
La ironía resulta inevitable.
Mientras millones de personas estudian español porque consideran que aprenderlo amplía sus horizontes culturales y profesionales, algunos españoles parecen convencidos de que hablar su propia lengua exige una continua justificación moral.
No deja de ser una situación extraordinariamente singular.
Porque el problema nunca reside en conocer otras lenguas.
Todo lo contrario.
Cuantas más lenguas conozca una persona, mayores serán sus posibilidades de comprender el mundo.
El verdadero problema aparece cuando aprender otra lengua exige previamente despreciar la propia.
Entonces ya no estamos ante un proyecto educativo.
Estamos ante otra cosa muy distinta.
La lengua de todos
Quizá haya llegado el momento de recordar una evidencia que con demasiada frecuencia queda sepultada bajo el ruido político.
El español ya no pertenece únicamente a España.
Pertenece también a Hispanoamérica.
Pertenece a generaciones enteras que nacieron muy lejos de la Península y que jamás aceptarían que alguien les dijera que hablan una lengua ajena.
El español forma parte de su identidad tanto como de la nuestra.
Por eso resulta profundamente empobrecedor intentar reducirlo a una bandera partidista o a un símbolo exclusivamente nacional.
El español es mucho más que eso.
Es una inmensa casa común.
Una casa construida durante siglos por pueblos diferentes que aportaron palabras, expresiones, acentos, literatura, música y maneras distintas de mirar la realidad.
Ésa constituye su verdadera grandeza.
No la uniformidad.
Sino la unidad dentro de una extraordinaria diversidad.
Y quizá por eso mismo merece ser defendido sin complejos, no contra otras lenguas, sino junto a ellas; no como instrumento de exclusión, sino como uno de los mayores puentes culturales que existen hoy entre centenares de millones de seres humanos.
Porque una lengua que ha sobrevivido a imperios, guerras, independencias, revoluciones y cambios de régimen difícilmente podrá ser reducida por campañas políticas pasajeras.
El español ha demostrado, a lo largo de cinco siglos, una capacidad extraordinaria para adaptarse, crecer e incorporar nuevas voces sin perder su identidad.
Y ésa, probablemente, constituye la mejor prueba de su fortaleza.
La derrota de una nación comienza cuando renuncia a su memoria
Las naciones no desaparecen únicamente porque pierdan guerras.
Ni porque sufran crisis económicas.
Ni siquiera porque cambien sus fronteras.
Con frecuencia comienzan a desaparecer mucho antes.
Empiezan a debilitarse cuando dejan de creer en sí mismas.
Cuando aprenden a desconfiar de su propia historia.
Cuando únicamente son capaces de contemplar su pasado a través de un catálogo interminable de culpas.
Cuando el orgullo razonable por lo construido es sustituido por un sentimiento permanente de vergüenza.
Y, finalmente, cuando también su lengua acaba sentándose en el banquillo de los acusados.
Ése constituye, probablemente, el mayor éxito que cualquier campaña de propaganda puede alcanzar.
No hace falta conquistar un territorio.
No hace falta destruir sus ciudades.
No hace falta imponer un gobierno extranjero.
Basta con convencer a una parte de sus habitantes de que cuanto recibieron de sus antepasados merece ser contemplado con recelo.
A partir de ese momento, la demolición continúa casi por sí sola.
Ninguna civilización fue perfecta
Sería absurdo sostener que la historia de España constituye una sucesión ininterrumpida de aciertos.
No existe una sola civilización que pueda afirmar algo semejante.
Todas conocieron guerras.
Todas cometieron errores.
Todas protagonizaron episodios que hoy juzgamos de forma muy distinta.
Precisamente por eso resulta sorprendente que sólo algunas parezcan obligadas a comparecer continuamente ante un tribunal moral permanente, mientras otras reciben un tratamiento mucho más indulgente.
La historia exige el mismo criterio para todos.
Ni hagiografía.
Ni caricatura.
Ni glorificación ciega.
Ni condena automática.
Sólo conocimiento.
Porque únicamente el conocimiento permite comprender.
Y sólo quien comprende puede emitir un juicio razonable.
El idioma que sobrevivió a los imperios
Los imperios pertenecen al pasado.
La lengua española pertenece al presente.
Ésa es una diferencia esencial.
La Monarquía Hispánica desapareció hace mucho tiempo.
Las fronteras cambiaron.
Los territorios se independizaron.
Los gobiernos fueron sustituidos.
Sin embargo, el español permaneció.
No sólo permaneció.
Continuó creciendo.
Cada generación añadió nuevas palabras.
Cada país incorporó nuevos matices.
Cada escritor amplió sus posibilidades expresivas.
Cada pueblo dejó en ella una parte de su alma.
Hoy nadie puede afirmar seriamente que el español sea únicamente la lengua de España.
Es también la lengua de México.
De Argentina.
De Colombia.
De Perú.
De Chile.
De Guatemala.
De Paraguay.
De Uruguay.
De la República Dominicana.
De millones de ciudadanos de los Estados Unidos.
Y de tantos otros lugares donde forma parte inseparable de la vida cotidiana.
Pocas lenguas han conocido una historia semejante.
La mayor creación colectiva
Cuando se piensa en el patrimonio histórico de una nación suelen venir a la memoria catedrales, palacios, monasterios, castillos, cuadros o monumentos.
Pero existe una obra infinitamente mayor.
Una obra que no puede encerrarse en un museo.
Una obra que respira.
Que cambia.
Que crece.
Que viaja.
Que se transmite de padres a hijos.
Que cada día crea nuevos libros, nuevas canciones, nuevas investigaciones, nuevas películas y nuevas conversaciones.
Esa obra es la lengua.
La lengua constituye la mayor creación colectiva de un pueblo.
No pertenece a ningún gobierno.
No pertenece a ningún partido.
Ni siquiera pertenece ya a la nación donde nació.
Pertenece a quienes la hablan.
Por eso el español constituye hoy una de las mayores obras culturales jamás surgidas de la historia de España.
No porque sea mejor que otras lenguas.
Sino porque ha logrado convertirse en patrimonio compartido de centenares de millones de personas.
La responsabilidad de los españoles
Quizá la pregunta decisiva no sea qué piensan del español quienes viven fuera de España.
Ellos lo tienen bastante claro.
Lo estudian.
Lo enseñan.
Lo utilizan.
Lo traducen.
Lo investigan.
La verdadera pregunta es otra.
¿Qué pensamos nosotros?
¿Somos conscientes del extraordinario legado que hemos recibido?
¿Entendemos que el español constituye una de las grandes lenguas de la cultura universal?
¿O preferimos contemplarlo únicamente a través del prisma de viejos prejuicios y de relatos simplificados?
Ninguna lengua necesita ser idolatrada.
Pero tampoco merece convertirse en objeto de sospecha permanente.
Una última reflexión
Existe una frase atribuida a Averroes que resume admirablemente el riesgo que corren todas las sociedades cuando renuncian al conocimiento:
«La ignorancia conduce al miedo; el miedo conduce al odio; y el odio conduce a la violencia.»
Quizá convenga añadir una idea complementaria.
El conocimiento produce justamente el efecto contrario.
Quien estudia descubre matices.
Quien descubre matices desconfía de las consignas.
Quien desconfía de las consignas resulta mucho más difícil de manipular.
Tal vez por eso la historia deba estudiarse siempre en toda su complejidad.
Sin amputaciones.
Sin simplificaciones.
Sin complejos.
Y también sin miedo.
Porque una lengua hablada por más de seiscientos millones de personas no necesita que nadie la glorifique.
Le basta con que no se la calumnie.
Le basta con que se la conozca.
Le basta con que se la estudie con el mismo rigor, la misma honestidad y el mismo criterio con que se estudian las grandes lenguas y las grandes civilizaciones del mundo.
Sólo entonces el debate dejará de ser un enfrentamiento de consignas para convertirse en lo que siempre debió ser: una búsqueda honesta de la verdad histórica.
Y ésa, por encima de cualquier discrepancia política o ideológica, constituye la primera obligación de toda sociedad que aspire a seguir siendo verdaderamente libre.
La libertad siempre habla más alto que los decretos
Hay una enseñanza que la historia repite una y otra vez y que, sin embargo, parece olvidarse con demasiada frecuencia.
Las lenguas no obedecen.
Las personas sí pueden obedecer una ley.
Un funcionario puede obedecer un reglamento.
Un profesor puede verse obligado a aplicar un determinado plan de estudios.
Pero una lengua sólo permanece viva cuando millones de personas desean utilizarla.
No existe poder político capaz de obligar durante siglos a centenares de millones de seres humanos a expresarse en una lengua que no les resulte útil.
La historia lo demuestra con una claridad casi matemática.
El griego dejó una huella inmensa mucho después de desaparecer el poder político que lo había difundido.
El latín sobrevivió a Roma.
El árabe continúa siendo una gran lengua internacional siglos después del esplendor de los grandes califatos.
El inglés ha seguido creciendo mientras el antiguo Imperio británico desaparecía del mapa.
Y el español continúa expandiéndose más de doscientos años después de la independencia de la inmensa mayoría de las naciones hispanoamericanas.
Los imperios nacen y desaparecen.
Las lenguas útiles permanecen.
Ésa es la diferencia fundamental.
El español: una construcción de veinte naciones
Con demasiada frecuencia se habla del español como si continuara siendo exclusivamente la lengua de España.
Nada más lejos de la realidad.
Hace mucho tiempo que dejó de pertenecer únicamente a la Península.
Cada país hispánico ha ido incorporando sus propias palabras, sus giros, sus expresiones, sus formas de pronunciar y hasta su peculiar manera de entender el mundo.
El español de México no es idéntico al de Colombia.
Ni el argentino coincide plenamente con el peruano.
Ni el canario habla exactamente igual que un extremeño o un castellano.
Y, sin embargo, todos forman parte de una misma comunidad lingüística.
Ésa constituye una riqueza extraordinaria.
Porque la unidad nunca exigió uniformidad.
La lengua común jamás impidió la existencia de una inmensa diversidad interna.
Al contrario.
La hizo posible.
La verdadera diversidad
Existe una curiosa paradoja.
Quienes más hablan de diversidad suelen reducirla a una única dimensión: la lingüística.
Pero la auténtica diversidad es mucho más amplia.
Es la diversidad de acentos.
De tradiciones.
De gastronomías.
De músicas.
De costumbres.
De paisajes.
De maneras de entender la vida.
España constituye uno de los mejores ejemplos de esa riqueza.
Jamás necesitó convertirse en un mosaico de compartimentos estancos para reconocer la personalidad de cada uno de sus territorios.
Durante siglos convivieron formas distintas de hablar, de vestir, de celebrar las fiestas, de cocinar o de construir.
Y esa diversidad no impidió la existencia de una lengua común que facilitaba la comunicación entre todos.
Ésa fue una de las grandes fortalezas de España.
No la uniformidad.
Sino la convivencia entre lo común y lo diverso.
La tentación de reescribirlo todo
Cada generación siente la tentación de explicar el pasado conforme a las preocupaciones del presente.
Es un riesgo comprensible.
Pero también peligroso.
Porque el pasado termina convertido en un espejo donde únicamente buscamos confirmar nuestras ideas actuales.
La historia deja entonces de sorprendernos.
Ya no la estudiamos.
Simplemente la utilizamos.
Y cuando la historia se convierte únicamente en un instrumento político, también las lenguas dejan de contemplarse como una creación espontánea de los pueblos para convertirse en piezas de un proyecto ideológico.
Nada empobrece más el conocimiento.
Una lengua merece ser estudiada por lo que realmente ha sido.
No por lo que algunos desean que represente.
Una comunidad de seiscientos millones de voces
Quizá convenga detenerse un instante y pensar en la magnitud del fenómeno.
Más de seiscientos millones de personas pueden conversar, leer, escribir, debatir, investigar, comerciar o emocionarse utilizando el español.
No se trata únicamente de una cifra.
Detrás de ella existen millones de familias.
Miles de universidades.
Decenas de miles de bibliotecas.
Centenares de miles de profesores.
Millones de libros.
Millones de canciones.
Millones de conversaciones cotidianas.
Millones de historias personales.
Eso es una lengua.
No un reglamento.
No un decreto.
No una consigna.
Una lengua constituye la suma de innumerables vidas humanas.
Y precisamente por eso ninguna campaña política, por intensa que sea, puede alterar fácilmente una realidad construida durante siglos.
Los gobiernos cambian.
Las mayorías parlamentarias cambian.
Las modas intelectuales también cambian.
Las grandes lenguas permanecen.
Porque pertenecen a los pueblos.
No a quienes pretenden administrarlas.
La historia de las lenguas la escriben los pueblos, no los gobiernos
Existe una vieja obsesión de todos los proyectos políticos con vocación totalizadora.
Creer que la realidad puede modificarse mediante decretos.
Cambiar las palabras para cambiar la historia.
Cambiar los nombres para cambiar la memoria.
Cambiar la lengua para cambiar la identidad.
La experiencia histórica demuestra exactamente lo contrario.
Los gobiernos pueden influir.
Las administraciones pueden favorecer determinados usos.
Las escuelas pueden enseñar una u otra lengua.
Pero ninguna autoridad ha conseguido jamás crear por decreto una gran lengua de cultura.
Las lenguas nacen en la calle.
Crecen en las familias.
Se enriquecen en los mercados.
Se refinan en las universidades.
Se hacen universales gracias a los escritores, los científicos, los comerciantes, los viajeros, los soldados, los misioneros, los profesores y, sobre todo, gracias a millones de personas anónimas que las utilizan todos los días sin preguntarse qué ideología representa cada palabra.
Ésa ha sido siempre la verdadera historia de las lenguas.
El español nunca dejó de crecer
Mientras en España algunos discuten sobre si el español constituye un problema, el resto del mundo parece haber tomado una decisión muy distinta.
Cada año aumenta el número de personas que desean aprenderlo.
Cada año se publican miles de libros.
Cada año crece la producción científica, cinematográfica, musical y periodística en español.
Cada año millones de estudiantes lo eligen como segunda lengua.
¿Por qué?
La respuesta vuelve a ser extraordinariamente sencilla.
Porque les resulta útil.
Porque les abre puertas.
Porque multiplica sus posibilidades profesionales.
Porque les permite acceder a una comunidad cultural inmensa.
Nadie necesita convencerles.
Nadie necesita obligarles.
Simplemente actúan como han actuado siempre los seres humanos.
Eligen aquello que consideran más conveniente.
La inteligencia práctica de los pueblos
Con frecuencia se habla de los pueblos como si fueran masas fácilmente manipulables.
Es una visión profundamente equivocada.
Los pueblos pueden dejarse arrastrar durante algún tiempo por determinadas modas políticas.
Pero, a largo plazo, terminan imponiéndose las necesidades reales de la vida cotidiana.
Los padres desean que sus hijos tengan más oportunidades.
No menos.
Desean que puedan estudiar donde prefieran.
Trabajar donde encuentren mejores posibilidades.
Comunicarse con el mayor número posible de personas.
Viajar.
Investigar.
Emprender.
Crear.
Ésa ha sido siempre la fuerza de las grandes lenguas.
No prometen identidad.
Ofrecen posibilidades.
Y las posibilidades suelen imponerse a los discursos ideológicos.
La lengua española: una obra inacabada
El español no constituye una reliquia.
No pertenece únicamente al pasado.
Continúa transformándose todos los días.
Cada generación incorpora nuevas expresiones.
Cada país aporta nuevos matices.
Cada escritor amplía sus posibilidades.
Cada investigador crea nuevos términos.
Cada avance científico obliga a enriquecer el vocabulario.
Ésa constituye la prueba más evidente de que seguimos ante una lengua extraordinariamente viva.
Las lenguas mueren cuando dejan de producir conocimiento.
Cuando dejan de crear literatura.
Cuando dejan de utilizarse para pensar.
Nada de eso ocurre con el español.
Al contrario.
Pocas lenguas muestran hoy semejante vitalidad.
El verdadero milagro
Si hubiera que resumir en una sola frase la historia del español, probablemente bastaría una muy sencilla.
El verdadero milagro no consiste en que España llevara su lengua a América.
El verdadero milagro consiste en que América hiciera también suyo el español.
Porque una lengua jamás permanece durante siglos si quienes la reciben no terminan sintiéndola como propia.
Hoy el español pertenece tanto a un sevillano como a un limeño.
A un vallisoletano como a un bogotano.
A un extremeño como a un mexicano.
A un aragonés como a un chileno.
Ninguno necesita pedir permiso para considerarlo parte de su identidad.
Ésa constituye una de las mayores victorias culturales de la historia.
No la victoria de un Estado.
No la victoria de un ejército.
La victoria de una lengua que consiguió convertirse en patrimonio común de pueblos muy distintos sin dejar de incorporar la personalidad de cada uno de ellos.
Quizá por eso resulte tan difícil comprender que algunos insistan en contemplarla únicamente como el recuerdo de un pasado conflictivo.
Cinco siglos de historia demuestran exactamente lo contrario.
Las lenguas que únicamente representan dominación desaparecen cuando desaparece el poder que las sostiene.
Las lenguas que representan una utilidad compartida sobreviven a los imperios, a las revoluciones, a las guerras y a las fronteras.
El español pertenece claramente a esta segunda categoría.
Y quizá ésa sea la explicación más sencilla de su extraordinaria fortaleza.
Porque, al final, la historia de una lengua siempre la escriben quienes la hablan.
Nunca quienes pretenden administrarla.
La ignorancia nunca construyó una civilización
Existe una idea atribuida a Averroes que resume admirablemente uno de los grandes dramas de cualquier sociedad:
«La ignorancia conduce al miedo; el miedo conduce al odio; y el odio conduce a la violencia.»
Resulta difícil encontrar una secuencia más exacta.
Quien ignora desconfía.
Quien desconfía termina temiendo.
Quien teme acaba buscando un culpable.
Y cuando el culpable ya ha sido señalado, la hostilidad aparece casi inevitablemente.
La historia europea ofrece demasiados ejemplos.
También la historia de España.
Por eso sorprende comprobar con qué facilidad algunos sustituyen el estudio de cinco siglos de historia por un puñado de consignas repetidas hasta el infinito.
Porque estudiar exige esfuerzo.
Exige leer documentos.
Comparar fuentes.
Contrastar versiones.
Reconocer contradicciones.
Aceptar matices.
En cambio, repetir un eslogan apenas requiere memoria.
Y un eslogan posee una enorme ventaja para quien pretende simplificar la realidad: evita tener que pensar.
El enorme daño de las simplificaciones
Toda simplificación histórica termina produciendo efectos políticos.
Si una generación aprende que todo cuanto hicieron sus antepasados fue criminal, difícilmente contemplará con respeto la obra de esos mismos antepasados.
Si se enseña que la presencia española en América sólo produjo destrucción, desaparecerán inevitablemente del horizonte intelectual las universidades, las ciudades, las imprentas, los hospitales, los cabildos, las audiencias, el derecho indiano, los debates jurídicos y teológicos o la inmensa producción cultural surgida durante aquellos siglos.
No porque esos hechos dejen de existir.
Sino porque dejan de enseñarse con el mismo énfasis.
La consecuencia resulta evidente.
Una historia incompleta acaba produciendo una memoria incompleta.
Y una memoria incompleta termina generando juicios profundamente desequilibrados.
La comparación, ese ejercicio tan incómodo
Existe una herramienta intelectual extraordinariamente eficaz.
Comparar.
Comparar sin prejuicios.
Comparar con el mismo criterio.
Comparar sin establecer excepciones.
Cuando ese método se aplica a la historia de los grandes imperios europeos aparecen inmediatamente preguntas incómodas.
¿Por qué determinadas actuaciones españolas reciben una atención extraordinaria mientras episodios semejantes protagonizados por otras potencias apenas ocupan unas líneas?
¿Por qué unas historias nacionales parecen explicarse siempre desde la complejidad y otras casi exclusivamente desde la culpabilidad?
¿Por qué unas merecen contexto y otras únicamente condena?
No se trata de competir en desgracias.
Ni de organizar un absurdo campeonato de atrocidades.
Se trata, sencillamente, de aplicar el mismo criterio histórico a todos.
Eso es lo que exige cualquier investigación seria.
El español: una de las grandes obras de la humanidad
Con frecuencia hablamos del español como si se tratara únicamente del idioma oficial de un Estado.
Es mucho más.
Es una de las grandes creaciones culturales de la humanidad.
Es la lengua de Cervantes y de Santa Teresa.
De Quevedo y de Calderón.
De Sor Juana Inés de la Cruz.
De Rubén Darío.
De Antonio Machado.
De Gabriela Mistral.
De Jorge Luis Borges.
De Miguel Ángel Asturias.
De Camilo José Cela.
De Octavio Paz.
De Gabriel García Márquez.
De Mario Vargas Llosa.
Y de miles de escritores, filósofos, juristas, científicos, periodistas, profesores y artistas que han contribuido a engrandecerla durante siglos.
Reducir semejante patrimonio a un simple instrumento de dominación histórica constituye una simplificación extraordinariamente pobre.
El español no pertenece únicamente al pasado.
Pertenece, sobre todo, al presente.
Y también al futuro.
Una herencia que no admite propietarios
Hay quienes hablan del español como si perteneciera exclusivamente a España.
Cometen un error.
Hay quienes hablan del español como si representara únicamente un episodio histórico.
Cometen otro.
La lengua española pertenece ya a una comunidad inmensa formada por pueblos soberanos, culturas diversas y tradiciones nacionales distintas.
Nadie puede apropiarse de ella.
Ni un gobierno.
Ni un partido.
Ni una ideología.
Ni siquiera España.
Porque hace mucho tiempo que dejó de ser exclusivamente española para convertirse en hispánica.
Ésa constituye una diferencia esencial.
La historia comenzó en España.
Pero la grandeza del español fue construida conjuntamente por todos los pueblos que la hicieron suya.
Ésa es la auténtica explicación de su fuerza.
No la imposición.
No la propaganda.
No el poder.
Sino la libre adhesión de generaciones enteras que descubrieron en ella una herramienta extraordinaria para comunicarse, crear, comerciar, enseñar, investigar y transmitir conocimiento.
Las lenguas pueden expandirse acompañando a los imperios.
Pero sólo sobreviven a ellos cuando los pueblos deciden conservarlas.
Y ésa, probablemente, constituye la prueba más contundente de la extraordinaria vitalidad del español.
Cinco siglos después, continúa siendo una lengua en expansión.
No porque la sostenga un imperio.
Sino porque la sostienen cientos de millones de personas que la consideran parte inseparable de su vida cotidiana y de su identidad cultural.
Ése es un hecho difícil de ignorar.
Y, al mismo tiempo, una magnífica razón para contemplar el español con serenidad, con respeto y sin complejos.
Algunos tópicos que convendría revisar
«España exterminó todas las lenguas indígenas»
Éste constituye uno de los lugares comunes más repetidos.
Sin embargo, basta formular unas cuantas preguntas para comprobar que la realidad resulta bastante más compleja.
Si el propósito hubiera sido borrar todas las lenguas indígenas, ¿por qué tantos religiosos y estudiosos españoles dedicaron años de su vida a aprenderlas?
¿Por qué redactaron gramáticas, diccionarios, vocabularios y catecismos?
¿Por qué, en numerosos casos, las primeras descripciones sistemáticas de aquellas lenguas fueron precisamente obra de españoles?
¿Por qué esas obras siguen siendo hoy una fuente imprescindible para los lingüistas que estudian su evolución?
Resulta una contradicción difícil de explicar.
Nadie dedica décadas a describir cuidadosamente aquello que pretende hacer desaparecer de inmediato.
«El español sólo sobrevivió gracias a la fuerza»
La propia evolución histórica parece desmentir esa afirmación.
Las guerras de independencia pusieron fin a la soberanía española en casi toda Hispanoamérica.
A partir de ese momento, España dejó de tener capacidad para imponer absolutamente nada.
Sin embargo, el español no retrocedió.
Ocurrió justamente lo contrario.
Continuó consolidándose como lengua común de las nuevas repúblicas.
La pregunta resulta inevitable.
Si ya no existía poder político español, ¿quién imponía entonces el español?
La respuesta parece evidente.
Nadie.
Simplemente seguía siendo la herramienta más útil para administrar Estados inmensos, impartir enseñanza superior, redactar leyes, publicar periódicos, desarrollar la literatura y facilitar la comunicación entre poblaciones de orígenes muy diversos.
«Toda lengua común constituye una imposición»
La historia europea demuestra exactamente lo contrario.
Italia posee una lengua común y numerosas modalidades regionales.
Alemania también.
Francia también.
El Reino Unido convive con distintas lenguas históricas además del inglés.
Suiza constituye un ejemplo aún más interesante, con varias lenguas oficiales que conviven dentro del mismo Estado.
Ninguno de esos casos elimina el hecho de que exista una lengua de comunicación general.
Porque toda sociedad compleja necesita instrumentos comunes de comunicación.
No por razones ideológicas.
Sino por puro sentido práctico.
La economía.
La justicia.
La universidad.
La investigación.
La administración.
El comercio.
La movilidad laboral.
Todo ello exige, además de la riqueza de las lenguas propias de cada territorio, una lengua compartida que facilite el entendimiento general.
No constituye una anomalía española.
Constituye una constante histórica.
«La historia comienza con los nacionalismos»
Existe otra curiosa deformación.
Algunos discursos parecen transmitir la impresión de que Cataluña, Galicia, el País Vasco o cualquier otro territorio vivieron durante siglos esperando la llegada de los nacionalismos contemporáneos para descubrir finalmente quiénes eran.
La realidad histórica resulta bastante más compleja.
Durante siglos coexistieron identidades locales, regionales y una pertenencia común a la Monarquía Hispánica.
Nadie consideraba incompatible sentirse navarro y español.
Gallego y español.
Catalán y español.
Valenciano y español.
Aragonés y español.
Las identidades no funcionaban como compartimentos estancos.
Se superponían.
Se enriquecían mutuamente.
La idea de que toda identidad compartida constituye necesariamente una amenaza para las identidades particulares pertenece a una concepción mucho más reciente.
«Una lengua necesita enemigos para sobrevivir»
Probablemente éste sea el mayor error de todos.
Las lenguas no prosperan porque derroten a otras.
Prosperan porque resultan útiles.
Porque poseen una gran literatura.
Porque producen ciencia.
Porque sirven para enseñar.
Porque permiten comerciar.
Porque facilitan el acceso al conocimiento.
Cuando una lengua necesita convertir a otra en enemiga para justificar su propia existencia, algo no funciona.
La fortaleza de una lengua nunca debería medirse por el espacio que consigue arrebatar a las demás.
Sino por su capacidad para seguir siendo elegida libremente por quienes la hablan.
Ésa ha sido, precisamente, la gran fuerza histórica del español.
La gran paradoja del siglo XXI
Quizá la mayor paradoja de nuestro tiempo consista en que el español nunca había disfrutado de tanta vitalidad internacional y, simultáneamente, nunca había sido objeto de tantas controversias políticas dentro de España.
Mientras las universidades de medio mundo amplían sus departamentos de español, mientras empresas internacionales buscan profesionales capaces de desenvolverse en nuestra lengua y mientras cientos de millones de personas la utilizan diariamente para trabajar, investigar, escribir, crear o comerciar, una parte del debate público español continúa girando alrededor de una pregunta sorprendente: cómo limitar, reducir o redefinir el papel de la lengua común.
La paradoja resulta difícil de ignorar.
Tal vez porque la cuestión de fondo ya no sea estrictamente lingüística.
Tal vez porque el verdadero debate no trate del español, sino de la manera en que una sociedad contempla su propia historia.
Y quizá ahí volvamos al punto de partida de este ensayo.
Porque cuando una comunidad termina aceptando sin apenas discusión un relato exclusivamente negativo sobre sí misma, acaba contemplando con desconfianza aquello que durante siglos constituyó uno de sus principales vínculos de continuidad: su lengua.
Si esa interpretación es correcta o no, corresponde al lector decidirlo.
Mi propósito ha sido únicamente invitar a formular preguntas que, con demasiada frecuencia, parecen haber desaparecido del debate público.
Y ninguna sociedad progresa dejando de hacerse preguntas.
Una lengua que nunca dejó de enriquecerse
Hay un detalle que suele pasar inadvertido cuando se habla del español.
Con demasiada frecuencia se presenta como si hubiera sido una lengua rígida, uniforme e impermeable.
La realidad es exactamente la contraria.
Pocas lenguas han demostrado una capacidad semejante para incorporar palabras, expresiones y formas de entender el mundo procedentes de culturas muy diversas.
El español conserva centenares de voces de origen prerromano.
Miles de palabras de origen latino.
Una influencia decisiva del árabe.
Aportaciones del griego.
Del italiano.
Del francés.
Del portugués.
Del inglés.
Y, por supuesto, una inmensa riqueza procedente de las lenguas americanas.
¿Quién imagina hoy el español sin palabras como «tomate», «patata», «chocolate», «cacique», «canoa», «hamaca», «maíz», «cóndor», «puma» o «cacahuete»?
Esas voces no fueron eliminadas.
Fueron incorporadas.
Pasaron a formar parte del patrimonio común de todos los hispanohablantes.
Y eso ocurrió porque las lenguas verdaderamente vivas no destruyen cuanto encuentran a su paso.
Lo incorporan.
Lo adaptan.
Lo enriquecen.
Ésa ha sido siempre la historia del español.
La inmensa creación de América
Existe otra simplificación que conviene desterrar.
Hablar del español como si fuera únicamente obra de España.
Eso dejó de ser cierto hace siglos.
La lengua que hoy hablamos también ha sido construida por México.
Por Perú.
Por Colombia.
Por Argentina.
Por Chile.
Por Venezuela.
Por Guatemala.
Por Cuba.
Por Uruguay.
Por Paraguay.
Por todas y cada una de las naciones hispánicas.
América no recibió simplemente una lengua.
La transformó.
La amplió.
La hizo inmensamente más rica.
Incorporó nuevos vocablos.
Nuevas construcciones.
Nuevos registros literarios.
Nuevas sensibilidades.
Basta recorrer la literatura hispanoamericana para comprender hasta qué punto el español dejó hace mucho tiempo de ser patrimonio exclusivo de la Península.
Sin Rubén Darío resultaría imposible comprender la renovación poética del siglo XX.
Sin Jorge Luis Borges, el ensayo y el cuento contemporáneos serían distintos.
Sin Gabriel García Márquez, el español habría perdido una de sus cumbres narrativas.
Sin Octavio Paz faltaría una de las grandes voces del pensamiento contemporáneo.
Sin tantos otros escritores americanos, nuestra lengua sería infinitamente más pobre.
Por eso resulta tan absurdo hablar del español como si continuara siendo exclusivamente «la lengua de España».
Hace siglos que dejó de serlo.
Hoy es la lengua del mundo hispánico.
Una civilización antes que un imperio
Quizá convenga detenerse un momento en una reflexión más amplia.
Los imperios nacen.
Se expanden.
Y desaparecen.
Las civilizaciones poseen otra naturaleza.
Perduran porque continúan produciendo cultura.
Porque siguen creando conocimiento.
Porque conservan la capacidad de dialogar consigo mismas.
Desde ese punto de vista, el mundo hispánico constituye una auténtica civilización.
No porque todos sus pueblos piensen igual.
Ni porque compartan los mismos intereses políticos.
Ni porque formen una unidad estatal.
Todo lo contrario.
Se trata de naciones independientes que conservan una herramienta cultural común de un valor extraordinario.
La lengua.
Ése es el auténtico milagro histórico.
No la existencia de un antiguo imperio.
Sino la permanencia de una comunidad cultural que sobrevivió a la desaparición de ese imperio.
Muy pocas experiencias históricas ofrecen un ejemplo semejante.
El gran error de nuestro tiempo
Quizá el mayor error contemporáneo consista en contemplar el pasado exclusivamente como un depósito de agravios.
Naturalmente que toda historia contiene episodios dolorosos.
Naturalmente que ninguna nación está libre de culpa.
Pero convertir la historia únicamente en un catálogo de acusaciones conduce inevitablemente a una visión empobrecida del ser humano.
Las sociedades no avanzan negando su pasado.
Tampoco idealizándolo.
Avanzan conociéndolo.
Discutiéndolo.
Contrastándolo.
Aceptando su enorme complejidad.
Ésa es la diferencia entre la historia y la propaganda.
La propaganda necesita respuestas sencillas.
La historia casi siempre ofrece preguntas difíciles.
Una invitación al lector
No pido al lector que acepte mis conclusiones.
Le propongo algo mucho más modesto y, al mismo tiempo, mucho más exigente.
Que lea.
Que compare.
Que contraste.
Que no dé por cierta una afirmación simplemente porque haya sido repetida durante décadas.
Que tampoco acepte sin examen la posición contraria.
La historia no necesita creyentes.
Necesita investigadores.
Necesita lectores.
Necesita ciudadanos dispuestos a desconfiar de los lugares comunes, vengan de donde vengan.
Quizá entonces descubramos que muchas de las certezas que hoy parecen indiscutibles no eran tan sólidas como imaginábamos.
Y quizá comprendamos también que una lengua hablada por más de seiscientos millones de personas constituye un fenómeno histórico demasiado importante para ser reducido a un eslogan o a una consigna política.
Porque las consignas pasan.
Las lenguas permanecen.
Y el español, cinco siglos después, continúa demostrando una extraordinaria capacidad para unir, crear y transmitir una de las mayores herencias culturales de la historia.
Las lenguas no se inventan. Evolucionan.
Existe una diferencia fundamental entre una obra de ingeniería y una institución humana.
Un puente puede diseñarse.
Un automóvil puede proyectarse.
Una presa puede calcularse.
Una lengua, no.
Las lenguas pertenecen a esa categoría de instituciones humanas que ningún individuo, ningún gobierno y ninguna academia han sido capaces de crear deliberadamente.
Nacen.
Crecen.
Se transforman.
Desaparecen.
Se mezclan.
Se enriquecen.
Todo ello como consecuencia de millones de decisiones individuales tomadas durante siglos por personas que jamás pretendieron construir una lengua.
Simplemente querían entenderse.
Ésa constituye una de las mayores lecciones de la historia humana.
Y no afecta únicamente al lenguaje.
Sucede exactamente igual con el Derecho consuetudinario, con el comercio, con el dinero, con los mercados, con las costumbres o con la propia ciencia.
Primero aparece la práctica.
Después llega la teoría.
Nunca al revés.
Sin embargo, vivimos una época fascinada por la ingeniería social.
Muchos parecen convencidos de que basta aprobar una ley para modificar la realidad.
Creen que un boletín oficial puede cambiar la manera en que hablan millones de personas.
Que un reglamento puede decidir qué palabras sobrevivirán.
Que una subvención puede fabricar una lengua.
Que una prohibición puede hacer desaparecer otra.
La historia demuestra exactamente lo contrario.
Gonzalo de Berceo comprendió hace ocho siglos lo que algunos todavía ignoran
Existe un texto de apenas cuatro versos que encierra más sabiduría lingüística que muchas facultades universitarias contemporáneas.
«Quiero fer una prosa en román paladino,
en qual suele el pueblo fablar a su vecino…»
En apenas dos versos, Gonzalo de Berceo resume toda una teoría del lenguaje.
No escribe para imponer una lengua.
No pretende reformar el habla popular.
No corrige al pueblo.
Hace justamente lo contrario.
Aprende del pueblo.
Escribe como habla la inmensa mayoría.
Porque comprende una evidencia extraordinariamente sencilla.
La lengua pertenece a quienes la hablan.
No a quienes pretenden dirigirla.
Ésa ha sido siempre la fuerza del español.
No nació en una universidad.
Ni en un ministerio.
Ni en una academia.
Nació en los caminos.
En los mercados.
En las plazas.
En las aldeas.
En los monasterios.
En las ferias.
En los puertos.
En las conversaciones cotidianas de millones de personas que jamás imaginaron que estaban construyendo una de las grandes lenguas de la humanidad.
Antonio de Nebrija no creó el español
Otro de los errores más repetidos consiste en atribuir a Antonio de Nebrija la creación del español.
Nada más lejos de la realidad.
Cuando Nebrija publica su Gramática en 1492, el español llevaba siglos evolucionando.
Millones de personas lo hablaban diariamente.
Lo que hace Nebrija no consiste en inventarlo.
Hace algo infinitamente más importante.
Lo describe.
Lo ordena.
Lo estudia.
Lo sistematiza.
Hace con el español lo mismo que un botánico hace con un bosque.
No crea los árboles.
Los clasifica.
Ésa constituye una diferencia esencial.
Porque quienes hoy creen que una academia puede fabricar una lengua olvidan que incluso la Real Academia Española nació dos siglos después de Nebrija.
Y cuando apareció la Academia, el español ya era una lengua universal.
No fue la Academia quien hizo grande al español.
Fue el español quien hizo necesaria una Academia.
El orden de los factores importa.
Y mucho.
El inmenso laboratorio de la lengua española
Quizá ningún otro idioma europeo haya experimentado un proceso de mestizaje tan extraordinario.
El español comienza siendo latín vulgar.
Pero muy pronto incorpora palabras prerromanas.
Después recibe una influencia decisiva del árabe.
Más tarde aparecen voces germánicas.
Italianismos.
Galicismos.
Americanismos.
Lusismos.
Anglicismos.
Y miles de términos procedentes de las más diversas culturas.
Ésa es precisamente la grandeza de una lengua viva.
No teme contaminarse.
Porque sabe que enriquecerse nunca significa empobrecerse.
El español jamás expulsó palabras por su origen.
Las conservó cuando resultaban útiles.
Las abandonó cuando dejaron de serlo.
Exactamente igual que hacen todas las lenguas vivas.
Nadie reunió un parlamento para decidir que la palabra tomate debía incorporarse al diccionario.
Ni chocolate.
Ni canoa.
Ni hamaca.
Ni maíz.
Ni patata.
Fue el pueblo quien decidió conservarlas.
No un ministro.
No una ley.
No una subvención.
La gran mentira de nuestro tiempo
Quizá el mayor engaño contemporáneo consista en hacernos creer que la lengua pertenece al poder.
No.
La lengua pertenece al pueblo.
Siempre ha pertenecido al pueblo.
Los gobiernos pasan.
Los partidos desaparecen.
Los parlamentos cambian.
Las constituciones se reforman.
Las modas ideológicas duran apenas unas décadas.
La lengua continúa su camino.
Porque no obedece a los gobiernos.
Obedece únicamente a millones de seres humanos que cada día deciden, casi siempre de manera inconsciente, qué palabras merecen seguir viviendo y cuáles desaparecerán para siempre.
Ésa ha sido la historia del español durante más de mil años.
Y probablemente seguirá siéndolo durante muchos siglos más.
¿Qué habría ocurrido si España hubiera querido destruir las lenguas indígenas?
Conviene plantear la cuestión de una forma muy sencilla.
Supongamos, por un momento, que el objetivo de la Monarquía Hispánica hubiera consistido realmente en borrar todas las lenguas indígenas.
Supongamos que el propósito hubiera sido hacerlas desaparecer de la faz de la tierra.
Entonces surge una pregunta elemental.
¿Por qué dedicar siglos a estudiarlas?
¿Por qué aprenderlas?
¿Por qué escribirlas?
¿Por qué traducir a ellas los Evangelios?
¿Por qué elaborar gramáticas?
¿Por qué redactar diccionarios?
¿Por qué enseñar a leer y escribir en ellas?
¿Por qué conservar centenares de miles de documentos escritos precisamente en esos idiomas?
La pregunta resulta devastadora.
Porque ninguna política seria de exterminio lingüístico comienza redactando gramáticas del idioma que pretende destruir.
Ninguna.
Sin embargo, eso fue exactamente lo que hicieron centenares de religiosos, juristas y estudiosos españoles durante siglos.
No porque fueran filólogos en el sentido moderno del término.
Sino porque necesitaban comunicarse con aquellas poblaciones.
Y para enseñar primero había que comprender.
Para comprender era imprescindible aprender la lengua.
Y aprenderla exigía estudiarla.
Así nacieron algunas de las primeras gramáticas, vocabularios y diccionarios de multitud de lenguas americanas y asiáticas.
Ésa constituye una realidad histórica extraordinariamente incómoda para quienes reducen toda la presencia española en América a una simple caricatura.
Una hazaña intelectual casi desconocida
Existe otra circunstancia todavía más llamativa.
Cuando muchos de aquellos religiosos comenzaron su trabajo, numerosas lenguas indígenas jamás habían sido descritas mediante una gramática.
No existía un alfabeto adaptado.
No existían diccionarios.
No existían reglas ortográficas.
No existía una tradición escrita semejante a la europea.
Hubo que comenzar prácticamente desde cero.
Imagínese el lector la dificultad.
Un religioso llega a una región remota.
Desconoce completamente el idioma.
Empieza escuchando.
Anota sonidos.
Intenta descubrir regularidades.
Pregunta.
Compara.
Vuelve a preguntar.
Corrige.
Y, poco a poco, termina construyendo una descripción sistemática de una lengua que hasta entonces había vivido exclusivamente en la tradición oral.
No se trata únicamente de un esfuerzo evangelizador.
Constituye una auténtica proeza lingüística.
Y, sin embargo, apenas ocupa unas líneas en muchos manuales de historia.
El extraordinario trabajo de los misioneros
Conviene hacer justicia a quienes dedicaron literalmente su vida a esa tarea.
Dominicos.
Franciscanos.
Agustinos.
Jesuitas.
Mercedarios.
No recorrieron miles de kilómetros para imponer el español como única lengua.
La inmensa mayoría pasó años aprendiendo idiomas indígenas.
Porque comprendieron algo evidente.
Nadie puede enseñar aquello que el otro no entiende.
Y para entender hay que empezar por escuchar.
Durante generaciones elaboraron gramáticas del náhuatl.
Del quechua.
Del aimara.
Del guaraní.
Del tagalo.
Del otomí.
Del zapoteco.
Del mixteco.
Del maya.
Y de decenas de lenguas más.
Muchas de esas obras siguen consultándose hoy.
No porque sean documentos religiosos.
Sino porque poseen un inmenso valor filológico.
En algunos casos constituyen el primer gran testimonio escrito de esas lenguas.
La ironía resulta extraordinaria.
Una parte importante del conocimiento actual sobre determinadas lenguas indígenas procede precisamente de quienes hoy son presentados, sin demasiados matices, como sus supuestos destructores.
La historia posee un fino sentido del humor.
Nadie conserva aquello que desprecia
Existe un principio muy sencillo.
Los seres humanos no dedican años de trabajo a conservar aquello que consideran inútil.
Mucho menos aquello que desean hacer desaparecer.
Si durante siglos se elaboraron gramáticas.
Diccionarios.
Catecismos.
Confesionarios.
Vocabularios.
Textos jurídicos.
Y documentos administrativos en numerosas lenguas indígenas, conviene preguntarse si la realidad fue realmente tan simple como hoy suele presentarse.
Naturalmente que hubo conflictos.
Naturalmente que existieron abusos.
Naturalmente que muchas lenguas retrocedieron.
La historia nunca es idílica.
Pero entre reconocer esa complejidad y afirmar que existió un plan sistemático para exterminar todas las lenguas indígenas media un abismo.
Y ese abismo merece ser estudiado con mucho más rigor del que suele encontrarse en demasiados discursos políticos contemporáneos.
La mayor derrota de la Leyenda Negra
Quizá la mayor victoria de la Leyenda Negra no consista en convencer a millones de personas de que España cometió errores.
Eso nadie seriamente informado lo discute.
La verdadera victoria consiste en impedir que se conozca todo lo demás.
Que apenas se hable de las universidades.
Que se silencien las Leyes de Indias.
Que desaparezcan de los programas escolares los debates de la Escuela de Salamanca sobre la dignidad de los indígenas.
Que apenas se mencione la gigantesca labor lingüística desarrollada durante siglos.
Que generaciones enteras terminen creyendo que la historia sólo admite un único relato.
Y cuando una sociedad deja de formular preguntas porque cree conocer ya todas las respuestas, deja también de hacer historia.
Empieza, sencillamente, a repetir dogmas.
Quién salvó muchas lenguas indígenas del olvido?
Existe una pregunta que rara vez aparece en los manuales escolares y que, sin embargo, resulta absolutamente decisiva.
¿Quién escribió las primeras gramáticas de muchas lenguas indígenas americanas?
¿Quién redactó sus primeros diccionarios?
¿Quién fijó por escrito idiomas que hasta entonces apenas habían dejado testimonio escrito?
La respuesta resulta incómoda para quienes han convertido la Leyenda Negra en un dogma.
En una inmensa cantidad de casos fueron religiosos españoles.
Franciscanos.
Dominicos.
Jesuitas.
Agustinos.
Mercedarios.
Hombres que pasaron años aprendiendo idiomas extraordinariamente complejos porque comprendían una realidad elemental.
No es posible enseñar a quien no se entiende.
No es posible transmitir conocimientos sin conocer antes la lengua del interlocutor.
Y no es posible conocer una lengua sin estudiarla.
Aquellos hombres realizaron un trabajo gigantesco.
No disponían de grabadoras.
No existían laboratorios de fonética.
No había universidades especializadas en lingüística indígena.
Ni ordenadores.
Ni inteligencia artificial.
Sólo disponían de papel, tinta, paciencia y una enorme capacidad de observación.
Escuchaban durante meses.
Comparaban sonidos.
Intentaban descubrir reglas gramaticales.
Clasificaban verbos.
Ordenaban vocabularios.
Anotaban diferencias dialectales.
Y, poco a poco, levantaban auténticos monumentos filológicos.
Muchos de aquellos trabajos siguen siendo consultados hoy por lingüistas de todo el mundo.
Ésa constituye una realidad difícil de conciliar con la caricatura tantas veces repetida.
Porque quien pretende destruir una lengua no dedica media vida a describirla.
Un patrimonio lingüístico de valor incalculable
Pensemos durante unos instantes en la magnitud de aquella empresa.
Europa apenas comenzaba a conocer el continente americano.
Cada pocas semanas aparecían pueblos nuevos.
Lenguas nuevas.
Costumbres desconocidas.
Formas distintas de organizar la sociedad.
Y, sin embargo, en lugar de limitarse a imponer su propio idioma, centenares de religiosos comenzaron haciendo exactamente lo contrario.
Aprendieron.
Escucharon.
Preguntaron.
Tomaron notas.
Tradujeron.
En numerosas ocasiones elaboraron alfabetos adaptados a sonidos que jamás habían sido representados mediante escritura alfabética.
Fijaron normas.
Redactaron gramáticas.
Compusieron vocabularios.
Aquella labor posee un valor científico extraordinario.
Porque muchas de esas lenguas han cambiado profundamente desde entonces.
Otras desaparecieron.
Y precisamente gracias a aquellos documentos hoy conocemos aspectos fundamentales de su estructura.
La paradoja resulta difícilmente superable.
Una parte esencial de la memoria lingüística indígena fue preservada por quienes, según determinados relatos contemporáneos, únicamente pretendían hacerla desaparecer.
La lengua española jamás tuvo miedo de otras lenguas
Existe otra diferencia que merece ser destacada.
Las lenguas inseguras necesitan eliminar a las demás.
Las grandes lenguas, por el contrario, conviven con ellas.
El español nunca dejó de incorporar palabras procedentes de otras culturas.
Del árabe heredó miles de vocablos.
De América recibió cientos de términos que hoy forman parte del habla cotidiana.
Del italiano tomó numerosos conceptos artísticos y musicales.
Del francés incorporó términos científicos y técnicos.
Del inglés continúa incorporando nuevos vocablos.
Ésa constituye precisamente una de sus mayores fortalezas.
Las lenguas verdaderamente vivas nunca permanecen encerradas sobre sí mismas.
Absorben.
Transforman.
Adaptan.
Enriquecen.
Ésa ha sido la historia del español durante más de mil años.
Y probablemente seguirá siéndolo mientras continúe siendo una lengua hablada por cientos de millones de personas.
La gran ironía
Tal vez la mayor ironía de toda esta historia consista en que muchos de quienes acusan al español de haber destruido otras lenguas utilizan diariamente decenas de palabras procedentes precisamente de esas mismas lenguas indígenas.
Chocolate.
Tomate.
Patata.
Maíz.
Canoa.
Hamaca.
Cacique.
Puma.
Cóndor.
Cacao.
Aguacate.
Huracán.
Barbacoa.
Tabaco.
Nadie las considera extranjeras.
Hace siglos que forman parte del español.
Y eso demuestra hasta qué punto nuestra lengua ha sabido enriquecerse incorporando aportaciones procedentes de muy diversas culturas.
Las lenguas imperiales suelen imponer.
Las grandes lenguas de civilización incorporan.
El español pertenece claramente a esta segunda categoría.
Una pregunta inevitable
Llegados a este punto conviene formular una última pregunta.
Si el español hubiera sido únicamente una lengua de imposición…
Si la presencia española en América hubiera consistido exclusivamente en destruir culturas…
Si todas las lenguas indígenas hubieran sido sistemáticamente perseguidas…
¿cómo explicar entonces la inmensa cantidad de documentos, gramáticas, vocabularios, catecismos, traducciones, crónicas y estudios lingüísticos que han llegado hasta nosotros precisamente gracias al trabajo desarrollado durante aquellos siglos?
Ésa es una pregunta que merece una respuesta.
Y, sobre todo, merece ser estudiada con serenidad.
No mediante consignas.
No mediante prejuicios.
No mediante simplificaciones interesadas.
Sino mediante documentos.
Porque la historia no pertenece a quien más grita.
Pertenece a quien mejor demuestra lo que afirma.
Y quizá haya llegado el momento de que el inmenso esfuerzo intelectual realizado por tantos españoles en favor del conocimiento de las lenguas indígenas ocupe, por fin, el lugar que merece en la historia de la lingüística universal.
Porque ésa también es Historia de España.
Y, sobre todo, es Historia de América.
El español nunca necesitó policías lingüísticos
Existe una diferencia fundamental entre una lengua fuerte y una lengua insegura.
Las lenguas fuertes apenas necesitan protección.
Las hablan millones de personas porque les resultan útiles.
Porque permiten acceder al conocimiento.
Porque facilitan el comercio.
Porque abren las puertas de universidades, empresas, laboratorios, bibliotecas y centros de investigación.
Las lenguas inseguras, por el contrario, suelen depender mucho más del poder político.
Necesitan subvenciones.
Necesitan decretos.
Necesitan organismos encargados de vigilar su utilización.
Necesitan campañas permanentes.
Necesitan convertir la lengua en una cuestión de Estado.
El español jamás necesitó nada de eso para convertirse en una de las grandes lenguas internacionales.
Nadie obligó a los argentinos a seguir escribiendo en español después de la independencia.
Nadie podía imponer el castellano en México una vez desaparecida la soberanía española.
Nadie obligó a los peruanos.
Ni a los colombianos.
Ni a los chilenos.
Ni a los uruguayos.
Ni a los paraguayos.
Fueron ellos quienes decidieron conservarlo.
Y esa decisión, libremente adoptada por pueblos soberanos, constituye probablemente la mayor derrota posible de la tesis según la cual el español sólo sobrevivió gracias a la fuerza.
Los imperios desaparecen.
Las lenguas verdaderamente útiles permanecen.
La libertad siempre acaba imponiéndose
Hay una ley histórica que apenas admite excepciones.
Cuando desaparece la coacción, también desaparecen las instituciones sostenidas únicamente por la coacción.
Ocurrió con multitud de imperios.
Con religiones oficiales.
Con sistemas económicos.
Con ideologías.
Sin embargo, el español sobrevivió a la desaparición del Imperio español.
Y no sólo sobrevivió.
Continuó creciendo.
Hoy existen más hispanohablantes fuera de España que dentro de ella.
Ése es un dato extraordinario.
Porque demuestra que el español dejó hace mucho tiempo de depender de España.
Su fuerza ya no reside en ningún Estado.
Reside en la inmensa comunidad de pueblos que lo hicieron suyo.
Muy pocas lenguas pueden exhibir una prueba semejante.
El miedo al español
Llegados a este punto conviene formular otra pregunta.
¿Por qué provoca tanta inquietud una lengua que hablan más de seiscientos millones de personas?
¿Qué tiene el español que despierta semejante obsesión en determinados ambientes políticos?
Porque conviene decirlo claramente.
No estamos ante un debate académico.
No estamos ante una discusión filológica.
Estamos ante una discusión profundamente política.
No se combate una gramática.
No se combate un diccionario.
No se combate una conjugación verbal.
Se combate aquello que la lengua representa.
Y el español representa una continuidad histórica de más de mil años.
Representa la mayor comunidad cultural nacida de la historia de España.
Representa una inmensa tradición literaria.
Representa una memoria compartida por decenas de naciones.
Y eso explica muchas cosas.
Las lenguas crean espacios culturales.
Y los espacios culturales generan vínculos.
Quien desea romper esos vínculos comienza, casi siempre, cuestionando el elemento que mejor los simboliza.
La lengua.
La obsesión por fragmentar
Hay un fenómeno que merece ser estudiado con detenimiento.
Mientras el resto del mundo avanza hacia espacios de comunicación cada vez más amplios, en determinados lugares de España parece producirse el movimiento inverso.
Nunca fue tan fácil comunicarse con cualquier rincón del planeta.
Nunca resultó tan sencillo aprender idiomas.
Nunca existieron tantos intercambios universitarios.
Nunca hubo tanta movilidad profesional.
Y, sin embargo, algunos parecen empeñados en reducir los espacios comunes de comunicación.
Resulta una paradoja.
La economía se globaliza.
La ciencia se internacionaliza.
Las universidades cooperan.
Las empresas trabajan simultáneamente en varios continentes.
Pero determinados discursos políticos siguen considerando que el progreso consiste en levantar nuevas fronteras culturales.
La historia demuestra justamente lo contrario.
Las grandes épocas de prosperidad siempre coincidieron con la ampliación de los espacios de comunicación.
Nunca con su fragmentación.
El triunfo silencioso del español
Mientras algunos discuten, el español continúa haciendo lo que lleva siglos haciendo.
Crecer.
Cada día nacen decenas de miles de nuevos hispanohablantes.
Cada año aparecen miles de libros.
Miles de investigaciones.
Miles de tesis doctorales.
Miles de canciones.
Miles de películas.
Miles de artículos científicos.
Ningún gobierno organiza ese fenómeno.
Ningún parlamento lo dirige.
Sucede espontáneamente.
Porque una lengua verdaderamente universal posee vida propia.
Y quizá ahí resida la mayor lección de toda esta historia.
El español no necesita que nadie lo glorifique.
Tampoco necesita que nadie pida perdón por él.
Le basta con seguir siendo lo que ha sido durante siglos.
La lengua en la que piensan, aman, discuten, investigan, enseñan, comercian y crean más de seiscientos millones de seres humanos.
Ésa constituye su auténtica fuerza.
Y ninguna campaña política, por intensa que sea, puede modificar una realidad construida durante más de mil años por generaciones enteras de hombres y mujeres anónimos que jamás imaginaron que estaban levantando una de las mayores creaciones culturales de la historia de la humanidad.
APÉNDICE I
La Leyenda Negra: la mayor operación de propaganda de la Historia… y la única que triunfó entre los descendientes de sus víctimas
Toda gran potencia ha sufrido campañas de descrédito.
Roma.
Francia.
Inglaterra.
Rusia.
Estados Unidos.
Forma parte de la historia.
Las potencias rivales intentan desacreditarse mutuamente.
Nada nuevo bajo el sol.
Lo verdaderamente extraordinario no consiste en eso.
Lo extraordinario consiste en que una campaña de propaganda termine siendo aceptada como verdad histórica por una parte muy importante de los propios descendientes de quienes fueron objeto de esa propaganda.
Ahí reside la singularidad española.
Durante siglos, ingleses, holandeses y franceses construyeron un relato destinado a presentar a España como una potencia excepcionalmente fanática, cruel, atrasada e incapaz de aportar nada positivo a la civilización.
Era propaganda.
Propaganda de guerra.
Propaganda religiosa.
Propaganda comercial.
Propaganda política.
Exactamente igual que la que España elaboraba contra sus enemigos.
La diferencia aparece después.
Cuando desaparecen aquellas rivalidades.
Los ingleses continuaron sintiéndose orgullosos de Shakespeare, de Newton, de Wellington o de Churchill.
Los franceses siguieron admirando a Voltaire, Montesquieu, Pasteur o De Gaulle.
Los portugueses nunca renegaron de Camões.
Los italianos jamás consideraron que Dante o Miguel Ángel constituyeran un motivo de vergüenza nacional.
España siguió otro camino.
Poco a poco fue aceptando la visión elaborada por sus antiguos adversarios.
No toda España.
Pero sí una parte considerable de sus élites culturales, universitarias, políticas y periodísticas.
Y cuando una élite intelectual comienza a contemplar su propia historia con los ojos de quienes la combatieron durante siglos, el resultado termina siendo inevitable.
Las nuevas generaciones reciben una imagen profundamente desequilibrada de su pasado.
No se trata de ocultar errores.
Se trata de otra cosa.
De convertir los errores en la única explicación posible de toda una civilización.
El extraño caso español
Resulta difícil encontrar otro ejemplo semejante.
En ninguna universidad británica se enseña que Inglaterra sólo dejó destrucción allí donde estuvo presente.
Ningún estudiante francés termina la enseñanza obligatoria creyendo que Francia únicamente produjo desgracias.
Los estadounidenses mantienen intensos debates sobre su pasado, pero nadie cuestiona que el inglés sea la lengua común del país.
Sin embargo, en España parece haberse instalado un fenómeno muy distinto.
Cuanto más extraordinaria fue una aportación histórica española, mayor parece la necesidad de relativizarla.
La Escuela de Salamanca.
La primera globalización.
La vuelta al mundo de Elcano.
Las Leyes de Indias.
La inmensa red universitaria americana.
La evangelización.
La literatura.
La pintura.
La arquitectura.
La lengua.
Todo aparece acompañado inmediatamente por una coletilla destinada a reducir su importancia.
«Sí…, pero…»
Ese «pero» acaba ocupándolo todo.
Hasta el punto de que las nuevas generaciones apenas llegan a conocer aquello que supuestamente debe ser matizado.
Conocen perfectamente la objeción.
Ignoran el hecho.
La lengua española también debía convertirse en culpable
La lógica de la Leyenda Negra conduce inevitablemente hasta aquí.
Si España constituye el gran verdugo de la historia universal…
Su lengua también debe ser sospechosa.
No basta con cuestionar la conquista.
Hay que cuestionar el idioma.
No basta con discutir el Imperio.
Hay que discutir la lengua común.
No basta con reinterpretar la historia.
Hay que reinterpretar también la cultura.
Y así llegamos a la situación actual.
Una lengua hablada por más de seiscientos millones de personas necesita justificarse continuamente en el propio país donde nació.
Resulta difícil imaginar una paradoja mayor.
El español sobrevivirá a sus enemigos
Existe, sin embargo, una circunstancia que invita al optimismo.
El español ya no depende de España.
Hace mucho tiempo que dejó de depender de las decisiones adoptadas en Madrid.
Pertenece igualmente a México.
A Colombia.
A Argentina.
A Perú.
A Chile.
A Guatemala.
A Paraguay.
A República Dominicana.
A Guinea Ecuatorial.
Y a millones de ciudadanos de los Estados Unidos.
Ningún parlamento español puede reducir la importancia internacional del español.
Ningún gobierno autonómico puede alterar el hecho de que constituye una de las grandes lenguas de la humanidad.
Ninguna campaña ideológica puede borrar cinco siglos de creación cultural.
Porque el español ya no pertenece a ningún poder político.
Pertenece a quienes lo hablan.
Y son centenares de millones.
Ésa constituye la mayor garantía de su futuro.
Una última advertencia
Las lenguas sobreviven.
Las ideologías pasan.
Los gobiernos cambian.
Los partidos desaparecen.
Las leyes se derogan.
Las fronteras se modifican.
Pero las grandes lenguas continúan su camino.
El español sobrevivió al Imperio.
Sobrevivió a las guerras de independencia.
Sobrevivió a guerras civiles.
Sobrevivió a revoluciones.
Sobrevivió a dictaduras.
Sobrevivió a repúblicas.
Sobrevivió a monarquías.
Sobrevivió a innumerables crisis.
También sobrevivirá a las modas ideológicas de nuestro tiempo.
Porque ninguna lengua hablada por más de seiscientos millones de personas depende ya de un gobierno.
Depende únicamente de quienes continúan utilizándola para enamorarse, enseñar a sus hijos, escribir novelas, descubrir vacunas, impartir justicia, investigar el universo o rezar.
Y mientras siga siendo útil para todo eso, seguirá creciendo.
Ésa constituye la verdadera derrota de quienes, desde hace siglos, han intentado reducir el español a un simple recuerdo incómodo del pasado.
Las lenguas verdaderamente universales poseen una cualidad que ninguna propaganda consigue destruir.
Siempre acaban perteneciendo a los pueblos.
Nunca a quienes pretenden administrarlas.
APÉNDICE II
GRANDES FALSEDADES SOBRE ESPAÑA, LA LENGUA ESPAÑOLA Y LA LEYENDA NEGRA
Falsedad primera
«España destruyó todas las lenguas indígenas.»
Resulta una afirmación extraordinariamente rotunda.
Precisamente por ello exige pruebas igualmente rotundas.
Sin embargo, la realidad histórica presenta un panorama mucho más complejo.
Las primeras gramáticas, vocabularios y diccionarios de numerosas lenguas americanas fueron redactados precisamente durante la presencia española.
El náhuatl.
El quechua.
El aimara.
El guaraní.
El tagalo.
El otomí.
El zapoteco.
El mixteco.
El maya.
Y muchas otras.
No fueron lenguas ignoradas.
Fueron estudiadas.
Descritas.
Clasificadas.
En muchos casos, escritas por primera vez de manera sistemática.
Puede discutirse la finalidad de aquella labor.
Lo que difícilmente puede sostenerse es que quien dedica décadas a estudiar una lengua esté intentando borrar cualquier rastro de su existencia.
Falsedad segunda
«El español sólo sobrevivió porque fue impuesto.»
Esta afirmación tropieza con un obstáculo difícil de salvar.
Las independencias americanas.
Desde comienzos del siglo XIX España dejó de gobernar la inmensa mayoría de aquellos territorios.
Sin embargo, el español no desapareció.
Todo lo contrario.
Terminó consolidándose como lengua nacional de las nuevas repúblicas.
¿Por qué?
Porque seguía siendo útil.
Porque ya era la lengua común de millones de personas.
Porque facilitaba la administración, la universidad, la justicia, el comercio y la comunicación entre poblaciones muy diversas.
No era Madrid quien decidía.
Eran Estados plenamente independientes.
Y todos conservaron el español.
Conviene reflexionar sobre ello.
Falsedad tercera
«El español empobreció las culturas americanas.»
La realidad parece señalar justamente lo contrario.
Las culturas americanas enriquecieron profundamente el español.
Miles de palabras procedentes de las lenguas indígenas forman hoy parte de nuestro vocabulario cotidiano.
Tomate.
Patata.
Chocolate.
Maíz.
Canoa.
Hamaca.
Cacao.
Huracán.
Puma.
Cóndor.
Aguacate.
Barbacoa.
Tabaco.
Y centenares más.
No fueron eliminadas.
Fueron incorporadas.
El español hizo con ellas lo mismo que había hecho antes con miles de palabras árabes, latinas, italianas, francesas o portuguesas.
Absorberlas.
Adaptarlas.
Enriquecerse con ellas.
Ésa es precisamente la característica de las grandes lenguas.
Falsedad cuarta
«Las lenguas nacen porque lo decide un gobierno.»
Ninguna gran lengua de la historia ha nacido de esa manera.
Ni el latín.
Ni el francés.
Ni el inglés.
Ni el alemán.
Ni el italiano.
Ni el portugués.
Ni el español.
Las lenguas son instituciones espontáneas.
Evolucionan lentamente.
Cambian generación tras generación.
Ningún ministerio las inventa.
Lo máximo que puede hacer una academia consiste en describirlas y ordenar determinados usos.
Jamás crearlas.
Falsedad quinta
«Antonio de Nebrija inventó el español.»
Nebrija jamás afirmó semejante cosa.
Cuando publica su Gramática de la lengua castellana, en 1492, el castellano llevaba varios siglos hablándose.
Millones de personas lo utilizaban diariamente.
Nebrija hizo algo infinitamente más importante que inventarlo.
Lo describió.
Lo sistematizó.
Lo explicó.
Exactamente igual que un naturalista describe una especie sin haberla creado.
Conviene no confundir al científico con el objeto de su estudio.
Falsedad sexta
«Una lengua común destruye necesariamente las demás.»
Europa constituye la mejor refutación de semejante idea.
Italia posee una lengua común y multitud de modalidades regionales.
Alemania también.
Suiza convive con varias lenguas oficiales.
Bélgica igualmente.
La existencia de una lengua compartida no implica necesariamente la desaparición de las demás.
Todo depende de las circunstancias históricas, sociales y culturales de cada territorio.
Reducir una cuestión tan compleja a un simple esquema de opresores y oprimidos constituye una simplificación incompatible con el rigor histórico.
Falsedad séptima
«El español pertenece únicamente a España.»
Hace siglos que dejó de ser cierto.
Hoy el español pertenece igualmente a México, Argentina, Colombia, Perú, Chile, Guatemala, Paraguay, Uruguay, República Dominicana, Guinea Ecuatorial y al conjunto del mundo hispánico.
Cada uno de esos pueblos ha contribuido decisivamente a enriquecerlo.
El español contemporáneo constituye una obra colectiva de centenares de millones de personas.
Ésa es precisamente su grandeza.
Falsedad octava
«El español necesita ser defendido mediante la imposición.»
La historia demuestra exactamente lo contrario.
Ha llegado a convertirse en una de las grandes lenguas internacionales sin necesidad de un imperio que la sostenga.
Hoy continúa creciendo porque millones de personas la consideran útil.
No porque exista autoridad alguna capaz de imponerla fuera de España.
Ésa constituye, probablemente, la prueba más evidente de su extraordinaria vitalidad.
Falsedad novena
«La historia de España puede resumirse en la Leyenda Negra.»
Cinco siglos de historia jamás caben en una consigna.
Quien pretenda comprender la presencia española en América deberá estudiar tanto las sombras como las luces.
Los conflictos.
Pero también las universidades.
Las epidemias.
Pero también los hospitales.
Las guerras.
Pero también el derecho indiano.
Los abusos.
Pero también los debates de la Escuela de Salamanca.
Las lenguas.
Pero también las gramáticas de esas mismas lenguas.
La historia nunca admite atajos.
Mucho menos cuando pretende comprenderse una realidad tan inmensa como la Monarquía Hispánica.
Falsedad décima
«Amar el español implica despreciar las demás lenguas.»
Éste constituye quizá el tópico más pobre de todos.
Quien aprecia la música no necesita odiar la pintura.
Quien ama la arquitectura no desprecia la escultura.
Y quien admira el español no tiene por qué sentir hostilidad hacia el catalán, el gallego, el euskera, el portugués, el francés o cualquier otra lengua.
Las lenguas no son enemigos naturales.
Lo son únicamente cuando determinados proyectos políticos deciden convertirlas en instrumentos de confrontación.
Y entonces el problema deja de ser lingüístico.
Pasa a ser político.
Falsedad undécima
«El español fue la única lengua perseguida o impuesta por un Estado.»
Quien conozca mínimamente la historia europea sabe que la construcción de los Estados modernos fue acompañada, en casi todos los casos, por la consolidación de una lengua administrativa común.
Ocurrió en Francia.
Ocurrió en Italia.
Ocurrió en Alemania.
Ocurrió en el Reino Unido.
Ocurrió en prácticamente toda Europa.
Presentar el caso español como una excepción monstruosa constituye un ejercicio de descontextualización histórica.
España no inventó ese fenómeno.
Formó parte de un proceso común a la práctica totalidad de los Estados europeos.
Falsedad duodécima
«El español empobrece las demás lenguas.»
Las lenguas no son recipientes cerrados.
Llevan siglos intercambiando palabras.
El español ha recibido miles de voces procedentes del árabe, del vasco, del gallego, del catalán, del italiano, del francés, del inglés y de las lenguas americanas.
Y también ha enriquecido a otras muchas.
Las lenguas viven precisamente de ese intercambio permanente.
Quien contempla el contacto lingüístico únicamente como una agresión demuestra comprender muy poco la historia real de los idiomas.
Falsedad decimotercera
«El bilingüismo constituye un problema.»
Todo lo contrario.
El bilingüismo ha sido una constante en numerosas sociedades.
Millones de personas utilizan diariamente dos o más lenguas con absoluta naturalidad.
El verdadero problema aparece cuando el conocimiento de una lengua deja de ser un mérito para convertirse en un instrumento de exclusión política o administrativa.
Entonces el debate deja de ser lingüístico.
Pasa a ser una cuestión de poder.
Falsedad decimocuarta
«Las lenguas regionales son incompatibles con el español.»
Cinco siglos de historia demuestran exactamente lo contrario.
Millones de españoles hablaron simultáneamente su modalidad regional y el español sin experimentar conflicto alguno.
Las dos realidades convivieron durante generaciones.
La inmensa mayoría de nuestros abuelos jamás vio contradicción entre sentirse profundamente arraigados a su tierra y utilizar el español como lengua común.
La incompatibilidad no nació de la evolución natural de las lenguas.
Nació de determinadas interpretaciones políticas contemporáneas.
Falsedad decimoquinta
«La lengua crea por sí sola una nación.»
Si eso fuera cierto, Hispanoamérica constituiría un único Estado.
Y los Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda formarían otro.
La realidad demuestra exactamente lo contrario.
Compartir lengua no implica compartir soberanía.
La lengua facilita la comunicación.
No determina necesariamente la organización política.
Confundir ambas realidades constituye uno de los errores más frecuentes de numerosos nacionalismos contemporáneos.
Falsedad decimosexta
«El español constituye una amenaza para la diversidad.»
La existencia de más de veinte academias integradas en la Asociación de Academias de la Lengua Española demuestra justamente lo contrario.
El español contemporáneo reconoce la pluralidad de sus variantes nacionales.
No existe un único español.
Existen muchos españoles.
Todos igualmente legítimos.
Todos igualmente vivos.
Todos contribuyendo al enriquecimiento común de la lengua.
Ésa constituye una de sus mayores fortalezas.
Falsedad decimoséptima
«La historia de una lengua puede planificarse.»
Nadie planificó el nacimiento del castellano.
Nadie decidió deliberadamente la desaparición del latín vulgar.
Nadie organizó el surgimiento del portugués.
Ni del francés.
Ni del italiano.
Las lenguas evolucionan mediante millones de decisiones individuales acumuladas durante siglos.
La planificación política puede influir en determinados aspectos.
Jamás sustituir esa evolución espontánea.
Falsedad decimoctava
«Las academias crean las lenguas.»
Las academias llegan siempre después.
Primero habla el pueblo.
Después escriben los escritores.
Más tarde aparecen los gramáticos.
Finalmente llegan las academias.
Su función consiste en observar, estudiar y orientar determinados usos.
No en fabricar un idioma.
El español existía muchos siglos antes de la Real Academia Española.
Conviene no olvidar ese detalle.
Falsedad decimonovena
«La lengua española pertenece al Estado.»
El Estado español administra instituciones.
No administra el español.
La lengua pertenece a quienes la hablan.
Y hoy la inmensa mayoría de los hispanohablantes vive fuera de España.
Ningún gobierno posee autoridad para decidir el futuro de una lengua compartida por más de seiscientos millones de personas.
Ésa constituye precisamente una de las mayores garantías de su libertad.
Falsedad vigésima
«El español necesita justificarse.»
Ninguna lengua universal necesita pedir perdón por existir.
Su legitimidad no procede de una decisión política.
Procede de millones de personas que continúan utilizándola diariamente porque les resulta útil para vivir, trabajar, estudiar, investigar, crear y amar.
Ésa constituye la única legitimidad verdaderamente importante.
No la que otorgan los parlamentos.
Sino la que conceden los propios hablantes.
Reflexión final de este apéndice
Después de recorrer estas veinte afirmaciones, quizá convenga formular una última pregunta.
¿Quién sale beneficiado cuando una sociedad aprende a desconfiar de su propia lengua, de su propia historia y de su propio legado cultural?
Ésa es, probablemente, la cuestión verdaderamente importante.
Porque una comunidad que pierde la confianza en sí misma termina aceptando con extraordinaria facilidad cualquier relato elaborado por otros.
Y una nación que acaba creyendo que todo cuanto heredó constituye un motivo de vergüenza corre el riesgo de renunciar, sin apenas darse cuenta, a una parte esencial de su memoria.
Las lenguas, como los pueblos, no necesitan mitologías.
Tampoco necesitan complejos.
Necesitan verdad.
Toda la verdad.
No una parte de ella.
Porque sólo la verdad histórica —con sus luces y con sus sombras— permite comprender la extraordinaria aventura humana que ha convertido al español en una de las grandes lenguas universales de nuestro tiempo.
Cuando la lengua deja de servir para entenderse y comienza a servir para separar
Existe una pregunta que rara vez se formula.
¿Por qué nacen las lenguas?
La respuesta parece evidente.
Para entendernos.
Para transmitir conocimientos.
Para comerciar.
Para enamorarnos.
Para discutir.
Para enseñar a nuestros hijos.
Para rezar.
Para escribir poesía.
Para contar historias.
En definitiva, para facilitar la convivencia entre los seres humanos.
Ésa ha sido siempre su función.
Sin embargo, desde hace algunas décadas asistimos en España a un fenómeno profundamente llamativo.
En determinados ámbitos políticos la lengua parece haber dejado de ser un instrumento de comunicación para convertirse en un instrumento de diferenciación.
Ya no basta con hablar una lengua.
Es preciso que esa lengua delimite una identidad política.
Que marque una frontera.
Que establezca quién pertenece plenamente al grupo y quién constituye un elemento extraño.
La lengua deja entonces de unir.
Empieza a separar.
Y cuando una lengua comienza a utilizarse para clasificar políticamente a los ciudadanos, deja de desempeñar la función para la que nació.
Se convierte en otra cosa.
El idioma como frontera invisible
Las fronteras tradicionales eran visibles.
Había aduanas.
Había ríos.
Había montañas.
Había murallas.
Las nuevas fronteras resultan mucho más sutiles.
A veces basta una palabra.
Un acento.
Una determinada forma de pronunciar.
Una conversación mantenida en un patio escolar.
Una rotulación comercial.
Una solicitud administrativa.
La lengua comienza a convertirse en un marcador político.
Y ésa constituye una transformación profundamente preocupante.
Porque los idiomas nunca fueron concebidos para levantar fronteras entre vecinos.
Nacieron precisamente para derribarlas.
El ciudadano deja paso al hablante
Cuando la política convierte la lengua en el principal elemento de identificación colectiva ocurre algo muy significativo.
El ciudadano deja de ser contemplado como ciudadano.
Empieza a ser clasificado, antes que nada, por la lengua que utiliza.
La consecuencia aparece inmediatamente.
El mérito individual pierde importancia.
Lo decisivo pasa a ser la pertenencia lingüística.
No importa tanto lo que uno sabe.
Importa cada vez más cómo habla.
Y una sociedad que comienza a valorar más el idioma utilizado que el talento demostrado termina recorriendo un camino extraordinariamente peligroso.
Porque sustituye la igualdad jurídica por nuevas formas de diferenciación.
La paradoja del siglo XXI
Nunca en la historia resultó tan sencillo aprender idiomas.
Nunca existieron tantos intercambios universitarios.
Nunca viajaron tantas personas.
Nunca hubo tantas posibilidades de comunicarse instantáneamente con cualquier rincón del planeta.
Y, sin embargo, precisamente ahora aparecen movimientos empeñados en reducir los espacios comunes de comunicación.
Resulta una paradoja difícil de superar.
Mientras el resto del mundo intenta ampliar horizontes, algunos parecen esforzarse en levantar nuevas barreras.
No físicas.
Lingüísticas.
El idioma como patrimonio común
El español constituye probablemente el mayor patrimonio cultural compartido de toda la historia de España.
No existe ninguna otra creación histórica española utilizada diariamente por más de seiscientos millones de personas.
Ninguna.
Ni una institución.
Ni una empresa.
Ni una organización política.
Sólo la lengua.
Y precisamente por eso resulta sorprendente que algunos contemplen semejante patrimonio casi como un problema.
Lo razonable sería exactamente lo contrario.
Proteger todas las lenguas españolas.
Favorecer su conocimiento.
Estimular su estudio.
Conservar las modalidades tradicionales allí donde todavía sobreviven.
Y, al mismo tiempo, sentirse legítimamente orgullosos de disponer de una lengua común que abre las puertas de un inmenso espacio cultural compartido.
Ambas realidades no sólo son compatibles.
Se enriquecen mutuamente.
El verdadero empobrecimiento
Hay quien cree que una lengua crece cuando otra retrocede.
La historia demuestra exactamente lo contrario.
Las grandes épocas culturales aparecen cuando las sociedades multiplican sus posibilidades de comunicación.
No cuando las reducen.
Una persona que domina dos lenguas posee más herramientas que quien sólo conoce una.
Quien domina tres dispone de todavía más.
El conocimiento nunca empobrece.
Siempre amplía horizontes.
Por eso resulta tan difícil comprender que el aprendizaje de una lengua pueda presentarse como una amenaza.
Las amenazas no proceden del conocimiento.
Proceden siempre de la ignorancia.
Una vieja lección de la historia
Hace más de ocho siglos, Gonzalo de Berceo decidió escribir «en román paladino, en cual suele el pueblo fablar con su vecino».
No hablaba de política.
Hablaba de sentido común.
Sabía perfectamente que una lengua sólo prospera cuando sirve para que las personas se entiendan mejor.
Ocho siglos después, esa lección continúa plenamente vigente.
Las lenguas nacieron para acercar.
No para separar.
Para construir puentes.
No trincheras.
Para ampliar el entendimiento.
No para reducirlo.
Y quizá convenga recordarlo precisamente ahora, cuando algunos parecen haber olvidado cuál fue, desde el principio de la civilización, la verdadera razón de ser de todas las lenguas humanas.
Porque una lengua deja de cumplir su misión cuando empieza a utilizarse como arma contra quienes podrían hablarla junto a nosotros.
Y ninguna victoria política compensa jamás semejante derrota cultural.
España: la nación que regaló al mundo una lengua… y ahora algunos pretenden convertir ese regalo en un motivo de vergüenza
Hay paradojas que únicamente pueden comprenderse cuando se contempla la historia con cierta perspectiva.
España llevó al otro lado del Atlántico muchas cosas.
Leyes.
Instituciones.
Universidades.
Hospitales.
Cabildos.
Imprentas.
Costumbres.
Creencias.
Y una lengua.
Cinco siglos después, casi todas aquellas instituciones han cambiado profundamente.
Los imperios desaparecieron.
Las fronteras se transformaron.
Los virreinatos dejaron de existir.
La organización política se deshizo.
Pero una realidad permaneció.
La lengua.
No porque la sostuviera un ejército.
No porque la impusiera un gobierno.
No porque la protegiera una administración.
Permaneció porque centenares de millones de personas decidieron seguir utilizándola.
Ésa constituye la prueba más contundente de toda esta historia.
Las lenguas impuestas desaparecen cuando desaparece quien las impone.
Las lenguas útiles sobreviven incluso a quienes las difundieron.
El español pertenece claramente a esta segunda categoría.
El mayor legado de España
Si mañana desaparecieran todas las fronteras políticas de Iberoamérica, seguiría existiendo algo que ningún tratado internacional podría destruir.
Una inmensa comunidad cultural capaz de entenderse sin necesidad de intérpretes.
Ése constituye el verdadero legado histórico de España.
No un imperio.
No una estructura administrativa.
No una organización política.
Una comunidad lingüística.
Pocas naciones pueden afirmar que su mayor aportación continúa viva cinco siglos después.
Todavía menos pueden decir que esa aportación sigue creciendo cada año.
El español no pertenece al pasado.
Pertenece al presente.
Y probablemente pertenecerá también al futuro.
El regalo que algunos desprecian
Resulta difícil encontrar otra nación que contemple con tanta desconfianza una de sus mayores aportaciones a la humanidad.
Los italianos no sienten vergüenza del italiano.
Los franceses no piden perdón por el francés.
Los portugueses no consideran el portugués una amenaza para la libertad.
Los británicos no cuestionan el inglés porque un día existiera el Imperio británico.
Sólo en España parece necesario justificar continuamente el valor universal de la propia lengua.
Y eso constituye un fenómeno extraordinariamente llamativo.
Porque nadie pide a un mexicano que renuncie al español.
Ni a un colombiano.
Ni a un peruano.
Ni a un argentino.
¿Por qué habría de hacerlo un español?
La verdadera comunidad hispánica
Con demasiada frecuencia seguimos utilizando una expresión profundamente equivocada.
Decimos que el español «se habla» en América.
No.
El español también es americano.
Hace siglos que dejó de ser únicamente europeo.
La inmensa mayoría de quienes hablan español nació fuera de España.
Las principales ciudades hispanohablantes del mundo ya no se encuentran en la Península.
La literatura hispanoamericana ha enriquecido nuestra lengua hasta extremos inimaginables.
La música.
La filosofía.
La ciencia.
El periodismo.
El cine.
Todo ello ha contribuido a hacer del español una creación colectiva de dimensiones extraordinarias.
España inició un camino.
El mundo hispánico lo convirtió en una civilización.
Ésa constituye la auténtica dimensión del fenómeno.
Una lengua que no pregunta de dónde vienes
Existe una característica profundamente democrática en las grandes lenguas.
No preguntan el origen de quien las habla.
No distinguen entre razas.
No distinguen entre nacionalidades.
No distinguen entre ricos y pobres.
No distinguen entre vencedores y vencidos.
La lengua recibe a todos.
Quien aprende español pasa inmediatamente a formar parte de una inmensa conversación iniciada hace siglos.
Nadie le exige certificados de pureza.
Nadie le pregunta por sus antepasados.
Nadie le obliga a demostrar nada.
Simplemente empieza a hablar.
Ésa constituye una de las mayores conquistas culturales de la humanidad.
Porque las lenguas verdaderamente universales terminan perteneciendo a todos.
El inmenso error
Quizá el mayor error de nuestro tiempo consista en contemplar la historia exclusivamente desde el conflicto.
Como si toda relación entre pueblos hubiera consistido únicamente en dominación.
Como si toda influencia cultural implicara necesariamente destrucción.
Como si las lenguas sólo pudieran expandirse mediante la violencia.
La realidad histórica resulta mucho más rica.
Las culturas se mezclan.
Las palabras viajan.
Las ideas cruzan océanos.
Los pueblos aprenden unos de otros.
Las lenguas incorporan vocablos ajenos.
La civilización avanza precisamente gracias a ese intercambio permanente.
El español constituye uno de los ejemplos más extraordinarios de esa capacidad de integración.
Es latín.
Es griego.
Es árabe.
Es castellano medieval.
Es vasco.
Es italiano.
Es francés.
Es americano.
Es africano.
Es filipino.
Es europeo.
Es, en definitiva, el resultado de más de dos mil años de encuentros, préstamos, transformaciones y creación colectiva.
Reducir semejante riqueza a un simple instrumento de opresión constituye un empobrecimiento intelectual difícilmente justificable.
Una reflexión para terminar
Hace algunos años el gran hispanista argentino Marcelo Gullo formuló una observación que merece ser meditada.
Recordó que, mientras otras potencias coloniales apenas mostraron interés por las lenguas de los pueblos sometidos, en los dominios de la Monarquía Hispánica aparecieron gramáticas, diccionarios y estudios de numerosas lenguas indígenas cuando muchas de ellas ni siquiera habían sido descritas sistemáticamente.
Se podrá discutir el alcance de esa afirmación.
Lo que resulta mucho más difícil es ignorar el inmenso patrimonio documental que aquellos trabajos dejaron a la lingüística universal.
Quizá ahí resida una de las mayores lecciones de toda esta historia.
Las consignas envejecen rápidamente.
Los documentos permanecen.
La propaganda cambia con cada generación.
Los hechos continúan esperando pacientemente a quien quiera estudiarlos.
Y las lenguas…
Las lenguas siguen haciendo lo mismo que llevan haciendo desde el origen de la humanidad.
Permitir que unos seres humanos comprendan a otros.
Ésa fue su misión hace miles de años.
Ésa sigue siendo su misión hoy.
Y probablemente seguirá siéndolo cuando las ideologías actuales hayan pasado definitivamente a formar parte de la historia.
Porque las ideologías nacen, se enfrentan y desaparecen.
Las grandes lenguas, en cambio, sobreviven.
Y pocas han demostrado una capacidad semejante para sobrevivir, crecer y seguir uniendo a pueblos muy distintos como la lengua española.
La guerra contra el español nunca fue una guerra lingüística
A estas alturas del ensayo creo que el lector habrá llegado ya a una conclusión.
Aquí no estamos discutiendo sobre gramáticas.
Ni sobre sintaxis.
Ni sobre fonética.
Ni sobre filología.
El debate nunca fue ése.
La guerra contra el español constituye, en realidad, una guerra contra la historia.
Más exactamente, contra una determinada interpretación de la historia de España.
Porque nadie odia una lengua.
Se odia lo que esa lengua representa.
Y el español representa demasiadas cosas.
Representa una continuidad histórica de más de mil años.
Representa la construcción de la primera comunidad verdaderamente global de la Edad Moderna.
Representa a Cervantes.
A Nebrija.
A Santa Teresa.
A Lope.
A Quevedo.
A Calderón.
A Sor Juana Inés de la Cruz.
A Andrés Bello.
A Rubén Darío.
A Unamuno.
A Machado.
A Borges.
A Gabriela Mistral.
A Octavio Paz.
A Camilo José Cela.
A García Márquez.
A Vargas Llosa.
Representa universidades.
Representa bibliotecas.
Representa millones de libros.
Representa una inmensa conversación iniciada hace siglos y que continúa viva.
Y precisamente por eso resulta incómodo.
Porque constituye la prueba visible de que la historia jamás puede reducirse al relato simplificado de la Leyenda Negra.
Destruir la memoria
Existe un viejo principio formulado por numerosos pensadores.
Quien controla el pasado condiciona el futuro.
No hace falta destruir monumentos.
Basta con cambiar su significado.
No hace falta quemar bibliotecas.
Basta con dejar de leerlas.
No hace falta prohibir una lengua.
Basta con convencer a quienes la hablan de que constituye un motivo de vergüenza.
El resultado termina siendo el mismo.
Las nuevas generaciones dejan de identificarse con aquello que heredaron.
Y una sociedad que pierde la continuidad de su memoria termina siendo extraordinariamente fácil de manipular.
Porque cada generación comienza creyendo que todo empezó con ella.
El idioma como último vínculo
Pensemos por un instante qué permanece realmente después de cinco siglos.
No permanece el Imperio.
No permanecen los virreinatos.
No permanecen las antiguas instituciones.
No permanece la organización política.
¿Qué permanece?
La lengua.
Ése es el verdadero hilo conductor que une a Sevilla con Lima.
A Cáceres con Bogotá.
A Valladolid con Ciudad de México.
A Zaragoza con Buenos Aires.
A Badajoz con Montevideo.
La lengua.
Y precisamente porque constituye el mayor vínculo histórico del mundo hispánico, algunos consideran imprescindible debilitar su significado simbólico.
No pueden hacerla desaparecer.
Sería imposible.
Pero sí pueden intentar vaciarla de contenido histórico.
Reducirla a un simple accidente.
Presentarla como una herencia incómoda.
Separarla deliberadamente de la inmensa civilización que ayudó a construir.
La ingeniería de la memoria
Toda ingeniería social comienza actuando sobre el lenguaje.
No es casualidad.
Quien modifica las palabras termina modificando los conceptos.
Quien modifica los conceptos acaba alterando la manera de comprender la realidad.
Y quien consigue cambiar la interpretación de la realidad posee ya una enorme ventaja política.
Por eso resulta tan importante dominar el relato histórico.
Cambiar el significado de determinadas palabras.
Eliminar unas.
Introducir otras.
Repetir constantemente los mismos conceptos.
Hasta que acaban pareciendo evidentes.
No porque lo sean.
Sino porque han sido repetidos miles de veces.
Ésa constituye una de las técnicas propagandísticas más antiguas de la historia.
Y continúa funcionando admirablemente.
La España acomplejada
Quizá el mayor triunfo de la Leyenda Negra no consista en haber convencido al mundo.
Consiste en haber convencido a una parte de España.
Ésa constituye la verdadera victoria.
Porque un pueblo puede resistir siglos de propaganda exterior.
Lo que resulta muchísimo más difícil es resistir cuando quienes deberían estudiar críticamente esa propaganda terminan reproduciéndola ellos mismos.
Entonces aparece el complejo.
La duda permanente.
La necesidad de pedir perdón por existir.
Por la historia.
Por el Imperio.
Por la religión.
Por la lengua.
Y, finalmente, por la propia nación.
Pocas operaciones propagandísticas han alcanzado semejante éxito.
Lo que realmente está en juego
Algunos lectores pensarán que este ensayo habla únicamente de idiomas.
Se equivocan.
Habla de algo mucho más profundo.
Habla de la capacidad de una civilización para conservar su memoria.
Habla del derecho de cualquier pueblo a estudiar su pasado completo.
Habla de la obligación intelectual de distinguir entre historia y propaganda.
Habla de la necesidad de aplicar el mismo criterio histórico a todas las naciones.
Y habla también de una lengua que, cinco siglos después, continúa demostrando una vitalidad extraordinaria precisamente porque dejó hace mucho tiempo de pertenecer exclusivamente a España.
El español ya no necesita defensores oficiales.
Tiene más de seiscientos millones de guardianes.
Cada madre que enseña a hablar a su hijo.
Cada maestro.
Cada profesor.
Cada escritor.
Cada periodista.
Cada investigador.
Cada poeta.
Cada músico.
Cada lector.
Todos ellos mantienen viva una obra colectiva infinitamente mayor que cualquier gobierno.
Porque las naciones pueden desaparecer.
Los Estados pueden fragmentarse.
Las fronteras pueden modificarse.
Pero mientras exista alguien capaz de abrir El Quijote, leer a Santa Teresa, emocionarse con Machado, descubrir a Borges, disfrutar de Gabriel García Márquez o enseñar a un niño sus primeras palabras en español, la inmensa aventura de nuestra lengua continuará.
Y probablemente ésa constituya la respuesta más contundente a quienes llevan siglos intentando reducir el español a una simple herramienta de dominación.
No lo consiguieron entonces.
Difícilmente lo conseguirán ahora.
Porque el español ya no pertenece al pasado.
Pertenece al futuro.
¿Por qué tanto odio hacia la lengua española?
Existe una vieja costumbre humana.
Cuando algo funciona extraordinariamente bien, aparecen inmediatamente quienes desean destruirlo.
Ha ocurrido con las instituciones.
Con las religiones.
Con las naciones.
Con las familias.
Y también con las lenguas.
Resulta difícil encontrar en toda la historia una lengua que haya logrado lo que ha conseguido el español.
Más de seiscientos millones de hablantes.
Una de las mayores literaturas de la humanidad.
Veintenas de Academias trabajando conjuntamente.
Una producción científica, filosófica, jurídica y artística inmensa.
Una presencia creciente en los cinco continentes.
Un espacio económico y cultural de dimensiones colosales.
Y, sin embargo, precisamente ahora, cuando el español vive uno de los momentos de mayor expansión de toda su historia, dentro de España asistimos a un fenómeno profundamente desconcertante.
Nunca se había discutido tanto sobre la conveniencia de utilizar la lengua común.
Nunca se había intentado reducir tanto su presencia en determinados ámbitos oficiales.
Nunca se había presentado con tanta frecuencia como una lengua sospechosa.
La paradoja resulta extraordinaria.
Mientras millones de extranjeros hacen enormes esfuerzos por aprender español, algunos españoles parecen esforzarse por convencer al mundo de que nuestra lengua constituye poco menos que un problema histórico.
Confieso que semejante actitud continúa resultándome incomprensible.
Porque una lengua no es culpable.
No puede serlo.
No posee voluntad.
No dicta leyes.
No firma decretos.
No organiza conquistas.
No gobierna imperios.
Las lenguas carecen de responsabilidad moral.
Las responsabilidades pertenecen siempre a las personas.
Nunca a los instrumentos que utilizan.
Y una lengua constituye precisamente eso.
El mayor instrumento de comunicación jamás construido por una comunidad humana.
Un fenómeno sin precedentes
Imaginemos por un instante una situación semejante en cualquier otro país.
Supongamos que en Francia apareciera un poderoso movimiento político empeñado en convencer a los franceses de que el francés constituye una lengua opresora.
Que el verdadero progreso exige reducir su presencia.
Que representa una herencia incómoda.
Que conviene contemplarla con permanente sospecha.
La reacción sería inmediata.
Millones de franceses considerarían semejante planteamiento una extravagancia.
Sucedería exactamente lo mismo en Italia.
En Portugal.
En Alemania.
En el Reino Unido.
¿Por qué entonces parece perfectamente normal escuchar afirmaciones semejantes cuando se trata del español?
Ésa constituye una de las preguntas fundamentales de este libro.
El mayor éxito de la propaganda
Toda propaganda aspira a un objetivo muy concreto.
Conseguir que el adversario termine aceptando espontáneamente la imagen que sus enemigos elaboraron sobre él.
Cuando eso ocurre, la propaganda deja de ser necesaria.
La víctima comienza a repetir por sí misma el relato construido por otros.
Eso fue exactamente lo que ocurrió con la Leyenda Negra.
Nació como propaganda.
Terminó convirtiéndose, para muchos, en explicación oficial de la historia de España.
Y, una vez aceptada esa interpretación, el resto vino casi por añadidura.
Si España representaba el gran mal de la historia moderna…
Su lengua debía convertirse igualmente en sospechosa.
Si todo cuanto hizo España merecía ser reinterpretado desde la culpabilidad…
También debía reinterpretarse el idioma que hablaban los españoles.
La lógica resulta impecable.
Falsa, en mi opinión.
Pero impecable.
La lengua de la libertad
Existe, sin embargo, una realidad que ningún relato consigue borrar.
El español dejó hace mucho tiempo de pertenecer exclusivamente a España.
Hoy es también la lengua de México.
De Colombia.
De Argentina.
De Perú.
De Chile.
De Cuba.
De República Dominicana.
De Guatemala.
De Paraguay.
De Uruguay.
De Guinea Ecuatorial.
Y de millones de ciudadanos norteamericanos.
¿Quién podría arrogarse el derecho de decirles que hablan una lengua ajena?
¿Quién podría convencer a un mexicano de que el español no forma parte de su propia identidad nacional?
¿Quién sostendría seriamente que Borges escribió en una lengua extranjera?
¿O que Rubén Darío enriqueció una cultura que no era la suya?
La pregunta se responde sola.
Hace siglos que el español dejó de ser exclusivamente español.
Se convirtió en la lengua de toda una civilización.
Y precisamente ahí reside una de las mayores diferencias entre un imperio y una comunidad cultural.
Los imperios desaparecen.
Las comunidades culturales sobreviven.
Mucho más que un idioma
Quien contemple el español únicamente como un sistema gramatical habrá entendido muy poco de su verdadera naturaleza.
El español constituye una inmensa biblioteca.
Una forma de pensar.
Una tradición jurídica.
Una manera de comprender el mundo.
Un espacio científico.
Un patrimonio literario incomparable.
Una memoria compartida.
Cuando un joven chileno lee a Cervantes.
Cuando un estudiante extremeño descubre a Borges.
Cuando un colombiano se emociona con Machado.
Cuando un peruano disfruta de Pérez Galdós.
Cuando un mexicano recita a Santa Teresa.
No están consumiendo cultura extranjera.
Están dialogando dentro de una misma tradición cultural extraordinariamente amplia y diversa.
Ésa constituye la auténtica fuerza del español.
No la uniformidad.
Sino la capacidad de integrar sensibilidades muy distintas sin destruir ninguna de ellas.
La pregunta que recorrerá todo este ensayo
Y así llegamos a la cuestión esencial.
Si el español constituye una de las mayores creaciones culturales de la humanidad…
Si representa el principal vínculo de unión entre más de seiscientos millones de personas…
Si continúa creciendo mientras otras grandes lenguas retroceden…
Si produce cada año miles de novelas, investigaciones, películas, ensayos y descubrimientos científicos…
¿Por qué algunos parecen empeñados en presentarlo como un problema?
Ésa es la pregunta que recorrerá todas las páginas de este libro.
Porque responderla exige hablar de historia.
De propaganda.
De política.
De educación.
De identidad.
Y, sobre todo, de una extraordinaria creación colectiva que comenzó hace más de mil años en un pequeño rincón del norte de la Península Ibérica y que hoy pertenece, con pleno derecho, a centenares de millones de hombres y mujeres repartidos por todo el planeta.
La historia de esa aventura merece ser contada.
Pero, sobre todo, merece ser conocida sin prejuicios, sin consignas y sin complejos.
Porque únicamente los pueblos que conocen de verdad su pasado pueden afrontar con serenidad su futuro
Cuando la lengua deja de ser cultura para convertirse en instrumento de poder
Existe una diferencia enorme entre amar una lengua y utilizarla políticamente.
Quien ama una lengua procura conservarla.
La estudia.
La transmite a sus hijos.
Lee su literatura.
Disfruta de sus canciones.
Se alegra cuando aparecen nuevos escritores capaces de engrandecerla.
Quien la utiliza políticamente persigue otro objetivo muy distinto.
La convierte en un instrumento de diferenciación.
En una credencial ideológica.
En un requisito administrativo.
En un mecanismo de selección.
En definitiva, en una herramienta de poder.
Ésa constituye, probablemente, una de las transformaciones más profundas que ha experimentado la cuestión lingüística en España durante las últimas décadas.
Durante siglos, las diversas lenguas y modalidades lingüísticas convivieron con absoluta naturalidad.
Había diferencias de pronunciación.
De vocabulario.
De expresiones.
De giros.
Incluso entre pueblos separados apenas por unos pocos kilómetros.
Nadie veía en ello un problema.
Era la consecuencia natural de una evolución secular.
Pero el nacionalismo moderno necesitaba otra cosa.
Necesitaba convertir la lengua en la principal seña de identidad política.
Y, para conseguirlo, ya no bastaba con conservar un patrimonio lingüístico.
Era preciso reconstruirlo.
Uniformarlo.
Codificarlo.
Convertirlo en una norma oficial.
Y, sobre todo, utilizarlo como elemento diferenciador frente al español.
La diferencia entre describir una lengua y fabricarla
Toda lengua culta necesita gramáticas.
Necesita diccionarios.
Necesita estudios filológicos.
Eso nadie lo discute.
Pero conviene distinguir cuidadosamente entre dos actividades completamente distintas.
Una consiste en describir cómo habla una comunidad.
La otra consiste en decidir cómo debería hablar.
La primera pertenece a la lingüística.
La segunda entra muchas veces en el terreno de la política.
Antonio de Nebrija no inventó el castellano.
Lo describió.
La Real Academia Española tampoco creó el español.
Intentó fijar, limpiar y dar esplendor a una lengua que llevaba siglos evolucionando.
La lengua iba siempre por delante.
Los gramáticos iban detrás.
Ésa ha sido la historia normal de todos los grandes idiomas.
Sin embargo, durante los siglos XIX y XX comenzaron a aparecer procesos muy distintos.
Determinados movimientos políticos entendieron que, para construir una nación diferenciada, resultaba imprescindible construir también una lengua estándar que sirviera de soporte a ese proyecto.
No bastaba con recoger las modalidades existentes.
Había que seleccionar unas.
Descartar otras.
Fijar una ortografía.
Elegir un vocabulario.
Crear una enseñanza homogénea.
En otras palabras, intervenir deliberadamente en un proceso que durante siglos había evolucionado de manera espontánea.
No se trata de negar el valor filológico de esos trabajos.
Muchos fueron extraordinarios.
Se trata de comprender que, en numerosos casos, respondían también a un proyecto político explícito.
Y conviene distinguir ambas dimensiones.
La lengua como ascensor social
Existe otro hecho que suele olvidarse con sorprendente facilidad.
Hasta fechas relativamente recientes, las grandes familias industriales, comerciales y profesionales de Cataluña, del País Vasco, de Galicia, de Valencia o de Baleares jamás consideraron el español un enemigo.
Todo lo contrario.
Procuraban que sus hijos lo dominaran perfectamente.
¿Por qué?
Porque sabían que el español abría puertas.
Permitía estudiar en cualquier universidad española.
Facilitaba el acceso a las oposiciones.
Al mundo empresarial.
Al comercio con Hispanoamérica.
A la diplomacia.
Al Ejército.
A la Administración.
A la literatura.
Al periodismo.
Al conjunto de la vida nacional.
Nadie obligaba a aquellas familias.
Simplemente actuaban con sentido práctico.
Exactamente igual que hoy millones de padres procuran que sus hijos aprendan inglés.
No porque desprecien su lengua materna.
Sino porque desean ampliar sus oportunidades.
Ésa era la actitud dominante.
No existía contradicción entre amar la lengua propia de cada región y dominar perfectamente el español.
Las dos realidades se complementaban.
Nunca se contemplaban como enemigas.
La ruptura
¿Qué cambió entonces?
Cambió la política.
No la lingüística.
La aparición del Estado de las Autonomías otorgó a los nuevos poderes regionales competencias extraordinariamente amplias en materia educativa, cultural y administrativa.
Y, con ellas, apareció también la tentación de utilizar la lengua como principal elemento de construcción identitaria.
Poco a poco, la lengua dejó de ser únicamente patrimonio cultural.
Comenzó a convertirse en una política pública.
Después pasó a ser un requisito administrativo.
Más tarde, un criterio de acceso a determinados empleos.
Finalmente, en algunos ámbitos, adquirió un fuerte contenido simbólico y político.
No era ya sólo una lengua.
Representaba una determinada concepción del territorio, de la historia y de la identidad colectiva.
Y cuando eso ocurre, el debate deja de pertenecer a la filología.
Entra plenamente en la política.
La inmensa paradoja
Quizá la mayor paradoja consista en que quienes más insisten en presentar el español como una amenaza rara vez renuncian a las ventajas que proporciona su conocimiento.
Las grandes empresas continúan utilizando el español.
Las relaciones comerciales con Hispanoamérica siguen desarrollándose en español.
La inmensa producción editorial del mundo hispánico continúa realizándose en español.
Los congresos científicos.
Los medios de comunicación.
Las relaciones internacionales.
Las universidades.
Todo ello demuestra una realidad muy sencilla.
El español sigue siendo uno de los mayores instrumentos de comunicación y de promoción cultural y profesional del mundo contemporáneo.
Y ninguna campaña ideológica puede modificar ese hecho.
Porque las leyes pueden cambiar.
Los gobiernos también.
Las grandes lenguas, en cambio, continúan siguiendo el único camino que han seguido desde el origen de la civilización.
El camino que deciden libremente millones de personas cuando descubren que una lengua les permite comprender mejor el mundo y entenderse mejor con los demás.
De la protección del patrimonio a la utilización política de la lengua
Toda lengua constituye un patrimonio cultural.
Y, como tal, merece ser estudiada, conservada y transmitida.
Eso vale para el español.
Para el gallego.
Para el catalán.
Para el euskera.
Para el aragonés.
Para el asturleonés.
Para el aranés.
Y para cualquier modalidad lingüística que haya surgido espontáneamente a lo largo de los siglos.
Quien ama las lenguas desea que ninguna desaparezca.
Cada una representa una forma singular de nombrar el mundo.
Cada una conserva expresiones, matices y recuerdos que jamás volverán si terminan perdiéndose.
Hasta aquí, difícilmente puede existir desacuerdo.
El problema aparece cuando la protección deja paso a la imposición.
Cuando una lengua deja de ser un patrimonio para convertirse en un requisito político.
Cuando deja de invitar y empieza a obligar.
Cuando deja de enriquecer y comienza a excluir.
Entonces ya no estamos hablando de filología.
Estamos hablando de poder.
El idioma como requisito de obediencia
Durante siglos, hablar una determinada lengua jamás convirtió a nadie en mejor ciudadano.
Ni en mejor médico.
Ni en mejor juez.
Ni en mejor profesor.
Ni en mejor ingeniero.
Hoy, sin embargo, en determinados ámbitos parece abrirse paso una idea distinta.
La lengua deja de ser un mérito cultural.
Pasa a convertirse en un filtro administrativo.
No basta con ser un excelente profesional.
Hay que acreditar, además, una determinada competencia lingüística fijada por la Administración.
Naturalmente, toda Administración posee derecho a organizar sus servicios.
Pero también conviene preguntarse cuál debe ser el equilibrio entre la protección del patrimonio lingüístico y el derecho de los ciudadanos a acceder a los mejores profesionales posibles.
Toda política pública exige ponderar intereses.
Y cuanto mayor sea la trascendencia del servicio —la sanidad, la justicia o la enseñanza— mayor debe ser también el cuidado con que se adopten esas decisiones.
La lengua como marcador ideológico
Existe otro fenómeno todavía más preocupante.
La lengua comienza a dejar de ser únicamente una forma de comunicación.
Se convierte en una declaración política.
Hablar una lengua o elegir otra deja de percibirse como una simple preferencia personal.
Empieza a interpretarse como una toma de posición.
Ése constituye uno de los mayores empobrecimientos del debate público.
Porque las lenguas nunca preguntan a quien las habla qué piensa.
No distinguen entre conservadores y progresistas.
Entre creyentes y ateos.
Entre ricos y pobres.
Entre nacionalistas y no nacionalistas.
La lengua recibe a todos por igual.
Son las ideologías las que intentan apropiársela.
El inmenso error de enfrentar lenguas hermanas
Una de las consecuencias más lamentables de este proceso consiste en presentar como adversarias lenguas que durante siglos convivieron con absoluta naturalidad.
El español ha convivido con el gallego.
Con el catalán.
Con el euskera.
Con innumerables modalidades locales.
Ha recibido incluso palabras procedentes de todas ellas.
Y también ha dejado su huella en ellas.
Ésa es la historia normal de cualquier comunidad humana.
Las lenguas se influyen mutuamente.
Se enriquecen.
Intercambian vocablos.
Comparten expresiones.
Nada de eso constituye una tragedia.
Al contrario.
Es el funcionamiento normal de toda lengua viva.
Por eso resulta tan sorprendente contemplar esa convivencia secular transformada, de pronto, en un supuesto enfrentamiento histórico permanente.
No fueron las lenguas quienes decidieron enfrentarse.
Fueron determinados proyectos políticos quienes comenzaron a presentarlas como símbolos incompatibles.
Y una vez aceptada esa premisa, el resto del discurso se construye con enorme facilidad.
La experiencia de generaciones enteras
Basta hablar con quienes nacieron mucho antes del actual Estado de las Autonomías para descubrir una realidad frecuentemente olvidada.
Millones de españoles crecieron utilizando con absoluta naturalidad la lengua de su entorno familiar y el español.
No experimentaban conflicto alguno.
No sentían que una amenazara a la otra.
Las dos cumplían funciones distintas y complementarias.
La lengua local mantenía vivas las raíces familiares, el mundo cotidiano y la tradición.
El español abría las puertas al conjunto de España y a una comunidad internacional inmensa.
Nadie veía contradicción entre ambas realidades.
La incompatibilidad apareció mucho después.
Y no surgió espontáneamente del pueblo.
Fue elaborándose desde determinados discursos políticos que necesitaban convertir la lengua en un elemento central de construcción identitaria.
Ésa constituye, probablemente, una de las diferencias más profundas entre la evolución natural de una lengua y su utilización como instrumento de ingeniería política.
Las lenguas nacen para facilitar el entendimiento.
Las ideologías, con demasiada frecuencia, terminan utilizándolas para señalar diferencias.
Y cuando eso ocurre, el problema ya no pertenece a la lingüística.
Pertenece a la política.
Y quizá también a la filosofía del poder.
La lengua como pretexto
A medida que uno estudia este fenómeno con cierta perspectiva, termina llegando a una conclusión difícil de eludir.
La lengua casi nunca constituye el verdadero problema.
El verdadero problema suele ser el poder.
Porque una lengua, por sí misma, no aprueba presupuestos.
No controla los planes de estudio.
No concede subvenciones.
No decide quién accede a un empleo público.
No establece los requisitos para ejercer una profesión.
Todo eso lo hacen los gobiernos.
Y cuando la lengua pasa a convertirse en un requisito indispensable para controlar esas parcelas de poder, deja de ser únicamente una realidad cultural.
Se transforma en un formidable instrumento político.
Entonces ya no se discute sobre filología.
Se discute sobre quién controla la enseñanza.
Quién controla la Administración.
Quién controla los medios públicos de comunicación.
Quién redacta los libros de texto.
Quién decide qué historia conocerán las generaciones futuras.
Ésa es la verdadera batalla.
La lengua constituye únicamente el vehículo.
El laboratorio autonómico
Conviene recordar un hecho que con frecuencia pasa desapercibido.
La inmensa mayoría de los conflictos lingüísticos que hoy ocupan titulares apenas existían hace medio siglo.
Las personas hablaban como habían hablado siempre.
Alternaban unas modalidades con otras.
Utilizaban el español cuando resultaba útil para comunicarse con cualquier compatriota y mantenían las hablas locales o regionales en los ámbitos familiares, sociales o culturales.
La convivencia, con sus luces y sus sombras, era infinitamente menos conflictiva que el relato que hoy se intenta proyectar retrospectivamente.
Fue después cuando la lengua comenzó a convertirse en uno de los principales ejes de la acción política.
Aparecieron organismos específicos.
Planes de normalización.
Oficinas lingüísticas.
Observatorios.
Campañas institucionales.
Subvenciones.
Normativas.
Certificaciones.
Inspecciones.
La lengua empezó a depender cada vez menos de sus hablantes y cada vez más de las administraciones.
Y cuanto mayor era la intervención política, mayor parecía ser también el conflicto.
No deja de constituir una paradoja.
La contradicción de las élites
Existe, además, una contradicción difícil de ocultar.
Quienes públicamente presentan el español como una amenaza suelen procurar que sus hijos lo dominen perfectamente.
Y no sólo el español.
También el inglés.
Y, si es posible, alguna tercera lengua.
¿Por qué?
Porque conocen perfectamente el valor práctico de los idiomas.
Saben que cuantos más idiomas domine una persona, mayores serán sus oportunidades.
Más posibilidades tendrá de estudiar.
De trabajar.
De investigar.
De emprender.
De desenvolverse en un mundo extraordinariamente competitivo.
El discurso público, sin embargo, suele transitar por otro camino.
Se presenta el español casi como un obstáculo.
Pero, al mismo tiempo, nadie renuncia realmente a las ventajas que proporciona.
Esa contradicción habla por sí sola.
Porque los hechos suelen resultar mucho más elocuentes que los discursos.
La lengua del ascenso social
Durante generaciones, el español fue contemplado por millones de familias como una extraordinaria herramienta de promoción personal.
No porque despreciaran la lengua hablada en su comarca.
Sino porque comprendían una realidad elemental.
Cuanto mayor fuera el espacio de comunicación, mayores serían también las oportunidades.
El mismo razonamiento explica hoy el enorme interés por aprender inglés.
O francés.
O alemán.
O chino.
Nadie considera que estudiar inglés suponga traicionar al español.
¿Por qué habría de interpretarse entonces que dominar el español implica renunciar a la lengua tradicional de una determinada región?
La lógica parece exactamente la contraria.
Toda lengua aprendida amplía horizontes.
Nunca los reduce.
El inmenso patrimonio común
A menudo se olvida que el español constituye probablemente el mayor patrimonio compartido por todos los españoles y por la inmensa comunidad hispánica.
No pertenece a un partido.
No pertenece a una ideología.
No pertenece a un territorio concreto.
Pertenece igualmente a un agricultor extremeño, a un médico colombiano, a un profesor mexicano, a un empresario argentino, a un poeta nicaragüense o a un estudiante ecuatoguineano.
Ésa constituye su auténtica grandeza.
Precisamente por ello sorprende que algunos pretendan reducirlo a la condición de simple instrumento político.
El español no necesita convertirse en bandera de nadie.
Su verdadera fuerza consiste justamente en lo contrario.
En haber dejado de pertenecer hace mucho tiempo a cualquier proyecto político concreto para convertirse en patrimonio común de una inmensa comunidad cultural.
Lo que enseña la historia
La historia ofrece una enseñanza que convendría no olvidar.
Las lenguas prosperan cuando resultan útiles.
Retroceden cuando dejan de serlo.
Ningún decreto ha conseguido nunca alterar completamente esa realidad.
Las leyes pueden favorecer determinados usos.
Las administraciones pueden orientar políticas lingüísticas.
Las escuelas pueden enseñar una lengua u otra.
Pero, al final, son los ciudadanos quienes deciden qué idioma utilizan para trabajar, comerciar, escribir, investigar, crear o comunicarse.
Las lenguas sobreviven gracias a esa decisión cotidiana, libre y silenciosa de millones de personas.
No gracias a los boletines oficiales.
Y quizá ahí resida una de las mayores lecciones de este ensayo.
Las grandes lenguas nunca son propiedad del poder.
Siempre terminan siendo propiedad de los pueblos.
Por eso el español ha sobrevivido a monarquías, repúblicas, guerras, revoluciones, independencias, dictaduras y cambios de régimen.
Porque nunca dependió exclusivamente de quienes gobernaban.
Dependió, y continúa dependiendo, de quienes cada mañana lo utilizan para vivir su vida con absoluta normalidad.
Y esa fuerza, nacida de la libertad cotidiana de cientos de millones de hablantes, resulta infinitamente mayor que cualquier proyecto político pasajero.
La gran contradicción
Existe un viejo refrán castellano que afirma que obras son amores y no buenas razones.
Pocas expresiones describen mejor lo ocurrido con la cuestión lingüística en España durante las últimas décadas.
Los discursos públicos afirman una cosa.
Los comportamientos privados suelen revelar otra muy distinta.
Quienes presentan el español como una amenaza para la identidad de sus respectivos territorios rara vez consideran que conocerlo constituya un inconveniente para sus propios hijos.
Todo lo contrario.
Procuran que lo hablen correctamente.
Que escriban con soltura.
Que sean capaces de desenvolverse en cualquier lugar de España y de Hispanoamérica.
Y, además, que dominen el inglés o cualquier otra lengua internacional.
¿Por qué?
Porque conocen perfectamente la realidad.
Saben que una lengua nunca resta oportunidades.
Las multiplica.
Cuantos más idiomas domina una persona, mayor libertad posee.
Mayor capacidad de elegir.
Mayor posibilidad de trabajar, viajar, investigar o emprender.
Ésa constituye una verdad tan evidente que ninguna campaña política ha conseguido modificarla.
Por eso resulta llamativo que el discurso público y la práctica privada recorran con frecuencia caminos tan distintos.
Las familias buscan abrir horizontes.
La política, demasiadas veces, levanta fronteras.
La verdadera riqueza
Jamás he comprendido por qué alguien puede considerar incompatible hablar perfectamente español y conservar, al mismo tiempo, la modalidad lingüística heredada de sus mayores.
No existe contradicción alguna.
Un extremeño no deja de ser extremeño por dominar el español.
Un gallego no deja de ser gallego.
Un catalán no deja de ser catalán.
Un vasco no deja de ser vasco.
La identidad personal resulta infinitamente más rica que cualquier eslogan político.
Las personas pueden pertenecer simultáneamente a su pueblo, a su comarca, a su región, a España, al mundo hispánico y a Europa sin experimentar conflicto alguno.
Así ocurrió durante generaciones.
La realidad humana siempre ha sido mucho más compleja que los discursos ideológicos.
El futuro del español no depende de los políticos
Llegados a este punto conviene recordar una evidencia.
El porvenir del español ya no depende de ningún gobierno.
Ni del Gobierno de España.
Ni de los gobiernos autonómicos.
Ni de ningún parlamento.
Su futuro depende de más de seiscientos millones de personas que cada día lo utilizan para vivir.
Para trabajar.
Para investigar.
Para enamorarse.
Para escribir.
Para enseñar.
Para crear empresas.
Para hacer ciencia.
Para rezar.
Para discutir.
Para educar a sus hijos.
Ésa constituye una fuerza histórica infinitamente superior a cualquier mayoría parlamentaria.
Los gobiernos pasan.
Las leyes cambian.
Las modas ideológicas envejecen.
Las grandes lenguas permanecen.
Y el español ha demostrado, a lo largo de más de un milenio, una extraordinaria capacidad para adaptarse a los cambios sin perder su esencia.
Ésa constituye la mejor garantía de su futuro.
Una última llamada al sentido común
He intentado escribir estas páginas sin pedir al lector un acto de fe.
No le invito a aceptar mis conclusiones porque sí.
Le invito a hacer algo mucho más sencillo.
Leer.
Comparar.
Contrastar.
Desconfiar de los lugares comunes.
Preguntarse por qué determinadas afirmaciones se repiten constantemente mientras otras apenas llegan a conocerse.
Toda civilización merece ser estudiada con rigor.
También la española.
Toda lengua merece respeto.
También el español.
Y toda investigación histórica exige aplicar el mismo criterio a unos y a otros.
Ni mitificación.
Ni autodesprecio.
Ni propaganda.
Ni caricatura.
Sólo conocimiento.
Porque únicamente el conocimiento permite ejercer la libertad.
Y únicamente los pueblos que conocen su historia completa —con sus luces y con sus sombras— pueden mirar al futuro sin complejos, sin resentimientos y sin miedo.
Quizá ésa sea, en definitiva, la principal intención de este ensayo.
EPÍLOGO
Una lengua no necesita perdón. Necesita memoria.
He llegado al final de estas páginas con una convicción todavía más firme que cuando las comencé.
La guerra declarada contra la lengua española nunca tuvo como verdadero objetivo la lengua española.
El objetivo siempre fue otro.
La historia.
La memoria.
La continuidad de una civilización.
Porque una lengua constituye mucho más que un sistema de sonidos o un conjunto de reglas gramaticales.
Una lengua es la memoria viva de un pueblo.
En ella permanecen las voces de quienes nos precedieron.
Los versos de nuestros poetas.
Las leyes de nuestros juristas.
Las dudas de nuestros filósofos.
Las investigaciones de nuestros científicos.
Las novelas de nuestros escritores.
Los sermones de nuestros predicadores.
Los refranes de nuestros abuelos.
Las canciones que aprendimos de niños.
Los cuentos que escuchábamos antes de dormir.
Todo eso vive dentro de una lengua.
Por eso resulta imposible atacar una lengua sin atacar, al mismo tiempo, la memoria de quienes la hablan.
Y precisamente por eso la batalla nunca fue filológica.
Fue cultural.
Y, sobre todo, política.
El mayor patrimonio común
España posee un patrimonio extraordinario.
Catedrales.
Monasterios.
Castillos.
Universidades.
Archivos.
Pintura.
Escultura.
Música.
Literatura.
Todo ello merece ser conocido y conservado.
Pero existe una obra infinitamente mayor que cualquiera de ellas.
No puede encerrarse en un museo.
No cabe en una vitrina.
No necesita restauradores.
Respira.
Evoluciona.
Crece.
Viaja.
Se transforma.
Se transmite de padres a hijos.
Esa obra inmensa es la lengua española.
No existe ninguna otra creación nacida en España que sea utilizada diariamente por más de seiscientos millones de personas.
Ninguna.
Ésa es la verdadera dimensión del fenómeno.
Y quizá no seamos plenamente conscientes de ello porque convivimos con la lengua desde que nacemos.
Sucede como con el aire.
Sólo percibimos su importancia cuando amenaza con faltarnos.
El triunfo de la realidad
Las ideologías aparecen y desaparecen.
Cada generación produce las suyas.
Todas aseguran haber descubierto la explicación definitiva de la historia.
Todas prometen construir un mundo nuevo.
Todas terminan convencidas de que permanecerán para siempre.
La historia suele ser menos complaciente.
Los imperios desaparecen.
Las revoluciones envejecen.
Las doctrinas políticas pasan de moda.
Las constituciones cambian.
Los partidos nacen y desaparecen.
Las consignas terminan olvidadas.
Las grandes lenguas permanecen.
Porque no pertenecen a quienes gobiernan.
Pertenecen a quienes viven.
Y mientras haya una madre enseñando a hablar a su hijo.
Mientras un maestro abra un libro en un aula.
Mientras un poeta escriba un verso.
Mientras un investigador publique un descubrimiento.
Mientras dos amigos conversen en cualquier rincón del mundo.
La lengua continuará viva.
Ésa constituye una fuerza que ningún poder político ha conseguido dominar jamás.
El deber de conocer
No pretendo convencer a nadie.
Ni siquiera aspiro a cerrar un debate que, probablemente, continuará durante mucho tiempo.
Me bastaría con haber despertado una duda razonable.
Con haber animado al lector a consultar documentos.
A leer autores distintos.
A comparar versiones.
A desconfiar de las simplificaciones.
Porque la historia rara vez responde a los esquemas cómodos.
Casi siempre resulta más compleja.
Más rica.
Y mucho más interesante.
La Leyenda Negra no debe combatirse con una leyenda blanca.
Sería repetir el mismo error.
Debe combatirse con documentos.
Con archivos.
Con libros.
Con gramáticas.
Con crónicas.
Con testimonios.
Con investigaciones rigurosas.
En definitiva, con Historia.
Una reflexión final
Hace siglos, millones de hombres y mujeres, conocidos unos, completamente anónimos la inmensa mayoría, fueron construyendo, palabra a palabra, una lengua que ninguno de ellos imaginó que llegaría a hablarse en los cinco continentes.
No pensaban en la posteridad.
Ni en la geopolítica.
Ni en la propaganda.
Simplemente vivían.
Trabajaban.
Rezaban.
Amaban.
Discutían.
Comerciaban.
Educaban a sus hijos.
Y hablaban.
Así nacen todas las grandes lenguas.
No en los despachos.
No en los parlamentos.
No en las academias.
Nacen en la vida.
Después llegan los gramáticos.
Los filólogos.
Los escritores.
Los diccionarios.
Pero la lengua ya existía.
Siempre existió antes que ellos.
Quizá convenga recordar esa lección en una época fascinada por la ingeniería social y convencida de que cualquier realidad puede diseñarse desde un boletín oficial.
No.
Las mayores creaciones humanas jamás nacieron así.
Nacieron lentamente.
Como nacen los bosques.
Como nacen las civilizaciones.
Como nacen las lenguas.
Y precisamente porque nacen de la libertad de millones de seres humanos, sobreviven a los gobiernos que intentan utilizarlas.
La lengua española ha sobrevivido durante más de un milenio.
Ha atravesado reinos.
Imperios.
Repúblicas.
Monarquías.
Guerras.
Revoluciones.
Crisis.
Independencias.
Y continúa creciendo.
No porque nadie la imponga.
Sino porque cientos de millones de personas continúan encontrando en ella una herramienta extraordinaria para comprender el mundo y para comprenderse entre sí.
Ésa constituye, probablemente, la respuesta definitiva a cuantos, desde hace siglos, intentan convertir el español en motivo de división o de vergüenza.
Las lenguas no necesitan que las defiendan quienes pretenden utilizarlas como bandera.
Necesitan que las hablen quienes las aman.
Y el español tiene la inmensa fortuna de seguir siendo amado, cada día, por centenares de millones de personas.
Mientras eso continúe ocurriendo, ninguna campaña de propaganda, ninguna moda ideológica y ningún proyecto político conseguirán borrar la mayor obra colectiva que España ha legado al mundo.
Ésa es, al menos, la conclusión a la que he llegado después de escribir estas páginas.
El lector, como siempre, posee la última palabra.
APÉNDICE I
Cronología de una lengua universal
Una lengua hablada hoy por más de seiscientos millones de personas no apareció de repente.
Es el resultado de más de dos mil años de evolución continua.
Esta cronología pretende ofrecer al lector una visión de conjunto.
Siglos III a. C. – V d. C.
Roma incorpora Hispania a su ámbito político y cultural.
El latín se convierte progresivamente en la lengua común de la Península.
No desaparecen inmediatamente las lenguas anteriores.
Durante siglos conviven.
Pero el latín acaba imponiéndose por razones prácticas, comerciales, jurídicas y administrativas.
No muy distintas de las que siglos después favorecerán la expansión del español.
Siglos V-VIII
Tras la desaparición del Imperio romano continúan evolucionando los distintos romances peninsulares.
Nadie los diseña.
Nadie los planifica.
Van naciendo lentamente del latín hablado por el pueblo.
Cada región sigue una evolución diferente.
Siglos IX-X
Aparecen los primeros testimonios escritos del romance castellano.
Las Glosas Emilianenses y las Glosas Silenses constituyen algunos de los testimonios más antiguos conocidos.
El castellano comienza a adquirir personalidad propia.
Siglos XI-XIII
La expansión de los reinos cristianos hacia el sur favorece también la difusión del castellano.
No desaparecen las demás lenguas peninsulares.
Continúan evolucionando paralelamente.
Durante este período florecen también el gallego-portugués, el catalán y otras modalidades romances.
España nunca fue lingüísticamente uniforme.
Siglo XIII
Alfonso X el Sabio convierte el castellano en lengua de cultura.
Las grandes obras jurídicas, científicas e históricas dejan de escribirse exclusivamente en latín.
El castellano demuestra que puede expresar cualquier conocimiento.
Éste constituye uno de los momentos decisivos de su consolidación.
Siglo XIII
Gonzalo de Berceo escribe «en román paladino, en qual suele el pueblo fablar con su vecino».
Aquellos versos resumen toda una filosofía del lenguaje.
La lengua pertenece al pueblo.
No a las élites.
1492
Antonio de Nebrija publica la primera Gramática de la lengua castellana.
No inventa el español.
Lo estudia.
Lo ordena.
Lo describe.
Ese mismo año culmina la incorporación del Reino de Granada a la Corona de Castilla y comienza el contacto permanente con el continente americano.
Tres acontecimientos distintos que marcarán profundamente la historia posterior del español.
Siglos XVI-XVIII
El español se convierte en una de las grandes lenguas internacionales.
Se fundan universidades.
Imprentas.
Hospitales.
Cabildos.
Audiencias.
Se redactan miles de documentos administrativos.
Se publican gramáticas y diccionarios de numerosas lenguas indígenas.
El español convive con ellas y continúa incorporando centenares de americanismos.
1713
Se crea la Real Academia Española.
Conviene recordarlo.
La Academia nace cuando el español ya es una lengua universal.
No al revés.
Siglos XVIII-XIX
Las independencias americanas ponen fin a la soberanía española.
Sin embargo, el español permanece como lengua común de las nuevas naciones.
Constituye uno de los fenómenos culturales más extraordinarios de la historia contemporánea.
Siglos XIX-XX
El español continúa creciendo.
La inmensa literatura hispanoamericana enriquece decisivamente la lengua.
Rubén Darío.
José Martí.
Benito Pérez Galdós.
Miguel de Unamuno.
Antonio Machado.
Jorge Luis Borges.
Gabriela Mistral.
Pablo Neruda.
Miguel Ángel Asturias.
Camilo José Cela.
Octavio Paz.
Gabriel García Márquez.
Mario Vargas Llosa.
Y centenares de autores convierten al español en una de las grandes lenguas literarias de la humanidad.
Siglo XXI
El español supera ampliamente los seiscientos millones de usuarios entre hablantes nativos, personas con competencia limitada y estudiantes.
Se consolida como una de las principales lenguas internacionales.
Su presencia aumenta en los Estados Unidos.
Crece en Internet.
En las universidades.
En la investigación.
En la economía.
En la cultura.
Más de mil años después de sus primeras manifestaciones escritas, continúa siendo una lengua extraordinariamente viva.
Una reflexión final
Ningún gobierno diseñó esta evolución.
Ningún parlamento planificó semejante recorrido.
Fue el resultado de millones de decisiones individuales acumuladas durante siglos.
Ésa constituye, probablemente, la mayor enseñanza que ofrece la historia del español.
Las grandes lenguas nunca son un producto del poder.
Son una creación espontánea de los pueblos.
Y precisamente por eso sobreviven a todos los poderes.
APÉNDICE II
Las primeras gramáticas de las lenguas indígenas: una obra española casi olvidada
Uno de los argumentos más repetidos por la Leyenda Negra sostiene que la presencia española en América tuvo como objetivo destruir las culturas indígenas y erradicar sus lenguas.
Sin embargo, existe un hecho histórico difícil de ignorar.
Las primeras gramáticas, diccionarios, vocabularios y estudios sistemáticos de muchas lenguas americanas y asiáticas fueron elaborados precisamente durante el período de soberanía española.
No se trata de una opinión.
Se trata de una realidad documental.
Miles de manuscritos, catecismos, confesionarios, vocabularios y gramáticas permanecen hoy conservados en archivos y bibliotecas de Europa y América.
Constituyen una de las mayores empresas lingüísticas realizadas jamás.
Una necesidad práctica
Conviene comprender el contexto.
Los primeros religiosos que llegaron a América descubrieron inmediatamente que predicar, enseñar o administrar los sacramentos resultaba imposible sin conocer la lengua de quienes tenían delante.
Nadie podía explicar el Evangelio.
Ni enseñar a leer.
Ni impartir doctrina.
Ni resolver un conflicto jurídico.
Ni mantener una conversación mínimamente compleja utilizando únicamente un intérprete.
Había que aprender aquellas lenguas.
Y aprenderlas significaba estudiarlas.
Escuchar.
Comparar.
Anotar.
Clasificar.
Traducir.
Aquella necesidad práctica terminó dando origen a una auténtica revolución filológica.
Una labor inmensa
Conviene imaginar el esfuerzo que aquello exigía.
No existían grabadoras.
No había laboratorios de fonética.
No disponían de universidades especializadas en lingüística.
Muchísimas de aquellas lenguas carecían de escritura alfabética sistemática.
Todo debía hacerse desde el principio.
Escuchar durante meses.
Descubrir sonidos desconocidos para un europeo.
Identificar la estructura gramatical.
Comprender la conjugación verbal.
Clasificar sustantivos.
Construir vocabularios.
Comparar dialectos.
Redactar reglas.
Corregir errores.
Volver a empezar.
Durante generaciones centenares de religiosos realizaron exactamente ese trabajo.
Con una paciencia admirable.
Algunas obras fundamentales
Sería imposible recoger aquí la inmensa producción lingüística de aquellos siglos.
Basten algunos ejemplos.
Fray Andrés de Olmos elaboró una de las primeras gramáticas del náhuatl.
Fray Alonso de Molina publicó un extraordinario vocabulario castellano-náhuatl y náhuatl-castellano que continúa siendo una obra de referencia.
Domingo de Santo Tomás redactó en el siglo XVI una de las primeras gramáticas del quechua.
Antonio Ruiz de Montoya realizó un trabajo monumental sobre el guaraní, cuya influencia llega hasta nuestros días.
Los jesuitas destinados a Filipinas estudiaron con enorme profundidad el tagalo y otras lenguas del archipiélago.
Podrían añadirse decenas y decenas de nombres más.
Cada uno de ellos representa años de trabajo silencioso.
Mucho más que evangelización
Reducir esa inmensa labor a un simple instrumento religioso constituye una simplificación profundamente injusta.
Aquellos textos poseen hoy un enorme valor científico.
Gracias a ellos conocemos cómo eran muchas lenguas hace cuatrocientos o quinientos años.
Podemos seguir su evolución.
Comparar vocabularios.
Reconstruir cambios fonéticos.
Analizar transformaciones gramaticales.
En algunos casos constituyen el único testimonio conservado de determinadas variedades lingüísticas.
Paradójicamente, buena parte del conocimiento actual sobre ellas procede precisamente de quienes hoy son presentados, sin demasiados matices, como sus supuestos destructores.
La contradicción resulta evidente.
Las universidades también hablaron lenguas indígenas
No suele recordarse, pero numerosas instituciones educativas de la América española enseñaban lenguas indígenas.
No se trataba únicamente de facilitar la evangelización.
También era una necesidad administrativa y jurídica.
Muchos funcionarios, jueces y religiosos necesitaban comprender perfectamente aquellas lenguas para desempeñar correctamente sus funciones.
Lejos de prohibirse sistemáticamente, en numerosos lugares se fomentó su aprendizaje precisamente porque resultaba imprescindible para el gobierno cotidiano de unos territorios inmensos y extraordinariamente diversos.
Comparar para comprender
Toda investigación histórica seria exige comparar.
¿Qué hicieron otras potencias coloniales con las lenguas de los pueblos sobre los que se establecieron?
¿Qué documentación lingüística produjeron?
¿Qué gramáticas redactaron?
¿Qué diccionarios elaboraron?
¿Qué universidades crearon dedicadas al estudio de esas lenguas?
Las respuestas no siempre serán idénticas.
Pero únicamente mediante la comparación podremos comprender con justicia las semejanzas y las diferencias entre unos procesos históricos y otros.
La historia no admite excepciones permanentes.
Debe aplicar el mismo criterio a todos.
El documento frente a la consigna
Vivimos una época extraordinariamente inclinada hacia las consignas.
Son cómodas.
Se recuerdan fácilmente.
Parecen ofrecer respuestas sencillas a cuestiones enormemente complejas.
Pero la historia funciona de otra manera.
La historia exige documentos.
Y los documentos poseen una desagradable costumbre.
Con frecuencia contradicen los prejuicios.
Las gramáticas del náhuatl existen.
Los diccionarios del quechua existen.
Los vocabularios del guaraní existen.
Los estudios del tagalo existen.
No constituyen una interpretación.
Constituyen documentos.
Podrá discutirse la intención con la que fueron elaborados.
Lo que difícilmente puede sostenerse es que nunca existieron.
Y precisamente por eso ocupan un lugar tan incómodo dentro de determinados relatos simplificados sobre la presencia española en América.
Una reflexión final
Ningún lector sensato concluirá de estas páginas que la presencia española en América fue perfecta.
Sería una afirmación incompatible con la propia condición humana.
Toda empresa histórica de semejante magnitud conoció conflictos, abusos, errores e injusticias.
Lo que este apéndice pretende mostrar es algo mucho más sencillo.
La realidad fue infinitamente más compleja de lo que suelen afirmar los tópicos.
Y entre esas realidades complejas figura una que merece ser conocida y reconocida.
Durante siglos, centenares de españoles dedicaron su inteligencia, su tiempo y, en muchos casos, toda su vida a estudiar, describir y conservar lenguas que jamás habían sido analizadas con semejante profundidad.
Ésa constituye una aportación de enorme importancia para la historia de la lingüística universal.
Ignorarla no hace más rigurosa la Historia.
Simplemente la hace incompleta.
APÉNDICE III
La Escuela de Salamanca: cuando España discutía los derechos humanos antes de que existiera la expresión «derechos humanos»
Uno de los aspectos más sorprendentes de la Leyenda Negra consiste en su extraordinaria capacidad para ocultar precisamente aquellos hechos que contradicen su propio relato.
Si únicamente se estudia la conquista de América desde la perspectiva de la violencia, desaparece inevitablemente una de las mayores aportaciones intelectuales de la España del siglo XVI.
La Escuela de Salamanca.
No se trató de una escuela en sentido físico.
Fue una extraordinaria corriente de pensamiento formada por teólogos, juristas y filósofos que revolucionaron el Derecho, la Economía y la Filosofía Política.
Y lo hicieron precisamente cuando la Monarquía Hispánica alcanzaba la máxima expansión de su poder.
La paradoja merece ser subrayada.
Mientras otras potencias apenas comenzaban su expansión ultramarina, en España ya existían pensadores preguntándose si la conquista era moralmente legítima, cuáles eran los derechos de los pueblos indígenas y qué límites debía respetar cualquier autoridad.
No eran discusiones menores.
Afectaban directamente a la actuación de la propia Corona.
Una discusión sin precedentes
Conviene detenerse un instante a pensar en ello.
¿Cuántos imperios de la Historia promovieron un debate intelectual sobre la legitimidad moral de su propia expansión?
¿Cuántos permitieron que algunos de sus principales pensadores discutieran públicamente los derechos de los pueblos conquistados?
La pregunta resulta incómoda.
Porque rompe el esquema simplista que presenta la historia de España únicamente como una sucesión de abusos.
Naturalmente que los hubo.
Sería absurdo negarlo.
Pero también existió una profunda reflexión moral sobre esos abusos.
Y esa reflexión forma igualmente parte de la Historia.
Francisco de Vitoria
Entre aquellas figuras destaca especialmente Francisco de Vitoria.
Sus lecciones sobre el derecho de gentes constituyen uno de los pilares del Derecho Internacional moderno.
Vitoria defendía que los indígenas poseían dignidad propia.
Eran dueños de sus bienes.
Tenían capacidad para organizar sus sociedades.
No podían ser privados arbitrariamente de sus derechos.
Aquellas afirmaciones, formuladas en pleno siglo XVI, resultaban extraordinariamente avanzadas para su tiempo.
No resolvieron todos los problemas.
No impidieron todos los abusos.
Pero demostraban que dentro de la propia España existía un intenso debate jurídico y moral.
Bartolomé de las Casas… y toda la verdad
Pocas figuras han sido tan utilizadas por la Leyenda Negra como Bartolomé de las Casas.
Sus denuncias de los abusos cometidos contra los indígenas fueron inmediatamente aprovechadas por los enemigos de España.
Y continúan siéndolo cinco siglos después.
Sin embargo, existe un detalle frecuentemente olvidado.
Las Casas escribía en España.
Publicaba en España.
Discutía en España.
Se dirigía al Rey de España.
Y esperaba que fuera la propia Monarquía Hispánica quien corrigiera aquellos abusos.
Difícilmente puede encontrarse mejor prueba de que existía un espacio para la crítica interna.
Sus escritos fueron utilizados posteriormente por la propaganda antiespañola, muchas veces descontextualizados o exagerados.
Pero no deberían ocultar otro hecho igualmente importante.
España produjo también a Francisco de Vitoria.
A Domingo de Soto.
A Melchor Cano.
A Martín de Azpilcueta.
A Francisco Suárez.
Y a tantos otros juristas y teólogos que sentaron las bases del Derecho Internacional contemporáneo.
El Derecho antes que la fuerza
Quizá la mayor aportación de la Escuela de Salamanca consista precisamente en ésta.
Afirmar que incluso el poder debía someterse al Derecho.
Que ni el Rey podía actuar arbitrariamente.
Que existían principios superiores.
Que la dignidad humana no dependía del origen.
Que toda autoridad encontraba límites.
Hoy esas ideas parecen evidentes.
En el siglo XVI no lo eran.
Por eso sorprende comprobar hasta qué punto permanecen ausentes de numerosos relatos contemporáneos sobre la presencia española en América.
Una herencia olvidada
Cuando se habla de la conquista casi siempre aparecen soldados.
Espadas.
Arcabuces.
Batallas.
Resulta mucho menos frecuente recordar que, al mismo tiempo, existían universidades donde se discutían cuestiones jurídicas y morales de enorme profundidad.
Aquel debate también forma parte de la historia de España.
Y también forma parte de la historia de América.
Ignorarlo equivale a contemplar únicamente una mitad del cuadro.
Mucho más que un episodio histórico
La Escuela de Salamanca no constituye únicamente un capítulo del pasado.
Representa una manera de entender la política.
Una manera de comprender el Derecho.
Y una forma de afrontar los conflictos mediante la razón antes que mediante la fuerza.
Quizá convenga recordarlo precisamente hoy, cuando con tanta facilidad se reducen siglos de historia a consignas de apenas unas pocas palabras.
Una reflexión necesaria
Quien aspire a comprender la presencia española en América tiene la obligación intelectual de estudiar simultáneamente dos realidades.
Los abusos.
Y los esfuerzos por corregirlos.
Los conflictos.
Y las leyes destinadas a limitarlos.
Las guerras.
Y los debates jurídicos que intentaban someter incluso la guerra a principios morales.
Ésa es la Historia.
Todo lo demás pertenece al terreno de la propaganda.
Y ninguna propaganda, por eficaz que sea, debería sustituir jamás al estudio sereno de los documentos.
Porque la verdad histórica nunca suele encontrarse en los extremos.
Se encuentra, casi siempre, en la complejidad.
Y pocas historias resultan tan complejas como la de España y la construcción del inmenso mundo hispánico.
APÉNDICE IV
Las universidades del mundo hispánico: una realidad incómoda para la Leyenda Negra
Existe un hecho histórico que apenas ocupa espacio en los libros de texto y, sin embargo, posee una enorme importancia.
Mientras buena parte de Europa apenas comenzaba a mirar hacia América, la Monarquía Hispánica ya estaba fundando universidades.
No hablamos de simples escuelas.
Hablamos de instituciones de enseñanza superior con facultades de Teología, Derecho, Medicina, Artes y Filosofía.
Centros destinados a formar juristas, médicos, profesores, funcionarios, religiosos y administradores.
Conviene recordar algunas fechas.
Porque la Historia también se escribe con fechas.
Las primeras universidades
En 1538 se funda la Universidad Santo Tomás de Aquino, en Santo Domingo.
En 1551 nacen casi simultáneamente la Universidad de San Marcos, en Lima, y la Real y Pontificia Universidad de México.
A partir de entonces el proceso se acelera.
Aparecen universidades en Bogotá.
Quito.
Córdoba.
Charcas.
Santiago de Chile.
La Habana.
Guatemala.
Manila.
Y muchas otras ciudades del inmenso mundo hispánico.
No eran instituciones improvisadas.
Seguían modelos universitarios europeos.
Con estatutos.
Cátedras.
Bibliotecas.
Grados académicos.
Debates públicos.
Investigación.
Una pregunta incómoda
Conviene formular una pregunta muy sencilla.
Si el único objetivo hubiera sido explotar económicamente aquellos territorios…
¿por qué crear universidades?
Las universidades cuestan dinero.
Requieren profesores.
Edificios.
Bibliotecas.
Imprentas.
Becas.
Organización.
Nada de eso produce beneficios inmediatos.
Una universidad constituye siempre una inversión en conocimiento.
Y el conocimiento genera ciudadanos capaces de pensar.
No súbditos obedientes.
Ésa es una realidad que rara vez aparece en los relatos simplificados sobre la presencia española en América.
Las imprentas
Las universidades nunca viajan solas.
Necesitan libros.
Y los libros necesitan imprentas.
La primera imprenta americana comenzó a funcionar en Ciudad de México durante el siglo XVI.
Después llegaron muchas otras.
Gracias a ellas comenzaron a publicarse obras religiosas.
Jurídicas.
Médicas.
Científicas.
Literarias.
Y también gramáticas y diccionarios de lenguas indígenas.
No deja de resultar significativo.
Una civilización que invierte enormes recursos en imprimir libros no parece especialmente interesada en mantener a la población dentro de la ignorancia.
Hospitales y beneficencia
Algo parecido ocurre con los hospitales.
Desde los primeros tiempos de la presencia española fueron apareciendo hospitales destinados a atender a la población.
Muchos estuvieron vinculados a órdenes religiosas.
Otros dependían de instituciones civiles.
Naturalmente, no respondían a los criterios sanitarios actuales.
Sería absurdo exigirlo.
Pero conviene contemplarlos dentro del contexto de su tiempo.
Porque también forman parte de la realidad histórica.
Y también suelen desaparecer cuando la Historia se reduce a una sucesión de consignas.
La inmensa red administrativa
Con demasiada frecuencia imaginamos el Imperio español como una simple organización militar.
La realidad era mucho más compleja.
Existían audiencias.
Cabildos.
Notarías.
Tribunales.
Universidades.
Obispados.
Hospitales.
Archivos.
Escuelas.
Todo ello exigía miles de personas formadas.
Juristas.
Escribanos.
Profesores.
Médicos.
Funcionarios.
Aquella inmensa estructura administrativa explica precisamente la necesidad de disponer de universidades repartidas por todo el territorio.
No era un lujo.
Era una necesidad.
América no fue un desierto cultural
Uno de los mayores triunfos de la Leyenda Negra consiste en transmitir la impresión de que durante tres siglos América permaneció intelectualmente paralizada.
La realidad documental desmiente esa imagen.
Se escribieron miles de libros.
Se celebraron oposiciones universitarias.
Se imprimieron tratados científicos.
Se discutieron cuestiones jurídicas.
Se enseñó Medicina.
Astronomía.
Filosofía.
Teología.
Derecho.
Matemáticas.
Lenguas clásicas.
Y lenguas indígenas.
Aquella intensa actividad intelectual constituye una parte inseparable de la historia del mundo hispánico.
Comparar sin prejuicios
Como en tantas otras cuestiones, conviene comparar.
¿Cuántas universidades existían en los dominios españoles?
¿Cuántas fundaron otras potencias coloniales durante el mismo período?
¿Cuál fue su producción intelectual?
¿Cuándo comenzaron realmente a desarrollarse?
No se trata de establecer competiciones patrióticas.
Se trata de aplicar exactamente el mismo criterio histórico a todos.
Porque la comparación constituye uno de los instrumentos más eficaces para combatir los prejuicios.
Una herencia que continúa viva
Muchas de aquellas universidades siguen existiendo.
Han cambiado.
Se han transformado.
Se adaptaron a los nuevos tiempos.
Pero continúan formando parte del paisaje intelectual de Hispanoamérica.
Miles de profesores.
Millones de estudiantes.
Siglos de investigación.
Generaciones enteras de profesionales se formaron en instituciones cuya historia comenzó durante la época hispánica.
Ése también es un legado.
Y merece ser conocido con el mismo rigor con que se estudian las demás dimensiones de nuestra historia.
La Historia completa
Este apéndice no pretende idealizar el pasado.
Toda obra humana presenta aciertos y errores.
Lo que pretende es algo mucho más sencillo.
Recordar que la presencia española en América no puede comprenderse únicamente mediante ejércitos y conquistas.
También hubo universidades.
Bibliotecas.
Imprentas.
Hospitales.
Escuelas.
Archivos.
Gramáticas.
Debates filosóficos.
Investigaciones científicas.
Y una extraordinaria producción intelectual.
Quien ignore esa realidad conocerá una parte de la Historia.
Pero sólo una parte.
Y una Historia incompleta termina convirtiéndose, casi siempre, en una Historia injusta.
APÉNDICE V
Las Leyes de Indias: una legislación excepcional para su tiempo
Pocas cuestiones han sido tan manipuladas como la legislación española aplicada a los territorios americanos.
La imagen difundida durante siglos presenta un panorama muy simple.
Un poder absoluto.
Unos conquistadores sin límites.
Una población indígena completamente indefensa.
La realidad histórica vuelve a ser bastante más compleja.
Desde los primeros momentos aparecieron normas destinadas a regular la actuación de los españoles en América.
Aquellas normas no siempre fueron respetadas.
Sería absurdo afirmarlo.
Ninguna legislación de la Historia ha conseguido impedir totalmente los abusos.
Pero una cosa es la existencia de abusos.
Y otra muy distinta sostener que nunca existió un intento serio de impedirlos.
El Derecho antes que la arbitrariedad
La Monarquía Hispánica poseía una larga tradición jurídica.
Las Partidas de Alfonso X.
Las Leyes de Toro.
Las Ordenanzas Reales.
Las disposiciones de los Reyes Católicos.
Todo ese inmenso legado jurídico acompañó también la expansión hacia América.
La Corona entendía que aquellos territorios debían gobernarse mediante leyes.
No únicamente mediante la fuerza.
Esa diferencia resulta esencial.
Porque supone reconocer que incluso el poder encontraba límites jurídicos.
Las Leyes de Burgos
En 1512 se promulgan las llamadas Leyes de Burgos.
Constituyen uno de los primeros intentos de regular las relaciones entre españoles e indígenas.
Hoy pueden parecer insuficientes.
Y probablemente lo fueron.
Pero conviene analizarlas dentro de su contexto histórico.
Representaban un esfuerzo por someter la actuación de los conquistadores a determinadas normas jurídicas.
No eran una solución definitiva.
Pero demostraban que el problema existía y preocupaba a la propia Corona.
Las Leyes Nuevas
En 1542, bajo el reinado de Carlos I, aparecen las denominadas Leyes Nuevas.
Su objetivo consistía en limitar los abusos derivados del sistema de encomiendas.
La oposición fue enorme.
Especialmente entre quienes veían amenazados sus intereses económicos.
Ese dato merece una reflexión.
Si la Corona hubiera compartido plenamente los abusos denunciados por Bartolomé de las Casas y otros religiosos, jamás habría impulsado una legislación destinada precisamente a limitarlos.
La resistencia que encontraron aquellas leyes demuestra hasta qué punto existía un conflicto entre los intereses particulares de determinados colonos y la voluntad reformadora del poder real.
La Recopilación de las Leyes de Indias
En 1680 aparece la gran Recopilación de las Leyes de los Reinos de Indias.
Más de seis mil disposiciones ordenadas sistemáticamente.
Se trata de uno de los cuerpos legislativos más extensos elaborados para gobernar territorios ultramarinos.
Regula cuestiones religiosas.
Administrativas.
Judiciales.
Urbanísticas.
Comerciales.
Sanitarias.
Educativas.
Y también numerosos aspectos relacionados con la protección jurídica de la población indígena.
Naturalmente, la existencia de una ley no garantiza automáticamente su cumplimiento.
Pero resulta intelectualmente deshonesto ignorar que esa legislación existió.
La distancia entre la ley y la realidad
Aquí conviene introducir una reflexión de carácter general.
Toda sociedad conoce una distancia, mayor o menor, entre las leyes y la realidad.
Sucede hoy.
Sucedía hace quinientos años.
Y seguirá sucediendo mientras existan seres humanos.
España no constituyó una excepción.
Hubo funcionarios corruptos.
Hubo gobernadores injustos.
Hubo encomenderos que incumplieron las normas.
Hubo violencia.
Hubo explotación.
Negarlo equivaldría a falsificar la Historia.
Pero convertir esos abusos en la única realidad también constituye otra forma de falsificación.
La obligación del historiador consiste precisamente en estudiar ambas dimensiones.
La norma.
Y su aplicación.
Un criterio para todos
Conviene formular una pregunta muy sencilla.
Cuando analizamos cualquier otra potencia histórica…
¿Juzgamos únicamente sus abusos?
¿O estudiamos también su legislación, sus instituciones y sus intentos de corregir esos abusos?
Si aplicamos ese segundo criterio a Francia, Inglaterra, Portugal o los Países Bajos, ¿por qué habría de aplicarse otro distinto a España?
La Historia exige igualdad de criterio.
Ni privilegios.
Ni condenas preventivas.
El mismo método para todos.
La importancia de los documentos
La Leyenda Negra se alimenta con frecuencia de imágenes.
De emociones.
De relatos simplificados.
La Historia, en cambio, trabaja con documentos.
Y los documentos poseen una enorme virtud.
Permiten comprobar.
Las Leyes de Burgos existen.
Las Leyes Nuevas existen.
La Recopilación de las Leyes de Indias existe.
Las actas del debate de Valladolid existen.
Los escritos de Francisco de Vitoria existen.
Los textos de Bartolomé de las Casas existen.
Los archivos de Indias existen.
Todos ellos pueden leerse.
Analizarse.
Discutirse.
Interpretarse.
Pero no ignorarse.
Una lección para nuestro tiempo
Quizá la mayor enseñanza que ofrecen aquellas leyes no consista únicamente en su contenido.
Consiste en otra realidad mucho más profunda.
Incluso en el momento de mayor expansión de la Monarquía Hispánica existían hombres convencidos de que el poder debía someterse al Derecho.
De que la autoridad encontraba límites.
De que la dignidad humana merecía protección jurídica.
No siempre lograron imponer sus criterios.
Pero los formularon.
Los debatieron.
Los escribieron.
Y consiguieron que muchos de ellos acabaran incorporándose al ordenamiento jurídico.
Ése constituye uno de los grandes legados de la tradición jurídica española.
Y también uno de los aspectos más olvidados por quienes prefieren contemplar cinco siglos de historia únicamente a través de la caricatura.
Porque la Historia nunca se reduce a una sola imagen.
Nunca cabe en un eslogan.
Y nunca debería escribirse prescindiendo de los documentos que la hacen posible.
APÉNDICE VI
La Leyenda Negra: quinientos años de propaganda
Pocas expresiones han tenido tanto éxito como «Leyenda Negra».
Se utiliza constantemente.
Pero muy pocas veces se explica con precisión qué significa.
No se trata de negar que España cometiera errores.
Sería absurdo.
Toda nación los ha cometido.
Toda civilización ha conocido guerras, abusos, injusticias y episodios vergonzosos.
La cuestión es otra.
¿Por qué únicamente España terminó siendo presentada durante siglos como una excepción histórica, como una potencia singularmente cruel, fanática, intolerante y depredadora?
Ésa constituye la verdadera pregunta.
El contexto europeo
Conviene situarse en la Europa de los siglos XVI y XVII.
España era entonces la primera potencia mundial.
Dominaba inmensos territorios.
Controlaba las principales rutas oceánicas.
Poseía un enorme poder económico, militar y político.
Y, naturalmente, tenía enemigos.
Muchos enemigos.
Francia.
Inglaterra.
Las Provincias Unidas.
Numerosos principados protestantes.
El Imperio Otomano.
Todos ellos mantenían intereses contrapuestos a los de la Monarquía Hispánica.
La propaganda formaba parte de aquella lucha.
Tan importante como los ejércitos.
La imprenta cambia las reglas
La aparición de la imprenta revolucionó la difusión de las ideas.
Nunca antes había resultado tan sencillo multiplicar panfletos, libelos, grabados y relatos destinados a desacreditar al adversario.
España no fue la única víctima.
Pero sí fue la principal.
Su enorme poder la convertía en el objetivo prioritario de aquella guerra propagandística.
Comenzaron a circular relatos exagerados.
Grabados de enorme violencia.
Relaciones de supuestas atrocidades.
Narraciones que mezclaban hechos ciertos con exageraciones manifiestas o directamente con invenciones.
No era Historia.
Era propaganda.
Y como toda propaganda, perseguía un objetivo político.
El caso Bartolomé de las Casas
Ningún autor fue utilizado con tanta intensidad como Bartolomé de las Casas.
Sus denuncias de los abusos cometidos por determinados conquistadores fueron traducidas rápidamente a diversas lenguas europeas.
Hasta aquí no existe problema alguno.
El problema aparece después.
Aquellos textos comenzaron a publicarse acompañados de ilustraciones tremendistas, comentarios interesados y lecturas completamente descontextualizadas.
Las denuncias dirigidas a corregir abusos concretos terminaron convirtiéndose en la supuesta descripción de toda la presencia española en América.
Se produjo una extraordinaria generalización.
Los abusos de algunos pasaron a representar el comportamiento de todos.
Pocas operaciones propagandísticas han resultado tan eficaces.
El doble rasero
Resulta llamativo comprobar cómo ese mismo criterio jamás se aplicó a otras potencias coloniales.
Ninguna nación europea careció de episodios violentos.
Ninguna.
Sin embargo, esos episodios nunca llegaron a convertirse en la explicación global de toda su historia.
¿Por qué España sí?
¿Por qué Inglaterra conserva legítimamente el orgullo de Shakespeare, Newton o Churchill sin que la historia de su Imperio invalide automáticamente todo su legado cultural?
¿Por qué Francia continúa admirando a Voltaire, Pasteur o Victor Hugo sin que el colonialismo francés monopolice el juicio sobre toda su historia?
¿Por qué Portugal recuerda a Camões y a los grandes navegantes sin convertirlos en motivo de vergüenza nacional?
Sólo España parece obligada a contemplar permanentemente su pasado desde el banquillo de los acusados.
Y ésa constituye precisamente una de las mayores victorias de la Leyenda Negra.
Cuando la propaganda se convierte en enseñanza
Toda propaganda aspira a un objetivo último.
Dejar de parecer propaganda.
Convertirse simplemente en la versión oficial de los hechos.
Eso fue exactamente lo que ocurrió.
Con el paso de los siglos, muchas de aquellas exageraciones comenzaron a incorporarse a manuales escolares, ensayos, novelas, películas y documentales.
Generaciones enteras crecieron creyendo que aquella interpretación constituía la única posible.
Y, poco a poco, la propaganda dejó de percibirse como propaganda.
Se transformó en sentido común.
Ése fue su gran triunfo.
La interiorización de la Leyenda Negra
Existe, sin embargo, un fenómeno todavía más sorprendente.
Durante mucho tiempo la Leyenda Negra fue difundida principalmente por los adversarios de España.
Hoy, en cambio, una parte importante de ese discurso se reproduce desde la propia España.
Ésa constituye la auténtica anomalía histórica.
Pocas naciones han asumido con tanta naturalidad la caricatura elaborada por quienes fueron sus rivales políticos, militares y religiosos.
No significa que toda crítica sea falsa.
Ni mucho menos.
Significa algo muy distinto.
Que la crítica ha dejado de aplicarse con el mismo criterio que se utiliza para analizar la historia de otras naciones.
Y cuando el criterio cambia según el país que se estudia, el problema ya no pertenece a la Historia.
Pertenece a la ideología.
La mejor respuesta
La Leyenda Negra no se combate con otra leyenda.
No necesita una «Leyenda Rosa».
Ni una «Leyenda Dorada».
Sería repetir exactamente el mismo error.
La única respuesta posible consiste en estudiar.
Abrir archivos.
Leer documentos.
Comparar fuentes.
Contrastar interpretaciones.
Aceptar los hechos incómodos.
Pero también rescatar aquellos que durante demasiado tiempo permanecieron ocultos.
La Historia no necesita abogados defensores.
Necesita investigadores.
Y necesita lectores dispuestos a desconfiar de cualquier relato excesivamente simple.
Porque casi siempre la realidad resulta mucho más rica que las consignas.
Cinco siglos después
Cinco siglos han transcurrido desde el comienzo de aquella gigantesca batalla propagandística.
Los imperios desaparecieron.
Las guerras terminaron.
Las fronteras cambiaron.
Pero la propaganda continúa produciendo efectos.
Todavía hoy condiciona la manera en que millones de personas contemplan la historia de España y del mundo hispánico.
Precisamente por eso resulta tan importante volver a los documentos.
No para sustituir una caricatura por otra.
Sino para recuperar una visión más completa, más equilibrada y, sobre todo, más fiel a la extraordinaria complejidad de la Historia.
Porque la verdad histórica jamás suele encontrarse en los panfletos.
Se encuentra, casi siempre, en los archivos.
APÉNDICE VII
Grandes hispanistas extranjeros: cuando fueron los no españoles quienes defendieron la verdad histórica
Existe una paradoja que merece una profunda reflexión.
Mientras una parte de las élites españolas aceptaba, repetía o amplificaba la Leyenda Negra, fueron precisamente numerosos historiadores, juristas, filólogos e hispanistas extranjeros quienes comenzaron a desmontarla pacientemente.
No eran españoles.
No escribían movidos por patriotismos nacionales.
No pretendían defender la imagen de España.
Simplemente estudiaban documentos.
Y los documentos no coincidían con la caricatura que durante siglos se había difundido.
Ésa constituye una de las mayores ironías de la Historia.
La Historia no tiene nacionalidad
La investigación histórica seria no pregunta por la nacionalidad del investigador.
Pregunta por la calidad de las fuentes.
Por el método utilizado.
Por la capacidad para contrastar documentos.
Ésa es precisamente la grandeza de la ciencia.
Los hechos no cambian porque quien los estudia haya nacido en Madrid, Buenos Aires, Londres o Berlín.
Y precisamente por eso resulta tan significativo comprobar que buena parte de la revisión crítica de la Leyenda Negra ha sido impulsada desde fuera de España.
Lewis Hanke
El historiador norteamericano Lewis Hanke dedicó gran parte de su vida a estudiar la legislación española en América.
Sus investigaciones demostraron que la Monarquía Hispánica desarrolló un intenso debate jurídico y moral acerca de los derechos de los pueblos indígenas.
Para Hanke, aquella discusión carecía prácticamente de precedentes en la historia de la expansión colonial.
No afirmaba que España hubiera sido perfecta.
Afirmaba algo mucho más interesante.
Que existía una preocupación jurídica y moral excepcional para la época.
Y eso alteraba profundamente la imagen simplificada difundida por la Leyenda Negra.
John H. Elliott
Pocas autoridades internacionales han estudiado con tanta profundidad la Monarquía Hispánica como el historiador británico John H. Elliott.
Lejos de las simplificaciones ideológicas, Elliott mostró la enorme complejidad del mundo hispánico.
Sus trabajos ayudaron a comprender que la historia de España no puede reducirse a un relato exclusivamente construido sobre la violencia o la intolerancia.
Su método constituye un magnífico ejemplo de cómo debe trabajar un historiador.
Con documentos.
No con consignas.
Hugh Thomas
El británico Hugh Thomas dedicó años de investigación a la conquista y al descubrimiento de América.
Su monumental obra demuestra hasta qué punto aquel proceso histórico resulta infinitamente más complejo que la imagen transmitida por la propaganda.
Lejos del panfleto, Thomas reconstruye acontecimientos, personajes y decisiones políticas con extraordinaria minuciosidad.
Leerlo obliga a abandonar los esquemas simplistas.
Silvio Zavala
El gran historiador mexicano Silvio Zavala realizó una aportación decisiva al estudio de las instituciones jurídicas indianas.
Gracias a sus investigaciones conocemos mucho mejor el funcionamiento de la legislación española en América.
Su trabajo demuestra, una vez más, que la realidad jurídica fue mucho más rica y compleja de lo que suele afirmarse.
Ángel Rosenblat
El filólogo Ángel Rosenblat estudió durante décadas la evolución del español en América.
Sus investigaciones desmontan numerosos tópicos sobre la supuesta imposición uniforme del castellano.
El español americano no constituye una copia del español peninsular.
Es el resultado de siglos de evolución propia, enriquecida por el contacto con innumerables lenguas indígenas.
Ésa constituye precisamente una de las razones de su extraordinaria riqueza.
Marcelo Gullo
Entre los autores contemporáneos ocupa un lugar destacado el historiador argentino Marcelo Gullo.
Sus investigaciones sobre la Leyenda Negra han contribuido a reabrir un debate que durante demasiado tiempo parecía cerrado.
Gullo insiste en una idea fundamental.
La Leyenda Negra no constituye únicamente un episodio histórico.
Sigue influyendo decisivamente en la manera en que millones de personas interpretan la historia de España y de Hispanoamérica.
Sus trabajos invitan a revisar críticamente muchos lugares comunes aceptados casi automáticamente.
Elvira Roca Barea
Aunque española, resulta imposible concluir este recorrido sin mencionar a Elvira Roca Barea.
Su obra provocó un intenso debate internacional precisamente porque devolvió la cuestión de la Leyenda Negra al centro de la discusión historiográfica.
Podrá compartirse o no cada una de sus conclusiones.
Lo indiscutible es que consiguió algo extraordinariamente valioso.
Obligó a volver a hablar de documentos, de fuentes y de Historia.
Y eso siempre constituye una excelente noticia.
Lo importante no son los autores
Conviene evitar un error frecuente.
Ningún historiador posee la verdad absoluta.
Ni los aquí citados.
Ni quienes sostienen posiciones distintas.
La Historia avanza precisamente mediante el contraste de interpretaciones.
Por eso este ensayo no invita a sustituir unos dogmas por otros.
Invita a leer.
A comparar.
A discrepar.
A consultar directamente las fuentes.
Porque únicamente así puede formarse un juicio verdaderamente libre.
La prueba definitiva
Existe un hecho que merece la última reflexión de este apéndice.
Si tantos investigadores extranjeros, sin compromiso alguno con la historia de España, terminaron cuestionando la imagen tradicional difundida por la Leyenda Negra…
Quizá convenga preguntarse por qué.
Tal vez la respuesta sea muy sencilla.
Porque los documentos terminan imponiéndose a los prejuicios.
Pueden tardar décadas.
Incluso siglos.
Pero acaban hablando.
Y cuando hablan los documentos, las consignas empiezan a perder fuerza.
Ésa constituye la mayor esperanza de cualquier historiador.
Y también la mejor garantía de que ninguna propaganda logra imponerse para siempre.
Porque la verdad histórica puede retrasarse.
Puede ocultarse.
Puede manipularse.
Pero difícilmente desaparece mientras existan archivos, bibliotecas y hombres libres dispuestos a estudiarlos.
APÉNDICE VIII
Bibliografía comentada para seguir investigando
Este ensayo no pretende cerrar ningún debate.
Al contrario.
Aspira a despertar la curiosidad del lector.
La Historia nunca debería convertirse en un dogma.
Exige documentos.
Comparaciones.
Lecturas.
Contraste permanente de fuentes.
Por ello, concluyo con una bibliografía básica, organizada por materias, que permitirá al lector profundizar por sí mismo en las cuestiones aquí tratadas.
No se trata de aceptar todas las conclusiones de estos autores.
Se trata de leerlos.
Pensar.
Comparar.
Y extraer las propias conclusiones.
I. La Leyenda Negra
Elvira Roca Barea
Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español.
La obra que reabrió el gran debate contemporáneo sobre la Leyenda Negra. Analiza los mecanismos propagandísticos utilizados históricamente contra las grandes potencias y dedica una parte fundamental al caso español. Aunque algunas de sus interpretaciones han sido discutidas por otros especialistas, constituye una lectura imprescindible.
Marcelo Gullo
Madre Patria. Desmontando la Leyenda Negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán.
Una de las obras más influyentes de los últimos años sobre la construcción y permanencia de la Leyenda Negra. Defiende que dicha propaganda continúa condicionando la visión que muchos españoles e hispanoamericanos tienen de su propia historia.
II. Historia de la Monarquía Hispánica
John H. Elliott
Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América (1492-1830).
Probablemente uno de los mayores especialistas extranjeros en la historia de España. Su obra destaca por el rigor documental y por la constante comparación entre los modelos español y británico.
Hugh Thomas
El Imperio español. De Colón a Magallanes.
Obra monumental que reconstruye con enorme detalle la expansión española, evitando tanto la idealización como la caricatura.
Henry Kamen
Imperio. La forja de España como potencia mundial.
Aunque algunas de sus tesis han suscitado controversia, resulta muy útil para comprender la complejidad administrativa, económica y política del Imperio español.
III. La Escuela de Salamanca
Francisco de Vitoria
Relecciones sobre los indios y sobre el derecho de guerra.
Texto imprescindible para comprender el nacimiento del Derecho Internacional moderno y el debate sobre la legitimidad moral de la conquista.
Domingo de Soto
Sus escritos sobre Derecho Natural y Justicia permiten comprender la profundidad intelectual de la Escuela de Salamanca.
Francisco Suárez
Considerado uno de los grandes filósofos del Derecho de toda la Edad Moderna.
Su influencia llega hasta el pensamiento jurídico contemporáneo.
IV. Derecho indiano
Silvio Zavala
Obras fundamentales sobre las instituciones jurídicas españolas en América.
Imprescindibles para conocer el funcionamiento real del Derecho indiano.
José María Ots Capdequí
Especialista en organización institucional y administrativa de los territorios americanos.
Sus estudios siguen siendo referencia obligada.
V. Protección de los indígenas
Lewis Hanke
La lucha por la justicia en la conquista de América.
Libro imprescindible.
Demuestra la extraordinaria importancia del debate jurídico y moral desarrollado en España durante el siglo XVI acerca de los derechos de los pueblos indígenas.
VI. Historia de la lengua española
Ramón Menéndez Pidal
La gran referencia para comprender el nacimiento y evolución del castellano.
Sus investigaciones marcaron toda la filología española del siglo XX.
Rafael Lapesa
Historia de la lengua española.
Probablemente la síntesis más completa y rigurosa sobre la evolución histórica del español.
Lectura obligatoria para cualquier persona interesada en nuestro idioma.
Ángel Rosenblat
Especialista en el español de América.
Sus investigaciones desmontan numerosos tópicos sobre la supuesta uniformidad del español americano.
VII. Lingüística hispanoamericana
Andrés Bello
Además de uno de los mayores escritores americanos, Bello realizó una aportación extraordinaria a la gramática del español.
Su obra demuestra que el español dejó hace siglos de pertenecer exclusivamente a España para convertirse en patrimonio de toda la comunidad hispánica.
VIII. América española
Guillermo Céspedes del Castillo
Especialista en Historia de América y de las instituciones indianas.
Obra de enorme utilidad para comprender la complejidad del mundo hispánico.
Ricardo Levene
Uno de los grandes historiadores argentinos del Derecho y de las instituciones españolas en América.
IX. Para comprender la propaganda
Julián Juderías
La Leyenda Negra.
El libro que dio nombre al propio concepto de «Leyenda Negra».
Aunque fue publicado hace más de un siglo, continúa siendo una lectura indispensable para comprender el origen del debate.
Sverker Arnoldsson
Historiador sueco que estudió con profundidad la evolución histórica de la Leyenda Negra y su difusión por Europa.
X. Bibliografía complementaria
Quien desee profundizar todavía más encontrará materiales de enorme interés en:
— Archivo General de Indias (Sevilla).
— Biblioteca Nacional de España.
— Real Academia Española.
— Asociación de Academias de la Lengua Española.
— Archivo Histórico Nacional.
— Bibliotecas universitarias de Salamanca, Alcalá de Henares, Valladolid, México, Lima, Bogotá, Córdoba, Charcas y Santo Domingo.
Muchos de estos fondos se encuentran actualmente digitalizados y permiten consultar directamente documentos originales del siglo XVI, XVII y XVIII.
Reflexión final
Todo libro termina.
La investigación nunca.
Ninguna obra posee la última palabra.
Tampoco ésta.
Mi única pretensión ha consistido en invitar al lector a contemplar la historia de España y de la lengua española desde una perspectiva más amplia, más serena y más documentada que la ofrecida por demasiados tópicos repetidos durante generaciones.
No pido adhesión.
Pido curiosidad.
No pido fe.
Pido lectura.
No pido patriotismo.
Pido el mismo rigor histórico que exigimos cuando estudiamos cualquier otra nación.
Porque la Historia pertenece a quienes la investigan.
No a quienes la simplifican.
Y porque la lengua española, hablada hoy por más de seiscientos millones de personas, constituye una de las mayores creaciones colectivas de la humanidad.
Conocer su historia no es únicamente un acto de cultura.
Es también un acto de justicia.