Diego Moldes

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Albert Einstein se traslada (abril de 1911) a vivir a Praga con 36 años y allí conoce a un joven abogado judío de 28 años llamado Franz Kafka. Einstein visita las tertulias del café Louvre con numerosos judíos de lengua alemana: Max Brod, Oskar Kraus, Franz Werfel, Huego Bergmann, Georg Pick. Kafka, en su correspondencia, ampliamente editada, no menciona jamás a Einstein. Diego Moldes (Pontevedra, 1977), ensayista, novelista, poeta, editor digital, historiador y crítico de cine, doctor en Ciencias de la Comunicación por la Complutense, a partir de la anécdota anterior, teje el duelo mismo entre las ciencias empíricas y las humanidades (Kafka Versus Einstein), y así aclara, disipa, pone en limpio y para siempre la cuestión judía de nuestros días en su mamotreto alucinatorio: Cuando Einstein encontró a Kafka (Galaxia Gutenberg). El mapa es espléndido: judíos y antisemitismo, mundo judío y ciencia, élite financiera judía a nivel internacional, literatura y cultura hebreas, pensamiento y filosofía desde la escuela de Frankfurt, cómics, artes, periodismo, arquitectura, cine europeo, sindicalismo, etc. Moldes es apabullante, culto, irónico, divertido, ajeno a estereotipos y prejuicios, en la hoguera de mostrar a un pueblo en la élite económica mundial.

Toda la obra –según Esther Bendahan, prologuista- gira en torno al bereshit: el estudio de la modernidad desde el judaísmo como elemento transversal. El pueblo judío en sus líderes y virtudes pero también en sus caídas y errores, base y cima de la cultura occidental. Advierte Bendahan en las palabras liminares: “¿Qué tienen en común Einstein con Kafka, o Frank Gehry con Max Schuster o Mario Muchnik con Luis Bassat?, entre otros. Sí, son judíos, pero ¿qué es realmente ser judío? Kafka afirmaba que: cómo iba a saber qué tienen en común los judíos si él mismo no sabía qué tenía en común consigo mismo. ¿Ser parte tal vez de una pregunta, una interrogación? O como afirma Harold Bloom: todo se trata de influencia. Eslabón de una historia, de una civilización que, como escribió Elías Canetti, quizá no la más antigua pero sí la que más tiempo permanece. Simplemente miembros de un pueblo que en la Biblia se dice testigo. Una comunidad de lectores de miles de años. Añadiría al comentario de Canetti: un pueblo, el más perseguido de la historia, no el único, pero el único que permanece”. Einstein tuvo que huir del nazismo, sí, y las hermanas de Kafka del respectivo antisemitismo europeo en la artillería más feroz del terror nazi. Moldes teje la historia perfecta de una persecución, acecho donde pueblo y territorio según Bendahan sufren su dicotomía: “Hay un pueblo judío y un territorio, pero la idea de pertenencia al territorio surge en el exilio del territorio. Desde un punto de vista metafísico, el judaísmo trata de explicar que no hay manera de ser humano si uno no se entiende como extranjero”. Pura diáspora, sí, que Moldes captura en el afán o espuma de sus mejores días, ajeno a cualquier compasión y, en mayor medida, a cualquier tipo de lobbie, tópico, dibujo fácil sobre el judío avaro y confabulador.

Parte de Auerbach –según Bendahan- y libros como Mímesis y realidad, a la hora de situar dos tradiciones en Occidente: Atenas y Jerusalén. El significado mismo de personajes como Abraham o Ulises. El exilio como identidad se une en el libro al exilio real, así La Torá o la Biblia en este sentido, es radicalmente exilio. Mundo, ley, pasiones, santidad, alianzas, condenas, cronología que es geografía, camino numérico donde la interpretación cabalística es siempre texto, relato, logos, razón, arma. Antisemitismo y judaísmo van de la mano, todo neofascismo contemporáneo parte del primero y muchas veces –no en el caso de Moldes- lo más fácil es sobrevolar las palabras de Sartre en Reflexiones sobre la cuestión judía (1946): “(…) Contrariamente a una opinión difundida, el carácter judío no provoca en antisemitismo sino que, a la inversa, es el antisemitismo quien crea al judío. El fenómeno primero es el antisemitismo, estructura social regresiva y concepción del mundo prelógica”. Añade Moldes: “(…) El antisemitismo existe a priori, es un prejuicio, es preconcebido y, además, y esta es la novedad respecto a cualquier otro tipo de prejuicio, se da sin la experiencia. Es decir, un antisemita puede odiar a un judío aunque nunca haya conocido a ninguno”. El dibujo de Moldes, al natural, es del “antisemitismo sin judíos”, en su trato y aterrizaje con respecto a la actual Europa, la evolución de un pueblo despierto cuyas finanzas hacen girar al planeta, religión de Libro y pueblo de Libros, sí, muy lejos del fundamentalismo musulmán y siempre en la confusión de no haber sido entendido. Disipa Moldes los lugares comunes con eficiencia y sin perder música: “No todos los judíos son hebreos. No todos los judíos son israelíes. No todos los israelíes son israelitas. No todos los israelitas eran judíos. No todos los israelíes son judíos. No todos los judíos son sionistas. No todos los sionistas son judíos”. El problema de la identidad judía lo disuelve Moldes con su erudición intimidatoria: “ (…) El uso del término judío se utiliza para referirse a tres grupos: aquellos que tienen orígenes étnicos judíos, aquellos que practican el judaísmo, y aquellos que se identifican como tales por su identificación cultural e histórica. La halajá, ley judía, da otra definición de la identidad judía. De acuerdo con la legislación judía, judío es aquel que: a) es hijo de madre judía (ley que deriva del pasaje de Deuteronomio 7:I-5) o b) aquella persona que se convierte formalmente al judaísmo bajo la supervisión halájica de un reconocido Bet Din (corte judía) presidido por tres dayanim (jueces)”. Canetti lo tuvo siempre claro: “No hay pueblo más difícil de comprender que los judíos”. El libro de Moldes quedará por justo eso.Si toda la primera parte es teórica, histórica, bíblica, los orígenes de un pueblo y su diáspora, exilio, desarrollo… la segunda es una fiesta: actrices judías, cineastas judíos, escritores judíos, autores de cómic o televisión, músicos y magos, artistas y personalidades. Religión y forma de vida de libro: “El judaísmo es una religión revelada y transmitida mediante la razón humana. Dicho de otro modo, se puede ser cristiano, musulmán, hinduista o budista y ser analfabeto, pero es imposible ser judío y analfabeto. Ser judío implica escuchar, leer, escribir e interpretar”. La ignorancia –he ahí la gasolina de todo un pueblo- era una dificultad para acceder a Dios, por eso la alfabetización popular fue el mayor desafío cuando otras civilizaciones mantenían una estructura elitista del intelectualismo. Cada judío, por regla interna, se convierte en un pensador y pronto tal intelectualismo no contradice a la praxis (ese sería el prejuicio de la cultura griega) y no de aquella otra hebrea y monista: “El intelectualismo no solo complementa la praxis sino que le otorga su sentido y su fuerza. La praxis no intelectual es la praxis animal. La praxis intelectual es la praxis humana”. Individuos educados, cultos, ajenos al dolce far niente o la ensoñación contemplativa, sin el menor atisbo de holganza o indolencia, siempre alerta, el trabajo como fuerza y la palabra como fuente de la más profunda fortaleza. Lean a Diego Moldes: no comete el error clásico occidental, analizar a los judíos desde preceptos cristianos y no postulados laicos. Napoleón sabía bien que la era mesiánica judía sería tal por intelectual. El judío como sujeto activo vive en superación constante y en contra de cualquier posible fuga del mundo. Por eso, sin espera, llega a ser un triunfador.

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