¡IA, IA, IA… ALGARABÍAAAA!
MAÑANA, SÁBADO 23 DE MAYO: el dulce encanto del senderismo urbano, la procesión democrática y las cañitas posteriores
O cómo España convirtió la indignación política en una liturgia emocional perfectamente inútil
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Hay algo profundamente español —y profundamente trágico— en esa costumbre nacional de transformar cualquier problema político grave en:
- una romería reivindicativa;
- una procesión laica;
- una excursión urbana;
- una catarsis emocional colectiva;
- y, finalmente, unas cañitas entre amigos.
Y así, MAÑANA, SÁBADO 23 DE MAYO, miles de personas acudirán a Madrid convocadas por Sociedad Civil Española para participar en la llamada “Marcha por la Dignidad”, convencidas de que recorrer durante un par de horas las calles de la capital entre pancartas, consignas y banderas puede servir para alterar seriamente el rumbo político de España.
La marcha partirá desde la Plaza de Colón.
Recorrerá Génova.
Sagasta.
Carranza.
Alberto Aguilera.
Princesa.
Y terminará en Moncloa.
Discursos.
Aplausos.
Gritos.
Selfis patrióticos.
Vídeos para redes sociales.
Emoción colectiva.
Descarga adrenalínica.
Y después…
Pues después, probablemente:
cañas,
tapas,
tertulia indignada,
y regreso al hogar con la confortable sensación subjetiva de “haber hecho algo por España”.
Porque en España incluso la resistencia política parece diseñada para no incomodar demasiado.
El dulce encanto de la algarabía
Existe una vieja canción infantil que decía:
“A tapar la calle, que no pase nadie…” que conecta profundamente con el núcleo del problema español contemporáneo: la conversión de la calle en escenario litúrgico de la política emocional.
La calle, para cualquier persona normal, es simplemente:
- una vía de tránsito;
- un espacio para circular;
- trabajar;
- comerciar;
- desplazarse;
- vivir.
Pero para gran parte de la cultura política moderna —especialmente la de raíz izquierdista, aunque ya contagie también a sectores de la llamada derecha patriótica— la calle se ha convertido en:
- un santuario simbólico;
- un escenario emocional;
- un altar político;
- un espacio ritualizado donde la masa pretende exhibir legitimidad moral.
De ahí expresiones casi místicas:
- “tomar la calle”;
- “ganar la calle”;
- “la calle habla”;
- “el pueblo exige”;
- “la ciudadanía clama”.
Como si unas decenas de miles de personas ocupando avenidas adquiriesen automáticamente una especie de autoridad moral superior.
La democracia convertida en religión laica
Y aquí aparece quizá la reflexión más devastadora de todas:
La democracia contemporánea —o, más exactamente, la liturgia emocional construida alrededor de ella— ha terminado funcionando como una auténtica religión laica.
Con sus:
- dogmas;
- sacerdotes mediáticos;
- herejes;
- excomulgados;
- rituales;
- símbolos;
- procesiones;
- ceremonias de reafirmación colectiva;
- y catecismos ideológicos.
Las manifestaciones modernas se parecen sospechosamente a las antiguas rogativas y procesiones religiosas del catolicismo popular.
Antes:
- se sacaba al santo;
- se imploraba lluvia;
- se organizaban rogativas contra epidemias;
- se procesionaba para conjurar desgracias.
Ahora:
- se levantan pancartas;
- se recorren avenidas;
- se corean consignas;
- se exige la dimisión del gobernante de turno;
- y se invoca “la voluntad de la calle”.
Antes se cantaban letanías.
Ahora se repiten eslóganes.
Antes se apelaba a Dios.
Ahora se invoca:
- “la ciudadanía”;
- “el pueblo”;
- “la movilización social”;
- “la calle”.
Como si la masa reunida hubiese recibido una especie de gracia democrática especial.
Y lo más irónico es que muchos de quienes desprecian o ridiculizan las antiguas procesiones religiosas participan después con fervor cuasirreligioso en estas nuevas procesiones políticas:
- marchas;
- concentraciones;
- performances reivindicativas;
- cadenas humanas;
- ceremonias multitudinarias de indignación.
- momentos de «silencio», sustituyendo al rezo del «Padre nuestro»…
Cambian los símbolos.
Pero no el impulso antropológico profundo.
El tribalismo emocional de la masa
Las movilizaciones multitudinarias poseen mucho de tribalismo moderno y gregarismo emocional.
El individuo aislado:
- se siente impotente;
- irrelevante;
- desorientado.
Pero integrado en la masa:
- grita;
- se emociona;
- siente pertenencia;
- y experimenta la ilusión de formar parte de un acontecimiento histórico.
Aunque, objetivamente, casi nada cambie.
Ése es el verdadero secreto psicológico de muchas movilizaciones contemporáneas:
funcionan como válvulas emocionales colectivas.
La masa proporciona:
- identidad;
- protección;
- calor emocional;
- sensación de fuerza;
- y alivio psicológico frente a una realidad política percibida como incontrolable.
Por eso el poder moderno ya no teme especialmente estas manifestaciones.
Las administra.
Las absorbe.
Las metaboliza.
Las utiliza incluso como mecanismo de desahogo social.
El sistema no teme la algarabía. Pedro Sánchez tampoco.
Porque el régimen contemporáneo ha comprendido algo fundamental:
Las movilizaciones ritualizadas rara vez cuestionan los fundamentos reales del sistema.
Sirven sobre todo para:
- descargar frustración;
- canalizar rabia;
- proporcionar sensación subjetiva de resistencia;
- y permitir que millones de personas crean que “están haciendo algo”.
Mientras tanto:
- la deuda sigue creciendo;
- la burocracia continúa expandiéndose;
- la presión fiscal aumenta;
- el aparato estatal invade cada vez más ámbitos de la vida;
- la propaganda institucional permanece intacta;
- y la sociedad civil continúa debilitándose.
Porque el verdadero problema español ya no es únicamente Pedro Sánchez.
Eso sería demasiado sencillo.
Cambian los administradores… no el modelo
No nos engañemos, España no está viviendo un verdadero cambio de sistema.
Cambian los gestores.
Cambian los tonos.
Cambian los eslóganes.
Pero no cambian los fundamentos.
La inmensa mayoría del arco político acepta ya como normales:
- hipertrofia administrativa;
- endeudamiento gigantesco;
- expansión burocrática;
- presión fiscal creciente;
- tutela política sobre la sociedad;
- dependencia subvencionada;
- y progresiva sustitución de la sociedad civil por estructuras administrativas.
Por eso tantas manifestaciones resultan profundamente superficiales:
protestan contra los gestores…
mientras aceptan intacta la maquinaria.
Y así España continúa atrapada en una mezcla de:
- propaganda;
- sentimentalismo político;
- clientelismo;
- tribalismo emocional;
- y liturgia democrática perfectamente inocua.
La gran ausencia: un verdadero proyecto nacional
Pero quizá lo más inquietante no sea siquiera eso.
Lo verdaderamente alarmante es que, mientras unos procesionan con pancartas y otros practican senderismo urbano patriótico, sigue sin aparecer alguien —o algunos— capaces de plantear algo infinitamente más peligroso para el sistema:
un auténtico proyecto de gobierno serio.
No otro partido-espectáculo.
No otra franquicia ideológica.
No otra maquinaria electoral destinada a administrar el mismo modelo con distinto logotipo.
Sino un verdadero proyecto nacional:
- con diagnóstico realista;
- prioridades definidas;
- objetivos concretos;
- planificación temporalizada;
- procedimientos claros;
- medios disponibles;
- auditorías;
- evaluación de resultados;
- rendición permanente de cuentas;
- y mecanismos eficaces contra la corrupción.
Porque una nación no se reconstruye:
- con consignas;
- con pancartas;
- con algarabía;
- con procesiones civiles;
- ni con cañitas patrióticas.
Una nación se reconstruye:
- con instituciones sólidas;
- con élites competentes;
- con responsabilidad;
- con planificación;
- con disciplina;
- con profesionalidad;
- y con gestores capaces de administrar rigurosamente recursos ajenos.
España parece gobernada por publicistas
La política española contemporánea se ha convertido en:
- propaganda;
- marketing;
- emocionalismo;
- espectáculo;
- y manipulación sentimental.
Pero casi nadie habla seriamente de:
- productividad;
- viabilidad financiera;
- reconstrucción institucional;
- natalidad;
- deuda;
- independencia judicial;
- racionalización administrativa;
- colapso educativo;
- o sostenibilidad —o, mejor dicho, perdurabilidad— del sistema.
No existe un gran proyecto nacional explicado con crudeza y honestidad.
No existe una hoja de ruta clara:
- a corto;
- medio;
- y largo plazo.
No existe una explicación sincera sobre:
- pensiones;
- envejecimiento demográfico;
- hipertrofia autonómica;
- corrupción estructural;
- burocracia invasiva;
- ni deterioro cultural.
Y mientras tanto:
unos gritan en la calle…
y otros continúan controlando:
- presupuestos;
- subvenciones;
- medios públicos;
- organismos;
- tribunales;
- redes clientelares;
- y resortes reales del poder.
Einstein y la locura española
Decía Albert Einstein que:
“Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener resultados diferentes.”
Y pocas frases describen mejor la política española contemporánea.
Manifestación tras manifestación.
Elección tras elección.
Consigna tras consigna.
Procesión tras procesión.
Indignación tras indignación.
Y mientras tanto:
- la deuda aumenta;
- la burocracia crece;
- la corrupción persiste;
- la natalidad colapsa;
- la productividad se estanca;
- la sociedad civil se debilita;
- y el aparato estatal continúa expandiéndose.
Pero aun así muchos siguen creyendo que:
- otra marcha;
- otra concentración;
- otra algarabía;
- otra pancarta;
- otro ritual democrático de indignación colectiva;
producirá mágicamente resultados distintos.
España está encanallada
Quizá ahí resida finalmente la tragedia más profunda de España:
haber sustituido:
- la estrategia por el gesto;
- la gestión por la propaganda;
- la responsabilidad por la emoción;
- la reconstrucción institucional por la liturgia callejera;
- y el pensamiento serio por la algarabía.
Mucho ruido.
Mucha pancarta.
Mucho senderismo urbano.
Mucha procesión democrática.
Mucho patriotismo sentimental.
Mucho “¡Ia, Ia, Ia… algarabíaaaa!”
Y después…
unas cañitas.
España está encanallada…
¿quién la desencanallará?
El desencanallador que la desencanalle…
buen desencanallador será.