Por qué conviene volver a Marco Aurelio, Epicteto, Séneca… y también a Ayn Rand

«La felicidad no es el premio de una vida sin problemas; es la consecuencia natural de una vida gobernada por la razón, fortalecida por la virtud y orientada por un sentido.»

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores con prisas

Vivimos en una época obsesionada con la felicidad. Nunca se han vendido tantos libros de autoayuda, organizado tantos cursos de crecimiento personal ni proliferado tantos gurús dispuestos a enseñarnos el secreto del bienestar. Sin embargo, tampoco nunca habían sido tan frecuentes la ansiedad, el estrés, la depresión, la sensación de vacío y la insatisfacción permanente.

¿Qué está ocurriendo?

Este ensayo parte de una idea sencilla: quizá el problema no sea que no hayamos encontrado la felicidad, sino que la hemos convertido en una obligación.

Hoy parece que debemos sonreír siempre, mantener una actitud positiva, controlar nuestras emociones y mostrar al mundo una imagen permanente de éxito y bienestar. Las redes sociales refuerzan esa ilusión. Todo el mundo parece feliz. Todo el mundo parece viajar, disfrutar, triunfar y vivir sin grandes preocupaciones. Pero esa imagen rara vez coincide con la realidad.

Cuando la felicidad se convierte en un deber, cualquier tristeza parece un fracaso. El miedo se interpreta como debilidad. La frustración se considera un defecto. Y el sufrimiento, en lugar de entenderse como una experiencia inseparable de la condición humana, acaba viéndose como una anomalía que debe eliminarse cuanto antes.

Frente a esta forma de entender la vida, el ensayo propone recuperar algunas de las enseñanzas más valiosas del pensamiento clásico.

Marco Aurelio, Epicteto y Séneca no prometían una existencia sin dolor. Tampoco enseñaban a reprimir las emociones. Su propósito era mucho más ambicioso: formar personas capaces de gobernarse a sí mismas.

El estoicismo parte de una distinción fundamental. Existen cosas que dependen de nosotros y otras que no. Confundir ambas constituye el origen de buena parte de nuestros sufrimientos.

No depende de nosotros evitar todas las desgracias.

Sí depende de nosotros decidir cómo responder ante ellas.

En esa diferencia reside la auténtica libertad.

El ensayo también recupera el verdadero significado del carpe diem. Lejos de invitar al desenfreno o al hedonismo, Horacio recordaba que el presente es el único tiempo sobre el que realmente podemos actuar. Aprovechar el día no significa vivir sin rumbo. Significa vivir conscientemente, sin quedar prisioneros del pasado ni de la ansiedad por el futuro.

A continuación, el texto establece un diálogo con el objetivismo de Ayn Rand. Aunque su filosofía difiere profundamente del estoicismo, comparte con él una convicción esencial: la realidad existe con independencia de nuestros deseos. Podemos ignorarla, disfrazarla o negarla, pero no eliminar sus consecuencias. Pensar con claridad, distinguir los hechos de las emociones y asumir la responsabilidad de la propia vida constituye una condición indispensable para vivir con libertad.

El ensayo concluye que la felicidad no debe confundirse con la euforia. Tampoco con la comodidad. Ni siquiera con la ausencia de problemas.

La felicidad auténtica se parece mucho más a una alegría serena, fruto de una vida bien orientada. Requiere una brújula —los principios—, un mapa —la razón— y un horizonte —el sentido de la vida—.

Quien posee esas tres cosas puede atravesar dificultades, pérdidas y fracasos sin perder el rumbo.

Prometían algo mejor.

Una vida digna.

Y quizá esa siga siendo, después de más de dos mil años, la mejor respuesta frente a la dictadura contemporánea de la felicidad obligatoria.

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LA DICTADURA DE LA FELICIDAD

Por qué conviene volver a Marco Aurelio, Epicteto, Séneca… y también a Ayn Rand

Prólogo

Cuando sonreír deja de ser un derecho y se convierte en una obligación

Hay palabras que, por repetirse hasta la saciedad, terminan perdiendo su significado. Una de ellas es felicidad.

Nunca se había hablado tanto de ella. Nunca se habían publicado tantos libros prometiendo alcanzarla, organizado tantos cursos para descubrirla, creado tantas aplicaciones para medirla o inventado tantos métodos para conservarla. La felicidad se ha convertido en una industria, en un negocio y, casi, en una obligación cívica.

Vivimos rodeados de expertos que parecen conocer el secreto de una existencia perfecta. Los hay que recomiendan levantarse a las cinco de la mañana; otros aseguran que basta con repetir unas cuantas frases motivadoras delante del espejo; algunos predican el pensamiento positivo; otros venden retiros espirituales, dietas milagrosas, respiraciones conscientes, baños de hielo o paseos descalzos sobre la hierba.

Cada cual ofrece su receta.

Cada cual promete el mismo resultado.

Y casi todos cobran por ello.

No hay nada censurable en intentar ayudar a los demás. Lo preocupante aparece cuando la felicidad deja de entenderse como una aspiración razonable y pasa a convertirse en una obligación permanente.

Entonces comienza la trampa.

Si eres feliz, todo marcha como debe.

Si no lo eres, el problema eres tú.

Has gestionado mal tus emociones.

No has sabido reinventarte.

No has salido de tu zona de confort.

No practicas suficiente gratitud.

No meditas.

No respiras correctamente.

No visualizas tus objetivos.

No has aprendido a quererte.

Siempre falta algún cursillo por hacer.

Siempre existe un método nuevo que comprar.

Siempre aparece un gurú dispuesto a explicarnos por qué seguimos siendo infelices.

Resulta curioso.

La humanidad ha sobrevivido durante miles de años sin necesidad de psicólogos televisivos, entrenadores emocionales ni conferenciantes motivacionales. Sin embargo, cuanto más crece la industria de la felicidad, mayor parece ser el número de personas que viven angustiadas, deprimidas o permanentemente insatisfechas.

Tal vez convenga preguntarse si no estaremos buscando la solución en el lugar equivocado.

Porque quizá el error no consista en no haber encontrado la felicidad.

Quizá el error consista en haberla convertido en el principal objetivo de la vida.

Los antiguos habrían contemplado con asombro esta obsesión contemporánea.

Ni Sócrates, ni Aristóteles, ni los estoicos, ni los grandes pensadores romanos se levantaban cada mañana preguntándose si eran felices.

Se hacían preguntas mucho más incómodas.

¿Estoy viviendo conforme a la verdad?

¿Estoy actuando con justicia?

¿Gobierno mis pasiones o ellas me gobiernan a mí?

¿Soy dueño de mí mismo?

La felicidad llegaba después.

O no llegaba.

Y, paradójicamente, quizá precisamente por eso la alcanzaban con más frecuencia que nosotros.

Hoy hemos invertido el orden.

Queremos sentirnos bien antes de vivir bien.

Buscamos emociones agradables antes que una conciencia tranquila.

Preferimos la satisfacción inmediata al esfuerzo sostenido.

Y hemos terminado confundiendo el placer con la felicidad, la autoestima con el carácter y los sentimientos con la realidad.

Este ensayo pretende defender una idea muy sencilla.

La felicidad no consiste en vivir instalado en la euforia.

No consiste en sonreír constantemente.

No consiste en evitar cualquier sufrimiento.

La felicidad se parece mucho más a esa imagen que los antiguos describían como una alegría serena, una satisfacción profunda que nace cuando la vida tiene dirección, cuando existe un norte, cuando sabemos hacia dónde caminamos.

Dicho de otro modo, la felicidad no es una meta.

Es el paisaje que acompaña al viajero que ha elegido bien su camino.

Y para comprenderlo quizá debamos volver la vista hacia quienes reflexionaron sobre estas cuestiones cuando todavía no existían las redes sociales, los manuales de autoayuda ni la industria del bienestar.

Dos mil años después, Marco Aurelio, Epicteto y Séneca siguen hablándonos con una claridad que muchos gurús contemporáneos envidiarían.

Y, de manera sorprendente, algunas de sus intuiciones encuentran eco, siglos después, en pensadores tan distintos como Ayn Rand o Viktor Frankl.

Tal vez no hayamos avanzado tanto como creemos.

Quizá seguimos haciéndonos las mismas preguntas.

Y quizá las mejores respuestas ya estaban escritas hace mucho tiempo.

Capítulo I

La felicidad convertida en mercancía

Hubo un tiempo en que la felicidad pertenecía al terreno de la filosofía. Hoy pertenece, sobre todo, al mercado.

No es una exageración. Basta entrar en una librería, navegar por Internet o encender la televisión para comprobarlo. Decenas de miles de títulos prometen descubrir el secreto de una vida plena. Abundan los cursos de crecimiento personal, los congresos sobre bienestar, los retiros espirituales de fin de semana, las conferencias motivacionales, las aplicaciones para controlar el estado de ánimo y toda una legión de asesores, orientadores, «coaches» y expertos en desarrollo personal.

La felicidad se ha convertido en un producto de consumo.

Y, como todo producto, necesita crear una necesidad permanente.

Porque quien se considera razonablemente satisfecho con su vida deja de comprar remedios para alcanzar una felicidad todavía mayor.

No es casual que el mercado del bienestar mueva miles de millones de euros cada año. Alrededor de él gira toda una industria editorial, audiovisual, farmacéutica y tecnológica. Algunas de sus aportaciones son útiles y honestas. Otras, en cambio, venden humo envuelto en palabras grandilocuentes.

Lo preocupante no es que existan libros o cursos sobre cómo afrontar mejor las dificultades de la vida. Lo verdaderamente llamativo es que se haya instalado la idea de que la felicidad constituye un estado permanente al que todos deberíamos llegar.

Y, si no llegamos, algo estaremos haciendo mal.

El nacimiento de un nuevo deber

Durante siglos, las religiones y las filosofías se ocuparon de responder a una pregunta esencial:

¿Cómo debemos vivir?

Nuestra época ha sustituido esa cuestión por otra mucho más superficial:

¿Cómo puedo sentirme bien?

El cambio parece pequeño, pero modifica por completo la perspectiva.

La primera pregunta obliga a pensar en la verdad, la justicia, el deber, la prudencia o la virtud.

La segunda gira alrededor del bienestar subjetivo.

No importa tanto si una decisión es buena como si me hace sentir bien.

No importa tanto el carácter como el estado de ánimo.

No importa tanto vivir rectamente como experimentar emociones agradables.

Así hemos llegado a una situación paradójica.

Nunca se había hablado tanto de emociones.

Y quizá nunca se había reflexionado tan poco sobre las virtudes.

Cuando la tristeza parece una enfermedad

Uno de los efectos más visibles de esta transformación consiste en la creciente dificultad para aceptar el sufrimiento.

La tristeza parece sospechosa.

El aburrimiento resulta insoportable.

La frustración debe eliminarse inmediatamente.

La incertidumbre provoca angustia.

La espera desespera.

La soledad asusta.

Nos hemos acostumbrado a considerar anormal cualquier emoción desagradable.

Sin embargo, basta observar la vida con un mínimo de serenidad para comprender que ninguna existencia puede librarse del dolor.

Perdemos a nuestros padres.

Enfermamos.

Fracasan proyectos cuidadosamente preparados.

Sufrimos desengaños.

Envejecemos.

Morimos.

No existe una aplicación informática capaz de evitar ninguna de esas realidades.

La cuestión nunca ha sido cómo escapar del sufrimiento.

La cuestión es cómo afrontarlo.

La sociedad anestesiada

Aquí adquiere interés la reflexión de Byung-Chul Han.

Según el filósofo surcoreano, nuestra sociedad intenta eliminar cualquier forma de dolor, como si toda experiencia desagradable constituyera un error que hubiera que corregir.

Preferimos anestesiar el sufrimiento antes que comprenderlo.

Medicalizamos el duelo.

Convertimos el fracaso en un trastorno.

Patologizamos la tristeza.

Y confundimos la serenidad con la ausencia de conflictos.

No deja de resultar llamativo.

Jamás ha existido una sociedad con tantos recursos materiales, tantos avances médicos y tantas comodidades.

Y, sin embargo, pocas generaciones parecen soportar tan mal la frustración.

Acostumbrados a obtener respuestas inmediatas, hemos terminado creyendo que también la vida debe obedecer a nuestros deseos con la misma rapidez con la que un teléfono responde al pulsar una pantalla.

Pero la existencia no funciona así.

Nunca ha funcionado así.

Una extraña contradicción

Existe, además, una contradicción apenas advertida.

Vivimos en la época que más ensalza la libertad individual.

Cada persona debe ser libre para elegir su modo de vida, sus creencias, sus costumbres y sus proyectos.

Sin embargo, esa misma sociedad parece imponer una obligación casi universal:

hay que ser feliz.

No se trata de una recomendación.

Se ha convertido en un deber.

Hay que sonreír.

Hay que mostrarse optimista.

Hay que proyectar una imagen de éxito.

Las redes sociales constituyen el mejor escaparate de este fenómeno.

Millones de fotografías muestran viajes, celebraciones, cuerpos perfectos, comidas exquisitas y sonrisas impecables.

Parece que nadie envejece.

Nadie enferma.

Nadie fracasa.

Nadie discute.

Nadie llora.

Como si la existencia consistiera en una sucesión interminable de vacaciones cuidadosamente fotografiadas.

La consecuencia resulta inevitable.

Quien compara su vida cotidiana con ese escaparate artificial acaba sintiéndose desgraciado.

No porque realmente lo sea.

Sino porque compara la realidad con una ficción.

La felicidad no admite decretos

Quizá el mayor error de nuestra época consista en creer que la felicidad puede imponerse mediante consignas.

«Piensa en positivo.»

«Sonríe.»

«Todo depende de tu actitud.»

«Si quieres, puedes.»

Algunas de estas frases contienen una parte de verdad.

Una actitud serena ayuda a superar muchas dificultades.

El pesimismo permanente tampoco constituye una virtud.

Pero otra cosa muy distinta es convertir esos consejos en leyes universales.

Hay enfermedades que no desaparecen sonriendo.

Hay pérdidas que ningún optimismo puede borrar.

Hay tragedias que no admiten frases motivacionales.

La sabiduría comienza cuando dejamos de exigir a la vida aquello que nunca prometió.

Y precisamente ahí, donde termina la industria de la felicidad, comienza la filosofía.

Porque los grandes maestros de la Antigüedad jamás prometieron eliminar el sufrimiento.

Prometieron algo mucho más valioso.

Enseñar al ser humano a no convertirse en esclavo de él.

Capítulo II

Marco Aurelio entra en escena

La revolución silenciosa del estoicismo

Cuando una idea ha sobrevivido más de dos mil años, quizá merezca la pena escucharla antes de descartarla.

Eso ocurre con el estoicismo.

Hoy vuelve a estar de moda. Se publican libros, se organizan cursos y proliferan conferencias sobre Marco Aurelio o Epicteto. Como sucede siempre que una doctrina alcanza popularidad, no faltan quienes la simplifican hasta convertirla en un catálogo de frases para compartir en las redes sociales.

Pero el estoicismo no nació para adornar calendarios ni para ilustrar tazas de desayuno.

Nació para responder a una pregunta mucho más seria:

¿Cómo debe vivir un hombre cuando el mundo no se comporta como él desea?

La pregunta sigue siendo la misma.

Han cambiado las ciudades, los imperios, las tecnologías y los medios de transporte.

No ha cambiado la naturaleza humana.

Seguimos enfermando.

Seguimos perdiendo a quienes amamos.

Seguimos equivocándonos.

Seguimos sintiendo miedo ante el futuro.

Seguimos preguntándonos por qué suceden cosas que consideramos injustas.

Los estoicos comprendieron que ninguna filosofía merece ese nombre si no sirve para afrontar esas cuestiones.

Por eso su pensamiento no era una teoría.

Era un modo de vivir.

El hombre que fue esclavo

Resulta difícil imaginar un contraste mayor.

Epicteto nació esclavo.

Marco Aurelio nació emperador.

Uno conoció desde niño la humillación.

El otro gobernó el mayor imperio de su tiempo.

Y, sin embargo, ambos llegaron prácticamente a la misma conclusión.

La libertad más importante no depende de las circunstancias exteriores.

Depende del gobierno de uno mismo.

Epicteto había aprendido esa lección en la escuela más dura imaginable.

Su amo podía encadenar su cuerpo.

No podía gobernar su conciencia.

De ahí nació la idea que resume todo el estoicismo.

Hay cosas que dependen de nosotros.

Y hay cosas que no.

Confundir unas con otras constituye el origen de buena parte de nuestros sufrimientos.

No depende de nosotros que llueva.

No depende de nosotros envejecer.

No depende de nosotros impedir la muerte.

No depende de nosotros controlar la conducta de los demás.

Pero sí depende de nosotros decidir cómo responder ante todo ello.

No es resignación.

Es realismo.

El emperador que escribía para sí mismo

Marco Aurelio nunca escribió un libro destinado a convertirse en un éxito editorial.

Sus Meditaciones eran notas privadas.

No pretendían impresionar a nadie.

Se hablaba a sí mismo.

Se recordaba, una y otra vez, aquello que sabía y que, como cualquier ser humano, corría el riesgo de olvidar.

Que la gloria pasa.

Que el poder pasa.

Que la riqueza pasa.

Que la juventud pasa.

Que la vida pasa.

Todo es transitorio.

Precisamente por eso carece de sentido aferrarse desesperadamente a lo que sabemos que terminará desapareciendo.

Leídas hoy, muchas de aquellas páginas parecen escritas para nuestro tiempo.

Mientras nosotros vivimos pendientes de las redes sociales, de la aprobación ajena o de la última polémica del día, Marco Aurelio se preguntaba algo mucho más importante:

«¿Estoy actuando conforme a la razón?»

No preguntaba:

«¿Les gusto?»

«¿Me aplauden?»

«¿Tengo éxito?»

«¿Soy popular?»

Sabía que la opinión de la multitud cambia con la rapidez del viento.

El carácter, en cambio, permanece.

La gran confusión

Existe una caricatura muy difundida del estoico.

Se le imagina como un hombre incapaz de sentir.

Frío.

Impasible.

De piedra.

Nada más lejos de la realidad.

Los estoicos no pretendían dejar de sentir.

Pretendían dejar de ser esclavos de sus emociones.

Es una diferencia enorme.

Marco Aurelio lloró la muerte de personas queridas.

Séneca sufrió destierros y persecuciones.

Epicteto soportó la esclavitud.

Ninguno negaba el dolor.

Lo que rechazaban era añadir al dolor inevitable otro sufrimiento nacido de la imaginación, del miedo anticipado o de la rebelión inútil contra lo que no podía cambiarse.

En esto la psicología contemporánea, cuando es rigurosa, termina acercándose sorprendentemente a los estoicos.

No sufrimos solo por lo que sucede.

Sufrimos también por lo que imaginamos que puede suceder.

Por lo que recordamos una y otra vez.

Por lo que nunca ocurrió.

Por conversaciones que jamás tendrán lugar.

Por desgracias que únicamente existen dentro de nuestra cabeza.

Gobernarse antes de gobernar

Vivimos en una época obsesionada con cambiar el mundo.

Todo el mundo tiene soluciones para los problemas de la humanidad.

Hay quien pretende reorganizar la economía.

Otros quieren rediseñar la educación.

No faltan quienes desean reinventar la familia, la justicia, la política o incluso la naturaleza humana.

Sin embargo, resulta llamativo el escaso interés que mostramos por una tarea mucho más modesta y mucho más difícil.

Gobernarnos a nosotros mismos.

Los estoicos empezaban por ahí.

No porque despreciaran la sociedad.

Sino porque comprendían una verdad elemental.

Quien no domina sus propias pasiones difícilmente podrá mejorar nada fuera de sí.

No se trata de encerrarse en una torre de marfil.

Se trata de reconocer que el primer campo de batalla está siempre dentro de cada uno.

La brújula

Quizá la mejor imagen para comprender el estoicismo sea la de un navegante.

El mar nunca permanece en calma.

Habrá tempestades.

Habrá corrientes adversas.

Habrá niebla.

Habrá averías.

El buen capitán no pierde el tiempo maldiciendo el viento.

Tampoco exige que el océano cambie para adaptarse a sus deseos.

Hace algo mucho más inteligente.

Consulta la brújula.

Corrige el rumbo.

Ajusta las velas.

Y continúa navegando.

Eso es exactamente lo que proponían Marco Aurelio, Epicteto y Séneca.

La serenidad no nace de controlar el viento.

Nace de saber gobernar el timón.

Y quizá por eso su filosofía sigue hablándonos veintitrés siglos después.

Porque los barcos han cambiado.

Los océanos no.

Y el corazón humano, todavía menos.

Capítulo III

Carpe diem

El tópico peor entendido de nuestra civilización

Pocas expresiones latinas han corrido peor suerte que carpe diem.

Se imprime en camisetas, tazas de café y carteles decorativos. Aparece en anuncios publicitarios, películas y canciones. Se utiliza para justificar casi cualquier conducta, desde un viaje improvisado hasta un gasto caprichoso o una noche de desenfreno.

Para muchos significa algo parecido a:

«Vive el momento.»

«Haz lo que te apetezca.»

«Disfruta antes de que sea demasiado tarde.»

Sin embargo, eso no fue exactamente lo que quiso decir Horacio.

Ni mucho menos.

Cuando escribió carpe diem, quam minimum credula postero —«aprovecha el día, confiando lo menos posible en el mañana»— no estaba invitando a una carrera desenfrenada tras el placer.

Estaba recordando una verdad tan sencilla como incómoda.

El tiempo es limitado.

La vida no admite ensayos.

Cada jornada que dejamos escapar desaparece para siempre.

No volverá.

Pero esa conciencia de la fugacidad no conducía a la frivolidad.

Conducía precisamente a lo contrario.

A vivir con mayor responsabilidad.

El presente es el único tiempo real

Vivimos prisioneros de dos fantasmas.

Uno se llama pasado.

El otro se llama futuro.

Hay personas que pasan la vida lamentándose por decisiones tomadas hace veinte años.

Otras viven angustiadas por acontecimientos que quizá nunca llegarán.

Mientras tanto, el presente transcurre silenciosamente.

Es el único tiempo sobre el que realmente podemos actuar.

No podemos modificar el pasado.

Solo podemos aprender de él.

No podemos vivir en el futuro.

Solo podemos prepararlo.

La única realidad sobre la que tenemos alguna capacidad de decisión es el instante presente.

Eso era el carpe diem.

No una invitación al desenfreno.

Sino una llamada a la atención.

A la presencia.

A la responsabilidad.

Una brújula antes que un calendario

Existe una diferencia enorme entre vivir el presente y vivir sin rumbo.

Quien navega sin destino también vive el presente.

Pero terminará donde lo lleven las corrientes.

Los antiguos nunca separaban el presente del propósito.

El navegante consulta continuamente la brújula.

No porque desprecie el instante presente.

Precisamente porque desea aprovecharlo.

Cada pequeño cambio de rumbo importa.

Cada maniobra cuenta.

Cada decisión modifica el viaje.

La felicidad se parece mucho más a esa navegación consciente que a una sucesión de emociones agradables.

No consiste en disfrutar de cada ola.

Consiste en no perder nunca el norte.

El hombre contemporáneo vive distraído

Si Horacio pudiera pasear hoy por cualquiera de nuestras ciudades, probablemente quedaría asombrado.

Vería miles de personas caminando con la cabeza inclinada sobre una pantalla.

Conversaciones interrumpidas por notificaciones.

Comidas fotografiadas antes de ser degustadas.

Paisajes contemplados a través de la cámara de un teléfono.

Viajeros más preocupados por publicar que por mirar.

Paradójicamente, nunca habíamos hablado tanto de vivir el momento.

Y quizá nunca habíamos estado tan ausentes del presente.

Confundimos actividad con vida.

Movimiento con dirección.

Velocidad con progreso.

No siempre quien corre llega antes.

A veces simplemente se aleja más deprisa.

Aprender a detenerse

Los antiguos conocían una palabra que apenas utilizamos.

Contemplación.

No significaba pasividad.

Mucho menos pereza.

Significaba detenerse para comprender.

Pensar.

Observar.

Escuchar.

Hoy parece que detenerse constituye una pérdida de tiempo.

Todo debe producir.

Todo debe ser rentable.

Todo debe servir para algo.

Sin embargo, las decisiones verdaderamente importantes rara vez nacen de la prisa.

Nacen del silencio.

De la reflexión.

Del diálogo con uno mismo.

Quizá por eso Blaise Pascal escribió que buena parte de las desgracias humanas proceden de la incapacidad para permanecer tranquilamente en una habitación.

Han pasado casi cuatro siglos.

Las habitaciones han cambiado.

Nosotros, bastante menos.

Vivir con sentido

Aquí reaparece la gran enseñanza del estoicismo.

Y también la de Aristóteles.

Y, siglos después, la de Viktor Frankl.

La felicidad nunca puede convertirse en el objetivo inmediato de la vida.

Quien la persigue directamente suele terminar frustrado.

Es como intentar atrapar la propia sombra.

Cuanto más corremos tras ella, más se aleja.

En cambio, cuando orientamos la existencia hacia un fin digno, la felicidad aparece casi sin ser llamada.

Como una compañera discreta.

No ocupa el puesto del capitán.

Viaja como pasajera.

Por eso resulta tan equivocada la idea contemporánea según la cual debemos preguntarnos continuamente:

«¿Soy feliz?»

Los antiguos formulaban preguntas mucho más útiles.

¿Estoy viviendo conforme a mis principios?

¿He cumplido con mi deber?

¿He aprendido algo hoy?

¿He actuado con justicia?

¿He sido dueño de mí mismo?

Las respuestas a esas preguntas terminan construyendo una vida.

Las otras solo describen un estado de ánimo.

Y los estados de ánimo cambian.

La conciencia, cuando está bien formada, permanece.

La felicidad como consecuencia

Quizá podamos resumir todo este capítulo en una sola idea.

La felicidad no consiste en experimentar una emoción intensa.

Ni siquiera en experimentar muchas emociones agradables.

Consiste en vivir de tal manera que, al volver la vista atrás, podamos reconocer una existencia coherente.

No perfecta.

Nadie lo es.

No exenta de sufrimientos.

Eso sería imposible.

Simplemente coherente.

Bien orientada.

Como una travesía cuyo rumbo nunca dependió del capricho del viento, sino de una brújula fiable.

Y esa brújula no se compra.

No la fabrica ningún gurú.

No aparece en una aplicación informática.

Se forja lentamente mediante la educación, el estudio, la experiencia, la reflexión y el cultivo del carácter.

Porque el mayor descubrimiento de los antiguos fue comprender que el hombre no necesita una vida cómoda para ser feliz.

Necesita una vida con sentido.

Capítulo IV

Ayn Rand y el principio de realidad

La razón como brújula de la libertad

«Puedes ignorar la realidad, pero no puedes ignorar las consecuencias de ignorar la realidad.»

Pocas frases resumen con tanta claridad el pensamiento de Ayn Rand.

Y pocas describen mejor una de las enfermedades intelectuales de nuestro tiempo.

Vivimos en una época en la que con demasiada frecuencia se confunden los deseos con los hechos, las emociones con la verdad y las buenas intenciones con la realidad. Parece bastar con proclamar un objetivo para que éste se convierta automáticamente en posible. Se habla de «crear realidades», de «construir relatos» o de «reiniciar el sistema» como si el mundo pudiera adaptarse indefinidamente a nuestras preferencias.

Pero la realidad posee una cualidad incómoda: existe con independencia de lo que pensemos sobre ella.

Podemos cerrar los ojos.

Podemos negarla.

Podemos disfrazarla con palabras más amables.

Podemos aprobar leyes que pretendan redefinirla.

Nada de ello modifica los hechos.

La gravedad sigue actuando aunque alguien niegue su existencia.

Dos y dos siguen sumando cuatro aunque se vote lo contrario.

Y una sociedad que durante demasiado tiempo vive de espaldas a la realidad termina pagando el precio de ese autoengaño.

La primacía de la razón

Ayn Rand edificó toda su filosofía sobre una convicción elemental: la razón constituye el principal instrumento del ser humano para conocer el mundo y orientar su conducta.

Puede parecer una afirmación obvia.

No lo es.

Cada vez resulta más frecuente escuchar que lo importante es «sentir», «vivir la experiencia», «seguir el corazón» o «dejarse llevar». Pensar parece haberse convertido en una actividad sospechosa, mientras las emociones adquieren un prestigio casi indiscutible.

Sin embargo, las emociones no son un método de conocimiento.

No descubren la verdad.

No sustituyen a la inteligencia.

Nos informan de nuestro estado interior, pero necesitan ser interpretadas por la razón.

Sentir miedo no demuestra que exista un peligro.

Sentirse ofendido no prueba que haya habido una ofensa.

Experimentar entusiasmo tampoco garantiza que una decisión sea acertada.

Las emociones forman parte de la vida humana.

Pero no pueden ocupar el lugar del juicio.

En esto, Ayn Rand coincide sorprendentemente con los estoicos.

Marco Aurelio recordaba constantemente la necesidad de examinar los hechos antes de emitir un juicio.

Rand insistía en la obligación de pensar por uno mismo.

Ambos desconfiaban de la precipitación, de la sugestión colectiva y de las pasiones convertidas en criterio de verdad.

Pensar exige esfuerzo

Existe otra enseñanza de Ayn Rand que conserva toda su actualidad.

Pensar cuesta trabajo.

Resulta mucho más sencillo repetir consignas.

Aceptar la opinión dominante.

Seguir la corriente.

Imitar al grupo.

El pensamiento independiente siempre exige un esfuerzo intelectual y también una cierta valentía moral.

Porque quien piensa por sí mismo acaba llegando, en ocasiones, a conclusiones incómodas.

Y las sociedades, igual que los individuos, no siempre reciben con agrado a quienes cuestionan las ideas establecidas.

No sucede únicamente en la política.

También ocurre en la ciencia, en la educación, en la economía, en la cultura y en la vida cotidiana.

La comodidad intelectual constituye una tentación permanente.

Libertad y responsabilidad

Quizá el concepto más discutido de Ayn Rand sea el llamado «egoísmo racional».

La palabra provoca rechazo casi instintivo.

Sin embargo, Rand no defendía el egoísmo vulgar del individuo que se aprovecha de los demás.

Su propuesta era mucho más exigente.

Cada persona debe asumir la responsabilidad de su propia existencia.

Debe pensar con su propia cabeza.

Trabajar.

Crear.

Producir.

Responder de sus decisiones.

Aceptar las consecuencias de sus errores.

No vivir permanentemente esperando que otros resuelvan los problemas que le corresponden.

Naturalmente, esto no significa negar la solidaridad, la amistad o el afecto.

Al contrario.

La verdadera cooperación solo resulta posible entre personas libres y responsables.

No entre individuos acostumbrados a delegar constantemente su vida en terceros.

El carácter frente al victimismo

Una de las consecuencias más preocupantes de nuestra cultura consiste en la tendencia a interpretar cualquier dificultad exclusivamente desde la condición de víctima.

Sin duda existen injusticias.

Existen abusos.

Existen desigualdades.

Negarlo sería absurdo.

Pero también resulta peligroso convertir la identidad de víctima en una forma permanente de entender la existencia.

Quien se percibe únicamente como víctima termina convencido de que su destino depende siempre de otros.

Pierde la iniciativa.

Pierde la responsabilidad.

Pierde, poco a poco, la libertad interior.

Ayn Rand reaccionó con energía frente a esa actitud.

No porque ignorara las dificultades de la vida —había conocido el totalitarismo soviético y la confiscación de los bienes de su familia—, sino porque estaba convencida de que el ser humano conserva siempre una capacidad esencial: elegir cómo actuar frente a las circunstancias.

En este punto vuelve a encontrarse con Epicteto.

Ambos recuerdan que las circunstancias influyen, pero no determinan completamente la conducta.

Siempre permanece un espacio para la decisión personal.

El culto al sentimiento

Quizá uno de los rasgos más llamativos de nuestra época sea la creciente sustitución del razonamiento por la emoción.

Los debates públicos se deciden con frecuencia por el impacto sentimental de una imagen o de un eslogan.

La indignación sustituye al argumento.

La consigna desplaza a la reflexión.

Las redes sociales premian la reacción inmediata, no el pensamiento pausado.

En semejante contexto, defender la razón parece casi un acto de rebeldía.

Sin embargo, ninguna sociedad puede sostenerse mucho tiempo si deja de distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre lo posible y lo imposible, entre los deseos y los hechos.

La realidad termina imponiéndose siempre.

No porque sea cruel.

Sino porque simplemente es.

La realidad como punto de partida

Quizá el mayor mérito de Ayn Rand consista en recordarnos algo que las civilizaciones sólidas nunca olvidaron.

Toda construcción humana comienza aceptando la realidad tal como es.

Solo entonces puede intentarse mejorar.

Ningún arquitecto empieza una casa negando las leyes de la física.

Ningún médico cura a un paciente ignorando el diagnóstico.

Ningún navegante modifica el rumbo sin consultar antes la brújula.

Del mismo modo, ninguna persona puede construir una vida razonablemente feliz si convierte sus deseos en sustitutos de la realidad.

Los estoicos enseñaban a aceptar el mundo antes de intentar transformarlo.

Ayn Rand enseñaba a comprenderlo mediante la razón antes de actuar sobre él.

Ambos recorrían caminos diferentes.

Pero coincidían en una convicción fundamental.

La libertad comienza cuando dejamos de engañarnos a nosotros mismos.

Y quizá esa siga siendo una de las lecciones más necesarias de nuestro tiempo.

Porque solo quien acepta la realidad está en condiciones de mejorarla.

Quien la niega, tarde o temprano, acaba siendo derrotado por ella.

Capítulo V

Viktor Frankl

Encontrar un sentido cuando todo parece perdido

Hay pensadores que escriben desde el sosiego de una biblioteca. Otros elaboran sus ideas después de haber conocido el miedo, la humillación, el hambre y la cercanía diaria de la muerte.

Viktor Frankl pertenece a estos últimos.

Fue neurólogo y psiquiatra vienés. Durante la persecución nazi pasó por Theresienstadt y Auschwitz, y más tarde por Kaufering y Türkheim, campos dependientes de Dachau. Perdió a sus padres, a su hermano y a su esposa, Tilly. Cuando regresó a Viena, supo que casi todos aquellos a quienes amaba habían muerto.

No escribió, por tanto, acerca del sufrimiento como quien estudia un asunto ajeno. Lo conoció de cerca.

Le arrebataron la libertad, sus pertenencias, su trabajo, sus manuscritos y buena parte de su familia. Sin embargo, llegó a la conclusión de que incluso en aquellas circunstancias quedaba una última libertad: elegir, hasta donde fuera humanamente posible, la actitud con la que se afrontaba lo sucedido.

Frankl no afirmaba que el preso pudiera dominar el hambre, la enfermedad, la violencia o la muerte. Habría sido una crueldad sostenerlo. Afirmaba algo más modesto y, a la vez, más hondo: que el verdugo podía someter el cuerpo, pero no siempre conseguía adueñarse por completo de la conciencia.

La voluntad de sentido

Frankl sostuvo que la necesidad más profunda del ser humano no consiste únicamente en obtener placer, poder, comodidad o reconocimiento.

El hombre necesita, ante todo, encontrar un sentido.

No basta con vivir.

Necesitamos saber para qué vivimos.

Una existencia exteriormente cómoda puede convertirse en una carga insoportable cuando carece de propósito. Por el contrario, una vida difícil puede conservar su dignidad cuando quien la vive sabe qué deber, qué amor o qué tarea justifican su esfuerzo.

Frankl llamó a esta necesidad voluntad de sentido.

No pretendía negar la importancia del placer ni de la afirmación personal. Su crítica consistía en señalar que ninguno de ellos basta para explicar por completo la conducta humana. El hombre puede renunciar al placer, aceptar privaciones y soportar sacrificios enormes cuando descubre una razón que considera digna de todo ello.

Un padre trabaja durante años para sacar adelante a sus hijos.

Una mujer cuida a un familiar enfermo.

Un investigador entrega buena parte de su vida a una obra cuyos resultados quizá no llegue a ver.

Un soldado arriesga su existencia por quienes combaten a su lado.

En ninguno de esos casos el dolor desaparece. Lo que cambia es su significado.

La pregunta que la vida nos hace

Estamos acostumbrados a preguntar:

¿Qué puedo esperar de la vida?

Frankl invierte la pregunta:

¿Qué espera la vida de mí?

Ese cambio altera por completo la perspectiva.

Mientras solo nos preguntamos qué puede ofrecernos la vida, corremos el riesgo de convertirnos en clientes insatisfechos de la existencia. Esperamos bienestar, seguridad, reconocimiento, placer y recompensa. Cuando no los recibimos, consideramos que la vida nos ha defraudado.

Pero la existencia no es un establecimiento comercial.

No entrega siempre aquello que pedimos.

En ocasiones exige una respuesta.

Nos coloca ante una responsabilidad, una pérdida, una enfermedad, una injusticia o una decisión difícil. Y entonces no basta con preguntar qué sentimos. Hay que preguntarse qué debemos hacer.

La respuesta no puede ser idéntica para todos. Cada persona se encuentra ante circunstancias distintas. El sentido no es una consigna general ni una receta comprada en una librería. Debe descubrirse en la situación concreta, en la responsabilidad concreta y en la vida concreta de cada cual.

El vacío existencial

Frankl advirtió también una paradoja que se ha vuelto todavía más visible en nuestro tiempo.

Podemos vivir rodeados de comodidades y, sin embargo, experimentar un profundo vacío.

Tenemos medios que generaciones anteriores no habrían podido imaginar. Podemos viajar, comunicarnos, entretenernos y acceder en segundos a cantidades inmensas de información. Pero ninguna pantalla responde por sí sola a la pregunta decisiva:

¿Para qué merece la pena levantarse mañana?

Cuando faltan respuestas, aparece lo que Frankl llamó vacío existencial.

No se trata necesariamente de una enfermedad. Es la experiencia de quien tiene medios para vivir, pero no encuentra motivos para hacerlo con entusiasmo; de quien posee muchas opciones, pero carece de criterio para elegir entre ellas; de quien está permanentemente ocupado y, sin embargo, no sabe hacia dónde se dirige.

Puede llenarse la agenda sin llenar la vida.

Puede multiplicarse la diversión sin encontrar alegría.

Puede evitarse el silencio y seguir sin hallar una voz interior que oriente el camino.

El sufrimiento no es un mérito

Conviene evitar aquí un grave malentendido.

Frankl no convirtió el sufrimiento en una virtud por sí mismo.

No sostuvo que debamos buscarlo.

No afirmó que toda desgracia ennoblezca ni que todo dolor haga mejores a las personas.

El sufrimiento evitable debe ser evitado. La enfermedad debe tratarse. La injusticia debe combatirse. El hambre debe remediarse. Aceptar pasivamente un mal que puede corregirse no es fortaleza, sino abandono.

La cuestión surge cuando el sufrimiento ya no puede eliminarse.

Entonces todavía cabe una decisión: dejar que destruya todo significado o intentar encontrar una manera digna de atravesarlo.

El dolor no se vuelve bueno.

Pero puede dejar de ser enteramente inútil.

Una pérdida puede despertar una responsabilidad.

Una enfermedad puede modificar las prioridades.

Un fracaso puede obligar a revisar el rumbo.

Nada de ello compensa automáticamente el mal padecido. Sin embargo, muestra que incluso una situación dolorosa puede recibir una respuesta humana que no se limite a la desesperación.

El amor, la obra y la actitud

Frankl señaló tres caminos principales para encontrar sentido.

El primero es crear o realizar una obra: trabajar, construir, enseñar, escribir, cuidar, descubrir, cultivar algo que no existía antes de nuestra intervención.

El segundo es amar: reconocer el valor irrepetible de otra persona y salir del estrecho círculo del propio interés.

El tercero aparece cuando ni el trabajo ni las circunstancias pueden modificarse: adoptar una actitud digna ante el sufrimiento inevitable.

No todos los días permiten una gran empresa.

No todas las personas están llamadas a realizar una hazaña extraordinaria.

El sentido puede encontrarse también en una tarea humilde, en una fidelidad mantenida, en una conversación necesaria o en el cuidado silencioso de alguien que nos necesita.

Una vida con sentido no tiene por qué ser espectacular.

Debe ser verdadera.

La felicidad como resultado

Frankl desconfiaba de la búsqueda directa de la felicidad.

Cuando la convertimos en una obsesión, comenzamos a vigilarnos continuamente:

¿Soy feliz?

¿Lo soy bastante?

¿Soy más feliz que los demás?

¿Debería sentirme mejor?

Esta vigilancia termina produciendo justamente lo contrario de lo que busca. La felicidad se vuelve una obligación, y cualquier tristeza parece una prueba de fracaso.

Para Frankl, la felicidad no se caza ni se fabrica por decreto. Sobreviene como resultado de otra cosa: la entrega a una tarea, el amor hacia una persona, la fidelidad a una responsabilidad o la realización de un sentido.

No llega porque la exijamos.

Llega, a veces, cuando dejamos de pensar constantemente en ella.

Se parece a la sombra: acompaña a quien camina hacia otro destino, pero se escapa de quien se vuelve para perseguirla.

Frankl y los estoicos

El parentesco con el estoicismo es evidente, aunque no debamos confundir ambas doctrinas.

Epicteto distingue entre aquello que depende de nosotros y aquello que no.

Marco Aurelio insiste en cumplir el deber propio.

Séneca enseña a no añadir tormentos imaginarios al dolor verdadero.

Frankl introduce una pregunta complementaria:

¿Qué sentido puedo realizar en esta situación concreta?

El estoico busca gobernar el juicio.

Frankl procura orientar la vida hacia una responsabilidad.

Ambos se oponen a la idea de que la libertad consista en hacer desaparecer todos los obstáculos. La libertad comienza en el modo en que respondemos a una realidad que no siempre hemos elegido.

También existe un punto de contacto con Ayn Rand. Rand recuerda que la realidad no cambia porque decidamos ignorarla. Frankl añade que, aun cuando la realidad sea terrible y no pueda modificarse, todavía debemos decidir qué hacemos con ella.

La razón nos ayuda a ver el camino.

El sentido nos da un motivo para recorrerlo.

Una buena brújula y un motivo para navegar

A lo largo de este ensayo hemos comparado la vida con una travesía.

La brújula representa los principios.

El mapa, la razón.

El rumbo, el propósito.

Frankl añade algo imprescindible: una razón para no abandonar el barco cuando llega la tormenta.

No basta con saber dónde estamos.

Tampoco basta con conocer la dirección correcta.

Hace falta comprender por qué merece la pena continuar.

Ese motivo puede ser una persona, una vocación, una promesa, una obra inacabada o un deber que nadie puede cumplir en nuestro lugar.

Quien encuentra ese motivo no se vuelve invulnerable.

Sigue sintiendo miedo.

Sigue sufriendo.

Sigue cansándose.

Pero ya no está completamente a la deriva.

La felicidad llega por añadidura

La enseñanza final de Frankl es sencilla y severa.

No hemos venido al mundo con la garantía de sentirnos bien en todo momento.

Tampoco con el derecho a una vida sin pérdidas, decepciones o sufrimientos.

Pero sí podemos intentar vivir de manera que nuestra existencia responda a algo más grande que el capricho del instante.

La felicidad no es euforia.

No es comodidad permanente.

No es ausencia de dolor.

Es, muchas veces, esa sobria alegría de quien sabe que su jornada, incluso una jornada difícil, no ha sido inútil.

Una vida bien orientada no elimina las tormentas.

Nos permite atravesarlas sin olvidar quiénes somos, qué debemos hacer y por qué merece la pena seguir navegando.

Capítulo VI

La conversación de los siglos

Aristóteles, Horacio, Gracián, Cervantes, Ortega… y una misma pregunta

Una de las ilusiones favoritas de cada generación consiste en creer que vive problemas completamente nuevos.

Nos gusta pensar que la ansiedad, la incertidumbre, el miedo al futuro o la búsqueda de la felicidad pertenecen exclusivamente a nuestro tiempo.

No es verdad.

Los nombres cambian.

Las tecnologías cambian.

Cambian los gobiernos, las modas y las herramientas.

Pero el ser humano continúa preguntándose exactamente lo mismo que se preguntaba hace veinticinco siglos.

¿Cómo debo vivir?

¿Qué merece realmente la pena?

¿Cómo afrontar el sufrimiento?

¿En qué consiste una vida buena?

Por eso resulta tan fascinante comprobar que filósofos, escritores y pensadores separados por siglos e incluso por culturas distintas terminan encontrándose en un mismo punto.

No porque repitan las mismas palabras.

Sino porque llegan a intuiciones semejantes.

Aristóteles y la vida lograda

Aristóteles jamás identificó la felicidad con una emoción.

La palabra griega eudaimonía, que solemos traducir por felicidad, significa algo mucho más rico.

Una vida lograda.

Una existencia plena.

Un florecimiento humano.

No se alcanza mediante golpes de suerte ni acumulando placeres.

Es el resultado de vivir conforme a la virtud.

Una golondrina no hace verano.

Un día feliz tampoco convierte una existencia en feliz.

Lo decisivo no es un instante.

Es el conjunto de la vida.

¡Qué lejos queda esta idea de nuestra obsesión por el bienestar inmediato!

Hoy preguntamos:

—¿Cómo me siento?

Aristóteles preguntaría:

—¿En qué clase de persona me estoy convirtiendo?

La diferencia es enorme.

Horacio y el presente

También Horacio ha sido víctima de una simplificación injusta.

Pocas expresiones han sufrido tantas interpretaciones superficiales como el carpe diem.

No invitaba al desenfreno.

Invitaba a la lucidez.

Sabía que la vida es breve.

Precisamente por eso pedía aprovechar cada jornada.

No desperdiciarla.

No aplazar indefinidamente lo importante.

No vivir esperando un futuro que quizá nunca llegue.

Pero Horacio nunca separó el presente de la prudencia.

Disfrutar del día no significa hipotecar el mañana.

Significa vivir conscientemente el único tiempo que realmente poseemos.

Baltasar Gracián y el arte de vivir

Si hubiera que recomendar un solo libro para aprender prudencia, probablemente seguiría siendo el Oráculo manual y arte de prudencia de Baltasar Gracián.

Han pasado casi cuatro siglos.

Parece escrito ayer.

Gracián desconfiaba de los impulsos.

De las apariencias.

De la precipitación.

Sabía que la inteligencia no consiste únicamente en acumular conocimientos.

Consiste en saber utilizarlos oportunamente.

Quizá ninguna frase resuma mejor su pensamiento que ésta:

«Lo bueno, si breve, dos veces bueno.»

Pero detrás de esa máxima existe una filosofía completa.

Moderación.

Discernimiento.

Mesura.

Dominio de uno mismo.

Exactamente las virtudes que nuestra época parece considerar anticuadas.

Cervantes y la dignidad

Don Quijote suele presentarse como un loco entrañable.

Sin embargo, Cervantes escribió algo mucho más profundo.

Su caballero sabe que el mundo raramente coincide con sus ideales.

Y, aun así, decide vivir conforme a ellos.

Pierde batallas.

Recibe golpes.

Es objeto de burlas.

Nunca pierde la dignidad.

En una sociedad obsesionada con el éxito, Don Quijote recuerda que la derrota nunca constituye una deshonra cuando se combate por una causa justa.

No siempre vencemos.

Siempre podemos conservar el honor.

Ortega y la circunstancia

Muchos conocen la frase.

Pocos reparan en toda su profundidad.

«Yo soy yo y mi circunstancia.»

No significa que seamos esclavos del ambiente.

Significa exactamente lo contrario.

No elegimos las cartas que recibimos.

Sí elegimos cómo jugarlas.

Ortega une así dos dimensiones inseparables.

La realidad.

Y la libertad.

Sin realidad no existe pensamiento.

Sin libertad no existe responsabilidad.

Pensar exige lentitud

Todos estos autores comparten otra enseñanza que hoy parece casi revolucionaria.

Pensar requiere tiempo.

No existen opiniones maduras elaboradas en diez segundos.

Ni sabiduría instantánea.

La prisa sirve para huir de un incendio.

No para comprender la vida.

Vivimos rodeados de titulares.

De frases cortas.

De vídeos de pocos segundos.

Todo invita a reaccionar.

Casi nada invita a reflexionar.

Sin embargo, las decisiones verdaderamente importantes necesitan silencio.

Necesitan lectura.

Necesitan conversación.

Y, sobre todo, necesitan ese diálogo interior que los antiguos llamaban meditación.

No la meditación convertida en técnica de relajación.

La meditación entendida como examen de la propia vida.

Una misma música

Llegados a este punto resulta difícil no advertir una melodía común.

Aristóteles habla de virtud.

Los estoicos hablan de dominio de uno mismo.

Horacio invita a vivir plenamente el presente.

Gracián enseña prudencia.

Cervantes defiende la dignidad.

Ortega reclama responsabilidad.

Ayn Rand insiste en la razón.

Frankl añade el sentido.

Todos utilizan palabras distintas.

Pero parecen describir la misma montaña contemplada desde laderas diferentes.

No dicen que la vida sea fácil.

No prometen felicidad permanente.

No ofrecen recetas milagrosas.

Proponen algo mucho más exigente.

Formar un carácter.

Lo que hemos olvidado

Quizá el mayor empobrecimiento de nuestra época no sea económico.

Ni tecnológico.

Ni político.

Es antropológico.

Hemos olvidado qué significa educar a un ser humano.

Sabemos formar especialistas.

Sabemos fabricar consumidores.

Sabemos producir excelentes técnicos.

Pero hemos dejado de preguntarnos cómo se forma una persona prudente.

Cómo se adquiere fortaleza.

Cómo se aprende justicia.

Cómo se cultiva la templanza.

En otras palabras.

Cómo se construye el carácter.

Y, sin carácter, ninguna sociedad puede conservar durante mucho tiempo la libertad.

Porque las leyes pueden impedir algunos delitos.

No pueden fabricar hombres virtuosos.

La tecnología multiplica nuestras capacidades.

No decide cómo debemos utilizarlas.

El bienestar hace la vida más cómoda.

No necesariamente mejor.

La herencia que merece la pena conservar

Vivimos convencidos de que todo lo nuevo es superior a lo antiguo.

Sin embargo, cuando se trata de comprender al ser humano, los siglos enseñan humildad.

Los clásicos no disponían de inteligencia artificial.

Ni de teléfonos móviles.

Ni de redes sociales.

Pero conocían admirablemente el corazón humano.

Sabían que la libertad comienza por el gobierno de uno mismo.

Que la razón vale más que el impulso.

Que el deber suele ser más fecundo que el capricho.

Que la felicidad nunca puede convertirse en un decreto.

Y que una vida buena necesita algo más que bienestar.

Necesita verdad.

Necesita virtud.

Necesita sentido.

Quizá no exista mejor legado que esa conversación iniciada hace más de dos mil años y que todavía continúa esperando nuevos interlocutores.

Capítulo VII

Educar el carácter

La gran tarea olvidada

Hace apenas unas décadas, la educación perseguía un objetivo que hoy casi ha desaparecido del lenguaje corriente.

Se hablaba de formar el carácter.

No bastaba con transmitir conocimientos.

No era suficiente enseñar a leer, escribir o resolver ecuaciones.

La educación aspiraba también a formar personas prudentes, responsables, veraces, trabajadoras y dueñas de sí mismas.

Hoy el vocabulario ha cambiado.

Se habla de competencias.

De habilidades.

De inteligencia emocional.

De innovación.

De metodologías.

Todo ello puede tener utilidad.

Pero apenas se menciona la palabra virtud.

Y cuando desaparecen las palabras, no tarda en desaparecer también la realidad que nombraban.

La civilización del instante

Nuestra época ha elevado la inmediatez a la categoría de ideal.

Todo debe obtenerse rápidamente.

La información.

La comida.

El entretenimiento.

Las relaciones personales.

Las compras.

Incluso la felicidad.

Nos cuesta esperar.

Nos cuesta perseverar.

Nos cuesta aceptar que las cosas importantes necesitan tiempo.

Sin embargo, casi todo lo valioso crece despacio.

Un árbol tarda décadas en alcanzar su plenitud.

Un buen vino necesita años.

Una catedral exigía generaciones enteras.

Una amistad profunda no nace en una tarde.

Y el carácter tampoco.

Se construye lentamente.

Mediante pequeñas decisiones repetidas durante toda una vida.

La disciplina: una palabra injustamente desprestigiada

Pocas palabras despiertan hoy tanta desconfianza como disciplina.

Se asocia al autoritarismo.

A la rigidez.

A la falta de libertad.

Pero los antiguos entendían algo muy distinto.

La disciplina no consiste en obedecer ciegamente.

Consiste en aprender a gobernarse cuando nadie nos obliga.

El músico practica escalas durante años.

El atleta entrena incluso cuando no tiene ganas.

El científico repite experimentos una y otra vez.

El escritor corrige páginas que nadie leerá jamás.

Ninguno de ellos considera la disciplina una enemiga.

Saben que constituye el precio inevitable de la excelencia.

¿Por qué habría de ser distinto en la formación del carácter?

La verdadera libertad no consiste en hacer siempre lo que apetece.

Consiste en poder hacer lo que debe hacerse incluso cuando no apetece.

La gratificación aplazada

Vivimos rodeados de estímulos que prometen satisfacción inmediata.

Todo invita al consumo.

Al impulso.

Al capricho.

Pocas cosas educan tanto el carácter como aprender a posponer una recompensa.

El niño que aprende a esperar.

El estudiante que renuncia a una distracción para terminar su trabajo.

El deportista que continúa entrenando cuando nadie le observa.

El profesional que prefiere hacer bien su tarea antes que terminarla deprisa.

Todos ellos ejercitan el mismo músculo moral.

El dominio de sí mismos.

Los estoicos conocían perfectamente esta verdad.

También Aristóteles.

Y Baltasar Gracián.

La libertad no consiste en obedecer cualquier deseo.

Consiste en decidir cuáles merecen ser obedecidos.

El ejemplo

Existe una vieja máxima que conserva toda su fuerza.

Las palabras enseñan. El ejemplo arrastra.

Podemos pronunciar magníficos discursos sobre la honestidad.

Resultarán inútiles si nuestra conducta los desmiente.

Los hijos observan mucho más de lo que escuchan.

Los alumnos recuerdan antes la actitud de un maestro que una lección concreta.

Los ciudadanos terminan pareciéndose más a los comportamientos que contemplan diariamente que a los discursos que oyen en campaña electoral.

Una sociedad no educa únicamente mediante sus escuelas.

Educa mediante sus ejemplos.

Cuando premia la mediocridad.

Cuando disculpa la mentira.

Cuando ridiculiza el esfuerzo.

Cuando convierte el éxito económico en la única medida del mérito.

Está formando un determinado tipo de ciudadanos.

Aunque nunca lo reconozca.

Recuperar las cuatro virtudes cardinales

Quizá resulte sorprendente comprobar hasta qué punto sigue vigente una enseñanza formulada hace más de dos mil años.

Los filósofos clásicos resumían la vida moral en cuatro virtudes fundamentales.

Prudencia.

Para distinguir lo verdadero de lo falso y elegir correctamente.

Justicia.

Para dar a cada uno lo que le corresponde y reconocer la dignidad de toda persona.

Fortaleza.

Para resistir las dificultades sin abandonar el deber.

Templanza.

Para gobernar los deseos en lugar de convertirse en esclavo de ellos.

No parecen ideas anticuadas.

Parecen extraordinariamente modernas.

Imaginemos durante un instante una sociedad cuyos dirigentes, periodistas, empresarios, profesores y ciudadanos intentaran vivir conforme a esos cuatro principios.

Probablemente muchas leyes resultarían innecesarias.

Porque el mejor policía siempre ha sido la conciencia.

Educar para la libertad

Con frecuencia se presenta la libertad como ausencia de límites.

Los clásicos pensaban exactamente lo contrario.

Solo es verdaderamente libre quien sabe gobernarse.

Quien depende de cada impulso.

De cada moda.

De cada emoción.

De cada aprobación ajena.

No es libre.

Simplemente cambia de amo.

La libertad exige carácter.

Y el carácter exige educación.

No únicamente instrucción.

No únicamente información.

Educación.

El regreso de la brújula

Tal vez el mayor desafío de nuestro tiempo no consista en desarrollar nuevas tecnologías.

Ni siquiera en resolver problemas económicos o políticos.

Todo eso es importante.

Pero ninguna sociedad permanece mucho tiempo en pie si pierde su brújula moral.

Podemos construir máquinas extraordinarias.

No fabrican virtudes.

Podemos multiplicar el bienestar material.

No garantizan una vida buena.

Podemos disponer de toda la información del mundo.

Eso no nos convierte automáticamente en sabios.

La sabiduría continúa naciendo donde siempre nació.

En el diálogo con la realidad.

En el dominio de uno mismo.

En el amor a la verdad.

En el cumplimiento del deber.

En la búsqueda del bien.

En definitiva.

En la formación del carácter.

Una tarea para toda la vida

Quizá el mayor error consista en pensar que el carácter queda definitivamente formado al llegar a la edad adulta.

Marco Aurelio seguía escribiendo cada noche recordatorios para corregirse.

Séneca examinaba diariamente su conducta.

Frankl continuó preguntándose por el sentido de la existencia hasta el final de sus días.

Ninguno creyó haber llegado a la meta.

Todos siguieron caminando.

Porque el carácter no se recibe como una herencia.

Se cultiva.

Día tras día.

Decisión tras decisión.

Caída tras caída.

Y quizá esa sea también la mejor definición de una vida bien vivida.

No la de quien nunca se equivoca.

Sino la de quien procura levantarse siempre un poco más sabio, un poco más libre y un poco más dueño de sí mismo que el día anterior.

Conclusión

La felicidad no se persigue; se merece

Existe una antigua leyenda según la cual un viajero preguntó a un anciano cuál era el camino hacia la felicidad.

El anciano guardó silencio durante unos instantes y respondió:

—Si buscas la felicidad como quien busca un lugar en el mapa, nunca la encontrarás. Empieza por encontrar el camino correcto. Ella caminará detrás de ti.

No sabemos si la historia ocurrió realmente.

Poco importa.

Resume admirablemente cuanto hemos intentado defender a lo largo de estas páginas.

Vivimos en una época que ha convertido la felicidad en una obsesión.

Nunca se había hablado tanto de bienestar.

Nunca se habían vendido tantos libros prometiendo alcanzarlo.

Nunca habían proliferado tantos expertos en enseñarnos a vivir.

Y, sin embargo, rara vez nos preguntamos qué significa realmente vivir bien.

La diferencia entre ambas preguntas es enorme.

Una busca una emoción.

La otra busca una manera de existir.

La primera cambia con las circunstancias.

La segunda permanece incluso cuando las circunstancias cambian.

Los antiguos comprendieron algo que nosotros parecemos haber olvidado.

La felicidad no puede imponerse.

No puede comprarse.

No puede fabricarse.

No puede decretarse.

No puede convertirse en una obligación.

Cuando lo intentamos, desaparece.

Aristóteles enseñó que una vida buena era el resultado de la virtud.

Los estoicos añadieron que la serenidad nace cuando dejamos de luchar contra aquello que no depende de nosotros y concentramos nuestros esfuerzos en gobernarnos a nosotros mismos.

Horacio recordó que solo poseemos verdaderamente el presente.

Baltasar Gracián defendió la prudencia como la forma más alta de inteligencia práctica.

Cervantes mostró que la dignidad puede sobrevivir incluso a la derrota.

Ortega y Gasset explicó que cada ser humano debe responder libremente dentro de sus circunstancias.

Ayn Rand insistió en que ninguna ilusión consigue alterar la realidad.

Viktor Frankl enseñó que incluso el sufrimiento más terrible puede soportarse cuando la vida conserva un sentido.

Todos recorrieron caminos distintos.

Todos emplearon palabras diferentes.

Sin embargo, todos parecen señalar la misma dirección.

La felicidad no constituye el punto de partida.

Es el punto de llegada.

O, mejor dicho, el paisaje que acompaña al viajero cuando ha elegido correctamente el camino.

Quizá el error de nuestra época consista precisamente en haber sustituido el carácter por la autoestima.

La prudencia por la espontaneidad.

La disciplina por la comodidad.

La verdad por el relato.

La responsabilidad por la reivindicación permanente de nuevos derechos.

El deber por el deseo.

Y la razón por el sentimiento.

Nada de ello ha hecho al hombre más libre.

A menudo lo ha vuelto más frágil.

Más dependiente de la aprobación ajena.

Más vulnerable a la frustración.

Más incapaz de soportar el fracaso.

Confundimos la comodidad con la felicidad.

Y olvidamos que existen personas inmensamente cómodas que viven profundamente desgraciadas.

La historia demuestra, por el contrario, que algunos de los hombres y mujeres más admirables atravesaron enfermedades, guerras, persecuciones, cárceles o destierros sin perder la paz interior.

No porque ignoraran el dolor.

Sino porque habían encontrado algo más importante que él.

Un propósito.

Un deber.

Una misión.

Una verdad.

Un ideal.

Vivimos rodeados de tecnología capaz de responder casi instantáneamente a cualquier pregunta.

Pero ninguna máquina responderá jamás a las cuestiones verdaderamente importantes.

¿Qué clase de persona quiero llegar a ser?

¿Qué merece realmente la pena?

¿Por quién estaría dispuesto a sacrificarme?

¿Qué legado deseo dejar cuando ya no esté aquí?

Esas respuestas siguen dependiendo exclusivamente de nosotros.

Y quizá siempre sea así.

Porque la técnica puede facilitar la vida.

La filosofía continúa enseñándonos cómo vivirla.

No necesitamos más gurús.

Ni más consignas optimistas.

Ni más recetas milagrosas.

Necesitamos recuperar una vieja palabra que casi ha desaparecido de nuestro vocabulario.

Sabiduría.

Sabiduría para distinguir entre lo importante y lo accesorio.

Para aceptar aquello que no podemos cambiar.

Para cambiar aquello que sí depende de nosotros.

Para reconocer nuestros errores.

Para aprender continuamente.

Para servir a los demás sin dejar de ser libres.

Para vivir conforme a la verdad, aunque resulte incómoda.

Tal vez esa sea la gran lección que atraviesa este ensayo.

La felicidad no consiste en sentirse bien.

Consiste en vivir bien.

No consiste en evitar todas las tormentas.

Consiste en aprender a navegar.

No consiste en alcanzar una costa donde nunca soplen los vientos.

Consiste en disponer de una buena brújula, un buen mapa y un rumbo claro.

La brújula son los principios.

El mapa es la razón.

El rumbo es el sentido de la vida.

Quien conserva esas tres cosas podrá equivocarse, rectificar, sufrir, perder e incluso caer muchas veces.

Pero difícilmente terminará perdido.

Porque conocerá siempre la dirección hacia la que merece la pena volver.

Y entonces comprenderá algo que los clásicos sabían desde hace más de dos mil años y que nosotros seguimos empeñados en olvidar.

La felicidad no es una emoción.

Es el fruto de una vida rectamente orientada.


Colofón

Quisiera terminar con unas palabras que podrían haber firmado, cada uno con su propio lenguaje, Aristóteles, Marco Aurelio, Epicteto, Séneca, Gracián, Cervantes, Ortega y Gasset, Ayn Rand o Viktor Frankl:

No preguntes cada mañana si eres feliz. Pregúntate si buscas la verdad, si has obrado con justicia, si has cumplido con tu deber, si has sido dueño de ti mismo y si has procurado hacer el bien. Si respondes afirmativamente a esas preguntas durante muchos años, un día descubrirás, casi sin darte cuenta, que la felicidad llevaba mucho tiempo caminando a tu lado.

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