Mundial 2026: Rajoy, la selección francesa y el tabú de la identidad occidental

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Una frase sobre fútbol, una tormenta política y una pregunta que Occidente parece incapaz de responder con serenidad.

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores con prisas

Una frase de Mariano Rajoy sobre la selección francesa bastó para desencadenar una tormenta política. Acusaciones de racismo, peticiones de rectificación, insinuaciones sobre posibles delitos de odio y un debate que, durante unos días, pareció eclipsar asuntos de mucha mayor trascendencia.

Pero este ensayo no pretende decidir si Rajoy tenía razón o se equivocó. La polémica constituye únicamente el punto de partida para plantear una cuestión mucho más profunda: ¿por qué resulta hoy tan difícil debatir con serenidad sobre identidad nacional, inmigración, integración o cambios demográficos sin que la discusión derive inmediatamente en descalificaciones morales?

La selección francesa está formada por ciudadanos franceses y representa legítimamente a Francia. Ese hecho jurídico es indiscutible. Al mismo tiempo, también resulta evidente que la sociedad francesa —como la de buena parte de Europa occidental— ha experimentado profundas transformaciones demográficas, culturales y religiosas durante las últimas décadas. Describir esa realidad no equivale, por sí mismo, a aprobarla ni a condenarla. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia, la simple constatación de determinados hechos parece interpretarse como una manifestación de racismo o xenofobia.

El artículo analiza cómo palabras de enorme gravedad —racismo, fascismo, xenofobia o delito de odio— corren el riesgo de perder su significado cuando se utilizan como etiquetas para desacreditar cualquier opinión incómoda. Esa inflación del lenguaje no fortalece la lucha contra el auténtico racismo; por el contrario, termina banalizando conceptos que deberían reservarse para conductas verdaderamente discriminatorias.

A partir de ahí se introduce el concepto de oikofobia, desarrollado por Roger Scruton y Benedict Beckeld, entendido como la tendencia de determinadas sociedades occidentales a contemplar su propia historia, su cultura y sus tradiciones con una severidad que rara vez aplican a otras civilizaciones. Se trata de una interpretación filosófica discutible, pero sugerente, que invita a reflexionar sobre un fenómeno observable: la creciente incomodidad con la que, en ocasiones, Occidente parece hablar de sí mismo.

El ensayo también señala una paradoja llamativa. Se considera perfectamente legítimo que numerosos pueblos defiendan su identidad, su lengua o su patrimonio cultural. Sin embargo, cuando ese mismo deseo de continuidad se expresa respecto a las naciones europeas o a la civilización occidental, no pocas veces despierta sospechas de nacionalismo, exclusión o xenofobia. Esa diferencia de criterio merece, cuando menos, una reflexión.

El fútbol aparece así como un espejo de transformaciones sociales mucho más profundas. Las selecciones nacionales reflejan la evolución de las sociedades que representan y, por ello, terminan convirtiéndose en escenarios simbólicos donde afloran debates que trascienden ampliamente el ámbito deportivo.

En definitiva, este artículo sostiene que una democracia madura debería ser capaz de discutir sobre identidad, inmigración, integración o cultura sin convertir cada discrepancia en una condena moral. Porque una sociedad que deja de distinguir entre describir un hecho, interpretarlo y discriminar a las personas corre el riesgo de empobrecer su vida pública y de renunciar a una de las mayores conquistas de la tradición occidental: la libertad de pensar, debatir y discrepar sin miedo a la excomunión ideológica.

Quizá, después de todo, el verdadero partido que ha puesto de manifiesto el Mundial de 2026 no se juega sobre el césped. Se juega en el terreno de las ideas, de la libertad de expresión y de la confianza —o de la creciente desconfianza— que las sociedades occidentales sienten hacia su propia identidad.

Si deseas profundizar y saber más, sigue leyendo.

Hay ocasiones en que una noticia aparentemente trivial termina revelando mucho más sobre una sociedad que un largo debate parlamentario o un voluminoso informe sociológico.

Eso ha ocurrido con la polémica suscitada por unas palabras de Mariano Rajoy acerca de la selección francesa.

El expresidente del Gobierno escribió que Francia tiene «un altísimo nivel; eso sí, sin franceses». Bastó esa frase, apenas una línea, para desencadenar un aluvión de acusaciones de racismo, xenofobia y hasta insinuaciones sobre un posible delito de odio. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, reclamó públicamente que Alberto Núñez Feijóo desautorizara a Rajoy y advirtió del peligro que, a su juicio, encerraban aquellas palabras.

La respuesta del expresidente fue tan escueta como característica:

«No me voy a poner al nivel de ciertos miembros del Gobierno español.»

Hasta aquí, una polémica política más. Una de tantas que nacen por la mañana, ocupan tertulias y redes sociales durante cuarenta y ocho horas y desaparecen cuando surge el siguiente motivo de escándalo.

Sin embargo, sería un error quedarse en la superficie.

Porque el verdadero interés de este episodio no reside en Mariano Rajoy. Ni siquiera en la selección francesa. Lo verdaderamente llamativo es la velocidad con la que una observación —acertada o desacertada, ingeniosa o desafortunada— dejó de interpretarse como una opinión para convertirse inmediatamente en una sospecha moral.

Hace apenas unas décadas, aquella frase habría dado lugar, probablemente, a un intercambio de argumentos, alguna réplica ingeniosa y no pocas bromas. Hoy, en cambio, determinadas cuestiones parecen haber abandonado el terreno del debate para instalarse en el de la censura moral. Ya no se discuten: se juzgan. Y quien las plantea corre el riesgo de ser etiquetado antes incluso de haber terminado la frase.

Quizá esa sea una de las características más llamativas de nuestro tiempo.

Vivimos rodeados de información, disfrutamos de una libertad de expresión mucho mayor que la conocida por generaciones anteriores y, sin embargo, cada vez existen más asuntos sobre los que resulta extraordinariamente difícil conversar con serenidad. La inmigración, la integración, la identidad nacional, el multiculturalismo, la religión o los cambios demográficos constituyen algunos de ellos.

No porque estén prohibidos por la ley.

Sino porque, con demasiada frecuencia, basta formular una pregunta incómoda para que el debate quede sustituido por una descalificación.

Francia: una nación política y una sociedad cambiante

Antes de continuar conviene despejar una confusión que suele aparecer en este tipo de controversias.

Los jugadores de la selección francesa son franceses.

Lo son jurídicamente y representan legítimamente a la República Francesa.

Desde la Revolución de 1789, Francia concibe la nación, ante todo, como una comunidad política de ciudadanos. El principio republicano sostiene que la pertenencia a la nación no depende de la raza, del origen familiar ni de la religión, sino de la ciudadanía y de la igualdad ante la ley.

Ese modelo ha permitido integrar durante generaciones a millones de personas procedentes de Europa, África, Asia y el Caribe.

Negarlo carecería de sentido.

Pero reconocer esa realidad tampoco obliga a ignorar otra igualmente evidente.

La sociedad francesa ha experimentado profundas transformaciones demográficas, culturales y religiosas durante el último medio siglo.

Han cambiado los barrios, las costumbres, el paisaje humano de muchas ciudades y, naturalmente, también la composición de sus selecciones deportivas.

Las selecciones nacionales no son únicamente equipos de fútbol.

Constituyen, en cierto modo, el retrato de la sociedad que representan.

Y precisamente por eso terminan convirtiéndose, muchas veces sin pretenderlo, en el escenario donde afloran debates que trascienden con mucho el ámbito deportivo.

Hasta aquí solo hablamos de hechos.

Las discrepancias comienzan cuando intentamos interpretarlos.

¿Describir una realidad equivale a discriminar?

He aquí la cuestión de fondo.

Durante siglos, la cultura occidental distinguió con bastante claridad entre describir un fenómeno, valorarlo moralmente y discriminar a las personas.

Hoy esa frontera parece haberse vuelto extraordinariamente difusa.

Afirmar que una parte importante de los internacionales franceses procede de familias originarias del Magreb, del África subsahariana o de los territorios franceses de ultramar constituye una constatación objetiva.

A partir de ese hecho pueden elaborarse interpretaciones muy diferentes.

Para unos representa el éxito del modelo republicano francés.

Para otros refleja una profunda transformación demográfica.

Algunos consideran compatibles ambas explicaciones.

Lo que resulta preocupante es que, cada vez con mayor frecuencia, la mera descripción de un fenómeno social sea presentada como una forma encubierta de racismo.

Cuando eso sucede, el debate deja de girar en torno a los hechos y pasa a centrarse en la supuesta moralidad de quien los menciona.

Y una sociedad que acaba juzgando a las personas antes que examinando sus argumentos corre el riesgo de perder una de las conquistas más valiosas de la civilización occidental: la posibilidad de discutir libremente sobre cuestiones complejas sin convertir cada discrepancia en un proceso de intenciones.

La inflación del racismo y la erosión del lenguaje

Las palabras son como las monedas.

Si un Estado imprime billetes sin límite, la moneda termina perdiendo valor.

Con el lenguaje sucede algo parecido.

Cuando determinados términos se emplean de forma indiscriminada, acaban perdiendo la precisión que les daba sentido.

Algo semejante parece estar ocurriendo con palabras como racismo, xenofobia, fascismo, ultraderecha o delito de odio.

Durante buena parte del siglo XX, llamar racista a alguien equivalía a acusarlo de sostener la superioridad de unas razas sobre otras o de justificar la discriminación por motivos étnicos.

Era una acusación extremadamente grave.

Hoy, sin embargo, basta a menudo con plantear dudas sobre la política migratoria, preguntar por los efectos de los cambios demográficos o reflexionar acerca de la identidad nacional para que esas etiquetas aparezcan con sorprendente rapidez.

Naturalmente, el racismo existe y merece una condena inequívoca.

También la xenofobia.

Y nadie sensato defenderá que una persona deba ser juzgada por el color de su piel, por el lugar donde nació o por el origen de sus padres.

Pero precisamente por eso conviene preservar el significado de esas palabras.

Porque cuando todo acaba siendo racismo, el auténtico racismo deja de distinguirse de la simple discrepancia política.

Y cuando toda crítica se convierte automáticamente en odio, el odio verdadero termina diluyéndose entre exageraciones retóricas.

La primera víctima de esa inflación semántica no es quien recibe la descalificación.

Es el propio lenguaje.

Y una democracia cuyo vocabulario pierde precisión acaba viendo cómo también se deteriora la calidad de sus debates.

La oikofobia: cuando una civilización empieza a desconfiar de sí misma

Existe un concepto relativamente reciente que ayuda a interpretar este fenómeno.

Se trata de la oikofobia, palabra formada a partir de los términos griegos oikos (casa, hogar) y phobos (aversión o rechazo).

Popularizada por el filósofo británico Roger Scruton y desarrollada posteriormente por autores como Benedict Beckeld, la oikofobia designa la tendencia de una sociedad a mirar con creciente desconfianza su propia historia, sus tradiciones y su legado cultural.

Conviene subrayarlo desde el principio.

No se trata de una teoría científica demostrada ni de una explicación aceptada unánimemente.

Es una interpretación filosófica que pretende describir un fenómeno observable y que, como tal, puede discutirse, matizarse o rechazarse.

Según Beckeld, la historia muestra un patrón recurrente.

Las civilizaciones más prósperas, más seguras de sí mismas y más exitosas suelen desarrollar, precisamente en el momento de su mayor esplendor, una actitud crítica que termina convirtiéndose en autodesprecio.

Ocurrió, sostiene, en la Atenas clásica.

También en la Roma imperial.

Y, con matices distintos, en algunos grandes imperios europeos.

No porque el espíritu crítico sea un defecto.

Todo lo contrario.

La capacidad de cuestionarse constituye una de las grandes virtudes de Occidente.

El problema aparece cuando la autocrítica deja de ser un instrumento para mejorar y se transforma en la convicción de que casi todo lo propio merece sospecha, mientras lo ajeno recibe una comprensión mucho más indulgente.

Es entonces cuando el patriotismo comienza a confundirse con el nacionalismo excluyente; el orgullo por la propia tradición pasa a interpretarse como un síntoma de intolerancia; y la simple defensa de determinadas costumbres culturales se convierte, para algunos, en una manifestación de xenofobia.

No hace falta compartir íntegramente el diagnóstico de Scruton o Beckeld para reconocer que la pregunta merece ser planteada.

¿Por qué en muchas sociedades occidentales resulta más sencillo elogiar cualquier cultura lejana que hablar positivamente de la propia sin despertar recelos?

¿Por qué determinadas expresiones de identidad nacional son celebradas cuando proceden de otros pueblos y contempladas con prevención cuando aparecen en Europa?

Quizá no exista una única respuesta.

Pero negar siquiera la posibilidad de formular esas preguntas no parece la mejor manera de fortalecer una sociedad abierta.

Del monoculturalismo al multiculturalismo

Uno de los aspectos más interesantes de la reflexión de Beckeld consiste en distinguir entre la diversidad étnica y la cohesión cultural.

Durante siglos, numerosos Estados europeos fueron étnicamente diversos.

El Imperio romano, la Monarquía Hispánica o el Imperio austrohúngaro constituyen buenos ejemplos de ello.

Lo que mantenía unidas a aquellas sociedades no era la homogeneidad biológica, sino la existencia de un marco común de instituciones, leyes, lengua política y valores compartidos.

En otras palabras, podían ser multiétnicas sin dejar de ser monoculturales en lo esencial.

La cuestión que hoy divide a muchos analistas no gira tanto en torno al origen de los ciudadanos como alrededor de la capacidad de las sociedades occidentales para integrar a personas procedentes de tradiciones culturales muy distintas dentro de un proyecto común.

Ese debate afecta al modelo educativo, a la integración, a la política migratoria, a la libertad religiosa y al concepto mismo de ciudadanía.

Reducirlo a una simple confrontación entre racistas y antirracistas equivale a simplificar un problema extraordinariamente complejo.

Y las simplificaciones, por cómodas que resulten, rara vez ayudan a comprender la realidad.

El fútbol como espejo de una civilización

El deporte suele presentarse como un territorio neutral.

Un espacio donde únicamente cuentan el talento, el esfuerzo y el resultado.

Pero pocas actividades reflejan con tanta fidelidad las transformaciones de una sociedad.

Las selecciones nacionales constituyen, en cierto modo, una fotografía de su tiempo.

No solo representan un país.

También reflejan su evolución demográfica, sus cambios culturales, sus corrientes migratorias y hasta su manera de entender la propia nación.

Francia no constituye una excepción.

Tampoco Inglaterra, Bélgica, los Países Bajos o Alemania.

En todas ellas pueden observarse procesos semejantes, aunque con ritmos e intensidades diferentes.

Hablar de esa realidad no debería provocar escándalo alguno.

Las ciencias sociales llevan décadas estudiando esos fenómenos.

Los institutos nacionales de estadística publican regularmente datos sobre natalidad, inmigración, integración o estructura de la población.

Los historiadores analizan las transformaciones de las identidades nacionales.

Los demógrafos proyectan escenarios futuros.

Los sociólogos discuten sobre cohesión social.

Los politólogos discrepan acerca de las mejores políticas de integración.

¿Por qué, entonces, una conversación que resulta perfectamente legítima en una universidad parece convertirse en sospechosa cuando llega a la plaza pública?

Tal vez porque hemos sustituido el análisis por la reacción emocional.

Ya no basta con responder a un argumento.

Antes resulta imprescindible clasificar moralmente a quien lo formula.

Y esa costumbre empobrece tanto a quienes hablan como a quienes escuchan.

El campeonato del rasgado de vestiduras

Existe otro campeonato paralelo al Mundial de fútbol.

No aparece en los calendarios de la FIFA.

No concede trofeos.

Pero parece despertar una pasión extraordinaria.

Es el campeonato del rasgado de vestiduras.

Cada declaración desencadena una competición por ver quién consigue indignarse antes, quién descubre antes una ofensa y quién exige con mayor rapidez condenas, rectificaciones o disculpas públicas.

Las redes sociales multiplican el fenómeno.

Las tertulias lo alimentan.

La política lo aprovecha.

Y los medios de comunicación encuentran en él una fuente inagotable de titulares.

Naturalmente, existen declaraciones verdaderamente racistas.

También discursos que fomentan el odio o justifican la discriminación.

Nadie discute la necesidad de denunciarlos.

Pero cuando cualquier comentario desafortunado, cualquier ironía o cualquier reflexión incómoda recibe exactamente la misma respuesta, se produce un efecto perverso.

Las diferencias desaparecen.

Todo acaba siendo igualmente escandaloso.

Y cuando todo merece la máxima condena, la condena deja de discriminar entre lo verdaderamente grave y lo simplemente discutible.

El lenguaje se empobrece.

La inteligencia crítica también.

La libertad comienza donde termina el miedo

Las democracias liberales nunca se construyeron sobre el supuesto de que todos pensarían igual.

Se edificaron precisamente sobre la convicción contraria.

Los ciudadanos discrepan.

Interpretan de forma distinta los hechos.

Mantienen opiniones incompatibles.

Y, sin embargo, aceptan convivir bajo unas mismas leyes porque entienden que el debate abierto constituye una riqueza y no una amenaza.

Eso exige una virtud que hoy parece escasear.

La disposición a escuchar antes de condenar.

La capacidad para distinguir entre un error, una provocación, una broma de mal gusto, una hipótesis discutible y una verdadera incitación al odio.

No todo merece el mismo juicio.

No toda discrepancia constituye una agresión.

No toda pregunta incómoda es una manifestación de racismo.

Y una sociedad que pierde esas distinciones termina debilitando precisamente aquello que pretende proteger: la libertad.

Una vieja lección de la historia

Las grandes civilizaciones no suelen desaparecer únicamente porque sean derrotadas desde fuera.

Con frecuencia comienzan a debilitarse cuando dejan de confiar en sí mismas.

El historiador británico Arnold J. Toynbee observó que muchas sociedades sucumbieron menos por la fuerza de sus enemigos que por el agotamiento de sus propias élites dirigentes.

Décadas después, Roger Scruton y Benedict Beckeld plantearían, desde perspectivas distintas, una reflexión semejante: las civilizaciones suficientemente prósperas pueden desarrollar una actitud de desconfianza hacia su propia tradición, hasta el punto de considerar sospechosa cualquier manifestación de continuidad histórica o de orgullo cultural.

Quizá tengan razón.

Quizá exageren.

Tal vez la realidad se sitúe, como casi siempre ocurre, en algún punto intermedio.

Pero lo verdaderamente preocupante sería que ya ni siquiera pudiéramos discutir esa posibilidad.

Porque una civilización empieza a perder confianza en sí misma mucho antes de renunciar a sus instituciones.

Comienza a perderla cuando deja de creer que merece la pena defenderlas.

Conclusión

Es muy posible que Mariano Rajoy no pretendiera escribir un tratado sobre filosofía política.

Quizá simplemente recurriera a una de esas exageraciones irónicas que tanto abundan en las conversaciones futbolísticas.

Cada lector juzgará si estuvo más o menos acertado.

Pero reducir toda la polémica a la personalidad de Rajoy sería quedarse en la anécdota.

Lo verdaderamente revelador ha sido comprobar la rapidez con la que una frase sobre deporte terminó convertida en un juicio sobre la moral de quien la pronunciaba.

Eso debería invitarnos a una reflexión más amplia.

No únicamente acerca de Francia.

Ni siquiera acerca de la inmigración.

Sino acerca de nosotros mismos.

De nuestra capacidad para debatir sin excomulgar al discrepante.

De nuestra disposición para distinguir entre describir una realidad y justificarla.

Y, sobre todo, de nuestra confianza —o de nuestra creciente desconfianza— en la propia civilización occidental.

Quizá el Mundial de 2026 pase pronto a los libros de estadísticas deportivas.

Los goles quedarán registrados.

Las clasificaciones cambiarán.

Los campeones serán sustituidos por otros.

Sin embargo, la controversia provocada por una sola frase permanecerá como un pequeño síntoma de algo mucho más profundo.

Porque, al fin y al cabo, el verdadero partido que se está jugando no enfrenta a España con Francia.

Se disputa, silenciosamente, en el interior de las propias sociedades occidentales.

Y su resultado dependerá menos de quién marque más goles que de si somos capaces de conservar una virtud que durante siglos constituyó una de nuestras mayores fortalezas: la libertad para pensar, discutir y discrepar sin convertir al adversario en un enemigo moral.

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