SI YO FUERA FELIPE VI, O FEIJOO, O ABASCAL…
CARLOS AURELIO CALDITO AUNÓN.

Si yo fuera Felipe VI,
o Feijoo,
o Abascal,
no diría
que estoy con Ceuta.
No perdería el tiempo
pronunciando perogrulladas.
No diría:
—Hay que estar con Ceuta.
Como quien dice:
—Hay que estar con la Selección Española.
Como quien se coloca una bufanda,
levanta una bandera,
grita durante noventa minutos
y después se vuelve a casa.
No.
Con Ceuta
no hay que «estar».
A Ceuta
hay que defenderla.
Que es otra cosa.
Si yo fuera Felipe VI,
o Feijoo,
o Abascal,
tampoco convocaría
a los españoles
a pasear por las calles
bandera en mano
como si recorrer
dos o tres kilómetros
fuera combatir
por la soberanía nacional.
Porque eso no es luchar.
Eso es caminar.
Con bandera,
pero caminar.
Y no tengo nada
contra las banderas.
Todo lo contrario.
Las banderas representan.
Recuerdan.
Unen.
Pero una bandera
sin voluntad detrás
es sólo tela.
Y una manifestación
sin decisiones detrás
corre el peligro
de convertirse
en senderismo urbano
con acompañamiento patriótico.
Mientras tanto,
en Ceuta
hay españoles
que no viven dentro
de una metáfora.
Viven allí.
Duermen allí.
Trabajan allí.
Tienen allí
sus casas.
Sus negocios.
Sus hijos.
Sus padres.
Sus recuerdos.
Sus muertos.
Su vida.
Y contemplan
cómo esa vida
puede ir degradándose
calle a calle,
día a día,
incidente a incidente,
miedo a miedo.
Primero alguien
deja de salir por la noche.
Después otro
cierra antes el comercio.
Después una mujer
empieza a calcular
a qué hora puede regresar
sin temor.
Después unos padres
se preguntan
si sus hijos estarán seguros
camino del colegio.
Después alguien
deja de abrir su negocio.
Otro piensa
que quizá sea mejor
marcharse a la Península.
Sólo por un tiempo.
Sólo hasta que todo pase.
Sólo hasta que vuelva
la normalidad.
Y ése puede ser
el comienzo del final.
Porque una ciudad
no tiene que ser conquistada
necesariamente
con tanques,
cañones,
bombardeos
o soldados atravesando
una frontera.
También puede ser vaciada.
Erosionada.
Asfixiada.
Desmoralizada.
Puede conseguirse
que sus propios habitantes
concluyan:
aquí ya no se puede vivir.
Y cuando una familia se marcha,
y después otra,
y después otra,
y otra más,
la geografía permanece,
pero la realidad humana cambia.
Quedan viviendas vacías.
Negocios cerrados.
Calles distintas.
Barrios distintos.
Otra composición social.
Otro equilibrio.
Otra ciudad.
Y entonces llegan
los especialistas.
Los expertos.
Las comisiones.
Los diplomáticos.
Los informes.
Y alguien acaba diciendo:
—Hay que aceptar
la nueva realidad.
La nueva realidad.
Qué expresión tan cómoda.
Sirve para describir
lo que nadie quiso impedir
cuando todavía
podía impedirse.
Primero el deterioro.
Después el miedo.
Después la marcha.
Después la ocupación.
Después el hecho consumado.
Y, finalmente,
la anexión presentada
como inevitable.
Y todo
sin disparar
un solo tiro.
Ésa es la pregunta
del millón:
¿cómo impedir
que Ceuta se vacíe?
No cómo hacer
una manifestación.
No cómo organizar
un mitin.
No cómo colocar
una bandera más grande.
No cómo redactar
un comunicado solemne.
¿Cómo impedir
que los españoles residentes
se marchen?
¿Cómo garantizar
que puedan caminar
por sus calles?
¿Cómo garantizar
que una mujer
pueda regresar a casa
sin miedo?
¿Cómo garantizar
que un comerciante
abra su negocio?
¿Cómo garantizar
que una familia
lleve a sus hijos
a estudiar?
¿Cómo garantizar
que quien necesite un médico
pueda acudir al médico?
¿Cómo garantizar
la vida,
la libertad,
la propiedad,
la seguridad,
el comercio,
la normalidad?
Porque para eso
existe un Gobierno.
No para hacernos felices.
No para decidir
cómo debemos vivir.
No para convertirnos
en menores de edad perpetuos.
No para explicarnos
qué debemos pensar.
No para repartir
certificados de buena conducta.
Un Gobierno existe,
antes que nada,
para proteger.
Para hacer que se respeten
los pactos libremente celebrados
entre particulares.
Para perseguir
al delincuente.
Para impedir
que el fuerte
despoje al débil.
Para proteger
al ciudadano
del ladrón,
del agresor,
del extorsionador,
del violento.
Para defenderlo
también
frente a agresiones
del exterior.
Para proteger
la vida.
La libertad individual.
La propiedad.
El libre comercio.
Y el derecho
de cada persona
a buscar
su propia felicidad.
Buscarla.
Ésa es la palabra.
Porque ningún Gobierno
puede hacernos felices.
Y cuando lo intenta,
suele acabar
decidiéndonos la vida.
El Estado no debe
fabricar nuestra felicidad.
Debe dejarnos espacio
para buscarla.
Y protegernos
para que podamos hacerlo.
Ésa es su función.
No otra.
Y si un Gobierno
no protege la vida,
ni la libertad,
ni la propiedad,
ni los contratos,
ni los comercios,
ni las calles,
ni las fronteras,
ni a sus propios ciudadanos,
entonces tenemos derecho
a preguntar:
¿para qué demonios
sirve ese Gobierno?
¿Para emitir comunicados?
¿Para organizar ruedas de prensa?
¿Para repetir
que todo está bajo control?
¿Para recomendar serenidad?
¿Para pedir paciencia?
¿Para pedir comprensión?
Gobernar
no es contemplar.
Gobernar
no es explicar.
Gobernar
es decidir.
Y si la Policía
tiene órdenes
de no actuar
cuando debe garantizar
el orden,
si quienes deben impedir
las agresiones
terminan convertidos
en espectadores,
si el Estado
renuncia a hacer respetar
su propia autoridad,
entonces el problema
deja de ser únicamente
de seguridad.
Empieza a ser
de soberanía.
Y después
hay otra pregunta:
¿para qué existen
las Fuerzas Armadas Españolas?
Porque nuestros soldados
viajan.
Viajan mucho.
Por Europa.
Por África.
Por Oriente Próximo.
Por mares lejanos.
Por países
que muchos españoles
no sabrían señalar
en un mapa.
Protegen aliados.
Patrullan.
Disuaden.
Vigilan.
Custodian.
Cumplen compromisos.
Defienden fronteras ajenas.
Perfecto.
Pero Perogrullo
levanta la mano:
—Perdone…
¿y las nuestras?
Porque antes
de defender la casa
del vecino,
convendría comprobar
que la propia
tiene puerta.
Si hacen falta soldados
en Ceuta,
que vayan a Ceuta.
Si hacen falta
en Melilla,
que vayan a Melilla.
Si hacen falta
en Canarias,
que vayan a Canarias.
Si hacen falta
en nuestras costas,
en nuestras aguas,
en nuestras fronteras,
que estén allí.
Porque las Fuerzas Armadas
se llaman
Fuerzas Armadas Españolas
por alguna razón.
No digo
que España abandone
todos sus compromisos.
Digo algo mucho más elemental:
la primera obligación
es defender España.
Y si nosotros
no defendemos
nuestras fronteras,
nadie vendrá
a defenderlas por nosotros.
Podemos tener aliados.
Tratados.
OTAN.
Unión Europea.
Naciones Unidas.
Cumbres.
Consejos.
Comisiones.
Declaraciones conjuntas.
Fotografías familiares.
Magnífico.
Pero ninguna nación
puede subcontratar
su propia voluntad
de sobrevivir.
Y mientras todo esto ocurre,
llega el colmo
de los colmos.
El Gobierno socialcomunista
nos repite
que Marruecos
es nuestro amigo.
Nuestro socio.
Nuestro gran socio estratégico.
Nuestro colaborador imprescindible.
Y que debemos
estar agradecidos.
¿Agradecidos?
Ésta sí que es buena.
Porque cada presión
parece encontrar
una reverencia.
Cada exigencia,
una concesión.
Cada reclamación,
un nuevo gesto
de amistad.
Más ayudas.
Más acuerdos.
Más dinero.
Más ventajas.
Más regalos.
Más sonrisas.
Más fotografías.
Y hasta armas.
Todo en la esperanza
de que Marruecos,
algún día,
se dé por satisfecho.
La próxima vez.
Seguro.
La próxima concesión
será la última.
El próximo regalo
lo aplacará.
La próxima sonrisa
nos hará respetables.
La próxima cesión
traerá la paz.
La próxima vez…
La próxima vez…
La próxima vez…
Y así
año tras año.
Presión.
Concesión.
Nueva presión.
Nuevo regalo.
Nueva exigencia.
Nueva sonrisa.
Nuevo acuerdo.
Y vuelta a empezar.
Hasta que uno recuerda
aquella frase
que todo el mundo
atribuye a Einstein,
aunque probablemente
Einstein nunca la dijera:
repetir una y otra vez
la misma conducta
esperando obtener
un resultado diferente
es una forma bastante aproximada
de locura.
Pues adelante.
Otra concesión.
Ahora sí.
Ahora Marruecos
quedará contento.
Ahora sí
nos respetará.
Ahora sí
dejará de pedir.
Seguro.
Hasta mañana.
Y entretanto,
se nos explica
que Marruecos es amigo.
Amigo.
Con amigos así,
no hacen falta enemigos.
Porque un amigo
no te reclama la casa.
Un amigo
no cuestiona tus fronteras.
Un amigo
no utiliza la presión
como método ordinario
de relación.
Un amigo
no obtiene recompensa
cada vez que aprieta.
Y aquí
me asalta
una sospecha.
Una conjetura.
Un pensamiento incómodo.
Piensa mal
y acertarás.
No siempre.
Claro.
Pero a veces
conviene pensar mal
antes de que sea demasiado tarde.
Porque el Gobierno socialcomunista,
apoyado parlamentariamente
por separatistas
y por fuerzas
a las que buena parte
de la sociedad española
considera herederas políticas
del mundo de ETA,
gobierna con el apoyo
de quienes jamás han ocultado
su deseo de debilitar
o romper
la nación española.
Y uno empieza
a hacerse preguntas.
Si una política
beneficia una y otra vez
los intereses estratégicos
de Marruecos,
¿qué diferencia práctica hay
entre una política torpe
y una política
que termina funcionando
como si hubiera sido concebida
para beneficiar a Marruecos?
Quizá mucha.
Quizá ninguna.
Pero la sospecha existe.
Y la formulación
es brutal:
¿se ha convertido
el Gobierno español,
de facto,
en el principal
grupo de presión promarroquí
dentro de España?
¿En el mejor lobby
que Rabat podría desear?
¿En una quinta columna
política
de los intereses marroquíes?
No porque tenga que haber
espías
en cada despacho.
Eso sería demasiado fácil.
Hay algo
mucho más eficaz:
que quienes gobiernan España
lleguen a convencerse
de que proteger
los intereses de Marruecos
es prudencia.
Que ceder
es diplomacia.
Que callar
es responsabilidad.
Que retroceder
es cooperación.
Y que defender firmemente
lo propio
es provocar.
Ésa sería
la quinta columna perfecta.
No necesitaría
órdenes secretas.
Ni sobres.
Ni instrucciones.
Bastaría
con que creyera sinceramente
que enfadar a Marruecos
es más peligroso
que perjudicar a España.
Y mientras tanto,
los españoles de Ceuta
que esperen.
Que aguanten.
Que sean prudentes.
Que comprendan.
Que tengan paciencia.
¿Hasta cuándo?
¿Hasta que se marchen?
Por eso vuelvo
a Felipe VI.
A Feijoo.
A Abascal.
Y pregunto:
¿CUÁL ES EL PLAN?
No el discurso.
No la fotografía.
No el comunicado.
No la concentración.
No el domingo
a las doce.
No el:
—Estamos con Ceuta.
El plan.
¿Qué harían mañana?
¿Qué medios desplegarían?
¿Qué órdenes darían?
¿Qué leyes aplicarían?
¿Qué acuerdos revisarían?
¿Qué concesiones cancelarían?
¿Qué exigirían a Marruecos?
¿Qué harían
para garantizar
que ningún español
tenga que abandonar
su casa
por miedo?
Porque quien aspira
a gobernar España
no puede limitarse
a denunciar
que otros gobiernan mal.
Eso puede hacerlo cualquiera
desde la barra
de un bar.
Feijoo.
Abascal.
Si creen realmente
que Ceuta y Melilla
corren peligro,
actúen
como si lo creyeran.
Ahora.
No cuando lleguen
a La Moncloa.
Ahora.
Utilicen el Parlamento.
Utilicen los tribunales.
Utilicen las leyes.
Utilicen las instituciones europeas.
Utilicen la diplomacia.
Utilicen la opinión pública.
Utilicen todos
los mecanismos constitucionales
a su alcance.
Pregunten.
Exijan.
Recurran.
Denuncien.
Comparezcan.
Presenten iniciativas.
Presenten planes.
Presenten plazos.
Y obliguen políticamente
a que cada institución
se retrate.
Que nadie pueda esconderse
detrás de un atril.
Y llegamos,
finalmente,
al Rey.
Felipe VI.
Majestad:
REINE.
No gobierne.
No le corresponde.
Pero reine.
Porque tampoco puede ser
que reinar
consista únicamente
en inaugurar exposiciones,
entregar premios,
recibir embajadores,
presidir cenas
y leer discursos
escritos con palabras
cuidadosamente inofensivas.
Usted es
JEFE DEL ESTADO.
Símbolo
de su unidad
y permanencia.
Y mando supremo
de las Fuerzas Armadas.
No son palabras
para decorar
la Constitución.
No son frases
para las ceremonias.
Tienen que significar algo
precisamente
cuando la unidad,
la permanencia,
la soberanía
o la integridad territorial
pueden estar en juego.
Majestad:
REINE.
Pregunte.
Advierta.
Exija explicaciones.
Reciba a quien deba recibir.
Escuche a quien deba escuchar.
Hable cuando deba hablar.
Haga valer,
hasta el último milímetro,
las atribuciones
que el orden constitucional
pone en sus manos.
No estoy pidiendo
un rey gobernante.
Estoy pidiendo
UN REY QUE REINE.
No estoy pidiendo
que sustituya al Gobierno.
Estoy pidiendo
que ejerza
la Jefatura del Estado.
No estoy pidiendo
un golpe de autoridad.
Estoy pidiendo
autoridad.
Autoridad institucional.
Autoridad moral.
Autoridad constitucional.
La suficiente
para recordar públicamente
que la soberanía española
no se negocia
bajo presión.
La suficiente
para recordar
que Ceuta
es España.
Que Melilla
es España.
Que la unidad territorial
no es un detalle administrativo.
Y ustedes,
Feijoo
y Abascal,
empújenlo.
Sí.
EMPÚJENLO.
No fuera de la ley.
Precisamente
con la ley en la mano.
Con la Constitución.
Con el Parlamento.
Con los tribunales.
Con las preguntas.
Con las mociones.
Con los recursos.
Con las iniciativas.
Con las peticiones formales.
Con el control institucional.
Con todas
las armas legales
que proporciona
un Estado de Derecho.
Obliguen políticamente
a que el Rey reine.
Obliguen políticamente
a que el Gobierno gobierne.
Obliguen políticamente
a que las Fuerzas Armadas
sean utilizadas,
cuando corresponda,
para aquello
para lo que existen.
Obliguen
a que España
se comporte
como una nación
que desea seguir existiendo.
Porque cada día
que pasa
sin una estrategia
es un día regalado
a quien sí la tiene.
Y Marruecos
puede tener una.
Puede pensar
a diez años.
A veinte.
A treinta.
Puede esperar.
Puede presionar.
Puede ceder hoy
para avanzar mañana.
¿Y España?
¿Tiene estrategia?
¿Tiene plan?
¿Tiene voluntad?
¿Felipe VI
sabe qué hará
si la crisis
da un paso más?
¿Feijoo?
¿Abascal?
¿El Gobierno?
¿Las Cortes?
¿Alguien?
Porque si la respuesta
sigue siendo
prudencia,
manifestaciones,
banderas,
solidaridad,
amistad con Marruecos,
más concesiones,
más espera,
más paciencia,
más discursos,
entonces dejemos
de engañarnos.
Ya no estaremos hablando
del riesgo
de perder Ceuta.
Estaremos escribiendo
día a día,
familia que se marcha
tras familia que se marcha,
negocio que cierra
tras negocio que cierra,
concesión
tras concesión,
silencio
tras silencio,
la historia
de algo mucho peor:
LA CRÓNICA
DE UNA ANEXIÓN ANUNCIADA
Y entonces,
cuando aparezcan
los expertos
explicándonos
que nada podía hacerse,
cuando los políticos
digan
que nadie pudo preverlo,
cuando lleguen
las comisiones de investigación,
los discursos solemnes,
los reproches históricos
y los minutos de silencio,
que nadie tenga
la desvergüenza
de decir:
«NO LO VIMOS VENIR».
Porque se vio.
Porque se avisó.
Porque se preguntó.
Porque hubo tiempo.
Y porque llegará
un momento
en que quizá haya que recordar
aquel viejo grito
de Móstoles:
«Españoles,
la Patria está en peligro.
Acudid a defenderla».
Pero entendiendo
de una vez
el verbo.
No acudir
para pasear.
No acudir
para hacerse una fotografía.
No acudir
para agitar una bandera
y volver a casa.
DEFENDER.
Defender
con la ley.
Con los tribunales.
Con la Policía.
Con las instituciones.
Con la diplomacia.
Con la economía.
Con la política.
Con las Fuerzas Armadas
cuando constitucionalmente
corresponda.
Con la sociedad civil.
Con el voto.
Con la resistencia cívica.
Con la exigencia permanente
de responsabilidades.
Sin turbas.
Sin justicieros.
Sin violencia particular.
Pero también
sin cobardía.
Sin resignación.
Sin mirar hacia otro lado.
Porque la patria
no se defiende
gritando su nombre.
Se defiende
protegiendo
la vida,
la libertad,
la propiedad,
los contratos,
el comercio,
la seguridad,
las fronteras
y el derecho
de cada español
a buscar,
a su manera,
su propia felicidad.
Así que,
Felipe VI,
Feijoo,
Abascal:
ahórrennos
la próxima declaración
de solidaridad.
Ahórrennos
el siguiente paseo.
Ahórrennos
la fotografía.
Ahórrennos
el inevitable:
—Hay que estar con Ceuta.
Ceuta no necesita
que estén CON ella.
Necesita saber
qué están dispuestos
a hacer POR ella.
Y si la respuesta
es nada,
si todo vuelve
a reducirse
a palabras,
banderas,
discursos,
comunicados,
prudencia,
amistad estratégica
y espera,
entonces la última pregunta
ya no será:
¿QUÉ HARÁ MARRUECOS?
Será ésta:
¿QUÉ ESTAMOS HACIENDO NOSOTROS
PARA IMPEDIR
QUE CONSIGA
PRECISAMENTE
LO QUE QUIERE?
Y si no encontramos
una respuesta,
no podremos decir
después
que nadie nos avisó.
Porque quizá
el mayor fracaso
de una nación
no consista siempre
en que alguien venga
y se la arrebate.
A veces basta
con que quienes debían
defenderla
permanezcan mirando
mientras se la llevan.