¿Ha llegado la hora de una Unión Ibérica?
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Hay frases que, pronunciadas en el momento adecuado, poseen más importancia de la que aparentan. Una de ellas ha sido la pronunciada recientemente por el embajador de Portugal en España al afirmar que «lo que sea bueno para Badajoz lo será para Portugal».
A primera vista podría parecer una simple cortesía diplomática. Sin embargo, quien conoce mínimamente la historia de las relaciones hispano-portuguesas sabe que las palabras de los diplomáticos rara vez son casuales. Son mensajes cuidadosamente medidos. Y cuando un representante oficial de Portugal afirma públicamente que el progreso de una ciudad española fronteriza beneficia también a Portugal, está reconociendo una realidad que muchos ciudadanos de ambos países llevan décadas observando: los intereses de España y Portugal son mucho más coincidentes de lo que tradicionalmente se ha querido admitir.
La cuestión que surge entonces es inevitable: ¿ha llegado el momento de pensar seriamente en una nueva forma de integración ibérica?
Una frontera artificial sobre una realidad compartida
La Península Ibérica constituye una singularidad geográfica en Europa. Pocas regiones del continente presentan una unidad física tan evidente. Desde los Pirineos hasta el Algarve, desde Finisterre hasta el cabo de Gata, existe una continuidad geográfica que durante siglos favoreció intercambios humanos, comerciales, culturales y políticos.
España y Portugal no son dos mundos extraños entre sí. Son dos naciones hermanas que comparten raíces romanas, herencia visigoda, siglos de influencia cristiana, tradiciones jurídicas similares y lenguas nacidas del mismo tronco latino.
La gastronomía, las costumbres sociales, la estructura familiar, la religiosidad popular, la arquitectura tradicional y buena parte de la visión del mundo de españoles y portugueses resultan mucho más parecidas entre sí que las existentes entre muchos de los Estados que hoy forman parte de estructuras supranacionales europeas.
Paradójicamente, mientras Bruselas promueve constantemente proyectos de integración continental entre pueblos con enormes diferencias culturales e históricas, la cooperación profunda entre España y Portugal sigue avanzando a una velocidad sorprendentemente lenta.
Una vieja idea que nunca desapareció
El iberismo no es una ocurrencia reciente.
A lo largo de los siglos XIX y XX numerosos intelectuales, escritores, políticos y pensadores reflexionaron sobre la posibilidad de una mayor integración peninsular.
Figuras como Oliveira Martins, Unamuno, Pi y Margall o Antero de Quental contemplaron diversas fórmulas de acercamiento entre ambos países.
No se trataba necesariamente de una absorción de Portugal por España, temor que históricamente ha despertado recelos legítimos entre muchos portugueses. Tampoco de borrar identidades nacionales.
La cuestión fundamental consistía en comprender que la cooperación estrecha entre dos naciones soberanas podía generar beneficios mutuos extraordinarios.
La experiencia histórica demuestra que los pueblos no pierden necesariamente su identidad cuando cooperan. Baviera sigue siendo Baviera dentro de Alemania. Escocia conserva una personalidad propia dentro del Reino Unido. Luxemburgo mantiene su singularidad pese a estar profundamente integrado con sus vecinos.
La verdadera amenaza para las identidades nacionales no suele proceder de la cooperación entre pueblos próximos, sino de la uniformización burocrática impulsada desde centros de poder cada vez más alejados de los ciudadanos.
El ejemplo del Benelux
Los defensores de una mayor integración ibérica suelen citar el caso del Benelux.
No es una comparación absurda.
Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo comenzaron a cooperar de manera sistemática mucho antes de la creación de la actual Unión Europea. Lo hicieron porque comprendieron que sus economías, infraestructuras e intereses estratégicos estaban estrechamente conectados.
Aquella cooperación generó prosperidad, facilitó el comercio y permitió coordinar políticas comunes.
Resulta llamativo que tres países con idiomas distintos, trayectorias históricas diferenciadas y una población conjunta menor que la de España hayan alcanzado niveles de integración que todavía parecen lejanos para la Península Ibérica.
España y Portugal poseen una ventaja que el Benelux nunca tuvo: una extraordinaria afinidad cultural.
La pregunta no es si un modelo semejante puede funcionar aquí.
La pregunta es por qué no se ha desarrollado todavía.
La España vaciada y el Portugal interior
Existe además una razón práctica que convierte el iberismo en una necesidad creciente.
Las regiones fronterizas de ambos países sufren problemas muy similares.
Despoblación.
Envejecimiento demográfico.
Escasez de inversiones.
Déficit de infraestructuras.
Pérdida de actividad económica.
Extremadura, Castilla y León, Galicia interior, Alentejo, Beira Interior o Trás-os-Montes comparten desafíos casi idénticos.
Durante décadas, la frontera funcionó como una barrera. Hoy podría convertirse en una oportunidad.
Las conexiones ferroviarias, energéticas, tecnológicas, universitarias y empresariales permitirían crear un gran corredor de desarrollo peninsular capaz de revitalizar amplias zonas que actualmente padecen una lenta decadencia demográfica.
Lo que beneficia a Badajoz puede beneficiar a Elvas.
Lo que beneficia a Vigo puede beneficiar a Oporto.
Lo que beneficia a Salamanca puede beneficiar a Guarda.
Lo que beneficia a Huelva puede beneficiar al Algarve.
La lógica económica ya no entiende de fronteras levantadas hace siglos.
Una potencia atlántica olvidada
La cooperación ibérica posee además una dimensión geopolítica frecuentemente ignorada.
España y Portugal fueron durante siglos las dos grandes potencias oceánicas del mundo.
Sus exploradores conectaron continentes.
Sus navegantes abrieron rutas comerciales planetarias.
Sus lenguas se hablan actualmente por cientos de millones de personas.
El mundo hispánico y el mundo lusófono suman más de ochocientos millones de personas repartidas por varios continentes.
Pocas regiones del planeta disponen de una proyección cultural semejante.
Sin embargo, rara vez ambos países coordinan plenamente sus esfuerzos en América, África o el ámbito atlántico.
Una mayor cooperación permitiría construir una voz ibérica mucho más influyente en el escenario internacional.
No una fusión, sino una alianza
La idea de una Unión Ibérica provoca a veces resistencias porque muchos la interpretan como una propuesta de desaparición nacional.
Nada más lejos de la realidad.
El iberismo del siglo XXI no exige borrar fronteras ni sustituir banderas.
Tampoco requiere crear un nuevo Estado.
Lo que plantea es algo mucho más razonable: coordinar aquello que resulta evidente que debe coordinarse.
Infraestructuras.
Energía.
Investigación.
Universidades.
Comercio.
Defensa de intereses comunes.
Gestión de recursos compartidos.
Desarrollo de las regiones fronterizas.
Un Consejo Ibérico permanente podría ser un primer paso perfectamente realista.
No para sustituir a España ni a Portugal.
Sino para fortalecerlas.
El futuro ya está llamando a la puerta
Quizá la afirmación del embajador portugués tenga precisamente ese significado.
No constituye una declaración revolucionaria.
Es simplemente el reconocimiento de una realidad.
Las poblaciones de ambos lados de la frontera llevan años colaborando.
Las empresas comercian.
Los trabajadores cruzan diariamente de un país a otro.
Las universidades cooperan.
Las ciudades fronterizas comparten intereses.
La integración real ya existe.
Lo único que falta es que las instituciones avancen a la misma velocidad que los ciudadanos.
Después de siglos de recelos, guerras lejanas y desconfianzas heredadas, tal vez haya llegado el momento de comprender que España y Portugal no son competidores naturales.
Son aliados naturales.
Y cuanto antes se asuma esta realidad, antes podrá comenzar la construcción de una auténtica comunidad ibérica de prosperidad, libertad y cooperación mutua.
La cuestión ya no parece ser si la Unión Ibérica es posible.
La cuestión es cuánto tiempo más estamos dispuestos a perder antes de empezar a construirla.