¿No tienen nada que decir Pedro Sánchez, Bruselas y la OTAN?
La alianza entre Turquía y Hamás y el doble rasero de Occidente
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resulta verdaderamente asombroso contemplar el estruendoso silencio de buena parte de los dirigentes occidentales ante unas informaciones que, de confirmarse plenamente, deberían provocar una conmoción política internacional de primer orden. Sin embargo, apenas se escuchan murmullos diplomáticos, vagas expresiones de “preocupación” o los habituales comunicados burocráticos redactados en ese lenguaje anestesiante tan característico de las instituciones europeas y de los medios de información occidentales, generosamente subvencionados…
Y mientras tanto, la pregunta continúa flotando en el aire:
¿No tienen nada que decir Pedro Sánchez, Bruselas o la OTAN acerca de las acusaciones que señalan a Turquía —miembro de la propia OTAN— como plataforma logística, financiera y operativa de Hamás?
Porque ya no hablamos únicamente de afinidades ideológicas o de simpatías políticas más o menos disimuladas. Las revelaciones conocidas recientemente dibujan un escenario muchísimo más grave. Investigaciones de seguridad israelíes, apuntan a que Turquía ha permitido durante años actividades vinculadas directamente con la infraestructura internacional de Hamás: entrenamiento de combatientes, formación en manejo de drones, redes financieras y mecanismos de blanqueo de capitales.
Y, pese a ello, el silencio occidental resulta casi absoluto.
No deja de ser extraordinario observar cómo las instituciones europeas y atlánticas reaccionan con rapidez fulminante ante determinados conflictos internacionales mientras, en otros casos, parecen quedar súbitamente paralizadas por una falsa prudencia, la ambigüedad o el cálculo estratégico.
Porque si unas acusaciones semejantes afectaran a países considerados adversarios de Occidente, hace ya tiempo que estaríamos asistiendo a una catarata interminable de condenas, sanciones, declaraciones solemnes y campañas mediáticas. Los grandes medios abrirían diariamente con el asunto. Bruselas convocaría reuniones de urgencia. Se hablaría sin descanso de “amenaza global”, “defensa de la democracia” y “seguridad internacional”.
Pero Turquía pertenece a la OTAN.
Y ahí parece comenzar y terminar el problema.
Según las informaciones conseguidas por los servicios secretos israelíes, miembros de Hamás han participado abiertamente en ejercicios de entrenamiento en clubes de tiro turcos y algunos incluso han recibido formación especializada en drones y licencias oficiales para pilotarlos.
No se trata precisamente de un detalle menor.
Los drones se han convertido en una de las herramientas fundamentales del terrorismo y de la guerra híbrida contemporánea. Hamás los utilizó ampliamente en los ataques del 7 de octubre de 2023 contra Israel. También los emplean grupos respaldados por Irán, como Hezbolá o los hutíes.
Y, sin embargo, los gobernantes occidentales apenas levantan la voz.
La cuestión resulta todavía más inquietante cuando se analizan las acusaciones relativas al entramado financiero. Turquía ha servido de nodo esencial para operaciones de financiación y blanqueo vinculadas a Hamás e Irán.
Es decir, un Estado miembro de la OTAN está siendo señalado por facilitar, presuntamente, estructuras de apoyo económico a una organización considerada terrorista por buena parte del propio bloque occidental.
Y aquí es donde aparece la gran contradicción moral y política de Occidente.
Porque llevamos décadas escuchando discursos grandilocuentes sobre la “lucha global contra el terrorismo”. Se han aprobado leyes excepcionales, incrementado sistemas de vigilancia, restringido libertades individuales y multiplicado gastos militares bajo el argumento de proteger la seguridad internacional.
Sin embargo, cuando las sospechas afectan a determinados aliados estratégicos, el lenguaje cambia radicalmente.
Entonces llegan las matizaciones.
Las cautelas diplomáticas.
Las declaraciones vagas.
Las apelaciones al diálogo.
La misma maquinaria política y mediática que acostumbra a comportarse con enorme agresividad frente a enemigos oficiales se vuelve súbitamente prudente cuando el implicado pertenece al propio bloque.
Y eso destruye la credibilidad de todo el sistema.
Porque la principal fortaleza moral que los países occidentales pretenden exhibir frente a otras potencias descansa, precisamente, en la supuesta defensa de principios universales: legalidad internacional, derechos humanos, lucha contra el extremismo y respeto al derecho internacional.
Pero unos principios aplicados únicamente contra determinados países dejan de ser principios para convertirse en simples instrumentos propagandísticos.
El problema no consiste únicamente en Turquía.
El verdadero problema es el doble rasero permanente.
La sensación creciente de que las normas internacionales no se aplican según criterios jurídicos objetivos, sino según intereses estratégicos, afinidades ideológicas y conveniencias coyunturales.
Y los ciudadanos comienzan a percibirlo cada vez con mayor claridad.
Resulta difícil exigir credibilidad moral a Europa mientras guarda silencio ante determinadas conductas de aliados estratégicos. Resulta difícil presentarse como baluarte de la democracia y del combate contra el terrorismo mientras se evita cuidadosamente incomodar a socios geopolíticamente útiles.
La situación se vuelve todavía más grotesca cuando se recuerda que el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, jamás ha ocultado sus simpatías hacia Hamás. Muy al contrario: ha defendido públicamente a la organización, ha rechazado considerarla terrorista y ha recibido a dirigentes de Hamás como invitados de honor.
¿Y qué dicen, mientras tanto, Bruselas, la OTAN o el gobierno español?
Nada, nada, NADA.
Ese silencio no transmite prudencia diplomática. Transmite debilidad, incoherencia y decadencia política.
Porque una civilización que aplica principios distintos según quién cometa los hechos termina perdiendo autoridad moral incluso ante sus propios ciudadanos.
Y eso constituye quizá el aspecto más grave de toda esta cuestión.
Occidente no sólo atraviesa una crisis económica, energética o geopolítica. También atraviesa una profunda crisis de credibilidad.
Los ciudadanos observan cómo se invocan constantemente grandes palabras —democracia, derechos humanos, legalidad internacional, lucha contra el terrorismo— mientras la realidad práctica demuestra que muchas veces tales conceptos se subordinan a intereses estratégicos cambiantes.
El resultado es devastador: crece la desconfianza hacia las instituciones, hacia los medios de información y hacia unas élites políticas que son incapaces de mantener una mínima coherencia.
Porque, al final, la pregunta continúa siendo tan simple como incómoda:
Si las acusaciones descritas afectaran a cualquier otro país considerado enemigo de Occidente…
¿Guardarían también silencio Pedro Sánchez, Bruselas y la OTAN?