La humildad intelectual es condición indispensable para aprender, comprender y vivir en libertad.

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS:

Vivimos en una época singular.

Nunca fue tan sencillo acceder al conocimiento y, sin embargo, pocas veces pareció tan difícil encontrar personas dispuestas a reconocer que estaban equivocadas.

La sociedad actual suele admirar la seguridad, aunque proceda de la ignorancia; la firmeza, aunque degenere en obstinación; y la rotundidad, aunque se apoye en tópicos, prejuicios o simples consignas repetidas hasta la saciedad.

En cambio, quien rectifica suele despertar sospechas.

«Te contradices.»

«Antes decías otra cosa.»

«Eres un chaquetero.»

Y, sin embargo, pocas cosas hay más inteligentes que reconocer un error.

Porque cambiar de opinión cuando los hechos demuestran que estábamos equivocados no constituye una derrota. Constituye una victoria de la razón sobre el orgullo.

La enfermedad de quienes creen que ya saben bastante

Durante la infancia preguntamos constantemente.

Todo nos interesa.

Todo nos sorprende.

Todo merece ser explorado.

Pero algo extraño ocurre cuando muchas personas alcanzan la adolescencia o la juventud.

Llegan a la conclusión de que ya saben suficiente.

Ya tienen opiniones sobre política.

Sobre economía.

Sobre religión.

Sobre educación.

Sobre la familia.

Sobre la historia.

Sobre prácticamente cualquier asunto.

Y lo más grave no es que tengan opiniones.

Lo grave es que empiezan a considerarlas definitivas.

A partir de ese momento dejan de aprender realmente.

Siguen leyendo, pero sólo aquello que les da la razón.

Siguen escuchando, pero sólo a quienes les dan la razón.

Siguen hablando, pero cada vez escuchan menos.

Dejan de buscar la verdad y empiezan a buscar confirmación.

Y así comienza el envejecimiento intelectual.

Sapere Aude

Immanuel Kant resumió el problema con dos palabras:

Sapere Aude.

Atrévete a saber.

Atrévete a pensar por ti mismo.

Pensar exige valor.

Exige abandonar la comodidad del rebaño.

Exige cuestionar lo que todos repiten.

Exige examinar las propias creencias.

Exige admitir la posibilidad de estar equivocado.

Y eso resulta incómodo.

Mucho más cómodo es delegar el pensamiento en partidos, líderes, periódicos, tertulianos, profesores o gurús de cualquier especie.

Pero quien deja que otros piensen por él acaba viviendo con ideas prestadas.

Y quien vive con ideas prestadas jamás llega a ser verdaderamente libre.

Pensar es hablar consigo mismo

Pensar exige palabras.

Pensamos mediante conceptos.

Reflexionamos mediante el lenguaje.

En gran medida, pensar consiste en mantener una conversación con uno mismo.

Por eso el dominio de la lengua resulta tan importante.

Cuantas más palabras conocemos, más matices podemos percibir.

Cuantos más conceptos manejamos, mejor comprendemos la realidad.

Quien dispone de un lenguaje pobre termina pensando de manera pobre.

El empobrecimiento del idioma conduce inevitablemente al empobrecimiento del pensamiento.

Resulta difícil comprender aquello que no sabemos nombrar.

Y más difícil aún cuestionarlo.

Aristóteles sigue teniendo razón

Hace más de dos mil años Aristóteles formuló algunas reglas elementales sin las cuales resulta imposible pensar correctamente.

La realidad es la que es.

Una cosa es lo que es.

Nada puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto.

Una afirmación y su contraria no pueden ser simultáneamente verdaderas.

Y entre ambas no existe una tercera posibilidad.

Parece evidente.

Sin embargo, buena parte de la confusión contemporánea nace precisamente del abandono de estas verdades elementales.

Cada vez abundan más los discursos que sostienen una cosa y la contraria según convenga.

Y cuando alguien señala la contradicción suele ser acusado de simplificar.

Pero las contradicciones no desaparecen porque nos molesten.

Siguen siendo contradicciones.

No todas las opiniones valen lo mismo

Una de las necedades más extendidas de nuestro tiempo consiste en afirmar que todas las opiniones son igualmente valiosas.

Las personas poseen la misma dignidad.

Las opiniones no.

Una opinión basada en décadas de estudio, experiencia y reflexión no posee el mismo peso que una ocurrencia improvisada.

Una cosa es el derecho a opinar.

Otra muy distinta la calidad de la opinión.

Sin embargo, vivimos una época en la que muchos se jactan de no saber.

Presumen de no leer.

Desprecian a quienes estudian.

Confunden ignorancia con autenticidad.

Y contemplan el conocimiento con recelo.

Se ha producido una extraña inversión de valores.

La ignorancia ya no se oculta.

Se exhibe.

Y, en ocasiones, se celebra.

Las trampas del razonamiento

Pensar correctamente exige además aprender a reconocer las trampas del razonamiento.

Las falacias.

El ataque personal en lugar de responder a los argumentos.

La apelación a la mayoría.

La reverencia ciega ante la autoridad.

La amenaza.

La manipulación sentimental.

Todas ellas tienen algo en común.

Intentan evitar el razonamiento.

Pretenden sustituir la verdad por la propaganda.

La lógica constituye una defensa frente a quienes desean que dejemos de pensar.

El miedo a estar equivocado

Muchas personas viven en una especie de equilibrio inestable.

Han construido una explicación del mundo que les proporciona seguridad.

Y temen que cualquier cuestionamiento haga tambalear toda la estructura.

Por eso evitan ciertas conversaciones.

Por eso rehúyen determinados libros.

Por eso reaccionan con irritación cuando alguien cuestiona algunas de sus creencias.

No están defendiendo una idea.

Están defendiendo una sensación de seguridad.

Ahí aparece la angustia de la que hablaba Albert Camus.

La libertad exige convivir con la duda.

Y no todo el mundo está dispuesto a soportarla.

Robert Trivers y el autoengaño

Robert Trivers añadió una observación particularmente incómoda.

Los seres humanos no sólo engañamos a los demás.

Nos engañamos constantemente a nosotros mismos.

Reinterpretamos los hechos.

Justificamos contradicciones.

Disfrazamos errores.

Protegemos nuestro amor propio.

Y terminamos creyendo nuestras propias mentiras.

Por eso resulta tan difícil cambiar de opinión.

Porque muchas veces no luchamos contra los hechos.

Luchamos contra la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Bajarse del caballo muerto

Existe una forma especialmente frecuente de estupidez.

Persistir en un error después de haber descubierto que es un error.

Se invierten años.

Esfuerzos.

Dinero.

Prestigio.

Emociones.

Y cuando la realidad demuestra que el camino elegido es equivocado aparece la tentación de seguir adelante.

«He invertido demasiado para volver atrás.»

«Ya encontraré una solución.»

«Más adelante aparecerá un atajo.»

Y así continúan.

No porque tengan razón.

Sino porque les resulta doloroso reconocer que estaban equivocados.

La sabiduría consiste precisamente en saber desmontar del caballo muerto.

Retroceder no siempre significa perder.

A veces constituye la única manera de regresar al camino correcto.

Ideologías y sentimentalismo

Quizá una de las mayores amenazas para el pensamiento libre sea la tendencia a interpretar toda la realidad mediante una ideología.

Las ideologías suelen funcionar como gafas de cristales coloreados.

Quien se las pone deja de mirar la realidad para mirar únicamente el color del cristal.

Todo debe encajar en el esquema previamente aprendido.

Si la realidad contradice la doctrina, peor para la realidad.

Los problemas complejos reciben explicaciones simples.

Las dificultades humanas reciben explicaciones simples.

La historia recibe explicaciones simples.

Y las soluciones propuestas suelen ser igualmente simples.

Demasiado simples.

Con frecuencia infantiles.

A ello se añade una forma particularmente dañina de sentimentalismo.

La creencia de que algo debe ser verdadero porque nos conmueve.

O porque parece compasivo.

O porque resulta agradable.

Pero la realidad no se modifica por decreto emocional.

Las buenas intenciones jamás han sustituido al conocimiento.

La emoción jamás ha sustituido a la razón.

Entre el fanático y el oportunista

Tampoco debemos confundir la rectificación honesta con el oportunismo.

El fanático jamás cambia de opinión.

El oportunista cambia constantemente.

Uno se aferra a sus errores.

El otro adapta sus principios a sus conveniencias.

Aquí encaja perfectamente la ironía de Groucho Marx:

«Estos son mis principios. Pero si no le gustan, tengo otros.»

No es una muestra de inteligencia.

Es una muestra de falta de principios o de exceso de conveniencia.

El hombre libre ocupa una posición mucho más difícil.

No cambia porque sopla el viento.

Pero tampoco se aferra a un error cuando los hechos lo desmienten.

Conclusión

Sócrates enseñó que la sabiduría comienza reconociendo la propia ignorancia.

Aristóteles enseñó a razonar.

Kant enseñó a pensar por cuenta propia.

Camus recordó el vértigo de la libertad.

Orwell advirtió sobre la corrupción del lenguaje.

Trivers mostró los peligros del autoengaño.

Todos ellos apuntan hacia una misma conclusión.

La inteligencia no consiste en tener siempre razón.

Consiste en amar la verdad más que las propias opiniones.

El fanático cree haber llegado.

El hombre libre sigue aprendiendo.

El primero busca refugio en las certezas.

El segundo busca comprensión.

El primero convierte sus ideas en cadenas.

El segundo las utiliza como herramientas.

Y quizá la sabiduría no sea otra cosa que conservar hasta el último día de nuestra vida la humildad suficiente para formular una pregunta incómoda:

«¿Y si estuviera equivocado?»

Porque esa pregunta, más que ninguna otra, es la puerta de entrada al conocimiento.

SI QUIERES SABER MÁS, PROFUNDIZAR, SIGUE LEYENDO:

EL NOBLE ARTE DE CAMBIAR DE OPINIÓN

PRIMERA ENTREGA

O cómo la humildad intelectual constituye la antesala de la sabiduría.

Existe una enfermedad del espíritu extraordinariamente extendida y, sin embargo, rara vez diagnosticada.

No provoca fiebre.

No deja huellas visibles.

No obliga a guardar cama.

Pero destruye lentamente la curiosidad, el deseo de aprender y la capacidad de comprender el mundo.

Consiste en creer que uno ya sabe bastante.

Generalmente aparece muy pronto.

A veces a los dieciocho años.

A veces incluso antes.

El individuo alcanza una edad en la que concluye que ya dispone de respuestas suficientes para las grandes cuestiones de la existencia.

Ya sabe qué pensar sobre la política.

Ya sabe qué pensar sobre la economía.

Ya sabe qué pensar sobre la religión.

Ya sabe qué pensar sobre la educación.

Ya sabe qué pensar sobre la familia.

Ya sabe qué pensar sobre la historia.

Ya sabe qué pensar sobre la justicia.

Ya sabe qué pensar sobre prácticamente cualquier asunto imaginable.

La mochila parece llena.

Y cuando alguien cree que su mochila está llena deja de aprender.

A partir de ese momento, más que buscar la verdad, comienza a buscar confirmación.

Lee libros que le dan la razón.

Escucha a quienes le dan la razón.

Se relaciona con quienes le dan la razón.

Poco a poco construye una cómoda fortaleza formada por sus propias creencias.

Y allí se instala.

Protegido.

Seguro.

Convencido de que ya ha llegado.

Sin embargo, la realidad tiene una desagradable costumbre.

No suele pedir permiso para contradecir nuestras convicciones.

El espejismo de la certeza

La inmensa mayoría de los seres humanos siente una profunda necesidad de seguridad.

Queremos saber dónde estamos.

Queremos comprender qué ocurre.

Queremos disponer de explicaciones que nos permitan orientarnos.

Y eso es perfectamente natural.

Lo peligroso comienza cuando confundimos la necesidad de seguridad con la posesión de la verdad.

Porque una cosa es buscar respuestas.

Y otra muy distinta creer que ya las hemos encontrado todas.

Las personas verdaderamente inteligentes suelen convivir con una incómoda sensación de provisionalidad.

Saben que pueden estar equivocadas.

Saben que sus conocimientos son limitados.

Saben que la realidad es mucho más compleja de lo que aparenta.

Por eso mantienen cierta prudencia.

Por eso escuchan.

Por eso preguntan.

Por eso continúan aprendiendo.

Los fanáticos funcionan exactamente al revés.

Su principal característica no es la inteligencia ni la ignorancia.

Es la certeza.

La absoluta e inquebrantable certeza.

No dudan.

No revisan.

No cuestionan.

No rectifican.

Y precisamente por eso dejan de aprender.

Sócrates y la sabiduría de la ignorancia

Hace veinticinco siglos, un hombre considerado por muchos el más sabio de Atenas formuló una afirmación aparentemente absurda.

«Sólo sé que no sé nada.»

Aquella frase atribuida a Sócrates ha sido repetida tantas veces que corre el riesgo de perder su significado.

Sin embargo, encierra una de las observaciones más profundas jamás realizadas sobre la naturaleza humana.

Sócrates no afirmaba ignorarlo todo.

Lo que reconocía era algo mucho más importante.

Comprendía la inmensidad de lo que desconocía.

Comprendía que cuanto más aprendemos, más conscientes somos de nuestras limitaciones.

El ignorante suele sentirse seguro.

El sabio suele mostrarse prudente.

El primero cree haber llegado.

El segundo sabe que continúa caminando.

Y quizá ahí resida una de las primeras claves del noble arte de cambiar de opinión.

Sólo quien reconoce la posibilidad de estar equivocado conserva la posibilidad de aprender.

El orgullo como enemigo del conocimiento

Existe una fuerza extraordinariamente poderosa que dificulta el aprendizaje.

El orgullo.

A nadie le agrada reconocer errores.

A nadie le agrada descubrir que llevaba años defendiendo una idea equivocada.

A nadie le agrada admitir que otra persona tenía razón.

Por eso resulta tan frecuente observar comportamientos sorprendentes.

Personas que niegan evidencias.

Personas que justifican contradicciones.

Personas que reinterpretan los hechos para que encajen en sus creencias.

Personas que prefieren deformar la realidad antes que rectificar.

Porque, para muchos, cambiar de opinión se percibe como una derrota.

Cuando en realidad constituye exactamente lo contrario.

La derrota consiste en permanecer esclavo del error una vez descubierto.

La victoria consiste en abandonarlo.

Una virtud cada vez más escasa

Vivimos en una época que proclama constantemente la importancia del pensamiento crítico.

Pero la realidad parece indicar otra cosa.

Cada vez abundan más las personas que buscan refugio entre quienes piensan igual.

Cada vez abundan más quienes sólo consumen información que confirma sus prejuicios.

Cada vez abundan más quienes convierten una opinión en una identidad.

Y cuando una opinión se convierte en identidad, cualquier crítica deja de percibirse como un argumento.

Pasa a percibirse como una agresión.

A partir de ese momento deja de existir el diálogo.

Sólo queda la defensa.

Sólo queda la trinchera.

Sólo queda el enfrentamiento.

Y allí muere el aprendizaje.

Porque aprender exige escuchar.

Y escuchar exige humildad.

La primera condición para aprender

Todo aprendizaje comienza con una confesión.

Una confesión sencilla.

Una confesión incómoda.

Una confesión que muchas personas pasan toda su vida evitando.

«Quizá esté equivocado.»

Mientras esa posibilidad permanezca abierta, existe esperanza.

Existe crecimiento.

Existe aprendizaje.

Existe libertad intelectual.

El día en que desaparece, comienza el fanatismo.

Y con él comienza también el lento proceso de envejecimiento de la inteligencia.

Porque la inteligencia no muere cuando dejamos de estudiar.

Muere cuando dejamos de preguntarnos si estamos en lo cierto.

Y la sabiduría empieza precisamente donde termina la soberbia.

Empieza cuando comprendemos que el conocimiento no es una meta.

Es un camino.

Un camino que dura toda la vida.

Y que exige, a cada paso, una virtud tan escasa como imprescindible:

La humildad de reconocer que todavía nos queda mucho por aprender.

(Continuará)

SEGUNDA ENTREGA

Sapere Aude: atrévete a pensar

Si Sócrates nos enseñó la importancia de reconocer nuestra ignorancia, Immanuel Kant nos enseñó algo igualmente importante: el valor necesario para afrontarla.

Su célebre lema de la Ilustración continúa siendo una de las mayores declaraciones de independencia intelectual jamás formuladas:

Sapere Aude.

Atrévete a saber.

Atrévete a pensar por ti mismo.

La frase parece sencilla.

Pero encierra una enorme exigencia.

Pensar por cuenta propia resulta mucho más difícil de lo que suele creerse.

No basta con tener opiniones.

Todo el mundo las tiene.

No basta con repetir ideas aprendidas.

No basta con memorizar consignas.

No basta con acumular información.

Pensar exige algo mucho más incómodo.

Exige examinar.

Comparar.

Contrastar.

Dudar.

Y, sobre todo, asumir la responsabilidad de llegar a conclusiones propias.

La cómoda tentación de delegar

La mayoría de los seres humanos siente una fuerte inclinación a delegar.

No sólo delegamos tareas.

Delegamos también el pensamiento.

Unos lo delegan en partidos políticos.

Otros en líderes religiosos.

Otros en profesores.

Otros en periodistas.

Otros en tertulianos.

Otros en celebridades.

Otros en la opinión dominante de su grupo social.

El mecanismo siempre es parecido.

Resulta más cómodo aceptar respuestas prefabricadas que formular preguntas incómodas.

Resulta más cómodo repetir que investigar.

Resulta más cómodo obedecer que pensar.

La historia humana está llena de ejemplos.

Movimientos políticos.

Sectas religiosas.

Corrientes ideológicas.

Todos ellos ofrecen una ventaja psicológica extraordinaria.

Liberan al individuo de la pesada carga de pensar por sí mismo.

Proporcionan respuestas.

Explicaciones.

Consignas.

Y una sensación de pertenencia.

A cambio exigen algo muy concreto.

La renuncia al juicio propio.

Pensar tiene un precio

La libertad intelectual nunca ha sido gratuita.

Pensar tiene un precio.

Y ese precio suele llamarse incertidumbre.

Quien piensa por sí mismo descubre pronto algo incómodo.

La realidad es compleja.

Mucho más compleja de lo que sugieren los eslóganes.

Mucho más compleja de lo que afirman los propagandistas.

Mucho más compleja de lo que prometen los vendedores de soluciones milagrosas.

Pensar implica convivir con preguntas sin respuesta inmediata.

Implica aceptar que algunos problemas no admiten soluciones simples.

Implica reconocer que muchas cuestiones importantes contienen matices.

Y eso produce inquietud.

Porque los seres humanos preferimos la seguridad a la incertidumbre.

Preferimos las respuestas cerradas a las preguntas abiertas.

Preferimos la comodidad de la tribu al riesgo de caminar solos.

El miedo a quedarse sin suelo bajo los pies

Albert Camus comprendió perfectamente esta dimensión del problema.

Muchos individuos construyen una visión del mundo que les sirve de refugio.

Esa visión puede ser correcta o equivocada.

Pero les proporciona estabilidad.

Les permite orientarse.

Les permite interpretar la realidad.

El problema aparece cuando alguien cuestiona alguno de sus pilares fundamentales.

Entonces surge una sensación muy parecida al vértigo.

¿Y si estoy equivocado?

¿Y si muchas de las cosas que he creído durante años son falsas?

¿Y si las respuestas sobre las que he construido mi vida eran insuficientes?

En ese momento la discusión deja de ser intelectual.

Se convierte en un problema emocional.

Y muchas personas reaccionan aferrándose todavía más a sus creencias.

No porque sean sólidas.

Precisamente porque son frágiles.

El equilibrio inestable

Existe una imagen que ayuda a comprender este fenómeno.

Muchas personas viven en una especie de equilibrio inestable.

Mientras nadie cuestione sus convicciones, parecen seguras.

Parecen firmes.

Parecen convencidas.

Pero basta una pregunta incómoda para que aparezca el temor.

Temor a caer.

Temor a perder referencias.

Temor a tener que reconstruir desde el principio parte de su visión del mundo.

Por eso tantas personas rehúyen determinados libros.

Por eso evitan ciertas conversaciones.

Por eso se rodean exclusivamente de quienes piensan igual.

No buscan aprender.

Buscan protegerse.

Y cuanto más frágil resulta una creencia, más agresivamente suele defenderse.

La diferencia entre pensar y reaccionar

Existe otra confusión frecuente.

Muchos creen que pensar consiste en reaccionar.

Ven una noticia.

Reaccionan.

Escuchan una opinión.

Reaccionan.

Leen un titular.

Reaccionan.

Pero pensar exige algo distinto.

Exige detenerse.

Exige examinar.

Exige preguntarse:

¿Es cierto?

¿Qué pruebas existen?

¿Qué argumentos sostienen esta afirmación?

¿Qué argumentos la contradicen?

¿Estoy interpretando correctamente los hechos?

¿Estoy confundiendo deseos con realidad?

Pensar requiere tiempo.

Y precisamente por eso resulta cada vez más escaso.

Vivimos rodeados de estímulos que buscan provocar reacciones inmediatas.

Indignación inmediata.

Entusiasmo inmediato.

Miedo inmediato.

Pero el pensamiento no prospera en la precipitación.

Prospera en la reflexión.

La soledad del pensamiento independiente

Existe además otra razón por la que tantas personas prefieren no pensar por cuenta propia.

Pensar puede resultar solitario.

Quien llega a determinadas conclusiones descubre a veces que contradicen las opiniones dominantes de su entorno.

Y eso genera incomodidad.

Porque los seres humanos somos animales sociales.

Deseamos pertenecer.

Deseamos ser aceptados.

Deseamos evitar conflictos innecesarios.

Por eso resulta tan tentador acomodar nuestras opiniones a las del grupo.

Sin embargo, la historia demuestra que prácticamente todos los avances importantes comenzaron siendo opiniones minoritarias.

Todas las verdades incómodas fueron impopulares en algún momento.

Todas las grandes rectificaciones nacieron de alguien dispuesto a pensar por sí mismo.

La valentía de rectificar

Quizá la mayor enseñanza de Kant pueda resumirse en una sola idea.

Pensar exige valor.

Valor para cuestionar.

Valor para aprender.

Valor para disentir.

Valor para admitir errores.

Y valor para cambiar de opinión cuando los hechos lo exigen.

Porque rectificar no constituye una derrota.

La derrota consiste en permanecer voluntariamente dentro del error una vez descubierto.

La rectificación, por el contrario, constituye una de las formas más elevadas de honestidad intelectual.

Y quizá también una de las formas más difíciles de valentía.

(Continuará)

TERCERA ENTREGA

Pensar exige palabras

Existe una cuestión que rara vez se menciona cuando se habla de inteligencia, pensamiento o libertad intelectual.

Pensar exige palabras.

Pensamos mediante conceptos.

Reflexionamos mediante el lenguaje.

Analizamos la realidad mediante categorías que hemos aprendido a nombrar.

En gran medida, pensar consiste en mantener una conversación con uno mismo.

Por eso el dominio de la lengua no constituye un adorno cultural.

Constituye una herramienta fundamental para comprender el mundo.

Cuanto más rico es nuestro vocabulario, más rica puede llegar a ser nuestra comprensión de la realidad.

Cuantos más conceptos manejamos, más matices somos capaces de percibir.

Cuantos más matices percibimos, menos vulnerables somos a la simplificación, la manipulación y el fanatismo.

Por el contrario, cuando el lenguaje se empobrece, el pensamiento también se empobrece.

El idioma como herramienta de pensamiento

Las palabras no son simples etiquetas.

Son herramientas.

Con ellas clasificamos.

Distinguimos.

Relacionamos.

Comparamos.

Comprendemos.

Quien sólo dispone de unas pocas palabras para describir el mundo termina viendo un mundo simplificado.

Quien desconoce los matices termina confundiendo fenómenos distintos.

Quien carece de vocabulario suficiente encuentra enormes dificultades para formular razonamientos complejos.

No es casualidad que los niños amplíen simultáneamente su lenguaje y su capacidad para pensar.

Ambas cosas avanzan juntas.

Y tampoco es casualidad que los grandes lectores suelan poseer una capacidad de análisis superior a la media.

La lectura no sólo proporciona información.

Proporciona herramientas mentales.

Amplía el repertorio de conceptos disponibles para interpretar la realidad.

Pensar bien exige hablar bien

Durante décadas se ha difundido una idea profundamente equivocada.

La de que la precisión en el lenguaje constituye una cuestión secundaria.

Nada más lejos de la verdad.

Quien emplea palabras confusas termina pensando de manera confusa.

Quien utiliza términos ambiguos acaba construyendo razonamientos ambiguos.

Quien desconoce los significados precisos de las palabras difícilmente podrá alcanzar conclusiones precisas.

No se trata de utilizar palabras difíciles.

Se trata de utilizar las palabras correctas.

Cada cosa debe recibir el nombre que le corresponde.

Y cada concepto debe poseer límites suficientemente claros.

La claridad del pensamiento comienza siempre por la claridad del lenguaje.

Orwell y el empobrecimiento deliberado del lenguaje

George Orwell comprendió esta cuestión mejor que muchos lingüistas y pedagogos.

En su novela 1984 describió la llamada «neolengua».

Muchos lectores interpretan aquel recurso como una simple fantasía literaria.

En realidad constituía una reflexión política y psicológica de enorme profundidad.

La finalidad de la neolengua no consistía únicamente en cambiar palabras.

Su verdadero objetivo era impedir determinados pensamientos.

Porque si desaparecen las palabras necesarias para expresar una idea, esa idea se vuelve cada vez más difícil de formular.

Y aquello que resulta difícil de formular termina resultando difícil de pensar.

La manipulación del lenguaje constituye una de las formas más eficaces de manipulación de la inteligencia.

Aristóteles y las leyes del pensamiento

Pero el lenguaje, por sí solo, no basta.

Pensar correctamente exige además respetar ciertas reglas elementales.

Hace más de dos mil años, Aristóteles formuló algunas de ellas.

Y siguen siendo tan válidas hoy como entonces.

La primera es el principio de identidad.

Una cosa es lo que es.

A es A.

La segunda es el principio de no contradicción.

Nada puede ser y no ser simultáneamente bajo el mismo aspecto.

La tercera es el principio del tercero excluido.

Entre una afirmación y su negación no existe una tercera posibilidad.

Parece obvio.

Y precisamente por eso resulta sorprendente comprobar cuántas veces se ignoran estas reglas elementales.

La realidad no negocia

Una de las características más curiosas de nuestro tiempo consiste en la creciente tendencia a confundir deseos con hechos.

Muchas personas parecen creer que la realidad debe adaptarse a sus preferencias.

Pero la realidad posee una desagradable costumbre.

No negocia.

No se adapta a nuestros sentimientos.

No modifica sus leyes porque nos resulten incómodas.

Podemos ignorarla.

Podemos negarla.

Podemos disfrazarla.

Podemos reinterpretarla.

Pero no podemos cambiarla mediante declaraciones solemnes o simples deseos.

La realidad termina imponiéndose.

Siempre.

Por eso el pensamiento serio comienza con una actitud de respeto hacia los hechos.

Los hechos pueden interpretarse.

Pero no inventarse.

Cuando la contradicción se convierte en costumbre

Resulta llamativo observar cómo muchas personas son capaces de sostener simultáneamente afirmaciones incompatibles.

Y hacerlo sin experimentar la menor incomodidad.

Defienden una cosa por la mañana.

La contraria por la tarde.

Y ambas al mismo tiempo cuando la situación lo requiere.

Cuando alguien señala la contradicción suelen responder acusando al interlocutor de simplificar.

Pero señalar una contradicción no constituye una simplificación.

Constituye una exigencia mínima de coherencia.

La lógica no es una limitación.

Es una herramienta.

Una protección frente al engaño.

Y, sobre todo, una protección frente al autoengaño.

Pensar exige disciplina

Todo esto nos conduce a una conclusión sencilla.

Pensar correctamente no constituye una actividad espontánea.

Exige esfuerzo.

Exige atención.

Exige disciplina.

Exige aprender a distinguir entre hechos y opiniones.

Entre razonamientos y emociones.

Entre pruebas y deseos.

Entre realidad e imaginación.

Por eso el pensamiento riguroso nunca ha sido especialmente popular.

Resulta mucho más cómodo dejarse llevar por impulsos, consignas o sentimientos.

Pero quien renuncia a la disciplina intelectual termina convirtiéndose en presa fácil de cualquier manipulador.

Porque quien no gobierna sus pensamientos acaba siendo gobernado por los pensamientos de otros.

Y pocas formas de servidumbre existen más peligrosas que ésa.

(Continuará)

CUARTA ENTREGA

La tiranía de la opinión y el desprecio contemporáneo al saber

Existe una contradicción particularmente llamativa en nuestro tiempo.

Nunca hubo tantos centros de enseñanza.

Nunca hubo tantos titulados.

Nunca hubo tantas bibliotecas.

Nunca hubo tantos libros.

Nunca hubo tantas posibilidades de acceder al conocimiento.

Y, sin embargo, pocas veces se ha contemplado con tanta desconfianza a quienes realmente saben de aquello que hablan.

Se ha puesto de moda afirmar que todas las opiniones valen lo mismo.

La frase suele pronunciarse con aire de tolerancia.

Incluso con apariencia de sabiduría.

Pero encierra una profunda confusión.

Las personas poseen la misma dignidad.

Las opiniones no.

Una opinión basada en cuarenta años de estudio no posee el mismo valor que una ocurrencia improvisada.

La opinión de quien ha dedicado media vida a investigar un asunto no tiene el mismo peso que la de quien apenas conoce cuatro tópicos aprendidos de memoria.

Naturalmente, cualquiera tiene derecho a opinar.

Pero el derecho a opinar no convierte automáticamente cualquier opinión en conocimiento.

Porque una cosa es tener una opinión.

Y otra muy distinta saber de qué se habla.

La diferencia entre opinión y conocimiento

Los antiguos griegos distinguían claramente entre la opinión y el conocimiento.

Sabían que no eran lo mismo.

Una opinión puede ser correcta.

Puede ser equivocada.

Puede aproximarse a la verdad.

Puede alejarse completamente de ella.

Pero sigue siendo una opinión.

El conocimiento exige algo más.

Exige observación.

Exige experiencia.

Exige estudio.

Exige contrastación.

Exige someter las ideas a la prueba de la realidad.

Sin embargo, vivimos en una época en la que muchas personas parecen haber olvidado esta diferencia elemental.

Tener una opinión ya no constituye el comienzo de una investigación.

Se ha convertido en el final del proceso.

La gente opina primero.

Y después busca argumentos para justificar aquello que ya había decidido creer.

La exhibición orgullosa de la ignorancia

Existe otro fenómeno todavía más preocupante.

Durante siglos, la ignorancia se ocultaba.

No saber algo producía cierta incomodidad.

Quien desconocía una materia procuraba aprender.

O al menos callar hasta informarse.

Hoy ocurre con frecuencia lo contrario.

Cada vez resulta más habitual encontrar personas que presumen de no leer.

Que presumen de no estudiar.

Que presumen de desconocer cuestiones elementales.

Y que contemplan con recelo a quienes han dedicado años al aprendizaje.

El conocimiento se convierte en sospechoso.

El estudio se interpreta como pedantería.

La competencia se presenta como arrogancia.

Y la ignorancia termina disfrazándose de autenticidad.

Se trata de una inversión de valores extraordinariamente peligrosa.

Porque una sociedad que deja de admirar el conocimiento termina admirando la ocurrencia.

Y una sociedad que admira la ocurrencia acaba entregándose a los charlatanes.

El triunfo del charlatán

Toda época de decadencia intelectual produce sus propios vendedores de humo.

Personas capaces de opinar sobre cualquier asunto sin haber dedicado el menor esfuerzo a comprenderlo.

Lo mismo hablan de economía que de medicina.

Lo mismo explican la historia universal que el funcionamiento del cerebro humano.

Lo mismo pontifican sobre educación que sobre física.

Y siempre con la misma seguridad.

Porque la seguridad no depende necesariamente del conocimiento.

Con frecuencia ocurre exactamente lo contrario.

Quien sabe poco suele mostrarse absolutamente convencido.

Quien sabe mucho suele ser más prudente.

No porque sea más débil.

Sino porque comprende la complejidad de aquello que estudia.

La ilusión de la información

A esta confusión se añade otra.

La confusión entre información y conocimiento.

Vivimos rodeados de información.

Miles de noticias.

Miles de datos.

Miles de opiniones.

Miles de imágenes.

Miles de mensajes.

Pero disponer de información no significa comprender.

Una persona puede memorizar miles de datos y seguir siendo incapaz de interpretarlos.

Puede repetir cifras sin entender su significado.

Puede recitar hechos sin comprender sus causas.

Puede acumular conocimientos fragmentarios sin poseer una visión coherente de conjunto.

La diferencia entre información y conocimiento es semejante a la diferencia entre poseer una caja de herramientas y saber construir una casa.

Muchos acumulan herramientas.

Muy pocos aprenden a utilizarlas.

La especialización y la ignorancia ilustrada

La sociedad moderna ha producido además una figura particularmente curiosa.

El especialista que sabe muchísimo sobre casi nada.

Y casi nada sobre todo lo demás.

Naturalmente, la especialización resulta necesaria.

Nadie puede dominar todos los campos del saber.

Pero existe un peligro evidente.

Confundir el conocimiento profundo de una parcela minúscula con la comprensión global de la realidad.

El especialista corre el riesgo de convertirse en un ignorante ilustrado.

Alguien que conoce con extraordinario detalle una pequeña habitación y cree por ello conocer toda la casa.

La prudencia intelectual consiste precisamente en reconocer esos límites.

El conocimiento como ejercicio de humildad

Paradójicamente, cuanto más aprende una persona, más consciente suele ser de sus limitaciones.

Cada respuesta genera nuevas preguntas.

Cada descubrimiento revela nuevos territorios desconocidos.

Cada avance muestra la inmensidad de lo que todavía queda por comprender.

Por eso el conocimiento auténtico suele ir acompañado de modestia.

Y por eso la arrogancia intelectual suele ser síntoma de superficialidad.

El ignorante cree que sabe.

El sabio sabe cuánto ignora.

Sócrates comprendió esta verdad hace veinticinco siglos.

Y sigue siendo igual de válida hoy.

Quizá incluso más.

Porque nunca hubo tantos motivos para creer que sabemos mucho.

Y nunca fue tan necesario recordar cuánto nos queda por aprender.

El primer síntoma del fanatismo

Existe una señal muy sencilla que permite identificar el comienzo del fanatismo.

La desaparición de la curiosidad.

Cuando una persona deja de hacerse preguntas.

Cuando deja de escuchar.

Cuando deja de aprender.

Cuando considera que ya posee todas las respuestas importantes.

Entonces comienza el deterioro.

Porque el conocimiento no muere cuando dejamos de estudiar.

Muere cuando dejamos de preguntarnos si estamos equivocados.

Y ése suele ser también el momento en que la inteligencia empieza a convertirse en dogma.

(Continuará)

QUINTA ENTREGA

Las trampas del pensamiento: cómo los seres humanos consiguen tener razón incluso cuando están equivocados

Uno de los espectáculos más sorprendentes de la condición humana consiste en observar hasta qué punto somos capaces de defender una equivocación.

No hablamos de simples errores.

Todos nos equivocamos.

Hablamos de algo mucho más llamativo.

La capacidad para sostener una idea manifiestamente falsa y, al mismo tiempo, convencernos de que seguimos teniendo razón.

A primera vista parece absurdo.

Sin embargo, ocurre constantemente.

En la política.

En la economía.

En la religión.

En la ciencia.

En la vida familiar.

En las relaciones personales.

Y, sobre todo, ocurre dentro de nuestra propia cabeza.

Porque el ser humano no sólo posee una extraordinaria capacidad para engañar a los demás.

Posee una capacidad todavía mayor para engañarse a sí mismo.

La lógica como defensa frente al engaño

Aristóteles comprendió hace más de dos mil años algo que muchos parecen haber olvidado.

La lógica no es un juego intelectual.

No es una distracción para filósofos.

No es una extravagancia académica.

La lógica constituye una herramienta de supervivencia.

Nos permite distinguir entre razonamiento y propaganda.

Entre demostración y manipulación.

Entre verdad y apariencia.

Por eso todas las formas de fanatismo terminan mostrando una profunda hostilidad hacia la lógica.

Porque la lógica obliga a justificar las afirmaciones.

Obliga a demostrar.

Obliga a respetar ciertas reglas.

Y el fanático no busca demostrar.

Busca vencer.

La falacia ad hominem

Probablemente sea la más frecuente de todas.

Y también una de las más antiguas.

Consiste en atacar a quien formula una idea en lugar de responder a la idea misma.

Si alguien sostiene que dos más dos son cuatro, la verdad o falsedad de la afirmación no depende de quién la formule.

No depende de su edad.

No depende de su religión.

No depende de su sexo.

No depende de su origen social.

No depende de su simpatía personal.

Y, sin embargo, millones de discusiones terminan desviándose precisamente hacia ahí.

«No le hagas caso porque es rico.»

«No le hagas caso porque es pobre.»

«No le hagas caso porque es conservador.»

«No le hagas caso porque es progresista.»

«No le hagas caso porque pertenece a tal grupo.»

Nada de eso responde al argumento.

Simplemente intenta desacreditar al interlocutor.

Cuando desaparecen los razonamientos suele comenzar el ataque personal.

La falacia ad populum

Otra trampa muy habitual consiste en afirmar que algo es verdadero porque mucha gente lo cree.

Pero la verdad jamás se decide mediante votación.

Durante siglos, casi toda la humanidad creyó que el Sol giraba alrededor de la Tierra.

Y estaban equivocados.

Durante siglos se aceptaron supersticiones absurdas.

Y estaban equivocados.

La realidad permanece indiferente a las encuestas.

Los hechos no cuentan votos.

Una mentira repetida por millones de personas continúa siendo una mentira.

Y una verdad defendida por una sola persona continúa siendo una verdad.

La falacia de autoridad

También resulta frecuente sustituir los argumentos por los títulos.

«Lo ha dicho un experto.»

«Lo afirma un catedrático.»

«Lo sostiene un premio Nobel.»

Naturalmente, la opinión de quien sabe merece atención.

Sería absurdo ignorar el conocimiento especializado.

Pero incluso los expertos se equivocan.

La historia de la ciencia está llena de errores defendidos por las mayores autoridades de cada época.

La pregunta importante nunca es:

«¿Quién lo dice?»

La pregunta importante es:

«¿Qué pruebas aporta?»

Porque la verdad no depende de los galones.

Depende de los hechos.

La falacia sentimental

Existe además una trampa especialmente extendida en nuestra época.

Consiste en sustituir el razonamiento por la emoción.

Algo se considera verdadero porque conmueve.

Porque enternece.

Porque parece compasivo.

Porque suena bien.

Pero las emociones no constituyen pruebas.

Pueden acompañar a la verdad.

Y también al error.

La compasión constituye una virtud moral.

Pero no un método para descubrir cómo funciona la realidad.

Las buenas intenciones jamás han sustituido al conocimiento.

Y la historia está llena de desastres provocados por personas convencidas de que actuaban movidas por los más nobles sentimientos.

La mentira más peligrosa

Sin embargo, ninguna de estas trampas resulta tan peligrosa como el autoengaño.

Porque mientras los demás pueden desenmascarar nuestras mentiras, resulta mucho más difícil desenmascarar las que nos contamos a nosotros mismos.

Y aquí aparece una de las aportaciones más interesantes de Robert Trivers.

Robert Trivers y el arte de engañarse a uno mismo

Trivers formuló una idea tan sencilla como inquietante.

Los seres humanos no sólo engañamos a los demás.

Nos engañamos constantemente a nosotros mismos.

Y lo hacemos porque el autoengaño posee ventajas.

Quien cree sinceramente una falsedad resulta mucho más convincente que quien miente conscientemente.

No aparenta sinceridad.

La siente.

No aparenta convicción.

La posee.

Por eso el autoengaño constituye una herramienta tan poderosa.

Nos permite preservar una buena imagen de nosotros mismos.

Nos permite justificar nuestros errores.

Nos permite proteger nuestro orgullo.

Nos permite seguir creyéndonos razonables incluso cuando actuamos irracionalmente.

No vemos la realidad tal como es

Nos gusta pensar que observamos los hechos objetivamente.

Pero rara vez ocurre así.

Interpretamos la realidad mediante filtros.

Experiencias.

Prejuicios.

Creencias.

Deseos.

Temores.

Intereses.

Y una vez que esos filtros se consolidan tendemos a seleccionar aquello que confirma nuestras convicciones y a ignorar aquello que las contradice.

No vemos la realidad tal como es.

La vemos tal como somos.

Por eso dos personas pueden contemplar exactamente el mismo acontecimiento y llegar a conclusiones radicalmente distintas.

Y ambas sentirse completamente seguras de tener razón.

El orgullo como aliado del autoengaño

Cuanto más tiempo hemos defendido una idea, más difícil resulta abandonarla.

Cuantos más esfuerzos hemos invertido en ella, más nos resistimos a reconocer el error.

Cuanto mayor es nuestro compromiso emocional, más poderosa se vuelve la tentación del autoengaño.

Y aquí aparece uno de los grandes enemigos del aprendizaje.

El orgullo.

Porque el orgullo no soporta reconocer errores.

Prefiere reinterpretar la realidad.

Prefiere justificar contradicciones.

Prefiere inventar excusas.

Todo antes que admitir:

«Me equivoqué.»

Sin embargo, esa sencilla frase constituye una de las mayores muestras de inteligencia que existen.

El comienzo de la libertad intelectual

La libertad intelectual no comienza cuando aprendemos a criticar a los demás.

Comienza cuando aprendemos a sospechar de nosotros mismos.

Cuando comprendemos que también podemos equivocarnos.

Cuando aceptamos que nuestras creencias pueden contener errores.

Cuando entendemos que el principal enemigo de la verdad muchas veces no se encuentra fuera.

Se encuentra dentro de nuestra propia cabeza.

Y precisamente por eso la humildad intelectual constituye una virtud tan extraordinariamente valiosa.

Porque sólo quien reconoce la posibilidad de engañarse conserva la posibilidad de corregirse.

Y sólo quien conserva la posibilidad de corregirse continúa siendo capaz de aprender.

(Continuará)

SEXTA ENTREGA

El caballo muerto, la obstinación y el miedo a reconocer el error

Existe una forma de estupidez especialmente frecuente entre personas inteligentes.

Y precisamente por eso resulta tan peligrosa.

No consiste en ignorar la realidad.

Consiste en reconocerla y negarse a actuar en consecuencia.

Todos hemos conocido casos semejantes.

Personas que emprenden un camino.

Invierten años.

Invierten dinero.

Invierten esfuerzos.

Invierten ilusiones.

Y, llegado un momento, descubren que han elegido mal.

Los hechos son evidentes.

Los resultados son malos.

Los objetivos no se alcanzan.

La realidad habla con claridad.

Sin embargo, en lugar de rectificar, deciden continuar.

Y continuar.

Y continuar.

Esperando que ocurra algo milagroso.

El coste hundido

Los economistas llaman a este fenómeno «coste hundido».

La expresión es correcta, pero resulta demasiado fría para describir un problema profundamente humano.

Lo que realmente sucede es algo mucho más sencillo.

Nos duele reconocer que hemos perdido tiempo.

Nos duele reconocer que hemos cometido errores.

Nos duele admitir que llevábamos años caminando en dirección equivocada.

Y cuanto mayor ha sido la inversión realizada, más difícil resulta rectificar.

El individuo se repite constantemente:

«He llegado demasiado lejos para volver atrás.»

«Ya encontraré una solución.»

«Seguro que aparece un atajo.»

«No puedo haberme equivocado después de tantos años.»

Y así continúa avanzando.

No porque el camino sea correcto.

Sino porque le resulta insoportable admitir que eligió mal.

Einstein y la definición de locura

Existe una frase atribuida a Albert Einstein cuya autenticidad histórica resulta discutible, pero cuya intuición contiene una gran verdad.

Afirma que la locura consiste en repetir una y otra vez la misma conducta esperando obtener resultados distintos.

La observación encierra una profunda enseñanza.

La realidad posee una enorme paciencia.

Pero no suele modificar sus reglas para adaptarse a nuestros deseos.

Si una estrategia fracasa repetidamente, lo razonable consiste en revisarla.

Si un planteamiento produce sistemáticamente malos resultados, lo razonable consiste en cuestionarlo.

Si una explicación no encaja con los hechos, lo razonable consiste en corregirla.

Sin embargo, muchas personas hacen exactamente lo contrario.

Convierten la obstinación en una virtud.

Confunden perseverancia con terquedad.

Confunden fidelidad con inmovilismo.

Confunden coherencia con incapacidad para aprender.

La sabiduría de bajarse del caballo muerto

Diversos pueblos indígenas norteamericanos expresaban esta idea mediante una imagen extraordinariamente sencilla.

Cuando descubras que cabalgas sobre un caballo muerto, desmonta.

Parece una recomendación elemental.

Pero los seres humanos solemos actuar de otra manera.

Compramos una silla nueva para el caballo muerto.

Contratamos expertos para estudiar al caballo muerto.

Creamos una comisión para analizar al caballo muerto.

Elaboramos informes sobre el caballo muerto.

Celebramos congresos acerca del caballo muerto.

Buscamos culpables de la muerte del caballo.

Y todo ello para evitar la única decisión sensata.

Bajarnos.

La imagen provoca una sonrisa.

Pero basta observar la historia para comprobar hasta qué punto refleja comportamientos habituales.

Las ideologías como caballos muertos

Pocas cosas ilustran mejor este fenómeno que las ideologías.

Una persona adopta una determinada visión política o social durante su juventud.

A partir de ese momento interpreta toda la realidad a través de ella.

Los años pasan.

Las evidencias se acumulan.

Los fracasos se multiplican.

Las contradicciones aparecen por todas partes.

Pero la conclusión rara vez consiste en revisar las premisas.

Por el contrario.

Se multiplican las justificaciones.

Se buscan explicaciones secundarias.

Se inventan enemigos.

Se acusa a conspiradores.

Se responsabiliza a las circunstancias.

Todo menos examinar la posibilidad de que la teoría estuviera equivocada desde el principio.

La realidad queda subordinada a la doctrina.

Y cuando la doctrina choca contra los hechos, peor para los hechos.

El fanático y el converso

Existe además una curiosa paradoja.

Los mayores fanáticos suelen ser antiguos conversos.

Personas que abrazaron una idea con intensidad casi religiosa.

Porque quien construye su identidad alrededor de una creencia siente cualquier crítica como una agresión personal.

Ya no se cuestiona una teoría.

Se cuestiona una parte de sí mismo.

Y por eso reacciona con tanta violencia.

No defiende una explicación.

Defiende su autoestima.

Defiende años de compromiso emocional.

Defiende la imagen que tiene de sí mismo.

El orgullo y la vergüenza

En el fondo, la obstinación suele alimentarse de dos emociones.

El orgullo.

Y la vergüenza.

Orgullo para admitir el error.

Vergüenza por haber estado equivocado.

Pero ambas emociones contienen una trampa.

Suponen que el error constituye una deshonra.

Y no es cierto.

Lo verdaderamente vergonzoso no es equivocarse.

Lo verdaderamente vergonzoso es negarse a aprender.

Todo ser humano se equivoca.

Todo ser humano interpreta mal la realidad en algún momento.

Todo ser humano sostiene creencias que más tarde descubre falsas.

Eso forma parte del aprendizaje.

La diferencia aparece después.

Unos rectifican.

Otros se aferran.

La gran lección de la experiencia

Con los años, las personas verdaderamente sabias descubren algo curioso.

Las mayores lecciones de su vida no proceden de sus aciertos.

Proceden de sus errores.

Los errores obligan a pensar.

Obligan a revisar.

Obligan a corregir.

Obligan a crecer.

Los aciertos proporcionan satisfacción.

Los errores proporcionan conocimiento.

Siempre que tengamos la humildad suficiente para reconocerlos.

La inteligencia como capacidad de rectificación

Tal vez la inteligencia no consista tanto en acertar como en corregirse.

Después de todo, incluso las personas más brillantes se equivocan.

Los científicos se equivocan.

Los filósofos se equivocan.

Los economistas se equivocan.

Los gobernantes se equivocan.

Los padres se equivocan.

Todos nos equivocamos.

La diferencia no reside en la ausencia de errores.

Reside en la capacidad para reconocerlos.

Y precisamente por eso cambiar de opinión cuando la realidad lo exige no constituye una derrota.

Constituye una victoria.

Una victoria sobre el orgullo.

Sobre el miedo.

Sobre el autoengaño.

Y, en última instancia, una victoria sobre nosotros mismos.

(Continuará)

SÉPTIMA ENTREGA

Las ideologías, el sentimentalismo y la tentación de dejar de pensar

Si existe una tentación permanente en la historia humana, ésa es la de sustituir la realidad por una explicación sencilla de la realidad.

Pensar exige esfuerzo.

Pensar exige tiempo.

Pensar exige estudio.

Pensar exige soportar la incertidumbre.

Pensar exige convivir con preguntas incómodas.

Las ideologías ofrecen exactamente lo contrario.

Ofrecen respuestas inmediatas.

Ofrecen explicaciones completas.

Ofrecen culpables perfectamente identificados.

Ofrecen soluciones aparentemente sencillas.

Y, sobre todo, ofrecen tranquilidad.

La tranquilidad de quien cree haber comprendido el mundo de una vez para siempre.

La contradicción de las ideologías

La propia palabra resulta curiosa.

Porque, en cierto sentido, encierra una contradicción.

Las ideas nacen para ayudarnos a comprender la realidad.

Las ideologías terminan con frecuencia intentando obligar a la realidad a encajar dentro de las ideas.

El pensamiento auténtico observa los hechos y construye conclusiones.

La ideología construye las conclusiones y después selecciona los hechos.

El pensamiento pregunta.

La ideología responde.

El pensamiento investiga.

La ideología sentencia.

El pensamiento corrige.

La ideología justifica.

El pensamiento permanece abierto.

La ideología se cierra sobre sí misma.

Por eso tantas ideologías terminan pareciéndose más a una religión secular que a una herramienta de análisis.

Cuando la realidad estorba

Toda ideología aspira a convertirse en una llave capaz de abrir todas las cerraduras.

Pretende explicar la historia.

La economía.

La política.

La educación.

La familia.

La cultura.

La naturaleza humana.

Todo.

Y ahí comienza el problema.

Porque la realidad es infinitamente más compleja que cualquier sistema teórico.

La vida humana está llena de excepciones.

De contradicciones.

De matices.

De circunstancias particulares.

Pero la ideología siente horror por los matices.

Necesita simplificar.

Necesita clasificar.

Necesita dividir.

Necesita ordenar.

Por eso suele reducir la realidad a esquemas elementales.

Buenos y malos.

Oprimidos y opresores.

Progresistas y reaccionarios.

Creyentes e infieles.

Patriotas y traidores.

Pueblo y enemigos del pueblo.

Los nombres cambian.

El mecanismo permanece.

El atractivo de las explicaciones simples

Los seres humanos sentimos una poderosa atracción por las explicaciones sencillas.

Resultan cómodas.

Resultan comprensibles.

Resultan tranquilizadoras.

El problema es que la realidad rara vez es sencilla.

La pobreza no tiene una única causa.

La delincuencia no tiene una única causa.

Las guerras no tienen una única causa.

La decadencia de las civilizaciones no tiene una única causa.

Las crisis económicas no tienen una única causa.

Las relaciones humanas no tienen una única causa.

La vida humana se parece mucho más a una maraña de factores que a un mecanismo simple.

Sin embargo, las ideologías suelen actuar como vendedores ambulantes de remedios milagrosos.

Prometen resolver problemas complejos mediante soluciones elementales.

Y cuanto más simple resulta la solución propuesta, más entusiasmo suele despertar.

El sentimentalismo tóxico

A esta tendencia se añade otra especialmente característica de nuestra época.

La sustitución del razonamiento por el sentimiento.

No hablamos de las emociones normales y legítimas que forman parte de la condición humana.

Hablamos de algo distinto.

Hablamos de convertir la emoción en criterio de verdad.

Algo se considera verdadero porque conmueve.

Algo se considera correcto porque produce una sensación agradable.

Algo se considera justo porque despierta compasión.

Y algo se considera falso porque resulta desagradable.

Pero la realidad no funciona así.

La gravedad no desaparece porque nos parezca antipática.

Las leyes económicas no dejan de actuar porque nos disgusten.

La naturaleza humana no cambia porque redactemos manifiestos.

Los hechos permanecen.

Aunque nos molesten.

Aunque nos indignen.

Aunque nos entristezcan.

Las buenas intenciones no bastan

Una de las lecciones más importantes de la historia consiste en comprender que las buenas intenciones no garantizan buenos resultados.

Muchísimas catástrofes han sido provocadas por personas convencidas de actuar por el bien de la humanidad.

Muchísimos errores han sido cometidos por individuos sinceramente persuadidos de que estaban construyendo un mundo mejor.

La historia del siglo XX constituye una prueba abrumadora.

Millones de muertos.

Millones de perseguidos.

Millones de vidas destruidas.

Todo ello realizado en nombre de ideales aparentemente nobles.

La compasión no sustituye al conocimiento.

La bondad no sustituye a la inteligencia.

Las buenas intenciones no sustituyen a la comprensión de las consecuencias.

Por eso el pensamiento serio exige algo más que emociones.

Exige examinar los resultados.

El triunfo del deseo sobre la realidad

Quizá uno de los rasgos más preocupantes de nuestro tiempo sea la creciente tendencia a confundir deseos con hechos.

Muchas personas parecen convencidas de que algo debe ser cierto porque desean que lo sea.

O porque consideran moralmente deseable que lo sea.

Pero los deseos no modifican la realidad.

La realidad sigue siendo la que es.

Y cuanto más tiempo intentamos ignorarla, más elevado suele resultar el precio que terminamos pagando.

Los antiguos estoicos comprendieron perfectamente esta verdad.

La sabiduría comienza cuando distinguimos entre aquello que deseamos y aquello que realmente existe.

Entre nuestros sueños y los hechos.

Entre nuestras preferencias y la realidad.

El pensamiento comienza donde termina la consigna

Las ideologías proporcionan respuestas.

El pensamiento proporciona preguntas.

Las ideologías ofrecen certezas.

El pensamiento ofrece investigación.

Las ideologías prometen tranquilidad.

El pensamiento exige esfuerzo.

Las ideologías buscan creyentes.

El pensamiento busca personas capaces de razonar.

Por eso la libertad intelectual comienza cuando dejamos de preguntarnos qué debemos pensar y empezamos a preguntarnos por qué pensamos lo que pensamos.

Y esa pregunta suele resultar mucho más incómoda de lo que parece.

Porque obliga a examinar nuestros prejuicios.

Nuestras creencias.

Nuestros intereses.

Nuestros temores.

Y nuestras ilusiones.

El valor de abandonar los dogmas

Llegados a este punto conviene recordar una verdad sencilla.

Ninguna idea merece fidelidad eterna.

Ninguna teoría merece obediencia absoluta.

Ninguna doctrina merece convertirse en una cárcel mental.

Las ideas son herramientas.

No cadenas.

Deben ayudarnos a comprender la realidad.

No sustituirla.

Y cuando dejan de cumplir esa función debemos revisarlas.

Corregirlas.

O abandonarlas.

Porque la finalidad del pensamiento no consiste en proteger teorías.

Consiste en comprender la realidad lo mejor posible.

Y eso exige una virtud que las ideologías suelen considerar peligrosa:

La libertad de rectificar.

OCTAVA ENTREGA

Entre la rectificación honesta y el oportunismo

A lo largo de estas páginas hemos defendido una idea que puede parecer extraña en nuestro tiempo.

Cambiar de opinión cuando la realidad demuestra que estábamos equivocados constituye una virtud.

No una debilidad.

No una derrota.

No una vergüenza.

Una virtud.

Sin embargo, llegados a este punto conviene introducir una matización importante.

No todo cambio de opinión constituye una muestra de inteligencia.

No toda rectificación constituye una muestra de sabiduría.

No toda evolución constituye una mejora.

Existe una diferencia enorme entre corregir un error y acomodarse a la conveniencia del momento.

Y confundir ambas cosas conduce a numerosos malentendidos.

Groucho Marx y los principios de quita y pon

La célebre frase de Groucho Marx sigue conservando toda su vigencia:

«Estos son mis principios. Pero si no le gustan, tengo otros.»

La frase provoca una sonrisa porque retrata una debilidad humana muy frecuente.

La tendencia a adaptar nuestras convicciones a nuestros intereses.

La tendencia a llamar evolución a lo que muchas veces no es más que conveniencia.

La tendencia a modificar el discurso sin modificar realmente el pensamiento.

Y la tendencia a reescribir el pasado para ocultar contradicciones evidentes.

El oportunista no cambia porque ha aprendido.

Cambia porque le conviene.

No modifica sus ideas porque los hechos le hayan convencido.

Las modifica porque las circunstancias han cambiado.

Y cuando vuelve a cambiar el viento, vuelve a cambiar de principios.

El fanático y el oportunista

A primera vista parecen opuestos.

Pero no lo son tanto.

El fanático jamás rectifica.

El oportunista rectifica constantemente.

El primero convierte sus ideas en una cárcel.

El segundo las convierte en mercancía.

Uno permanece inmóvil.

El otro gira como una veleta.

Pero ambos tienen algo en común.

Ninguno busca la verdad.

El fanático busca seguridad.

El oportunista busca ventaja.

La verdad ocupa un lugar secundario en ambos casos.

El hombre libre

El hombre libre ocupa una posición mucho más incómoda.

Y mucho más difícil.

No cambia porque la moda cambie.

No cambia porque la presión social aumente.

No cambia porque ello le proporcione beneficios.

Pero tampoco se aferra a un error cuando los hechos lo desmienten.

Escucha.

Observa.

Compara.

Reflexiona.

Y cuando descubre que estaba equivocado rectifica.

No porque sea débil.

Precisamente porque es fuerte.

Porque posee la fortaleza necesaria para enfrentarse a su propio orgullo.

La falsa coherencia

Existe una palabra especialmente sobrevalorada.

Coherencia.

Naturalmente, la coherencia constituye una virtud.

Pero sólo cuando está al servicio de la verdad.

No cuando se convierte en una excusa para permanecer dentro del error.

Muchas personas confunden coherencia con inmovilismo.

Creen que deben seguir defendiendo una idea simplemente porque la defendieron hace veinte años.

Como si la realidad tuviera la obligación de permanecer inmóvil para no ponerlas en evidencia.

Pero la realidad cambia.

Las circunstancias cambian.

Los conocimientos cambian.

Nosotros mismos cambiamos.

Y, en consecuencia, también pueden cambiar nuestras conclusiones.

La verdadera coherencia no consiste en repetir siempre lo mismo.

Consiste en aplicar siempre los mismos principios para examinar la realidad.

La fidelidad a la verdad

Existe una pregunta muy útil para distinguir la rectificación honesta del oportunismo.

¿A qué somos fieles?

¿A nuestras opiniones?

¿O a la verdad?

Quien es fiel a sus opiniones terminará ignorando los hechos.

Quien es fiel a la verdad modificará sus opiniones cuando los hechos lo exijan.

La diferencia parece pequeña.

En realidad es inmensa.

Porque las opiniones son provisionales.

La búsqueda de la verdad es permanente.

El orgullo disfrazado de firmeza

Muchas veces lo que llamamos firmeza no es más que orgullo.

La persona sabe que está equivocada.

Lo sospecha.

Lo intuye.

A veces incluso lo reconoce en privado.

Pero continúa defendiendo públicamente la misma postura.

No porque crea en ella.

Sino porque teme perder prestigio.

Teme parecer débil.

Teme admitir que otros tenían razón.

Y así convierte el orgullo en una especie de religión personal.

Una religión que exige sacrificios continuos.

Sacrificios de honestidad.

Sacrificios de inteligencia.

Sacrificios de libertad.

El miedo a reconocer los errores

Pocas cosas resultan tan difíciles para el ser humano como reconocer públicamente una equivocación.

Porque toda equivocación lleva asociada una herida narcisista.

Nos obliga a admitir que nuestra inteligencia tiene límites.

Nos obliga a aceptar que nuestros juicios pueden ser erróneos.

Nos obliga a contemplarnos con menos complacencia.

Pero precisamente ahí comienza la madurez.

El niño cree que siempre tiene razón.

El adolescente cree que ya lo sabe todo.

El adulto aprende que puede equivocarse.

Y el hombre sabio termina comprendiendo que seguirá equivocándose hasta el final de sus días.

La rectificación como muestra de fortaleza

Quizá haya llegado el momento de invertir una vieja costumbre.

Durante demasiado tiempo hemos admirado a quienes jamás rectifican.

Tal vez deberíamos empezar a admirar a quienes poseen el valor de hacerlo.

Porque reconocer un error exige más fortaleza que persistir en él.

Exige más valentía.

Exige más honestidad.

Y exige mucha más inteligencia.

No hace falta coraje para repetir una consigna.

Hace falta coraje para abandonarla.

No hace falta coraje para permanecer dentro del grupo.

Hace falta coraje para disentir.

No hace falta coraje para aferrarse a una mentira cómoda.

Hace falta coraje para aceptar una verdad incómoda.

La diferencia entre crecer y adaptarse

Al final, toda la cuestión puede resumirse en una sola pregunta.

¿Estamos cambiando porque aprendemos?

¿O estamos cambiando porque nos conviene?

La primera actitud conduce al crecimiento.

La segunda conduce al oportunismo.

La primera fortalece la inteligencia.

La segunda la degrada.

La primera exige honestidad.

La segunda exige cálculo.

Y sólo una de ellas merece el nombre de evolución.

(Continuará)

NOVENA ENTREGA

La necesidad humana de pertenecer y el miedo a pensar en soledad

Llegados a este punto conviene formular una pregunta incómoda.

Si la capacidad de rectificar resulta tan útil para aprender, si la realidad termina imponiéndose tarde o temprano y si la experiencia demuestra una y otra vez los peligros del fanatismo, ¿por qué tantas personas se aferran a sus creencias con tanta fuerza?

La respuesta no se encuentra únicamente en la inteligencia.

Ni siquiera en la ignorancia.

La respuesta se encuentra también en una característica profundamente humana.

La necesidad de pertenecer.

El ser humano es un animal social.

Necesita sentirse parte de algo.

De una familia.

De una comunidad.

De una nación.

De una religión.

De un partido.

De un grupo.

De una causa.

Esta necesidad es perfectamente natural.

Sin ella difícilmente habríamos sobrevivido como especie.

Pero también posee un lado oscuro.

Con frecuencia, el deseo de pertenecer termina imponiéndose al deseo de comprender.

La tribu antes que la verdad

Para muchas personas, cambiar de opinión no supone únicamente modificar una idea.

Supone correr el riesgo de ser expulsadas de su tribu.

Y eso provoca miedo.

Mucho miedo.

Porque la soledad intelectual puede resultar incómoda.

A veces incluso dolorosa.

Por eso resulta tan frecuente observar cómo individuos perfectamente inteligentes aceptan afirmaciones absurdas cuando proceden de su grupo de referencia.

No las aceptan porque sean razonables.

Las aceptan porque necesitan seguir perteneciendo.

La lealtad al grupo termina sustituyendo a la lealtad a la verdad.

Y a partir de ese momento el pensamiento deja de ser una búsqueda.

Se convierte en un acto de obediencia.

El consuelo de las certezas colectivas

Existe otra ventaja psicológica que ofrecen las ideologías, las sectas y los movimientos dogmáticos.

Liberan al individuo de la responsabilidad de pensar.

Proporcionan respuestas para todo.

Explican el pasado.

Interpretan el presente.

Predicen el futuro.

Identifican culpables.

Identifican héroes.

Identifican enemigos.

Todo parece ordenado.

Todo parece claro.

Todo parece sencillo.

Y precisamente ahí reside su atractivo.

Porque la realidad rara vez es sencilla.

La realidad está llena de incertidumbres.

De dudas.

De contradicciones.

De preguntas sin respuesta definitiva.

Muchos prefieren refugiarse en una explicación imperfecta antes que convivir con la incertidumbre.

La angustia de la libertad

Albert Camus comprendió este problema mejor que la mayoría de los filósofos contemporáneos.

La libertad no consiste únicamente en poder actuar.

La libertad implica también tener que decidir.

Y decidir implica asumir responsabilidad.

Pensar por cuenta propia exige exactamente eso.

Responsabilidad.

Ya no podemos culpar a la tribu.

Ya no podemos refugiarnos en la autoridad.

Ya no podemos escondernos detrás de una doctrina.

Tenemos que responder personalmente por nuestras conclusiones.

Y eso genera angustia.

La misma angustia de la que hablaba Camus.

La misma angustia que aparece cuando desaparecen las certezas artificiales.

La misma angustia que sienten quienes descubren que el mundo es mucho más complejo de lo que imaginaban.

El vértigo del vacío

Muchos individuos viven intelectualmente como quien camina por una estrecha cornisa.

Mientras nadie cuestione sus creencias, avanzan con relativa tranquilidad.

Pero basta una pregunta incómoda para que aparezca el vértigo.

¿Qué ocurre si esta idea es falsa?

¿Qué ocurre si esta explicación no funciona?

¿Qué ocurre si he construido mi visión del mundo sobre premisas equivocadas?

Entonces surge el miedo.

Y muchas personas reaccionan cerrando los ojos.

No porque la pregunta carezca de valor.

Precisamente porque posee demasiado valor.

Cuando la identidad sustituye al pensamiento

Existe un momento especialmente peligroso.

Ocurre cuando una opinión deja de ser una opinión y se convierte en identidad.

A partir de entonces ya no se discuten ideas.

Se defienden pertenencias.

Se defienden símbolos.

Se defienden banderas.

Se defienden emociones.

Toda crítica se interpreta como una agresión.

Toda discrepancia se percibe como una amenaza.

Y toda discusión termina convirtiéndose en un conflicto personal.

Cuando esto sucede, el pensamiento desaparece.

Porque el pensamiento exige distancia.

Exige serenidad.

Exige capacidad para examinar una idea sin sentirse atacado personalmente.

La libertad intelectual tiene un precio

Pocas personas están dispuestas a reconocerlo.

Pero la libertad intelectual posee un coste.

Quien piensa por sí mismo terminará discrepando de su entorno en más de una ocasión.

Terminará sintiéndose incómodo.

Terminará descubriendo que muchas creencias populares carecen de fundamento.

Terminará cuestionando ideas que otros consideran sagradas.

Y eso tiene consecuencias.

Puede provocar rechazo.

Puede provocar incomprensión.

Puede provocar aislamiento.

Por eso tantas personas prefieren la comodidad de la conformidad.

Porque pensar por cuenta propia nunca ha sido una actividad especialmente cómoda.

El valor de permanecer abierto

Sin embargo, existe una recompensa.

La recompensa de conservar la capacidad de aprender.

La recompensa de seguir creciendo.

La recompensa de no convertirse en esclavo de una doctrina.

La recompensa de mantener la mente viva.

Porque el verdadero pensador no sustituye unos dogmas por otros.

No cambia una prisión por otra.

No cambia una fe ciega por otra fe ciega.

Mantiene abiertas las ventanas.

Permite que entren nuevas ideas.

Permite que entren nuevos argumentos.

Permite que entren nuevos hechos.

Y cuando alguno de ellos demuestra que estaba equivocado, rectifica.

No porque sea débil.

Precisamente porque es libre.

La gran diferencia

Tal vez toda la diferencia entre el fanático y el hombre libre pueda resumirse de manera muy sencilla.

El fanático necesita tener razón.

El hombre libre necesita comprender.

El primero teme la duda.

El segundo la utiliza.

El primero busca seguridad.

El segundo busca verdad.

Y aunque ambas cosas puedan coincidir en ocasiones, no son lo mismo.

La verdad exige sacrificios.

La seguridad sólo exige obediencia.

(Continuará)

DÉCIMA ENTREGA

El lenguaje: la herramienta olvidada del pensamiento

Existe una relación tan íntima entre el lenguaje y el pensamiento que resulta imposible comprender uno sin comprender el otro.

Pensamos mediante palabras.

Reflexionamos mediante conceptos.

Analizamos la realidad mediante categorías que aprendemos a nombrar.

En gran medida, pensar consiste en hablar con uno mismo.

No se trata de una metáfora.

Se trata de una realidad psicológica.

Cuando examinamos una idea, cuando valoramos una decisión, cuando recordamos un acontecimiento o intentamos resolver un problema, mantenemos una conversación interior.

Y esa conversación se desarrolla utilizando el idioma que conocemos.

Por eso el empobrecimiento del lenguaje conduce inevitablemente al empobrecimiento del pensamiento.

Quien posee pocas palabras posee pocas herramientas

Imaginemos un carpintero que sólo dispusiera de un martillo.

Intentaría resolver todos los problemas golpeando.

No porque fuera torpe.

Sino porque carecería de otras herramientas.

Con el pensamiento ocurre exactamente lo mismo.

Las palabras son herramientas intelectuales.

Permiten distinguir.

Clasificar.

Relacionar.

Comparar.

Matizar.

Comprender.

Cuanto más rico es el vocabulario de una persona, más rica puede llegar a ser su comprensión de la realidad.

Por el contrario, quien dispone de pocas palabras termina percibiendo un mundo simplificado.

Un mundo lleno de categorías groseras.

Un mundo donde desaparecen los matices.

Y cuando desaparecen los matices suele aparecer el fanatismo.

Nombrar correctamente las cosas

Una de las primeras condiciones para pensar correctamente consiste en llamar a las cosas por su nombre.

Parece una exigencia elemental.

Pero no siempre se cumple.

Las palabras ambiguas producen pensamientos ambiguos.

Las palabras confusas producen razonamientos confusos.

Y las palabras falsas producen conclusiones falsas.

Por eso los grandes pensadores siempre han concedido enorme importancia a las definiciones.

Antes de discutir conviene saber de qué estamos hablando.

Antes de debatir conviene aclarar el significado de los términos utilizados.

Porque muchas discusiones interminables nacen simplemente de utilizar las mismas palabras para designar realidades distintas.

La corrupción del lenguaje

George Orwell comprendió esta cuestión con una claridad extraordinaria.

Observó que toda forma de manipulación política comienza manipulando las palabras.

No es casual.

Quien controla el lenguaje controla parcialmente el pensamiento.

Cuando determinadas palabras desaparecen, determinadas ideas se vuelven más difíciles de formular.

Cuando los significados se deforman, también se deforma la comprensión de la realidad.

Y cuando el idioma se llena de expresiones vacías, el pensamiento termina llenándose de confusión.

Por eso los regímenes totalitarios siempre han mostrado una especial preocupación por las palabras.

Y por eso cualquier ciudadano que aspire a conservar su libertad intelectual debería mostrar una preocupación semejante.

La invasión de la jerga

Vivimos rodeados de palabras que parecen importantes precisamente porque nadie sabe muy bien qué significan.

Expresiones grandilocuentes.

Términos vagos.

Fórmulas burocráticas.

Frases que suenan profundas pero apenas dicen nada.

A menudo bastaría traducirlas al castellano corriente para descubrir su pobreza.

Detrás de muchas de ellas no hay conocimiento.

Sólo humo.

Sólo apariencia.

Sólo la pretensión de parecer inteligente sin necesidad de serlo.

La claridad exige esfuerzo.

La oscuridad suele ser mucho más cómoda.

Cuando las palabras sustituyen a las ideas

Existe otro peligro aún mayor.

Confundir el dominio de determinadas palabras con la posesión de conocimiento.

Muchas personas quedan impresionadas por discursos llenos de tecnicismos, expresiones extranjeras y conceptos aparentemente sofisticados.

Pero el verdadero conocimiento suele expresarse de manera mucho más sencilla.

Un buen profesor puede explicar una cuestión compleja con palabras comprensibles.

Un mal profesor necesita esconderse detrás de un vocabulario incomprensible.

Como suele decirse, si alguien no es capaz de explicar una idea a una persona inteligente sin formación especializada, probablemente tampoco la comprende tan bien como imagina.

La observación de Séneca

Los antiguos ya conocían este problema.

Séneca insistía en la necesidad de aprender continuamente.

Pero también insistía en algo más importante.

El conocimiento debía servir para comprender mejor la vida.

No para impresionar a los demás.

No para exhibirse.

No para presumir.

La sabiduría auténtica simplifica.

Aclara.

Ilumina.

No oscurece.

No confunde.

No complica innecesariamente.

El idioma como patrimonio intelectual

Una lengua constituye mucho más que un instrumento de comunicación.

Es también un depósito de experiencia acumulada.

Cada palabra encierra siglos de observación.

Siglos de matices.

Siglos de pensamiento.

Cuando una sociedad descuida su idioma, no sólo empobrece su forma de hablar.

Empobrece también su forma de pensar.

Pierde capacidad para distinguir.

Pierde capacidad para analizar.

Pierde capacidad para comprender.

Y termina siendo más vulnerable a la manipulación.

Pensar exige precisión

Quien aspire a pensar con rigor debe aprender a desconfiar de las palabras vacías.

Debe exigir definiciones claras.

Debe evitar expresiones ambiguas.

Debe esforzarse por utilizar el término adecuado para cada realidad.

No por pedantería.

No por afán académico.

Sino porque la precisión del lenguaje constituye la base de la precisión del pensamiento.

La inteligencia comienza muchas veces por una pregunta aparentemente sencilla:

«¿Qué significa exactamente esta palabra?»

Y sorprende comprobar cuántos errores desaparecen cuando esa pregunta recibe una respuesta clara.

Una conversación con nosotros mismos

Al final, todo vuelve al mismo punto.

Pensar consiste en mantener una conversación con uno mismo.

Y la calidad de esa conversación depende en gran medida de las palabras disponibles.

Quien posee un lenguaje rico dispone de más herramientas para comprender.

Quien posee un lenguaje pobre dispone de menos.

Por eso la lectura continúa siendo una de las mejores inversiones intelectuales posibles.

Cada libro añade nuevas palabras.

Y cada palabra nueva amplía un poco más los límites del pensamiento.

Porque, en última instancia, el hombre no piensa únicamente con el cerebro.

Piensa también con las palabras que ha aprendido a utilizar.

Y pocas formas de pobreza resultan tan peligrosas como la pobreza del lenguaje.

(Continuará)

UNDÉCIMA ENTREGA

La información no es conocimiento y el conocimiento no es sabiduría.

Existe una ilusión particularmente característica de nuestra época.

La ilusión de creer que estamos mejor informados porque recibimos más información.

Nunca antes había circulado tal cantidad de noticias.

Nunca antes habíamos tenido acceso instantáneo a tantos datos.

Nunca antes habíamos recibido tantos mensajes, imágenes, vídeos, titulares y opiniones.

Y, sin embargo, cabe preguntarse si realmente comprendemos mejor el mundo.

Porque información y conocimiento no son la misma cosa.

Y conocimiento y sabiduría tampoco.

La información son datos.

El conocimiento es la capacidad de relacionarlos.

La sabiduría consiste en comprender su significado y actuar en consecuencia.

Y entre una cosa y otra existe una enorme distancia.

El hombre que lo sabe todo y no comprende nada

Hoy encontramos con frecuencia personas capaces de citar estadísticas, repetir titulares, recordar nombres, fechas y acontecimientos.

Sin embargo, cuando se les pregunta por las causas profundas de esos hechos, aparecen las dificultades.

Han acumulado información.

Pero no necesariamente comprensión.

Es como quien posee una enorme biblioteca y jamás ha aprendido a leer realmente los libros que contiene.

O como quien almacena miles de herramientas sin saber para qué sirve cada una.

La información constituye una materia prima.

Nada más.

El pensamiento comienza cuando intentamos ordenarla.

Interpretarla.

Relacionarla.

Examinarla críticamente.

La sobrealimentación intelectual

Nuestros antepasados padecían hambre de información.

Nosotros padecemos indigestión.

La mente humana no fue diseñada para procesar miles de estímulos diarios.

Noticias.

Vídeos.

Mensajes.

Titulares.

Anuncios.

Alertas.

Opiniones.

Rumores.

Escándalos.

Polémicas.

Todo ello compitiendo simultáneamente por nuestra atención.

El resultado suele ser paradójico.

Cuanta más información consumimos, menos tiempo dedicamos a reflexionar sobre ella.

Y cuando desaparece la reflexión, el conocimiento se vuelve superficial.

La desaparición del silencio

Pensar exige algo que se ha vuelto extraordinariamente escaso.

Silencio.

No necesariamente silencio acústico.

Silencio mental.

Tiempo para detenerse.

Tiempo para ordenar ideas.

Tiempo para examinar argumentos.

Tiempo para reconsiderar conclusiones.

La mayoría de las personas vive hoy rodeada de ruido.

Si no habla con otros, escucha algo.

Si no escucha algo, mira una pantalla.

Si no mira una pantalla, consulta mensajes.

Y así sucesivamente.

La mente permanece permanentemente ocupada.

Pero no necesariamente pensando.

Porque pensar exige pausas.

Exige lentitud.

Exige contemplación.

La lectura y la gimnasia del pensamiento

Durante siglos, la lectura constituyó uno de los principales ejercicios intelectuales.

Leer obligaba a concentrarse.

Obligaba a seguir una argumentación.

Obligaba a imaginar.

Obligaba a mantener la atención durante largos periodos.

Cada libro actuaba como una especie de gimnasio para la inteligencia.

Hoy muchos individuos consumen fragmentos.

Titulares.

Mensajes breves.

Vídeos de pocos segundos.

Opiniones condensadas.

Resúmenes de resúmenes.

Y aunque todo ello pueda resultar útil en determinadas circunstancias, difícilmente sustituye la lectura profunda.

Porque comprender una idea compleja requiere tiempo.

Y el pensamiento serio rara vez cabe en doscientos caracteres.

La dictadura de la inmediatez

Otra característica de nuestra época consiste en la obsesión por la rapidez.

Todo debe ser inmediato.

La comunicación.

La respuesta.

La información.

La satisfacción.

La opinión.

La reflexión.

Pero el pensamiento no funciona a esa velocidad.

Las ideas importantes necesitan tiempo.

Maduración.

Contraste.

Discusión.

Corrección.

Las respuestas instantáneas suelen ser emocionales.

Las respuestas reflexivas requieren paciencia.

Y la paciencia se ha convertido en una virtud escasa.

La imagen contra la palabra

No se trata de una guerra entre imagen y palabra.

Las imágenes poseen una enorme capacidad de comunicación.

Pueden emocionar.

Pueden enseñar.

Pueden inspirar.

Pero presentan una limitación importante.

Las imágenes muestran.

Las palabras explican.

Las imágenes impactan.

Las palabras analizan.

Las imágenes conmueven.

Las palabras razonan.

Cuando una cultura sustituye progresivamente la palabra por la imagen, corre el riesgo de debilitar algunas de las capacidades intelectuales que sólo el lenguaje desarrolla plenamente.

La abstracción.

La argumentación.

El razonamiento complejo.

La capacidad de seguir una cadena lógica prolongada.

El triunfo de la reacción sobre la reflexión

Vivimos además en una época que premia la reacción inmediata.

Todo parece diseñado para provocar respuestas instantáneas.

Indignación instantánea.

Entusiasmo instantáneo.

Miedo instantáneo.

Odio instantáneo.

Apenas queda espacio para la reflexión.

Sin embargo, pensar exige precisamente lo contrario.

Exige detenerse.

Exige preguntarse:

¿Es cierto?

¿Qué pruebas existen?

¿Quién se beneficia de que crea esto?

¿Qué información falta?

¿Qué argumentos contradicen esta afirmación?

Pensar comienza muchas veces allí donde termina la reacción automática.

Séneca tenía razón

Hace casi dos mil años, Séneca aconsejaba a Lucilio aprender algo cada día.

Irse a dormir siendo un poco más sabio que al despertar.

La recomendación conserva toda su vigencia.

Pero exige una condición.

Aprender no consiste únicamente en acumular datos.

Consiste en comprender mejor la realidad.

Comprendernos mejor a nosotros mismos.

Y comprender mejor a los demás.

La inteligencia no crece por acumulación.

Crece por asimilación.

No por cantidad.

Por calidad.

El peligro de una sociedad distraída

Una sociedad incapaz de concentrarse termina siendo una sociedad incapaz de pensar.

Y una sociedad incapaz de pensar se vuelve extraordinariamente vulnerable.

Vulnerable a la propaganda.

Vulnerable a la manipulación.

Vulnerable a los demagogos.

Vulnerable a los vendedores de soluciones milagrosas.

Porque quien no reflexiona acaba reaccionando.

Y quien sólo reacciona termina siendo dirigido por quienes saben provocar esas reacciones.

Recuperar el tiempo para pensar

Quizá una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo consista precisamente en recuperar espacios de reflexión.

Leer más despacio.

Escuchar más atentamente.

Hablar menos y pensar más.

Consumir menos ruido y más conocimiento.

Recuperar el hábito de formular preguntas.

Recuperar el hábito de la duda.

Recuperar el hábito de la lectura.

Recuperar el hábito del silencio.

Porque ninguna máquina puede pensar por nosotros.

Ninguna ideología puede pensar por nosotros.

Ningún dirigente puede pensar por nosotros.

Ningún experto puede pensar por nosotros.

Pensar sigue siendo una tarea personal.

Y sigue exigiendo exactamente las mismas virtudes que exigía en tiempos de Sócrates:

Paciencia.

Humildad.

Curiosidad.

Y valor.

DUODÉCIMA ENTREGA

Creer, saber y comprender: tres cosas muy distintas

Una de las mayores confusiones de nuestro tiempo consiste en no distinguir entre creer, saber y comprender.

Muchas personas utilizan estas palabras como si fueran sinónimos.

No lo son.

Ni mucho menos.

Creer es una cosa.

Saber es otra.

Comprender es otra distinta.

Y buena parte de los errores intelectuales, políticos, religiosos y sociales nacen precisamente de confundirlas.

La fuerza psicológica de las creencias

Las creencias poseen una enorme fuerza.

Nos ayudan a orientarnos.

Nos permiten interpretar la realidad.

Nos proporcionan seguridad.

Nos ofrecen una explicación del mundo.

Por eso todos tenemos creencias.

Absolutamente todos.

Incluso quienes afirman no tener ninguna.

La diferencia no está en poseerlas o no.

La diferencia reside en el trato que les damos.

Algunos consideran sus creencias hipótesis provisionales.

Otros las convierten en dogmas.

Los primeros continúan aprendiendo.

Los segundos dejan de hacerlo.

Creer no es saber

Una persona puede creer algo con absoluta sinceridad y estar completamente equivocada.

La intensidad de una convicción no demuestra su veracidad.

La historia humana ofrece innumerables ejemplos.

Millones de personas creyeron que la Tierra permanecía inmóvil.

Millones de personas creyeron en supersticiones absurdas.

Millones de personas creyeron teorías políticas que terminaron provocando desastres.

Millones de personas creyeron explicaciones falsas sobre la naturaleza humana.

Y todas ellas estaban convencidas.

La convicción no constituye una prueba.

La sinceridad tampoco.

La pasión tampoco.

Creer algo no lo convierte en cierto.

Saber exige pruebas

El conocimiento exige algo más.

Exige pruebas.

Exige observación.

Exige contrastación.

Exige confrontar nuestras ideas con la realidad.

Por eso la ciencia ha logrado progresar.

No porque los científicos sean más inteligentes que el resto de los mortales.

Sino porque han desarrollado procedimientos para reducir el peso de las creencias personales.

Los hechos importan.

Los experimentos importan.

Las pruebas importan.

La realidad tiene la última palabra.

Y cuando la realidad contradice una teoría, la teoría debe corregirse.

No al revés.

Comprender es todavía más difícil

Sin embargo, incluso el conocimiento puede resultar insuficiente.

Porque comprender exige algo más profundo.

Podemos saber muchas cosas sin comprenderlas realmente.

Podemos memorizar fórmulas.

Podemos memorizar fechas.

Podemos memorizar conceptos.

Y seguir sin entender su significado.

Comprender implica relacionar.

Interpretar.

Conectar.

Encontrar causas.

Encontrar consecuencias.

Descubrir patrones.

Por eso la comprensión constituye una forma superior de conocimiento.

El falso conocimiento

Existe una ilusión muy frecuente.

La ilusión de creer que comprendemos algo simplemente porque conocemos algunas palabras relacionadas con ello.

Un individuo aprende determinados términos.

Repite determinadas expresiones.

Utiliza cierta terminología especializada.

Y acaba convencido de que domina una materia.

Pero cuando se le pide que explique esa misma cuestión con palabras sencillas, aparecen las dificultades.

Aquí resulta especialmente pertinente una observación que merece ser recordada:

Quien comprende realmente una idea suele ser capaz de explicársela a un niño inteligente.

Quien necesita esconderse constantemente detrás de palabras oscuras, frases incomprensibles y conceptos nebulosos suele estar ocultando una comprensión insuficiente.

La claridad es una prueba de conocimiento.

La confusión rara vez lo es.

La falsa profundidad

Vivimos rodeados de personas que confunden complejidad con profundidad.

Y oscuridad con inteligencia.

Utilizan palabras difíciles.

Construyen frases interminables.

Abusan de tecnicismos.

Y producen la impresión de estar diciendo algo importante.

Pero cuando uno examina atentamente sus afirmaciones descubre con frecuencia una sorprendente ausencia de contenido.

El emperador aparece desnudo.

No hay pensamiento.

Sólo decoración verbal.

Sólo humo.

Sólo apariencia.

Por eso conviene desconfiar de quienes parecen incapaces de expresarse con claridad.

La claridad exige comprensión.

La oscuridad muchas veces sólo exige habilidad retórica.

El conocimiento como herramienta de poder

Existe además otra cuestión importante.

Quien comprende algo posee una ventaja.

Y esa ventaja no siempre agrada a los demás.

Una persona que sabe razonar resulta más difícil de manipular.

Una persona que conoce la historia resulta más difícil de engañar.

Una persona que domina el lenguaje resulta más difícil de confundir.

Una persona acostumbrada a pensar por sí misma resulta más difícil de dirigir.

Por eso los demagogos prefieren seguidores antes que ciudadanos.

Prefieren creyentes antes que pensadores.

Prefieren emociones antes que razonamientos.

Prefieren consignas antes que argumentos.

La humildad del verdadero conocimiento

Curiosamente, cuanto más comprende una persona, más consciente suele ser de la inmensidad de lo que desconoce.

El conocimiento auténtico rara vez produce arrogancia.

Produce prudencia.

Produce modestia.

Produce cautela.

Porque cada respuesta abre nuevas preguntas.

Cada descubrimiento revela nuevos misterios.

Cada avance muestra nuevos límites.

Y así reaparece Sócrates.

Siempre Sócrates.

Recordándonos que la sabiduría comienza cuando descubrimos la magnitud de nuestra ignorancia.

La diferencia entre el creyente y el buscador

Tal vez toda esta cuestión pueda resumirse mediante una imagen sencilla.

Hay personas que buscan refugio.

Y hay personas que buscan comprender.

Las primeras necesitan certezas.

Las segundas necesitan verdad.

Las primeras construyen murallas alrededor de sus creencias.

Las segundas mantienen abiertas las ventanas.

Las primeras se aferran.

Las segundas examinan.

Las primeras temen las preguntas.

Las segundas las buscan.

Y precisamente ahí nace la diferencia entre el dogma y el pensamiento.

El dogma proporciona descanso.

El pensamiento proporciona conocimiento.

El primero tranquiliza.

El segundo transforma.

La aventura de comprender

Comprender constituye una aventura mucho más exigente que creer.

Obliga a cuestionar.

Obliga a revisar.

Obliga a rectificar.

Obliga a abandonar ilusiones.

Pero también proporciona una recompensa incomparable.

La libertad.

Porque únicamente quien comprende puede elegir con verdadero conocimiento de causa.

Y únicamente quien conserva la capacidad de comprender conserva también la capacidad de cambiar de opinión cuando la realidad lo exige.

(Continuará)

DECIMOTERCERA ENTREGA

El autoengaño: la mentira que más nos gusta escuchar

A lo largo de estas páginas hemos hablado del orgullo.

Del fanatismo.

De las ideologías.

De la dificultad para reconocer errores.

De la necesidad de pensar por cuenta propia.

Pero todavía no hemos llegado al adversario más peligroso de todos.

Porque el principal enemigo del pensamiento no suele encontrarse fuera de nosotros.

Suele encontrarse dentro.

Y tiene un nombre.

Autoengaño.

Robert Trivers y una verdad incómoda

El biólogo Robert Trivers formuló una idea tan sencilla como perturbadora.

Los seres humanos no sólo engañamos a los demás.

Nos engañamos constantemente a nosotros mismos.

Y lo hacemos porque el autoengaño proporciona ventajas.

Un mentiroso consciente corre el riesgo de ser descubierto.

Puede ponerse nervioso.

Puede contradecirse.

Puede ser desenmascarado.

Pero quien ha conseguido convencerse a sí mismo de una mentira resulta mucho más persuasivo.

No aparenta sinceridad.

La siente.

No aparenta convicción.

La posee.

Y precisamente por eso el autoengaño constituye una herramienta tan poderosa.

La verdad duele

Existe una razón muy sencilla por la que el autoengaño resulta tan frecuente.

La verdad no siempre es agradable.

A veces duele.

Duele descubrir que hemos cometido errores.

Duele reconocer que hemos desperdiciado años.

Duele admitir que una persona a la que admirábamos profundamente no merecía tal admiración.

Duele reconocer que una ideología en la que creíamos estaba equivocada.

Duele aceptar que una decisión importante fue un fracaso.

Duele admitir que fuimos engañados.

Duele admitir que nos engañamos.

Y ante ese dolor aparece una tentación permanente.

La tentación de modificar la interpretación de los hechos.

No los hechos.

La interpretación.

La mentira confortable y la verdad incómoda

Existe una observación atribuida a diversos pensadores en distintas formulaciones.

Las personas no suelen rechazar una idea porque sea falsa.

La rechazan porque contradice algo que desean creer.

Ésa es la cuestión fundamental.

La batalla rara vez se libra entre verdad y mentira.

Se libra entre comodidad e incomodidad.

Entre seguridad e incertidumbre.

Entre orgullo y humildad.

Porque una mentira agradable suele resultar psicológicamente más atractiva que una verdad desagradable.

Y cuanto más incómoda es la verdad, mayor suele ser la resistencia a aceptarla.

No vemos la realidad tal como es

Nos gusta imaginar que observamos el mundo objetivamente.

Pero no es así.

Todos contemplamos la realidad a través de filtros.

Experiencias.

Intereses.

Deseos.

Temores.

Prejuicios.

Esperanzas.

Recuerdos.

Y esos filtros influyen constantemente sobre nuestras conclusiones.

Por eso dos personas pueden observar exactamente el mismo acontecimiento y llegar a interpretaciones completamente distintas.

No porque una sea necesariamente más inteligente.

Sino porque ambas están observando desde posiciones diferentes.

La inteligencia comienza precisamente cuando somos conscientes de la existencia de esos filtros.

El sesgo de confirmación

Los psicólogos han estudiado ampliamente uno de los mecanismos más poderosos del autoengaño.

El llamado sesgo de confirmación.

La tendencia a buscar aquello que confirma nuestras creencias y a ignorar aquello que las contradice.

Si creemos una determinada teoría política, prestaremos especial atención a las noticias que parecen confirmarla.

Si admiramos a una persona, tenderemos a justificar sus errores.

Si odiamos a alguien, interpretaremos cualquier hecho de la manera más desfavorable posible.

Y todo ello suele ocurrir sin que seamos conscientes.

No manipulamos deliberadamente la realidad.

Seleccionamos inconscientemente las partes que nos resultan más cómodas.

Cuando el ego entra en escena

Existe otra razón por la que resulta tan difícil rectificar.

Muchas opiniones terminan convirtiéndose en parte de nuestra identidad.

Ya no son simples ideas.

Se convierten en una parte de nosotros mismos.

Y entonces cualquier crítica deja de percibirse como una observación intelectual.

Pasa a interpretarse como una agresión personal.

El problema ya no consiste en determinar si una afirmación es verdadera o falsa.

El problema consiste en proteger la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Y cuando el ego entra en escena, la verdad suele salir por la puerta.

El extraño placer de tener razón

Hay algo más.

Tener razón produce satisfacción.

Produce placer.

Produce una sensación de superioridad.

Produce una agradable impresión de seguridad.

Por eso muchas personas no buscan comprender.

Buscan tener razón.

No participan en una discusión para aprender.

Participan para vencer.

No escuchan.

Esperan su turno para responder.

No examinan argumentos.

Buscan debilidades.

No investigan.

Acusan.

La conversación deja de ser una búsqueda compartida de la verdad.

Se convierte en un combate.

Y cuando la finalidad es vencer, el aprendizaje desaparece.

La humildad como vacuna

Frente al autoengaño sólo existe un remedio parcialmente eficaz.

La humildad intelectual.

No una humildad fingida.

No una pose.

No una fórmula de cortesía.

Una humildad auténtica.

La que nos recuerda constantemente que podemos equivocarnos.

La que nos obliga a revisar nuestras conclusiones.

La que nos impulsa a escuchar argumentos contrarios.

La que nos permite reconocer errores sin sentir que se derrumba nuestra identidad.

La que nos recuerda que ninguna inteligencia está vacunada contra el error.

El valor de sospechar de uno mismo

La mayoría de las personas aprende a sospechar de los demás.

Pocas aprenden a sospechar de sí mismas.

Y, sin embargo, ése constituye uno de los mayores signos de madurez intelectual.

Preguntarse:

«¿Y si estoy equivocado?»

«¿Y si me estoy engañando?»

«¿Y si estoy viendo únicamente aquello que deseo ver?»

Estas preguntas resultan incómodas.

Pero también extraordinariamente fecundas.

Porque obligan a revisar.

Obligan a contrastar.

Obligan a pensar.

Y el pensamiento auténtico comienza precisamente allí donde termina la autosatisfacción.

La libertad intelectual

Quizá la libertad intelectual no consista tanto en pensar lo que uno quiera.

Consista más bien en poseer la valentía necesaria para enfrentarse a aquello que no desea pensar.

A las verdades incómodas.

A los errores propios.

A las ilusiones queridas.

A las creencias heredadas.

A las certezas confortables.

Porque sólo quien es capaz de cuestionarse a sí mismo puede aspirar a comprender algo de la realidad.

Y sólo quien conserva esa capacidad continúa siendo verdaderamente libre.

(Continuará)

DECIMOCUARTA ENTREGA

La tribu, el rebaño y el miedo a quedarse solo

Existe una fuerza extraordinariamente poderosa que rara vez aparece en los tratados de filosofía, pero que influye decisivamente en la conducta humana.

El miedo a quedarse solo.

No hablamos de la soledad física.

Hablamos de algo mucho más profundo.

La soledad intelectual.

La posibilidad de descubrir que nuestras conclusiones nos separan de aquellos con quienes convivimos.

La posibilidad de disentir.

La posibilidad de pensar de forma distinta.

La posibilidad de apartarnos del rebaño.

Y pocas cosas resultan tan difíciles para el ser humano como soportar esa situación.

El animal social

Por mucho que nos guste imaginarnos como seres completamente autónomos, la realidad es otra.

Somos animales sociales.

Necesitamos compañía.

Necesitamos reconocimiento.

Necesitamos pertenencia.

Necesitamos sentir que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos.

La familia.

La comunidad.

La nación.

La religión.

El partido político.

La asociación.

La pandilla.

La afición deportiva.

El grupo profesional.

La necesidad de pertenecer acompaña al ser humano desde los albores de la historia.

Y posee una explicación sencilla.

Durante cientos de miles de años, quedar excluido del grupo podía equivaler a una sentencia de muerte.

Quien quedaba solo tenía menos posibilidades de sobrevivir.

Por eso nuestro cerebro continúa reaccionando con enorme intensidad ante la posibilidad del rechazo social.

La verdad o la tribu

Aquí aparece uno de los grandes dilemas de la vida intelectual.

¿Qué ocurre cuando la verdad parece entrar en conflicto con la tribu?

¿Qué ocurre cuando los hechos contradicen las creencias compartidas por nuestro grupo?

¿Qué ocurre cuando descubrimos que quienes nos rodean están equivocados?

La respuesta resulta incómoda.

Muchísimas personas eligen la tribu.

No porque sean malvadas.

No porque sean estúpidas.

Sino porque la necesidad de pertenecer resulta extraordinariamente poderosa.

La historia está llena de ejemplos.

Personas inteligentes.

Cultas.

Preparadas.

Capaces de detectar errores evidentes.

Y, sin embargo, incapaces de reconocerlos públicamente por temor al rechazo de su entorno.

La aprobación como droga

Pocas recompensas psicológicas resultan tan agradables como la aprobación social.

Ser aceptado.

Ser aplaudido.

Ser reconocido.

Sentirse integrado.

Nuestro cerebro responde a estas experiencias de manera extraordinariamente intensa.

Y precisamente por eso muchas personas terminan adaptando sus opiniones a las expectativas del grupo.

No necesariamente de forma consciente.

Muchas veces ocurre de manera gradual.

Imperceptible.

Poco a poco.

Sin darse cuenta.

Hasta que llega un momento en que resulta difícil distinguir entre lo que realmente piensan y aquello que creen que deberían pensar.

El miedo al ridículo

Existe además otra fuerza especialmente poderosa.

El miedo al ridículo.

Pocas personas soportan bien la posibilidad de ser consideradas extravagantes.

Equivocadas.

Anticuadas.

Ingenuas.

Ignorantes.

Reaccionarias.

Peligrosas.

O cualquier otro calificativo utilizado para disciplinar a quienes se apartan de la opinión dominante.

Y, sin embargo, basta examinar la historia para descubrir una constante sorprendente.

Prácticamente todas las ideas importantes fueron ridiculizadas en algún momento.

Prácticamente todas las verdades incómodas fueron impopulares.

Prácticamente todos los avances comenzaron siendo minoritarios.

La aprobación social nunca ha constituido una prueba de verdad.

El experimento permanente

La vida cotidiana ofrece innumerables ejemplos.

Una persona entra en una habitación donde todos afirman que algo es cierto.

Aunque los hechos indiquen lo contrario, siente una fuerte presión para estar de acuerdo.

No quiere destacar.

No quiere discutir.

No quiere parecer conflictiva.

No quiere convertirse en una excepción.

Y así, poco a poco, la conformidad va sustituyendo al pensamiento.

No porque los argumentos sean sólidos.

Sino porque el desacuerdo tiene un coste.

La fabricación del consenso

Muchas opiniones que parecen espontáneas son en realidad el resultado de este mecanismo.

Una persona observa que todos los demás piensan de determinada manera.

Entonces concluye que debe existir una razón poderosa.

Y adopta la misma posición.

La siguiente persona hace exactamente lo mismo.

Y la siguiente.

Y la siguiente.

Hasta que termina apareciendo una ilusión colectiva.

La ilusión de que existe un consenso sólido.

Cuando en realidad muchos de sus miembros albergan dudas que jamás se atreven a expresar.

El coraje de disentir

Por eso el pensamiento independiente exige una virtud particularmente escasa.

Coraje.

No hablamos de la valentía física.

Hablamos de la valentía moral.

La capacidad de permanecer fiel a los hechos cuando éstos contradicen a la multitud.

La capacidad de formular preguntas incómodas.

La capacidad de disentir sin odio.

La capacidad de sostener una posición minoritaria sin convertirla en una nueva religión.

Y esa capacidad resulta mucho más difícil de lo que parece.

El conformismo intelectual

Existe una forma de conformismo especialmente peligrosa.

No consiste en obedecer órdenes.

Consiste en pensar como piensan todos.

Hablar como hablan todos.

Indignarse por lo mismo que se indignan todos.

Aplaudir lo mismo que aplauden todos.

Sin haber examinado realmente las razones.

El individuo cree estar pensando.

Pero únicamente está imitando.

Y cuanto más extendida se encuentra una opinión, más necesario resulta examinarla críticamente.

No porque sea falsa.

Sino porque la popularidad nunca constituye una prueba de verdad.

El precio de la libertad

La libertad intelectual posee un precio.

Siempre lo ha tenido.

Quien piensa por cuenta propia terminará contradiciendo alguna vez a su entorno.

Terminará cuestionando opiniones aceptadas.

Terminará descubriendo que ciertas creencias populares carecen de fundamento.

Y eso puede resultar incómodo.

Pero también constituye el precio inevitable de la independencia.

No existe libertad intelectual sin riesgo.

No existe pensamiento independiente sin posibilidad de conflicto.

No existe búsqueda de la verdad sin disposición a soportar cierta soledad.

El hombre libre

Tal vez la diferencia fundamental entre el hombre libre y el hombre sometido no resida en la inteligencia.

Resida en el valor.

El sometido necesita la aprobación de la multitud.

El hombre libre necesita comprender.

El sometido pregunta qué debe pensar.

El hombre libre pregunta qué es verdad.

El sometido busca refugio.

El hombre libre busca conocimiento.

Y precisamente por eso está dispuesto a caminar solo cuando resulta necesario.

Porque ha comprendido algo esencial.

La verdad no depende del número de personas que la defienden.

Y el error no deja de ser error porque millones de personas lo compartan.

(Continuará)

DECIMOQUINTA ENTREGA

La propaganda, la repetición y el arte de fabricar opiniones

A lo largo de la historia, quienes han aspirado a dirigir a otros seres humanos han comprendido una verdad elemental.

Resulta mucho más sencillo dirigir opiniones que dirigir inteligencias.

La inteligencia pregunta.

La inteligencia examina.

La inteligencia duda.

La inteligencia exige pruebas.

Las opiniones, en cambio, pueden moldearse.

Pueden orientarse.

Pueden manipularse.

Pueden fabricarse.

Y precisamente por eso la lucha por controlar las opiniones acompaña a toda la historia humana.

La repetición como sustituto de la demostración

Existe una técnica extraordinariamente antigua.

Tan antigua como eficaz.

La repetición.

Cuando una afirmación se repite una vez, apenas deja huella.

Cuando se repite cien veces comienza a resultar familiar.

Cuando se repite mil veces muchas personas empiezan a confundir familiaridad con verdad.

Y cuando se repite durante años acaba formando parte del paisaje mental colectivo.

No porque haya sido demostrada.

Sino porque se ha vuelto habitual.

La mente humana siente una peligrosa inclinación a considerar verdadero aquello que escucha constantemente.

Por eso la propaganda recurre una y otra vez a la repetición.

No intenta demostrar.

Intenta acostumbrar.

La fuerza de los eslóganes

Los eslóganes poseen una ventaja evidente.

Son breves.

Fáciles de recordar.

Fáciles de repetir.

Fáciles de difundir.

Pero también poseen un inconveniente.

La realidad rara vez cabe dentro de un eslogan.

Los problemas complejos exigen explicaciones complejas.

Las cuestiones importantes exigen matices.

Los fenómenos humanos exigen análisis.

Sin embargo, el eslogan elimina los matices.

Reduce.

Simplifica.

Condensa.

Y muchas veces termina sustituyendo al razonamiento.

La persona deja de pensar.

Comienza simplemente a repetir.

La emoción como puerta de entrada

Quienes pretenden influir sobre la opinión pública conocen otra realidad fundamental.

Las emociones viajan más deprisa que los razonamientos.

El miedo.

La indignación.

La compasión.

La ira.

La esperanza.

El entusiasmo.

Todas ellas producen respuestas inmediatas.

Por eso la propaganda suele dirigirse primero a las emociones y sólo después a la inteligencia.

Porque una persona emocionalmente alterada resulta mucho más fácil de influir que una persona serena.

Cuando alguien está asustado piensa peor.

Cuando alguien está furioso piensa peor.

Cuando alguien está cegado por el entusiasmo también piensa peor.

La serenidad constituye una de las mejores defensas de la inteligencia.

El periodismo y la información

Naturalmente, informar no equivale a manipular.

Existen periodistas honestos.

Existen investigadores rigurosos.

Existen profesionales comprometidos con la búsqueda de los hechos.

Pero también existen intereses.

Sesgos.

Presiones.

Preferencias ideológicas.

Y, sobre todo, una tendencia profundamente humana a seleccionar aquello que confirma nuestras creencias.

Por eso conviene recordar una regla elemental.

Ninguna fuente debe convertirse en objeto de fe.

Ningún periódico.

Ninguna cadena de televisión.

Ninguna emisora.

Ningún comentarista.

Ningún experto.

La confianza nunca debe sustituir al juicio crítico.

La selección de la realidad

Una de las formas más eficaces de manipulación no consiste en mentir.

Consiste en seleccionar.

Toda información implica una selección.

Nadie puede contarlo todo.

Nadie puede mostrarlo todo.

Pero precisamente por eso resulta tan importante preguntarse:

¿Qué hechos aparecen?

¿Qué hechos desaparecen?

¿Qué preguntas se formulan?

¿Qué preguntas nunca se plantean?

¿Qué contexto se ofrece?

¿Qué contexto se omite?

A veces la manipulación más eficaz no consiste en decir algo falso.

Consiste simplemente en callar algo verdadero.

El hombre que sólo escucha una campana

Existe un viejo principio jurídico que conserva toda su vigencia.

Quien sólo escucha una campana difícilmente podrá formarse un juicio equilibrado.

Sin embargo, cada vez resulta más frecuente encontrar personas que consumen exclusivamente información procedente de fuentes afines a sus creencias.

Leen a quienes piensan como ellas.

Escuchan a quienes piensan como ellas.

Siguen a quienes piensan como ellas.

Y terminan viviendo dentro de una especie de invernadero intelectual.

Allí todo parece confirmar sus convicciones.

Allí nunca aparece la duda.

Allí nunca surge el contraste.

Allí nunca existe el riesgo de aprender algo inesperado.

La comodidad de ser manipulado

Puede parecer extraño.

Pero muchas personas prefieren ser dirigidas.

La libertad intelectual exige esfuerzo.

Exige tiempo.

Exige responsabilidad.

Exige estudio.

Exige reflexión.

La obediencia resulta mucho más cómoda.

Otros piensan.

Otros deciden.

Otros interpretan.

Otros concluyen.

Y uno simplemente adopta la opinión ya elaborada.

Por eso la propaganda encuentra terreno fértil allí donde desaparece el hábito de pensar.

La vigilancia permanente

La libertad intelectual no constituye una conquista definitiva.

No existe un momento en el que podamos afirmar:

«Ya soy inmune a la manipulación.»

Todos somos vulnerables.

Todos tenemos prejuicios.

Todos tenemos puntos ciegos.

Todos somos susceptibles de caer en el autoengaño.

Precisamente por eso la vigilancia debe ser permanente.

Debemos sospechar de quienes apelan constantemente a nuestras emociones.

Debemos sospechar de quienes ofrecen explicaciones demasiado simples.

Debemos sospechar de quienes poseen respuestas para todo.

Debemos sospechar incluso de nuestras propias certezas.

La disciplina del pensamiento

Pensar por cuenta propia exige una disciplina semejante a la del atleta.

No basta con comprender su importancia.

Hay que practicarla.

Leer despacio.

Contrastar fuentes.

Examinar argumentos.

Verificar hechos.

Escuchar posiciones contrarias.

Aceptar la posibilidad de estar equivocado.

Todo ello exige esfuerzo.

Pero constituye el precio inevitable de la libertad.

La última defensa

Al final, la principal defensa frente a la propaganda no es la inteligencia.

Ni la cultura.

Ni siquiera el conocimiento.

La principal defensa es la humildad.

La humildad de reconocer que podemos equivocarnos.

La humildad de escuchar.

La humildad de rectificar.

La humildad de seguir aprendiendo.

Porque quien cree haber llegado ya no aprende.

Y quien deja de aprender termina pensando aquello que otros han decidido que piense.

(Continuará)

DECIMOSEXTA ENTREGA

Educación, enseñanza y formación: tres realidades distintas

Existe una confusión extraordinariamente extendida en nuestro tiempo.

La tendencia a utilizar como sinónimos palabras que designan realidades completamente diferentes.

Educación.

Enseñanza.

Instrucción.

Formación.

Se emplean indistintamente.

Y, sin embargo, no significan lo mismo.

La confusión no es inocente.

Porque cuando dejamos de distinguir conceptos diferentes terminamos pensando de forma confusa.

Y cuando pensamos de forma confusa solemos actuar peor.

La educación comienza en la familia

La primera escuela de cualquier ser humano no es el colegio.

Es el hogar.

Mucho antes de aprender a leer, escribir o calcular, el niño ya está aprendiendo.

Aprende observando.

Aprende imitando.

Aprende conviviendo.

Aprende escuchando.

Aprende contemplando el comportamiento de quienes le rodean.

La educación consiste fundamentalmente en eso.

En la transmisión de hábitos.

De valores.

De normas de convivencia.

De disciplina.

De responsabilidad.

De respeto.

De honestidad.

De capacidad de sacrificio.

De dominio de uno mismo.

La familia educa.

O debería hacerlo.

Y ninguna institución puede sustituir completamente esa función.

Lo que la escuela puede hacer y lo que no puede hacer

La escuela tiene otra misión.

Su función principal consiste en enseñar.

En transmitir conocimientos.

En desarrollar capacidades intelectuales.

En familiarizar al alumno con las matemáticas, la lengua, la historia, la literatura, las ciencias y otras disciplinas.

La escuela enseña.

No puede reemplazar a la familia.

Puede reforzar determinados hábitos.

Puede corregir parcialmente algunas carencias.

Puede orientar.

Pero no puede reconstruir completamente aquello que nunca llegó a edificarse en el hogar.

Pretender que un profesor sustituya a unos padres constituye una de las mayores fantasías pedagógicas de nuestro tiempo.

La instrucción no equivale a la formación

Una persona puede estar extraordinariamente instruida.

Y ser profundamente inmadura.

Puede dominar varios idiomas.

Poseer títulos universitarios.

Conocer complejas teorías científicas.

Y al mismo tiempo carecer de criterio.

Carecer de autocontrol.

Carecer de prudencia.

Carecer de sentido moral.

La historia está llena de individuos muy instruidos que utilizaron sus conocimientos para fines deplorables.

La instrucción proporciona herramientas.

No garantiza sabiduría.

La formación del carácter

Aquí aparece una cuestión fundamental.

La inteligencia no depende únicamente de la capacidad de aprender datos.

Depende también del carácter.

Pensar exige virtudes.

Exige paciencia.

Exige perseverancia.

Exige honestidad intelectual.

Exige humildad.

Exige capacidad para soportar la frustración.

Exige reconocer errores.

Exige escuchar argumentos contrarios.

Exige aplazar gratificaciones inmediatas.

Todas estas cualidades comienzan a formarse mucho antes de que aparezcan los primeros libros de texto.

Y se desarrollan principalmente en el entorno familiar.

El gran error contemporáneo

Durante décadas se ha pretendido trasladar a la escuela responsabilidades que pertenecen principalmente a la familia.

Se exige al profesor que eduque.

Que inculque valores.

Que enseñe urbanidad.

Que transmita disciplina.

Que forme el carácter.

Que compense carencias familiares.

Que sustituya modelos ausentes.

Que resuelva problemas sociales.

Y todo ello mientras se reduce progresivamente su autoridad.

El resultado resulta previsible.

Ni la familia educa adecuadamente.

Ni la escuela puede asumir completamente esa tarea.

Y el alumno termina recibiendo una mezcla insuficiente de ambas cosas.

La familia como primera escuela del pensamiento

Existe además un aspecto particularmente importante para este ensayo.

La capacidad de pensar correctamente comienza a desarrollarse en la familia.

Mucho antes de estudiar lógica aristotélica.

Mucho antes de leer a Sócrates.

Mucho antes de descubrir a Kant.

El niño aprende a razonar cuando se le permite preguntar.

Aprende a escuchar cuando es escuchado.

Aprende a argumentar cuando observa argumentos.

Aprende a reconocer errores cuando contempla adultos capaces de reconocer los suyos.

Aprende a cambiar de opinión cuando ve que quienes le educan también son capaces de hacerlo.

La humildad intelectual no nace en los manuales de filosofía.

Nace en la vida cotidiana.

El problema de las generaciones sobreprotegidas

Durante las últimas décadas ha aparecido además otro fenómeno preocupante.

La creciente dificultad para tolerar la frustración.

Muchos niños crecen sin escuchar apenas negativas.

Sin asumir responsabilidades.

Sin afrontar consecuencias.

Sin experimentar el fracaso.

Sin aprender que la realidad impone límites.

Pero precisamente el fracaso constituye uno de los grandes maestros de la inteligencia.

Nos obliga a rectificar.

Nos obliga a revisar.

Nos obliga a aprender.

Quien nunca aprende a gestionar el error difícilmente aprenderá a cambiar de opinión.

La educación del carácter y la libertad intelectual

Al final, la libertad intelectual depende menos de la inteligencia que del carácter.

Hace falta carácter para admitir equivocaciones.

Hace falta carácter para disentir del grupo.

Hace falta carácter para soportar críticas.

Hace falta carácter para reconocer que otro tiene razón.

Hace falta carácter para abandonar una creencia querida cuando los hechos la contradicen.

Por eso la formación moral y la formación intelectual no pueden separarse completamente.

Pensar bien exige virtudes.

Y las virtudes no suelen enseñarse mediante discursos.

Se transmiten mediante el ejemplo.

El eterno aprendiz

Quizá la mejor educación posible sea aquella que logra conservar algo que muchos pierden demasiado pronto.

La capacidad de seguir aprendiendo.

La curiosidad.

La disposición a escuchar.

La disposición a rectificar.

La disposición a reconocer errores.

La disposición a preguntarse una y otra vez:

«¿Y si estuviera equivocado?»

Porque esa pregunta constituye el principio de toda sabiduría.

Y también el fundamento del noble arte de cambiar de opinión.


(Continuará)

DECIMOSÉPTIMA ENTREGA

Inteligencia y sabiduría: por qué las personas brillantes también se equivocan

Existe una creencia muy extendida.

La de que la inteligencia protege contra el error.

Nada más lejos de la realidad.

La historia está llena de personas extraordinariamente inteligentes que defendieron ideas disparatadas.

Filósofos geniales que apoyaron tiranías.

Científicos brillantes que sostuvieron teorías absurdas fuera de su especialidad.

Economistas eminentes incapaces de comprender ciertos fenómenos sociales.

Juristas prestigiosos que justificaron atropellos jurídicos.

Intelectuales admirados que se convirtieron en propagandistas de causas desastrosas.

La inteligencia, por sí sola, no vacuna contra la estupidez.

El problema de la inteligencia sin humildad

De hecho, en algunos casos puede ocurrir exactamente lo contrario.

Una persona muy inteligente dispone de más recursos para justificar sus errores.

Más capacidad para construir argumentos.

Más habilidad para encontrar excusas.

Más facilidad para racionalizar.

Más talento para convencerse a sí misma.

Por eso el autoengaño suele resultar especialmente peligroso entre personas muy brillantes.

No porque sean menos inteligentes.

Sino porque poseen mejores herramientas para defender sus equivocaciones.

La inteligencia multiplica nuestras capacidades.

Tanto para descubrir la verdad como para alejarnos de ella.

Todo depende de la honestidad intelectual con que se utilice.

El conocimiento de uno mismo

Los antiguos insistían una y otra vez en una idea aparentemente sencilla:

«Conócete a ti mismo.»

La inscripción figuraba en el templo de Apolo en Delfos.

Y continúa siendo una de las tareas más difíciles que existen.

Porque comprender el mundo resulta complicado.

Pero comprenderse a uno mismo resulta todavía más difícil.

Todos tenemos puntos ciegos.

Todos tenemos prejuicios.

Todos tenemos zonas de autoengaño.

Todos tendemos a exagerar nuestras virtudes y minimizar nuestros defectos.

Por eso la sabiduría comienza muchas veces con un ejercicio de observación interior.

La experiencia como maestra

La experiencia posee además una característica que ningún libro puede ofrecer.

Nos obliga a pagar por las lecciones.

Las teorías pueden olvidarse.

Los errores importantes rara vez.

Las decepciones enseñan.

Los fracasos enseñan.

Las pérdidas enseñan.

Los desengaños enseñan.

Las rectificaciones enseñan.

Y precisamente por eso tantas personas mayores poseen una forma de conocimiento que no aparece en los manuales.

No saben necesariamente más datos.

Pero suelen comprender mejor ciertas constantes de la naturaleza humana.

La diferencia entre saber y ser sabio

Un hombre puede conocer miles de libros.

Y seguir siendo un necio.

Otro puede haber leído relativamente poco.

Y poseer una extraordinaria prudencia.

La sabiduría no consiste únicamente en acumular conocimientos.

Consiste en saber utilizarlos.

Consiste en distinguir lo importante de lo accesorio.

Consiste en reconocer los límites propios.

Consiste en comprender que la realidad siempre es más compleja de lo que parece.

Y, sobre todo, consiste en conservar la capacidad de aprender.

El eterno aprendiz

Tal vez la mejor definición de sabio sea ésta:

Alguien que jamás deja de ser aprendiz.

Alguien que mantiene viva la curiosidad.

Alguien que continúa haciéndose preguntas.

Alguien que escucha.

Alguien que observa.

Alguien que conserva la humildad suficiente para admitir que todavía ignora mucho más de lo que sabe.

Porque el momento en que alguien cree haber llegado suele coincidir con el momento en que comienza a quedarse atrás.

(Continuará)

DECIMOCTAVA Y ÚLTIMA ENTREGA

La humildad intelectual: la antesala de toda sabiduría

Llegamos al final de este recorrido.

Hemos hablado de Sócrates y de la conciencia de la ignorancia.

De Aristóteles y las leyes del pensamiento.

De Kant y el valor de pensar por cuenta propia.

De Séneca y el aprendizaje permanente.

De Camus y la angustia de la libertad.

De Orwell y la corrupción del lenguaje.

De Robert Trivers y el autoengaño.

Hemos hablado del orgullo.

Del fanatismo.

De las ideologías.

De la propaganda.

De las falacias.

De la educación.

De la enseñanza.

De la familia.

De la necesidad de pertenecer.

De la dificultad de reconocer errores.

Y, en el fondo, hemos estado hablando siempre de la misma cuestión.

La relación del ser humano con la verdad.

La gran bifurcación

A lo largo de la vida todos llegamos una y otra vez a una misma encrucijada.

Podemos elegir el camino de la comodidad.

O podemos elegir el camino del conocimiento.

El primero resulta agradable.

Nos permite conservar nuestras certezas.

Nos permite seguir creyendo que siempre tuvimos razón.

Nos permite refugiarnos en la tribu.

Nos permite repetir consignas.

Nos permite culpar a otros de nuestros errores.

Nos permite vivir sin demasiadas preguntas.

El segundo camino resulta mucho más incómodo.

Obliga a examinar.

Obliga a escuchar.

Obliga a leer.

Obliga a pensar.

Obliga a corregirse.

Obliga a reconocer equivocaciones.

Obliga a abandonar creencias queridas cuando los hechos las contradicen.

Por eso tan pocas personas lo recorren hasta el final.

El enemigo interior

Después de todo lo dicho, quizá la principal conclusión resulte sorprendentemente sencilla.

Nuestro mayor enemigo intelectual no suele encontrarse fuera.

No suele ser un partido político.

No suele ser una ideología.

No suele ser un periódico.

No suele ser un gobernante.

No suele ser un propagandista.

Nuestro principal enemigo suele encontrarse dentro de nosotros mismos.

Se llama orgullo.

Se llama vanidad.

Se llama autoengaño.

Se llama necesidad de tener razón.

Y mientras no aprendamos a enfrentarnos a él seguiremos siendo vulnerables a todas las demás formas de manipulación.

La realidad siempre tiene la última palabra

Podemos ignorar los hechos.

Podemos deformarlos.

Podemos reinterpretarlos.

Podemos construir sistemas enteros destinados a ocultarlos.

Pero la realidad posee una característica obstinada.

Termina imponiéndose.

Siempre.

Las leyes de la naturaleza no negocian.

La lógica no negocia.

Las consecuencias de nuestros actos no negocian.

La realidad no adapta sus reglas a nuestros deseos.

Por eso el pensamiento serio comienza con una actitud de respeto.

Respeto hacia los hechos.

Respeto hacia la verdad.

Respeto hacia aquello que existe independientemente de nuestras preferencias.

El valor de decir «me equivoqué»

Quizá una de las frases más difíciles del idioma sea ésta:

«Me equivoqué.»

Tres palabras.

Nada más.

Y, sin embargo, cuántas personas son incapaces de pronunciarlas.

Cuántas amistades se rompen por no pronunciarlas.

Cuántos matrimonios fracasan por no pronunciarlas.

Cuántos errores políticos se perpetúan por no pronunciarlas.

Cuántas tragedias históricas se agravan por no pronunciarlas.

Porque reconocer un error hiere el orgullo.

Pero también libera.

Libera de la mentira.

Libera del autoengaño.

Libera de la necesidad de justificar lo injustificable.

Libera del peso de defender indefinidamente una equivocación.

El pensamiento como conversación permanente

A lo largo de este ensayo hemos insistido en una idea fundamental.

Pensar es hablar con uno mismo.

Y precisamente por eso resulta tan importante el lenguaje.

Las palabras son las herramientas con las que construimos nuestro pensamiento.

Las palabras permiten distinguir.

Precisar.

Matizar.

Comprender.

Y cuando el lenguaje se empobrece también se empobrece la conversación interior.

Por eso una sociedad que degrada su idioma termina degradando también parte de su capacidad para pensar.

No es casualidad.

Es una consecuencia inevitable.

La inteligencia y la verdad

Existe otra confusión frecuente.

Creer que la inteligencia consiste en tener razón.

No es cierto.

Hay personas extraordinariamente inteligentes que han defendido auténticas barbaridades.

Y hay personas sencillas que han mostrado una admirable capacidad para reconocer errores.

La inteligencia no consiste en acertar siempre.

Nadie acierta siempre.

La inteligencia consiste en conservar la capacidad de rectificar.

En aprender.

En corregirse.

En evolucionar.

En abandonar el error cuando aparece la evidencia.

El fanático y el hombre libre

Tal vez todo este ensayo pueda resumirse mediante una comparación final.

El fanático necesita tener razón.

El hombre libre necesita comprender.

El fanático busca certezas.

El hombre libre busca verdad.

El fanático convierte las ideas en trincheras.

El hombre libre las utiliza como herramientas.

El fanático teme las preguntas.

El hombre libre las formula.

El fanático se aferra.

El hombre libre examina.

El fanático termina adorando sus propias opiniones.

El hombre libre sabe que ninguna opinión merece ser adorada.

El noble arte de cambiar de opinión

Y llegamos así al punto de partida.

Aquella conversación aparentemente trivial.

Aquel comentario:

«¿Pero no dijiste que eso no lo harías nunca?»

Y aquella respuesta:

«¿Es que no se puede cambiar de opinión cuando uno descubre que estaba equivocado?»

En realidad, toda la cuestión se encuentra ahí.

Cambiar de opinión por interés, por cálculo o por conveniencia constituye una cosa.

Cambiar de opinión porque la realidad nos ha enseñado algo nuevo constituye otra muy distinta.

La primera actitud pertenece al oportunista.

La segunda pertenece al aprendiz.

Y todos deberíamos aspirar a seguir siendo aprendices hasta el último día de nuestra vida.

Epílogo

Sócrates tenía razón.

Séneca tenía razón.

Aristóteles tenía razón.

Kant tenía razón.

Camus tenía razón.

Orwell tenía razón.

Trivers tenía razón.

Todos ellos, desde perspectivas diferentes, señalaron la misma dirección.

La sabiduría comienza cuando reconocemos nuestros límites.

La libertad comienza cuando nos atrevemos a pensar.

El aprendizaje comienza cuando aceptamos la posibilidad de estar equivocados.

Y la inteligencia alcanza su forma más elevada cuando somos capaces de decir:

«Ayer pensaba una cosa. Hoy pienso otra. Y no me avergüenzo de ello, porque entre ayer y hoy he aprendido algo.»

Ése es, quizá, el mayor triunfo de la razón sobre el orgullo.

Y también el verdadero significado del noble arte de cambiar de opinión.

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