CLARA CAMPOAMOR CONTRA QUIENES DICEN SER SUS HEREDEROS, SOCIALISTAS, COMUNISTAS, ETC.
Las cartas que desmontan casi un siglo de falsificaciones históricas
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Hay ocasiones en las que un documento histórico vale más que mil discursos, diez mil pancartas y cien mil consignas repetidas hasta el agotamiento.
Las cartas de Clara Campoamor recientemente publicadas por la investigadora Beatriz Ledesma pertenecen a esa categoría.
Porque tienen la desagradable costumbre de decir la verdad.
Y la verdad, cuando aparece de improviso entre montañas de propaganda, suele provocar estragos.
Durante décadas, Clara Campoamor ha sido exhibida como una especie de santa laica por quienes aseguran ser los herederos de su legado. Su nombre aparece en actos institucionales, campañas políticas, declaraciones solemnes, premios, homenajes y toda clase de ceremonias destinadas a demostrar quiénes son los buenos, los modernos y los supuestos defensores de los derechos de la mujer.
Sin embargo, existe un pequeño problema.
La verdadera Clara Campoamor no se parece demasiado a la caricatura que han fabricado de ella.
Y estas cartas vienen precisamente a recordarlo.
EL PECADO IMPERDONABLE DE CLARA CAMPOAMOR

Clara Campoamor cometió un delito que jamás le fue perdonado.
Pensar por sí misma.
No obedecer.
No someterse a la disciplina del partido.
No repetir consignas.
No aceptar que la verdad debía adaptarse a las necesidades de la propaganda.
Campoamor fue republicana.
Fue liberal.
Fue laica.
Fue defensora de los derechos de la mujer.
Pero también fue una mujer dotada de una rara virtud que escasea tanto hoy como entonces: la honestidad intelectual.
Y precisamente por eso acabó enfrentada con quienes hoy pretenden monopolizar su memoria.
Su principal batalla política fue la defensa del sufragio femenino.
No contra las derechas.
No contra los monárquicos.
No contra los tradicionalistas.
Su principal batalla tuvo que librarla contra buena parte de la izquierda republicana y socialista.
Porque conviene recordar algo que hoy se oculta cuidadosamente bajo toneladas de propaganda.
Muchos dirigentes de izquierda no querían que las mujeres votaran.
No consideraban que estuvieran preparadas.
No confiaban en ellas.
Temían que votaran «mal».
Temían que votaran a quien les pareciera oportuno.
Temían que votaran en conciencia.
Y por eso se opusieron al sufragio femenino.

Victoria Kent se opuso.
Margarita Nelken se opuso.
Amplios sectores socialistas se opusieron.
Numerosos republicanos se opusieron.
La razón era sencilla.
Pensaban que las mujeres estaban demasiado influidas por la religión y favorecerían electoralmente a las derechas.
Resulta difícil imaginar una manifestación más evidente de desprecio hacia la capacidad de decisión de las propias mujeres.
Y, sin embargo, son precisamente los herederos políticos de aquellos antisufragistas quienes hoy pretenden presentarse como propietarios exclusivos del legado de Clara Campoamor.
La ironía es tan colosal que roza el esperpento.
CUANDO LAS MUJERES VOTARON MAL

Las mujeres votaron por primera vez en las elecciones de 1933.
Y ocurrió algo terrible.
Votaron libremente.
No como esperaban los ingenieros sociales de la época.
No como deseaban los autoproclamados liberadores del pueblo.
Votaron según su propio criterio.
El resultado fue la victoria de las derechas.
A partir de ese momento comenzó la cacería.
Clara Campoamor fue convertida en responsable de todos los males imaginables.
La mujer que había conseguido una de las mayores conquistas políticas de la historia de España pasó a ser tratada como una traidora.
Su delito había sido confiar en las mujeres.
Imperdonable.
LAS CARTAS QUE HACEN TEMBLAR A LOS FALSIFICADORES

Y ahora llegan estas cartas.
Y hablan.
Y lo que dicen resulta devastador.
Campoamor describe a determinados dirigentes republicanos como hombres sin honor y sin conciencia.
Denuncia a quienes incendiaron el país y después huyeron al extranjero mientras otros sufrían las consecuencias.
Critica con dureza a quienes alimentaron el fanatismo revolucionario.
Condena el sectarismo.
Condena la violencia.
Condena la destrucción de la legalidad.
Y reserva algunas de sus expresiones más duras para el Frente Popular.
No habla de errores.
No habla de excesos.
No habla de desviaciones.
Habla de una «creación satánica».
La expresión es suya.
No de un historiador revisionista.
No de un propagandista.
No de un adversario político.
De Clara Campoamor.
La misma Clara Campoamor que hoy aparece convertida en figura ornamental por quienes prefieren ocultar cuidadosamente esta parte de su pensamiento.
EL COMUNISMO COMO CÁNCER

Las cartas tampoco dejan demasiado margen para la ambigüedad respecto al comunismo.
Campoamor lo describe como un cáncer.
Como una lepra.
Como una amenaza mortal para la libertad.
Y señala directamente a quienes, por cobardía, oportunismo o incompetencia, permitieron su avance.
No son precisamente las palabras de una entusiasta de la revolución.
Son las palabras de una liberal aterrada por el rumbo que estaba tomando España.
EL TRIUNFO DE FRANCO: LA FRASE QUE ARRUINA MUCHOS NEGOCIOS

Y llegamos al pasaje que probablemente más daño hará a los fabricantes profesionales de mitologías.
Campoamor escribe:
«Deseo ardientemente el triunfo de Franco sobre los gubernamentales, como única posibilidad de evitar el derrumbamiento de España. Pero ¡a qué precio!».
Obsérvese la frase completa.
No hay entusiasmo.
No hay exaltación.
No hay fervor.
Hay desesperación.
Hay angustia.
Hay resignación.
Hay la convicción de que España camina hacia el abismo.
Y hay la percepción de que el Frente Popular está empujándola hacia él.
Naturalmente, esta frase provoca auténticos cortocircuitos ideológicos.
Porque destruye la cómoda división entre buenos absolutos y malos absolutos con la que algunos pretenden explicar la Guerra Civil a escolares, estudiantes y ciudadanos.
Campoamor no era franquista.
Pero tampoco estaba dispuesta a cerrar los ojos ante lo que veía.
Y eso la convierte en un personaje insoportable para cualquier fanatismo.
UNA EXILIADA INCÓMODA

Existe además un detalle que rara vez aparece en los homenajes oficiales.
Clara Campoamor acabó exiliada.
No porque fuera falangista.
No porque fuera monárquica.
No porque fuera carlista.
Acabó exiliada porque era una liberal independiente.
Y en la España dominada por el odio político, el fanatismo y la violencia, las personas independientes suelen correr peligro.
Especialmente cuando se niegan a repetir consignas.
Especialmente cuando dicen la verdad.
Especialmente cuando denuncian a los suyos.
LA MUERTE CIVIL DE LOS HEREJES

Toda religión tiene sus herejes.
Y toda secta tiene sus excomulgados.
Clara Campoamor terminó perteneciendo a esta última categoría.
No porque cambiara de ideas.
Sino porque se mantuvo fiel a ellas.
Fue republicana antes.
Fue republicana después.
Fue liberal antes.
Fue liberal después.
Fue demócrata antes.
Fue demócrata después.
Quienes cambiaron fueron otros.
Quienes se entregaron al sectarismo fueron otros.
Quienes justificaron la violencia fueron otros.
Quienes abandonaron la libertad fueron otros.
LOS MUERTOS HABLAN

Durante décadas, muchos han intentado utilizar a Clara Campoamor como una marioneta histórica.
Han conservado aquello que les interesaba.
Han ocultado aquello que les perjudicaba.
Han manipulado su figura.
Han amputado parte de su pensamiento.
Han convertido a una mujer compleja, valiente e independiente en un cartel publicitario.
Pero las cartas tienen una virtud extraordinaria.
Devuelven la voz a quien intentaron ventriloquizar.
La verdadera Clara Campoamor resulta mucho más incómoda que la versión oficial.

Porque no encaja en los moldes actuales.
Porque no acepta consignas.
Porque no se deja domesticar.
Porque denuncia la violencia revolucionaria.
Porque denuncia el sectarismo.
Porque denuncia el comunismo.
Porque denuncia la destrucción de la legalidad.
Porque denuncia a quienes estaban convirtiendo España en un campo de ruinas antes incluso de que comenzara la Guerra Civil.
Estas cartas no destruyen la figura de Clara Campoamor.
Al contrario.
La engrandecen.

Lo que estas cartas destruyen es la falsificación de Clara Campoamor.
Y por eso son tan importantes.
Porque nos permiten escuchar, por fin, a Clara Campoamor sin comisarios políticos, sin propagandistas, sin manipuladores y sin intérpretes interesados.
Y cuando la auténtica Clara Campoamor habla, muchos de los que llevan décadas hablando en su nombre descubren que, en realidad, jamás la entendieron.
O quizá sí la entendieron.
Y precisamente por eso intentaron silenciarla.
