EL GOBIERNO SOCIALCOMUNISTA, VERDE Y FEMINISTA CORROMPE EL LENGUAJE PARA FABRICAR MUJERES Y HOMBRES DÓCILES.
Del «elle» al totalitarismo blando: eufemismos, propaganda sentimental y demolición del pensamiento libre
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

El actual Gobierno de España, socialcomunista, verde, feminista y obsesivamente pedagogizante de Pedro Sánchez ha decidido dar un nuevo paso en la degradación deliberada del idioma español: impulsar oficialmente el uso de expresiones como «elle», «nosotres» y otras deformaciones semejantes dentro de la Administración pública, pese al rechazo explícito de la Real Academia Española.
Naturalmente, todo ello envuelto en la habitual melaza sentimental:
- inclusión,
- sensibilidad,
- diversidad,
- visibilización,
- igualdad,
- y protección colectiva.
Es decir:
el envoltorio azucarado con el que hoy se presentan casi todas las formas de imposición ideológica.
Pero el asunto no es una simple anécdota lingüística.
Ni una extravagancia pintoresca propia de universitarios ociosos.
Es mucho más grave.
Porque toda tentativa de reformar coercitivamente el lenguaje acaba desembocando siempre en lo mismo:
- control cultural,
- vigilancia moral,
- presión psicológica,
- infantilización colectiva,
- y degradación del pensamiento libre.

Las palabras dejan de nombrar la realidad
Toda civilización en decadencia termina corrompiendo su lenguaje.
Las palabras dejan entonces de servir para describir el mundo con precisión y pasan a utilizarse como herramientas de:
- manipulación sentimental,
- propaganda,
- ocultación,
- anestesia moral,
- y control psicológico.
Exactamente eso ocurre hoy.
Vivimos rodeados de:
- eufemismos,
- perífrasis burocráticas,
- expresiones nebulosas,
- vocabulario pseudotécnico,
- y consignas emocionales diseñadas no para aclarar la realidad, sino para impedir que sea comprendida con nitidez.
Ya no se habla para entenderse.
Se habla:
- para no ofender,
- para aparentar virtud,
- para demostrar obediencia ideológica,
- y para evitar problemas.


La superstición contemporánea
Nuestros antepasados creían que determinadas palabras atraían desgracias o espíritus malignos.
Nosotros, supuestamente modernos y racionales, hemos regresado a una superstición muy parecida.
Ahora se pretende que ciertas palabras:
- generan violencia,
- producen discriminación,
- crean realidades opresivas,
- o perpetúan desigualdades.
Así, en lugar de afrontar los problemas reales, se intenta domesticar la realidad alterando etiquetas verbales.
Como si el sufrimiento humano pudiera desaparecer mediante decretos terminológicos.
Como si prohibiendo palabras incómodas cambiara mágicamente la naturaleza de las cosas.
El grotesco ejemplo de «disminuido»
La reforma de la Constitución Española para eliminar el término «disminuido» constituye un ejemplo perfecto.
De pronto se decidió que aquella palabra resultaba ofensiva.
Y fue sustituida por «persona con discapacidad», galicismo administrativo mucho más largo, ambiguo y artificioso.
Pero la realidad no cambió absolutamente nada.
La limitación física siguió existiendo.
La enfermedad siguió existiendo.
El sufrimiento siguió existiendo.
Sólo cambió la envoltura verbal.
Y, sin embargo, toda la clase política se felicitó solemnemente como si hubiese protagonizado una hazaña moral comparable al descubrimiento de la penicilina.
Nos toman por imbéciles.
Porque el mensaje de fondo resulta profundamente infantil:
que basta cambiar palabras para transformar la realidad.
El lenguaje inclusivo y la demolición del español

Dentro de esta misma lógica aparece el llamado «lenguaje inclusivo».
El Gobierno pretende ahora normalizar:
- «elle»,
- «todes»,
- «nosotres»,
- «compañeres»,
- y demás mutilaciones lingüísticas.
Todo ello pese al rechazo de la Real Academia Española y pese al rechazo silencioso de la inmensa mayoría de los hablantes normales.
Porque conviene recordar algo elemental:
las lenguas no las crean los ministerios.
No nacen en despachos burocráticos infestados de propaganda sentimental.
No las diseñan comisiones ideológicas.
Las lenguas evolucionan lentamente, durante siglos, mediante el uso espontáneo de millones de personas.
El español pertenece a:
- Miguel de Cervantes,
- Francisco de Quevedo,
- Benito Pérez Galdós,
- Jorge Luis Borges,
- y generaciones enteras de hispanohablantes.
No a una pandilla de burócratas iluminados empeñados en rehacer psicológicamente a la sociedad.
La Ventana de Overton y la normalización del disparate
Así funcionan todas estas operaciones culturales.
Primero surge una extravagancia defendida por minorías fanatizadas.
La mayoría se ríe.
Después intervienen:
- periodistas obedientes,
- pedagogos sectarios,
- televisiones públicas,
- organismos subvencionados,
- universidades convertidas en seminarios doctrinales,
- y burócratas ideológicos.
Entonces el disparate deja de parecer ridículo y pasa a considerarse «debatible».
Más tarde, quien lo cuestiona empieza a ser señalado como:
- intolerante,
- reaccionario,
- retrógrado,
- o generador de odio.
Y finalmente la aberración termina normalizándose.
No porque sea razonable.
Sino porque la presión social, el miedo y la cobardía colectiva hacen su trabajo.
Así es como sociedades enteras terminan aceptando estupideces que años atrás habrían provocado carcajadas generales.

La policía moral y sentimental

Pero el proceso no termina en el lenguaje.
Una vez degradadas las palabras, el siguiente paso consiste en vigilar:
- pensamientos,
- emociones,
- sentimientos,
- y opiniones.
Ahí aparece la nueva inquisición sentimental contemporánea.
Ya no basta con comportarse correctamente.
Ahora también hay que:
- hablar correctamente,
- pensar correctamente,
- emocionarse correctamente,
- y sentir correctamente.
Han aparecido auténticas policías morales dedicadas a vigilar:
- bromas,
- expresiones,
- chistes,
- opiniones,
- sentimientos,
- y hasta intenciones.
Todo ello envuelto siempre en:
- sensibilidad,
- inclusión,
- bienestar emocional,
- y protección colectiva.
Es decir:
formas dulzonas y aparentemente amables de dominación cultural.

El odio prohibido
Una de las mayores trampas intelectuales de nuestro tiempo consiste en pretender que ciertos sentimientos humanos deben desaparecer por decreto.
El odio existe.
Ha existido siempre.
Existirá siempre.
Tan humano es amar como odiar.
Se puede odiar:
- la corrupción,
- la tiranía,
- la mentira,
- la injusticia,
- la crueldad,
- o la destrucción deliberada de una civilización.
Eso no convierte automáticamente a nadie en criminal.
La cuestión decisiva no es el sentimiento interior.
La cuestión es qué hace alguien movido por ese sentimiento.
Las sociedades libres castigan actos violentos:
- agresiones,
- amenazas,
- persecuciones.
No emociones íntimas.
Porque cuando el poder político empieza a fiscalizar sentimientos…
la libertad comienza a morir.
La gran infantilización

Todo esto desemboca finalmente en una sociedad psicológicamente infantilizada.
Todo debe ser:
- seguro,
- amable,
- emocionalmente cómodo,
- sensible,
- y protegido.
Se pretende construir adultos incapaces de soportar:
- frustración,
- conflicto,
- contradicción,
- dureza verbal,
- o pensamiento incómodo.
Como si la humanidad entera debiera vivir dentro de una gigantesca guardería ideológica administrada por pedagogos fanáticos y burócratas terapéuticos.

El fracaso de las utopías pedagógicas
Quien haya ejercido la enseñanza conoce perfectamente la distancia entre propaganda pedagógica y realidad humana.
Décadas de:
- campañas,
- protocolos,
- cursillos emocionales,
- murales,
- y propaganda escolar
no han conseguido eliminar:
- el acoso,
- la crueldad juvenil,
- la agresividad,
- ni la tendencia de muchos grupos a aplastar al diferente.
Porque los niños pueden ser:
- nobles,
- generosos,
- leales.
Y también:
- crueles,
- despiadados,
- gregarios,
- y extraordinariamente violentos con quien perciben:
- débil,
- raro,
- introvertido,
- estudioso,
- o distinto.
Eso forma parte de la condición humana.
Negarlo por sentimentalismo ideológico sólo impide comprenderlo.

Los kibutz y el fracaso del «hombre nuevo»
El ejemplo de los kibutz israelíes resulta enormemente revelador.
Durante décadas se intentó construir allí una sociedad plenamente igualitarista basada en:
- propiedad colectiva,
- crianza comunitaria,
- debilitamiento de la familia tradicional,
- y fabricación de un individuo nuevo liberado del egoísmo y del individualismo.
Muchos niños crecían separados parcialmente de sus padres y eran educados colectivamente.
La experiencia terminó mostrando enormes problemas:
- desarraigo afectivo,
- inseguridad emocional,
- dificultades psicológicas,
- y fragmentación identitaria.
Porque la naturaleza humana no desaparece por decreto ideológico.
Los seres humanos necesitan:
- vínculos,
- raíces,
- intimidad,
- pertenencia concreta,
- y estructuras afectivas estables.
Toda tentativa de destruir artificialmente esos elementos suele terminar produciendo individuos psicológicamente dañados.

El sueño eterno de fabricar un hombre nuevo
Y ahí aparece la gran constante de todas las ideologías fanáticas:
la obsesión por fabricar un hombre nuevo.
Todas las grandes religiones políticas modernas compartieron ese sueño:
- jacobinismo,
- leninismo,
- estalinismo,
- maoísmo,
- polpotismo,
- castrismo,
- fascismos,
- y demás variantes totalitarias.
Todas creían poder rehacer integralmente al ser humano mediante:
- propaganda,
- reeducación,
- vigilancia,
- control del lenguaje,
- y poder político.
El resultado histórico fue siempre monstruoso.
Del terror brutal al totalitarismo blando
Los viejos totalitarismos utilizaban:
- cárceles,
- policía secreta,
- tortura,
- y terror físico.
Los nuevos operan de manera mucho más sofisticada.
Gobiernan mediante:
- presión psicológica,
- manipulación emocional,
- vigilancia social,
- entretenimiento permanente,
- dependencia económica,
- y miedo al aislamiento público.
Ya no hace falta encarcelar masivamente.
Basta con:
- cancelar,
- señalar,
- arruinar reputaciones,
- destruir profesionalmente,
- y convertir al discrepante en un apestado moral.
De Orwell a Huxley
George Orwell describió el totalitarismo brutal de 1984.
Aldous Huxley comprendió después algo quizá todavía más inquietante:
que las sociedades modernas podrían terminar aceptando voluntariamente una servidumbre blanda basada en:
- comodidad,
- entretenimiento,
- placer,
- sentimentalismo,
- y anestesia emocional.
Primero llegó el terror.
Después llegó el adormecimiento.
Primero:
Rebelión en la granja y 1984.
Más tarde:
Un mundo feliz.

La Agenda 2030 y el ciudadano tutelado

Y quizá la culminación de todo este proceso sea la actual deriva tecnocrática global:
una humanidad progresivamente:
- dependiente,
- vigilada,
- infantilizada,
- endeudada,
- y acostumbrada a delegar incluso su criterio moral.
«No tendrás nada y serás feliz».
Es decir:
no pienses demasiado,
no cuestiones demasiado,
no decidas demasiado.
Nosotros administraremos tu bienestar.
El ciudadano adulto, autónomo y libre resulta incómodo para este modelo.
Porque el hombre verdaderamente libre:
- piensa por sí mismo,
- posee independencia material,
- desconfía del poder,
- y conserva capacidad crítica.
Las nuevas burocracias prefieren individuos:
- blandos,
- dependientes,
- emocionalmente frágiles,
- y psicológicamente manejables.

La eterna tragedia de los necios moralistas

Y quizá la lección final de la historia sea siempre la misma:
los mayores desastres humanos no suelen ser provocados únicamente por criminales conscientes.
Muchas veces nacen también de necios moralistas convencidos de poseer superioridad ética y legitimidad para rehacer la humanidad.

Girolamo Savonarola,
Juan Calvino,
Maximilien Robespierre,
los diversos totalitarismos revolucionarios y tantas inquisiciones políticas o religiosas compartían el mismo impulso:
purificar moralmente al ser humano.
Pero toda tentativa de construir el paraíso en la Tierra suele terminar construyendo infiernos muy reales.
Porque el hombre no es una plastilina psicológica moldeable infinitamente desde el poder.
Y quienes más obsesionados están con salvar a la humanidad…
muchas veces terminan destruyéndola en nombre de su propia salvación.

